Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen. Forman parte de las películas de Frozen y El Origen de los Guardianes (Rise of the Guardians).
N/A: Bueeeno, segundo capitulo. Sé que he tardado en escribirlo, mil perdones. Entre las clases, los dolores de cabeza, y esa compañera mía -Pereza- que me obliga a dejarlo todo para después, no he tenido tiempo.
He leído vuestras reviews (ya, sé que son sólo un par) pero awww, muchas gracias, de verdad. Pensé que no recibiría ninguna, así que lo agradezco de corazón. Y, bueno, espero que este capítulo os guste más que el anterior, pero menos que el siguiente. ¡Ah, se me olvidaba! Agradecería mucho que, ya sabéis, escribieseis una pequeña review, si no es mucha molestia, comentando qué os ha parecido (incluso prefiero las críticas constructivas para mejorar que un piropo bonito, o ambos) o lo que os venga a la cabeza.
¡Espero disfrutéis de la lectura tanto como yo escribiéndolo!
Sonrisas tristes
Elsa paseó la mirada por su nueva habitación. Era grande, demasiado para una sola persona. Ni si quiera aquellos grandes muebles conseguían ocupar la mitad de la habitación. Suspiró cuando una mano se posó en su hombro.
-Es lo mejor para todos, Elsa –murmuró la suave voz de su padre a su espalda-. Lo mejor para ti.
Elsa tragó saliva. Le dolía admitirlo, pero su padre llevaba razón. Aún le entraban escalofríos cuando recordaba lo sucedido dos semanas atrás. Cuando sus padres las encontraron aquella noche, creían que Anna había muerto. Pero acudieron raudos a los trolls, que consiguieron salvarla a tiempo.
-Suerte que no ha sido en el corazón–explicaba el troll jefe mientras acariciaba la cabeza de la pequeña Anna-. Porque el corazón no es tan sencillo de cambiar. Pero la cabeza sí se puede modificar… Recomiendo eliminar toda la magia, incluidos los recuerdos de la misma, para estar seguros –agitaba las manos sobre la cabeza de Anna, eliminando sus recuerdos-. Pero tranquilos, recordará todo lo divertido.
"Excepto que tengo poderes", pensó Elsa. Mientras ella no aprendiese a controlarlos, no podría acercarse a su hermana, ni a ninguna otra persona. Por eso sus padres se habían visto obligados a cerrar las puertas de palacio. Por eso ella debía permanecer ajena a todo el mundo, incluida a Anna. Y aunque tenía la compañía de sus padres, se sentía sola. Absoluta y completamente sola.
-Disfruta de tu nueva habitación, pequeña –la voz de su padre interrumpió el hilo de sus pensamientos cuando la besó con cariño en la cabeza-. Te avisaremos para la cena.
Elsa escuchó la puerta cerrarse tras de sí, pero no se movió del sitio. Se sentía incapaz. Profirió un enorme suspiro y se acuclilló en el suelo. Ya no podría ver más a su hermana. Por una parte, lo agradecía. Esas dos últimas semanas habían sido horribles. Elsa no podía apartar la mirada de aquel mechón blanco que se le había quedado a Anna tras el accidente. Era una especie de obra de mal gusto que le recordaba lo que había sucedido, y que inevitablemente le hacía imaginar lo que podría haber sucedido. Le hacía recordar que no era más que un monstruo.
Se abrazó las rodillas al cuerpo. La habitación empezó a congelarse conforme crecía su temor. Y su temor crecía al ver la habitación cubrirse de hielo y escarcha. Era un círculo vicioso que no sabía parar. Por eso debía aprender a controlar sus poderes: para salir del círculo.
