Inesperado Compañero.

El jadeo doloroso la hizo estremecer. No le gustaba producir dolor. Ella estaba ahí para curar a la gente, para hacerla resistente, fuerte. No para hacerlas dar alaridos. Aunque debía admitir que Helga nunca alzaba la voz, a pesar de que el procedimiento era increíblemente doloroso.

- ¿Cómo te sientes? –preguntó, respirando hondo, haciendo que la rubia imitara el gesto, para que dejara que el estimulante genético se dispersara en su corriente sanguíneo.

- Como si alguien me rompiera los genes a golpes. –Helga gruñó y cerró sus puños en la dura mesa- Pero… estoy bien.

Phoebe no creía que estuviese bien. Aunque el estimulador genético no era letal y su amiga lo llevaba usando más de cinco años, seguía siendo increíblemente doloroso. Lo sabía, lo notaba en cada soldado que llegaba a su laboratorio y recibía su dosis semestral. Porque ese era el problema, el estimulante desaparecía lentamente y si no se daba otra dosis la persona podía morir por abstinencia, su cuerpo comenzaría a rechazarse a sí mismo. Pero era necesario correr el peligro. Desde que los infectados habían consumido a más del ochenta por ciento de la población, era necesario usar esos estimulantes. No solo volvían a los soldados mucho más fuertes y ágiles, los hacían resistentes a la infección. Aunque claro, igual eran propensos a sangrar, a sufrir múltiples heridas o a ser destrozados por los infectados. Sí, eran más fuertes, pero no eran inmunes a la muerte.

Por lo menos tenían mejores posibilidades de sobrevivir.

- Respira… -animó Phoebe, llenando sus propios pulmones de oxígeno desinfectado- ¿No tienes fiebre?

- Estoy bien… -Helga se dejó caer hasta quedar parada.

Bien, tal vez no parada sino del tipo apoyada contra la mesa, luego la pared y por último la puerta. Aun así, estaba en pie.

- Intenta descansar. –rogó la pelinegra- Una pequeña siesta hasta que se acomode todo es lo más recomendable.

- Si, mamá. –se burló la chica, antes de salir, dando ligeros tumbos.

Phoebe contuvo un suspiro pero una pequeña sonrisa se formó en sus labios. A pesar de todo, le alegraba ver que su amiga de la infancia seguía siendo la misma. Entre más tiempo pasaba, era más difícil encontrar personas capaces de bromear o disfrutar de la vida. No había día que echara de menos el tiempo en que fue niña y las cosas eran simples. Pero había cosas que hacer, la chica botó la jeringa que había usado recientemente y desechó sus guantes. Su laboratorio era ligeramente estrecho, pero no le molestaba, había sido diseñado para un equipo de cinco o seis personas, pero por el momento solo ella lo usaba así que relativamente hablando, tenía espacio de sobra. El fin del mundo había iniciado cuando ella había sido muy joven y la infección había arrasado con muchos adultos. El hecho de que ella fuese una genio y hubiese estado terminando la carrera de medicina a los quince años, la hizo apta para el trabajo. Claro que le había tocado ser autodidacta, con la falta de profesores dispuestos a completar sus estudios pero el ejército había sabido darle todo lo necesario y había sido gracias a ellos que había creado el estimulante genético. Si, no era una cura ¡Pero estaba tan cerca! Si podía crear algo que regresara a los infectados a su forma original o por lo menos a los que llevaban poco tiempo con el virus dentro de ellos, podría salvar muchas vidas. Pero por el momento su estimulante solo podía evitar la infección temporalmente y era increíblemente difícil crearlo. En la situación tan precaria que vivían, los recursos no estaban al alcance de la mano y no podían simplemente viajar y tomar otros.

La puerta de su laboratorio se abrió, sorprendiéndola y su corpulento jefe ingresó al lugar. El hombre era alto y fornido, se notaba a través de su pulcra ropa que era sólido músculo a pesar de su edad. El rostro era frío, al igual que su mirada y siempre se sentía atravesada cuando la observaba. El Almirante, como todos se referían a él, había sido de los pocos adultos que sobrevivieron y era una suerte, porque había tomado el control de la situación rápidamente. La razón por la que ella se encontrara en lo que una vez fue Berlín se debía a la búsqueda y rescate que ese hombre había orquestado solo por ella.

