Capitulo 1

Resurrección

"Ay Philomena, ya deja de jugar, estás asustando a las ponis"

Divertido.

Es divertido. La verdad.

Es muy divertida la manera en que las cosas cambian en un segundo. Un día, soy maestra en el Establo 68, un bunker dedicado a la preservación del conocimiento escrito; tengo amigas y una familia que soportaba mi presencia. Los jóvenes potros me alegraban el día, la Overmare lo amargaba. Tenía novio. Acababa de vivir mi primera fiesta, mi primera noche de borrachera y mi primera resaca. Dot estaba pidiéndome matrimonio… Y luego todo cambió. Ahora estaba muerta en los registros del Establo. Había dejado de existir para los ponis que justo esa mañana me habían saludado y conversado conmigo.

Mi cadáver estaba sobre una parte desconocida de las Tierras Desoladas de lo que solía ser Equestria, abandonada, sola…

Entonces fue cuando lo pensé. Con el aire terroso cargando con furia contra mí, me di cuenta de ello. Todos los funerales a los que había asistido eran una mentira. Siempre creí, igual que todos, que los ponis que fallecían en el 68 terminaban en el incinerador, o hechos pedazos enterrados bajo las masetas del huerto interior como parte del fertilizante. Al parecer todos estábamos equivocados. La Overmare había ordenado deshacerse del cuerpo y el doctor había alegado no querer hacerlo otra vez. Bueno, si algún día recuperaba mi sentido de la vista, al fin podría ver en donde había terminado mi abuela y la abuela de mi abuela.

A veces pienso que la vida en el Establo pasaba demasiado lenta… Pero viendo hacia atrás, los últimos dos días habían sido demasiado rápidos. Podía sentir en mi letargo, como si las últimas horas hubiesen sido las únicas que realmente había vivido.

Me quedé recostada, inmóvil, muerta. Pasaron horas. O incluso pudieron ser días, no podía saberlo entre el viento inconstante y la eterna oscuridad. Me quedé ahí, tirada, esperando hasta que algo sucediera. Algo. Lo qué fuera.

"Lo qué fuera" resultó algo de lo más inesperado. Mi cuerpo estaba tieso y frío, pero aun podía sentir lo que pasaba a mí alrededor. Un curioso ruido, como cascos trotando y arrancando pedazos de tierra, acompañado de un húmedo jadeo.

-¡Mira, tío Rawd!-grito un ser que no pude identificar sin mis ojos. Su voz era suave y casi inocente, como la de un potro- ¡Miren todos, encontré un poni!-entonces una extremidad, que definitivamente no era un casco, me acarició la mejilla. Una húmeda nariz comenzó a olfatear mi rostro.

-¡Mira eso, Rex encontró algo!-gritó algún poni en la lejanía.

-Bien hecho, Rex- la criatura que me acosaba con su nariz se alejó de mí un poco al escuchar su nombre. Más patas comenzaron a caminar en mi dirección y aun más de esas extremidades comenzaron a toquetearme. Las extrañas, ¿garras?, me tocaban el pecho y la cara, supuse que buscaban algún signo de vida.

No lo encontraron.

-Esta tiene alas, Ponis con alas no bueno.- comentó una de las creaturas estirando mis alas y dejándolas otra vez en su lugar.

-Hhmm.-gruñó otro presionando un pedazo de madera contra mi estomago.

-Pero no tiene esa armadura…-dijo el qué creí era un potro.

Otro gruñido.

En serio, ¿qué eran ellos? A esas alturas ya había sido capaz de deducir que no eran ponis, pero si no eran ponis… ¿Qué eran, entonces?

-Además, no quiero que los Bloodwings se queden con todo-se quejó uno de ellos.

-Está bien-se resignó el tercero, el más gruñón y de voz grave.

Entonces, sentí como una cuerda era atada a mis patas traseras. Una de las creaturas ató mis pesuñas y luego me alzó en el aire. Después de balancearme unos segundos, mi cuerpo chocó contra una dura y muy, muy, peluda superficie.

Algo… algo debía estar mal ¡Se suponía que Las Tierras Desoladas estaban DE-SO-LA-DAS!

Los libros que Stable-tec había logrado rescatar para mí y mi generación no decían nada sobre gigantescas creaturas con pelo mugriento como resultado del Balefire. El… el mundo debería estar vacío y los ponis de Establo deberían ser los únicos vestigios de la ponidad. Deberíamos ser los últimos. Deberíamos poder salir a ver el sol algún día. Deberíamos…

El uso incorrecto de ese tiempo verbal comenzaba a molestarme. Yo debería de haberme casado con Dot, debería haber tenido un hermoso bebé (alicornio o no) y debería seguir viviendo una de las vidas más aburridas en todo el jodido planeta. Debería haber sido diferente.

Pero no.

Es egoísta pensarlo, pero ahí estaba, cargada sobre la espalda de alguna bestia que deseaba comerme y seguramente lo haría, y todos mis pensamientos estaban enfocados en lo que debería de haber sido.

Agh.

Mi cabeza no podía quedarse tanto tiempo así. Necesitaba audífonos anti-monólogos, de inmediato.

Mientras trataba de no pensar en mi muerte próxima, escuché una explosión.

-¡Yijaa!-tronó una voz femenina junto con el cañón (al menos eso creí que era).

-Grrr-gruñó uno de mis captores, el que me llevaba imitó el gesto y mi cuerpo vibró al estar pegado a su , cúbrete.-ordenó el de voz más grave, escuché un chillido leve y la tierra desprenderse.

El mutante, monstruo o lo qué sea que me llevaba a cuestas, me soltó. Caí de cabeza y lomo contra el suelo, pero sinceramente, no creí que pudiese hacerme más daño; técnicamente ya estaba muerta.

-Mira lo que tenemos aquí.-dijo una voz en la lejanía.

-Ja, ja, ja, ja, ja, ja…-rió otra voz, una masculina bastante aguda-. Los perritos están muy lejos de casa, ¿no?, ja, ja, ja.

-Grrr. Poni no da miedo.-dijo mi transporte.

Esta vez, una sarta de risas surgió. No era un poni, ni una pareja, al menos era una docena para crear tal escándalo con su risa.

-Han sido perritos malos, este es territorio de Asaltantes, je, je.- dijo el burlón dando algunos pasos alrededor de los… ¿Dijo "perros"?

