Morder la manzana
Capítulo 2: Conociendo al enemigo
Lily encontró a Severus antes de que subieran a los botes para dirigirse al colegio. Hagrid, como así se había presentado el hombre grande y barbudo, daba indicaciones tontas sobre ir en el bote. Lily agarró por el brazo a Severus, que estaba completamente solo. El chico se sobresaltó al sentirla a su lado y en seguida recuperó su pose ofendida:
— Perdóname, Sev. Lo siento. — dijo Lily.
— Me has dejado solo con Malfoy. Tuve que ir a su compartimento y aguantar que sus dos guardaespaldas se metieran conmigo. Estuve a esto — juntó los dedos pulgar e índice hasta que casi se tocaron. — de que me pegaran.
— Lo siento de veras, Sev. — le cogió del brazo y estiró de él para que le acompañara a un bote vacío. — Ven, nos sentaremos juntos.
Severus la acompañó con inseguridad. Mary y Remus, que hacían señas para que fuera con ellos, bajaron las manos desilusionados, y Lily y Severus se sentaron en su bote aparte. Hagrid fue con ellos y cuando estaban ya en el Lago, Severus dijo finalmente:
— Oye, Lily. — la chica giró su cara pecosa y blanca hacia él con una sonrisa. — ¿Sigues queriendo ser mi amiga? — Lily lo miró confusa y en seguida asintió:
— ¡Claro que sí! Severus, vamos a ser amigos para siempre. — afirmó completamente segura. A Severus eso le sonó como si fuera una mentira infantil: nada dura para siempre, recordó haber oído decir a su madre una vez. Se esforzó por sonreír y cuando consiguió formar una sonrisa verdadera, Lily ya no miraba. — ¡Mira, Sev! ¡Es grandísimo!
Y así era. Severus dirigió su mirada hacia donde apuntaba el dedo de Lily y abrió la boca, asombrado. El castillo, que se erguía encima de las rocas, era tan grande que parecía que se los iba a comer. Las luces estaban echadas y parecía lleno de vida. A su alrededor escuchó las exclamaciones mientras Hagrid reía en voz baja. Agachó la cabeza cuando sintió la hiedra acariciar su cara y antes de lo que pensaba, ya estaban desembarcando de los botes.
Lily le cogió del brazo, llevándoselo de los primeros, cerca de Hagrid, mientras miraban a su alrededor el impresionante hall del castillo. Giraron a la izquierda después de subir las escaleras y esperaron frente a la puerta del Gran Comedor. Hagrid les dejó allí mientras McGonagall les daba la bienvenida, hablando sobre las cuatro casas, lo que representaba cada casa y algo sobre su comportamiento. Severus apenas le escuchó, fijando su atención detrás de él, donde estaban Potter y Black riendo en voz baja. Remus y Mary estaban a su lado, sonriendo con ellos y pidiéndoles que bajaran la voz.
Entraron en el Gran Comedor después del discurso de la profesora McGonagall. Las cuatro mesas largas estaban repletas de alumnos de uniformes negros y los colores de su casa. Así mismo encima de cada mesa había una serie de banderines de la casa a la que pertenecían los alumnos: Gryffindor, Ravenclaw, Hufflepuff y Slytherin. En tropel, los chicos de primer año entraron y se pararon frente a la tarima. Severus aprovechó para mirar a los profesores: en el centro estaba el director, un anciano de barba larga y plateada que miraba paternalmente a sus alumnos. A la derecha, el sitio que debía ocupar McGonagall, cerca estaba una mujer mayor con las sienes llenas de canas y en un extremo de la mesa, un viejo gordo que parecía una morsa.
— Cuando se os llame, pasad al centro y sentaos en el taburete. — dijo McGonagall con severidad antes de comenzar a decir nombres. El primero de la lista, un tal Avery, quedó en Slytherin. Severus miró a la que esperaba que fuese su casa: había caras conocidas allí, Lucius Malfoy y sus dos gorilas. Hizo un gesto agrio y siguió mirando cómo los niños eran seleccionados. — ¡Black, Sirius!
El susodicho Sirius Black se abrió paso entre los alumnos y cuando llegó al lado de Severus, le empujó deliberadamente. Sonrió un momento mientras se sentaba en el taburete. Severus le miró con asco y desprecio: cómo lo odiaba con toda su alma. Quedó en Gryffindor y Snape en seguida llegó a la conclusión de que por nada del mundo estaría él en Gryffindor.
Los alumnos siguieron pasando y pronto le tocó a Lily. Ella le cogió de la mano, le dio un apretón apurado y se sentó en el taburete con una sonrisa nerviosa. El sombrero se deslizó hasta taparle los ojos y tardó un poco antes de gritar "¡Gryffindor!" Severus la miró, sin sonrisa, mientras ella se levantaba. Parecía nerviosa, apurada y triste a la vez. Le sonrió con tristeza y Severus sólo pudo mirarla cuando se sentó al lado de Sirius Black y éste le empezó a hablar.
