Los páramos desolados en el norte de Europa tienen su atractivo visual el cuál no tiene nada que envidiarles a los fenómenos naturales de otras zonas del mundo. Más allá de ser regiones desérticas hasta donde la vista alcanza, lo cierto es que desde estos se pueden apreciar bellos paisajes hacia los grisáceos valles que rodean la basta ladera, kilómetros y kilómetros de la flora y fauna local, esto sumado a las bajas temperaturas en aquella zona tan remota del mundo.
Los imponentes picos se observaban a lo lejos, alzándose orgullosos y apuntando al firmamento con una arrogancia digna de admirar, y pues de estos provenían fuertes torrentes los cuáles desembocaban en un lago cristalino y de agua dulce, al pie de la montaña. No muy lejos de allí se encontraba un pequeño pueblo, el único indicio de la presencia de una sociedad civilizada por estos lugares, linde del relieve.
Fuera de este era tierra de nadie y no muchos se aventuraban a ver que había más allá de él, hacia las faldas de la montaña pues corría el rumor de que una antigua deidad habitaba detrás de las resistentes paredes de roca. Quizás una simple superstición local o hasta incluso cabía la posibilidad que no sea más que un cuento que los lugareños habían compuesto con el fin de evitar la intromisión de extranjeros curiosos en la zona puesto que las personas que vivían en ese pueblo eran gente muy conservadora y tradicionalista, las variaciones étnicas eran prácticamente inexistentes por su falta de contacto con el exterior.
Lo admirable es que hacía varios años atrás, el relato había aparecido en la primera plana de muchos medios de comunicación, entre ellos diarios y revistas que presentaban el conocido trabajo de algún director de cine quién había producido un largometraje a modo de documental cuyo contenido principal era la vida de los remotos pueblos en el norte de Europa los cuales se encontraban casi al margen del resto de la sociedad. Quizás no era el mismo caso específico el de esta comunidad puesto que si recibían visitas de extranjeros y se encontraban comunicados con el resto del mundo, pero lo cierto es que preferían seguir sus pacíficas vidas, aislados.
Más allá de si esa vieja historia era verídica o no lo cierto es que nadie parecía interesado en comprobar la veracidad de esta misma, tan solo era un tema de debate que salía como último recurso cuando no había más de qué hablar, claro sin contar las numerosas apuestas que giraron alrededor de ir más allá de lo habitual (casi todas concluían con un grupo de muchachos bajando de la montaña luego de que una fuerte ventisca no les había permitido seguir avanzando), además de ser un terreno escarpado y empedrado de muy difícil acceso por lo que no era un camino muy popular.
Las leyendas regionales estaban muy integradas al folclore local como un último vestigio de aquellas culturas paganas que ya se habían perdido hacía ya muchos siglos. Al menos una vez al año le dedicaban algún tipo de culto a dicha divinidad lo que hacía irónico que el pueblo se mantuviese bajo la fe cristiana, aunque los habitantes solo veían a esa fiesta como "una tradición más", y justamente esta gente era aficionada a las tradiciones como una forma de reunirse en familia y de rendirle culto a sus antepasados cuya relación era muy importante.
Parte de la economía de este poblado provenía de su comercio con los demás pueblos de la región con los cuales también mantenían un trato distante pero cordial, y lo cierto es que sin suministros no podrían subsistir más allá de sus propias cosechas. No cualquier extranjero era bienvenido después de todo, aunque solían hacer algunas excepciones dependiendo de los asuntos que estos tuviesen que atender allí.
-Yo evitaría ese camino.-aconsejó un lugareño en uno de los pueblos vecinos.
Era un hombre blanco, alto, de ojos celestes y cabello claro, como el resto de los individuos de la región. Su fornida figura saltaba a la vista en conjunto a su largo bello facial lo cual le daba una apariencia intimidadora, lo cierto es que era bonachón y alegre, pero derrochaba en consejos y advertencias cuando se ameritaba de estos. Con sus corpulentos brazos llevaba varias tablas de madera con el objetivo de usarla como leña.
Sus interlocutores eran un par de señores caucásicos los cuales llevaban cada uno un grueso abrigo con el cuál protegerse de las bajas temperaturas de la región el conjunto también incluía un pantalón grueso impermeable, cálidas botas de excursión, y guantes negros.
El lugareño empleaba un dialecto regional para comunicarse, a su vez uno de los extranjeros le respondía en su mismo idioma el cual manejaba casi de manera fluida, más su compañero se mantenía expectante al desconocer completamente el lenguaje. Este era un hombre de aproximadamente cincuenta y cinco años y llevaba gafas consigo las cuales acomodaba recurrentemente ante la fuerte ventisca que azotaba a su rostro. En la cabeza llevaba un gorro de lana negra, posiblemente tejido a mano, ocultaba su canosa cabellera.
Por otra parte, su compañero se limitaba a lucir una boina inglesa de color gris puesto que era mucho menos susceptible a las bajas temperaturas, lo que no evitaba que llevase consigo una bufanda color café la cual se movía al son del viento. Era un hombre joven de entre veinticinco y treinta y tantos, y un entusiasta compañero de viajes, con un agradable aire juvenil.
El viejo hombre de gafas observaba en silencio a ambos interlocutores intercambiando palabras, entretenido e intentando deducir qué era los que estos se decían, aunque también se sentía impotente por no poder comunicarse correctamente con nadie desde que había ingresado al país junto a su acompañante quién precisamente había sido escogido para escoltarlo por su manejo del idioma, entre otras razones.
Para llegar hasta allí ambos habían tomado numerosos vuelos, abordaron un autobús con el que recorrieron todo el norte de Europa hasta finalmente ser dejados en el pueblo más cercano, desde entonces subieron a pie la montaña, siguiendo el sendero acordado hasta llegar a su destino, un pequeño y remoto pueblo ligeramente atrasado tecnológicamente y con modestas comunicaciones con el exterior.
Cabe destacar que este viejo hombre tuvo muchas más complicaciones para desplazarse por el terreno por su edad y por no estar acostumbrado a este tipo de travesías, aunque el hecho de tener piernas largas era toda una suerte para él, ventaja que aprovechó hábilmente, aunque aún seguía siendo un trabajo muy agotador. Por su parte, su joven acompañante no era solamente más joven que él si no que también de una estatura mucho más pequeña (1.65 aproximadamente), y aún así se movía ligeramente por todo el terreno como si lo conociera como la palma de su mano, y en parte era cierto.
Esta diferencia de alturas provocaba una respuesta psicológica en este viejo hombre, un nostálgico recuerdo de hacía varios años atrás cuando ambos se conocieron, para entonces su acompañante no era más que solo un muchacho enérgico y alegre, un tanto bobo quizás pero brillante, para entonces le superaba imponentemente en estatura, y nada parecía haber cambiado realmente desde entonces. De alguna forma seguía viéndole como a un joven estudiante, un aprendiz, quizás hasta incluso despertaba aquel sentimiento paternal que un maestro puede tener hacia su alumno, como si por su altura aún fuese aquel mocoso de catorce años.
Una vez finalizada la conversación, el leñador se despidió cortésmente del joven (quién también lo hizo con una cortesía casi descarada), y se marchó a largos pasos en dirección oeste, hacia su poblado, dejando atrás a los dos extranjeros quienes lo veían irse hasta perderse de vista poco a poco. Aquella era una escena muy agradable, sumado a la belleza natural del paisaje les otorgaba paz a ambos.
-Entonces…-comenzó a decir el viejo hombre, retornando al asunto que los había llevado hasta allí.-¿Qué fue lo que te dijo?-le interrogó con curiosidad.
-Nos estamos acercando.-respondió el joven de manera triunfal y con entusiasmo en su voz, y luego abrió los dos brazos.-¿Lo ve?
Disimuladamente, el viejo bajó la cabeza y se acomodó sus gafas nuevamente; una vez hecho esto volvió hacia su antiguo pupilo. Los rayos del sol eran reflejados en sus anteojos, dándole una apariencia dramática e imperativa.
-Buen trabajo.-le felicitó con seriedad en su voz.-Si tenemos suerte quizás hasta antes del anochecer habremos bajado nuevamente todo el cerro.
-¡"Suerte"!-exclamó el joven pupilo y exageradamente cambió su alegre expresión por una de dolor como si dicha palabra le hubiese herido de alguna forma aunque más bien solo parecía haber atentado contra su orgullo, aunque todo era fingido por él.-¡Por favor, profesor!-volvió a sonreír y se señaló a sí mismo con la mano.-¡Yo crecí por estos lugares! Confíe en mi y le aseguro que habremos terminado en menos de lo que canta un gallo.
El decir esto último fue algo que disfrutó enormemente puesto que esa anticuada expresión era propia de su antiguo profesor, aumentando ligeramente el cariño que este sentía hacia el joven, aunque disimulándolo con una expresión de indiferencia. Estaba claro que el muchacho lo veía como un modelo a seguir, algo también reflejado en el hecho de que todavía lo trataba de "usted" aunque eso también era parte de su "encanto natural" al dirigirse con una pícara caballerosidad y cortesía a todo aquel con el que se encontraba, casi una adulación, y en veces un recurso de ironía.
-Sabes que mi confianza está puesta en ti.-se defendió el viejo hombre con sinceridad.-Pero ha pasado mucho, creí que quizás…
-Supuso mal, señor.-le interrumpió el joven.-Aún tengo recuerdos.
