Disclaimer: Frozen no me pertenece, es propiedad de Disney
Advertencia: No, a pesar de lo que parezca, no va a aparecer ni Rapunzel ni Eugine, lo siento :C.
[cap. II. La Huida parte 1 ]
Anna revisó sus bolsillos en busca del cambio que horas antes le dio el cochero de la diligencia en la que viajaba con rumbo al puerto de Bert, en donde la princesa planeaba tomar el primer barco al continente Occidental. La chica sabía muy bien, que de ahora en adelante, tendría que velar por cada centavo, pues no tenía la menor idea de cuanto tiempo le tomaría establecerse en una ciudad y encontrar un trabajo que le permitiera sobrevivir.
— Mira esto, es terrible — le dijo el hombre mayor que viajaba a su lado a su esposa.
— Este año las cosas no han marchado bien, la cosecha fue muy mala, y la gente de Bert ha llevado la peor parte — comentó la mujer mientras miraba hacía la ventana en la dirección que apuntaba su marido.
— Todo por cortesía de la reina— se quejó sarcásticamente el hombre. Por lo que Anna de inmediato agudizó su oído para prestar más atención a lo que decía la pareja.
— Escuché que ni siquiera se ha dignado a hablar con quienes perdieron sus cultivos y para completar, cortó relaciones con Weselton, ellos eran nuestro mayor socio comercial, no sé que vamos a hacer, las cosas son cada vez peor — afirmó la mujer.
— Cómo habría de hacerlo, si ni siquiera sale de su propia habitación, o al menos eso es lo que dicen los periódicos— continuó el hombre.
— Hay querido… no puedes creer todo lo que dicen, puede ser que la reina no sea muy sociable, ni carismática, pero no creo que el asunto sea así de grave, esos deben ser rumores malintencionados — murmuró la mujer indignada.
— Sí, tienes razón— aceptó el hombre, por lo que Anna dejó salir un suspiro cargado de ironía.
No obstante, Anna también se preocupó, pues no era la primera vez que oía rumores acerca de su hermana. A decir verdad, la princesa hubiera querido poder defenderla de estos ataques, y decir que ella hacía su mejor esfuerzo, pero la chica también sabía que esto no era enteramente cierto, pues habían ocasiones en las que Elsa simplemente prefería esconderse antes que enfrentar sus problemas.
— Señores… — llamó el cochero con anticipación — nuestra última parada, el puerto de Bert.
Anna bajó del coche mientras que tomaba una fuerte bocanada de aire. Era la primera vez que viajaba a esos confines de su propio reino, a pesar, de que se suponía que cuando ella cumpliera la mayoría de edad, heredaría esas tierras y se convertiría en la duquesa de Bert. Con mucho cuidado, la chica sostuvo su sombrero de ala ancha, debajo del cual había escondido sus trenzas, pues no quería que su cabello la delatara, dando por terminado su escape.
Rápidamente, Anna atravesó las empedradas calles de la ciudad, la cual parecía más una especie de ciudad fantasma que el vibrante puerto al que todos se referían en las ocasiones en que hablaban de él. Cuando finalmente la muchacha llegó a los muelles, pudo observar la gran multitud de viajeros que corrían de un lugar a otro cómo hormigas.
— Disculpe señor — dijo la chica en tanto detenía a uno de los guardias — ¿Dónde puedo conseguir boletos? — preguntó confundida.
— Por ahí — contestó el sujeto en tanto señalaba la taquilla.
— Gracias — agradeció Anna, quien partió justo a donde él le había señalado.
Antes de disponerse a comprar su boleto, Anna observó el listado de precios, y se dio cuenta de algo que la horrorizó: el tiquete al continente Occidental estaba completamente fuera de su alcance. La princesa estaba furiosa consigo misma, debió anticipar aquella eventualidad.
— Ahora que hago… — murmuró Anna para sí misma.
De repente, el nombre de Corona saltó ante sus ojos. Aquel país parecía interesante, según sabía, era un lugar pequeño, que en otra época hubiera sido muy poderoso, pero hoy en día, tan solo era considerado cómo otro punto en el mapa. Anna también sabía que ella era descendiente lejana de la familia real de aquel distante reino, y que además, estaban en buenos términos con Arandelle, por lo que este lugar sería perfecto para iniciar una nueva vida.
— Disculpe… quiero comprar un tiquete a Corona, en el próximo barco — le solicitó la chica al dependiente — lo lamento señorita, pero aún no hemos comenzado a vender esos boletos, tendrá que esperar tres horas — respondió.
— Oh…— murmuró Anna quien realmente no quería esperar por tres horas — gracias.
Después, la princesa se sentó en una banca con su diminuta valija, pues, a pesar de que no pensaba volver al palacio, no quería cargar mucho equipaje, solo un par de vestidos, los más ligeros y compactos de su guardarropa. En tanto esperaba, los recuerdos llegaron a la mente de Anna, cómo un torrente, llevándola dos meses atrás, al momento en que su decisión de dejar el castillo comenzó a tomar forma.
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dos meses antes...
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A principios del otoño, Anna no se encontraba nada bien, todo lo contrario, se había sumido en una melancolía impropia de su carácter, todo por culpa de Kristoff. Por lo que, Elsa parecía haberse trazado la firme meta de alegrarla a cómo diese lugar. Debido a lo anterior, la princesa de Arandelle no se sorprendió cuando la reina entró a su habitación esa mañana de sábado, mientras ella leía junto a su ventana.
— Anna, llegaron los invitados — le informó Elsa tímidamente.
— Oh, Elsa, ¿Es realmente necesario que yo asista? — preguntó Anna desanimada en tanto bajaba el libro.
— Por favor Anna, dale una oportunidad al príncipe Dominic. Lo conocí hace un par de meses en la casa de la duquesa de Forli, y te lo digo, es muy agradable, y me atrevería a decir que guapo. Además, se vería muy mal si tu no vas a la recepción de los príncipes— le advirtió.
— Bien… — respondió Anna resignada. — Pero no me vestiré elegante — advirtió.
— Está bien — contestó Elsa irritada — solo baja a almorzar y ya.
Finalmente, Anna bajó las escaleras hasta el salón del trono, en donde las dos hermanas recibieron a los cuatro príncipes de Malengrad. El mayor, regente y heredero al trono: Florian; las dos mellizas Amelia y Estella quienes tendrían cuando mucho 10 o 12 años ; y finalmente, Dominic, el sujeto con el que Elsa planeaba emparejar a la princesa. A decir verdad, los cuatro parecían amables, y muy similares entre ellos, con sus ojos cafés y su cabello negro lustroso que ponía en evidencia su parentesco.
A pesar de lo agradable de su compañía, Anna se negaba a ser más que formal y educada con cualquiera de los cuatro hermanos, lo último que quería, era que pensarán que ella planeaba entrar a su familia. Sin embargo, toda su fachada se vino abajo a la hora del almuerzo, justo en el momento en el que llegó el pastel de chocolate, cuando las mellizas se emocionaron al ver el postre.
— Oh Amelia, mira que delicia— dijo la princesa Estella en tanto tomaba el brazo de su hermana.
— Es de chocolate, me encanta el chocolate — contestó Amelia.
— A mi también — intervino Anna quien estaba casi conmovida al ver la emoción de las dos princesas.
— ¿De verdad? ¿Y tienen más? — preguntó Amelia aún más emocionada.
