Capítulo 2
Esa noche las Bennet subieron al auto de sus padres dispuestas a pasar una noche inolvidable, aunque ninguna era consciente de que esa noche cambiaría sus vidas para siempre. Se dirigieron a la casa de los Lucas entre risas, si había algo que caracterizaba a las hermanas era su alegría (bueno, quizás con la excepción de Mary).
Al llegar se encontraron con la casa llena de sus amigos. Los Bingley aún no habían llegado y la música salía por las ventanas.
— ¡Charlotte! — Gritó Lizzie al ver a su amiga. Charlotte Lucas la abrazó y fue arrastrada hacia un grupo de jóvenes por una risueña Lizzie.
Unas amigas de Jane arrastraron a la chica a la pista de baile, y las amigas de Lydia y Kitty hicieron lo mismo.
No habían pasado diez minutos desde su llegada cuando las Bennet ya estaban bailando en la pista de baile con sus amigas y amigos. Los señores Bennet se reunieron con los demás padres en una habitación aparte, para dejar que los jóvenes se divirtieran hasta la hora de la comida, que sería después de la llegada de los Bingley.
Las Bennet eran muy populares por su alegría y entusiasmo naturales, por lo que no pararon de bailar hasta que se apagó la música, con las consiguientes quejas de todos los jóvenes presentes, que fueron acalladas por la apertura de las puertas del salón que daba al lugar donde estaban los padres.
Cinco figuras desconocidas aparecieron en el dintel, precedidos por la figura bonachona del señor Lucas. Cuando pudieron distinguirlos notaron que eran dos adultos seguidos de tres jóvenes, dos chicos y una chica. Los dos adultos y dos de los hijos eran pelirrojos y pecosos, mientras que el otro tenía el pelo muy oscuro. Los adultos exhibían una sonrisa, que aunque no era cálida, al menos era sincera y su hija a su lado miraba a su alrededor con gesto altanero, en abierto contraste con el chico pelirrojo, que sonreía de oreja a oreja con una sonrisa honesta y amable. Por su parte el chico de pelo oscuro caminaba muy erguido, sin mirar a los lados y con una expresión inescrutable en la cara.
— ¿Cuál de los gallitos pintados es el tal Charles? — Lizzie le preguntó a su amiga Charlotte Lucas, en un susurro, mientras veían como el señor Lucas llevaba a los recién llegados hacia un sector menos ocupado, para presentarlos a los vecinos.
—El pelirrojo de la derecha. — contestó su amiga, sin demasiado interés. Un año mayor que Lizzie, era su mejor amiga, no muy guapa, por lo que era muy tímida y nerviosa, y le costaba un mundo expresarse frente a desconocidos o hablar en público, ya que se ponía a tartamudear incontroladamente, pero cuando estaba con Lizzie sacaba las mejores partes de su personalidad y demostraba lo inteligente que era.
— ¿Y el otro quién es? — preguntó Lizzie de nuevo, fijando su mirada en el chico de pelo oscuro.
—Fitzwilliam Darcy, un amigo de los Bingley, que está viviendo con ellos por un tiempo. Sus padres son embajadores en la India, preferían que terminara sus estudios aquí. Tiene tu edad, para más detalles.
—Pobre. — murmuró Lizzie, examinando atentamente al joven. — Se ve miserable.
—Miserable, puede ser, pero de pobre nada. Al parecer es dueño de la mitad de Derbyshire. — agregó Charlotte en un susurro.
— ¿La mitad miserable? — le respondió su amiga rápidamente. Charlotte no pudo reprimir una risa, al igual que Lizzie, justo cuando los Bingley y Darcy iban pasando frente a ellas. El último pareció escucharlas y les dirigió una mirada, que se cruzó con la de Lizzie, ella sonrió burlona y él apartó la vista, turbado. Ella pudo darse cuenta de que él tenía unos bonitos ojos azules, que contrastaban con su pelo negro, él notó la mirada escrutadora de unos ojos negros, y se sintió muy incómodo. No le gustaba la idea de que esos ojos volvieran a mirarlo tan fijamente como en ese momento. La señora Bennet apareció a las espaldas de Charlotte y Lizzie, arrastrando a Mary tras ella.
—Ven, Lizzie, vamos a presentarnos a los Bingley. — dijo, tomando a su hija del brazo. La muchacha la miró exasperada.
