DEDICADO A: Flor, mi beta y nueva amiga a la que quiero mucho, a Esmeralda Cullen, porque ella me animo a seguir publicando y a Jess Saldarriaga (diseñadoras FFAD) que me regalo la portada de la historia

Muchas gracias a Flor Carrizo, por ser tan paciente y regalarme su amistad y a pesar de sus múltiples obligaciones siempre está ahí :*, este trabajo también le pertenece. Capítulo beteado por ella.

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Disclaimer: Los nombres de los personajes y su creación le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia NO es mia y le pertenece a Carole Mortimer


Capítulo 2

El edificio de oficinas de Industrias Swan-Dale era uno de los más atractivos y lujosos de Londres. El padre de Bella ha bía dicho siempre que para que alguien llegara a ser algo, debía verse como tal. Por fortuna, su socio en los negocios pensa ba igual que él y del simple deseo de sentirse interesantes, los dos se volvieron importantes en realidad.

Saludó a la mayor parte de los empleados por su nombre, mien tras cruzaba la recepción, para dirigirse al ascensor privado y subir al último piso. Otro de los dichos de su padre era que cuando se había llegado a la cumbre era muy tonto olvidar a la gente que lo había ayudado a llegar allí. Conocía el nombre y la historia de cuanta persona trabajaba con él, desde el recadero hasta el más alto ejecutivo.

—Consígueme a Emmett McCarthy por favor, Ángela —ordenó a su se cretaria cuando se dirigía a su propia oficina. Se sentía ya muy a su gusto en la cómoda opulencia del sólido escritorio de roble. Había realizado pequeños cambios desde que había tomado posesión, pero no mu chos, puesto que había ayudado a hacer el diseño original de la ofi cina

Isabella Swan-Whitherdale, ¿era realmente la "arpía rica" que Edward Cullen había dicho? Ciertamente sus padres eran ya muy ricos cuando nació y ella, que había sido una adición a la vida de ambos porque eran ya bastante mayores, nunca había carecido de algo. También era cierto que James ya era inmensamente rico cuando se casaron, pero quien dijo que "el dinero no compra la fe licidad" sabía de lo que hablaba. Ahora era más rica de lo que fue ron sus padres o James, porque había hecho de su compañía un éxito todavía mayor desde que estaba a cargo de ella, pero sus pa dres estaban muertos, al igual que James. Y ella no era feliz.

Levantó el teléfono al segundo timbrazo. Había estado mirando a la ventana, perdida en sus pensamientos.

— ¿Sí, Ángela? —preguntó.

—El señor McCarthy está en la línea uno —le informó su secreta ria.

Se había olvidado de la orden que le había dado a Ángela de llamarlo.

—Comunícame con él —dijo con voz suave.

— ¡Bella, qué gusto me da oírte! —El hombre que había sido abogado de su padre antes de serlo de ella la saludó con voz ale gre—. Yo mismo te iba a llamar más tarde.

—Emmett —contestó ella con cierta brusquedad. Podía imaginarse al socio principal de McCarthy, Anderson McCloed en su oficina llena de libros, con un decorado agradable, muy diferente de las oficinas legales, polvosas y malolientes, que la mayor parte de la gente conocía—. No estoy muy segura de que te dé gusto haberme oído, cuando hayamos terminado nuestra conversación —dijo ella con tristeza.

— ¿Por qué? —preguntó él con leve desconfianza en la voz.

Bella sonrió. Emmett tenía la reserva usual de un abogado, a pesar de que la conocía desde hacía años. Y ahora le asistía la razón para tenerla: ella estaba disgustada por la forma en que iban avan zando sus negociaciones para adquirir la Casa Shevton.

—Edward Cullen conoce la identidad de su competidora en la compra de la Casa Shevton —dijo ella en forma directa.

— ¿Estás segura? —El tono de voz de Emmett era indicio de que esta ba frunciendo el ceño.

—Ayer hablé con él —reveló ella con un suspiro—. Más bien, él habló conmigo —corrigió con tristeza, recordando la conversación. Nadie había hecho la suposición antes, en forma errónea o correc ta, de que ella era la amante de ningún nombre, ni siquiera James—. Me dijo con toda claridad que sabía bien que yo era la otra parte interesada en la operación. Te dije que quería que mi participa ción en las negociaciones se mantuviera en estricto secreto —le recordó con cierta dureza. La había sacudido la noche anterior oír a Edward Cullen mencionar, en tono casual, su interés en una compra que no deseaba que fuera de conocimiento público.

—Hice exactamente lo que tú me pediste, Bella. —Emmett parecía preocupado—. ¿No crees que el propio Shevton pudo habérselo dicho?

—Podía haberlo hecho si supiera que yo estaba detrás de la segunda oferta que recibió. ¿Lo sabía?

—Bueno, es posible que haya mencionado...

—Emmett, te dije que no quería que revelaras mi identidad —lo inte rrumpió ella enfadada.