— ¡Amelia! — la regañó Dominic.
— No hay problema — intervino Anna. — Elsa y yo amamos el chocolate, siempre tenemos un poco más, pero sería recomendable que no se excedieran, créanme, sus estómagos no se los agradecerán, lo sé por experiencia propia — dijo la princesa de Arandelle en tanto fingía un gesto de dolor que causó que todos comenzarán a reír.
Por su puesto, todo aquello incitó a que Anna hablara más y más, e incluso se ofreciera a mostrarle a las niñas sus jardines. Ella era naturalmente parlanchina, pero al escuchar las historias del príncipe Florian sobre sus viajes al continente oriental, su curiosidad fue en aumento durante la cena.
— El oriente es un lugar hermoso, pero cómo es bello, también puede ser peligroso— dijo elegantemente el príncipe Florian quien se veía aún más atrayente bajo la luz de los finos candelabros de cristal.
— Lo que usted cuenta es muy interesante, yo no conozco gran cosa, daría todo por visitar la mitad de los sitios que usted ha conocido — comentó Anna maravillada.
— Y yo estaría encantado de llevarla conmigo — respondió Florian en tanto le dedicaba una sonrisa y levantaba su copa en su dirección.
— No creo que eso sea posible, Anna tiene muchas obligaciones aquí en Arandelle. — intervino Elsa. Por lo que todos la miraron casi sorprendidos, ya que la reina apenas si había hablado durante aquella tarde.
— Entonces, me temo que no podrá ser — dijo Florian mientras se encogía de hombros.
A decir verdad, si bien Dominic era él más amable y encantador, Florian era, sin lugar a dudas, la presencia más fuerte en aquella familia. Había algo en él que atemorizaba a Anna, algo que la hacía pensar que se encontraba frente a un hombre muy peligroso. La princesa tan solo había visto a otro sujeto que encuadrara tan bien dentro del modelo del "aristócrata perfecto", y este era Hans, pero, a diferencia del treceavo príncipe, Florian no era propiamente amable ni atrayente, a decir verdad, no parecía que quisiera serlo, ara obvio que él no buscaba complacer a nadie, no lo necesitaba, después de todo, era prácticamente el rey. Podría decirse, que él parecía ese tipo de personas que siempre consiguen lo que desean.
Después de la cena, los cuatro príncipes y las dos hermanas de Arandelle se dirigieron a uno de los salones de música, el cual, a pesar de su nombre, se encontraba mortalmente silencioso.
— Hermano tengo sueño — se quejó una de las princesitas mientras se frotaba los ojos. Dominic se agachó y la tomó en sus brazos — es hora de dormir, eso va para ti también, Stella— dijo, por lo que la otra niña se levantó y tomó la mano libre del príncipe.
— Su majestad, ¿sería mucha molestia si su mayordomo nos condujera a nuestras habitaciones? — le preguntó Dominic a Elsa — no, claro que no, es más, lo haré yo misma, si ustedes gustan — dijo la reina contenta en tanto se paraba de su silla.
— Anna, por favor, quédate aquí con el príncipe Florian — le ordenó Elsa.
— Sí, Elsa, como digas— dijo Anna con una sonrisa. Tras lo que Elsa y los tres príncipes salieron de la habitación, dejando al regente y Anna solos.
— ¿Puedo ofrecerle algo de beber? — preguntó Anna incómoda, pero, su sorpresa fue grande cuando el príncipe Florian tan solo contestó con una ligera risa.
— No se supone que usted deba preguntarme eso, es tarea del mayordomo o de la ama de llaves — la reprendió amablemente el príncipe, con una sonrisa en los labios, por lo que Anna se sonrojó, no podía creer que fuera tan torpe, como para quedar en ridículo en frente de un futuro rey.
— Lo siento. Yo no quería, yo pensé, digo, yo no pensé que… — balbuceó.
— Tranquila, tranquila — le dijo pacientemente el príncipe — no hay problema, si le sirve de consuelo, yo también era muy malo en asuntos de protocolo cuando tenía su edad.
— ¿En serio? — preguntó Anna casi con ilusión, al pensar que había esperanza para ella, ya que si una persona tan elegante como el príncipe fue igual a ella, probablemente, la princesa también podría llenar las expectativas de todos.
— Sí — respondió Florian — déjeme adivinar, usted debe tener unos 20 años, y ya se encuentra cerca de cumplir la mayoría de edad ¿estoy en lo correcto? — continuó.
— No del todo, solo tengo 18, cumpliré 19 el próximo marzo, pero Elsa ya tiene los 21 — le contestó Anna, a lo que el príncipe respondió alzando las cejas.
— Eso es… inesperado — comentó Florian quien se hallaba visiblemente contrariado.
— ¿Hay algún problema? — preguntó Anna sorprendida.
— No, no realmente — contestó, aunque él no parecía muy convencido.
— ¿Cuántos años tiene usted? — preguntó Anna realmente intrigada.
— Treinta y cinco — respondió Florian. — Pensándolo bien, no me sentaría mal la copa que me ofreció— dijo, por lo que Anna trató de levantarse de su silla, pero él la detuvo firmemente tomándola del brazo.
— No se moleste, déjeme hacerlo a mí — intervino, en tanto se acercaba al carro-bar junto a la entrada. Anna no pudo ver qué hacía el príncipe, ya que este le dio la espalda, pero sí pudo decir que él se demoró un poco más de lo necesario. Prontamente, volvió a la sala y se sentó en el sofá, justo al lado de la princesa, en el lugar que Elsa había ocupado minutos antes, mientras cargaba una copa redonda, ancha y de poca estatura, llena de un liquido color ambarino.
— Nunca había visto a nadie usar esas copas — comentó Anna ligeramente intrigada— llegué a pensar que eran parte de la decoración, aunque, para ser honesta, aquí no bebemos mucho, en realidad, Elsa solo manda comprar licor para cocinar, o cuando tenemos invitados.
— Esta es una copa de coñac — le explicó el príncipe a Anna mientras se la enseñaba — a su salud princesa — dijo tras lo que tomó un trago de su bebida.
— Ah… es de muy buena calidad. Felicite a su hermana por mi, tiene un muy buen gusto — suspiró el príncipe de una forma extraña, casi cómo si sintiera aliviado.
— Se lo diré — respondió Anna.
— Princesa, ¿en realidad usted nunca ha bebido licor? — preguntó casi divertido.
— No, bueno, sí. Tomé un poco de champagne durante la coronación de mi hermana, y luego, durante el festival de primavera, Kristoff… quiero decir, un amigo me dio un sorbo de cerveza, porque lo molesté una y otra vez para convencerlo de que me dejara probar, porque todo el mundo la bebía, pero él me la quitó, y me dijo que lo último que necesitaba es que yo actuara más impulsivamente que de costumbre — balbuceo Anna, tan rápido, que Florian casi no atina a comprender todas las palabras.
— Se supone que las princesas no deben beber cerveza — la volvió a reprender el príncipe en el tono casi amigable que había utilizado antes — eso es de plebeyas.
— Oh…— murmuró Anna quien se mordió el labio avergonzada por haber hecho el ridículo nuevamente.
— Pero no hay nada de malo en que pruebe el coñac por primera vez ¿quiere hacerlo? — preguntó, como un niño que se dispone a hacer una travesura.
