Notas de la Autora: Ok, este capítulo está feo y muy corto. Lo que sucede es que he tenido problemas para escribir, porque tengo el dedo meñique malo, y recién el lunes podré ver a un médico.

¡Ah! ¡Y Muchas Gracias por dejarme reviews! ¡Son unas personitas muy lindas!

Advertencia: Intento de narrar una casi violación y alguna que otra palabrota.

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Este fic está dedicado para mi hermano, al cual no le gusta Historia, e intento llevarlo al lado oscuro de la fuerza. ¡Te quiero mucho Hermano! ¡Eres el best!

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23 de Julio 1881

Nos encontrábamos en una de las oficinas de Emiliano. La tensión en el ambiente podía perfectamente cortarse con un cuchillo. Yo tenía la mirada baja, puesta firmemente en el suelo, ya que no deseaba verle la cara al estúpido del Trasandino.

De seguro en este momento tendría el ego por las nubes. Apreté mis puños, encolerizado, por no poder oponerme a este maldito acuerdo.

Don Francisco de Echeverría, se dio cuenta de mi estado, porque apoyó una de sus gruesas manos en mi espalda, tratando de reconfortarme y darme un poco de ánimo; fracasando en el acto.

¡Es un maldito aprovechado! Sabes que si llegásemos a la instancia de declararnos la guerra, el bastardo tendría la victoria asegurada. No le basta verme sufrir al tener que luchar, con el dolor de mi alma, contra Bolivia y Perú. Sino que va y se aprovecha de la situación, para su propio beneficio.

Y yo tengo que meter el rabo entre la piernas, callándome, sin tener derecho a siquiera reclamar en contra de esta enfermiza injusticia.

Don Francisco y Don Bernardo de Irigoyen, ministro de relaciones exteriores argentino, se levantan de sus respectivos asientos, dispuestos a firmar el dichoso acuerdo.

Yo me quedo observándolos, completamente quieto, sin siquiera mover un músculo, hasta que un par de brazos rodearon mi cintura, acercándome a un cálido cuerpo. Era Emiliano.

Oye, mí querido José. Vós sabés mejor que shó que esto me dolerá más a mí que a ti.- Susurró cerca de mi oreja derecha, con un tono divertido plasmado en su irritante voz.

Puedes irte a la mismísima mierda.- Repliqué, apretando los dientes, tratando de soltarme del agarre del mayor.

José no te hagas el de rogar. La Patagonia siempre fue absoluta y completamente mía. Eso lo tenemos más que claro.-Apoyó su cabeza en mi hombro, acariciando suavemente mi cabello. Pude sentir la lasciva sonrisa que se formó en su rostro. La ira invadió todo mi cuerpo.

-Sólo cállate.- Desvié la mirada enfurecido, aguantándome las ganas de pegarle un fuerte puñetazo en su vientre.

Don Irigoyen tomó el documento, que momentos antes, se había oficializado con la firma de ambos humanos, y comenzó a leerlo en voz alta, para que todos los presentes en esta oficina pudieran dar cuenta de este tratado.

A medida que avanzaba, a Emiliano se le ensanchaba la sonrisa, mientras que a mi se me caía el mundo.

Tenía que cederle la mitad de la Isla de Tierra del Fuego; el Estrecho de Magallanes se convertía en un paso libre para cualquier nación que desease navegar en sus aguas. Y lo peor de todo era que debía entregarle casi todo el territorio Patagónico. La Cordillera de los Andes era el nuevo límite que nos separaba.

¿No ves, Chile? Te dije que no era tan malo.- Agregó el trasandino con sorna en la voz.

Don Francisco suspiró derrotado y Don Bernardo sonrió. Su patria había ganado demasiado el día de hoy.

Juro que cuando termine el asunto de la Guerra del Pacífico, me las veré contigo.- Emiliano, simplemente, de un solo tirón, me sacó la camisa que llevaba puesta. Mis ojos se abrieron sorprendidos. Y con una rapidez desorbitante, me acostó sobre los mullidos sillones y se colocó encima de mí.

A ver, a ver, tú no podés ni siquiera llegar a mis talones, José. Y menos en ese estado.- Con su dedo índice recorrió, sutilmente, una de mis heridas, localizadas cerca de mi pecho.

Mis ojos se inundaron de lágrimas y yo me resistí a dejarlas salir. El argentino disfrutaba de mi sufrimiento, sin dejar de sonreír y mirarme con malicia.

Ahora vayamos con lo nuestro. Don Irigoyen, ¿Podría traerme unas tijeras?- El mencionado asintió y revisó cerca del escritorio. Sacó unas enormes y finas tijeras. Su mango estaba recubierta de oro, y al parecer, estaba confeccionada del mejor acero.

El ministro se las entregó a Emiliano y él tomo mi larga coleta. Sus ojos brillaban de una forma que no pude comprender. Bajé la cabeza y de un rápido y sagaz corte, la Patagonia ya no era territorio chileno.

Muy bien primor, el acuerdo está casi listo.- El ministro argentino y el consul salieron de la habitación en completo silencio, dejándome a merced del argentino.

¿De que cresta me estás hablando? ¡Ahí tienes a la Patagonia! ¡En tus propias manos!- Le señalé enrabiado las manos, las cuales sujetaban fuertemente la enorme coleta, de la cual yo ya no era su dueño.

Tenés razón, José. Pero shó deseo otra cosa.-Se acercó peligrosamente a mi rostro. Podía sentir su respiración chocar contra la mía.- Deseo recorrer las tierras fértiles y vírgenes que vós posees.-Mis ojos se abrieron por el peso de las palabras del trasandino. Él, con habilidad y maestría, comenzó a besarme, de una manera salvaje y apasionada. Yo me resistí e intenté morderle. Se separó bruscamente. Le miré con odio y me percaté que su labio inferior sangraba. Sonrió lujuriosamente.

Por eso me encantás. Eres como un perrito al cual debemos amaestrar.- Susurró pervertidamente, rozando mi cuello con sus labios. Cerré los ojos, intentando contener las lágrimas que amenazaban, mientras el me desvestía contra mi voluntad…

Por favor, que todo esto no sea más que una horrible pesadilla...

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No me gustó como quedó. Pero de todas formas se los pediré: ¿Me regalan un review?