Bien, también se debía a que Helga le había dicho a su tío que ella era excelente en genética y neurología.

- Señorita Heyerdahl. –inclinó el rostro, con muestra de respeto.

- Señor. –saludó, levantándose- ¿A qué debo su visita? –abrió los ojos con sorpresa- ¿El estimulante genético hizo algún efecto negativo en su cuerpo? ¿Tiene fiebre? –consultó, avanzando hacia él.

- Me conmueve su preocupación. –aunque sus palabras eran amables, su rostro seguía siendo frío e inexpresivo, apenas una pequeña sonrisa estaba en sus labios- Me encuentro perfectamente ¿Recuerda que me habló de la posibilidad de usar nanotecnología con su estimulante?

- Por supuesto. –Phoebe se ajustó sus lentes, sonriendo con cierta pena, cuando habían tenido esa conversación, se había dado cuenta de que había impresionado a toda la mesa de líderes, una parte de ella se sentía orgullosa- Si se pudiese crear nanorobots que distribuyeran semestralmente el estimulante dentro del cuerpo, no tendríamos que preocuparnos de las misiones lejos de aquí, se podría enviar a los otros países el suero que cree y los soldados estarían listos para lo que fuese. En todo el mundo habrían personas inmunes a la infección, listas para combatir. Claro que aun existiría el problema de que necesitaríamos suficiente estimulante para todos y que los materiales escasean pero eso puede ser solucionable. Los otros países podrían ayudarnos si les ofrecemos un estimulante que en verdad funcione. Ya no habría problema de dejar a un grupo de soldados en México con la posibilidad de abstinencia por la distancia o falta de recursos. Una sola aplicación les salvaría por años.

- La idea me pareció interesante. Así que hice una investigación…

No podía ser…

Phoebe sintió un hormigueo recorrer su cuerpo. Por un momento creyó que la bata de laboratorio que cubría su vestido de tirantes azul no le producía el abrigo necesario. Pero no era frío lo que la estremecía. No. Simplemente se sentía emocionada.

¿Podía ser…?

- Me alegra anunciarle que tiene un compañero de trabajo. –y el Almirante se hizo a un lado.

Atrás de él estaba un joven más o menos de su edad, tal vez mayor, pero definitivamente estaba entre los veintiuno y veinticinco años. El pelirrojo era alto y musculoso, un muro sólido de pura fuerza, estaba vestido con pantalón de camuflaje y una camiseta negra ajustada a su cuerpo. Phoebe sabía que no debía sorprenderse, había visto muchos soldados en su laboratorio, ya estaba acostumbrada a la testosterona ejercitada, pero el cabello rojizo oscuro que caía descuidadamente sobre la frente del hombre hacía contraste con sus vivases ojos plateados. El chico le sonrió, de lado y se cruzó de brazos, enmarcando sus músculos en ese simple gesto. La pelinegra notó que la estaba mirando descaradamente, de arriba abajo y de repente, después de tantos años, fue consciente de sí misma. Muy consiente. La mirada plateada comenzó por sus pequeños pies cubiertos con ligeros zapatos azules de tacón, subieron descaradamente por sus piernas desnudas, hasta donde la falda de su vestido, sobre su rodilla, cubría sus curvas. Un pequeño temblor la recorrió cuando notó como parecía devorar sus caderas estrechas, su cintura y se entretenía en su prominente escote. Helga siempre le había dicho que todos los soldados aceptaban la tortura del estimulante genético con tal de poder verle los senos. Phoebe sabía que tenía un pecho demasiado grande, más en comparación de su pequeña estatura y cuerpo asiático, pero era la primera vez que sabía a ciencia cierta que alguien estaba complacido con su figura. No solo eso, por la forma en que la miraba, era obvio que deseaba tocarla. La mirada de plata subió por su cuello, como una caricia, por sus labios hasta que por fin clavó sus ojos en ella. El chico sonreía, de forma aprobatoria. No había dicho nada y ya la tenía con la boca seca. Toda su respiración se volvió pesada. Sí él se acercaba, se iba a perder contra su ancho cuerpo. Sí él decidía tocarla, estaba segura que no podría resistirse. Pero ¿Por qué?