—Mamá…. — empezó a quejarse, pero su madre no la dejó terminar, si no que la arrastró, dejándola con su perorata peleando por salir de sus labios. Si algo podía decirse de la señora Bennet era que era muy determinada.
—Nada de peros, Elizabeth Anne Bennet. Es de buena educación presentarse a los nuevos vecinos y ser amable. Vas a ser una niña bien educada con los nuevos vecinos, porque tu padre y yo no hemos criado a una mocosa sin modales. — le contestó la mujer, sin dejarla decir nada más.
Arrastró a las tres muchachas por el salón tras ella, aunque no encontró por ningún lado a Lydia y a Kitty, que al parecer estaban bailando. Cuando llegaron frente a los señores Bingley la mujer los saludó amablemente. La señora Bingley les dirigió a todas una sonrisa radiante, era una mujer muy guapa y elegante, pero al mismo tiempo parecía ser muy amable, al igual que su hijo, que estaba junto a ella. Él sonreía tan abiertamente como ella, hasta que su mirada quedó clavada en Jane. El señor Bingley y su hija saludaron con una fría inclinación de la cabeza. Darcy parecía ausente de todo, con la mirada perdida en el vacío y sin perder un gramo de su buena presencia.
El señor Lucas, como anfitrión hizo las presentaciones.
—Señora Bennet, ellos son John y Daphne Bingley, sus hijos Caroline y Charles, y el joven señor Fitzwillliam Darcy. Señor y señora Bingley, ella es la señora Susan Bennet, y sus tres hijas mayores; Jane, Elizabeth y Mary…
—Tengo dos hijas más, pero están bailando. — Lo interrumpió la señora Bennet.
Los adultos se alejaron un par de pasos y dejaron a los jóvenes en paz. Charles miraba a Jane como si hubiera sido ciego durante toda su vida y de pronto conociera la luz y el color, Lizzie se fijó en como ella le devolvía una mirada igual de intensa, lo que le impidió a ella misma darse cuenta de que Darcy, que estaba un par de pasos atrás de su amigo la miraba fijamente a ella. Caroline ariscó el ceño frente a la actitud de su hermano, y pegó un respingo cuando éste salió de su estupor e invitó a Jane a bailar. Ambos desaparecieron entre la multitud, dejando a Caroline, Lizzie y Darcy juntos, sumergidos en un incómodo silencio. La señora Bingley llamó a su hija a su lado y Darcy y Lizzie se quedaron solos. Al darse cuenta de que el joven estaba a su lado, Lizzie se dirigió a él con una sonrisa.,
— ¿No bailas?
—No si puedo evitarlo. — fue la helada respuesta de Darcy. Lizzie lo miró fijamente, y él se alejó un paso, evidentemente incómodo y evitando su mirada. Decididamente la mirada de esa chica era una de esas cosas que no le gustaba experimentar muy seguido. Otro joven se acercó a ellos e invitó a Lizzie a bailar, ella asintió, dirigiéndole una última mirada a Darcy antes de desaparecer entre los bailarines. El joven la vio desaparecer envuelta en su vestido negro y suspiró aliviado. Algo le decía que la exposición prolongada a esa chica podía ser algo muy peligroso, demasiado peligroso.
Un rato más tarde Lizzie estaba sentada a un lado de la sala, cuando pasaron a su lado Bingley y Darcy. Los jóvenes se detuvieron un par de pasos junto a ella. Bingley le sonreía a su amigo, intentando animarlo.
—Vamos Darcy, fuera esa cara larga de una vez por todas. Anímate por favor. Nunca había visto tantas chicas lindas en mi vida.
—Bailabas con la única bonita, mejor vuelve con ella, conmigo pierdes el tiempo. — replicó secamente su amigo.
—Pero su hermana es muy simpática y muy linda. Le puedo pedir a Jane que te la presente, si quieres.
—Ya sé a cuál te refieres. Olvídalo. No es lo suficientemente linda para tentarme. Mejor vuelve con Jane. — contestó Darcy. Bingley le sonrió y desapareció buscando a Jane.
Lizzie le lanzó una mirada de profundo odio al joven. En pocos segundos hizo un completo perfil del muchacho, orgulloso, estúpido, arrogante. El típico idiota que se creía mejor que todos los que lo rodeaban, sólo porque venía de Londres y era dueño de medio condado miserable. "Maldito idiota", masculló entre dientes, indignada a su pesar por el hecho de que él no quisiera bailar con ella. Ya vería ese tal Darcy quién era Elizabeth Bennet, se prometió a sí misma.