Jack miraba a la niña a través de la ventana. Llevaba una semana observándola. La pequeña no tenía ni idea de cómo utilizar sus poderes. O al menos, de cómo controlarlos. Era inútil. La pobrecilla se pasaba el día practicando, pero al no tener base alguna, no podía aprender nada. El primer día se pasó por la habitación una criada para hacerle la cama. La niña no la había visto entrar, y se pegó tal susto al verla allí, que sin querer le lanzó un pelotón de nieve en plena cara. En ese momento, Jack no supo qué estaba más blanco, si el rostro de ambas mujeres o la propia nieve en sí. Tuvo que controlarse para no soltar una carcajada. Aquello no era algo para reírse, aunque había sido divertido.
Pero ya no lo era. Le dolía ver a la chica pasearse por la habitación con la mirada vidriosa en todo momento. Él era el responsable de todo eso, de todo su dolor. Casi había matado a su hermana, joder. Por eso decidió que debía ayudarla.
"Toc, toc, toc."
Elsa desvió automáticamente la mirada hacia la puerta. Últimamente Anna solía llamar allí para pedirle que saliera a jugar con ella, y Elsa había tenido que rechazar siempre su oferta, muy a su pesar. Pero esta vez el sonido no venía de la puerta.
"Toc, toc, toc."
Se giró hacia la ventana, de donde provenían los golpes. Allí no había nadie. Se encogió de hombros. Habrían sido imaginaciones suyas. Anna la había llamado tantas veces que aquel ruido infernal de los toques en la puerta debían habérsele metido en la cabeza. Además, ya era tarde, necesitaba dormir. Se dio la vuelta para meterse en la cama y casi le dio un infarto del susto al encontrarse cara a cara con un conejito de nieve. Espera… ¡¿qué?! ¿Qué hacía un conejito de nieve saltando por su habitación? Miró a todas partes, pero allí únicamente se encontraban ellos dos. El conejo se colocó en su hombro de un brinco, y acto seguido saltó hacia la ventana. Elsa se acercó a ella cautelosa. Aquello era muy extraño. Ella no había creado ese conejo, ¿no? Se habría dado cuenta. Sin embargo…
No tuvo mucho tiempo para pensar. Segundos después de que el conejo atravesara el cristal, unas letras empezaron a escribirse sobre la escarcha que lo cubría.
"Estoy justo aquí."
Elsa miró a ambos lados, pero no vio a nadie. Retrocedió con cuidado a medida que nuevas palabras aparecían escritas en el cristal.
-Yo… yo me llamo… -leyó Elsa con dificultad-. Yo me llamo Jack…
Se sorprendió diciendo eso en voz alta y se tapó la boca con las manos.
-¿Quién eres? –Preguntó algo asustada- ¿Y dónde estás? Sal para que pueda verte.
El cristal se cubrió de nuevo con escarcha y aparecieron nuevas palabras.
-Me llamo Jack Escarcha, si quieres verme… ¿"Cree en mí"? –Se extrañó Elsa, frunciendo ligeramente el ceño- ¿Cómo voy a creer en ti?
Elsa observó la frase, pero no entendía qué debía hacer. Cerró los ojos e inspiró con fuerza, apartándose las manos de la boca y apretando sus pequeños nudillos. Había alguien, y no era capaz de verle. Pero estaba allí. Tenía que estarlo.
-¿Jack? –aventuró con timidez mientras abría los ojos.
Dio un paso atrás, asustada de repente al descubrir el rostro de un chico adolescente a escasos centímetros del suyo.
-Pu… ¿puedes verme? –preguntó atónico el chico con un hilo de voz.
Elsa asintió con lentitud, aún sorprendida. Él clavó una rodilla en el suelo, de modo que se encontraba a la misma altura que la pequeña Elsa, que lo observaba entre tímida y asustada. Jack respiró hondo, intentando controlar los salvajes latidos de su corazón. Había funcionado. Podía verle. Maldita sea, por fin alguien podía verle. Elsa era la primera persona –viva- que podía verle. Alzó su mano hacia ella y sonrió de oreja a oreja.
-Soy Jack Escarcha –se presentó, esperando que ella le estrechase la mano-. Es un placer conocerte, Elsa.
-Elsa, venga, tú puedes –la animó Jack desde la otra punta de la estancia.