— Pues si, porqué no — respondió Anna emocionada, mientras se volteaba en su dirección. El príncipe, se acercó en tanto le pasaba la copa con cuidado. La chica tomó el vaso con una mano, y colocó la otra debajo de la base, para sostenerla mejor, mientras que Florian no le quitaba la vista de encima.
— Eso es… beba — la instó el regente.
— "¿qué tus padres no te advirtieron sobre los extraños?" — la pregunta de Kristoff hizo eco en la cabeza de Anna mientras que el liquido ambarino tocaba sus labios. Por un momento, la chica se reprendió a sí misma, solo porque Hans la hubiera engañado, no significaba que este sujeto también tendría malas intenciones.
— Mejor no. No creo que a Elsa le guste que yo beba sin su permiso— comentó Anna. En tanto se disponía a bajar la copa. Sin embargo, la mano del príncipe Florian en su codo le impidió hacerlo.
—Tonterías, es solo un pequeño sorbo, le prometo que le gustará, además, no la mareará ni nada por el estilo, solo le dará una ligera sensación de bienestar indescriptible — dijo Florian prácticamente en su oído, mientras aumentaba la presión en su codo. Fue allí cuando Anna realmente se asustó. El poco instinto de supervivencia de la princesa comenzó a funcionar al máximo, a ella no le gustaba que fuera tan insistente, por lo que se preparó para dejar caer el vaso.
— Lamento la demora, yo tuve que… — dijo Elsa en tanto entraba nuevamente a la habitación, pero se detuvo de repente al ver la extraña escena que se llevaba a cabo. Adentro, estaba su hermana menor completamente pálida y con los labios temblorosos, sosteniendo una copa de licor mientras el príncipe Florian la agarraba por el codo, y se hallaba demasiado cerca para el gusto de la reina.
— ¿Qué sucede aquí? — preguntó Elsa mientras fulminaba al príncipe con la mirada.
— Oh nada especial — respondió Florian casualmente — este coñac es de tan buena calidad, que pensé que debía convidar a su hermana, y como ella nunca lo había probado, no estaría mal satisfacer su curiosidad, tan solo era un trago — se excusó. Sin embargo, Elsa no perdió su semblante frío, que para aquellos que la conocieran, ponía en evidencia que la reina no podía estar mas furiosa.
— Lo lamento, pero me temo que Anna no tiene permitido beber ningún tipo de licor, bajo ninguna circunstancia — afirmó la reina.
— Oh reina Elsa, eso es algo exagerado— trató de conciliar Florian.
— Según la ley, yo soy su tutora, y yo decidiré que es lo mejor para ella — dijo.
— Está bien, está bien, tranquila— trató de calmarla mientras se ponía de pie — parece que usted es una persona muy sobre protectora, créame, la entiendo, yo también tengo hermanos menores a mi cuidado, pero debe aceptar que algún día tendrán que dejar el nido. Buenas Noches, su majestad, su alteza — se despidió el príncipe antes de marcharse de la habitación. Tras lo que Elsa corrió hacía Anna y se sentó a toda velocidad junto a ella.
— ¿Te hizo algo? Por favor, dime que no te hizo nada — comentó Elsa mientras la tomaba por los hombros e inspeccionaba a su hermana.
— No— respondió Anna.
— Por favor, Dime que no bebiste lo que él te dio— pidió Elsa casi desesperada.
— ¿Qué? No, además, solo era coñac — contestó Anna quien a pesar de haber tenido sus dudas, no entendía porque su hermana se ponía frenética por un pequeño sorbo de licor.
— Elsa, ¿hay algo que yo deba saber? — preguntó Anna, a lo que la reina tan solo respondió mordiéndose el labio firmemente.
— Tú sabes algo ¿Por qué no me lo dices? — preguntó la princesa molesta, por lo que Elsa negó levemente con la cabeza.
— No uses ese tono conmigo — la regañó Elsa — yo no fui la que cometió una indiscreción esta noche.
— No seas exagerada era tan solo un pequeño sorbo de…
— ¡Estoy segura de que era opio, Anna! — la interrumpió Elsa.
— ¿Opio? — preguntó Anna con voz ahogada.
— Opio eso creo. Realmente no se que porquería esté utilizando el príncipe — contestó Elsa irritada en tanto se levantaba del sillón y comenzaba a dar vueltas por la habitación
— ¿Por qué crees que se trata de opio? — preguntó Anna sin entender de donde exactamente había sacado la idea.
— No quería decírtelo, pero se rumorea que el príncipe regente es adicto al opio, y a juzgar por cómo habló hoy de sus viajes por el continente oriental, creo que las sospechas podrían ser ciertas— le explicó Elsa, quien después miró a Anna molesta — pero tú tenías que pasar toda la cena prácticamente coqueteando con él, tenías que exponerte de semejante manera.
— Yo no me expuse, sencillamente quería ser amable, después de todo, alguien tenía que serlo. Tú escasamente dijiste un par de palabras durante toda la noche, y considerando que Malengrad es uno de los pocos aliados que aún tiene Arandelle, creí que debíamos tratar de ser sus amigos, ya que tú ni siquiera te has esforzado por mantener relaciones con otros países. Nuestra gente necesita comerciar con alguien, de lo contrario, ni siquiera tendrán que comer — se defendió Anna furiosa.
— Yo soy la reina, yo decidiré que es lo mejor para Arandelle, con quien debemos tener relaciones amistosas, y con quien no— sentenció Elsa, tratando de dar por finalizada la conversación.
— Oh… ahora resulta que te preocupa Arandelle — dijo Anna sarcásticamente.
— ¿Cómo te atreves? Yo soy la reina, me debes un poco de respeto, Anna — replico Elsa indignada.
— Tú eres la reina cuando te conviene, pero hace un par de meses, cuando Arandelle estaba sepultado debajo de la nieve, ni siquiera te importó, te pedí una y otra vez que volvieras, que hiciéramos el intento, pero tu sencillamente dijiste que no. — afirmó Anna, quien ahora había pasado a los gritos.
— Eres una desconsiderada, no tienes la menor idea de lo que he tenido que pasar, ni te imaginas lo que es vivir teniendo miedo de ti misma, de lastimar a tu gente, a tus padres y a tu hermana— le respondió Elsa dolida.
— Sí, es cierto, yo no tengo la menor idea de lo que es vivir de esa manera — reconoció Ana — el problema, es que tu ni siquiera le das una oportunidad. Contigo es todo o nada, y ni siquiera lo intentas. Yo no tengo ningún problema en que hagas eso conmigo, igual, ya me acostumbré a que te encierres y no trates de confiar en mí. Pero, tu tienes una obligación con la gente de Arandelle, de ellos no puedes huir, como lo has hecho conmigo.
— No, tú no tienes ni idea de lo que fue crecer como yo lo hice, todo el tiempo escuchando la voz de papá rogándome que me cerrara, que no abriera mi corazón, que tratara de disimular — dijo Elsa.
— Elsa, papá y mamá están muertos, murieron hace casi cuatro años. Mientras que tú y yo estamos vivas, y ahora Arandelle depende de ti debes levantarte, superarlo, y hacer algo. — dijo Anna molesta.