Dicho esto, volvió a caminar en dirección norte, pendiente arriba. Lo hacía de forma alegre y despreocupada, sin problema alguno, incluso daba la sensación de que si hubiese sido un niño hasta habría ido brincando. Su mentor lo observó por unos instantes, cuidadosamente, notando quizás un cierto aire de pesar en el joven, y en efecto era evidente aún tenía muchos recuerdos, viejos vestigios de un fantasma de su pasado el cuál hasta el día de hoy lo perseguía.
"Realmente recuerda", pensó el viejo hombre mientras le seguía lo mejor que podía, intentando ir a su mismo ritmo o al menos lo más cercano posible.
Ambos se dedicaron a recorrer el vasto terreno en lo que duró el recorrido, y era claro que realmente el joven conocía la región puesto que le guio por muchos caminos insospechados, lo que les permitió rodear toda una ciénaga, atravesar un terreno empedrado sin problemas y hasta incluso encontrar una manera de seguir avanzando cuando el camino terminaba en una pendiente muy difícil como para que alguien como su mentor pudiese subir por ella. Pronto comenzaron a divisar nieve, se estaban acercando a las regiones más gélidas de la zona.
La baja temperatura y los fuertes vientos les jugaron en contra sin embargo pudieron resistirlos y seguir adelante puesto que venían preparados lo suficiente como para no ceder tan fácilmente. Aún así cuando tuvieron que hacer una parada para almorzar, el viento resultó ser un verdadero estorbo, no iba a haber forma de que pudiesen calentar la comida.
-Esto va a ser un problema…-comentó el profesor entre preocupado y encolerizado, aunque sin perder su elegancia natural y serenidad.
-Bueno, creo que sé como solucionarlo…-afirmó el joven un tanto esperanzado.
Dicho esto, le señaló hacia un solitario árbol el cuál se encontraba a no más de un cuarto de kilómetro a lo lejos, en un terreno llano. Era un abeto oscuro de tronco grueso y ramas fuertes, quizás les sería posible emplearlo para colocar el fuego y la hoya por detrás de él y de esa manera evitar las corrientes de aire. No había ningún plan mejor por lo que ambos se dirigieron hasta él, aunque comenzaron a disminuir la velocidad de la marcha puesto que estaban adentrándose en terrenos nevados, una pequeña capa de nieve cubría la zona, aunque no era suficiente como para complicarles demasiado la travesía.
Al llegar hasta el árbol solitario, se dedicaron a limpiar un poco el suelo arrojando la nieve hacia otro rincón, estuvieron así trabajando al menos durante cinco minutos hasta que finalmente despejaron un pequeño perímetro, un sitio perfecto para el fogón. Una vez hecho esto dejaron los equipos y comenzaron a preparar un pequeño campamento.
El joven hombre avivó las brasas mientras que su ex profesor chequeaba las raciones y preparaba el estofado que iban a comer. En poco tiempo ya habían conseguido encender el fuego y poner a calentar la olla mientras le agregaban carnes, salsas, maíz, etc. Ambos se mantuvieron alrededor del fuego para calentarse y combatir el frío, y a su vez disfrutaban del olor de la comida cocinándose poco a poco mientras era mezclada por el joven con una larga cuchara de madera.
Aquel tormentoso día se estaba volviendo un tanto agradable por fin, aunque no lo suficiente como para decir que realmente había sido un buen día. Ambos hombres se sentaron sobre sus equipajes y desde allí siguieron preparando el almuerzo el cuál estaba adoptando un muy buen color. El joven se encontraba de muy buen humor, hasta incluso tarareando por lo bajo una canción que su compañero no pudo descifrar, aunque sonaba movida y agradable, quizás un canto infantil.
Cuando finalmente estuvo lista, el muchacho sacó del equipaje un par de cuencos de metal y sirvió estofado en uno de ellos, le colocó una cuchara y se la pasó a su maestro quién la recibió gustoso.
-Muchas gracias.-dijo este.
El joven hombre luego se sirvió para sí mismo y se puso a comer en silencio junto a su compañero. Por fin ambos podían descansar después de un largo día de trabajo subiendo el relieve, y parecía que aún les quedaba una larga travesía por delante, pero al menos ahora tenían una comida caliente la cual les aliviaba el frío y engañaba a sus estómagos.
Comieron en silencio por un rato, realmente no había nada de qué hablar por el momento y además estaban muertos de hambre por lo que engulleron lo más rápido que la comida caliente les permitía para luego volver a servirse comida, después de todo no iban a poder trasladarla con ellos luego.
El hombre viejo comenzó a mirar a su alrededor mientras comía, vio como más allá, por el camino que deberían tomar, las capas de nieve se hacían más y más gruesas, era una vista bastante desalentadora para alguien que no estaba lo suficientemente preparado o que al menos no acostumbraba a viajar muy seguido. Había algo de preocupación en su rostro, aunque lo disimuló bastante bien y terminó apartando la vista hacia el viejo abeto.
Aquel árbol no debía de tener menos cincuenta años, la corteza se veía antigua, pero a su vez fuerte y orgullosa como todo árbol. Encima de este había una pequeña capa de nieve que cubría sus ramas, y en el tallo pudo apreciar ciertos trazos casi ilegibles, símbolos que no podía leer quizás por lo antiguos que eran o por que no habían sido grabados correctamente en la corteza.
Su compañero, por su parte, sonrío al verlos y extendió su mano hacia estos, acariciando el tallo del árbol, como si algo en su interior se hubiese encendido cuando los encontró. Ante la mirada desconcertada de su ex profesor, el joven habló.
-Este es el "Yggdrasil"-comentó con naturalidad.
Su compañero levantó ambas cejas, todavía desconcertado, y ahora también con curiosidad.
-¿"El Fresno del Universo"?-preguntó.-¿El de la mitología nórdica?
-Bueno…-comenzó a decir el joven mientras se rascaba la cabeza y levantaba sus hombros.-Así le puso mi madre, cuando le pregunté por qué solo se reía pero lo cierto es que de fresno no tiene nada.-dicho esto recuperó la compostura y miró con extrañeza al árbol en sí.-Mi hermana y yo jugábamos aquí, recuerdo que una vez lo subí.-dijo señalando hacia una de las ramas más altas del árbol.-Se sentía muy bien el aire acariciándome la cara, era una vista espectacular. Luego intenté bajar pero di un paso en falso y me caí.
-¿Y qué fue lo que sucedió?-preguntó su compañero, intrigado.
-Las ramas del árbol amortiguaron mi caída.-relató el joven.-Sufrí algunas heridas leves pero nada grave. Mi padre que andaba por aquí cerca vino a socorrerme rápidamente, y al ver mi estado concluyó con que realmente este era el Yggdrasil.-dijo mientras se le escapaba una pequeña risa.-"Dios te ha salvado".-dijo con un tono de voz exageradamente grave, en plan cómico, luego recuperó su tono habitual.-Después de eso mi padre y yo volvimos y enterramos algunos objetos de valor sentimental aquí mismo.-comentó.-Me preguntó en qué estado se encontrarán actualmente.
-¿Y no quieres averiguarlo?-le preguntó su ex profesor quién se encontraba entretenido por esa historia.
Sin embargo, su pupilo solo sonrió aún más, cerró los ojos y giró la cabeza de lado a lado.
-Déjalos ahí…-dijo sin darle importancia al asunto.-Ahora es solo historia, pasado, enfoquémonos en el presente que es lo que importa.-sugirió con algo de seriedad pero sin perder su personalidad.
-Es cierto.-corroboró su ex profesor, pensativo.-Sin embargo el pasado también nos define en parte, son nuestras acciones las que hablan por nosotros, es muy importante recordarlo.
Sin embargo, ante la indiferencia de su alumno decidió no seguir insistiendo y por otra parte ambos hombres comenzaron a intercambiar noticias sobre la actualidad, política, economía, un poco de deportes, avances en la ciencia, sociedad, e información personal. De esa forma pudieron descansar tranquilamente mientras llevaban a cabo la digestión, aunque rogando que cuando partieran nuevamente el clima mejorase, algo que no sucedió.
Llegado el momento de seguir, ambos recogieron sus cosas y las guardaron con el resto del equipaje. Ahora sería el turno del joven hombre cargar con estas, tarea que aceptó a regañadientes, aunque no expresó su queja de manera explícita pero aún así su compañero notó la molestia en sus ojos. No habían dejado sobras puesto que se lo habían devorado todo, después de todo contaban con terminar con su tarea antes de que el sol se ponga nuevamente por lo que alzaron sus cosas se pusieron en marcha.
A medida que subían, el clima iba tornándose más y más hostil, disminuyendo poco a poco. La neblina pronto se transformaba en lo que parecía ser una corriente dañina de viento helado la cuál les azotaba sus rostros y haciendo arder sus caras. El terreno tampoco les daba tregua y resultaba ser todo un incordio la tarea de tener que atravesar una capa tan gruesa de nieve la cuál no solo era espesa si no que también les congelaba los pies por más que los dos hombres llevasen muy buenos abrigos.
El viejo señor recordaba todas aquellas viejas historias que oía cuando era niño, estas narraban sobre la belleza de los campos nevados y los románticos copos de nieve cayendo desde cielo, pero lo cierto es que no vio por primera vez la nieve hasta que ya era un muchacho de nueve años, en ese entonces se encontraba impaciente por admirarla de cerca por primera vez, tomarla con sus propias manos, y a lo mejor incordiar a su hermano mayor arrojándole una bola de nieve.