—Ya lo sé. —La voz de él trataba de ser conciliatoria—. Pero el hombre estaba resultando difícil de convencer, y pensé que se reservaría la información. Él quería estar seguro de que la casa que ha pertenecido a su familia por siglos no va a ser demolida para construir edificios modernos en los terrenos. Tuve que decir le quién eras para convencerlo de que tú no tenías algo semejante en mente. Por eso yo te iba a llamar más tarde. Además, también quería decirte que Shevton se inclina más hacia ti, porque no le gusta la idea de que el lugar sea convertido en hotel.

— ¿Le contaste sobre mis planes para la casa? —preguntó ella con voz aguda.

— ¡Claro que no! —protestó Emmett —. Pero él sabe la forma en que tú haces negocios.

—Y ahora también sabe quiénes son los dos competidores y pue de manejar las cartas a su favor —arguyó Bella.

—Tuve que detenerlo en su decisión —dijo Emmet en tono defensi vo—. De otra manera ya habría hecho la operación con Cullen. No le gustaba la idea de vender el lugar a una persona anónima.

—Muy bien, Emmett, me doy cuenta de que no tuviste alternativa —aceptó ella, a su pesar—. Pero la situación no me hace feliz.

—Lo entiendo —reconoció él con tristeza—. Pero yo sabía que era una operación que tú no querías perder, y no pude comuni carme contigo cuando te llamé a tu apartamento.

—Me he estado quedando en el apartamento de un amigo —ex plicó ella en tono preocupado.

—De veras siento mucho que haya pasado esto. No tenía idea de que Shevton le iba a decir a Cullen que se trataba de ti.

—Lo hecho, hecho está. Procura mantenerme informada sobre cómo vas avanzando en las negociaciones... —añadió ella, sabien do que los esperaba una larga lucha.

—Así lo haré. Y, Bella, lo siento de verdad —suspiró él.

—No hay problema —le aseguró ella.

Richard Shevton habría tenido que conocer su identidad tarde o temprano, y ella no tenía manera de controlar lo que él hiciera con esa información. El propietario de la Casa Shevton y los mil acres que la rodeaban no parecía ser muy astuto para los negocios, pero Bella sabía demasiado bien que las apariencias engañaban, y parecía estar comprobándolo.

—Ángela. —Levantó la mirada con una sonrisa cuando entró su se cretaria en respuesta a su llamada—. Tengo la impresión de que un tal señor Edward Cullen llamará por teléfono o vendrá aquí, en persona, a lo largo del día. Quiero que te asegures de decirle que no estoy disponible. —Frunció el ceño. No tenía la menor duda de que cuando Jasper le dijera que ella era Isabella Swan, iba a exigir le una explicación. Ella se la habría dado la noche anterior, si él le hubiera dado la oportunidad de hacerlo. Ahora sentía que no le debía nada. Después de todo, fue él quien había llegado a todas las conclusiones.

—Sí, señora Swan —contestó Ángela, un poco desconcertada.

Bella le dirigió una sonrisa triste.

—Me ha estado molestando mucho ese tipo.

Esa no era una mentira, porque en realidad la molestaba. Sabía muy bien que eso haría que Ángela se mostrara más decidida que nunca a mantener a raya a Edward Cullen. Su secretaria era espe cialmente celosa para protegerla de los numerosos hombres que pensaban que era buena idea casarse con una mujer tan rica como ella. Se había encontrado con muchos de ellos en el último año.

—Yo me encargaré de que no la siga molestando —dijo Ángela.

Normalmente no necesitaba ayuda para detener al tipo de hom bre que intuía era Edward Cullen. Desde muy joven Isabella Swan había aprendido a eludir a los caza fortunas. Una de las ventajas de haberse casado con James fue que él era más rico que ella, pero, desde luego, él deseaba algo mucho más importante que el dinero, y al casarse con Bella lo adquirió en forma instantánea.

Hacia las últimas horas de la tarde comenzó a pensar que se ha bía equivocado respecto al siguiente movimiento de Edward Cullen, pero poco después de las cuatro oyó voces fuertes en la ofici na de afuera. Edward Cullen no parecía estar aceptando la decla ración que Ángela hacía de que no estaba disponible. Bella pensó en salir al rescate de la muchacha, pero eso sólo haría parecer a esta como una mentirosa. Comprendió que nunca debió haberle dado tales instrucciones.

Se puso de pie con lentitud en el momento en que era abierta la puerta de la oficina. El hombre se encontraba de pie ahí. Sus ojos se fijaron en ella y Bella trató de verse como él debía verla, con un traje sastre negro y una blusa blanca con un lazo al frente, elegante más que femenino.

—Lo siento, señora Swan—dijo Ángela, mirando furiosa a Edward Cullen —. Me empujó para entrar —murmuró indignada.

—Está bien, Ángela —dijo Bella con voz consoladora—. Yo mis ma me encargaré del señor Cullen —añadió con un tono de du reza.

Los ojos verdes de él brillaron con aire vengativo.

—Ya sé que discutimos anoche, mi amor —murmuró él con voz ronca, cruzando la habitación para llegar adonde ella estaba—, pero no creo que eso sea razón para que te hayas vuelto tan for mal. —Le rodeó la cintura con un brazo para llevarla hacia la dureza de su cuerpo—. Después de todo, estamos comprometidos para casarnos —dijo con aire desafiante, inclinando la cabeza hacia la de ella.