— ¿Así que tú crees que me cierro? ¿Qué ni siquiera les doy una oportunidad a las personas? - preguntó Elsa con veneno en su voz — pues tú niñita estúpida eres todo lo contrario, tienes que pasearte por el mundo exponiendo tus necesidades y vulnerabilidades ante todos, tú estuviste cerca de poner al mismísimo diablo en la puerta de nuestro castillo ¿no lo recuerdas? — dijo la hermana mayor refiriéndose a Hans.
— Y él se burló de ti, al igual que todos, ¡al igual que Kristoff! — gritó Elsa.
— Puede que tengas razón. Soy una niñita estúpida que se deja engañar, pero no te atrevas a decir nada en contra de Kristoff él…
— Él se fue, tú le diste su trineo, un titulo como funcionario del gobierno y se fue, ¡hace dos meses! ¿Y todo a costa de quien? de la corona de Arandelle, por supuesto — repitió Elsa sarcásticamente — Pero tú eres tan tonta, tan ciegamente idiota que no lo entiendes, sólo ves lo que quieres ver, y terminas poniéndote a ti misma en peligro y a todos los que te rodean, cómo hoy, te dejé sola cinco minutos y mira lo que casi sucede.
— K-Kristoff va a volver, tú no lo conoces como yo — tartamudeó Anna.
— Oh… pero claro que no, cómo tu conocías a Hans ¿no es verdad? — preguntó sarcásticamente Elsa — es amor de verdad — la imitó la reina usando una vocecita aguda— recuerdo que la noche en que pediste mi bendición me dijiste que yo no sabía nada acerca del amor, y ahora que lo pienso, tienes razón, porque es realmente difícil querer a una tonta patética como tú — gritó Elsa. Anna se quedó en silencio e inmóvil y con la boca entreabierta.
— Anna… creo que las dos dijimos cosas que lamentamos esta noche, debemos calmarnos, o terminaremos por herirnos aún peor— dijo Elsa recuperando la compostura.
— Tengo que irme… — murmuró Anna en voz baja, quien tenía la mirada perdida y el rostro pálido. Después, la chica se dio media vuelta, preparándose para salir de la habitación.
— No, espera Anna, espera, cálmate, no creo que sea buena idea irse así — dijo Elsa tomándola por los hombros, pero la princesa forcejeó y logró soltarse del agarre de su hermana mayor.
— ¡Espera! — gritó Elsa quien, en un acto de desesperación, congeló el piso para detener a la menor, pero esta no paró, sino que se resbaló y cayó al suelo.
— ¡Anna! — chilló nuevamente la reina, siendo esto, lo último que escuchó la princesa antes de sumergirse en la oscuridad.
Cuando Anna finalmente recuperó la conciencia se encontró a si misma en su cama y con una venda en la cabeza. La princesa trató de levantarse, pero rápidamente se dio cuenta de que había sido un error, ya que todo el cuerpo le dolía y su vista aún no era muy clara.
— ¡Ya despertó! ¡Señor, ya despertó! — gritó una voz femenina que Anna identificó como la más joven de sus mucamas personales, Daniele.
— Por favor no hables tan alto — pidió Anna desde su cama.
— Oh, lo lamento su alteza — se disculpó la niña en un susurro.
— No hay problema — dijo Anna , quien de repente recordó todo lo que había sucedido la noche pasada — ¿Dónde está Elsa? — preguntó la princesa, pero, a decir verdad, no estaba segura de querer escuchar la respuesta.
— Su majestad está despidiendo a los príncipes de Malengrad— respondió Daniele, quien al ver que Anna hacía una ligera mueca de decepción agregó— pero, su Majestad pasó toda la noche con usted. Ella se encontraba muy triste, estoy segura que lamenta lo que ocurrió anoche.
— Todos lamentamos lo que ocurrió anoche — murmuró Anna en tanto recordaba cómo le había gritado a Elsa que era una pésima reina.
Anna tomó el desayuno en su cama, después, tomo el almuerzo, y al llegar la noche, cenó; pero, en ningún momento, tuvo noticia alguna sobre Elsa, por lo que finalmente no pudo resistirlo más.
— Voy a buscar a Elsa — Anunció Anna en tanto Daniele, junto a su antigua mucama Gerda retiraban los restos de su cena. La princesa se levantó con dificultad, pero rápidamente, para que ninguna de las dos mujeres tuvieran la oportunidad de detenerla. La princesa caminó y atravesó los pasillos sin importarle que estuviera descalza o que aún llevara su camisón, en tanto sentía que las empleadas seguían sus pasos. En realidad, la chica no necesitaba que nadie le dijera en qué lugar estaba su hermana, ella la conocía demasiado bien cómo para si quiera dudarlo.
— Elsa — llamó Anna mientras tocaba la puerta de la habitación de su hermana — Elsa ábreme la puerta, sé que estas ahí, tú siempre estas ahí, quiero hablar contigo — dijo la princesa, en un tono firme pero calmado, sin embargo al darse cuenta de que ella no le respondería, golpeó la puerta con la palma de su mano.
— ¡Ábreme la puerta! ¡Elsa! — Prácticamente gritó Anna— dime algo, ¿vas a escapar de nuevo? Realmente ¿tienes la intención de encerrarte ahí dentro para no tener que enfrentarme? — le reclamó la chica quien ahora se encontraba furiosa.
— Perfecto. No hay problema, tengo toda la noche, te esperaré aquí sentada — dijo en tanto se sentaba al otro lado del pasillo con su espalda recostada contra la pared.
—Su alteza— la llamó suavemente Gerda — no creo que sea buena idea, aquí hace frío, no puede ser bueno para su salud, además, usted ni siquiera se encuentra vestida, se congelará— dijo.
— Daniele — llamó Anna — por favor, tráeme mis calentadoras de lana, mis botas y una buena y pesada manta… oh, lo olvidaba, y una almohada le ordenó la princesa.
— Sí señora — respondió la niña con una suave reverencia.
— No niña tonta, no te atrevas, ¿Por qué tienes que ser tan torpe? — le preguntó Gerda en un susurro, con la intención de que Anna no la escuchara, mientras tomaba el brazo de Daniele.
— Yo lo siento, ella ordenó que… yo pensé que… — balbuceó Daniele respondiéndole a la mucama de mayor edad y mayor rango.
— Tú solo estás en entrenamiento, limítate a seguir las ordenes— dijo la mujer entre dientes sin soltar el brazo de la chica.
— Exactamente — intervino Anna al ver la irritante escena — y las únicas ordenes que ella debe seguir son las mías, así que déjala ir. Ah… Y Gerda, ya puedes retirarte, no necesitare más tus servicios esta noche. — indicó la princesa.
— Pero señorita…
— Gerda, puedes retirarte — repitió la chica tajantemente.
— Sí, su alteza — respondió la mucama mientras hacía una corta reverencia. Después, la mujer se marchó por el largo pasillo mientras que Anna sentía la indescifrable mirada de Daniele sobre ella.
— Ve por lo que te pedí— dijo Anna sacando a la niña de su ensimismamiento, por lo que se dio media vuelta y se dispuso a cumplir la orden — Daniele… tu no eres tonta, ni estúpida, sólo te tomas un poco más de tiempo en adaptarte, yo también lo hago— la joven se dio la vuelta nuevamente y le dirigió una ligera sonrisa de agradecimiento y fue allí cuando la princesa comprendió realmente cuanto necesitaba la chica aquellas palabras de aliento.