Durante la comida Darcy se vio envuelto en una incómoda conversación con Bingley, la señora Bennet, Jane y la otra chica Bennet, la de los ojos oscuros. Cuando Charles vio a Jane sentarse en una mesa con su hermana y su madre, lo arrastró hasta ella y lo hizo sentarse entre él mismo y Lizzie. Darcy no pudo evitar notar que ella le lanzaba miradas envenenadas cada cierto rato, sin decir una palabra. Tuvo que hacer un esfuerzo por ignorarla como pudo. Las miradas de esa chica eran cada una más incómoda que la otra. La señora Bennet estaba alabando a su hija mayor, al parecer se había dado cuenta de que Bingley la miraba mucho.
—Hace unos años un chico estaba tan enamorado de mi Jane, que le escribió unos versos maravill…— la mujer no alcanzó a terminar la oración por que su otra hija la interrumpió apresuradamente, dándole un violento codazo.
—Pero ahí quedó todo. — sonrió Lizzie, inocentemente. -–Me pregunto quién habrá descubierto el poder de la poesía para matar el amor.
—Creía que la poesía era el alimento del amor. — replicó Darcy.
—De un amor fuerte y verdadero, puede ser. — contestó ella, con una sonrisa. -–Pero, un amor a primera vista, una inclinación sin ningún tipo de sentido, basta sólo un soneto para ahogarlo.
— ¿Qué crees tú que haría crecer el amor? — preguntó Darcy, interesado a su pesar.
—Bailar. — contestó ella, sin vacilar. -–Aunque la pareja no sea tentadora. — agregó, clavando su mirada en Darcy, haciendo que él se removiera inquieto en su silla. Lizzie le dirigió una sonrisita, se levantó y desapareció de la vista del chico, que se quedó mirándola. ¿Habría escuchado lo que había dicho sobre ella?
Horas más tarde, mientras ambas hermanas se preparaban para irse a dormir, Jane le confesó a Lizzie que Charles era lo que siempre había esperado.
—Es perfecto, justo como tenía que ser. Amable, simpático, divertido… — dijo, soñadora. Una sonrisa adornaba su cara, haciéndola verse más bonita de lo normal.
—Guapo y suficientemente rico. — agregó Lizzie, con una sonrisa burlona. Su hermana la miró, como si no creyera lo que su hermana decía. Al ver la sonrisa de su hermana, Jane sonrió de nuevo y bajó la cabeza.
—Sabes que no creo que el amor deba guiarse por las apariencias.
—Lo sé, yo también lo creo. Sólo si estuviera completa e irrevocablemente enamorada pensaría en tener una relación seria con alguien… por eso voy a terminar sola. Pero Charles está bien, te permito que te guste. Te han gustado otros más tontos. Y su hermana… voy a evitar decir cualquier cosa sobre ella por el momento, porque no sería nada bueno. — Jane se rió y escondió la cabeza en su almohada. —No sé qué rayos tienes que a todo el mundo lo ves bueno, nadie es malo para ti.
—-No todos. Su amigo, Darcy, es la persona más desagradable que he visto en mi vida. Aún no puedo creerlo que dijo de ti.
— ¿Darcy? Por ahora me quedo con que es un idiota arrogante, pretencioso y orgulloso. No vale una segunda mirada- sonrió Lizzie y Jane se rió. — Le perdonaría su orgullo si no hubiera herido el mío. — agregó Lizzie, con un gesto de desprecio.
Al mismo tiempo, en Netherfield se desarrollaba una conversación similar entre dos jóvenes.
— Jane es perfecta, linda, inteligente, buena… no encuentro palabras para describirla. Ella es tan…— Darcy miró a su amigo con el ceño fruncido. Bingley tenía la manía de enamorarse muy seguido. Cada vez que conocía a una chica linda se volvía loco y juraba que ella era la mujer perfecta, hecha a medida para él.
—Sin embargo, acabas de usar varias. — ironizó, sin lograr borrar la sonrisa de la cara de Bingley. —No sé que le ves de especial, es una chica como cualquier otra. — agregó, mirando distraído por la ventana.
— ¿Su hermana también? — preguntó Bingley, un poco picado. Él se había dado cuenta de cómo miraba su amigo a la chica.
—Pasable, aunque tiene bonitos ojos. — dijo Darcy, sin mirarlo.