Bella sólo tuvo tiempo para registrar la exclamación ahogada de sorpresa de Ángela, antes de que los labios firmes y fríos del hombre se apoderaran de los de ella. La tenía prisionera en sus bra zos y una de sus manos le rodeaba la cabeza, impidiéndole mover se. Después la besó en forma total y deliberada, saboreando el gus to de sus labios. La lengua que trataba de explorarle la boca se retiró sólo cuando los pequeños dientes blancos de Bella la mor dieron.

— ¡Zorra! —murmuró él entre dientes antes de volverse a Ángela con una sonrisa encantadora—. Es sólo un pequeño pleito de ena morados.

Ángela parecía totalmente desconcertada y Bella no podía cul parla.

—Señor Cullen...

—Amor mío, deja de llamarme así —murmuró él y sus ojos parecie ron amenazarla si no dejaba de hacerlo—. Y permite que esta joven se retire, para que no la sigamos mortificando con nuestra discu sión.

Bella le dirigió una mirada furiosa antes de volverse a su secre taria.

—Gracias, Ángela. —Le dirigió una sonrisa triste—. Yo puedo ma nejar esto ahora.

— ¿Cree que podrá hacerlo? —preguntó Edward Cullen en acti tud desafiante, una vez que Ángela los dejó solos.

—Sí —contestó ella, saliéndose de sus brazos—. Supongo que ya ha hablado con Jasper.

—Por supuesto —dijo él con voz lenta.

—Así que ahora ya sabe que soy "la arpía rica" que está tratan do de arruinarle su compra de la Casa Shevton.

Él sonrió y miró a su alrededor con admiración.

—A la señora Swan le gusta rodearse de lujo —murmuró.

—La señora Swan se ganó este lujo —dijo ella con voz tensa.

—Eso no es lo que he oído —dijo él. Se instaló en uno de los sillones de cuero, estiró sus largas piernas y la miró a través de los párpados entrecerrados—. Usted tomó posesión de esto cuando su esposo murió. Lo cual me lleva a la pregunta que quería hacerle: ¿por qué me mintió ayer sobre su nombre? —agregó con voz agu da.

—Yo no le mentí. —Sus ojos lanzaron relámpagos plateados—. Me apellido Higginbotham, es mi segundo apellido.

—Se apellidaba —corrigió Edward Cullen con brusquedad—, antes de casarse con el hijo del socio de su padre, hace siete años. Tal vez sí se ganó esta compañía, después de todo —dijo burlón—. El matrimonio fue muy conveniente para usted.

—No tengo por qué darle explicaciones...

—Dudo mucho que Isabella Swan dé explicaciones alguna vez. ¿Cómo es que no usa su verdadero nombre?

—No creo que haya venido aquí a hablar de mi nombre...

—En parte lo hice por esa razón. —La voz de él se había endure cido—. ¿Por qué no me dijo anoche quién era?

—Por la misma razón que usted llegó hoy aquí y actuó como si nuestro compromiso fuera una realidad. Por cierto, quiero que corrija esa impresión que dio a mi secretaria, antes de que se vaya. Estaba furiosa —dijo—. Jasper le comunicó en forma inocente que yo estaba hospedada en su apartamento y, debido a que usted supo que yo era una mujer y no un hombre, como había supuesto, llegó a la conclusión de que yo tenía que ser su amante.

Él encogió sus anchos hombros, en actitud muy tranquila.

—Todavía no estoy muy seguro de que eso no sea verdad.

—Pensé que ya había hablado con Jasper.

—Así es. —Asintió él con la cabeza—. Pero, como usted, él piensa que no tiene por qué darme explicaciones. Está furioso como un demonio porque tanto Alice como yo llegamos a ciertas conclu siones.

— ¿Le dijo ya la verdad a Alice?

—No exactamente. —La voz de Edward Cullen se llenó de disgus to—. En apariencia Alice está en un estado emocional delicado por el momento. Él parece pensar que hemos complicado la situa ción pretendiendo que estamos comprometidos en matrimonio. Cree que si le dijera la verdad ahora, Alice pensaría que tiene algo que ocultar.

—Estoy de acuerdo con él. —Bella suspiró.

—Estoy dispuesto a aceptar eso —dijo Edward Cullen mo viendo la cabeza de arriba abajo—. Aunque el estado emocional de Alice me parece demasiado conveniente.

Ella lo miró con un desagrado que no pudo ocultar.

— ¿Es usted siempre tan desconfiado?

—Sólo cuando encuentro a una mujer hermosa instalada en el apartamento de mi mejor amigo —aclaró él con voz lenta.

—Espero irme de ahí al terminar esta semana —dijo Bella.

— ¿Adónde?

—A mi propia casa, por supuesto —le dijo en tono impaciente.

—Ah, sí, la que fue dañada por el fuego.

—Señor Cullen, no me gusta su tono de voz...

—Y a mí no me gusta toda esta farsa —replicó él con ojos bri llantes de furia—. Sobre todo ahora que sé que la mujer con quien estoy comprometido en matrimonio es la misma que está interfi riendo con mi adquisición de una propiedad.

—Hay quienes dirían que las cosas son a la inversa, señor Cullen.

