Promesa
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Albus sabe acerca de la doble identidad de su padre y lo acepta. En el día, su padre se asemeja a cualquier otra persona, puede pasar desapercibido con sus feas gafas redondas y el suéter dos tallas más grandes que usa, su cabello todo indomable y esa dulce sonrisa que siempre lleva en el rostro. Así es el padre de Albus por el día, sin embargo, cuando anochece y su papi se va a trabajar, es cuando su otra identidad aparece. Altas botas de cuero, pantalones ajustados y camisas que dejan mucha piel descubierta, suele esconder el cabello bajo una peluca pelirroja y lleva maquillaje para resaltar sus hermosos ojos verdes, los lentes han quedado a un lado, ya no las necesita.
Albus sabe que el trabajo que realiza su papá no es usual y es mal visto por la sociedad. Los supo desde que tenía diez años. En aquel entonces, él y su papá habían ido al supermercado para hacer las compras de la semana, recuerda haber estado muy feliz porque su padre le había prometido una paleta de chocolate, de esas que pocas veces tiene el gusto de probar. Fue entonces que una señora se les había acercado y le había gritado a su papá. Lo había llamado de muchas maneras, pero la que más se le quedó grabada en la mente había sido "ramera". Su padre no había dicho nada, simplemente le tomo de la mano, dio la vuelta y salió del supermercado, quedando atrás la idea de hacer las compras.
Cuando Albus le pregunto qué significaba esa palabra, Harry no supo responder, o no quiso. Pero Albus era muy inteligente, y él solito descubrió el significado. Era una mala palabra, y no quería que llamaran así a su padre de nuevo. ¿Por qué lo llamaban así de todas formas?
Se lo preguntó. Y esa vez Harry no pudo evadir la pregunta.
Albus, ese día comprendió que lo que hacía su papi no era bueno, pero tampoco tenía otra opción. Su papá tenía una deuda que pagar –una deuda dejada por los tíos de éste –y no saldría de ese lugar hasta no haber regresado el último centavo.
Albus, ese día también le juró a su padre que le ayudaría a pagar esa deuda, y aunque era pequeño sabía lo que una promesa conllevaba. Por su padre, cumpliría esa promesa y cuando todo acabara, lo llevaría lejos de ese pueblo, donde nadie los conociera, un lugar donde no serían juzgados ni insultados. Comenzarían una nueva vida, una mejor a la que tenían allí.
Con lágrimas en los ojos, Harry solo pudo aceptar las hermosas palabras de su hijo y guardarlas en su corazón, esperando que algún día se hicieran realidad.