Lo cierto es que la primera vez que la vio realmente sintió que todas las historias no le hacían justicia a su belleza, incluso él mismo se sentía inspirado para escribir quizás un poema sobre esta, aún con su limitado vocabulario se creía capaz de superar a los antiguos maestros de la literatura, gallardos y extremadamente cultos en el uso del lenguaje. Él era el nuevo escritor genio capaz de atribuirles las palabras precisas para retratar la hermosura del paisaje que estaba viendo en ese mismo momento y plasmarlo en una hoja de papel.
Para ello era necesario que el potencial célebre autor tomase la nieve por primera vez y así sentir la contextura de aquel objeto referente, en sus suaves manos. Pero al recogerla por primera vez no sintió nada especial realmente, tan solo frío en la mano, algo que ya se esperaba, sin embargo el creía que independientemente de lo gélida que esté, una "fuerte llama" en su interior iba a avivarse, tal y como lo describían las novelas de texto con las que pasaban el rato, internado en su habitación, en días de intensa lluvias en lo que no podría salir a jugar con los muchachos de su barrio.
Pero no debía desanimarse, aún podía lanzarle una bola de nieve en la cara a su hermano después de todo. Armó una bola de nieve lo mejor que pudo, tal cuál como un hombre cualquiera realizando su primera experiencia en algo en particular, aunque se sintió satisfecho cuando hizo la bola de nieve más grande que podía (y que le permitía el frío en sus manos). Quizás lamentó no haber traído guantes como le había indicado su madre, él quería sentirla en su piel, ser uno con ella.
Se la arrojó con todas sus fuerzas a la cara de su objetivo, dando en el blanco con una precisión extraordinaria. El muchacho no solamente fue tomado desprevenido por esta acción si no que también, a causa de esta, cayó inmediatamente al suelo y se quedó tumbado ahí por un par de segundo hasta que finalmente recobró la compostura y se levantó un poco para poder observar al malnacido que le había lanzado ese canalla ataque a traición, y no fue difícil puesto que después de todo este se estaba riendo de aquel sagaz tiro.
Su hermano no solo se incorporó hecho una furia si no que también aceleró el paso a una velocidad casi sobrehumano, le tomó de la cabeza (nótese que le llevaba al menos 25 cm's), y lo arrojó contra la nieve, "¿Tanto te gusta? ¡Pruébala!", le gritó. El pequeño niño terminó tragando más nieve de la que le habría gustado, y no fue para nada una experiencia agradable pues tenía un sabor asqueroso, después de todo, ¿Quién sabe cuántas personas habían pasado por allí hasta ese momento? Y por si fuera poco, cuando intentó incorporarse, las manos comenzaron a arderle por el constante contacto con la nieve.
Por primera vez la romántica nieve ya no era tan poética, si había una frase que realmente él podría usar para definirla sería exactamente "basura blanca", y desde ese día su opinión hacia ella nunca cambió, su aberración se mantenía y no la miraba con buenos ojos cuando la veía, desde la ventana de su nuevo hogar, cayendo hacia el suelo. Desde ese día tuvo menos vida social, y también su potencial carrera como poeta terminó con un trágico final.
Pero en ese momento no podía ser tan infantil como para que un viejo fantasma de su pasado le impidiese ser él quién llevase a cabo su tarea por lo que no se negó cuando fue escogido para esta misma debido a sus conocimientos sobre el campo, y por supuesto no le impidió a su joven ex alumno, Daimon, seguirle puesto que su ayuda sería vital para el éxito de la misión.
Más pronto que tarde, luego de caminar torpemente por la nieve durante aproximadamente una hora, ambos hombres pudieron vislumbrar a lo lejos una buena cantidad de estructuras muy juntas entre sí. Cerca de estas se hallaba reposando un lago congelado por la estación del año, y camino arriba del pueblo una montaña que servía de enlace con el resto de la cordillera.
-Hemos llegado, profesor.-confirmó Daimon entre agotado y aliviado, señalando hacia las estructuras.-Sus habitantes lo llaman "Pueblo Guardián" por una vieja leyenda que los conecta con la historia del "Espíritu de la Montaña". Cuando era niño, mi padre me trajo aquí alguna vez, recuerdo que en ese entonces ellos aún creían ser sus guardianes por la tradición.
-¿Crees que algo podría haber cambiado.-preguntó el profesor mirándolo a los ojos.
Daimon le devolvió la mirada y sonrió con algo de escepticismo reflejado en sus ojos y también en su pícara sonrisa.
-Lo dudo, señor.-afirmó el muchacho.-Y la verdad es que si no fuese así entonces ya habríamos fracasado en nuestra misión.
Dicho esto, ambos retornaron la caminata, ahora con más confianza, en dirección al poblado. El sol ya había sido cubierto por una gruesa capa de nubes las cuales presagiaban la llegada de una posible nueva tormenta de nieve, el profesor contaba con ya haber bajado cuando esto ocurriese, aunque no estaba muy esperanzado.
-Oí en algunas ocasiones que no les gustan mucho las visitas.-comentó el hombre con algo de pesar.
Sonaba desanimado, era evidente que esperaba problemas para cuando ellos llegaran hasta su destino, pero Daimon por su parte se mantuvo serio.
-Bueno…-comenzó a decir con un tono tranquilizador.-No les gusta que los extranjeros se entrometan en sus asuntos aunque ha decir verdad no son tan diferentes a cualquier civilización del mundo, no se preocupe, eso es algo muy natural.-y luego sonó mucho más optimista.-Son personas civilizadas y de fuertes valores pacíficos, no son de esos que te arrojan una flecha entre las piernas como señal de aviso de que te estás metiendo en el territorio equivocado.
Irónicamente, cuando terminó de hablar se escuchó un fuerte estallido a lo lejos, en dirección al pueblo. Este cayó cerca de los pies de ambos hombres, abriendo un pequeño agujero en la nieve, claramente era el tiro de un francotirador. Esto hizo que ambos compañeros se detuvieron inmediatamente en seco y se quedaran paralizados y con los pelos de punta.
Había alguien que los observaba desde lejos, y si daban un solo paso en falso quizás podría ser lo último que hagan.
-No fue una flecha…-comentó el joven intentando aliviar la tensión.
Lanzó una risa nerviosa la cuál detuvo después de un par de segundos cunado sintió que realmente se encontraba demasiado asustado como para darle buena cara a la situación.
-Con mi padre esto nunca nos ocurrió.-afirmó Daimon, casi empalidecido.
-Quizás era por él.-razonó el profesor.
Eso no sonaba bien, y lo cierto es que tampoco pudieron darle muchas vueltas al asunto puesto que notaron como del pueblo (el cuál ya se encontraba a tan solo unos metros de distancia) salía una multitud de hombres, abrigados para protegerse del frío, y muy bien armados, cada uno portando un rifle en sus manos. Con ellos venía acercaba un viejo hombre, abrigado hasta el cuello y con una capucha que le ocultaba su rostro.
Todos los hombres, al llegar cerca suyo, formaron alrededor del par de compañero, formando un círculo, rodeándolos por completo, tan solo dejando un pequeño espacio por el cuál el hombre encapuchado podría entrar. Si bien los soldados no les apuntaban con los rifles, su presencia daba muy mala espina.
El hombre encapuchado entro al círculo y se posó en frente de ambos compañeros. Era alto de estatura sin embargo algo encorvado, y la capucha le tapaba casi todo el rostro solo dejando al descubierto unos brillosos ojos azules los cuales observaba a Daimon y al profesor de manera penetrante, también se asomaba una barba rala canosa la cuál cerraba el candado en su rostro.
-Nuestros centinelas nos advirtieron de la presencia de dos individuos dirigiéndose hacia nuestra tierra.-comenzó a decir este con una voz profunda y grave, en el idioma regional.-¿A qué han venido?-preguntó.
En parte había curiosidad en esta, en parte también había un aire de autoridad, era él quien manejaba la situación. El profesor le lanzó una mirada de advertencia hacia su ex discípulo en señal de que sea cauto, y este le respondió asistiendo con la mirada luego de deducir por sentido común lo que su compañero le estaba tratando decir.
Apartó la mirada de él y se dirigió hacia el hombre encapuchado, quitándose de la cabeza la boina inglesa, dejando al descubierto un cabello castaño claro en todo su cuero cabelludo, este era corto y se movía al son del viento que pasaba por allí en ese momento. Frunció el ceño y se colocó completamente serio, además de que intentó dirigirse de la manera más educada posible a su interlocutor con el fin de causar una buena impresión.
-Mi nombre es Daimon Volker.-habló en aquella lengua extranjera.-Mi padre era Wilhem Volker, yo ya había visitado este poblado antes en compañía de él, sé que mi familia y su gente ha gozado de una buena relación desde hace generaciones.-luego volteó y señaló hacia su compañero.-Este hombre es el profesor James Hopkins, enseña arqueología en una universidad en su tierra natal.-y volvió a encarar hacia su interlocutor.-Hemos venido con el fin de cumplir con una Misión Sagrada que se remonta desde hace siglos.-dicho esto volvió a voltear hacia el profesor.-Los documentos.-le pidió.
Inmediatamente el profesor Hopkins buscó bajó su equipaje y comenzó a buscar algo dentro de él. Al cabo de un rato sacó un fino tubo de metal el cuál se lo pasó a Daimon quién a su vez se lo extendió hacia el hombre encapuchado quién lo recibió tranquilamente. Luego de examinarlo por un momento con cuidado, tomó la tapa del objeto y abrió el tubo, sacando un viejo rollo de pergamino el cual tenía más de quinientos años de antigüedad.