—Edward —le dijo él con voz tensa—. Shevton estaba a punto de aceptar mi oferta cuando recibió la suya, que era mejor.

—Pero después llegó su contra-oferta.

—Y usted también la hizo —protestó él—. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar?

—No creo que eso le incumba —replicó indignada.

— ¿Para qué diablos quiere Industrias Swan-Dale una casa como esa, con mil acres de terreno? —preguntó él, con los ojos entrecerrados.

Industrias Swan-Dale no quería ni la casa ni los terrenos. Bella los quería por razones personales, pero era evidente que Edward Cullen no se daba cuenta de ello.

—Supongo que usted intenta convertirla en otro hotel, ¿no es así?

—Tiene que darse cuenta de que el lugar es ideal.

—Podría tener otros usos.

— ¡No me diga! ¿La quiere para establecer un lugar de embe llecimiento y recuperación para todas sus amigas ricas? —preguntó él con menosprecio—. O tal vez para una clínica donde puedan dar el "tratamiento del sueño" que, según he oído, está de moda entre la gente que tiene más dinero del que necesita.

—Yo no tengo amistades que necesiten alguna de las cosas que usted menciona —contestó Bella, irritada por el tono de condes cendencia que él había usado—. Y a usted no le importa lo que yo vaya a hacer con la Casa Shevton una vez que la haya comprado.

—Si la compra —corrigió él—. Cosa que no hará —agregó lleno de confianza en sí mismo.

—Yo no apostaría dinero sobre eso —le advirtió ella con suavi dad, con sus ojos cafés tranquilos y confiados también.

—Es perfecto para lo que yo la deseo —anunció él con arrogan cia—. El edificio mismo y su localización en esa pequeña bahía son ideales. Usted no estará pensando en dedicarse al negocio de hote les también, ¿verdad? —preguntó en tono burlón.

—No. —Ella descartó la idea con una risilla de menosprecio—. Me he hospedado en varios de sus hoteles en el pasado, señor... Edward, y no creo que pudiera competir —reconoció ella—. Estoy segura de que la Casa Shevton sería un buen hotel, pero yo tengo otros planes para ella.

—Shevton no va a vender ahora a ninguno de los dos, hasta que obtenga el precio máximo por ella —declaró Edward con una mue ca.

—Los dos sabemos que vale lo que se pague por ella.

Los ojos verdes se contrajeron en un gesto pensativo.

—Debe tener muchos deseos de adquirirla.

—Sí —confirmó ella con sencillez.

Él continuó mirándola con fijeza por varios segundos más, en tonces se encogió de hombros.

—Que la gane el mejor...

—Oh, la ganaré yo...

—Eso va a ser difícil —contestó Edward, quien parecía divertirse con la situación—, porque yo intento que la Casa Shevton sea mía.

—Ya veremos —dijo ella en tono enigmático.

—Como no estaba para recibir lo que le llevaba esta mañana, lo traje conmigo. —Sacó un estuche de joyería de su bolsillo y se lo ofreció.

—Usted debe comprender ahora que no quiero ni necesito el brazalete ni el collar —le dijo en tono rígido.

—Se me ocurrió —dijo él con voz lenta—, así que los devolví y le compré otra cosa.

Bella tomó el estuche de terciopelo con vacilación y abrió la tapa. En su interior había un brazalete de oro lleno de dijes, con figuras de animalitos.

—Es precioso —dijo sonriendo a Edward. De pronto frunció el ceño al ver los últimos dijes—. ¿Qué es esto? —Levantó un anillo de compromiso y una argolla matrimonial en miniatura. La esme ralda del primero era genuina, de manera evidente.

—Obligatorios, me temo. —Hizo una mueca—. Para continuar la farsa ante Alice esta noche.

Bella levantó la mirada hacia él, con lentitud.

—Convinimos que usted les presentaría mis disculpas.

—Aja. —Suspiró él—. Me temo, como me hizo notar Jasper, que pa recería muy extraño que hubiéramos terminado nuestro compro miso con tanta rapidez. No iba a parecerle muy convincente a Alice. Por esa razón compré esto. —Sacó un estuche del otro bolsi llo.

— ¡Oh, no! —Bella puso las manos a la espalda, viendo con horror que el estuche contenía una réplica de tamaño normal del anillo en miniatura del brazalete, con una esmeralda del tama ño de un penique—. No voy a ponerme eso.

—Ya sé que dijimos a Alice que no teníamos un compromiso formal, pero...

—No voy a usarlo. Soy alérgica a los anillos.

— ¿Se refiere a que es alérgica al oro de ellos? —preguntó él.

—No... ¡A usarlos! —Esta vez no pudo contener el estremeci miento—. Son una licencia disfrazada para aprisionar a una perso na.

Él enarcó las cejas.

—Así que el matrimonio no resultó muy conveniente, después de todo.

—No quiero hablar de mi matrimonio.

—Parece que hay muchas cosas de las que usted no quiere ha blar —comentó Edward con tono burlón.

— ¿Acaso yo he tratado de inmiscuirme en su vida privada? ¿Le he hecho una sola pregunta?

—Me preguntó si era casado —le recordó él.

