Parte2

Selek ya estaba ocupando la Casa de Escorpio en la Isla de Milos cuando por fin se puso en contacto con Alexandros. El Santo usó a uno de sus escuderos para enviarle la nota en que le contaba acerca de su paradero. Ya llevaba casi un año viviendo en la Isla y aún no le había hablado a Alex al respecto. Selek necesitaba de ese tiempo a solas, ahora que Girtab estaba muerto y que sus deberes habían sido explicados a cabalidad. ¿Cómo podría él ver a Alexandros a la cara después de eso¿Después de haber asesinado a Girtab?

El hombre suspiró, estando de pie en el balcón del segundo piso de la casa. Desde ese lugar podía ver la Isla completa y admirar la forma como el agua golpeaba las rocas, escuchando su tranquila canción llamarlo, invitándole a quedarse igual de tranquilo. Lo haría, se decía, tan pronto como Alex estuviera allí con él.

"Maestro Selek…" el hombre giró para ver a su escudero a quien le señaló que se acercara, "su invitado ya está aquí, y le espera en la sala."

Selek tuvo que contener su respiración cuando le escuchó hablar. Esperaba una respuesta de parte de Alexandros, no que hubiera decidido verle. El hombre asintió y se encaminó fuera de la habitación, hacia la planta baja. Alexandros le esperaba justo como le había sido dicho.

"Alex." Selek dijo, mientras que el otro miraba por la ventana. Alexandros se giró para verle y le sonrió ampliamente. Habían sido muchos meses sin saber de Selek y ahora lo tenía enfrente de él. Por un momento, no importó que no se hubieran visto, sólo importaba el que estuvieran bien y saludables. Su amistad se mostraba tan sólida como siempre.

"La próxima vez me avisas dónde vas a estar, así no me preocuparé por ti."

Selek no pudo decir una sola palabra y simplemente asintió, invitando a Alexandros a que le siguiera por el lugar para que le conociera. Después de un rato, los dos se sentaron fuera de la casa para contemplar el atardecer, estaban sentados y viendo hacia el horizonte sin decir más de lo necesario.

"¿Selek, por qué no me dijiste que estabas aquí?"

Cuando escuchó la pregunta, supo que era el momento de enfrentar sus demonios. Él sabía que así ocurriría el día en que contactara a Alexandros de nuevo, eso sólo significaba que él tendría que volver al día en que se había convertido en Santo. "Yo—" comenzó a decir para detenerse abruptamente. La muerte de Girtab era algo que sin importar cuántos meses hubiera pasados, o qué tantas conversaciones hubiera tenido ya fuera con Shion, Prytania o los otros Santos, aún no sabía cómo enfrentar.

"No fue tu culpa¿por qué te sigues responsabilizando?"

"¡¿Qué sabes tú de eso?!" Respondió el otro bruscamente, "¡Maté a mi Maestro¡No debía haber sido así¡Gir…él iba a venir a vivir a este lugar, aquí¡Y yo lo maté…y…!" Selek tuvo que detenerse, podía sentir cómo el aire le dejaba y la sangre se subía a su cabeza rápidamente.

"¡No fue tu culpa!"

"¡Sí lo fue¡Sí lo fue¡Ellos encontraron los quince aguijonazos, se suponía que Antares no lo tocaría a él o a mí¡Estaba prohibido usar Antares!" el hombre se giró alejándose de Alexandros, sus pasos haciéndose más rápidos a medida que avanzaba. El otro simplemente le siguió, asustado por el dolor que vio en los ojos de su amigo.

Alexandros trataba de seguirle el paso a Selek, pero no pudo. Sus piernas no eran tan fuertes como las del otro y su discapacidad le impedía moverse más rápido. "¡Selek, detente¡No puedo seguirte!" gritó él mientras Selek se giraba para verle caer de rodillas, "no puedo seguirte." Repitió Alexandros casi susurrando, sus puños cerrados sobre sus muslos. Lloraba. Le era insoportable ver a Selek sobrellevar todo ese dolor que él veía.

"Alex…" dijo el otro acercándose.

