Os como, casaos en matrimonio conmigo ;A; ¡Me ha hecho feliz la acogida que ha tenido este fic! Gracias a Hitsuji, a Beln y a Shalyn por sus maravillosos comentarios; los favs y los follows son pure love.
…más tememos.
Una parte de Armin (que tendría más peso si no hubieran pasado tres años y no necesitara que Jean lo tocase donde Armin necesita que lo toque) quiere noquear a Jean, huir del comedor y no mirar atrás hasta llegar a su habitación, donde podría ponerse a buen recaudo encerrándose bajo siete llaves y apoyando los tres muebles semidestartalados (que puede decir que son suyos) contra la puerta.
La otra, esa otra parte que fue decisiva cuando renunció a la docencia para unirse al escuadrón, esa parte es la que lo mueve a meterle a Jean las manos por debajo del cuello de la camisa. Aún tiene el entrenamiento fresco en el cuerpo y los músculos de los hombros se contraen bajo la gasa deshilachada de las vendas, latiendo de energía contenida. La piel es más áspera que la suya y huele a lo que tiene que oler, a tierra mojada, a cuero y a cansancio y a Jean y a colonia de hombre de una marca que Armin no conoce pero que a veces se encuentra flotando por las callejuelas de la ciudad, por los rincones más recónditos de la base y que (no se lo ha dicho a nadie pero) asocia a Jean como asocia el aroma del maíz tostado al aroma del hogar.
La colonia de Jean.
—Ag. ¿Qué es ese olor, testosterona reconcentrada?—preguntó Mikasa una tarde, justo antes de cenar. Se había tapado la nariz con la mano y la melena corta le había revoloteado por encima de la bufanda.
—Es la colonia de Jean—había respondido Armin, demasiado rápido y demasiado a la defensiva como para que Mikasa pudiera pasarlo por alto.
La chica le había regalado una mirada inquisitiva, como si a Armin le hubiera crecido un brazo de titán y había repetido, con más convicción que antes:
—Testosterona reconcentrada.
Armin había optado por no tentar a la suerte porque Mikasa era su amiga y no le debía nada a Jean. Había cedido a medias.
—Ya. Bueno. Es un chico.
Los besos se les caen de las bocas abiertas. Armin no distingue si es por cómo Jean mueve los labios contra los suyos o si es por la lengua repasándole los dientes. O si no es Jean el que hace ese ruidito como de succión, sino él. Jean ni siquiera repara en ese detalle. Antes de Armin ha habido una o dos chicas, pero Armin es más fuerte que ellas y con él Jean no tiene que guardar las apariencias. Puede sentarlo en la mesa y abrirle las piernas con la cadera. Sabe que no va a romperse, que no va a escandalizarse cuando sepa que se ha empalmado solo besando. Lo sabe porque contra todo pronóstico, Armin es un chico igual que él y ambos funcionan igual. Le recorre los muslos con la yema de los dedos y después con toda la mano, pegándolo a él al llegar a la parte anterior de las rodillas, presionando un poco.
Ah, Jean.
Le gusta.
Le gusta cómo suena. Lo ha oído antes.
"¡Jean!", alguien pasando lista, saludándolo con cordialidad o reprendiéndole por alguna chapuza.
"Jean…", Eren y sus advertencias.
"Jean", alguien dándole los buenos días o las buenas tardes, incluso las buenas noches.
Pero seguramente sus padres le pusieron Jean porque sabían que Armin Arlert nacería para pronunciarlo así, ahogándose en él.
Hostia. Lo está mordiendo. En los huesos esos que hay debajo del cuello y a los que Jean podría poner nombre si no se hubiera quedado sin sangre en el cerebro y pudiera pensar con claridad en ese momento. Si pudiera pensar.
Cuando los entrenamientos no eran tan duros y tenía tiempo para pensar por las noches, hubo una época en la que Armin se dormía pensando en cosas que le gustaría que le pasaran algún día, preguntándose a qué sabría Jean si le comiera la boca. Y tiene su gracia porque todas las veces en las que pensó "¿a qué sabrá Jean si te besa?" nunca, nunca, NUNCA se le ocurrió que pudiera saberle la boca a naranja fuera de temporada. Esa es otra. ¡Jean tomando té! Es de locos. No es que a Armin no le guste el té, que le entibia la garganta de dentro hacia fuera como una bufanda, y que le ayuda bastante a concentrarse cuando toca, pero viniendo de Jean es rarísimo porque EN FIN, es Jean, que considera que todo lo que esté relacionado vagamente con la fruta es una mariconada, incluida la fruta.
Menos el limón, el limón es para tíos duros, había dicho una vez, discutiendo con Connie de camino a los establos.
La piel del cuello está pegajosa y sabe a sal.