—En las circunstancias que median, usted debería ser tan adver so a la idea de que yo use su anillo como yo lo soy a usarlo.

—Pero yo sé que es una cosa temporal.

—Como también innecesaria. Gracias, pero no —dijo ella con fir meza—. ¿Y está seguro de que no puede librarme del compromiso para esta noche? Yo preferiría no ir.

—Jasper considera que es necesario —contestó él, guardándose el estuche del anillo.

Ella se mordió el labio inferior.

—Bien, entonces... si no hay más remedio.

—Mi ego ha recibido varios golpes duros desde que la conocí a usted —dijo Edward en tono lento, con voz seca.

—No creo que eso vaya a hacerle mucho daño.

—Usted misma no es una persona que carezca de confianza en sí misma, ¿sabe? —murmuró él con voz suave.

Tal vez, si la hubiera conocido un año antes habría pensado en forma diferente. Seis años de matrimonio con un hombre de vo luntad tan firme como James, la despojaron de la confianza y la seguridad que le fueron imbuidas en la escuela de refinamiento a la que asistió en Suiza. Cuando un hombre era tan seguro y arro gante como James, alguien tenía que ceder en el matrimonio y, en aras de la paz, Bella siempre lo hizo.

—Soy Isabella Swan-Witerdale, ¿recuerda? Con la cuchara de oro en la boca.

—Tal vez el oro resulta pesado de llevar encima, algunas veces —murmuró él.

—Puedo sobrevivir con él —le contestó en tono burlón.

— ¿Quién no podría hacerlo? Y si Jasper no es el hombre de su vida, ¿quién es?

—No hay ninguno. Mi esposo lleva sólo un año muerto —dijo en tono defensivo y después se reprochó haberlo hecho. Se había prometido, desde la muerte de James, no justificar ante nadie lo que hacía—. Ahora, si me disculpa... tengo trabajo que hacer.

—El comprar casas de campo parece ser una de sus actividades.

—Sí —reconoció ella en actitud retadora.

—Ya veremos —murmuró Edward.

Ella podía ver en sus ojos que había respondido al desafío, que estaba disfrutando de él. A James también le habían gustado los retos. A una conquista fácil no le concedía interés, pero ella no se dio cuenta de eso hasta que lo encontró en los brazos de su prima, Victoria, quien lo trataba de la misma forma casual y despreciativa que usaba para Bella. ¡Y cómo le había gustado eso, tanto que había amado a Victoria, lo que a ella nunca! Sin embargo, cuando ella le pidió el divorcio, descubrió que no quería a Victoria lo suficiente para renunciar a lo único que había buscado a través del matrimonio con Bella. Y cuando por fin él aceptó darle el divorcio, usó la única amenaza que le garantizaba que ella aceptaría hacer lo que él quería...

— ¿Adónde se fue?

Ella enfocó su atención en Edward Cullen con esfuerzo. Se ha bía olvidado de su presencia mientras recordaba esa última con versación con James, que había terminado en tragedia.

—A ninguna parte, señor Cullen. —Ella se movió para ir a sen tarse frente a su escritorio—. Por un momento usted me recordó a alguien...

—Parecían pensamientos desventurados.

—Lo eran —reconoció ella.

—Comprendo que anoche tuvimos un mal principio...

—No hemos empezado nada —corrigió ella con brusquedad—. Usted me hizo numerosas acusaciones infundadas, me obligó a actuar como su novia...

—Nadie podría obligarla a hacer algo que no quisiera —la interrum pió Edward —. No creo que alguien haya podido hacer eso nunca... ¿qué dice usted? —preguntó frunciendo el ceño.

Ella irguió los hombros.

—Dije que podían intentarlo... y ya verían. —Esta vez lo dijo lo bastante fuerte para que él la escuchara.

—Usted quería tranquilizar a Alice —declaró él.

—Jasper la adora.

—No sería el primer hombre enamorado de su esposa que se sin tiera atraído por otra mujer —dijo Edward en tono duro.

— ¿A qué hora nos esperan a cenar esta noche? —Ella no hizo caso de la interrogación que había en las palabras de él.

—A las ocho.

—Llegaré en mi coche. Pienso trabajar hasta tarde.

—Yo vendré a buscarla.

—Prefiero llegar sola —dijo con determinación.

—Independiente, ¿eh? —comentó él en tono despreciativo.

—Absolutamente. —Sus ojos cafés se enfrentaron con frialdad a la mirada divertida de él.

—James Witherdale debe haber sido un bastardo —declaró él.

—Era un hombre encantador, que simpatizaba mucho con la gen te —respondió ella.

—Pero debe haber sido un infierno vivir con él, apuesto.

—Estuve casada con él seis años —dijo ella con voz tensa—. Así que no puede haber sido tan malo.

—Lo suficiente —contestó Edward con sequedad—. ¿Sabe dónde vive Jasper?

—Sí. —Se enfrentó a la mirada de él con ojos desafiantes, como diciendo que podía sacar las conclusiones que quisiera de ese he cho.

—Trate de no llegar tarde. Resultaría difícil explicar la ausencia de mi "prometida".

¡Como ella fue quien anunció a Alice su compromiso, no le quedaba más remedio que ir!

