Sherlock se dirigió hacia la dirección que Irene había escrito en la carta. Realmente no sabía que narices estaba haciendo al ir a su encuentro, ya que lo más seguro es que se tratara de otro de sus jueguecitos. Era una fábrica abandonada, no muy grande, en las afueras, cómo no. Entró y al cabo de unos segundos le pareció escuchar a alguien tatareando. Era la voz de una mujer, cantando. Siguió la voz hasta llegar a una galería un poco más grande. Y ahí estaba, frente a una ventana, de espaldas a él, con algo cogido entre los brazos que no podía ver, mientras se balanceaba sobre sí lentamente y tatareaba una especie de canción de cuna. Sherlock se quedó parado unos momentos.
-Bueno, ya estoy aquí. ¿Qué quieres esta vez?
-¿Acaso no es obvio, Sherlock? Hay una pequeña criaturita a la que deberías conocer.
La mujer se giró y quedó de frente a él, cara a cara. Sherlock fijó la vista en aquello que llevaba en brazos, algo tan pequeño. Esa especie de saco lo cubría con una mantita rosa con dibujos de estrellas. Sherlock hace una mueca y lanza una falsa sonrisa.
-¿He venido hasta aquí para que me enseñes un saco?
-Deja las bromas para luego. Este saco tiene nombre, se llama Agatha.
-Ah, bien…y…¿no me digas qué quieres que cuide de tu hija?
-No vas muy desencaminado. Sí, quiero que cuides de mi hija. Que, por cierto, también es la tuya.
Sherlock empieza a reír y se acerca más.
-Vamos, Dominatrix, no pensarás de verdad que voy a creerme que esa…niña es mi hija, por favor.
Irene no contesta, pero se acerca más a Sherlock y destapa la mantita de la cara del bebé. Parece un bebé de unos cuatro meses. Tiene el pelo rizado y de color castaño oscuro. Sherlock mira directamente a los ojos de la niña, le resultan tan familiares…
-Tiene tus ojos, Sherlock.
Este la mira y vuelve a dirigir la mirada hacia la pequeña. En su rostro se puede llegar a ver un cierto asombro y miedo.
-Vamos, señor Holmes, sé que recuerdas perfectamente aquella noche. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que algo estaba creciendo dentro de mí, y solo podía ser tuyo, ya que en ese tiempo no estuve con nadie más. Pensé en decírtelo, en enviarte una carta o en ir a buscarte, pero luego pensé que tú ni loco lo aceptarías. Fui a la clínica para abortar, pero cuando estaba a punto, no pude hacerlo, así que decidí tenerla yo sola. El pensar que…tenía algo tuyo creciendo dentro de mi barriga era…
-¿Entonces, por qué ahora?
-Tengo muchos asuntos pendientes. Cosas que debo hacer y no puedo tenerla conmigo. Al menos por un tiempo. Quiero que la tengas al menos cinco meses. Después vendré a buscarla, y te aseguro que si no la quieres volver a ver, no la volverás a ver.
Y de nuevo estamos aquí, en este punto, en este día en que le gustaría que su mayor preocupación fuera encontrar el paradero del asesino que descuartizó a su vecino o acabar la partitura para el violín. Accedió a quedarse con la niña, y todavía no sabe por qué. Esa extraña criatura…que solo se caga y se hace pipí en los pañales, llora, ríe y duerme. La observa mientras está cerrando los ojitos poco a poco y suelta esos suspiritos tan característicos que siempre suelta. Tal vez deberíamos explicar cómo fueron los primeros días en que la niña llegó a su casa.
Día 1:
Sherlock entra por la puerta con el carrito y bolsas encima, colgando de su hombro, sin decir una palabra. La Sra Hudson lo ve.
-¡Madre mía! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Es una ricura de niña!
Se acerca al carrito mientras sonríe de oreja a oreja.
-¿Qué haces tú con un bebé, Sherlock? A ver, ¿qué ha pasado ahora? ¿Te han encargado que lo cuides? Oh, no me digas más, no vas a hacer experimentos con él, es un bebé, ¡Sherlock!
La Sra. Hudson se agacha hasta que le ve la cara a la niña. Sonríe pero acto seguido se le queda una cara seria y pálida. Va alternando la mirada de la niña a Sherlock y de Sherlock a la niña.
-Sherlock…no me digas que es tu hija.
Sherlock resopla y comienza a subir el carro por las escaleras. Esta va a ayudarle detrás. Una vez han entrado en la casa, Sherlock lanza las bolsas al sofá y se tira en el sillón. La Sra. Hudson coge a la niña y empieza a mecerla.
-Pero…¿cómo? ¿quién es la madre?
-No haga más preguntas, por favor-. Se lleva las manos a la cabeza.
Esta mira a la niña mientras la mece.
-Virgen santa, no se puede negar que es tu hija, es calcada a ti.
-¡YA BASTA!
Se hace un silencio profundo, incluso la niña lo mira con sus grandes ojos.
-Voy a hacerle algo de comer. Oh, necesitamos papillas, voy a ir al super a comprar, ahora vuelvo.
-Sí, llévatela contigo, Lestrade me ha llamado y tengo que ir.
-Vale.
Esta mete a la niña en el carrito, Sherlock le ayuda a bajarlo y salen. Sherlock ya se va a coger al taxi sin si quiera mirar a la niña. La Sra. Hudson lo mira haciendo una mueca y se inclina en el carrito, tocándole la nariz a la niña mientras le habla.
-No te preocupes, pequeña. Ya verás cómo poco a poco papá se irá acostumbrando a ti, pero necesita tiempo, solo eso, tiempo.
Agatha la mira con los ojos abiertos y la boquita en forma de "o", y suelta una mini risita mientras se lleva la mano a la boca.