El viejo papiro se encontraba entre amarillento y anaranjado, y parecía no estar en muy buen Estado, sin embargo, la hoja se conservaba sorprendentemente bien para su edad. El hombre encapuchado lo abrió y comenzó a leer algo escrito en él, al menos por un rato mientras que todas las miradas (incluso la de sus hombres) se enfocaban en él con curiosidad. Una vez terminado, volvió a enrollar la hoja y la colocó con cuidado dentro del tubo de metal el cuál cerró.
-Curioso…-comentó el hombre.-Nunca creí que vería con mis propios ojos ese pergamino.-y dicho esto se lo extendió a Daimon quién lo recibió con cuidado.-Realmente vivimos en tiempos muy extraños.-y dicho esto su voz sonó un tanto más abierta aunque mantenía su postura.-Creo que no nos hemos presentado, yo soy el alcalde de este pueblo, y en efecto, joven Volker, te recuerdo cuando solo eras un pequeño niño acompañando a tu padre por estos lares aunque dudo que tú sí te acuerdes de mí.
Dicho esto, se quitó la capucha, un gesto regional en respuesta a Daimon quién también se había quitado lo que tenía sobre la cabeza. Era un "símbolo de respeto" por esa región, daba a entender que ambos se encontraban en igualdad de condiciones de forma respetuosa y amigable. Su cabello era canoso y llegaba hasta sus hombros, parecía ser un hombre viejo sin embargo no daba la sensación de serlo realmente, quizás había envejecido demasiado para su edad o al menos eso pensó el profesor Hopkins quién observaba la escena, algo más tranquilo ya.
-En esos tiempos yo solo era un sacerdote.-comentó el hombre.-Asumí el puesto de alcalde cuando mi sucesor murió hace ya más de diez años, yo soporté la carga de la responsabilidad de ser el sostén de esta comunidad y su guía, y al parecer tú también has terminado convirtiéndote en la cabeza de tu familia por lo que de algún modo tenemos algo en común.
Ese comentario final hizo que Daimon automáticamente se ruborizara, una clara señal de que ese tema le incomodaba mucho, por lo que no dio respuesta alguna. El alcalde notó esto y decidió cambiar de tema automáticamente.
-Supongo que han venido a por el viejo Espíritu de la Montaña.-dedujo el alcalde con lógica en su voz, deduciendo las verdaderas intenciones de los extranjeros.
-Así es.-afirmó Daimon con más naturalidad en su voz.-Le prometo que solo será una visita rápida, luego abandonaremos estas tierras inmediatamente. Y lo cierto es que espero que así sea.-dijo mirando hacia el cielo el cual se nublaba más y más.-No quisiera llevarme esa tormenta conmigo.-y luego decir eso volvió hacia el alcalde.
Este último lo reflexionó por un par de minutos hasta que finalmente dio respuesta.
-De acuerdo, no los detendré.-decidió.-Y aceptaré humildemente su oferta de que se marchen lo más rápido posible. Aunque tampoco les recomiendo quedarse, corren muy malos tiempos, se dice que el Sello está a punto de romperse, y cuando eso suceda ordenaré la retirada de mi gente de estas tierras, nuestra misión ancestral estará completa finalmente. Pero hasta entonces les deseo muy buena suerte a ustedes dos.
Dicho esto hizo un ademán hacia sus tropas en señal de retirada y estas comenzaron a romper la formación para dar media vuelta y regresar directos hacia el poblado junto a su alcalde, dejando solos al profesor Hopkins y a Daimon quienes los veían partir.
-¿Qué fue lo que te dijo?-le preguntó el profesor Hopkins a Daimon, intrigado.
-Tenemos permiso para ingresar a la prisión.-respondió alegremente Daimon.-Y también para largarnos apenas hayamos terminado. Ah, también me dijo que el Sello se había debilitado.
Dicha noticia no le resultó para nada graciosa al profesor Hopkins, aunque se inmutó (y realmente le resultó como una apuñalada en el estómago), luego pasó a mostrarse más serio que de costumbre, y volvió a acomodarse los anteojos.
-Esto no es nada bueno.-comentó con mucha preocupación en su voz.-Si eso es cierto entonces no nos queda mucho tiempo, tenemos que terminar el trabajo ahora.
Ambos hombres tomaron sus equipajes y se volvieron a marchar hacia su destino. Fieles a su promesa (y en señal de respeto) no se atrevieron a entrar al pueblo, se limitaron a rodearlo con el fin de no provocar otro inconveniente. Debido al frío, Daimon volvió a colocarse su boina inglesa en la cabeza y marchó con rapidez por aquel terreno empinado, seguido del profesor quién también se esforzaba para seguirle el ritmo lo más que podía.
Habiendo dejado atrás el pueblo el terreno se volvía cada vez más empinado, haciendo muy difícil la tarea de subir por unos estrechos escalones de piedra cubiertos de nieve, los cuales hacía años que nadie les daba uso alguno. Subieron con cuidado por un largo rato, intentando no resbalar ni ser empujados por el viento, eso podría terminar en fracturas de huesos si terminaban cayendo por lo que se aseguraron de mantener el equilibrio.
Estuvieron así durante varios minutos, y las escaleras no parecían acabarse, ninguno de los dos se atrevía a dar la vuelta para ver hacia el vacío, estaba claro de que ya se encontraban a varios metros del suelo, y una caída podría ser fatal. El viento les pegaba directamente en la cara y poco a poco sentían como la temperatura descendía aún más drásticamente, el cielo se nubló y la zona comenzó a oscurecer. Una densa capa de neblina les nubló ligeramente la visión
-¡Parece que las leyendas eran ciertas!-exclamó Daimon.-¡Algo protege la entrada hacia el Santuario!
Gritó para que el profesor (quién venía atrás), pudiese oírlo puesto que la corriente de viento se movía más y más fuerte, limitándoles la audición. Aunque apenas podían ver, lo cierto es que por sentido común sabían perfectamente donde se encontraban los escalones y se aferraban a estos.
Antes de que se dieran cuenta, habían logrado llegar hasta un pequeño terreno llano, ladrillos de piedra en el suelo, y en frente una pared construida con el mismo material. Encima se encontraba tan solo la roca de la montaña la cuál evitaba que la nieve se acumule en esta pequeña plataforma, quizás creada para dar un pequeño respiro a aquel que haya subido por todo el camino el cuál continuaba hacia la izquierda en escalones pegados a la montaña los cuales se encontraban al lado del vacío mismo.
En la pared de ladrillo estaba escrito un símbolo grotesco cuya esquinas terminaban en púas o en formas toscas, escrito en rojo. El profesor Hopkins se acercó para examinarlo más de cerca, tocando la pared de ladrillo y acariciándola cuidadosamente con la mano. Esta estaba llena de polvo y en muy mal estado, agrietada, y había perdido ya gran parte de su color.
-Ese símbolo significa "peligro".-comentó Daimon luego de examinarlo.-Ni si quiera por estos lugares la gente suele utilizarlo muy a menudo, es un mal augurio. Advierte que cualquiera que haya llegado hasta aquí haría bien en dar la vuelta y regresar, lo que es una buena señal…-concluyó sarcásticamente.
Se detuvieron por un rato antes de seguir, se sentaron sobre la fría piedra y allí observaron la densa niebla que rodeaba al relieve, esta les impedía ver más allá, de lo contrario quizás habría sido una muy buena vista para ambos, aunque en el fondo también agradecían su presencia, de esa forma no podría ver qué tan alto se encontraban, y lo cierto es que la altura acobardaría a cualquiera.
Luego de diez minutos se incorporaron y retomaron el camino, subiendo los escalones los cuales parecían dar "círculos" rodeando a la montaña. La temperatura no bajó más, pero se mantuvo igual de hostil, y el viento aún les golpeaba con furia como si intentase llevarlos también con la corriente.
Finalmente, la neblina comenzó a disiparse un poco y ambos pudieron ver como a unos cuarenta escalones más arriba se podía ver la entrada hacia una estructura la cuál se encontraba justo al final del camino, una vieja estructura construida del mismo material que la anterior plataforma, y también igual de antigua corroída. No solo eso, la neblina se disipó al punto de que también les permitió ver más allá de la entrada, imponentes muros de ladrillo los cuales daban hacia un acantilado y en dirección hacia los prados lejanos, camino que es necesario tomar para poder llegar, un excelente punto de vigilancia.
Por encima de los muros, estacas para impedir que nadie que intentase escalarlos pudiese ingresar con facilidad, muchas estaban oxidadas dejaban espacios entre ellas, posiblemente habrían caído con el tiempo. Pero ¿Por qué alguien fortificaría un muro que se encontraba al lado de un acantilado? ¿Qué clase de batallas habría visto esta estructura en sus tiempos de máximo esplendor? Conforme la neblina se disipaba podían apreciar qué tan grande era el edificio realmente, quizás podría albergar a todo un ejército dentro de esta, lo que también traía otra interrogante consigo, ¿Quién alojaría a todo un ejército en una estructura como esa? Era bien defendible, eso es cierto, cualquier ejército normal tendría problemas en tomar esta fortaleza, pero así como era difícil ingresar a ella también era muy complicado salir, no parecía muy estratégico después de todo.
-La antigua Fortaleza Därkztrugg.-comentó el profesor Hokpkins con el ceño fruncido.-Hemos llegado…
Ambos hombres comenzaron a subir a mayor velocidad, aunque sin perder el equilibrio y con sumo cuidado puesto que había llegado hasta allí y no pensaban perecer por una simple caída. Luego de minutos subiendo escalones consiguieron ingresar finalmente a la Fortaleza la cuál se mantenía oscura y silenciosa a excepción del fuerte silbido del viento afuera de esta.