"¡Tu Maestro lo sabía, idiota¡Él jamás te habría culpado" ¡No te atrevas a manchar su memoria con esto!"

"Fui yo quien causó su muerte¿por qué no puedes darte cuenta de eso?"

"De lo único que me doy cuenta es de que tu Maestro te perdonó; él me lo dijo, sabía que no era tu culpa." Le respondió Alexandros sabiendo que estaba mintiendo. Esas no eran las palabras que Girtab había usado, pero él haría lo que fuera necesario para que Selek dejara de culparse. Escorpio se permitió llorar abiertamente, por lo que Alexandros le tomo entre sus brazos. Ese era el instante en que su amigo se pondría en paz consigo mismo y perdonarse por el pasado. "Lo honraste al probarle cuán fuerte eras. No puedes venir a decirme que Antares no estaba permitida si es parte de lo que tú eres—de lo que él era. ¿Qué habría pasado si el que estuviera llorando esta noche no fueras tu sino tu Maestro, amigo mío? Escorpio jamás te habría aceptado si no hubieras cumplido con tu deber."

Fue allí que los recuerdos del pasado le llenaron, y él se abrazó a ellos. Memorias de su entrenamiento con Girtab en que éste le enseñaba sobre el cosmos y los poderes de su Casa. Recordó también como él le abrazaba en medio de una tormenta que caía sobre Santuario y él no era más que un niño que siempre temía esas cosas, mismas que Girtab le había enseñado a comprender y disfrutar.

En los brazos de su amigo, Selek encontró la paz mental que no había sido capaz de hallar en más de un año.

Alexandros decidió quedarse a vivir en la Isla de Milos, después de todo, gustaba del ambiente de la Isla y estaba disfrutando en demasía el hecho de que su amigo estaba disponible a cualquier hora. Desde que se habían reencontrado ni habían vuelto a mencionar la muerte de Girtab, aunque Alexandros sabía que la forma de pensar de Selek al respecto había cambiado. No se arrepentía de haberle mentido. Su casa quedaba ahora en una e las colinas cerca de la de Selek. Ambos iban y venían de una casa a la otra y eso para Alexandros no representaba ningún problema. Selek aún no olvidaba lo que había ocurrido en su primer día juntos en Milos y quería hacerlo todo más fácil para él.

La vida para ambos se presentaba perfecta y la amistad entre ellos continuó creciendo. Selek había empezado a pasar más tiempo en Milos, a pesar de que su lugar en realidad estaba en el Santuario. De igual manera, nadie se quejaba; su trabajo era muy preciso de hacer—deshacerse de cualquier peligro que pueda aparecer para el Santuario. No importaba quien muriera en ese proceso y para ello, Selek se había mostrado como el más apto. Justo como lo había sido su Maestro y el Maestro de éste, la casa de Escorpio mantenía su tradición de manera impecable.

Los remordimientos no eran una opción que Selek pudiera tomar. Él no podría seguir con su vida si así fuera. Aún en aquellas noches en que debía enfrentarse a los fantasmas de aquellos a quienes había enviado al Hades. Era allí que Alexandros encajaba perfectamente. Ellos hablaban sin parar cada noche, compartir ese tiempo con su mejor amigo, hacía la carga más llevadera. Alexandros era para Selek lo que un sacerdote para los Cristianos, podía confesarse con él sabiendo que no le juzgaría. Selek estaba seguro de que Alexandros seguía la vida de un Santo a través de sus acciones, pero eso no le importaba o le preocupaba. Era un intercambio tácito que había aceptado y que deseaba mantener. Además, uno no les pide cosas a cambio de otras a los amigos. Daban y recibían en un acuerdo mutuo y la amistad que Selek y Alexandros se profesaban era verdadera; ninguno de los dos habría esperado menos.

Milos era una isla agradable, y esto lo pudo confirmar Alexandros a medida que pasaba más tiempo en la isla. Cada vez se enamoraba más del increíble clima, de los mercados y de las personas. Ese día, mientras Selek estaba por fuera, Alexandros decidió recorrer el lugar para conocerlo mejor.