-La carne es de quién la encuentra.

Otro coro de risas maniacas.

-No, no, no, no, no.-me pareció imaginar a un poni negando con la cabeza-. Vieja bolsa de pelos, lo tienes mal. El dicho es "La carne es del poni que la encuentra".

¿Los ponis podían comer carne?

Nuevamente hubo gruñidos y risas. Parecía una especie de ritual de intimidación que no veía final. Algunos de los ponis del grupo se acercaron a mí, escuché sus cascos a mí alrededor.

-¡Es nuestra presa!

-¿Oh?, ¿Estás diciendo que se metieron al Establo a cazar? ¡Eso sí que son buenas noticias!-dijo una yegua con sarcasmo.

-Inútiles carroñeros.-dijo otro de manera despectiva.

Las patas rasguñaron la tierra. Luego hubo un gruñido. Finalmente, un grito de dolor y un líquido caliente cayendo sobre mi rostro.

-¡Aléjate, poni!

Antes había creído que los monstruos que me capturaron habían sido sólo bestias, ahora estaba confirmado que eran algo más. El grito del poni que había sido atacado me hizo retumbar los oídos, era desgarrador.

De inmediato comenzaron más explosiones. Por encima de mí, sonaban todo tipo de sonidos desagradables, los gritos, las risas, los gruñidos y las explosiones. Docenas de pequeñas explosiones hacían eco en las no tan desoladas tierras. Mi cuerpo permaneció quieto, salvo por el ocasional empujón que recibía para sacar mi carne de ahí. Cada intento, ya fuera poni o perro, era frustrado y él que intentaba llevarme, asesinado. Era curioso.

De verdad me hubiese gustado describir más. Saber más detalles de lo que sucedió aquel día, o quizás fuese de noche, cuando tuve mi primer contacto con los Yermos Equestrianos. Lamentablemente, mi vista no servía, mis ojos estaban apagados debajo de mis parpados y lo único que me ayudó a seguir el juego, era mi oído. Entre las explosiones, logré captar un nuevo ruido, era similar a una explosión de cañón pero aguda y definitivamente sonora. Tras cada una de aquellas, podía escuchar el grito o risa de algún Asaltante morir antes de poder terminar.

Habían sido docenas de ponis las que comenzaron a llegar para enfrentar a los dos perros, por lo que no pude evitar preguntarme qué tan fuertes serían aquellos animales, ¿personas?, ¿bestias?

Sólo eran dos de ellos y aun así, sonaba como si estuviesen ganando. Los ponis no dejaban de reír, como si la muerte no fuese más que un juego para ellos, o como si no les importara en lo absoluto.

-¿Lista para desarmarlos?-murmuró una voz femenina, perteneciente a un poni que se cubría bajo mi cadáver. Sentí a alguien asentir, alguien que había tomado como cuerpo como si fuese una almohada.

-Vamos.

Los ponis se alejaron de mí, trotando en el aparente caos que reinaba en aquel abandonado paraje. Era frustrante estar en medio de un conflicto de tal proporción y no ser capaz de hacer nada.

Minutos antes, hubiera dicho que las pequeñas explosiones me habían destrozado el oído, pero no fue así. En medio de la batalla, una explosión aun mayor se desató. Los gruñidos aparecieron acompañados por las risas y los vítores.

-¡Estúpidos Hellhounds, si toman al toro por delante les tocan los cuernos!-gritó la misma yegua que anteriormente se había ocultado detrás de mí.

Explosiones similares comenzaron a llenar el aire, con más risas de maniacos y gruñidos de dolor. El suelo retumbó, uno de los perros había caído.

Luego el otro.

-¡Yuuujuu!-gritó un poni.

La euforia llenaba a cada miembro de los Asaltantes, se les notaba en la voz. En la manera tan primitiva de pisotear y de chocar los cascos. Minutos pasaron, o segundos (era difícil decirlo) de esa forma, entre gritos.

-¡Miren!-dijo un corcel.

-¡Ja, parece que olvidamos uno!-dijo una yegua.

¿Qué sucedía?, ¿"Olvidar uno", eso qué diablos signifi-? Oh.

-Grrrrrr.-el gruñido del potro canino, era demasiado suave para intimidar a una poni muerta incluso.

-¡Qué lindo!-murmuró una potra, ¿Potra?, con aire sarcástico.- ¿Puedo quedármelo, mami?-suplicó la cruel niña con aire soñador.

El resto soltó carcajadas mientras un adulto respondía:- Claro, siempre quise probar al Hellhound, este seguro es más tierno que los otros dos.

-¡No!-gritó el perro.

-¡Ooooh, sí! Ja, ja, ja, ja.

Las cuerdas en mis pesuñas comenzaron a ser jaladas mientras mi cuerpo era arrastrado por las duras rocas. Detrás de mí, el perro gruñía y amenazaba con matarlos a todos en cuanto tuviera la oportunidad si no lo dejaban libre. Caminamos durante un rato sin detenernos, Mi conciencia decidió que lo mejor era ignorar al resto de los ponis caníbales mientras avanzábamos. Sin embargo, una curiosa frase logró captar mi atención.

-Esos malditos perros.- esa frase no.

-Es extraño que hayan sacado a uno tan pronto, sobre todo una tan joven.

De alguna forma no me sorprendió el comentario, quizás estaba muy cansada o muy asustada para considerarlo, de todas formas eso sólo significaba que mi fin llegaría pronto. Igual que el del perrito.

Los Asaltantes eran un grupo de ponis bastante animado, en todo el recorrido no dejaron de mofarse de la muerte de los Hellhounds. Si hubieran sido lo suficientemente sensibles, me habría interesado en su plática, pero en lo personal me desagradaba la cantidad de detalles que daban al describir la explosión de un cráneo canino. El pequeño Rex parecía compartir mi opinión, de cuando en cuando podía escuchar sus "puaj".

Horas, tardamos horas en llegar a un lugar con algo de suelo firme y sin rocas. Se parecía un poco a la textura del piso del establo, suave y algo agrietada. Lo diferente aquí era la enorme cantidad de polvo y fluidos que lo cubrían, en serio, no quería ni intentar adivinar las cosas que se empezaban a pegar en mi pelaje.

Sonaron los cascos de los bandidos al llegar, y los de otros ponis al salir. Escuché gritos y uno que otro pesuñazo. Luego una voz resaltó entre todas con un autoritario tono:

-¡¿Qué mierda hace un Hellhound aquí?!