Ella inspiró con fuerza y agitó las manos tal y como le había enseñado Jack. Una pequeña bola de nieve se formó sobre ellas y empezó a flotar por la habitación conforme Elsa la guiaba.
-Así, muy bien, ya casi lo tienes –susurraba Jack con emoción contenida.
Elsa lanzó la bola contra la pared y la detuvo con un chasquido de dedos antes de que se estrellase contra esta. La atrajo de nuevo hacia sí y la hizo estallar en pequeños copos de nieve.
Se giró hacia Jack, expectante, pero él ya había empezado a aplaudir con fuerza y a reírse de la emoción. Corrió hacia ella y la alzó en volandas, girando por la habitación repitiendo una y otra vez: "¡Lo has conseguido! ¡Elsa, lo has hecho!". La pequeña no pudo resistir y estalló en carcajadas de euforia. ¡Lo había conseguido! Tantos meses de práctica y por fin lo había conseguido. Al principio se mostró recelosa ante el plan que le proponía Jack. Pero tanto esfuerzo y tiempo había merecido la pena. Lo estaba consiguiendo.
Jack tropezó y cayó de espaldas con la pequeña agarrada a él. Aunque el golpe no le impidió seguir riéndose. Se incorporó y la sentó sobre sus piernas.
-¿Ves? No era tan difícil –le sonrió y le alborotó los cabellos con una mano-. Eres una campeona, o mejor dicho, ¡una reina!
Elsa se rió, pero esbozó una triste sonrisa.
-Los monstruos no pueden ser reinas -corrigió con amargura.
Jack puso los ojos en blanco y le dio toquecitos con un dedo en la punta de la nariz.
-¿Cuántas veces tengo que decirte que no digas esas cosas? -La riñó- No eres ningún monstruo. Un poco tonta tal vez, pero no un monstruo.
Ella chasqueó la lengua y le imitó poniendo los ojos en blanco.
-¿Significa eso que me seguirás enseñando?
El chico frunció el ceño y fingió que se lo pensaba.
-Bueno… no sé… es cierto eso de que eres tonta, así que estaría perdiendo mucho tiempo libre -explicó él.
Elsa lo fulminó con la mirada y frunció el ceño. Claramente estaba mintiendo. Jack no había conocido a una chica tan lista como ella. Pero eso no se lo iba a decir. Se contuvo para no sonreír. Elsa lucía una cara muy adorable cuando se enfadaba e hinchaba los mofletes. Aunque dejaba de ser divertido cuando empezaba a gritarle y pegarle. Ella arqueó una ceja, impaciente.
-¡Está bien, está bien! -Cedió él finalmente-. ¿Déjame mirar mi agenda, quieres?
Elsa farfulló algo por lo bajo que sonó a un "qué vas a tener tú una agenda ni que ocho cuartos", pero él la ignoró y sacó un papel arrugado del bolsillo del pantalón. Le echó un vistazo con aspecto pensativo, aunque la hoja estaba completamente en blanco.
-¡Vaya! No sé si va a ser posible… Tengo muchas cosas que hacer -mintió.
-¿El qué, Jack? –Curioseó Elsa mientras luchaba por ver la lista- ¡Déjame ver!
Jack rió y la apartó con un suave empujón. Pronto iniciaron una divertida persecución por la habitación, que acabó cuando Jack dio un salto y se encaramó en lo alto de la chimenea.
-¡Tengo que hacer un muñeco de nieve! –Aparentaba leer la lista vacía con voz melodramática- Uno no, ¡cien! Sí, eso, ¡cien muñecos de nueve para todas las niñas bonitas del reino! Y luego tengo que ir a la otra punta del mundo a enseñar a todos los niños a controlar sus poderes de nieve –Se encogió de hombros con aspecto resignado-. Pobre Elsa, por lo visto no tengo tiempo libre para ti hasta dentro de uno o dos años… Y eso como mínimo –aclaró-. Verás, es que hay otras princesas más importantes, y más listas, a las que debo atender; no creerás que eres mi única alumn…
Una bola de nieve se estrelló contra su cara y tosió, escupiendo los restos que se le habían metido en la boca. Bajó la mirada y vio a una enfadada y triste Elsa que se cruzaba de brazos.