Uno de los puertos de la isla era hermoso. Amaba el sonido del agua golpeando las rocas cercanas. Al estar allá no hacía más que escuchar las olas, las aves, la arena cediendo bajo sus pies. Allí, podía olvidarse de su cojera; sus pasos eran fuertes, parejos. Alexandros podía olvidarse del mundo al estar en esa playa. Tal vez, pensaba en ese instante, esa era la razón por la cual se quedaba en la isla. Tal vez, después de todo, Atena sí le había bendecido.

Alexandros comenzó a caminar por la playa sin que le importara cuán caliente estaba la arena ese día, pues el mar también tocaba sus pies refrescándolos. Su cabeza estaba llena de pensamientos que sentía le podían enredar la vida, pero al mismo tiempo su pecho se llenaba de excitación; ese era un buen día, se decía.

A lo lejos vio a alguien que creyó conocer. La mujer estaba girándose hacia donde él estaba; le sonrió, de la misma manera que lo hiciera en la taberna hacía ya un año. "Estaba seguro de conocerte." Dijo Alex mientras se acercaba a la mujer, mostrándose un tanto tímido. Ella continuó sonriéndole, fijándose en cada detalle de él; su ropa, su rostro, su cojera. La mujer no dejó de sonreír, su sonrisa siendo tan encantadora como hermosa en los ojos de Alexandros.

"Te recuerdo…'Los Olímpicos'¿verdad?" Ella se giró completamente para verle mejor y estirar su mano para ofrecérsela y estrechársela, "Megara, gusto en conocerte."

"Alexandros, el gusto es mío."

El viento sopló fuerte e hizo que su cabello le cubriera el rostro. El hombre amó el movimiento de éste. La suavidad de la tela de su vestido tocándolo suavemente. Su sonrisa inocente. Los hermosos ojos que miraban fijamente a los suyos.

"Te he visto por aquí, con el Santo del Santuario." Dijo Megara.

"Es mi amigo, Selek; estoy seguro que estaría encantado de conocerte."

"Yo también. Siempre ha sido un honor y una bendición servirle al Santo de Atena."

"No sabía que fueras seguidora de la Diosa."

"Todos fuimos Hellas alguna vez, sólo había un culto a pesar de los otros dioses y pues, ya lo has visto, ella nos protege y nosotros le servimos a través de los más cercanos a ella."

Alexandros asintió a cada palabra que ella decía. Amaba haberse encontrado con alguien tan abierto acerca de los temas que tocaron en la conversación; se sentía afortunado. La mujer aceptó caminar con él y no hizo un solo comentario sobre su 'particularidad'. Ella no rechazó su mano cuando él se la ofreció para ayudarle a sentarse en la playa o a ponerse de pie. Alexandros estaba fascinado con la manera en que ella hablaba, se movía, la forma en que reía. Esa sonrisa iba a ser su perdición; lo sabía.

Pasaron la tarde juntos. Alexandros estaba totalmente sorprendido por Megara y su personalidad. Durante esas horas un hubo nadie más para él, ni siquiera Selek.

Megara y Alexandros se vieron en la playa muchas veces. Se pasaban el día hablando de todo lo que pasaba a su alrededor; desde lo azul que estaba el cielo ese día, hasta las últimas noticias y chismes de la isla. Todo cambió, al menos para Megara, desde el día ñeque comenzó a hablar sobre Selek. Alexandros no había parado de hablar. Para él, Selek no era sólo su mejor amigo sino su hermano y quería asegurarse que Megara lo supiera. Le habló de cómo se habían conocido, describió cada cosa que a Selek le gustaba hacer y lo que no. Alexandros le explicó lo perfeccionista que Selek era y cuánto amaba a Atena.

Megara le escuchaba con cuidado, mientras que su cada día que pasaba esperaba con ansía sus encuentros con Alexandros y disfrutaba que éste le hablara tan animadamente. Muchas veces se preocupó por el tipo de relación que había entre Selek y Alexandros, pero la realidad era que ella no dudaba que su amistad fuera verdadera y que Alexandros idolatrara a Selek. Megara estaba segura de que Selek era el héroe de Alexandros. A través de Selek, Alex había alcanzado su sueño; ella lo comprendía así y nunca se quejó al respecto. Su deseo por conocer a Selek crecía cada día que pasaba.