-La niña quería probar la carne de cachorro-dijo una yegua con aire acusador.

Uh, ¿"Cachorro"?

-¿Y esa?-una vez más, sentí como si alguien me estuviese señalando.

-Es del Establo al este de aquí…

-¡Ya lo sé, no estoy ciego, joder!-dijo el poni que parecía ser el jefe, se acercó y tomó mi traje entre sus cascos, como si quisiera enseñarles a todos los presentes el enorme número 68 de mi espalda. Me soltó y se retiró gruñendo como solía hacer mi padre…

¡Por qué! ¡¿Por qué estaba pensando en eso?! ¿Por qué estaba pensado en él y en su manera tan peculiar de demostrar afecto? Estaba muerta, esas cosas debieron dejar de importar.

-Es muy joven…-murmuró una voz apagada, posiblemente la de algún anciano o poni asmático.

-¿Y? Aun así es comida-gruñó Leader, así decidí llamar al gruñón jefe-. Llévensela y asegúrense de abrirla bien, no todos los ponis saben tan bien como los de Establo. –ordenó él con un golpe de su casco.

Una vez más fui arrastrada por el suelo, cuando empezaba a alejarme, escuché a Leader gritar:-¡Y maten de una vez a esa bola de pelos!

Rex apareció a mi lado, a los dos nos arrastraban por lo que pude oír. Incluso entonces, el cachorro se resistía, gruñía, peleaba y me parecía escucharlo al intentar morderse una pata. Sus intentos fueron en vano, los Asaltantes lo golpeaban con fuerza e incluso amenazaban con dispararle, lo cual hubiera dado igual. Algo curioso. A pesar de estar prácticamente muerto, el perro seguía luchando para vivir. Estaba preso, lo llevaban seguramente a algún matadero para verlo sufrir, era pequeño, lo superaban en número. Tenía todas las de perder, y aun así, luchaba. No estaba segura de si era instinto de vivir o determinación a no dejar que sus amigos se hubieran sacrificado, pero ese cachorro se había ganado todo mi respeto.

Una puerta metálica se abrió con un chirrido que me caló hasta los huesos. Dentro de la habitación había aun más fluidos secos y pegajosos en el suelo, y un montón de gritos y suplicas. Ahí había ponis, algunos gritaban por ayuda, otros expulsaban su frustración en majaderías que jamás había escuchado o leído. Los ponis que nos arrastraban dejaron encadenado a Rex en alguna parte cerca de mí, lo sabía porque su naricilla seguía olfateándome y jugando conmigo. A mí me dejaron tirada, como si no importase en realidad.

-Vamos por Lil' Killer, esa mocosa nos hizo traer al perro y será ella quién lo abra-dijo un poni, cuya voz me sonaba algo familiar.

¿Qué nombre era ese para un potro, ¡para cualquier poni!?

-Sí, y más vale que se apresure-respondió una yegua.

Los cascos de los ponis al salir me resonaron en la cabeza gracias al eco, igualmente la puerta de metal. Bueno, eso era suerte. Rex y yo tendríamos unos minutos más antes de terminar como almuerzo de Asaltante. Ah.

-De haber sabido que esto pasaría, juro que no habría intentado encontrarte, poni-dijo el cachorro acariciando mi mejilla con su pata.

No es tu culpa, niño. Sólo fue mala suerte.

Y con Rex pude verlo una vez más, la crueldad que el destino, azar, suerte, diosas, Daring Do o quién sea que decida estas cosas, tienen para todos. Hoy los Asaltantes podrían comernos, pero mañana quizás la jauría de Rex podría darles caza. La vida aquí afuera parecía ser complicada, mucho más complicada de lo que jamás imaginé. Era duro, y apenas había pasado unas horas en el yermo. Quién sabe qué cosas podría haber visto de no haber estado muerta. Y de hecho, si no me hubieran sacado muerta igual habría muerto al ver a los Hellhou-

¡Agh!

Ah, ¿Qué diablos…?

Mi percepción del mundo audible ser perdió cuando un enorme dolor comenzó a invadirme el pecho. Mierda, ¡No se suponía que estaba muerta! ¿Por qué un muerto sentiría dolor? Rex chilló algo, intentó alejarse de mí, lo sentí. Sus garras se alejaron de mi cara y las cadenas tintinearon en mis oídos atormentados por el dolor que me sacudía.

Luego de la primera oleada vino la calma, me sentía dormida. No. Despierta.

Sentía mis cascos, y podía mover mis orejas.

-Ah…-exhalé al sentir mis pulmones de regreso a la vida. Podía sentir mi pecho inflarse con el aire y mi corazón bombeaba sangre una vez más… Mis alas, podía moverlas, al igual que cada parte de mi ser. Estaba viva, estaba de regreso… Había vuelto. Recostada en el mugriento piso del matadero, pude percibir el repulsivo olor de la sangre y el sudor de los prisioneros. Podía oler de nuevo. De manera gradual, mis sentidos despertaron. Podía ver.

Y hubiera deseado seguir ciega.

La habitación era oscura, llena de jaulas y cadáveres. Docenas de cadáveres apilados en todo el lugar, desmembrados, desollados; me cuestioné si realmente debía usar la palabra "cadáver" cuando la mayoría eran huesos con algo de carne pegada a ellos. Entre los ponis muertos, pude notar ciertas telas, ropas. Algunos habían sido ponis de establo, no precisamente el mío pero podría reconocer esas telas en dónde fuera.

Seguía recostada sobre el suelo, a mi lado un tembloroso Rex me miraba con los ojos abiertos de par en par. Se notaba aterrado. Yo también lo estaría.

-Lamento…-comencé a decir al tiempo que me levantaba-… lo de tus amigos.

Al pararme sobre mis cuatro cascos pude notar por qué los ponis habían tenido tan difícil luchar contra los acompañantes de Rex. Él era un cachorro, de eso estaba segura, pero era enorme. Parado sobre sus dos patas traseras él era un poco más bajo que yo. Su cuerpo estaba cubierto de duros y ásperos pelos oscuros que parecían espinas capaces de atravesar la piel de cualquier ser. Noté las extremidades que tenía, eran garras, cuatro dedos en cada una y cuatro dagas negras en donde deberían estar sus uñas.