—Ahí estaré —le aseguró.

—Comportándose un poco más como si supiera lo que significa la pa labra amor, espero —dijo él en tono burlón.

—Creo que, de los dos, yo estoy en mejor posición que usted de saber el significado de esa emoción —dijo en tono brusco. ¡Cier tamente ella sabía lo que no significaba el amor!

—Si se refiere a que nunca he estado enamorado de una mujer, entonces es verdad. Pero sé lo que es el amor: mi vida de niño fue muy feliz. Mis padres siempre demostraron su amor por mí, así como el que se tenían entre ellos.

—No fue muy diferente en mi propio hogar —le aseguró ella.

—Tengo entendido que a su propia hija no le fue tan bien como a usted —murmuró Edward con voz lenta.

Bella se irguió y palide ció.

—Yo no tengo una hija —dijo, con labios que se le habían ador mecido.

—Es que yo pensé... —Frunció el ceño—. Me dijeron...

—Quienquiera que haya sido su informante, señor Cullen, no está al corriente. —Bella lo miró con frialdad. Metió las manos abajo del escritorio para que él no viera cómo temblaban—. Mi hija estaba en el coche con James cuando él se estrelló. Ella mu rió también.

—Yo no sabía...

Ella nunca le había contado a nadie la pérdida lenta y dolorosa de su hijita, del odio tan intenso que había sentido hacia James por eso, aunque él también estuviera muerto y no pudiera defenderse. ¡No había defensa posible para lo que él había hecho!

—No tenía idea. —Edward Cullen pareció preocupado—. Bella, yo...

—No necesito su conmiseración —dijo ella con brusquedad—. La compasión no puede devolverme a Elizabeth.

—Ni a su esposo —agregó él en tono suave.

—Creo que es evidente que no me gustaría que me devolvieran a James.

—Yo tuve esa impresión también —confirmó él con sequedad—. ¿Qué le hizo el pobre tipo?

—Se casó conmigo, señor Cullen.

—Ya veo —murmuró él, frunciendo el ceño.

—Yo lo dudo mucho. Ahora, si no le importa, tengo una junta dentro de unos minutos... —Se puso de pie. Era una mentira, pero no quería hablar más por el momento.

Él se encogió de hombros.

—Yo también tengo que ir a otra parte, pero espero verla esta noche, con el brazalete puesto, en vista de que no pude conven cerla de que use el anillo…

—Devuélvalo donde lo compró, señor Cullen —le aconsejó con voz seca—. Y que le devuelvan su dinero.

— ¿De veras tiene alergia a los anillos?

— ¡Me dan náuseas!

—Usted va a ser, un día de estos, muy buena amante de un hom bre afortunado —murmuró él.

Los ojos de ella lanzaron relámpagos.

—Es sólo una fantasía masculina que las mujeres estamos he chas para el placer de los hombres. Nosotras sabemos que no es así. Algún día un hombre va a convertirse en un buen amante para mí —dijo ella con disgusto, porque no podía imaginarse con un amante.

— ¿No cree que eso es llevar su independencia demasiado lejos? No, probablemente no. —Él hizo una mueca—. No para Isabella Swan-Whiterdale.

—No importa quién sea yo. Soy sólo una mujer...

—Muy amargada por cierto —murmuró él con suavidad—. Es usted demasiado joven para permitir que una mala experiencia la amargue.

—La edad no tiene que ver con esto —contestó ella con menos precio—. Y no fue una experiencia —añadió con voz dura—, fue un matrimonio. Al menos, yo supuse que lo era.

Él pareció querer decir algo más. Sin embargo, se encogió de hombros y se limitó a murmurar:

—Nos vemos esta noche. —Y salió por la puerta.

Bella estaba todavía de pie frente a la ventana, en actitud lle na de tensión, cuando Ángela entró en su oficina minutos después.

— ¿Va a casarse de verdad con el señor Cullen? —preguntó Ángela, demasiado desconcertada para mostrarse discreta sobre el hombre que acababa de salir. Bella le dirigió una sonrisa triste.

— ¿No te das cuenta de que fue un truco para verme, sin necesi dad de tener una cita? —dijo con tono ligero. Había decidido que esa era la única forma de tratar la vengativa declaración de Edward Cullen. Ella no tenía la menor intención de continuar con la farsa también en el trabajo.

—Pero... —La otra mujer la miró, llena de confusión—. ¿Eso fue todo?

—Por supuesto. —Bella sonrió, enfrentándose a la mirada de su secretaria con expresión firme. ¡No podía permitir que Edward Cullen la intimidara en ningún aspecto de su vida de negocios!

— ¡Oh! —Ángela pareció desilusionada.

Bella se echó a reír con suavidad.

—Es demasiado autoritario para mi gusto —dijo en tono de bro ma.

—Pero es un hombre precioso, ¿no le parece? —preguntó su se cretaria con entusiasmo.

—Es atractivo, no cabe duda —admitió ella—. Si llama o vuelve a aparecerse por aquí, será mejor que lo dejes entrar. No creo que necesitemos una repetición de la escena de hoy.

Ángela la miró con tristeza.

— ¿Así que realmente no se va a casar con él? —preguntó.