El cumpleaños de Alexandros había caído en una hermosa noche de agosto. Selek había estado fuera de la isla por más de un mes y Alexandros había pasado su tiempo entre su trabajo en el puerto y las tardes pasadas al lado de Megara. Ella le había invitado a cenar esa noche. Su hermano y hermana, pues sus padres ya habían muerto, estaban felices de conocer al hombre del que su hermana menor hablaba tanto; sin embargo las cosas no salieron como ella esperaba y terminaron en casa de Alexandros.

A Megara le gustaba Alexandros y no podía negarlo. Él era amable con ella y siempre estaba dispuesto a escucharla cada momento sin importar lo que ella quería contarle. Además, Alexandros siempre estaba feliz y ella admiraba el que él nunca había hablado mal de sí mismo y de su cojera; eso le encantaba, porque sabía que su impedimento jamás le había hecho menos. En sus ojos, Alexandros era valiente justamente por eso.

La casa de Alexandros no tenía ningún lujo. De hecho, era pequeña aunque cálida y era algo que Megara empezaba a disfrutar. Todo podía verse desde la cocina. Era un lugar muy querido para Megara y la hacía sentirse en casa. La mujer rió muy alto en cuanto le vio salir vistiendo la camisa que ella le había regalado. Megara había pasado los últimos días buscando algo que se acomodara a él y esa camisa era lo que había encontrado y al vérsela puesta, no pudo negar que en realidad era perfecta.

"Gracias Megara. Es maravillosa."

La mujer sonrió para luego continuar cotando las zanahorias y los tomates para la ensalada.

"¿Quieres que te ayude?"

"Claro¿podrías preparar la vinagreta?"

"Si me dices como…"

Megara asintió y comenzó a darle instrucciones a Alexandros para que la preparara. Todo era natural; le decía ella, los limones, el aceite de oliva y sin vinagre. Alexandros estaba riéndose de ella, preguntándole cómo era posible que se hiciera vinagreta sin usar vinagre. Ella se rió al comentario, pero aún así sigo explicándole el proceso.

"¡Oye, Hermano¿¡Dónde estás?!" La voz hizo que tanto Alexandros como Megara giraran a ver hacia el recién llegado que entraba por la puerta principal. Alexandros supo de quién era esa voz. Nadie más le llamaba hermano.

"¡Hermano!" Dijo a su vez y salió a darle la bienvenida. Los hombres se abrazaron; hacía mucho que no estaban en el mismo lugar al mismo tiempo y esa era una buena ocasión para reencontrarse. "Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi."

"Estaba en el Santuario. Shion me necesitaba." Le respondió Selek tan pronto como se vieron a los ojos. "¡Ya estás muy grande¡Un año más!" Él reía mientras Alexandros como siempre le seguía el juego y reía su vez.

Cuando se escuchó el sonido de una cuchara golpear el piso de la cocina, ambos se giraron a mirar en esa dirección. Alexandros sonrió y presentó a Selek y a Megara.

Selek se quedó sin palabras en cuanto vio a Megara. Ella era la misma mujer que el había visto antes de entrar a la taberna hacía ya un buen tiempo, sólo que ese día en lugar de llevar un vestido blanco y rojo, llevaba uno con flores verdes. Sus ojos y su cabello era tan hermosos como los recordaba. Justo como lo era el cuerpo de la mujer. Selek sonrió, respondiendo al saludo y le dio la mano. Megara hizo lo mismo mientras se retiraba de su rostro un inexistente mechón de su cabello.

"¿Te conozco?" Le preguntó él, haciéndose el que nunca la había visto para que su interés en ella no fuera demasiado evidente.

"No lo creo, Mi Señor, pero yo en cambio sí lo conozco a Usted." Ella estaba flirteando con él.

"¡Vamos, esta es una fiesta!" Gritó Alexandros, feliz de tener a su lado a las dos personas que más amaba en el mundo.

Porque él se había enamorado de Megara.