-Hola-saludé al ver al cachorro por primera vez. Tenía que comportarme de manera tranquila y no mostrarme hostil, de verdad no quería molestar al perrito. Él me miró con cierta incertidumbre. El miedo se había ido hacia unos segundos, sin embargo él seguía mirándome como si fuese una aparición. Rex no habló.

-De verdad siento lo de…-quise volver a hablar, charlar con él podría ayudarme a ignorar el hecho de que había vuelto a vivir.

-¡Oye, tú!-gritó un poni con ropas oscuras y un collar con picos de hierro.

Me paralicé.

-¡Deberías estar muerta!-gritó una yegua con un gusto similar en tanto a vestimenta.

¿"Debería estar muerta"? Esos ponis no lo notaban en el momento, pero había una gran lista de cosas que deberían haber sido y no eran.

-Escóndete-murmuró uno de los corceles enjaulados. No vi su rostro, ni dónde estaba, sólo me concentré en sus palabras. Esconderse era un buen plan.

Los dos Asaltantes iban acompañados de una potra envuelta en cuero negro, ella me miró y un segundo antes de que mis patas reaccionaran, sacó un cuchillo y lo arrojó en mi dirección. Era una niña terrestre, pero diablos que tenía precisión. Me oculté detrás de una jaula mientras me arrancaba el cuchillo del flanco, me sangraba demasiado y mi traje de establo comenzaba a empaparse. Dolía demasiado para moverme. Aunque por otro casco, ya había pasado demasiado tiempo quieta.

Avancé lo más rápido que pude entre las cajas y jaulas llenas de ponis, vivos y muertos. Muchos de los sobrevivientes me llamaban a gritos, me amenazaban para que los liberase. Y me hubiera encantado, pero para salvar a otros primero debía vivir.

-¡Por ahí!

Divisé a la yegua apuntando un arma en dirección de mi cabeza, logré agacharme y esquivar la bala que pretendía partirme el cráneo.

-Te tengo, perra-gruñó el semental disparando sin gracia hacia mi escondite. A sus disparos se unió la pequeña Killer y la yegua. Los tres gastando todas sus municiones en golpear la madera y metal. Mientras ellos no lo notaran, podría moverme. Escabullirme entre toda la basura y cuerpos no era difícil, lo difícil era pasar desapercibida con toda la sangre escurriendo por mi flanco.

Tuve una ventana de tres segundos, tres segundos que los Asaltantes habían tardado en recargar sus carabinas. En cuanto pude acercarme a las pilas de huesos, arranqué las ropas de los ponis muertos y amarré una gruesa tira a mi pierna, podía ser más perjudicial, pero al menos la sangre había dejado de escurrir como camino de migajas.

El lugar era una enorme bodega, similar en gran medida a la biblioteca del Establo 68, si ésta hubiese tenido cuerpos y ponis moribundos en ella. Era un laberinto, perder a los asesinos era fácil, pero también era fácil perderme a mí misma. Más de una ocasión, entre disparos y gritos obscenos podía sentir como la muerte volvía a cernirse sobre mi cabeza. El lugar era enorme, pero no lo suficiente.

-¡Muere!-gritó uno de los Asaltantes apuntando su fuego salvaje a mi rostro.

Nunca había apreciado mi condición de pegaso. Viviendo entre ponis terrestres y unicornios, es fácil sentir que tener alas no es nada especial. Ahora sin dudas podía apreciarlo. Las tres especies de ponis tenemos diferentes características anatómicas, una de ellas era la ligereza natural en el esqueleto de los pegasos.

Con unos reflejos que seguro eran producto de la adrenalina, di un gran salto hasta una caja sobre la cabeza del asaltante. Él se quedó mudo un segundo, pero fue demasiado breve. Volvió a apuntar y a disparar.

Luego murió.

Sus ojos inyectados en sangre se pusieron blancos. Su cuerpo cayó de manera estrepitosa, atrayendo a las otras dos yeguas armadas. Desde mi posición logré ver a un poni de pelaje blanco y melena gris con franjas negras que sacaba sus cascos por las rendijas de la jaula. Sus ojos eran fríos, me miró y murmuró algo que no entendí, pero podía apostar a que tenía que ver con salir de ahí. Haciendo caso al silencioso consejo salté y tomé refugio detrás de otra pila de putrefactos huesos. Entre la carne había ratas y a mi lado una de las cucarachas más grandes que jamás hubiera visto.

-¿Dónde estás, pedazo de gallina?

No sabía si esa era Killer o la otra yegua, pero no estaba dispuesta a averiguarlo. Me mantuve quieta, callada y procurando mantener la vista en mis enemigos… Si me asomaba ellas me verían y mis sesos quedarían regados por todo el lugar, añadiendo una nueva macha a la sangrienta decoración.

¿Cómo podía saber en dónde estaban ellas, sin exponer mi posición?

Pip.

Mis orejas se irguieron al escuchar ese ruido salido de ultratumba.

Jamás volvería a ignorar el pitido de mi Pipbuck.

Agaché la mirada para revisar el aparato en mi pesuña, entre todas las luces rojas repartidas por la habitación, sólo dos llamaron mi atención. Dos barras de color sangre se acercaban a mi posición con una lentitud que parecía simplemente exasperante. Eran ellas. Y para que mi Pipbuck las detectara debían estar muy cerca.

Mi pierna seguía doliendo como el infierno mientras me apretujaba contra la caja de hierro. Mi respiración estaba sumamente agitada… y no había manera posible de pararla. Por mucho que yo había apreciado el volver a sentir mis órganos, en ese momento el furioso latido de mi corazón era lo último que deseaba escuchar. Las barras rojas en mi E.F.S se acercaban cada vez más. Comencé a rezar a Luna, a Celestia, ¡A Pinkie Pie!, a cualquier poni que fuera capaz de ayudarme en ese momento.

-Sal de una vez…-la voz de Lil' Killer fue sofocada por una explosión.

La yegua adulta gritó algo y comenzó a responder al fuego. Docenas de balas sueltas golpearon mi escondite y volví a revisar mi Pipbuck. Entre el mar de rectángulos rojos apareció una barra amarilla. No, dos barras amarillas.

Una de las barras amistosas estaba parada a un par de metros de mí, seguramente disparándole a la yegua y a la potra. La otra barra estaba justo a mi lado.

