'El asesino con botas y otros cuentos'
Informador
Y miró el estandarte. Y el estandarte le miró a él, metafóricamente hablando.
Recoger estandartes era una tarea complicada. Había que tener un gran control de tus facultades, una gran agilidad, poder saltar de formas imposibles, ser escurridizo, rápido, ágil, ansioso de recoger cada una de las banderas de los tejados.
El informador miró el estandarte. Y el estandarte le miró a él. Y el informador decidió que el ansia era justamente lo que le faltaba.
Bajó a la calle sin que nadie se apartase ni gritase 'qué cojones hace un tío mirando una bandera'. Atravesó un par de callejones de Jerusalén y se quedó quieto, esperando. Al poco un asesino cruzó la calle y se detuvo frente a él.
- Hermano – saludó el informador. – Sabes, tengo un montón de información que te podría ser útil, pero… bueno, tengo que recoger unos estandartes. Y lo haría, si no me doliese tanto la espalda… - se llevó una mano a las lumbares. – Aaah, que dolor tan insoportable. ¿Me ayudarás?
El asesino asintió y saltó hacia una ventana, se colgó de las piedras que sobresalían de la pared y en menos de un par de segundos estaba corriendo por encima de los tejados recogiendo banderas como un poseso.
Ser informador no era recoger estandartes. Era conocer tu vago interior.
Cuándo el asesino regresó convertido en el estandarte humano y le dio los estandartes uno a uno, el informador sonrió con todas las banderas en sus manos e hizo una reverencia con la cabeza.
- Bueno, vete por allí y llegas a una panadería. Giras a la derecha y ahí vive el pavo que quieres asesinar – dijo dándole una palmadita en la espalda. – Ánimo, eh.
El asesino refunfuñó, pero antes de que pudiese darse cuenta, el informador había huido a la casa de asesinos dejando caer un par de estandartes por el camino. El vago sujetó bien los estandartes y subió la escalera que llevaba a la azotea, se dejó caer al interior y le dio un tirón en el pie al tocar en el suelo. Dejó los estandartes en el escritorio sin decir una palabra y se frotó las manos mientras salía de la oficina.
- Está por aquí, lo he visto – le dijo un guardia a otro. – Iba de blanco y estaba lanzando objetos no biodegradables al suelo. ¿A ti te parece normal?
- Todo el mundo lo hace, no sé por qué te parece tan raro – respondió el otro guardia.
- ¡Es un asesino! ¡Estaba destruyendo a las pobres hormigas que viven entre los guijarros! ¿Qué ocurre? ¿Las hormigas no son de dios? ¡Si fueses una hormiga lo comprenderías! – exclamó el otro guardia. - ¡Eh, allí está!
El informador se dio cuenta de que comenzaban a perseguirle e hizo lo mejor que sabía hacer: huir. Subió por un edificio y maldijo el no hacer nada de ejercicio las últimas semanas. Se escondió en un montón de heno y dejó que los guardias pasaran.
Y miró el asesino que pasaba por allí. Y el asesino le miró a él, literalmente hablando.
- ¡Oh, hermano mío! ¡Tú, que eres tan agradable, tan apuesto, tan valiente, que das tan mal rollito a quién te ve! ¡Me persiguen unos guardias! ¡Ayúdame y te proporcionaré información útil! – el asesino suspiró y se fue caminando a cazar a los guardias. El informador sonrió. – Gracias, hermano.
Pasó un rato, y el asesino, al que no le había salido muy bien la misión, volvió pasando por allí. De forma extraña, todo se repitió como si fuese un déjàvu.
Y miró el asesino que pasaba por allí. Y el asesino le miró a él, literalmente hablando.
- ¡Oh, hermano mío! ¡Tú, que eres tan buena persona, tan apuesto, tan valiente, que le zurras a los guardias con un arenque! ¡Me persiguen unos guardias! ¡Ayúdame y te proporcionaré información útil! – el asesino suspiró y se fue caminando a cazar a los guardias. El informador sonrió. – Gracias, hermano.
Pasó el rato y otro asesino pasó por allí. Y le miró, pero el asesino no le miró a él. El informador recordó que tenía que ir a hacer algo muy importante. Él. Por supuesto, él tenía que hacerlo. Pero… oye, es que estaba con un poco de congestión nasal y claro. Alguien tendría que hacerlo…en su lugar, ¿no?
- La paz sea contigo, hermano – saludó el asesino una vez le vio.
- Sí. Por supuesto – respondió el informador con expresión melodramática. - Estaría conmigo si mi compañero hubiese recibido el mensaje. Pero… - se llevó una mano a las lumbares. – Ah, el cambio de estación se está notando…
- Busco a Huzaifa, es un vendedor de gallinas – dijo el asesino. – Trabaja en uno de los zocos, vende gallinas.
El informador se quedó pensando en lo sospechoso que era que un vendedor de gallinas vendiese gallinas, y llegó a la conclusión de que era un trabajo maligno y que debía ser erradicado.
- Mira, haremos un trato…te lo diré si tú le llevas el mensaje a mi compañero. Estoy seguro de que está por aquí cerca – explicó el informador dando el mensaje al asesino sin que este pudiese decir nada en contra. - Vamos, el tiempo apremia. Y no dejes que te descubran.
- ¿Y por qué debo hacer tu trabajo si puede saberse? ¿Acaso eres un vago anciano y un…?
El informador puso cara de dolor repentina.
-Está bien, está bien. Lo haré, pero deja de lloriquear – dijo el asesino echando a correr por los tejados, en buscad del compañero del informador.
Y pasó un arquero. Y él miró al arquero. Y el arquero le miró a él…
Iba a tener que librarse de él, porque si no adivinaría los planes de la hermandad y todo se iría al garete. Por un lado pensó en el honor, en la nobleza. Por otro lado pensó que de forma totalmente casual le había comenzado a doler la cervical. No podía hacerlo si le dolía la cervical, ¿no?
Y pasó un asesino. Y él miro al asesino. Y el asesino le miró, y miró a su propio vago interior. Y echó a correr.
