Aquí esta el segundo capítulo de mí saga, esta vez recojó profesias y malaventurazas que pueblan la tierra, reduciendo todo al caos.
"Y decían a los montes y peñascos: Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de aquel Señor que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero: Porque llegado es el día grande la cólera de ambos, ¿quién podrá soportarla?"
San Juan
Anagogía
Día 312 del 1241 de la Segunda Creación.
Según el relato de un viajero que pasó por nuestro castillo, apareció un presagio en el cielo. Una estrella comenzó a arder como el amanecer y chispas inmensas se desperdigaban hacia todos los puntos cardinales, gota a gota, como si fuera una herida que sangraba en las alturas. ¿Sería un presagio de los dioses? No soy un sacerdote, así que no sé cómo interpretar este signo. Los sabios y los chamanes también quedaron desconcertados ante este enigmático mensaje, que se prolongó durante una semana y fue visto en la parte Sur del globo. Sin embargo, los dioses debían seguir intranquilos por aquellos días, pues ese mismo año el Templo Digivice comenzó a quemarse, a pesar de ser de piedra, y las llamas se alzaron con mayor fuerza cuando sus protectores intentaron apagar el fuego con agua. Las ruinas calcinadas fueron abandonas, a excepción de algunos fieles que se quedaron a resguardar el lugar.
Otro presagio sucedió poco después. El mar que rodea el Norte del Continente de la Región Oriental empezó a elevarse, aunque no había viento, e hirvió como si lo calentasen. Luego se abalanzo sobre las aldeas y las zonas bajas y arrasó con las casas y los hogares de los digimons que se encontraban en la región, causando enormes pérdidas a sus habitantes que quedaron sin hogar después de eso. Miles solo contaron con la luz y el aire para sobrevivir, muchos más huyeron de sus hogares temiendo por sus vidas.
Pronto empezaron a aparecer historias extrañas sobre agujeros que rasgaban el tejido de la tierra, si caías en ellos eras transportado a un mundo desquiciado poblado de humanos. Algunos decían tener pesadillas en las que eran arrastrados a ciudades inmensas o zonas desconocidas, lugares nunca vistos y que pertenecen a otros mundos. Incapaces de pensar con claridad, destruían cualquier cosa que se metía en su camino. Agitados por la conmoción de no saber dónde estaban, eran gobernados por fuerzas maléficas que se apoderaban de ellos y causaban graves daños a sus alrededores al igual que a sí mismos. Otros despertaban de súbito, bañados en sudor y mugre, recitando cantos en dialectos desconocidos, algunos más sufrían convulsiones esporádicas, y en ese estado afirmaban ver la cara de un niño que se convertirían en su amigo y amo. Cada uno tenía un sueño diferente, pues daba una descripción diferente la persona con la que se encontraba.
Circulaban historias sobre huevos que se perdían de sus cunas y se extraviaban en otras dimensiones. Los guardianes de los no natos se volvieron más cuidadosos a la hora de vigilar a las futuras crías, quienes se encontraban cada vez más indefensas ante la tempestad que se avecinaba. La Aldea del Origen fue la más golpeada y muchos huevos se esfumaron en el aire como por arte de magia. Las pequeñas crías sufrieron la mayor parte de los males al encontrarse abandonadas enfrentando un destino incierto. La desgracia llovía sobre los ángeles y los demonios por igual, como un río desconocido que fluye por el subsuelo.
El clima del digimundo se ha ido haciendo más caliente, poco a poco, pero progresivamente. Los polos y las tundras han comenzado a contraerse y derrumbarse. Los Mammothmons emprendieron largas migraciones en busca de nuevos hábitats, ya que sus anteriores moradas se encontraban bloqueadas por inmensos glaciales infranqueables que se evaporan cada vez más rápido. Antes de ello, pocos se aventuraban a entrar en las llanuras congeladas de las áreas nevadas, hasta que comenzaron a derretirse los casquetes de hielo más antiguos. Cada vez más osados, muchos viajeros han comenzado a circular por estos terrenos, circulando libremente por los páramos que antes tanto despreciaban. Algunos digimon que no son de hielo han invadido estas zonas y han obtenido nuevos poderes. Han aparecido nuevas digievoluciones de antiguos seres que jamás tuvieron que ver con la nieve, ampliándose y enriqueciéndose la trama de la vida.
En aquellos días, el mundo digital fue gobernado por la desorientación y ya nadie sabía a quién dirigir sus plegarias. Desde que el Dios de nuestro mundo se retiró para siempre y abandono su morada, la desesperación y el miedo reinan sin rival dentro de los corazones de la mayoría. En ese entonces un Jijimon, un sabio ermitaño que se hacía llamar Proxy, bajo de las montañas para revelar una profecía que le fue entregada por Homeostasis en persona, después de tres meses de ayuno y meditación, mientras alzaba sus pulgares hacia el cielo y se encontraba parado, en un solo pie, sobre su bastón. Contó su experiencia de la siguiente manera:
"En mi visión, la luz de la armonía me arrebato la conciencia, e hizo que pasara por siete círculos de fuego que representaban las siete capas que componen nuestra tierra. Esas siete esferas a su vez se dividen en siete capas más, cada una de las capas gira con más rapidez que la anterior. En cada una de esas capas diez mil sueños viven y mueren en un día, y otros diez mil más se esfuman de la noche a la mañana. Cada círculo está poblado por diferentes razas, algunas nacidas de la tierra y otras nacidas de las escamas de los peces, algunas provienen de las lágrimas o los dientes de un dragón. De repente, frente a mí se erguía una columna gigantesca completamente blanca, una torre inmensa que se eleva hacia lo alto y no tiene fin. En el centro de esta columna se encuentra una habitación blanca, adornada de carbúnculos, zafiros y ópalos verdes, intercalados uno tras otro. Los zafiros representan el cielo y los carbúnculos las estrellas. Los ópalos verdes son cada una de las plantas. La habitación es iluminada por siete antorchas ubicadas cuatro en los extremos de los bordes, una colgando del techo una junto a la puerta y una última junto a un libro tapado con un pañuelo de terciopelo.