- Este es William Goldman. –el Almirante parecía indiferente a lo que había ocurrido, continuó con naturalidad la presentación- Otro genio, en robótica y nanotecnología. La doctora Phoebe Heyerdahl es nuestra experta en genética y neurología, también es la médica de cabecera…

- Y enfermera, supongo. –comentó el pelirrojo, casual, con una sonrisa más ancha.

Phoebe entrecerró los ojos y se cruzó de brazos, cubriéndose ligeramente el escote ¿Qué estaba insinuando? Si creía por un momento iban a jugar al paciente y la enfermera estaba muy equivocado.

- Bueno, en realidad sí. –admitió el Almirante- Ustedes dos trabajarán juntos. –señaló con su mirada la puerta de atrás- Ahí será tu nuevo dormitorio, Goldman. El equipo científico, es decir, ustedes dos, comparten habitación.

- Pero señor… -Phoebe abrió los ojos con sorpresa- No creo…

- Señorita Heyerdahl, usted bien sabe que aquí los dormitorios son mixtos, fomentan la confianza, además de retirar tensiones entre ambos géneros. Nunca le molestó la idea cuando tuvimos que hacer ajustes a su laboratorio y la ubicamos con los otros soldados.

Bueno, a su defensa: Nunca, nadie, la había visto de la manera que ese sujeto la estaba viendo…

- Lo sé, señor…

- Entonces no se hable más. –el Almirante uso su voz atronadora, haciéndola encoger en su lugar- Para final de mes me gustaría que nos informaran sobre sus avances. El soldado Goldman tiene excelentes referencias, así que la dejo en buenas manos. –y se retiró.

No quería quedarse en esas grandes manos pecosas. No parecían seguras…

- ¿Soldado? –consultó, mirando el atuendo militar, intentando cambiar de tema- ¿Eres del ejército?

- Me ofrecí como voluntario, estaba estudiando en Italia cuando todo ocurrió. Así que tomé todo lo que pude de mi universidad y equilibré el entrenamiento militar con mi aprendizaje científico. –se encogió de hombros, avanzando hacia ella, mirándola fijamente- Aunque me quitaron de la acción para que viniera a ayudarte.

Phoebe dio un paso atrás, por instinto y él lució divertido, pero pasó de ella, mirando los implementos del laboratorio.

- ¿Te gustaba matar zombis?

- Me gusta ayudar a la gente. –corrigió Will, revisando una enorme máquina y sonrió- El Almirante dijo que traerían las cosas que faltaban antes de la cena, pero creo ver de dónde sacaste la idea de los nanorobots. Esta máquina sirve para realizar pruebas de programación. –señaló algo similar a un computador, pero enorme- Y en esta otra crearía los comandos y diseños.

- El laboratorio estaba diseñado para diferentes especialistas. –Phoebe se encogió de hombros, más tranquila y se acercó a la máquina- Cuando lo crearon, alguien ya había pensado en la opción de nanorobots. Pero al parecer ese alguien fue parte de las primeras víctimas. Así que solo se quedaron sus máquinas como testigos.

- Solo necesito hacer que los nanorobots se adapten al huésped y puedan quedarse dentro entregando tu estimulante. –Will asintió y la observó, con admiración- Cuando me dijeron que una joven médica había creado un suero que podía contrarrestar temporalmente el virus de los zombis, me sentí abrumado. Nunca creí que conocería a la persona que ha comenzado a cambiar la Historia.

- Yo… -se sonrojó, sin poder evitarlo, en ese momento él lucía tan amigable y entregado, sin la mirada devoradora y la sonrisa divertida, que se olvidó por completo de su incomodidad- Creo que exageras.

- Para nada, has salvado cientos de vidas. –el pelirrojo sonrió- Vas a cambiar el mundo.

- Con suerte y vamos a cambiarlo. –corrigió Phoebe- Si esto sale bien, podríamos crear versiones del estimulante para los civiles, sin la parte que altera los genes. Solo la cura, aun temporal, sería un gran avance.

- Por supuesto. –Will se inclinó hacia ella y deslizó sus ásperos dedos por la mandíbula femenina- Tú solo dime qué quieres que haga por ti y lo haré con gusto.

Pero ahí estaba la mirada fuerte, una que le heló la sangre. Phoebe dio un paso hacia atrás, creando distancia, recordándose respirar.