El resto de la Selección pasó rápido: Remus Lupin, James Potter y Mary McDonald fueron seleccionados en Gryffindor y Severus se anotó mentalmente el nombre de Mulciber, un slytherin. Tendría que compartir cuarto con él, según había oído. Cuando McGonagall terminó con la letra R al nombrar a Evan Rosier, que quedó en Slytherin también, comenzó con la S. La voz femenina de McGonagall dijo su nombre y rápidamente Severus subió a la tarima y se sentó en el taburete.
El sombrero resbaló hasta tapar sus ojos cuando la profesora lo dejó caer. Por un momento Severus pensó que aquello parecía una pérdida de tiempo; estaba sentado en un taburete con un sombrero enorme calado hasta las orejas. Y antes de que pudiera prepararse para escuchar el grito del Sombrero Seleccionador, el mágico objeto chilló '¡Slytherin!'.
Severus disimuló su sobresalto y marchó hacia la mesa de la pared, donde aplaudían los miembros de su Casa. Miró a Lily mientras se sentaba y entonces sintió una mano palmeando su espalda. Se giró a la izquierda y palideció: Lucius Malfoy le miraba con la misma sonrisa depredadora que le había lanzado en el andén. Severus frunció el ceño y Lucius se desentendió de su gesto de fastidio, comentando:
— Hola, Severus. — el pequeño le giró la cara al frente, donde estaban Crabbe y Goyle. Los dos gorilas gruñeron por un momento antes de que Lucius volviera a hablar con su boca pegada al oído del pequeño Snape. — Me gustaría hablar contigo en privado cuando termine el banquete.
Antes de que pudiera negarse, Lucius ya se había girado en la mesa para buscar a la prefecta de Slytherin y había cortado la conversación. Snape gruñó y comenzó a comer sin prestar atención al discurso del Director. Después de la cena, en la que no consiguió entablar conversación con nadie de primer curso, la chica de pelo negro con la que Lucius había estado hablando se levantó y al igual que los demás prefectos, comenzó a gritar: '¡Los de primer año por aquí!'.
Severus observó cómo todos se levantaban de las mesas y mientras los mayores se iban charlando y riendo, los pequeños se apiñaban en torno a los prefectos. Severus quiso ir con los demás nuevos pero Malfoy le agarró de la ropa. Se mezcló rápidamente entre la gente con Severus agarrado de la túnica con fuerza y una vez salieron del Gran Comedor y estuvieron lejos de la vista de los profesores, Malfoy dijo:
— Crabbe, Goyle, marchaos a la Sala Común. No os necesito aquí. — los dos mastodontes asintieron y se fueron por delante de ellos. Con tranquilidad, Lucius se llevó a Severus por los pasillos menos transitados de las mazmorras, mientras comenzaba a hablar. — Sabes, Severus, creo que hemos empezado con mal pie. Estás siendo terriblemente maleducado y eso, mi estimado compañero, no me gusta.
— Me da igual que no te guste. — Severus tironeó hacia atrás intentando librarse del firme agarre de Lucius y el mayor apenas sintió sus esfuerzos pobres. Malfoy rió en voz baja y continuó:
— Créeme, no te gustará hacerme enfadar, Severus. — su voz salió suave y amenazante. Severus dejó de revolverse y le miró con miedo mal disimulado en sus ojos. Lucius sonrió, sabiendo que no habría respuesta bravucona en ese momento, y observó su destino desde el final del pasillo: una pequeña puerta sin nada fuera de lo común. Lucius solía reunirse allí con los alumnos más mayores de la Casa de Slytherins para hablar del Señor Tenebroso y hacer sus reuniones. Y ahora se la iba a enseñar a un pequeño niño de primero.
Lucius llegó arrastrando a Snape hasta la puerta. La abrió y pasó, dándole un fuerte tirón de la ropa al pequeño slytherin y tirándolo al suelo frente a él. Cerró la puerta por dentro y observó: había un enorme candelabro colgando del techo, bajo el cual se encontraba situada una mesa de madera de roble. En torno a la mesa había varios sofás y sillones y a un lado de la sala alargada, una chimenea. Frente a ésta había un sofá de tres piezas.
Severus se levantó rápidamente sin mirar la decoración austera de la habitación y en seguida quiso salir. Lucius encendió la chimenea y dio la luz con la varita. Snape sacó la suya propia: sabía más maldiciones que cualquier chico de séptimo, pero sólo la teoría. Todavía debía ponerlas en práctica y la situación no estaba como para ir probando hechizos en Malfoy. Lucius le miró durante un momento antes de reírse entre dientes. Rápidamente susurró 'expelliarmus' y la varita salió volando de la mano de Severus, cayendo directamente en la de Malfoy.
— Sentémonos, Severus. — Lucius hizo un gesto con la mano, señalando el sofá que había frente a la chimenea, y después de dudar unos segundos, Severus le hizo caso. Se sentó en la pieza de la izquierda, intentando mantener las distancias con Malfoy, y finalmente le volvió la voz:
— ¿Qué quieres, Malfoy? — Lucius le sonrió, sin sentarse y de repente, se movió.
