Una disculpa por algunos guincitos que encuentren en la lectura, el fic fue escrito así para aprovechar el espacio cuando lo publiqué en Scrib, ahora no encuentro el archivo así que estoy haciendo C&P de una copia no editable que descargué.
Inolvidable
Capítulo 2
Cuando ella se fue, fui capaz de reordenar mis pensamientos. ¿Qué había hecho? ¿Había dicho que ir con ella al baile de navidad era una buena idea? ¡Estaba loco si en realidad pensaba eso!
Le di un sorbo a mi Coca-Cola, escudándome detrás de ella. La pesada mirada de Emmett se cernió sobre mí.
— ¿Qué? —pregunté.
— ¿"Eso estaría bien"? —preguntó, imitando terriblemente mi tono de voz.
—Hey, yo no hablo así —me quejé.
—Ese no es el punto, ¿sabes acaso lo que dijiste? —preguntó, Jasper.
— ¿Qué ir con Swan al baile de navidad era una buena idea? —pregunté.
— ¡Eso es suicidio! No estabas hablando en serio, ¿verdad? —preguntó Emmett.
— ¡Pero tu fuiste quien lo sugirió! —me defendí.
—Sólo para poner en una situación incómoda a la chica —dijo Jasper—. Incluso yo sé que ir con Isabella Swan al baile, sería un completo desastre. Ella es lo más cercano a una monja, no puedes estar planeándolo en serio.
De pronto, sentí la urgencia de defender a la chica. Ir con ella no podía ser tan malo como decían… me negaba a creerlo. Ella no era fea, un poco descuidada en su apariencia, quizá, pero no fea.
—No sé de que están hablando —alegué—, pero ustedes me metieron en esto.
— ¿Nosotros? —Dijo Emmett—. Yo no te dije que la invitaras.
— ¡Lo insinuaste! —casi grité.
—Pero no es lo mismo. Edward, eres mi amigo y no permitiré que vayas con Isabella al baile, ¿por qué no se lo pides a una de las Denali? Escuché que Tanya muere por ti.
—No voy a salir con una de las Denali ¡Son mis primas!
—Podrías pedirles el favor —señaló Jasper.
—No haré eso —gruñí.
Di por zanjada la conversación. Me puse de pie y caminé hacia la próxima clase, poniendo la mayor distancia entre mis amigos y yo ¿Invitar a una de las Denali al baile de navidad? ¡Eso era una locura! En primera porque ninguna de ellas estaba soltera y en segunda porque el padre de las hermanas, era hermano de mi madre, lo que las convertía en mis primas hermanas.
Aun así, debía conseguir una pareja. Ese era mi último año en la escuela, después me iría a la Universidad de Arizona, y era una tradición que los alumnos de último grado organizaran la fiesta de navidad. Por ende, los alumnos del último grado eran los únicos que no faltaban. Nunca.
Obviamente yo no quería ser la excepción, así que tenía que apresurarme a conseguir una compañera antes de que todas estuvieran comprometidas.
-
Más tarde, me encontraba en mi pieza, jugando videojuegos online con Emmett. Teníamos conectados nuestros altavoces, por lo que teníamos una charla ligera y despreocupada. Al menos lo era hasta que se le ocurrió mencionarla a ella.
—Sinceramente, Edward ¿piensas llevar a Swan al baile? —preguntó, y escuché un dejo de pena en su voz.
— ¡Claro que no! —Respondí de inmediato— Sólo les estaba si-guiendo el juego, ¿Quién, en su sano juicio, querría ir con ella al baile?
Emmett rió, notablemente descansado. Me dio la impresión de que había estado reteniendo el aliento mientras hacía la pre-gunta.
—Tienes razón. Digo, ella no es tan fea… pero tampoco es una perita en dulce, si me lo preguntas.
—Aja.
Inexplicablemente, sentí mi corazón golpear fuertemente contra mis costillas al escuchar a Emmett decir eso ¿Qué mier…?
—Además, está por irse a un convento. Todo mundo sabrá que no llegaste ni si quiera a primera base con ella —continuó, ajeno al repentino acelere de mi corazón—. Sería como suicidarse socialmente, nadie te tomaría en serio si sales con ella. ¿Te imaginas? Nada de citas por lo que resta del semestre ¡Podrían considerarte un pedófilo al que le gustan las mojas!