- Vamos a dejar las cosas claras. –sentenció, porque no era ninguna mojigata ni ingenua- Tú y yo estamos aquí para trabajar. Y me gustaría que nos lleváramos bien, como colegas, tal vez amigos. Pero no intentes seducirme. Yo entiendo que entre los soldados es común ciertas… libertades… dado que no saben lo que ocurrirá en el futuro. No juzgo el deseo de encontrar placer antes de ir a las misiones. Pero yo no soy así. –se cruzó de brazos, apoyándolos bajo su pecho.

Will lució atento a sus palabras. Sorprendido, sí. Pero atento. Hasta el final, donde sus ojos volvieron a su escote y apartó el rostro con cierta brusquedad, mirando al suelo.

- Lo siento. –el pelirrojo levantó la mirada y respiró hondo- Realmente lamento haberte puesto incómoda. No era mi intención. –aseguró- Solo… -negó- Olvídalo.

- ¿Solo…? –ella se inclinó hacia él, sin poder evitar la curiosidad que le invadió.

- Cuando supe con quién iba a trabajar, supuse que serías una chica tímida, como un ratoncito, creí que serías del tipo de intelectuales tan dedicados a su trabajo que se olvidan de si mismos. Me pareció… -se encogió de hombros- tierno. No sé, imaginé algo completamente diferente. Una parte de mí creyó que sería difícil acceder a esta célebre chica y terminaría siendo todo muy incómodo. Nadie me dijo que iba a trabajar con… bueno… -la señaló.

- ¿Una japonesa…? –aventuró, sin entender- Bueno, soy mitad japonesa pero no veo el punto. No es que tú seas exactamente poco exótico

- ¿Qué? –él abrió los ojos- ¡No! ¿Crees que estoy siendo racista? Pero si… -se masajeó el entrecejo, ligeramente frustrado- Me criticas por comerte con la mirada, de mostrar abiertamente cuanto deseo tocarte y ahora me acusas de que te encuentro poco atractiva por tu etnia. –levantó la mirada- Decídete.

- Es que no entiendo. –apretó más su agarre alrededor de su cintura, acunando sus pechos, intentando protegerse a si misma en ese tipo de abrazo- Si, soy una nerd, aunque gracias por la delicadeza de decir intelectual y si, me dedico a mi trabajo del todo y… ¿Will…?

El pelirrojo acortó la distancia entre ellos. Phoebe luchó por apartarse, pero se dio contra la mesa del laboratorio, quedando acorralada. Él la observó con fuerza, mientras sus grandes manos la tomaban por los brazos y la obligaban a separarlos. Will respiraba agitado, parecía alzarse contra ella, ocupando todo su campo visual. Phoebe respiró hondo, aturdida, él olía bien, intenso, muy masculino. Su cuerpo se erizó por completo, el deseo de apoyarse contra Will, de hundir su rostro contra su cuello se hizo un palpitar demasiado doloroso dentro de su piel. Eso no tenía sentido. Phoebe lo empujó, incómoda.

- Nadie me dijo que iba a trabajar con un mujerón, preciosa. –él habló despacio pero con fuerza, como si estuviese controlándose- Y si quieres que deje de mirarte, deberías dejar de acunar tus senos cuando cruzas los brazos. Solo los levantas más. No me puedes culpar por mirarte. –la soltó.

No solo eso, retrocedió y ella pudo respirar otra vez, temblando hasta que se apoyó contra la mesa.

- Y creo que eres una dama y te mereces ser tratada como tal. Además, puedes creerme cuando digo que te respeto intelectualmente y se nota que eres toda una profesional en lo que haces. Además de muy solícita y amable. –Will caminó hacia las máquinas, sus botas militares resonaron en el laboratorio- Soy un caballero y nunca haría algo que no quisieras. Pero no voy a mentirte, muy posiblemente me distraigas. No solo eres admirable, tienes un aire de chica dócil y llena inocencia que solo hace un pecado mirar tu exuberante cuerpo sin tocarlo de todas las formas posibles. Así que me disculpo de antemano porque posiblemente no te voy a quitar los ojos de encima.

- ¿Mujerón?

¿En serio? ¡Ella tenía un coeficiente intelectual increíblemente alto! ¿Y lo único que se le pudo ocurrir fue repetir una de todas las poderosas palabas que él le había dicho? ¿En serio? ¿Se había reducido a un loro o algo así? Eso era tan vergonzoso.