El par se equipó con linternas las cuales llevaban con el equipaje y se adentraron por los oscuros pasillos de esta ya antigua fortaleza, investigando, también llevaban cada uno una cámara de fotos, captando innumerables escenas como parte de su reporte. La situación de la vieja estructura era realmente lamentable, viejas columnas se habían derrumbado allí hacía siglos y se encontraban descansando en el suelo desde entonces. Había esqueletos, cuerpos polvorientos y vestidos con armaduras oxidadas y vestiduras rasgadas y en muy mal estado.
Había armas de todo tipo arrojadas en el suelo, todas habían visto tiempos mejores, y los esqueletos esparcidos por toda la Fortaleza eran innumerables.
-¿Qué clase de batalla habrá ocurrido aquí?-se preguntó Daimon mientras observaba a su alrededor, alumbrando a todas partes.
-Una batalla que lo decidió todo...-respondió el Profesor Hopkins.
Este se encontraba ensimismado y parecía haber respondido para sí mismo, como si relatara una vieja historia que había oído hacía años. Esto desconcertó un poco al pobre Daimon quién lo observó con más intriga.
-Profesor.-le llamó.-¿De qué habla?
El hombre no se sobresaltó exactamente, pero si se sorprendió al volver en sí de un momento determinado. Elegantemente se acomodó los anteojos y miró hacia su alumno.
-Era parte de la leyenda.-respondió con tranquilidad.-La que hablaba de la historia de esta fortaleza, "Una batalla que lo decidió todo", "Una batalla que empujó al ejército de bestias de regreso a la oscuridad", "De la mano de Dios tiñeron los muros con su sangre y las mandaron al olvido".
Una vez que terminó de decir eso, Daimon alumbró (instintivamente) a uno de los muros de ladrillo como si de manera inconsciente hubiese volteado para buscar rastros de sangre en él, pero sorpresivamente lo único que se hallaba era una inscripción tallada sobre la roca, palabras inmortales que se mantenían grabadas en aquel lugar olvidado, quizás esperando a que alguien llegase para que este lea el mensaje que este mural aún contenía consigo.
El profesor Hopkins se acercó a la pared, y tal y como lo había hecho anteriormente, la acarició con delicadeza y analizó el mensaje contenido en esta.
-Es un lenguaje antiguo.-concluyó el hombre.-Si tuviese las herramientas necesarias podría traducirlo quizás.
Sin embargo, Daimon miraba fijamente el mensaje escrito en el mural. Su mente pronto evocó un recuerdo de su infancia, cuando su madre le impartía pequeñas lecciones, entre ellas la enseñanza de un viejo idioma, una lengua muerta que ya nadie empleaba y solo pocos la conocían. Pronto notó que esos grabados tenían un significado para él, podía descifrarlos.
-Creo que puedo leerlos.-afirmó Daimon, extasiado.
Dicho comentario sorprendió al profesor quién permaneció un tanto desconcertado pero se limitó a dar un par de pasos atrás permitiendo al muchacho acercarse a la pared para poder observar mejor los escritos. Luego de analizarlos lentamente encontró la manera correcta de leerlos.
-Dice…-comenzó a descifrar el texto en voz alta y clara.- En respuesta, Caín se lamentó, "Grande es mi castigo para ser soportado. He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará". Dios respondió, "Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara. Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén".-luego volvió giro hacia su compañero y dijo.-Génesis 4, 11-16.-dijo, entre curioso, desconcertado y sorprendido.
-Un pasaje de La Biblia…-observó el profesor, pensativo.
Este nuevamente se acomodó los anteojos y se colocó una mano en la barbilla reflexionando. Por su parte Daimon aún permanecía sorprendido por este hallazgo, quién quiera que sea que haya dejado ese mensaje ahí posiblemente era creyente, y no sonaba nada descabellado teniendo en cuenta la naturaleza medieval de la estructura. O simplemente estaba intentando insinuar algo en particular, incluso cabía la posibilidad de que sea un poco de ambas cosas.
Observó atentamente al profesor Hopkins quién seguía meditando en silencio, como si estuviese atando cabos. El muchacho ya conocía aquella faceta de este hombre, una mente brillante, un gran investigador, y excelente a la hora de tener que juntar todas las piezas como si fuese un rompecabezas.
-La Marca de Caín…-dijo este quién seguía reflexionando para sí mismo.
-¿Entonces quizás las viejas historias sean ciertas?-preguntó Daimon, atónito.
-Tal vez…-respondió el profesor, aún pensativo.
Todavía tenía dudas que debía aclarar sin embargo se limitó a fotografiar el mural empleando la cámara de fotos y siguió adelante junto a Daimon quién lo seguía de cerca. Ambos procuraron tener cuidado a la hora de avanzar con el fin de no chocar con alguna estructura caída o con los cuerpos putrefactos, lo que hacía que la tarea de desplazarse por la fortaleza sea algo muy tedioso.
Muchas entradas habían sido derrumbadas, quizás era algo de lo que el paso del tiempo y las variaciones sísmicas del relieve se encargaron, quizás ocurrió durante la última batalla que presenció ahora esta lejana estructura, pero lo cierto es que se había convertido en un viejo mausoleo y no había en ningún lugar indicidios de lo que alguna vez había sido, su magnificencia se había perdido hacía ya mucho tiempo atrás.
Toda la fortaleza ahora se encontraba fría y húmeda, más no oscura por la gran cantidad de ladrillos y paredes que faltaban en esta, más bien una ruina abandonada en medio del terreno. Realmente daba pena ver aquel lugar en dichas condiciones, también curiosidad puesto que sea cuál sea la batalla que alguna vez se libró aquí debía de haber sido un enfrentamiento feroz entre ambas partes.
Atravesaron por pasillos silenciosos, se toparon con habitaciones en ruinas y muebles de madera polvorientos en un estado putrefacto, solo había muerte y decadencia por doquier, no más que eso. Sin embargo, no caminaban a ciegas, conocían perfectamente lo que habían venido a buscar y en qué lugar de la fortaleza debía de encontrarse. Al final de un solitario vestíbulo iluminado parcialmente gracias a un pequeño agujero en el techo, dieron con unas viejas escaleras que daban hacia lo que parecía ser las mazmorras de la fortaleza y a su vez las cloacas.
Las escaleras terminaban en un camino angosto y profundo, y a ambos lados solo había barrotes de hierro, y como primera medida preventiva, vacío, un enorme precipicio el cual presumiblemente daba hacia las corrientes de agua que surgían desde algún lugar de la montaña. De esa forma la tarea de escapar se convertía en algo muy poco viable, y a su vez también complicaba la tarea de vigilar a los reos por ese lugar tan peligroso, un solo paso en falso y era una muerte segura.
Sin embargo, el lugar no se encontraba a oscuras puesto que, más a lo lejos, al final del estrecho pasillo este parecía terminar en una gran abertura, posiblemente una entrada alternativa a la fortaleza.
Ambos hombres caminaron en silencio mientras procuraban mirar a dónde pisar con el fin de no resbalar y caer, sería un fin demasiado ridículo teniendo en cuenta todo lo que habían logrado hasta ahora. Alumbraron todo el tiempo hacia el camino y el interior de las celdas protegidas por los barrotes.
-Es aquí, ¿No?-preguntó Daimon con seriedad inusual en su voz.-Aquí, en este pútrido lugar es donde se encuentran confinados los espíritus de estos seres.
-Así es.-respondió el profesor Hopkins.-Desde hace siglos, esperando el momento en el que podrán por fin ser libres. Y mal de nosotros haber nacido en esta era.
Había preocupación y cólera en su voz, pero se mantuvo íntegro mientras seguía avanzando con cuidado. Daimon, por su curiosidad nata, buscó indicios de la presencia de estos seres dentro de las celdas, lo que provocó que se descuidara y no viera que estaba pisando sobre un peldaño roto, lo que provocó que este se derrumbará y el muchacho cayera hacia el vacío, pero evitando seguir descendiendo gracias a que se sujetó aún de aquel "camino" con el fin de no caer.
-¡Daimon!-exclamó el profesor con preocupación.
Volteó y le extendió una mano para ayudarlo a subir, el muchacho la sujetó con fuerzas, y luego de forcejear, consiguió subir nuevamente y ponerse de pie. Dicha experiencia lo atormentó un poco, más aún por que acababa de tener a la muerte a la esquina del camino, salvándose solo por que logró reaccionar a tiempo y conseguir sujetarse del suelo.
-Deberías tener más cuidado.-le reprendió el profesor.
Dicho esto ambos hombres continuaron la marcha en silencio, con Daimon avergonzado y algo asustado pero prestando más atención al camino. Luego de haber recorrido por aquel puente por al menos diez minutos más, el profesor Hopkins se detuvo y alumbró hacia su derecha.
Finalmente habían llegado a aquella parte de la prisión en donde habían sido sellados los espíritus de las criaturas, pero para sorpresa de estos dos, la celda no solo se encontraba vacía si no que los barrotes de esta misma estaban rotos y se encontraban doblados en dirección al exterior como si hubiesen sido empujados con una fuerza sobrehumana desde el interior de la celda.