—No voy a casarme con nadie. Te dejo eso a ti...

Su secretaria iba a casarse con su novio de muchos años, en un par de meses más.

—Por cierto, me gusta mucho su brazalete. Es nuevo, ¿verdad? —dijo Ángela en tono de broma porque sabía muy bien que lo era.

Bella no pudo evitar que el color subiera a sus mejillas.

—Sí, es nuevo —confirmó con brusquedad, deseando que nunca hubiera iniciado aquella farsa con Edward Cullen.

Pero Bella sabía mejor que nadie lo doloroso que era creer que el esposo tenía otra mujer y cómo la amargura y la incertidumbre iban erosionando el amor, hasta que por fin sólo quedaba la amar gura. No había visto nunca antes a Alice, pero Jasper le había ha blado de su esposa con frecuencia, siempre con un amor profun do, y no era equitativo que su estado de bondad, al permitirle usar su apartamento, resultara en un serio malentendido entre él y su esposa. Victoria le había hecho darse cuenta con toda claridad que su relación con James no era inocente.

A los dieciocho años Bella se había encontrado de pronto sin sus padres, dueña de la mitad del imperio industrial Swan-Dale y sin saber cómo manejar esta repentina responsabilidad. Los padres de James, Will y Goenda, se habían ido a Escocia en un viaje de fin de semana con los de ella. Cuando regresaban, su avión se estre lló y los cuatro pasajeros, al igual que la tripulación, habían resul tado muertos. Si no hubiera sido por el apoyo de James durante los siguientes meses, ella no habría sabido qué hacer. Él era diez años mayor y llevaba ya varios trabajando en la administración de las Industrias Swan-Dale, así que tomó las riendas totales del negocio sin dificultad alguna.

Debido a la diferencia de edades, Bella no tuvo mucha rela ción social con el hijo del socio de su padre, pero durante los me ses siguientes aprendió a depender de él en forma total, tanto para el manejo de la compañía, como para su propia salvación mental. Los dos pasaban juntos la mayor parte de sus veladas y ella no supo cuándo empezó a enamorarse, sin embargo, se sintió muy feliz cuando James le pidió que se casara con él. Desde luego, en su declaración él usó palabras como amor y siempre, cuando lo que debió decir era... interés y conveniencia. Con toda su juve nil inocencia, ella había dejado las Industrias Swan-Dale en las manos de James, de forma ilimitada. Emmett McCarthy le dijo que eso no era conveniente, pero ella se rió de su advertencia. Después de todo, James era su esposo y confiaba en él de manera implícita.

Durante dos años ella vivió en una feliz ignorancia. Dio a luz a Elizabeth durante su primer año de matrimonio y a partir de ese momento concedió casi toda su atención a su hermosa hija. Cuan do oyó los primeros rumores de que James tenía una amante, los descartó considerándolos como chismes maliciosos. Ella y James eran muy felices juntos. Pero los rumores persistieron y ella se decidió, por fin, a preguntarle sobre ellos. Él se puso fu rioso, diciendo que todo era culpa suya porque concedía toda su atención a la niña y a él no le prestaba ninguna. El hecho de que él tuviera otra mujer fue un golpe muy duro, pero que él lo consi derara culpa suya la afectó en forma terrible. Empezó a dar a Ja mes preferencia en todo, a conceder su amor y su atención a Elizabeth sólo cuando las dos estaban solas durante el día. Virtualmente ignoraba a la pobre niña cuando James estaba en casa. Eso tampoco le gustó, porque la acusó de sofocarlo con tanto amor, y en cosa de unas cuantas semanas había otra mujer en su vida. Y después otra, y otra más...

Durante los siguientes años perdió la cuenta de la cantidad de mujeres que pasaban brevemente por la vida de James, en un esfuerzo desesperado por salvar su matrimonio. Elizabeth pensa ba que su padre era maravilloso y cuando dejó atrás la etapa de ser bebé, él empezó a interesarse en ella, también. El verlos juntos era suficiente para demostrarle a Bella que ninguna de las otras mujeres significaba realmente algo para James.

En el quinto aniversario de su boda organizaron una fiesta fami liar. La ausencia de James cuando su tío iba a decir unas palabras alusivas a la ocasión, hizo que ella encontrara a James en brazos de su última amante. Había oído ruidos procedentes de su dormi torio y supuso que James debía estar ahí, pero la sonrisa que lleva ba en el rostro se congeló cuando encontró a la pareja semidesnuda. James la miró furioso, mientras Victoria le dirigía una sonrisa satisfecha. Bella salió a toda prisa de la habitación, demasiado escandalizada para hablar.

Volvió abajo y se reincorporó a la fiesta, como si nada hubiera pasado. Se sentía demasiado atontada para pensar todavía, lo úni co que sabía era que no podía causar una escena con toda esa gen te en la casa. James y Victoria se incorporaron a la fiesta algunos minutos más tarde. Su mirada desolada se encontró con la aburri da de James, mientras su tío hacía por fin el pequeño discurso y el brindis por su felicidad.

Procuró no acercarse a Victoria ni a James durante el resto de la velada, pero estaba a punto de desplomarse cuando acompaña ron al último invitado a la puerta.