- En verdad no eres consciente de lo increíblemente atractiva que eres. –Will sonrió, con cierta ternura- Si, se nota que eres japonesa, una preciosa. Y si, es algo exótico como dijiste, pero de forma positiva. Además de que tienes curvas de infarto.

- Yo…

Una vez más, le sorprendió la forma en que se quedó sin habla. No era la primera vez que alguien galanteaba con ella y usualmente un par de risas pequeñas y miradas discretas la tenían al otro lado. Pero nunca habían sido así de directos. Todo su cuerpo se estremeció, poniéndola ligeramente incómoda de lo consciente que era de como la miraba. Además ¿Qué debía decirle? ¿Qué ella también lo encontraba increíblemente atractivo y que le dejaba sin aliento? ¿O debía mencionarle que le gustaba su sinceridad y la forma en que parecía estar feliz a pesar de que el mundo se caía en pedazos?

- Solo quería aclararlo. –él levantó sus manos, en forma de rendición- Para ayudar a nuestro ambiente de trabajo. No negaré la verdad, pero te aseguro que no te haría nada que no quisieras. Así que voy a respetar los límites que tú me pongas.

Phoebe no tuvo que responder. Un par de soldados entraron, cargando algunas máquinas pequeñas y una computadora. Will los saludó con familiaridad, se notaba que tenía facilidad para agradarle a la gente. A pesar de que había sido recientemente transferido, ya tenía una invitación para jugar cartas en la noche y algún plan con alcohol incluido para el fin de semana. Ella tardó meses en poder hablar con normalidad con alguien que no fuese Helga y ni siquiera podía considerar que tuviese más amistades que ella ahí. Una sana envidia le inundó y se rio ligeramente ante un chiste de Will mientras este se despedía de los soldados.

- Deberías reír sin taparte la boca. –sugirió el chico, mientras instalaba sus cosas al otro lado del laboratorio, dándole todo el espacio del mundo- Tienes una hermosa sonrisa.

Y ahí estaba otra vez. El sonrojo tiñó sus mejillas y le dio la espalda para centrarse en su microscopio y recordarse que se suponía que debía estar trabajando. Él no insistió, por suerte y ella pudo respirar hondo, sentarse en el pequeño taburete y concentrarse en una nueva muestra del virus. Ahí era su lugar, observando directamente al enemigo del mundo. La primera vez que había visto algo así le resultó escalofriante. La muestra era completamente agresiva, parecía un demonio microscópico, que se esparcía rápidamente. Ahora era una fuerza hostil pero conocida y si lograba mejorar su antídoto podría ganar la guerra.

- Bien… -la voz de Will la hizo dar un respingón y se giró- ¿Qué tal? –preguntó, orgulloso.

Ya había instalado todo y la computadora estaba funcional. Un programa extraño ocupaba la pantalla y no lo entendió. Aun así, sabía que él preguntaba sobre su espacio de trabajo, esperando no estarla incomodando.

- Perfecto. –aunque notó que estaban realmente distanciados y dándose la espalda, lo que le dio un mal sabor sin saber por qué, repentinamente el laboratorio era muy grande- ¿Tienes todo lo que necesitas?

- Casi todo, jefa. –Will se acercó, apoyándose junto a su mesa- ¿Qué necesitas que haga por ti?

La forma en que lo preguntaba daba tantas posibles respuestas…

- Creo que primero sería bueno que crearas unos nanorobots que puedan habitar en la gente por largos periodos de tiempo ¿No crees? No sé cómo funciona, pero ¿No se les acaba la batería?

Will sonrió suavemente y se sentó de costado sobre la mesa, flexionando una de sus piernas, mirándola fijamente. El impulso de cruzarse de brazos la embargó pero luchó por mantener sus manos sobre sus muslos. Ya sabía lo que podía ocurrir, pero no creía que eso ayudara a su trabajo.

- La electricidad de la sinapsis, es la respuesta. Los programaré para que se recarguen con el cuerpo del paciente. –asintió- Un reto interesante lo que me pides. Me gustan los retos. –le guiñó un ojo, separándose y volviendo hacia su lado del trabajo.