Anna la vio marchar por el pasillo. Según sabía, Daniele era una nueva mucama, la chica provenía de una de las regiones más afectadas por el invierno de Elsa, por lo que había tenido que dejar su apacible vida de campesina y la seguridad de su familia, para buscar trabajo en la capital. A decir verdad, la pobre niña era una empleada patética, tenía tanto talento para ser una mucama, cómo Anna lo tenía para ser princesa, y probablemente, esta era la razón por la que la chica la hubiera solicitado cómo una de sus damas de compañía personales, porque se veía a sí misma en ella, aunque sus condiciones fueran muy, muy diferentes.
A pesar de que Anna pasó allí la noche, Elsa no salió de su habitación, desafortunadamente, tampoco lo hizo la siguiente, ni la tercera. Es más, pasó una semana sin que la chica recibiera una sola palabra de su hermana mayor, quien permaneció impávida ante todos los ruegos y disculpas de la princesa.
— Elsa… por favor, discúlpame, lamento haberte gritado como lo hice, sal de ahí, solo fue un accidente. — dijo la chica suavemente una tarde de domingo, en tanto apoyaba su frente a la puerta de Elsa.
— Su alteza — la llamó una mucama en tanto se acercaba a ella.
— ¿Sí? — preguntó Anna dirigiéndole toda su atención a la mujer.
— Sir Robert llegó al palacio hace un par de horas, y desea solicitar una audiencia para hablar con su alteza — dijo la mucama formalmente.
— ¿Conmigo? — dijo Ana sorprendida, ya que aquel hombre era el ministro de gobierno de Elsa, quien escasamente había dado señas de conocerla. No tenía nada de qué hablar con ella. — debes haberte equivocado, probablemente, él quiere hablar con Elsa.
— No su alteza, él fue muy claro: "quiero hablar con la princesa Anna" dijo — le explicó la mucama.
— Está bien… ¿Dónde se encuentra? — preguntó Anna algo intrigada.
— En la biblioteca — respondió.
Anna caminó hasta la biblioteca en donde se encontró al elegante y enorme ministro de gobierno de Elsa esperándola mientras inspeccionaba la ventana. Al verla, el hombre se volteó en su dirección e hizo una leve reverencia.
— Su alteza, necesito hablar un asunto de suma importancia con usted — comenzó el sujeto en tono serio.
— Soy toda oídos, por favor siéntese — dijo Anna en tanto estiraba la mano y le enseñaba la silla frente a ella.
— Supongo que recuerda a los hermanos de Malengrad— le recordó el sujeto.
— Por su puesto — asintió Anna quien tenía grabada en la cabeza aquella horrible noche.
— Hoy por la mañana llegó una carta de Malengrad, dirigida a la reina Elsa, pero, con noticias que le conciernen a usted — le explicó a Anna en un tono aprehensivo.
— Supongo que tiene que ver con Dominic, el segundo príncipe. Elsa quería arreglar un matrimonio con él — comentó Anna haciéndole entender al ministro que ella no era tan tonta cómo todo el mundo pensaba.
— ¿Usted estaba enterada de ese asunto? — preguntó el ministro.
— Elsa lo insinuó, yo le dije que no estaba interesada, pero, supongo que usted viene a decirme que finalmente Malengrad envió la propuesta — dijo Anna casi sarcásticamente.
— Bueno… sí, ellos enviaron una propuesta, pero no en relación al príncipe Dominic— murmuró el ministro cada vez más preocupado— el príncipe regente, quiere… quiere ofrecer su propia mano.
— ¿Qué? — Preguntó Anna atónita. — el tiene casi el doble de mi edad — murmuró aterrada.
— Lo sé princesa, lo sé — dijo el ministro tratando de calmarla al ver que su respiración aumentaba.
— Y eso no es todo, la gente dice que él es adic…
— Lo sé su Alteza, y sé que la reina también lo cree — dijo el ministro — debe entender que es indispensable llegar a una alianza con Malengrad, princesa Anna, usted tiene una obligación con su país, y es hora de hacer sacrificios. Además, llegaría a ser reina.
— ¡Yo no quiero ser reina! — afirmó Anna furiosa.
— Entiendo su alteza, pero ahora que hemos roto las relaciones comerciales con Weseltonio, es necesaria una alianza con Malengrad. — explicó el ministro.
— Weselton — corrigió Anna, quien comenzaba a entender porqué Kristoff siempre decía que los nobles parecían vivir en un imaginario mundo de fantasía, en el que todo era perfecto mientras ellos siguieran llenando sus bolsillos de dinero, porque, en realidad existían personas como el hombre frente de ella, que ni siquiera se había tomado el trabajo de aprender el nombre de la nación de la que dependía el futuro de Arandelle, pero aún así, se encontraba allí tratando de convencerla de que lo dejara prácticamente venderla a Malengrad, a un príncipe, que por demás, la aterraba.
— ¿Qué opina Elsa de esto? — preguntó Anna, quien confiaba en que su hermana fuera su última esperanza, teniendo en cuenta, que a ella tampoco le agradaba el príncipe.
— Ella fue bastante razonable. La reina dijo que sería una alianza altamente conveniente, por lo que lo pensará, pero me siento bastante confiado, y estoy seguro de que aceptará. Además, ella me prometió que invitará a el príncipe Florian y a su hermano Dominic al baile de invierno, y me ordenó que le informara al príncipe regente que usted será su acompañante durante la velada — completó el ministro, a lo que Anna no respondió, solo se levantó y dejó al hombre en la biblioteca mientras él la veía sorprendido.
Anna atravesó el pasillo mientras que sentía que la ira la invadía. Esta vez, Elsa había llegado demasiado lejos, no entendía que su hermana, la misma que una semana antes le hubiera advertido del peligro que representaba el príncipe, le estuviera haciendo aquello. En ese momento a la princesa le parecieron que todos aquellos "solo estoy tratando de protegerte…" que Elsa le lanzaba cada vez que se apartaba de ella, eran tan solo una sarta de mentiras.
— ¡Elsa, ábreme! — gritó Anna a todo pulmón mientras golpeaba la puerta de su hermana con el puño. Pero, obviamente, no obtuvo respuesta.
— ¡Ábreme! — repitió mientras golpeaba nuevamente — eres una miserable, ¿cómo te atreves a hacerme esto? — gritó tras lo que le dio una fuerte patada a la puerta.
— ¿Por qué Elsa? ¿Es que tanto me desprecias? — preguntó Anna en tanto le daba una nueva patada a la puerta de su hermana. — ¿Por qué me haces esto? Ese sujeto me aterra, tú misma viste lo que él trató de hacerme. ¿Acaso quieres vengarte de mí? ¿Por lo que te dije hace una semana? — gritó. En ese momento, la princesa tomó la perilla y comenzó a halarla fuertemente, por lo que no se dio cuenta de que cuatro mucamas se habían acercado a ella y la miraban casi atemorizadas.
— Su alteza, por favor cálmese, no es correcto que se enfade de esa manera — le sugirió una mujer que se acercó a ella algo nerviosa.
— Déjeme, aléjese de mí— le gritó Anna, quien ya había perdido el poco control que le quedaba. — estoy harta, me largo de aquí — gritó la princesa quien dobló por la esquina del pasillo, y salió corriendo con dirección a las puertas del palacio, ahora que estaban abiertas, finalmente, tendría la posibilidad de ser libre.