El ver esto los dejó atónitos a ambos, ninguno podía articular palabra alguna ni tampoco sabían qué decir. Pero ahora lo imposible (lo que jamás habrían pensado que sucedería aún) se había vuelto posible y los dos comprendieron automáticamente lo que había ocurrido.
-¡Profesor!-dijo Daimon, casi tartamudeando.
El pobre muchacho estaba pálido y tenía los ojos abiertos como platos por la impresión producto de haber presenciado algo como eso. La misma escena no solo daba un mal rollo si no que para colmo el sabía qué era lo había ahí dentro y la gravedad de la situación.
Por otro lado, el profesor Hopkins se acomodó nuevamente las gafas y frunció el ceño.
-El Sello se ha roto.-sentenció.
Pero eso no fue lo único que ocurrió ya que, de uno de los bolsillos delanteros del abrigo de Daimon algo comenzó a brillar con intensidad, una fuerte luz de un color azul radiante. El muchacho, desconcertado, metió su mano dentro de este y sacó del bolsillo una especie de objeto de cristal, alargado, con un rombo en uno de sus extremos, y en el otro con prolongaciones como paletas.
El hecho de que comenzase a brillar súbitamente sorprendió a ambos hombres puesto que nunca antes de había comportado de ese modo.
-La llave…-comenzó a decir.-¡Está brillando, profesor!
Una vez dicho esto, un fuerte estallido se escuchó a lo lejos, algo que paralizó a ambos individuos. Este provenía de abajo de la fortaleza, y la onda de choque provocó que fuerte corrientes de viento fueras impulsadas violentamente hacia todas direcciones. A su vez causó un pequeño sismo que llegó hasta la misma estructura, y fue lo suficientemente fuerte como para que los cimientos de aquella vieja fortaleza comenzaran a romperse luego de haber resistido siglos.
Pronto el lugar se iba a derrumbar y caer hacia el vacío, y si no se daban prisa en salir entonces quedarían sepultados con él. Rápidamente Daimon regresó la llave a su lugar y se concentró en la situación, la misma perdió su brillo de un momento a otro y regresó a la normalidad.
-¡Debemos ir hacia la salida ahora!-gritó Daimon.
Ambos hombres comenzaron a correr lo más rápido posible en dirección al rayo de luz el cuál no se encontraba ya tan lejos, a no más de unos veinte metros, pero para eso debían cruzar ese estrecho puente el cuál para colmo también comenzaba a derrumbarse, y ellos se tambaleaban todo el tiempo a causa del desprendimiento de la fortaleza.
Aún así no se dieron por vencidos y siguieron avanzando, en veces dando brincos por los constantes huecos en el suelo que comenzaban a aparecer. El techo también empezó a caer y por poco Daimon es aplastado por un gigantesco pedazo de este si hubiese tardado al menos un segundo en cruzar.
Un poco más y quizás no lo habrían logrado, pero consiguieron llegar hasta el rayo de luz que efectivamente era una entrada alternativa hacia la fortaleza la cuál daba hacia un camino empinado hacia abajo, ahora cubierto de nieve, y que a su vez a la izquierda había un precipicio y una espectacular vista hacia los valles inferiores, pudiendo divisar todos y cada uno de los pequeños pueblos con los que se toparon tiempo atrás.
Una vez que Daimon logró salir dio un salto demasiado exagerado producto de la adrenalina que le causó aquella experiencia, mientras que la estructura se inclinaba hacia el lado contrario y caía hacia el acantilado, derrumbándose, dejando tan solo algunos cimientos atrás. Apenas puso un pie fuera, el profesor Hopkins lo tomó de cuello y lo arrojó hacia el suelo, con la brusquedad suficiente como para que se agachara de forma rápida pero a su vez con la delicadeza necesaria para que el muchacho no chocara su cara contra la nieve.
-¿Qué sucede?-preguntó Daimon un poco molesto.
-Shhh…-le silenció el profesor para luego señalar hacia los valles inferiores.-Allá…-dijo, lo suficientemente alto como para que el joven le escuchara aún en medio de la ventisca.
Ambos se encontraban detrás de una gran roca que ocultaba su presencia de cualquiera que asomara la vista para ver hacia arriba, y realmente era útil teniendo en cuenta que allí abajo, en el pueblo Guardián ahora reinaba el caos. Podían ver claramente como las estructuras se encontraban incendiadas, y pequeños puntos moviéndose de un lado a otro, siendo sus habitantes intentando escapar.
Pero no había solo personas allí… Puntos más gruesos y llamativos, algunos en tierra, otros en aire (alados) atacaban sin piedad a las estructuras y las personas que intentaban escapar de allí, era una escena cruel y aterradora la cual les ponía los pelos de punta a los dos compañeros quienes miraban con impotencia todo lo que ocurría.
Estos seres no solo dañaban a sus objetivos empleando la fuerza física, sino que también algunos arrojaban una especie de rayo luminoso, presentando todo tipo de habilidades sobrenaturales dignas de las viejas novelas que el profesor Hopkins leía en su juventud.
-Esos son los Quimeras…-dijo Daimon, entre asustado y enfurecido.
Era más bien una observación hacia sí mismo, quizás una asimilación, comprendía el terrible poder de estos seres y su crueldad a la hora de atacar a seres indefensos. Pero en un momento dado la conmoción se detuvo, aquellos seres dejaron de atacar y lo cierto es que tampoco se veían más pequeños puntos como individuos desplazándose por la zona.
Pero por supuesto el ataque en realidad no se había detenido del todo. Dos Quimeras salieron de la zona más devastada del pueblo, trayendo consigo a un individuo en particular el cuál, al llegar frente al que parecía ser el cabecilla de los seres, lo arrojaron en frente de él. Aunque no podía estar del todo seguro, tanto Daimon como el profesor deducían que ese hombre era el alcalde del pueblo, aquel sujeto que hace un par de horas se mostraba imponente, sabio y autoritario (pero razonable y comprensivo) ahora estaba allí, postrado y humillado frente a seres a los que no iba a poder detener, no con las armas que tenían, tampoco estaban preparados para un ataque de esa magnitud. Y después de todo los Quimeras eran inmortales.
Los dos hombres observaron la escena con furia, viendo como los Quimeras se burlaban del alcalde del pueblo el cuál a su vez también recibía una paliza por parte de muchos de ellos. Todo esto hasta que finalmente cayó al suelo en cuerpo completo y no se volvió a levantar. Daimon estaba a punto de incorporarse, no sabía qué hacer ni como pero no iba a permitir que eso siguiese ocurriendo, no podía permitírselo a sí mismo, sin embargo, el profesor le tomó del brazo y le lanzó una mirada de advertencia con sus claros ojos.
El mensaje estaba explícito, ellos no tenían ninguna oportunidad en un combate contra aquellos seres, y el enfrentarse con ellos ahora solo sería un acto en vano, aún tenían una misión qué cumplir y no podían darse el lujo de arriesgarse. Daimon lo comprendió y desistió, abatido, para seguir contemplando la escena.
Los Quimeras ahora se habían puesto a discutir entre ellos, por más que los dos hombres no podían oír la conversación notaban perfectamente que estos seres reñían con respecto a quién debía liderar la tropa, al parecer se habían formado dos bandos entre ellos, haciendo de esa una pelea interna, pero, ¿Cuáles eran sus objetivos? ¿Qué eran lo que buscaban y por qué? ¿Querían solamente venganza por su cautiverio o algo más?
Daimon notó que realmente no sabía mucho de estas criaturas, más allá de una aproximación de como se veían (aunque era la primera vez que veía a uno realmente), contra quienes combatían, y quizás algunas otras características además de eso como su inmortalidad, ¿Pero más allá de eso? Nada.
Pero al parecer tampoco existían muchas probabilidades de que lo descubrieran y debían marcharse de allí a como de lugar, si es posible sin llamar la atención. El profesor Hopkins también había llegado a la misma conclusión por lo que, en una sincronización casi perfecta, los dos hombres comenzaron a incorporarse cuidadosamente con el fin de seguir aquel camino que descendía. Si había suerte lograrían escapar sin ser detectados y regresar a su tierra, cumpliendo no solo la misión de verificar el estado del Sello sino que también la de advertir del regreso de las Quimeras.
Con el rabillo del ojo, el profesor pudo notar algo particular en dirección hacia el pueblo, volteó para verlo mejor y le dio la impresión de que uno de los toscos puntos observaba en dirección a ellos. Automáticamente volvió a cubrirse con la roca.
-¡Daimon!-exclamó a su compañero.
El joven, quién tenía la piel de gallina, también volvió a esconderse. Él no sabía realmente qué estaba sucediendo, pero supuso que habían sido descubiertos.
-Ah…-se quejó por lo bajo por la gravedad de la situación pero un instante luego sonrió de oreja a oreja y con algo de esperanza en sus ojos.-Bueno… Quizás no nos vieron…
Irónicamente un rayo de luz pasó al lado de la roca y dio con la pared de la montaña, provocando un pequeño estallido. De haber estado uno de los dos allí irremediablemente habría muerto calcinado por el poder de ese ataque.
-Demonios…-dijo Daimon, frunciendo el ceño.
Dicho esto, asomó la mano por debajo de su abrigo, buscó algo en uno de los estuches que llevaba en el cinturón (ocultos hasta el momento), y finalmente la retiró con un arma de fuego consigo, el profesor Hopkins también hizo lo mismo. Eran dos Berettas de 9 mm, armas muy confiables y de la que ambos hombres estaban experimentados en su uso.