James se sirvió un trago y se enfrentó a ella.

—Supongo que querrás hablar ahora —dijo en tono de fastidio.

— ¿Cómo pudiste hacer eso? —lo acusó ella—. Por años he tra tado de cerrar los ojos a tus infidelidades, pero no voy a permitir que esta relación con Victoria continúe.

— ¿No lo vas a permitir? —repitió él con suavidad—. ¿Y desde cuándo te he pedido permiso para hacer algo?

Él nunca le había hablado de aquella forma cargada de despre cio. Bella se quedó mirándolo, esperando que cayera el siguiente golpe.

—Yo me casé contigo por una sola razón —le dijo con su voz cruel y fría—: para tener completo control sobre Industrias Swan-Dale...

— ¿James? —Ella lanzó una exclamación ahogada, sin poder creerlo.

— ¡Una cosa que tú me diste sin titubear, como la ciega que eres! —le dijo en tono burlón antes de dar otro trago a su whisky—. Te he permitido seguir siendo mi esposa estos últimos cinco años, pero no me obligues a elegir entre tú y Jessica, porque saldrías perdiendo.

Bella se dejó caer atontada en un sillón.

— ¿Tú... tú nunca me amaste?

—Nunca me han interesado las mujeres castañas, pequeñas y pue riles —dijo con dureza—. Eres bastante satisfactoria en la cama, pero fuera de ella tienes la inteligencia de una niña.

Ella hubiera querido hacerle notar que cuando se habían casado, ella acababa de salir de la escuela y era casi una niña, que en lugar de crecer y madurar en su matrimonio, había seguido siendo juve nilmente insegura, porque ni su marido ni su matrimonio le ofre cían apoyo alguno, pero guardó silencio.

—Quiero a Victoria en mi vida —le dijo él—. Y la tendré por todo el tiempo que se me antoje.

—En ese caso, quiero el divorcio —declaró ella con firmeza.

— ¿Y Elizabeth?

Bella palideció y lo miró con fijeza.

— ¿Qué hay sobre ella?

—Si tú te divorcias de mí te llevarás contigo la mitad de la com pañía y yo no puedo permitir eso —le dijo con dureza—. Si insistes en divorciarte, pelearé para obtener la custodia de Elizabeth.

—Perderías el caso —exclamó ella con voz ahogada.

— ¿Tú crees? —El tono de él fue burlón—. Sin importar lo que haya sido, me he comportado como buen padre para Elizabeth. Ni siquiera tú puedes negarlo. La amo, y los tribunales suelen, aho ra, hacer más caso a los padres que a las madres cuando se trata de la custodia de los hijos.

—Si la amas como dices no puedes exponerla a una cosa así —ex clamó Bella moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Oh, la quiero mucho! —confirmó él con gesto sombrío—. ¡Pero quiero más a Industrias Swan-Dale!

—Y a Victoria —agregó ella con amargura.

—Y a Victoria —aceptó él, mirándola desafiante.

Bella se levantó con toda la dignidad de que era capaz.

—Aunque no habrá divorcio, nuestro matrimonio ha termina do, de cualquier modo. Nunca volveré a compartir contigo ese dor mitorio en el que te encontré con Victoria. Dormiré en el de los invitados de aquí en adelante.

—Como quieras —dijo él, encogiéndose de hombros—. No soy yo quien pierde con el cambio.

En ese momento ella estaba más allá del dolor, pero una vez que el atontamiento de la situación pasó, se volvió sensitiva a cuanto comentario cortante y humillante hacía James. El año siguiente fue insoportable para ella. James no trataba de disimular siquie ra su idilio con Victoria, con frecuencia asistía con ella a fiestas en las que debería haber ido con su esposa. Por Elizabeth, Bella había soportado la humillación, y sólo sintió un gran alivio cuan do James le dijo que era él quien ahora quería el divorcio. A cam bio de cederle la custodia de Elizabeth, quería el control total de las Industrias Swan-Dale. Ella había tenido que negarse. Las Industrias Swan-Dale eran la herencia de Elizabeth, tenía que defenderla. Ja mes se había ido con Elizabeth en su coche, después de decir a Bella que jamás volvería a ver a su hija.

Fue James a quien no volvió a ver nunca. Las lesiones que Elizabeth sufrió en el accidente fueron tan graves, que estuvo en estado de coma durante los dos meses siguientes. Pero al final de ellos mu rió.

Eso había completado la madurez de Bella. Ella se había pro metido que ningún hombre volvería a lastimarla de ese modo. Ha bía arrojado todas sus energías al esfuerzo de hacer que Industrias Swan-Dale tuviera más éxito que nunca, y lo había logrado más allá de lo que hubiera podido soñar nunca. Y, por supuesto, no iba a permitir que otro tipo, arrogante y seguro de sí mismo, la venciera en lo que ella consideraba una importante adquisición.

Levantó el teléfono de su escritorio.

— ¿Ángela? Comunícame con Emmett McCarthy —ordenó con voz cor tante.


Muchas gracias a todas las niñas que me demostraron su apoyo de alguna forma, con reviews, alertas, favoritos y mensajes en facebook, espero que les siga gustando la historia.