Jean está pasmado. A Armin no le da asco lamerlo todo sudado. Hay cosas que se hacen por cortesía, como terminarse el brócoli o dejar pasar a alguien por un pasadizo demasiado estrecho antes de pasar tú, pero Armin no parece estar merendándole el cuello por cortesía, sino por otra cosa. Armin lleva queriendo hacerlo desde aquel día en que Jean lo derribó dándole un puntapié y lo miró con la barbilla levantada y la camisa abierta, con las venas del cuello hinchadas y la lengua entre los dientes. "Estás mejorando. O sea, para ser tú."
Y Armin quiso decir "y tú, y tú" pero solo le salió un gracias bastante agudo.
Jean no sabe eso, y no puede evitar preguntarse si es porque es su cuello o si también le gustaría el cuello de Eren o el de Reiner.
Se deja caer hacia delante dos, tres veces. Le recorre la espalda, más ancha de hombros que de cintura, con tosquedad, clavándole los dedos. Dios Armin, jo-der. Pero si hay algo más de tío que esa espalda es el pecho, que a Jean se le hace extraño palpar por encima de la ropa porque está acostumbrado (acostumbrado es una forma de decir que solo le ha tocado las tetas a una chica, a los trece y durante el breve lapsus que la chica tardó en girarse con brusquedad y hacerse la ofendida, pero eh, nadie tiene por qué conocer los detalles) a que haya algo que le haga curvar la mano para que el pecho le quepa en ella.
—J-jean.
—Qué.
Tócame.
No lo dice, pero está claro. Jean gruñe a mitad de un beso lleno de saliva y le coge la muñeca con demasiada fuerza. Los nudillos de Armin le rozan la polla por encima del pantalón y luego es toda la palma, crispada y pequeña, como de chica, acariciándolo donde más lo necesita. Armin se deshace como la mantequilla en la sartén debajo de él. Le muerde la boca y la barbilla y a Jean le gusta ese Armin, desquiciado y a punto de correrse por él.
Le sube la camisa de franela. Quiere tocarlo. Necesita tocarlo. Tiene que.
—Espera.
A qué.
—A qué.
Mientras Armin siga con la mano en su pantalón, Jean no va a dejar de considerar ese "espera" como una amenaza fuera de lugar. Está al límite y no puede esperar por nadie, ni siquiera por él.
Armin, no me jodas.
Eso que asoma en sus pupilas dilatadas parece la sombra de una duda que Jean no puede soportar.
—Vamos… a tirar el candelabro—musita contra sus labios, agitado y con el pelo revuelto, con la voz tan diminuta que lo hace sentir fatal.
—Pues lo apagamos. O lo quitamos. Yo qué sé—intenta con los ojos entrecerrados. Se le ha mezclado el aliento con el suyo, y Jean siente una punzada de pánico en la boca del estómago al pensar en que encajan bien juntos. Ha apoyado la mano en la mesa y presiente que si retrocede un solo paso algo que no sabe qué es se romperá entre ellos—. No quieres, ¿no?—afirma más que pregunta.
Armin se muerde los labios llenos de sangre. A Jean se le acelera el pulso solo de verlos ahí, justo delante de él, medio abiertos y mojados.
Parecen bastante besables pero Armin le ha dicho que espere, así que Jean espera. Se pregunta qué querrá.
—Sí que quiero—dice por fin—. Pero creo que tú no.
No, tío.
No quiere hablar con Armin de lo que quiere cada uno, quiere abrirle la camisa y el pantalón y acariciarle a ver qué pasa, porque Armin es como un xilófono; tocas una tecla para ver cómo suena y las acabas pulsando todas.
—Ah, vale. Y qué.
—Me gustas. Y eso.
Vale. Eso es evidente. Es evidente que si no le gustara no estarían magreándose en medio del comedor, así que va a tener que preguntarlo.
—Y qué pasa.
—Que a lo mejor deberías planteártelo—Armin quiere dejarlo ahí. Es lo más sabio. No quiere añadir nada más porque intuye lo que ocurrirá. Al final se le escapa—. Esperar.
Esperar.
Esperar.
Esperar.
Jean no tiene tiempo para esperar. Marco murió un día antes de pasar a formar parte de la Guardia Real y nadie le rodeó los hombros con el brazo y le dijo eh chaval, déjanoslo a nosotros y corre a cumplir tu sueño, ¿a qué estás esperando?
Esperar.
Jean no tiene tiempo para esperar. Tiene un talento mediocre y un montón de titanes que matar.
E-s-p-e-r-a-r.
Esperar.
La palabra le va frunciendo el ceño hasta que no da más de sí. Jean estalla.
La risotada le llega a Armin poco a poco, como una ola de frío. Es cruel y Jean lo sabe. Es de esas risas cargadas de malas intenciones, de esas risas que hacen daño y se quedan debajo de la piel. Y no salen.