-¡Ahh…!-quise gritar, pero en el momento una peluda garra me tapó la boca y la mitad del rostro. Rex, el Hellhound, estaba parado a mi izquierda, cubriéndome la boca y haciendo un gesto con sus dedos.

-Sígueme- murmuró. Tras haberme soltado, él comenzó a escabullirse entre las jaulas mientras el otro poni disparaba contra las Asaltantes. No discutí con el cachorro, caminé detrás de él durante unos segundos. Luego, los disparos se alentaron… alguno de los dos había dejado de disparar. Rex y yo nos quedamos arrinconados junto a un mugriento y oxidado grupo de casilleros, mirándonos mutuamente al percibir aquel cambio. El golpeteo de los cascos de un poni apenas era audible gracias al fuego salvaje de las Asaltantes. Mi Pipbuck mostraba al poni que se acercaba, la otra barra amarilla.

Mi corazón se detuvo al ver al corcel que, cubierto con una harapienta túnica negra, se paraba junto a mí. Era el mismo poni que había matado al Asaltante unos minutos antes. Sus ojos me observaron durante unos eternos segundos, luego de haberme analizado, se agachó sobre su estomago y tomó su arma con la magia de su cuerno. Alzó el rifle sobre nuestras cabezas y comenzó a disparar a ciegas desde su escondite.

Un grito profundo resonó en la habitación:

-Maldito…

Luego el golpe de un cuerpo al caer.

Los disparos del unicornio blanco siguieron resonando sobre nosotros hasta que la otra poni soltó un grito de dolor. El lugar era silencioso, salvo por los ocasionales gritos de los demás ponis enjaulados, clamando por libertad.

-Gracias-dijo el corcel al tiempo que se sentaba sobre sus piernas traseras.

-Yo debería ser quién lo agradezca-respondí. Y era verdad. Yo no había hecho más que correr y esconderme como un potro asustado.

Él sonrió.

-De no haber sido una yegua tan miedosa no habría podido escapar, gracias por eso-respondió. ¿Miedosa? Tomando en cuenta que ese poni me había salvado la vida, no estaba segura de si eso era un insulto o un cumplido ¿Quizás ambos?

-Eso no huele bien- Rex estaba agachado, con sus nudillos sobre el piso y su nariz en mi herida. El unicornio asintió con un semblante serio y se retiró la capa, en su lomo estaban unas alforjas cargadas totalmente.

-Quieta-ordenó él escarbando entre sus cosas. Rex comenzó a retirarme el sangriento vendaje con una delicadeza que me era increíble de tan tosca creatura. Al cabo de unos segundos, el poni sacó una botella de color purpura, una poción curativa. Me la pasó y yo la bebí como si de ello dependiese mi vida, aunque así era. Jamás había tomado una de esas pociones. No tenía un sabor especialmente malo, pero tampoco era bueno. El líquido se deshacía en mi boca y la magia me recorría el cuerpo en busca de mis heridas. La sangre dejó de brotar, cuando me di cuenta incluso parecía haber cicatrizado.

-Vámonos- dijo el unicornio, poniéndose en pie y comenzando a recargar su arma. Rex lo siguió sin chistar, aunque nuestro salvador parecía un poco reticente a caminar junto al sabueso. Me puse de pie y comencé a caminar con ellos. Algo me inquietaba con respecto a ese lugar y las plumas me picaban sólo de pensarlo. Quería irme de inmediato de ese lugar maldito.

Pero…

-No podemos dejarlos.

-¿Qué?-los dos machos se voltearon hacia mí al unísono al escuchar lo que había dicho.

Con mi casco señalé a las jaulas repletas de ponis-. No pienso dejarlos-respondí. No era justo. No había pasado más de unos minutos en aquel lugar y ya sentía que ningún poni, ninguna criatura, merecía eso. Era simplemente repugnante.

-Bueno, yo no tengo inconveniente con dejar ladrones y asesinos atrás-dijo el poni.

¿Ladrones y asesin-? ¡NO! Nadie merecía aquel trato.

-Tenemos que hacer algo-respondí.

Él gruñó y se pasó el casco por la cara.

-No voy a arriesgarme a sacar a esos de aquí, ya tendré suficientes problemas sacándolos a ustedes- con su arma nos señaló a Rex y a mí. Fruncí el ceño-. No sacaré a nadie, sin importar lo que digas o hagas. No es mi problema, y tampoco el tuyo, ni el de él-señaló entonces a Rex, quien se limitó a mirarme y agachar las orejas.

Tenía razón. Sí, era arriesgado y era una estupidez el pretender sacar a los ponis de aquel matadero. Era infantil y una idea tonta. Pero no podía sacármela de la cabeza. Algo dentro de mí me decía que no era correcto. Quizás era conciencia, instinto o simple confusión al ver al mundo tan acabado. Quizás era algo bueno, o mi cerebro había quedado medio muerto por la experiencia cataléptica… No lo sabía, no tenía ni la más mínima idea de qué estaba pasando por mi cabeza. Lo único que sabía, era que no me iría hasta sacar a todos esos ponis de sus jaulas.

-Sé que no es mi problema…-comencé a decir, una sonrisa triunfante se asomó por los labios del corcel.- Pero no puedo dejarlos aquí. Cuando me arrastraron hasta este cuarto, escuché bastantes ponis afuera. No lo lograremos solos.

Su mirada cayó, su sonrisa se desvaneció mientras me contestaba:- ¿Qué te hace creer que nos van a ayudar?

Era una excelente pregunta. No estaba segura. No sabía si esos ponis intentarían matarnos en cuanto nos diéramos la espalda. Mi profesión me había dotado de mucho conocimiento, pero en las Tierras Desoladas eso no servía de nada. No sabía nada. Ignoraba todo. Quizás era pura ingenuidad o deseo de suerte aunque fuera una vez desde que dejé mi hogar. Mi mirada se desvió un segundo hacia las jaulas. Todos eran ponis. Si los liberábamos podíamos esperar que nos matasen, pero también que nos ayudasen.

En ese momento me pregunté si realmente se me había muerto el cerebro.

-Intuición- respondí.

Todos los ponis presentes estaban asustados. Todos tenían miedo. Todos eran un hervidero de adrenalina e instinto. A lo mejor ninguno deseaba ayudarnos y realmente nos detestaban, pero todos estaban aterrados a la muerte. Todos deseaban su libertad.