En esta habitación descansa en el fondo el código binario, contenido por ese libro de arena del que emanan todos los hechos – pasados, presentes y futuros –. Ese libro es redondo y tiene una cubierta escarlata: jamás cesa de crecer con cada segundo que pasa, aumentando en espesor y volumen. Cuando intente tomarlo con mis manos se deshacía y escabullía entre mis dedos. Para leer cada una de sus páginas se necesitaría una conciencia infinita que calculara a la velocidad de la luz, pues cada cifra se doblaba sobre sí misma y cada palabra se desdoblaba en otra, y todas se alteran constantemente. Las letras se desordenan y vuelven a reordenarse y quien lea una sola hoja, puede contemplar un millón más. Mi ojo se mareaba ante la simetría de las formas y la transparencia de los datos, es el dolor provocado por traspasar los límites de lo terreno y entrar en el orden de lo divino.
Empecé a escuchar algo, habló una voz suave y pausada, me dijo que unos niños humanos que vendrían al digimundo desde una cadena de islas volcánicas donde el sol nace todos los días por Oriente. Ellos caerían del cielo, como bolas de fuego, y se hundirían en la red en medio de una catarata. Un enorme dragón subterráneo se agitaría con violencia, causando un terremoto que los traería acá. Al observar las islas, pude observar una sombra que se proyectaba desde lo alto hacia el suelo y fije mis ojos a una altura superior a la mía. En el cielo flotaba con un cuerpo sin peso, un caballero resplandeciente, con una mano azul y una mano roja, sacaba de la primera un cañón y de la segunda una espada. Al verme, se quedó estático durante unos minutos, luego se dividió en dos seres y huyo en direcciones opuestas. Yo me quede contemplando aquello atónito.
En mi visión vi a las cuatro bestias legendarias que rugían con fiereza hacia el centro de la tierra, que estaba hueca. Fueron aprisionadas por barrotes de fuego que emergieron de la nada. En el centro de esta visión la oscuridad emanaba como un manantial violento de energía oscura y pavor al caos, como no se había visto desde la antigua Edad Oscura. De lo más profundo del subsuelo, el corazón de las tinieblas estaba cargado de resentimiento. En lo profundo de ese bastión nacía una criatura compuesta de muchos brazos y picos, con filosas garras y dura cubierta metálica, era la amalgama de monstruos del pasado que se habían extinto y luego fueron borrados de la memoria de los vivos. De su boca surgían chillidos escalofriantes que licuaban la carne y descomponían al más valiente de nosotros en miles de fragmentos. El algoritmo de los desdichados que se encontraban a su alcance simplemente se desvanecía, como las sombras se desvanecen ante los rayos de la luz. La bestia gemía de nuevo y se sucedían temblores y catástrofe. Seres indefensos eran tragados por la arena o succionados por huecos, empezaron a volar engranajes negros por todas partes y al final la noche cubría todo hasta que el mundo se desaparecía en la penumbra. La voz volvió a hablar y me dijo que el agua, el bosque, la oscuridad y el océano se retorcerían juntos en una espiral hacia el cielo. Entonces uno por uno esos reinos serían deshechos y nada más surgiría de sus entrañas, pero cuando el ciclo acabase y todo fuera reducido al vacío, me prometió volver a darle forma y sentido a la materia, recreando el pluriverso."
Proxy viajó por muchas ciudades y aldeas contando la misma historia y narrando su visión profética, sin embargo era recibido con hostilidad y tratado con desprecio. Cansado de no encontrar en el desierto de los espíritus un solo oasis dispuesto a escucharle, proclamo el fin de sus viajes y se auto-exilio en el desierto del oeste del Continente Server, jurando no volver a ser visto por nadie y haciendo un voto de silencio eterno. No obstante muchos recordarían, posteriormente, la profecía de unos niños elegidos que salvarían nuestras vidas cuando el momento correcto llegara. Desde hace siglos, se han esparcido rumores e historias sobre humanos que se pierden en el digimundo para traer la paz. Acompañados por digimons elegidos por el destino, forjan su camino en mundo intempestivo. He aquí una leyenda tan vieja como el tiempo, cuyos cimientos se pierden en los orígenes de la historia. Algunos, sin embargo, fueron convencidos por las palabras de aquel digimon viajero que salía por el mundo, diciendo que el lugar de descenso de los salvadores era una isla en el Sur, hacia el Oeste. Los aventureros y piadosos interpretaron que se trataba de la Isla File, pues cumplía con todas las características que el profeta presagiaba.
Ahora bien, era obvio que el mundo digital estaba comenzando a desmoronarse, el código universal que le da forma a la materia, al tiempo y a las categorías de la existencia digital, está siendo reducido a una nada impotente que se hace más y más débil. Hace algunos años, antes de que nuestro Amo Oscuro Piedmon apareciera, un meteorito cayó de los cielos y se estrelló en un desierto en otro continente. Semillas oscuras se esparcieron por todos lados, muchos dijeron haber oído un rugido ensordecedor proveniente de un ser desconocido que estalló convertido en polvo dispersado por el viento. Nadie sabe quién o qué causó que el eje del mundo se saliera de quicio. Nadie sabe que son estas señales cripticas que aparecen a nuestro alrededor. ¿Acaso son los misterios que nos advierten de la llegada del fin del mundo?