A qué Armin. A qué coño estás esperando, ¿a que nos maten? ¿A que empiecen a gustarme las pollas? ¿A que empieces a gustarme tú?
— ¿A qué? Mira, no, no digas nada. ¿Ves eso de ahí fuera? Son cañones, ¿te suenan? Sí, joder, negros y con un soporte y una mecha de cuerda que hay que encender para disparar unas bolas como sandías de plomo—el tono es amigable y fresco, tan falso que a Armin le escuecen los ojos y tiene que bajar la vista para que Jean no lo vea sonrojarse—, ¿no vienen en tus libros de dibujitos?—Armin aprieta los labios. Es una pregunta retórica y no va a responderla—. ¿Armin? ¿Qué son esos modales? ¿No me vas a contestar?
—Sí.
— ¿Sí qué, Armin? Algunos no tenemos tanta materia gris, espero que no te importe ilustrarme un poco.
—Sé lo que son los cañones.
— ¿Y sabes para lo que sirven, Armin?
Le duele. Le duele la forma en la que dice su nombre, como si fuera un mote ridículo y no su nombre.
—Para disparar—susurra con la voz a punto de romperse, como un elástico que no puede estirarse más.
— ¿Para disparar qu…?
Cállate.
— ¡Para matar titanes!—chilla de pronto. Armin chillando con los puños temblando a la altura del pecho es de todo menos intimidante, pero hay algo en sus ojos que mantiene a Jean clavado en el sitio y lo incita a cruzarse de brazos, imponiendo una barrera entre ellos que Armin no puede atravesar—. Estoy aquí por lo mismo que tú. Maldita sea, Jea…
— ¡Titanes! Gente majísima, ¿no te parece? Toda una lástima tener que rebanarles el cuello, pero eh, tú a lo tuyo. ¿Sueñas con invitarlos a tomar el té, o estás muy ocupado planeando los próximos cinco años de una vida que a lo mejor se acaba esta semana?
Armin lo está dando todo por no llorar. Lo desafía con su metro sesenta y tres, con la cara de no haber roto un plato en su vida y con la mirada, que es determinación en estado puro y que está decidida a no dejar que Jean sea injusto con él por mucho que Armin lo quiera y por mucho que le duela quererlo.
—Jean… mis padres…
Mi abuelo, Jean. Mi familia. Mi vida.
— ¿Y si nos matan ellos primero? Un soldado que escoge esperar de pie en medio de la guerra escoge esperar sentado a que le llegue la hora.
Armin se sacude el pantalón y se pone de pie, efectivamente.
Ha vivido más que él y ambos lo saben. No va a molestarse en recalcarlo. Ha perdido más que Jean. Ha mirado a la muerte a la cara y lo que ha visto lo ha devastado tanto que ha estado a punto de acabar con él. No va a hablar de la muerte con Jean. Si alguien tiene derecho a elegir sus batallas, si alguien lleva a la muerte tatuada en cada hueso, es Armin y no Jean.
Tiene derecho a escoger en qué quiere invertir algo que se ha vuelto tan incierto como el tiempo, igual que Jean. A lo que no tiene derecho Jean es a decirle a Armin cómo debe invertir ese tiempo. Jean no es el único que tiene miedo, pero es el único que todavía parece creer que tenerlo es algo malo. Armin Arlert es un soldado, una mente brillante.
Pero por encima de todo eso, es un chico de quince años que se muere de miedo en medio de una guerra que parece no tener fin.
Le habla con tanta frialdad que Jean se hace para atrás involuntariamente.
—No cuestiones mi valía como soldado—muerde las palabras. Lleva el fuego por dentro y podría quemarlo en un suspiro—. Soy un chico y ese es el verdadero problema, y es tuyo, así que deja de hablarme, deja de mirarme así porque no tengo la culpa de querer que haya una segunda vez para hacer cosas contigo. Si tanto te preocupa morir ahí fuera sigue peleándote con Eren y encárgate de sobrevivir. Búscate una chica del centro y muere, muere como un soldado fuera de estos muros, sin despedirte de ella ni quererla de verdad—si no le hubiera visto nunca jurar con la mano sobre el corazón, Jean pensaría que Armin lo está insultando con esa manera suya de decir soldado—. Yo no voy a dejar de soñar solo porque mañana corra el riesgo de dejar de hacerlo.
Armin se va con pasos fugaces que desaparecen a medida que se aleja por el pasillo.
Jean se desploma en uno de los bancos, que cruje bajo su peso muerto. Está jodido y cansado y cagándose en Armin y en su puta manía de tener siempre la última palabra.
Y es que Jean no es muy dado a la lógica que hace que las cosas sigan un orden natural, pero cuando escucha a Armin decirlo como lo dice todo, con ese aire descreído y esa sonrisa derrotada, supone que tiene razón.
Y eso lo hace sentir de puta pena.