Él me miró con un rostro plano. Realmente dudaba de mí.

-Si no nos ayudan, al menos podrán distraer a los Asaltantes- dije alzando la mirada a sus ojos grises. Mi salvador pareció meditar mis respuestas durante lo que pareció el minuto más largo de mi vida.

-Está bien-asintió y de inmediato sacó unos pasadores y un destornillador de su alforja. Su cuerno trabajaba con gracia, desbloqueando seguros con la velocidad y precisión de un… unicornio.

Agh.

Los ponis que estaban encerrados me miraban a mí y a mis rescatadores algo impactados. Muchos de ellos parecían verdaderamente querer arrojarme al cráter más profundo que existiera en el Yermo de Equestria. Otros, sin embargo, parecían agradecidos e incluso temerosos de mi presencia. El poni que me había salvado, y que en ese momento se ocupaba como cerrajero, había revelado su nombre, a mí y a Rex. No tenía idea de lo que la palabra "Paladín" significaba en el yermo, pero sonaba importante.

Al poder abrir los ojos por primera vez desde que me sacaron del Establo, pude notar lo diferentes que eran los ponis de la superficie. La gran mayoría presentaba ojeras y sus huesos se marcaban debajo de la delgada capa de piel. Otros eran sumamente fuertes, con cuerpos enormes y musculosos. Otros eran potros que luchaban por vivir. Otros parecían como mi compañero, elegantes en su propio estilo callejero, y adaptados perfectamente a la dura vida de las Tierras Desoladas.

-Gracias, muchas gracias-escuché esas palabras más de una ocasión mientras los corceles y yeguas salían del encierro. Uno de ellos incluso llegó a arrojarse a mis patas, me sonrojé y por un segundo creí que estaba alabándome o algo así, en realidad el pobre chico estaba atrofiado de las piernas y le tomó un rato recuperar la movilidad.

En cuanto salían, los ponis comenzaban a escarbar entre los cuerpos del matadero. Recuperaban cada pieza de basura que pudiese parecer útil. Descubrí que buscar entre pilas de huesos y casilleros oxidados daba sus frutos. Muchos de los desnudos ponis terminaron armados y abastecidos de ciertas municiones. No era mucho. Pero tendría que ser suficiente.

Por los minutos que tardamos en preparar nuestra escapatoria comencé a preguntarme si debería preocuparme la tranquilidad. Los Asaltantes no habían aparecido al escuchar los disparos, ni los gritos. No habían ido a revisar si los suyos estaban bien. Estábamos solos. Se me pasó por la cabeza que, tal vez, sólo, tal vez, ellos estuvieran acostumbrados a esa clase de disparos en su guarida. De otra forma, esto era muy sospechoso.

Rex se había quedado a mi lado todo el tiempo, no estaba segura de si era por la gran cantidad de ponis que lo miraban con odio, pero era lo más probable. De todos ellos, creo que sólo yo e Iron no queríamos matarlo, aunque el unicornio se limitara a disimular. El cachorro también había bebido una poción curativa, el maltrato de los Asaltantes había dejado unas cuantas heridas superficiales en su piel. Los dos nos quedamos sentados en una esquina de la habitación, junto a la puerta para vigilar. Mientras todos los demás jugaban a pescar entre los huesos, él y yo conversamos un rato.

-¿Entonces no estabas muerta?-preguntó él con un repetido parpadeo.

-Nop-respondí por quinta vez.-No sé qué sucedió, pero no era muerte.- le aseguré con una sonrisa.

-Bueno, ¡no te creo!-me acusó él, apuntando su dedo en mi dirección.-Mi nariz decía que estabas muerta, así que debías haber estado muerta.

Sonreí. Niños. Al parecer son iguales sin importar la especie.

-¿Olía a podrido?-pregunté alzando ambas cejas.

-No lo sé…, pero habías dejado de respirar, no olía tu aliento.-dijo Rex con un puchero.

-¿Este aliento, dime, huele a muerto?-al hablar me le acerqué lo suficiente para que olfateara mi boca. Él se alejó de un salto y se cubrió la nariz con ambas garras.

-¡Puaj!-exclamó el niño sacando la lengua-. No es eso, pero apesta.

¿Uh?

Alcé mi pata y comencé a soplar un poco. Um, realmente no olía taaaan mal. Sólo parecía que no me había lavado los dientes desde la fiesta por el cumpleaños de la Over… mare.

Mi cabeza habría podido pasar horas pensando en los días anteriores a mi expulsión del Establo. Habría sido capaz de pensar en mil y un futuros distintos para esa historia. Hubiera. No podía distraerme con esas tonterías, el Establo me creía muerta y hasta salir viva de aquí, no podría contradecirlo. Permanecer en este acabado edificio era sinónimo de muerte.

-¿Estás bien?-preguntó el cachorro jalando un poco la manga de mi traje.

-Sí…-dije, recuperando un poco el sentido de realidad.- Sí, estoy bien, sólo… recordé algo.

El perrito me observó con una mirada cargada de curiosidad que, al contrario que la mayoría de los niños, no pasó más allá. Se limitó a parpadear un par de veces y luego dirigió su atención a otra cosa. Se alejó de mí para escarbar entre la basura y los cadáveres, emocionándose cuando encontró una curiosa arma. En sus garras sostenía un rifle, una especie de rifle… Agh, tenía que comenzar a aprender de armas, al menos los nombres.

Mi atención volvió a los ponis cautivos. Ya todas las jaulas estaban vacías y la mayoría de ellos estaban suficientemente armados como para sobrevivir ¿Yo? Estaba sentada en una esquina, intentando prestar atención a las cosas que los otros hacían, muchos de ellos examinaban las armas y las municiones que conseguían de la basura y restos de ponis; otros se dedicaban a proteger su cuerpo con cada pedazo de chatarra que pudiese servirles.

El unicornio blanco de melena oscura se acercó a mí y con su cuerno iluminado me arrojó un arma, una con un cañón más ancho que la mayoría de las armas que había visto hasta entonces. Era de color plateado, con el cañón decorado en luces verdosas y tenía el tamaño perfecto para cargarla en la boca sin problemas.

-Gracias-dije con sinceridad, tomando la pistola de mis cascos y colocándomela en la boca. Puaj, el sabor metálico era horrible.