Su rapidez era inhumana a los ojos de Severus: Lucius se agachó, le tumbó en el sofá de un golpe y le rompió la camisa, dejando a la vista su pecho blanco. Con ansiedad, Lucius se agachó con el niño entre sus piernas y le mordió el cuello. Severus quiso gritar, pelear, revolverse, pero de repente estaba tan cansado y los músculos le pesaban tanto que fue incapaz de hacer otra cosa además de poner sus manos en el pecho de Malfoy. Comenzó a sentirse mareado con rapidez pero cuando pensó que Malfoy iba a desangrarlo totalmente, Lucius se levantó y se relamió los labios. Tenía unos pequeños colmillos, de tamaño ligeramente superior al habitual y puntiagudos, manchados de sangre.
Lucius se sentó en el sofá y colocó su cabeza en su regazo. La herida pulsaba con fuerza en el cuello de Severus, que intentó ponerse de pie. La mano de Lucius se apoyó en su pecho y le obligó a quedarse tumbado. Su cuerpo estaba desmadejado y era incapaz de reaccionar. Lucius reparó su ropa y le abrochó su camisa con tranquilidad y parsimonia ante la mirada anonadada de Severus. Tenía miedo, un miedo atroz que subía por su cuerpo y que no le dejaba hacer nada salvo mirar a Lucius con ojos grandes y asustados. Él, sin embargo, tenía una mirada de satisfacción y desahogo.
Lucius se levantó, dejando caer la cabeza de Snape al sofá mullido y le lanzó la varita a su regazo. Con movimientos torpes e imprecisos el pequeño se incorporó lentamente y recuperó su arma, guardándola con mimo. Lucius frente a él se mostraba en esos momentos como una especie de gigante malvado. Severus levantó la mirada del suelo con miedo a ver de nuevo esa mirada depredadora en los ojos grises de Lucius, pero en cambio sólo encontró una intensa burla que le hizo sonrojarse.
— La contraseña es Sangre Limpia. — dijo Lucius. Entrecerró los ojos y acotó. — Si me entero de que has hecho aunque sea una insinuación de lo que ha pasado aquí, la próxima vez no recordaré que estás vivo. — Acto seguido giró y se marchó, cerrando la puerta por fuera. Severus se levantó torpemente y salió corriendo detrás de Lucius. ¿Dónde quedaba la Sala Común? ¿Cómo llegar hasta ella?
Tropezó al salir de la habitación y miró a izquierda y derecha. Al final del pasillo estaba Malfoy, caminando elegantemente hacia la Sala Común. Severus le alcanzó con rapidez pero dejó una distancia considerable entre ellos dos: ¿Sería Lucius capaz de matarlo si abría la boca? No quería saberlo ni comprobarlo siquiera, pero el chico parecía bastante dispuesto.
Antes de lo esperado llegaron a la Sala Común. Estaba en el largo pasillo principal que iba desde las escaleras de la entrada del castillo hasta la Sala Común, que se escondía detrás de un muro encantado. Lucius susurró la contraseña y la pared desapareció. Severus aprovechó para entrar antes de que el muro se solidificase.
La Sala Común era grande y estaba llena de pequeños candelabros clavados en la pared de piedra. Había sofás, butacas y mesas distribuidas por toda la Sala y un gran sofá frente a la chimenea. Y en ese sofá se sentó Lucius, entre un chico de cuarto curso con cejas espesas llamado Rabastan Lestrange, y dos chicas. Se parecían mucho, salvo quizás el cabello: una de ellas los tenía rubio y la otra castaño. Mientras subía las escaleras de los dormitorios de caballeros con disimulo, escuchó que las llamaban Narcissa y Andrómeda.
Severus llegó al pasillo donde estaban los dormitorios masculinos. Por lo que pudo ver, los Slytherin tenían cuartos individuales. Pasó por delante de varios dormitorios con pequeñas placas doradas en las que ponían el nombre del alumno que estaba utilizando ese cuarto y finalmente llegó al suyo. Era grande y redondo, con una pequeña chimenea de piedra en una esquina y una cama enorme con doseles y sábanas verdes. En la pared del fondo había un escritorio y, en un lado de éste, una jarra con agua y un vaso. Cerca de la puerta estaba el gran armario ropero y a los pies de la cama, su baúl. Por último, había una puerta discreta a un lado de la habitación que daba al baño.
Severus caminó hasta el armario y lo abrió de par en par: el interior estaba vacío salvo por algunas perchas metálicas y en el interior de ambas puertas había sendos espejos. Con cuidado se quitó la camisa, colgándola en las perchas, y se miró el cuello, allí donde todavía dolía por el mordisco de Lucius. Repasó varias veces el lugar de su piel, procurando no tocarlo. La piel estaba amoratada y había cuatro puntos que todavía sangraban levemente.
Snape miró la puerta con temor antes de cambiarse y ponerse el pijama. Rápidamente se tumbó en la cama con miedo, pensando que quizás Lucius volvería esa noche para hacer realidad la amenaza. Pensó en quedarse vigilando hasta que los chicos que quedaban en la Sala Común subieran a dormir, pero a los cinco minutos se quedó dormido.