Los dos intercambiaron miradas por un momento, asintieron, y se asomaron de su escondite, disparando a todo aquello que se movía en los cielos, y a su vez a aquellas figuras en tierra firme que les atacaban lanzándoles rayos de poder (procuraron no herir a ningún inocente).
-¡Suerte que sobornamos a ese tipo en la aduana!-gritó Daimon.
-¡Sabes bien que unas balas no les harán nada!-exclamó el profesor.
-¡Si, es cierto!-respondió Daimon riendo.-¡Pero esto es genial, me siento uno de esos Guerreros Medievales!
El tiroteo se extendió al menos por dos minutos, a menudo se cubrían para no recibir los ataques que les lanzaban, pero cada vez sus tiros se hacían más y más precisos. Las bestias voladoras intentaban llegar hacia ellos, pero le mantenían a raya todo lo posible, aunque a cada tanto se detenían para recargar, aunque lo cierto es que no llevaban más de tres cargadores para cada uno.
Aun así, los Quimeras se las ingeniaban para esquivar todo los proyectiles arrojados haciendo maniobras evasivas en pleno vuelo. Además no importaba cuantos tiros acertaran, a fin de cuentas, solo estaban reteniéndolos.
-¡¿Ya tienes un plan?!-le preguntó el profesor sin apartar su vista de la mira.
-¡Quizás!-respondió el Daimon.-¡Pero no es seguro!
Una vez dicho esto le arrojó su arma al profesor Hopkins quién la tomó en el aire y la blandió con la mano que aún estaba libre, disparando a través de ambas pistolas. Por su parte Daimon abrió su equipaje, corrió un poco la olla y los demás elementos de cocina, y sacó un objeto muy peculiar el cuál prácticamente ocupaba el 70% del espacio, lo que parecía ser una pesada y rectangular caja de un metal negro, la cual medía aproximadamente 1,20m. Sin embargo, parecía presentar un "corte", dos líneas que la atravesaban de arriba abajo y de izquierda a derecha trazando una cruz perfecta.
La colocó en el suelo, y del bolsillo de su pantalón impermeable sacó un pequeño objeto con forma de rombo el cuál introdujo en una abertura de la misma caja, para luego girarlo dos veces hacia la derecha. Si bien estaba sudando completamente por la gravedad de la situación, demostraba trabajar bien bajo presión y de una forma muy cuidadosa.
Una vez que terminó de girar aquel objeto en la abertura de la caja, esta última comenzó a expandirse no solo de forma vertical, sino que también horizontal, liberando un agudo ruido mecánico que sobresaltó al mismo profesor Hopkins quién volteó para ver qué era lo que ocurría, lo que lo dejó atónito.
Poco a poco el objeto comenzó a cambiar de forma hasta que de un abrir y cerrar de ojos terminó transformándose en una moto de nieve, completamente oscura tal cual al color de la caja misma. Su rueda de tractor oruga era larga y fuerte, se ubicaba desde el centro inferior del vehículo y llegaba hasta la parte trasera de este. A su vez también poseía dos tablas delanteras en la parte posterior del vehículo para garantizar un mejor deslizamiento.
Nótese que por todo el objeto había pequeñas líneas divisorias, como si fuese un rompecabezas, lógico teniendo en cuenta que se trataba de un vehículo que podía cambiar de forma a la de una caja de metal negra. El joven Daimon miró a su propio invento, orgulloso de lo que había logrado, y luego volteó para ver a su compañero, sorprendiéndose por que este no parecía compartir su mismo sentimiento.
-Este…-comenzó a decir Daimon un tanto avergonzado y a la vez riéndose por la reacción del profesor.-Le presento mi nuevo invento, señor, aún no lo he bautizado, y lo traje hasta aquí con el fin de probarlo por primera vez.
Este último comentario sorprendió al profesor Hopkins el cuál frunció el ceño. Curiosamente los lentes de sus gafas comenzaron a brillar nuevamente.
-¿Es decir que nunca lo probaste antes?-preguntó él un tanto preocupado.
-Lo traje para probarlo en el camino de regreso.-admitió el muchacho, y antes la mirada de su ex profesor decidió agregar algo más.-Obviamente le iba a preguntar antes si estaba de acuerdo con probarlo…
En una ocasión normal el profesor se habría negado rotundamente a participar de una actividad tan riesgosa como la de ser prácticamente el conejillo de indias de un experimento sin embargo no parecía haber un plan mejor, era eso o terminar lidiando cara a cara con los Quimeras, enemigos contra los que no tenía estrategia alguna para combatir, y dado lo que se contaba en la vieja historias, ambos hombres no tenían ningún recurso consigo para conseguir derrotar si quiera a uno en combate.
Dio un profundo suspiro, se acomodó nuevamente las gafas, y asintió en señal de aprobación a su joven compañero. Este, al ver que había "luz verde" para su plan, esbozó una sonrisa pícara, se colocó su equipaje al hombro nuevamente y montó aquel vehículo, apoyando sus manos en los dos manubrios de este. El profesor se incorporó rápidamente, corrió lo suficiente como para esquivar uno de los ataques de sus enemigos, y se subió también, posicionándose detrás de Daimon. Guardó una de las armas en un estuche que llevaba en su pantalón impermeable, y con la mano que quedó libre se sujetó a la cintura del joven, fuertemente.
-¡¿Está listo, profesor?!-preguntó el muchacho, con adrenalina en su voz.
-¡Hazlo!-respondió este afirmativamente.
En ese mismo instante el joven arrancó y el vehículo salió disparado, esquivando todos los rayos de luz que intentaban dar en el blanco. Bajaron por aquel camino, deslizándose a toda velocidad por toda la montaña mientras que los Quimeras los atacaron con más fiereza, pero no podían contra la velocidad de aquel vehículo y la distancia en la que se encontraban.
Aquella moto de nieve rendía bastante bien como para solo ser un prototipo, se movía con delicadeza y elegancia por todo el camino nevado, y era tan veloz que provocó que el profesor tuviese que aferrarse con más fuerza al joven quién gritaba, emocionado, al parecer estaba disfrutando el tener que manejar aquel vehículo, en un camino tan complicado de mantener el control como ese, y para colmo siendo atacados por un grupo de seres que intentaban acabar con ellos sin piedad.
Pronto el camino comenzó a desviarse hacia la izquierda y el joven, con habilidad, dominó la curva como si fuese un profesional, claro sacrificando un poco la velocidad para poder mantener el control, pero cuando ya no había ningún inconveniente, volvió a acelerar para compensar todo lo que habían perdido a causa de esta.
-¡Esto es genial!-exclamó Daimon.-¡Funciona tan bien como en tierra!
-¡¿No dijiste que nunca antes la habías probado?!-le preguntó el profesor un tanto confundido.
-¡Quise decir en la nieve!-respondió Daimon.-¡También puede transformarse en una moto normal si así lo deseo!
Esto mareó un poco al pobre profesor quién estaba sudando y dejó escapar un pequeño gesto de preocupación.
-¿Y en agua?-preguntó.
-¡No se me ocurrió hacerlo!-admitió el joven.-¡Mientras no caigamos en ningún lago o río yo creo que estaremos bien!
Se adentraron en medio de un bosque por el cual Daimon encontró un ancho camino por el cuál pasar a toda velocidad con la moto de nieve. No tenía intenciones de darles ninguna ventaja a los Quimeras quienes seguían intentando alcanzarles.
En ese entonces, los Quimeras voladores ya estaban consiguiendo pisarle los talones desde atrás. El profesor volteó para verlos y reparó en que si les permitían seguir acercándose entonces pronto conseguirían llegar hasta ellos por más rápida que sea la moto de nieve. Con la mano con la que aún sujetaba un arma la extendió hacia ellos y comenzó a disparar con la mejor puntería que la situación le permitía.
Si bien no logró acertar con muchos de los tiros si consiguió que aquellos seres tuviesen que concentrarse también en acciones evasivas y por lo tanto fueron perdiendo velocidad. Aún a pesar de la velocidad y el constante movimiento, el hombre pudo notar que parecían una mezcla de mamífero-reptil volador, pero lo que más resaltaba a la vista eran el brillo de sus ojos, dos cuencas oculares penetrantes que les fulminaban con la mirada. No parecían nada felices el tener que retroceder para no recibir los ataques de lleno.
"Si tan solo supieran que nuestras armas no tienen efecto en ellos" pensó el profesor. Le aterraba la idea de que estos se percatasen de dicho detalle y prefirió no pensar en eso.
De un momento a otro, aquellos seres voladores abandonaron la persecución y se apartaron, perdiéndose de la vista. Pronto ambos hombres pudieron sentir un fuerte temblor por todo el relieve, un sordo ruido que provenía kilómetros atrás, algo que los dejó atónitos sin saber qué era lo que lo provocaba. Pero más tarde que nunca, el profesor pudo observar cómo, del pico de la montaña, fuertes y gigantescas rocas caían a toda velocidad.
Una densa capa de nieve se desprendía en dirección a las faldas de la montaña.
-¡Esos malditos provocaron una avalancha!-exclamó Daimon, frunciendo el ceño.
Al ver esto aceleró el vehículo aún más con el fin de no ser alcanzados por la capa de nieve que los seguía muy de cerca y amenazaba con enterrarlos vivos si no se apresuraban en escapar rápidamente. Incontables gotas de sudor aparecieron en sus frentes, deslizándose hasta la barbilla y perdiéndose en sus gruesos abrigos.