-Jack, eres tonto –sentenció cabizbaja.
El chico suspiró y se plantó ante ella de un salto. Se arrodilló para mirarla a los ojos, pero ella se negaba a levantar la vista hacia él.
-Elsa –llamó-. Elsa. Elsa. Elsa. Elsa. Els…
Otra bola de nieve le dio de lleno en la cara. Maldita sea. Había enseñado demasiado bien a esa niña. No tenía ni idea de dónde había venido eso. Sacudió la cabeza para limpiar los restos de nieve y compuso una mueca.
-¡Caray, eso ha dolido! –Se quejó él-. Aunque debo admitir que ha sido buena, se nota que soy un buen maes…
Y, de nuevo, otra bola de nieve interrumpió su cháchara. Jack inspiró profundamente conteniendo el enfado.
-Creo que las otras me las merecía, pero esa… -por el rabillo del ojo vio como Elsa agitaba de nuevo la mano para lanzar otra más, pero la agarró con rapidez por la muñeca antes de que lo hiciera-. Eh, ya vale, ¿no?
Ella bajó aún más la vista. Jack no lo entendía. Ella estaba sola. No tenía a nadie más que la comprendiera, ningún amigo exceptuándole a él. Se había sentido muy sola al principio, incluso cuando se empezaron a conocer. Era una chica muy tímida, y había tardado lo suyo en aceptarle completamente. Y aún así Jack le hacía eso. Jugarretas, mentiras. Para él era divertido, todo lo consideraba como un maldito juego. Pero él no lo entendía. No sabía el dolor que suponía para ella escucharle decir cosas como esa. Sobre todo porque odiaba verle marchar de vez en cuando sin saber cuándo iba a volver a verle.
-Elsa, mírame –Jack le agarró la barbilla y la obligó a hacerlo-. No voy a irme a ninguna parte, ¿entiendes? Era una broma.
-A veces no entiendo tus bromas, Jack –murmuró ella con enfado.
El chico suspiró profundamente y la miró, componiendo una expresión de inocencia tal como si fuese un propio ángel caído del cielo.
-Está bien, no lo haré más –prometió el-. ¿Me perdonas?
Elsa por fin le miró a los ojos y asintió con lentitud. No le creyó, sin embargo. Sabía que lo volvería a hacer en cuanto se le hubiese olvidado. Más que nada, porque aquella no era la primera vez. No es que no confiase en él, pero a veces hacía cosas para beneficiarse sin darse cuenta del daño que producía. Pero Elsa le perdonaba. Al fin y al cabo, no lo hacía con mala fe.
Elsa bostezó y Jack echó un vistazo por la ventana. El cielo oscuro dejaba paso al brillo de las estrellas. Suspiró y se volvió hacia ella.
-Es muy tarde –la cogió y la cargó sobre sus hombros-. Hora de dormir, saco de patatas.
La dejó sobre la cama y la arropó como hacía cada noche. La niña estaba ya medio dormida cuando le preguntó con voz somnolienta:
-Jack, ahora que he aprendido mejor a controlar mis poderes, ¿crees que podré ver a Anna?
Él la miró, sombrío. Daba igual lo que hiciese, daba igual lo que la enseñase o lo que la hiciese reír. Ella siempre acabaría pidiéndole ver a su hermana y pasar tiempo con ella, y como nunca lo conseguía, reforzaba su posición. Esbozó una sonrisa triste, a pesar de que Elsa tenía los ojos cerrados y no podía verle. Ella siempre preferiría a su hermana.
-Buenas noches, Elsa –respondió en su lugar. Se inclinó y la besó en la frente con suavidad.
Elsa se acurrucó bajo las sábanas y abrió los ojos. Pero ya era demasiado tarde.
Jack no estaba allí.