—Emmett, los pedófilos son a los que les gustan los niños… e Isabella no es una niña.
—Sí, bueno la chica está crecidita. ¿Notaste el tremendo cam-bio que dio al regresar de vacaciones? Creo que sus defensas aumentaron escandalosamente. Me pregunto si se habrá meti-do en un quirófano para crear esas hermosuras o son dadas por la hermosísima madre naturaleza.
Ese comentario logró que mi estómago se revolviera. De pronto todas las ganas de jugar se evaporaron y sólo quería lanzarme al teléfono y llamarla.
—Emmett, tengo que irme —solté, dejando de lado mi control.
— ¿Qué? No es por el comentario que hice, ¿cierto? Porque si es por eso…
—No, claro que no —mentí—. Yo… tengo que memorizar mis lí-neas para la obra de teatro.
—Pero dijiste que no actuarias —me recordó.
—Cambié de opinión. Nos vemos mañana.
Corté la comunicación rápidamente, y apagué mi computadora sin esperar a que el sistema saliera. Realmente no tenía planes de memorizar mis líneas, pero ¿qué más podía hacer?
Me tumbé en mi cama, con la copia del guion en la mano y me dispuse a leer la obra. Me quedé sumergido en la lectura, mientras intentaba comprender a mi personaje y el tiempo se me fue volando. Cuando me di cuenta, ya era hora de cenar.
Como cada noche, sólo éramos mi madre y yo en el gran co-medor. Separados por la abismal mesa de roble. Ella ocupaba la cabecera norte y yo la cabecera sur, separados por cuatro metros de fina y pura madera.
— ¿Cómo te fue en la escuela? —preguntó, mientras cortaba su carne.
—Bien —respondí, sin ánimos.
Ella no era muy parlanchina por lo que todo intento de conver-sación se quedó allí. Me fui a dormir cerca de las diez, después de estar seguro de que había memorizado correctamente el primer acto de la obra, la cual consistía en ocho actos. No tenía ganas de seguir a Emmett a una de sus aventuras, por lo que meterme en la cama fue mi mejor opción.
Al día siguiente, mis clases pasaron sin novedades. Al llegar al auditorio, me di cuenta que mis manos estaban sudando y me pregunté la verdadera razón de ello, también me sentía ansioso y mi corazón se aceleraba más con cada paso que me acercaba al auditorio.
Entré justo después de que el timbre sonara, me deslicé en mi lugar del día anterior y saqué el guion de la obra. Mi compañe-ra se hallaba leyendo una desgarbada biblia y tenía unos lentes sobre la punta de su nariz y el ceño fruncido.
— ¿Intentas descifrar tesoros divinos? —pregunté.
Ella se estremeció y levantó la mirada hacia mí, su ceño se frunció ligeramente y después me dedico una sonrisa amable.
—Me gusta escudriñar las escrituras. Siempre encuentras algo que no habías visto y la satisfacción que eso me da me hace sentir bien —contestó.
—Creí que habías dejado de cargar con tu biblia hacía años —murmuré.
Ella me observó ceñuda, sus facciones se endurecieron y en sus ojos vi chisporrotear un brillo que pareció enojo.
—Lo siento —susurré, apartando la vista de ella.
¿Por qué me disculpaba? Nunca lo hacía… Dios, ¿qué me es-taba haciendo esa chica?
Isabella volvió a sumirse en su lectura, subrayando algunos ver-sículos y apuntándolos en su libreta, hasta que la profesora Ro-senberg apareció en lo alto del escenario.
Hoy, la señorita iba vestida con un ligero vestido con estampa-do a flores color violeta, su cabello flotaba salvajemente, en-marcando su rostro y en su rostro estaba su siempre tatuada sonrisa.
—Edward, Isabella —chilló la profesora—, espero que hayan memorizado sus líneas. Pasen al frente.
Mi compañera olvidó por completo su anterior enojo y saltó fuera de su lugar, encaminándose al escenario. Yo, en cambio, solté un audible suspiro, tomé la copia de mi guion y fui detrás de ella.