— ¡Guardias! — gritó la voz de Elsa, quien salió de su habitación, pero se encontraba fuera del rango de visión de Anna. — ¡Deténganla!, llévenla a su habitación hasta que se calme. — ordenó la reina, por lo que no pasó mucho tiempo antes de que la chica sintiera unos brazos rodearla e impedirle que siguiera con su camino.
— Princesa, por favor cálmese, no quiero hacerle daño — dijo el guardia que la tenía detenida
— Suéltame — repitió Anna furiosa. En ese momento, se le acercó el médico de la corte, el cual había llegado mortalmente rápido, por lo que la princesa se preguntó si Elsa habría anticipado aquella reacción.
— Su alteza, debe calmarse, le voy a inyectar algo que la ayudará a dormir y descansar — dijo el hombre calmadamente mientras que alistaba una jeringa que tenía ya lista.
— ¡No! — gritó Anna con todas sus fuerzas mientras que pateaba y trataba de soltarse — déjenme, quiero irme de aquí — gimió la chica, pero el guardia la mantuvo en su lugar. Anna gritó al sentir un dolor punzante en el brazo, y nuevamente, en menos de dos semanas, la princesa sintió que se sumergía en la oscuridad.
Anna despertó nuevamente en su habitación, sintiéndose sedienta y hambrienta, pero, a diferencia de la vez anterior, esta vez no había nadie junto a su cama, solo se encontraba ella, en ese cuarto demasiado grande y vacío para su gusto. La princesa se levantó lentamente, y se dio cuenta de que aún estaba vestida, con sus trenzas prácticamente desechas por la lucha con el guardia.
Muy despacio, la princesa se acercó a la puerta, sin importarle si se veía terrible o si aún no se recuperaba del todo de los efectos del químico con el que la sedaron. Ya ni siquiera le importaba hablar con Elsa, es más, una parte de ella, no quería verla más. Sin embargo, ninguna de estas emociones fue tan fuerte como en el momento en el que Anna llegó a su destino: las puertas de entrada del castillo de Arandelle, las cuales se encontraban completamente cerradas.
— Abran las puertas — ordenó Anna a los guardias de la entrada, pero ninguno contestó, tan solo compartieron un par de miradas nerviosas.
— He dicho que abran las puertas — repitió la princesa.
— Su alteza, lo lamento, pero no podemos hacerlo, la reina dio la orden de cerrarlas, en especial a usted— dijo el hombre.
Anna no respondió, solo se dio la media vuelta y caminó lentamente hacía el castillo, mientras que sentía los rastros del sedante en su sangre y en su cabeza. En ese momento, todo lo malo que había pensado sobre Elsa se intensificó, en realidad, una parte de ella esperó que el hielo que se había retirado meses atrás de su corazón volviera a él y la convirtiera en un gigantesco tempano, pues todo el amor que aquel día la había impulsado, se estaba transformando en algo negro, algo que Anna no tenía la capacidad de definir, pero que era completamente nuevo para ella, probablemente, así era cómo debía sentirse el odio.
Casi sin darse cuenta, la princesa caminó hacía el tejado, al mismo punto en el que meses atrás, había compartido aquella mágica noche con Hans, la cual, tan solo era un recuerdo para ella. Irónicamente, nunca había podido llevarse a odiar al príncipe de las Islas del Sur, sin lugar a dudas, él era la persona más despreciable que hubiera conocido, pero, a pesar de todo, no existía aquel lazo que tenía con Elsa, y cuyo delgado equilibrio había sido quebrantado.
Anna cerró los ojos y dejó que el viento le golpeara el rostro, sabía que ya nada volvería a ser igual, ella no era la misma de meses atrás. Esa niña había muerto y ahora se convertiría en hielo, cómo debió haber ocurrido desde un principio. La princesa subió un escalón junto a la baranda que separaba el tejado del vacío, y sin si quiera pensarlo. De repente, se dio cuenta de que estaba equivocada, en realidad, ella no odiaba a Elsa o a Kristoff, simplemente, no podía hacerlo, posiblemente, al igual que con Hans, la culpa era suya por haber permitido que le hicieran tanto daño.
— Anna…— murmuró una voz al lado de la princesa.
— Olaf, ¿Qué haces aquí? — preguntó Anna sorprendida sin moverse del escalón.
— Escuché gritos en el castillo, en realidad creo que te escuché gritar a ti, y no me gusta, así que decidí subir aquí — dijo el hombre de nieve, quien, como siempre, parecía completamente inocente ante la situación.
—Y tú, ¿Qué haces aquí? — preguntó Olaf.
— Yo… Yo… yo solo tomaba algo de sol y aire fresco— contestó Anna fingiendo una sonrisa,
— Sí, entiendo, pero aún así creo que el lugar en donde te encuentras en este momento no es el mejor sitio para hacerlo — opinó el hombre de nieve — si no bajas de ahí podrías caer— le advirtió. Anna miró mejor en donde se hallaba parada y finalmente cayó en cuenta de lo cerca que había estado de caer al vacío, mientras que tenía una rara sensación causada por el cumulo de sedantes.
— Si — asintió Anna — lo mejor será que me mueva — murmuró la chica, pero no dio un solo paso.
— Elsa podría preocuparse — insistió Olaf.
— Sí claro, Elsa… — respondió Anna quien no se sentía completamente consciente, pero, esta vez, tampoco se retiró del escalón.
— Kristoff tampoco le gustaría si cayeras — opinó nuevamente Olaf mientras que movía sus brazos y esperando a que bajara.
— Por supuesto que no — Asintió nuevamente la chica sin cambiar su posición.
— Pero, lo más importante, tú lo lamentarías mucho. Si cayeras, la más perjudicada serías tú misma, te golpearías y tendrías que ir al hospital, o podrías terminar con algo peor que un corazón congelado. A fin de cuentas, nadie sufriría más que tú— dijo Olaf.
— ¿Qué? — preguntó Anna.
— Anna, piénsalo bien, ¿tú realmente quieres caer? ¿Realmente lo deseas? — le preguntó Olaf.
— No — respondió Anna simplemente mientras sentía las lagrimas correr por su cara — solo quiero ser libre, y… y alguien que me quiera — tartamudeó.
— Pues si no tienes más cuidado y si sigues subiéndote a ese sitio tan peligroso, solo caerás y te herirás, eso no te dará lo que realmente quieres— opinó nuevamente el muñeco. Anna tomó una fuerte bocanada de aire y bajó del escalón.
— Tienes razón, tienes razón, esta no es la solución— asintió nuevamente Anna mientras se alejaba de la orilla del tejado, sin dejar de abrazarse fuertemente a sí misma, y recobrando el aliento sentía. Simplemente, ella no podía creer lo que había estado a punto de hacer.
Con mucha más calma, Anna sintió que por primera vez en horas podía pensar claramente. En verdad, la princesa no odiaba a Elsa, ella era incapaz de hacerlo, aquel sentimiento era completamente ajeno a la naturaleza de la chica, y su hermana se encontraba demasiado metida en su corazón como para odiarla sin pensarlo dos veces, no obstante, no importaba cuanto la amara, era obvio que estar juntas no era lo más saludable. En aquel instante, la princesa tuvo una epifanía: realmente tenía que dejar el castillo, pero a diferencia de las otras veces en que la chica contemplo la posibilidad, esta vez, no se trataba de un simple sueño, sino de una decisión que llevaría a cabo a como diera lugar.