-Sólo procura no morir…-dijo Iron levitando su propia arma y dándose la vuelta.-Otra vez- agregó mirándome y luego dirigiéndose a los ponis. Siendo sincera, yo también esperaba poder sobrevivir a nuestro improvisado plan.

-Muy bien, no me interesa la razón por la que acabaron aquí, lo único que me importa es salir de aquí con vida. Sé que ustedes piensan igual, así que sólo lo diré una vez: No pienso sacar a nadie de aquí, los liberé, pero llegar a sus hogares dependerá de nadie más que de ustedes, ¿Escucharon?-dijo el corcel, recibiendo un furioso grito de parte de los ponis. No era una expresión de ira, era júbilo, determinación a no desperdiciar la oportunidad de vivir un día más. Todos los ponis rugieron y golpearon sus cascos contra el suelo. Incluso Rex se unió con un potente y agudo aullido. Era tal la presión de los vítores que me daban ganas de gritar, y lo hice.

La manada, guiada por Iron Jitters, cabalgó fuera del matadero con una furia comparable a la de un dragón. Todos los ponis, terrestres, unicornios, Rex y yo, pasamos corriendo por descuidados pasillos en un acabado edificio. El techo de lamina estaba agujerado y cayéndose a pedazos, al igual que el resto del lugar. Corrí junto a él todo el camino.

Pasamos un par de almacenes destrozados por el tiempo antes de encontrar algún peligro. Los Asaltantes parecían tener cierta preferencia por los colores oscuros y los ornamentos de mental puntiagudo, media docena de ellos nos recibió tras pasar una enrome puerta. No estaba segura de cuántos ponis éramos, pero los disparos provenientes de la turba lograron acabar con los ponis caníbales en un instante.

Por desgracia esos no eran los únicos.

Segundos después de la explosión, un grupo un tanto más numeroso de ponis llegó totalmente armado y mostrando sonrisas de maniacos. Mi grupo corrió y comenzó a disparar con fiereza, no dispuestos a volver al encierro y resignarse a morir.

Todos los ponis peleaban con mucha fuerza, ira acumulada que había deseado salir desde hace un tiempo. Pero no Iron, él era un tanto más fluido. No se limitaba a patadas poderosas y toscos golpes con sus pesuñas, Jitters era más… elegante. Parecía un bailarín con el rifle en su cuerno. Cada uno de sus disparos era preciso, cada una de sus patadas, mortales. Se enfrentaba a un numeroso grupo de Asaltantes como si no fueran nada. Cuando uno de ellos se acercaba por la derecha, él utilizaba al de la izquierda como escudo. Y si uno le apuntaba, él regresaba el disparo en menos de un parpadeo. Si debía recargar, él no perdía tiempo; con la culata del rifle les rompía la nariz y a la primera oportunidad recargaba y regresaba el fuego.

Rex era un luchador feroz, o eso me pareció a mí. Con sus garras sostenía el arma que había encontrado, disparando con casco inexperto, pero suficientemente suertudo para matar al enemigo. Cuando ellos superaban al perrito, este se colgaba el arma bajo el brazo comenzaba a rascar la tierra, haciendo un agujero y desapareciendo dentro, y cuando sus atacantes estaban ocupados, él emergía con un rugido de su arma. Llegó un punto en que las municiones se le acabaron. Entonces Rex hacia como creí que un Hellhound adulto haría, atacaba usando sus ventajas ¿evolutivas?, rasgando piel y musculo con sus garras y arrancando carne con sus dientes. Corriendo a cuatro patas era rápido como Rainbow Dash. Burlaba a los ponis y los atacaba por detrás.

¿Y yo? Me ocultaba detrás de algún otro poni mientras intentaba descifrar la manera de utilizar la pistola que Jitters me había dado. Era claro que el gatillo iba en mi boca, y que de alguna forma mi lengua era la encargada de tirar de él, aun así, me era complicado apuntar. Cada vez que fijaba un objetivo y pretendía dispararle, el movimiento de mi boca al tirar el gatillo hacia que la mira se moviera. Más de una vez le dejé un agujero carbonizado al piso.

Los ponis combatían con fiereza. Mientras luchaban, comenzábamos a ganar terreno. Iron nos conducía con dificultad, pero nos acercábamos a la salida. Cada disparo. Cada grito y gruñido, era un metro más cerca de la libertad. Pasaron al menos una docena de agujeros en el suelo, antes de que yo fuera capaz de usar mi arma de manera no tan penosa. Me había acostumbrado al tirón y mi cuerpo estaba lo suficientemente recuperado para lograr mantener la posición y no caerme al disparar.

La mayoría de las armas usadas ese día eran de fuego, rifles y otras cuyo nombre no conocía; bates, bastones, rocas, y todo lo que se pudiera arrojar. La mía, sin embargo, no hacía nada de eso. Esta pistola no te clavaba un proyectil en la piel, ni te atravesaba con balas. Esta era capaz de vaporizar parte de ti. Cada vez que disparaba, si tenía la suerte de alcanzar a algún Asaltante, este terminaba con un miembro convertido en polvo verdoso. De la boca de mi pistola salían luces, rápidos rayos verdes que vaporizaban lo que tocaran. Si bien no logré acabar con nadie con aquella arma, al menos lograba debilitarlos lo suficiente como para que otro poni más experimentado se hiciera cargo.

No me había dado tiempo de notarlo antes, pero todo el edificio había estado oscuro. No había luces, por lo que la única iluminación entraba por los numerosos agujeros en el techo. Entre más avanzábamos, más luz había. Llegó un punto en que pude verla, frente a nosotros había una enorme puerta abierta. Y frente a ella, muchos Asaltantes. El tiempo se hizo más lento, o tal vez fue cosa mía, mientras Leader y su grupo de agresivos ponis nos esperaban con las armas en alto, bloqueando nuestro camino a la libertad.

Jitters le observó con esos ojos de acero, luego comenzó a galopar y los ponis que habían quedado empezaron a seguirlo. Todos gritando y disparando hacia los Asaltantes. El impacto del momento hizo que mi parálisis desapareciera. Comencé a correr junto con el resto de los ponis, Rex no estaba entre la turba, por lo que llegué a suponer que se había metido debajo de la tierra. Chico listo.