Lograron salir del bosque sin embargo la avalancha los seguía de cerca aún y cada vez se acercaba más hacia estos. Daimon pensó en todas aquellas personas con las que se habían topado hasta llegar a la fortaleza, ¿Qué sería de ellas? ¿Lograrían ponerse a salvo a tiempo? ¿Tendrían cómo hacerlo? Esto le molestó, casi rechinaba sus dientes y fruncía aún más el ceño.
El profesor Hopkins pareció adivinar lo que el joven estaba pensando en ese momento, guardó el arma que todavía tenía a mano, y le tocó el hombro con un gesto paternal, como si fuese su hijo. No era la primera vez en la que eso ocurría, no era la primera vez en la que sentía que este hacía el papel de figura paterna para el muchacho, y este a su vez no parecía sentirse incómodo por dicho gesto.
El joven acababa de perder aquella "chispa" que le daba personalidad, se encontraba deprimido y pensativo, se preguntó el como alguien podría ser capaz de llegar a ese extremo solo para acabar con su objetivo, ¿Cuánta sangre derramarían solo para acabar con dos sujetos? Y aunque su objetivo simplemente sea acabar con todo el mundo por igual, su acto seguía siendo ruin.
Con el rabillo del ojo izquierdo creyó ver a lo lejos la figura de dos niños jugando a lo lejos, acompañados de sus padres. Por un momento dejó de prestar atención al camino y volteó levemente, en aquella dirección, sorprendido por esto. Sin embargo, esa imagen se esfumó al instante puesto que, en lugar de una familia, allí a lo lejos solo había algo en particular, un solitario árbol, el Yggdrasil.
Cientos de recuerdos pasaron por su mente en aquel momento mientras contemplaba aquella devastadora escena en la que el solitario árbol era tragado por la avalancha. Ahí estaba el pasado que había dejado atrás, ahora enterrado como sus recuerdos y emociones, así como también aquellas viejas baratijas familiares, ahora perdidas para siempre, las probabilidades algún día recuperarlas se habían esfumado. Se lamentó por no haberse detenido a desenterrarlas a tiempo, en el interior realmente anhelaba volver a verlas, recuerdos de su familia, recuerdos que jamás regresarán.
"Ahora es solo historia, pasado, enfoquémonos en el presente que es lo que importa", pensó. Esa frase había salido de sus labios, pero no de su corazón realmente, dicho recuerdo incluso causó que dejase escapar una pequeña risa de indiferencia mientras volvía en sí, enfocando su atención en el camino nuevamente.
Se sentía solo, vulnerable, como un niño pequeño en medio de la oscuridad, impotente y sin ninguna forma de defenderse ante lo desconocido, pero a su vez molesto y con una llama de cólera ardiendo en su interior, pero en su rostro solo se formaba una sonrisa de confianza haciendo juego con el ceño fruncido de su mirada.
Vio una rampa más adelante del camino, quizás la oportunidad perfecta para ganar velocidad y dejar atrás a la avalancha. Sin pensarlo aceleró pues, ¿Qué más podía perder con intentarlo? Estaba absorto en sus propios pensamientos al punto que no escuchó en ningún momento las palabras del profesor Hopkins quién gritaba detrás suyo, no les prestó ninguna atención y prosiguió con lo que había planeado.
El vehículo aumentó la velocidad a tal punto de que, al llegar a la rampa, este dio un gran salto, manteniéndose en el aire por unos segundos. Pero de pronto Daimon notó como algo se acercaba a su derecha, volteó y notó como uno de esos seres voladores, un Quimera, se acercaba volando en dirección a él. Pudo ver de frente la naturaleza bestial de aquella criatura, horrida, una perversión de la naturaleza. El joven abrió los ojos y su expresión cambió a la de una de horror, realmente ahora era un niño indefenso e impotente, el mundo ahora se había detenido completamente mientras observaba a su destino, aquel ser, acercándose lentamente, siendo lo único que se movía.
Realmente no había forma alguna en la que pudiese defenderse, cerró sus ojos para no tener que ver cuando aquella cosa le alcanzara finalmente, una decisión infantil según él, pero a su vez efectiva. Pero de pronto oyó un sordo ruido, como si dos objetos hubiesen entrado en colisión. Volvió a abrirlos y su sorpresa fue tal que casi suelta los manubrios del vehículo.
El profesor Hopkins había extendido su pierna derecha en dirección a aquella bestia antes de que pudiese acercarse a Daimon. La criatura chocó contra esta, recibiendo toda la patada en su torso para luego chillar y ser despedida en dirección contraria. Fue un golpe bastante fuerte aún a pesar de la edad de aquel hombre, ¿De dónde había sacado aquellas fuerzas?
De pronto Daimon sintió como nuevamente algo volvía a encenderse dentro suyo, realmente no era un niño pequeño, tampoco desprotegido, ni muchos menos se encontraba solo. Quizás el mundo sea un lugar en donde las injusticias abunden y en donde tendría que estar dispuesto a soportar todo lo que se presentara con el fin de hacerlo caer, pero había personas como el profesor quienes jamás lo abandonarían a su suerte y que hasta incluso arriesgarían sus propias vidas para ayudarle. Se dio cuenta el como en todo aquel viaje su mentor no solo lo había estado acompañando si no que también le cuidó la espalda en todo momento, nunca estuvo solo realmente y nunca lo estaría.
El vehículo descendió nuevamente hasta caer en aquel terreno empinado de forma limpia, lo que fue una completa suerte. Allá atrás la avalancha comenzaba a detenerse poco, y a pesar de que aún existía peligro, no parecía muy probable de que fuera a alcanzarlos.
Desde ese último ataque no volvieron a ver a ningún Quimera hasta que llegaron a las faldas de la montaña, no muy lejos de la civilización, allí se detuvieron finalmente. Daimon fue el primero en bajarse del vehículo y se sentó de espaldas al vehículo, cansado, con la cabeza inclinada hacia arriba, dando un fuerte suspiro. El profesor también se bajó, se acomodó los anteojos y evaluó la situación, mirando hacia todas direcciones.
Ya estaba oscureciendo finalmente, cumpliendo con sus predicciones, sin embargo, no había conseguido abandonar el relieve sin tener que ser testigo de aquella tormenta que se avecinaba. "La nieve…", pensó mientras sentía que esta le tocaba el rostro al caer. "La nieve es basura blanca, solo es un augurio de muerte y de angustia", y aún así permitió que esta le tocase completamente mientras el permanecía inmóvil.
Recordó a todos aquellos hombres con los que se habían topado, a aquel corpulento pero agradable señor, al alcalde y sus hombres, todos individuos que lidiaban constantemente con el frío y las fuertes ventiscas. Ahora posiblemente todos ya se habían ido pero el seguía ahí, de pie, recibiendo aquella tormenta que no pudo evitar.
Más allá de que su odio hacia la nieve esté justificado, ¿Realmente era "basura blanca" para los ojos de los habitantes de esta región? ¿O será que la consideraban como parte de su hogar? ¿El mundo que solo ellos conocían y a su vez el único que realmente conocían? Eran personas comunes como ellos dos, personas que se habían hallado envueltas en un conflicto que no querían desde un principio y ahora no podían disfrutar de su hogar.
Más allá del odio... Permaneció allí de pie, disfrutando por ellos, disfrutando de aquel fragmento de su hogar, por que la nostalgia del hogar es capaz de ablandar el corazón de todos los hombres.
Por su parte, Daimon volvió en sí y sacó del bolsillo delantero de su abrigo aquella especie de llave de cristal azul la cuál no había vuelto a brillar desde que ocurrió el ataque de los Quimeras. Lo examinó cuidadosamente mientras jugaba con él con sus manos enguantadas, y observándolo fijamente. El profesor Hopkins volteó hacia el joven, y al ver esa escena, se sentó a su lado.
Ambos permanecieron en silencio por un rato sin decir nada hasta que finalmente el profesor habló.
-Buen trabajo.-le felicitó con sinceridad.-De no ser por tu invento…
Sin embargo, el muchacho no respondió, simplemente quedó en silencio. Rápidamente el profesor lo interpretó como que aún necesitaba tiempo para sí mismo por lo que se limitó a quedarse sentado allí, a su lado, y en silencio. Por otra parte, Daimon comprendió que detrás de ese alago había un patético intento de consolarlo, lo que hizo que al fin y al cabo el muchacho terminara riéndose, no de crueldad si no que por lo curiosa que era la situación.
El profesor lo observó con intriga, y a pesar de su seriedad no pudo evitar esbozar una sonrisa para luego dejarse llevar y terminar riéndose, contagiado por la alegría de su compañero. Los dos rieron juntos hasta agotarse, una risa nerviosa, pero de alegría sincera.
-Por los pelos, ¿No, señor?-preguntó el joven.-Aún así no estoy del todo satisfecho, esta chatarra necesita unas mejoras.-afirmó refiriéndose al vehículo.
-Un trabajo brillante.-respondió el profesor, acomodándose las gafas.-¿Crees que pueda llevarnos hacia algún lugar habitado?
-Seguramente…-respondió Daimon.
El joven se incorporó primero y le extendió una mano a su compañero para ayudarlo a levantarse, ayuda que este no rechazó. Cuando ambos se pusieron de pie, Daimon volvió a observar detenidamente aquel objeto transparente para luego enfocarse en el profesor.
-¿Aún piensas en aquel brillo?-le preguntó el profesor Hopkins.-Tengo la impresión de saber qué es lo que significa.
-Por supuesto señor.-corroboró el joven con una amplia sonrisa en el rostro como si lo supiera todo.-Es tiempo del despertar de los Caballeros Dracónicos.