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De vuelta al presente, y en el castillo de Arandelle, Kristoff y Elsa continuaron con la búsqueda, ya resignados con que no la hallarían en el palacio.
— Definitivamente, Anna no está aquí — se quejó Kristoff.
— Lo sé, por eso tengo a la mitad de mis guardias custodiando el puerto, ella debe estar ahí, si es que piensa dejar Arandelle — opinó Elsa.
— No lo sé… — murmuró Kristoff — ¿No crees que es un poco obvio? Es decir, si ella quería salir de Arandelle es claro que elegiría el puerto frente al castillo, pero también es claro que de hacerlo sería atrapada rápidamente. — opinó el recolector de hielo.
— Tienes razón — aceptó Elsa quien lucía pensativa.
— Tengo una idea — empezó Kristoff— ve a los puertos con los demás soldados, yo iré a la habitación de Anna con su mucama personal, quiero buscar algo que nos indique hacía donde pudo haber ido— propuso el recolector de hielo.
— Me parece una buena idea — aceptó Elsa. Los dos tomaron rumbos diferentes, y mientras la reina descendió hasta la entrada del castillo, Kristoff subió las escaleras hasta la habitación de Anna.
Kristoff nunca había visitado aquella sección del castillo, y se dio cuenta de que aquel pasillo, el que correspondía a las habitaciones personales de la familia real, era mucho más silencioso y solitario que cualquiera de las áreas comunes del palacio. Probablemente, ver aquel sitio, le diera una pista para entender a Anna un poco mejor. Lentamente, el recolector de hielo abrió la puerta, la cual rechinó al moverla. Adentro, él se encontró con un cuarto gigantesco y desafortunadamente solitario.
En el centro del cuarto había una enorme cama con postes; a un lado, un biombo seguido por un armario y un par de anaqueles con papeles desordenados; al otro extremo de la habitación, Kristoff encontró un escritorio, al cual se dirigió con rapidez con el fin de encontrar una pista del paradero de Anna. El recolector de hielo inspeccionó las hojas sobre la mesa pero solo encontró bocetos de dibujos a medio terminar, un par de pájaros y un buen número de mucamas haciendo sus deberes.
De repente, el muchacho volvió a observar los dibujos de las empleadas, no entendía porque habían tantos, ya que no eran ni uno, ni dos, sino decenas de ilustraciones en las que aparecía una chica muy parecida a Daniele levantando un juego de té, otro, en el que una de las cocineras preparaba la sopa y un par con un grupo de chicas lavando ropa. Definitivamente, había algo muy inquietante en todo aquello. Kristoff, se levantó y tomó del anaquel un gran paquete de cuadernos de dibujo.
Kristoff caminó nuevamente hacía la cama, en la que se dejó caer pesadamente. Era increíble pensar que unos cuantos meses antes a él pudiera vivir sin necesitar a nadie, sin sentir nada por nadie, pero desde que ella llegó a su vida, todo era diferente. De repente, el recolector de hielo volteó el rostro y se encontró con un vestido blanco tendido sobre la cama, estaba seguro era el mismo que ella llevaba la noche anterior, lentamente, el muchacho e reincorporó y miró el fino encaje blanco sintiendo deseos de tocarlo y de inhalar su aroma de flores, la misma que descubrió una tarde hacía unos meses antes, durante uno de los tantos festivales que se celebraban en Arandelle durante la temporada de verano.
El recolector de hielo aún recordaba aquel día como uno de los más felices de su vida. A comienzos de la mañana había tenido que esperar mientras que Anna y Elsa cumplían todos esos aburridos requerimientos protocolarios, pero, después, la princesa regresó a él, en su ropa usual, sus trenzas y su brillante sonrisa, muy lejos de todos aquellos excesos de las cortesanas. Kristoff y Anna pasaron toda la tarde entre los puestos de la feria, bailando las tonadas tradicionales en la plaza con los demás habitantes de la ciudad capital, a decir verdad, él odiaba bailar, realmente lo detestaba, pero ella era tan persuasiva, que logró convencerlo de hacerlo durante toda la tarde. Incluso, lo obligó a dejarla probar la cerveza, eso sí que fue un error, recordó el muchacho mientras reía suavemente.
No obstante, al caer la noche, y mientras llevaba a Sven al establo, todo comenzó a salirse de control. Kristoff no entendió que fue lo que sucedió, sí fue culpa de la fiesta o la pinta de cerveza que tomó durante la tarde, pero se encontró a sí mismo besando a aquella loca chica sobre una pila de heno, pero, en medio de todo aquel estupor, había algo en el cerebro del chico que le decía que debía parar. Se suponía que ella era una princesa, sería un escándalo si alguien la descubría allí, con un recolector de hielo, aquello le traería más problemas de los ella podría imaginarse, pero a Anna no parecía importarle, simplemente quería perderse en el momento, al igual que él. "Anna…" murmuró Kristoff cómo si se tratara de una plegaria en tanto besaba su cuello. "Kristoff…" respondió ella, y fue la sola mención de su nombre lo que rompió el hechizo y lo devolvió a la realidad.
Finalmente, en un arranque de adrenalina, y usando todo su autocontrol, Kristoff se apartó de ella y se reprendió mentalmente, ¿a que creía que estaba jugando? Él y Anna no eran el uno para el otro, no importaba cuanto la quisiera, o la deseara, todo lo que pasaba en aquella escena era estúpido, la paja, las caballerizas; ella era una princesa, y él un don nadie. Por su puesto, Kristoff prefirió guardar silencio y darle una excusa, diciéndole que si no volvían pronto, Elsa se molestaría. Anna quien a pesar de todo, intuía que se metería en problemas de seguir por donde iban, aceptó. Pero, en la mente del recolector de hielo comenzó a formarse la idea de dar por terminado todo aquello.
Al ver nuevamente aquel fino vestido, el muchacho recordó que esta era justamente una de las razones por las que él se había ido del castillo. Kristoff sabía que él jamás podría darle a Anna todo aquello que ella tenía, él nunca sería suficiente, no importaba cuanto trabajara o se esforzara, todo eso era inalcanzable, mientras que eventualmente, algún príncipe extranjero llegaría y se la quitaría, y todo ese ensueño se terminaría como si nada, fue por eso, que dos meses antes, tras terminar un exitoso fin de semana de recolección decidió simplemente no volver, posiblemente, si él era quien tomaba la decisión de acabar su relación con la princesa dolería menos. El problema fue que el muchacho nunca se imaginó que su mente y su corazón se fijarían a ella de aquella manera.
— Señor… — lo llamó una vocecita desde la entrada, la cual pertenecía a Daniele — digo, Kritoff, no, digo, señor Kristoff, no, si , lo siento… — balbuceó la chica mientras jugaba con los pliegues de su vestido, en tanto Kristoff le dedicaba una amable sonrisa, ahora entendía porque Anna había escogido a la más novata de las empleadas del castillo como dama de compañía, la pobre era demasiado parecida a ella.
— No te preocupes — dijo amablemente el chico — ven aquí, necesito que me ayudes a buscar— le indicó Kristoff.
— ¿Qué? — preguntó la chica.