Isabella y yo nos quedamos de pie en medio del escenario y, bajo las órdenes de la profesora, comenzamos a repasar nues-tras líneas.
El resto de la clase se centró en nosotros. Yo odiaba ser el centro de atención… estar ahí arriba con Isabella me ponía en extremo nervioso.
Al terminar la clase, ella y yo nos quedamos en el auditorio has-ta que estuvo vacío.
—Lo has hecho muy bien —me felicitó.
—Gracias —respondí, sintiéndome un poco apenado por su cumplido. Rasqué mi cuello en una patética muestra de des-centralizar la atención que estaba recibiendo.
Ella no dijo nada más, comenzó a guardar sus libros y después colocó su mochila sobre el hombro. Ese día, la clase de teatro era a última hora, por lo que ahora éramos libres de irnos a nuestras casas. Por alguna extraña razón, no quise que ella se fuera… no aún.
— ¿Vas a… tu casa? —pregunté, dando un paso en su direc-ción.
—Sí —respondió, sonriente.
— ¿Caminas?
Ella asintió.
—Mi auto está en el aparcadero, podría llevarte… si quieres —susurré.
—Eso sería… —su vista se levantó hacía mis ojos, tan pronto co-mo quedé enjaulado en medio de esos chocolates derretidos, sentí que mi habilidad de pensamiento se perdía— bueno.
Sonreí y salté del escenario, colgué mi mochila en el hombro y ambos nos encaminamos al estacionamiento de la escuela. Mi corazón iba saltando en todo el camino, lo sentí acelerarse hasta velocidades inimaginable, mis manos comenzaron a sudar y me veía tentado a mirarla una y otra vez mientras atravesábamos la escuela.
— ¿Qué harás este fin de semana? —me encontré diciendo.
Ella sonrió y apretó la carpeta que llevaba en los brazos, contra su pecho con fuerza, como si estuviera refugiándose en ella.
—Trabajo en un orfanato en Port Angeles los fines de semana. Mi papá suele llevarme, pero este fin de semana saldrá a Seattle, creo que hay un asesino en serie o algo parecido y le han pedido su ayuda.
Un orfanato, ¿por qué no me sorprendía? ¡Ella era la clase de chica que hacía esas cosas!
—Vaya, es una pena ¿y pagan bien? —pregunté, sin mucho in-terés.
—No recibo ninguna paga monetaria —aclaró—. Me gusta ayudar a los niños.
Inmediatamente me sentí el estúpido más grande del universo, obviamente ella no aceptaría el dinero de un orfanato, ¿en qué estaba pensando cuando pregunté?
—No te preocupes —dijo, como si pudiera adivinar lo que esta-ba pensando—. No lo sabías.
Llegamos al estacionamiento y alcancé la puerta del copiloto para abrirla, no sabía por qué hacía eso pero ella lograba sacar esa parte caballerosa de mí.
—Aguarda —susurró, aferrándose de la puerta y cerrando los ojos con fuerza.
La observé ceñudo, preguntándome qué era lo que le sucedía, pero la respuesta me llegó un segundo después cuando ella comenzó un precipitado camino al suelo. Inconsciente.
Me apresuré a atraparla antes de que su cuerpo golpeara el suelo, el cabello de su coleta estaba sobre su rostro, lo saqué fuera de mi camino con torpeza y la observé.
— ¿Isabella? —susurré, pero ella tenía los ojos cerrados.
Yo estaba muy cerca de ella, tan cerca que podía oler el aro-ma a fresillas de su shampoo y ver las imperceptibles pecas que se amontonaban en torno su nariz.
—Hey, Isabella —intenté de nuevo—. Isabella, despierta.
No sabía qué hacer, nunca había estado con una chica des-mayada. Me pregunté la posibilidad de llevarla a la enfermería pero al echar una hojeada a nuestro alrededor, me di cuenta que el auto de la enfermera no se veía cerca. Así que sólo po-día hacer una cosa: llevarla al hospital.
Apreté mi agarre en su cuerpo y la deposité gentilmente en el asiento del copiloto, cerré la puerta y rodee el auto. Le di una mirada de refilón cuando me posicioné detrás del volante, pero traté de mantenerme sereno mientras recorría el camino hacía el hospital. La llamé varias veces en el camino pero ella no parecía responder.