Corrimos unos metros antes de que los ponis a mi lado comenzaran a caer. Las explosiones de las armas se mezclaban con los gruñidos de dolor y la carne al caer. Casi ningún asaltante se molestaba en apuntar, pero eran sumamente suertudos sus tiros. Las balas atravesaban a la mayoría de mis acompañantes, aun así, esos mismos ponis eran capaces de regresar el tiro. Por un segundo giré la cabeza para ver los cuerpos, eran cerca de diez.

Seguí corriendo, con la imagen de aquellos cadáveres acompañándome todo el camino. La pistola de rayos estaba en mi boca y cada que tenía la oportunidad, la apuntaba contra uno de los ponis envueltos en cuero y llenos de picos. Un par de tiros lograron atravesar el pecho de uno, él se desintegró convirtiéndose en polvo y luego esparciéndose por todo el pasillo.

¿Era normal sentirme tan tranquila tras haber visto eso?

Iron y otros cinco ponis robustos avanzaban frente al resto, recibiendo balas y repeliendo el fuego de los menos afortunados. Con su cuerno, Jitters tenía la oportunidad de blandir su arma con la velocidad suficiente como para disparar a más de cinco objetivos en menos de un parpadeo. Los otros que le acompañaban también parecían habilidosos con las armas, sin embargo, demostraron su verdadera naturaleza cuando llegó el momento de combatir cuerpo a cuerpo.

No sé qué tendrían aquellos terrestres, pero eran brutales. Sus golpes, si bien no eran disciplinados, eran de carácter mortal. Un solo golpe de su pesuña era capaz de noquear a un asaltante. Con sus cascos aplastaban cráneos y sus cuerpos parecían resistir las balas. Eso no quería decir que fueran invencibles. Al momento en que alcancé la entrada, tres habían caído, con agujeros ensangrentados cubriéndoles cada centímetro del cuerpo. Uno de ellos había quedado irreconocible, su rostro parecía más de queso que de poni.

Leader y Jitters estaban luchando. Ambos disparándose en el rostro y ambos corceles esquivando casi con la misma velocidad. Iron estaba herido, así que bebió una poción curativa mientras Rex y yo nos encargábamos de despejar la entrada. Sus garras rebanaban gargantas de asaltantes como si éstas no fueran más que mantequilla. Yo me ocupé de aligerar su trabajo enviando disparos errantes en dirección de los ponis envueltos en negro. Éramos buenos, al menos lo suficiente para no morir en el primer intento. Mientras nosotros tres permanecíamos dentro, diezmando a cuantos nos fuera posible, los demás escapaban como almas perseguidas por algún demonio. Luego, el poni que hasta entonces yo habría creído invencible, soltó un grito de dolor. Su gruñido me llenó cada fibra, cada gota de sangre. Me di la vuelta tras haberle disparado a una yegua azul. Él estaba arrodillado frente a un sangriento Leader, el poni tenía los ojos inyectados en sangre y gritaba cosas inentendibles con el arma en su boca apuntando debajo del cuerno de Jitters.

No sé qué sucedió después. Quizás instinto, a lo mejor era toda esa adrenalina en mi sistema la que me impulsó a actuar de manera tan violenta. En un arrebato de ira, presioné mi arma con mis dientes al punto en que mi quijada comenzaba a doler. Corrí. Troté con todas mis fuerzas e ignorando el ardor en mi pierna trasera. Mis alas se desplegaron un segundo, aleteando con fuerza mientras mi casco se elevaba y mi Pipbuck se activaba.

El poni frente a mí se dividió. Su cuerpo apareció en secciones frente a mi vista y el tiempo se detuvo. Mientras Leader seguía su monologo, mi arma se dirigió a la zona más vulnerable que mi hechizo pudo encontrar. Con una furia ciega, presioné mi lengua contra el gatillo y un rayo de color verde salió volando hasta impactar contra la pata derecha de Leader. El poni gritó y se alejó al sentir su miembro desaparecer. Gruñendo, soltó el arma y se tiró al suelo, sujetándose con la otra pierna el resto de su hombro.

El polvo verde le salpicó a Jitters en el rostro. Cuando llegué a él, lo levanté en sus cuatro cascos y con mis alas le di el apoyo que necesitaba para caminar. Escarbando entre sus cosas con su magia, él sacó una botella purpura y bebió su contenido hasta el fondo. Mientras avanzábamos, un grupo de Asaltantes se arrojó sobre nosotros, pero muchos de ellos terminaron o con balas en la garganta o con una pata perdida.

-Gracias-jadeó él con una sonrisa mientras salíamos del oscuro edificio. Rex nos ayudó, sosteniendo el rifle del corcel y disparando a los ponis que nos seguían. Hacía un buen trabajo el joven cachorro. Cuando se quedó sin munición, los tres comenzamos a correr cómo pudiéramos, los dos ponis estábamos heridos y el Hellhound debía esperarnos. Por fortuna, ningún asaltante se decidió a seguirnos. Corrimos por la tierra y las rocas durante unos minutos, hasta que la distancia era segura y nuestros cuerpos estuvieron cansados. Con los dos heridos, no tomó mucho tiempo. Nos detuvimos junto a unas rocas mientras Iron y yo recuperábamos el aliento y tomábamos más pociones curativas. Rex también se bebió una, algunas balas le habían rozado la piel y dejado ciertas heridas en ella.

-Gracias…-Rex me miró tras haber bebido su pócima-. Me alegra que de verdad no estuvieras muerta-entonces el cachorro sonrió, mostrándome todos sus dientes, y vaya que eran demasiados… Y muy filosos.

-A mí también-respondí alzando mi botella vacía con mis cascos y devolviendo la sonrisa.

-Pues así somos tres-dijo Iron Jitters mirando a las cicatrices en su pata derecha. Creo que eso podía considerarse un "gracias" de su parte.


Nota al pie de página: Level up!

Nueva ventaja añadida: Oído de Batpony: (Percepción +1) has pasado tanto tiempo en la oscuridad que tu oído se adaptó a la falta de visión. Ahora eres capaz de detectar enemigos sin necesidad del E.F.S. en un radio de diez metros mientras estés en completa oscuridad.

Beneficio de facción agregado: Cry-Baby: quizás no eres la yegua más valiente, ni la más rápida, ni la más fuerte en toda ésta desolada tierra, pero… ¿De qué hablaba? Con este beneficio ganas 5% más daño contra enemigos "demasiado duros para ti" mientras tengas un nivel menor a 6.