— No lo sé, solo necesito una pista de hacía a donde pudo haber escapado— le explicó el muchacho mientras comenzaba a revisar cada uno de los cuadernillos de dibujo — ¿alguna vez te dijo algo acerca de su plan?
— No señor — se apresuró a responder Daniele mientras negaba enérgicamente con su cabeza — estaba más que claro que ella no era feliz, pero nunca pensé que se atreviera a hacer algo como esto, solo espero que esté bien— murmuró.
— Yo también lo espero— contestó Kristoff — tienes idea de cómo Anna pasaba el tiempo.
— Bien… ella leía, pero últimamente había tomado mucho gusto por el dibujo — comentó.
— Sí, eso es claro — respondió Kristoff mientras les dedicaba una mirada a los cuadernos de dibujo
— Ah, y también… no, mejor no — murmuró la niña.
— ¿También? — insistió Kristoff.
— Verá… hace tiempo, antes de la coronación la princesa Anna solía ir al hogar de paso de la ciudad capital, a ella le gustaba hacer trabajo comunitario, era muy buena enseñando a niños, enseñaba a leer, incluso en otros idiomas— dijo la chica casi emocionada.
— Pero… no entiendo, se supone que tú llegaste al castillo después de la coronación
¿Cómo es que sabes todo aquello? — la interrogó Kristoff intrigado.
— Porque mis papás pasaron por momentos muy duros cuando yo era niña, varias veces han tenido que vivir en el hogar de paso de la ciudad capital, y la última vez que estuve con ellos, conocí a la princesa, ella fue muy buena, como siempre lo es — Exclamó la chica con ilusión. Por un momento, Kristoff se quedó observando a Daniele con curiosidad, y entendió que la niña realmente apreciaba a Anna, es más, la admiraba.
— Vaya… realmente te agrada ¿no es verdad? — preguntó Kristoff casi divertido por la reacción de la chica.
— Sí, ella me defiende cuando las demás me llaman tonta, y me trata muy bien, me escogió como su dama de compañía, a pesar de que soy nueva y me dio chocolate, yo nunca había probado el chocolate… Ah, ah, ah, lo olvidaba, siempre me deja experimentar con su cabello, no porque a ella le guste, no señor, yo sé que ella odia tener que vestirse elegante, pero me deja que yo lo haga porque a mí me encanta peinarla, vestirla y todo eso ¿sabe? Y, y,y… a veces conversamos, siempre me dice que debo tener cuidado con los hombres, porque no son buenos. Por ejemplo, dice que usted es una rata rastre… — balbuceó la chica a toda velocidad, y con la mayor de las emociones.
— Woow… para ahí — dijo Kristoff agitando sus brazos, pero la niña no paró, todo lo contrario, siguió aún más emocionada.
— Sí, yo la entiendo, porque que dejarla como usted lo hizo… Uff, eso debió doler… — opinó Daniele, quien de repente pareció darse cuenta de lo que estaba diciendo — lo siento — se disculpó.
— No tienes de que disculparte— negó Kristoff — Volviendo al tema inicial — comenzó el recolector de hielo, quien trataba de enfocar la atención de Daniele, la cual, se desconcentraba con la misma facilidad que la princesa— ¿ Qué más le gustaba hacer a Anna?.
— Bien… — empezó la chica mientras forzaba su memoria — Ah, recientemente, comenzó a interesarse por la cocina, pero eso era un gran secreto, usted sabe que no es bien visto que una princesa haga algo como eso — afirmó Daniele.
— ¿Cocina? — preguntó Kristoff casi sorprendido.
— Sí — respondió la chica— bueno, en realidad ella parecía muy interesada en todo lo que yo hago, usted sabe, los oficios domésticos— agregó.
— ¿Qué? — preguntó el recolector de hielo, ahora aún más confundido.
— Sí, ella siempre se sentaba a dibujar donde quiera que yo estuviera limpiando, o a veces se iba al lado de las albercas a dibujar a las lavanderas, e incluso, en un par de ocasiones me preguntó cómo fue que yo encontré este empleo, en realidad, ella solía hablar mucho con nosotras, las mucamas, en especial con las más jóvenes — comentó Daniele casualmente, mientras que el cerebro de Kristoff funcionaba a toda máquina, sacando conjeturas y haciendo suposiciones.
— ¿Desde cuándo? — la interrogó el muchacho.
— ¿Qué? — respondió Daniele confundida.
— ¿Desde cuándo ella comenzó a dibujar a las mucamas, y a hacerles preguntas? — volvió a preguntar Kristoff mientras revisaba los anaqueles del que había sacado los cuadernos de dibujo.
— Pues… déjeme pensar, eso fue antes de que usted llegara, y la reina estuvo en su habitación por un mes… no sé… creo que empezó un poco después de que la reina y la princesa pelearon, sí, estoy segura de que así fue — dijo la chica.
— ¡No puede ser! — exclamó Kristoff mientras que encontraba un par de libros de geografía junto a los cuadernillos de dibujo. Sus temores eran ciertos, aquella huída no era simplemente un arranque de ira, en realidad, parecía algo cuidadosamente planeado, Anna incluso se había tomado el trabajo de aprender un oficio para poder encontrar un trabajo y ganar dinero por sí sola. Ahora, lo único que le faltaba saber era justamente lo más importante: hacía donde había huido Anna.
— Señor, ¿Qué sucede? — preguntó Daniele al ver que Kristoff se había puesto pálido
— Necesito hablar con la reina— dijo el recolector de hielo antes de dejar la habitación a toda velocidad. Mientras tomaba la decisión de encontrarla, no importaba cuanto tardara, él lo haría, después de todo, no solo no podía de dejarse de sentirse culpable por todo aquel desastre, sino que además, tenía que volver a verla a como diera lugar.
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Bien, eso fue todo por hoy, nuevamente quiero agradecerles a todos los que leyeron esta historia, en especial a quienes me dejaron comentarios o me agregaron a sus categorías. Veo que hay algunos de ustedes que siguen todas mis historias, ¡muchas gracias! Me pone realmente contenta que tengan tanta confianza y gusto por lo que escribo: D. En respuesta a algunos de sus comentarios, sé que en principio fue un poco chocante ver a Anna tan molesta, pero, cómo ustedes dicen, la historia continua, y hay que ver cómo sigue esto.
Ahora, sobre este capítulo, en realidad, esta es la primera parte de un capitulo colosal que por demás ya tengo completamente escrito, pero, lo malo fue que al terminarlo, me dije "no puedes publicar esa monstruosidad" así que decidí partirlo en dos, aunque fue con gran dolor, pues yo realmente quería que todo lo que ocurrió en este y que ocurrirá el próximo capítulo pasara en uno solo. En conclusión, esperen muy pronto la actualización, a más tardar el próximo viernes, porque como dije antes, ya lo tengo escrito. Finalmente, solo me resta anticiparles que en el próximo capítulo les contaré un poco sobre lo que ocurrió la noche en que escapó Anna, y les daré la visión de Elsa sobre los hechos, por supuesto, ella al igual que Anna tienen mucho que aprender, pero en eso seguirá la historia.
Bueno, sin más que decir sólo me resta despedirme y decirles que no olviden dejar sus comentarios, flamers o amenazas de muerte, cómo siempre todos serán muy bien recibidos.
PDT: Ahhh... por cierto casi lo olvido, solo quería avisarles desde ya que no, no va a parecer Rapunzel, siento decepcionarlos, pero no