Cuando llegamos, la bajé del auto, llevándola en mis brazos y entré al edificio. Tan pronto como la enfermera en recepción me vio entrar, saltó fuera de su lugar de trabajo y vino en mi auxilio.
— ¿Qué le ha pasado? —cuestionó.
—Sólo se desmayó —informé.
— ¿Así como así? —dijo, incrédula.
—Oh, bueno ella se detuvo, se sostuvo de la puerta del coche y un segundo después iba directo al suelo —dije con impacien-cia— ¿puede llamar a un doctor?
La enfermera volvió a su lugar, tomó el teléfono y dos segundos después me guio por un pasillo lleno de camillas ocupadas con personas con intravenosa y un sinfín de cables conectados en sus cuerpos.
—Deposítala ahí y después sal de aquí —ordenó la enfermera, señalando una camilla vacía.
Acomodé a Isabella en la camilla, colocando con sumo cuida-do su cabeza en la almohada y después acaricié su frente.
—Sal de aquí —ladró la enfermera, sacando una aguja para pincharle el brazo.
— ¿Ella estará bien? —pregunté.
—Lo estará si sales de aquí y me dejas concentrarme en mi tra-bajo. Sal. Ahora —gritó con más fuerza.
Me obligué a volver por donde había llegado, pero me negué a irme del hospital. Por alguna extraña razón me encontraba preocupado por ella.
El Sheriff llegó al lugar minutos después, hablé con él y le expli-qué lo que sucedía. Se veía consternado y sumamente preocupado, le dije que la enfermera había dicho que todo estaría bien pero su ansiedad no pareció desaparecer.
Finalmente, el doctor apareció y nos dio la noticia de que ella estaba bien, que había sido un desmayo por haberse saltado la comida.
Hice un esfuerzo por tratar de localizarla en la cafetería más temprano pero no había estado prestando mucha atención. Según lo que nos había dicho el doctor, ella no había ingerido alimento desde la tarde anterior y su cuerpo estaba sin energía.
Lo pensé aún más, preguntándome si ella sería como las demás chicas que se saltaban las horas de la comida con la ridícula idea de bajar de peso, pero tan pronto la idea vino a mi mente, fue desechada. Ella era diferente, y eso se podía ver a simple vista.
Fui convencido por su padre para irme a casa, y aunque la idea no me gustaba del todo, tuve que aceptarla. No tenía razones para quedarme, Isabella y yo no éramos absolutamente nada. Era mi compañera de escuela y mi coestrella en la obra de navidad, pero sólo eso.
Conduje hasta mi casa, mi madre estaba al tanto y le dije que no se preocupara mientras subía las escaleras hasta mi habita-ción. Una vez allí, me tiré sobre la cama, dispuesto a dejar mi mente en blanco para conciliar el sueño. Pero fue imposible. Ella no abandonó mi mente en ningún momento.
Sus cabellos, sus ojos, su sonrisa, el rubor en sus mejillas, su mira-da tímida, la forma en mordía su labio inferior cuando se con-centraba en algo, la manera en que su ceño se fruncía, for-mando una hosca "V" en medio de su frente. Todo, absoluta-mente todo, me parecía embriagador, hermosamente perfecto ¿Cómo no lo había notado antes? Había pasado diecisiete años de mi vida a su lado y nunca me había dado cuenta de su singular belleza.
Cerca de las tres de la mañana pude conciliar el sueño, pero ella incluso se filtró en mis sueños, parecieron un espectro en-cantador en medio de las penumbras.
Hola, mis amores. No tengo otra cosa qué actualizar, Sencillamente perfecta y BDP van un poquito lentos por que no estoy teniendo mucho tiempo para actualizar. Voy a la U en las mañanas y llego directo al trabajo, y al llegar a casa debo estudiar porque estoy en mi última semana de exámenes. Pero ya pronto tendré mi horario fijo en el trabajo que será de tarde/noche y toda la mañana y parte de la tarde será para procesos creativos así que, por favor, no desesperen ;)
Díganme qué les parece este fic... son pocos capítulos así que pronto estaremos acabando ;)
Un beso y gracias por todos sus rr's