Phoebe respiró hondo, aferrándose a la mesa ¿Qué estaba pasando con ella? Nunca se había sentido tan alterada por la presencia de un hombre. Ni siquiera al punto en que olvidara cuanto tiempo se había quedado mirando el microscopio en lugar de seguir trabajando ¿Todo porque él la deseaba? ¿Era solo eso? No lo conocía. Ni siquiera sabía tipo de persona era.

- No puede ser. –la voz de Helga la hizo dar un respingo.

Realmente estaba asustadiza ese día…

- ¡Pataki! –Will abrió los ojos con sorpresa y avanzó hacia la rubia hasta jalarla al laboratorio- No puede ser.

- Maldita sea, William Goldman. –Helga abrió los ojos con sorpresa y le dio un puñetazo en el brazo- ¿Qué rayos haces aquí?

- Tu tío me contrató para trabajar con Phoebe. –explicó el chico, acariciándose el brazo- ¿Te debo recordar que tienes mucha más fuerza de lo que crees?

- No seas un bebé. –Helga miró a su amiga, notando la duda en sus ojos- ¿Te acuerdas del soldado que me salvó hace un año? A pesar de que era inmune a la infección, decidió hacer de héroe.

- Si, porque ser inmune no significa indestructible. –el pelirrojo rodó los ojos- Esos eran diez zombis contra ti y no tenías municiones.

- ¿Este es ese Will? –preguntó Phoebe, levantándose, sorprendida.

- Exacto. –Helga sonrió ampliamente y le dio una palmada en el brazo al chico- No creí que te vería aquí. Cuando las chicas estuvieron mencionando sobre que llegó un pelirrojo como para comérselo pero que vino a los laboratorios, sospeché que eras tú.

- Me halaga saber que esas descripciones bastaron para que asumieras mi identidad. –Will apoyó su mano en su pecho, haciendo una ligera reverencia.

- Ególatra. –Helga lucía increíblemente radiante, con energía- Solo venía a ver de quien se trataba. Arnold y yo tenemos una misión de rescate, pero debía confirmar ¿Te veré en la cena, zanahoria?

- Todo un honor. Apúntame.

La chica se despidió rápidamente y corrió por el pasillo, el sonido de sus botas resonó con fuerza en el piso. Phoebe parpadeó sorprendida y sus ojos no se apartaron de Will.

- ¿Tú la salvaste? –susurró.

- Yo creo que exagera. Solo le di apoyo para que saliera de una mala situación. –él se encogió de hombros- Pataki me agradó desde que la conocí. Muy arriesgada pero devota, congeniamos inmediatamente. Algo me dice que ella le mencionó al Almirante sobre mis estudios, porque me extrajeron de mi unidad increíblemente rápido.

- Si, lo mismo hizo conmigo. Tal vez estaría muerta si no fuese por ella. –Phoebe sonrió sin poder evitarlo- Ella es una excelente amiga.

- Pues ahora le debo mucho más. –le sonrió.

- Te arriesgaste por ella… -Phoebe evitó los escalofríos y luchó por concentrarse en los datos- Mucho.

- Cada vida cuenta, preciosa. Cada y una de ellas. –Will se encogió de hombros- No veo porque te sorprende tanto.

Porque significaba que él era bueno.

Porque significaba que era una increíble persona.

Y porque le costaba quitarle los ojos de encima.

Por eso.

¿Qué ocurría con ella? Por años había dejado a un lado su feminidad como algo sexual y se había concentrado en su trabajo. Las pocas veces que habían coqueteado con ella francamente, había sido algo ligero, porque la mayoría eran soldados, dedicados a las armas y a salvar gente en acciones peligrosas. Ella se quedaba en un lugar seguro, no era buena con las armas, además era mucho más intelectual y su trabajo era valioso. Al ser la única que movilizaba el área médica de la base, siempre solía estar ocupada y le agradaba eso. Pero en ese momento sentía que se merecía un respiro, reconocer todo lo que había dejado a un lado por su deber. Todo su cuerpo le rogaba que dejara de estar a la defensiva aunque fuese por unas horas.

Will se apartó lentamente, sin quitarle la mirada pero sonreía resignado, sentándose en su lado del laboratorio, dedicándose a su trabajo, haciendo pruebas en su proyecto. Aun así no dejó de reír, tenía una sonrisa grata en sus labios y una dedicación a lo que estaba haciendo.

Él entendía.

Pero no había dejado a un lado ninguna de sus facetas para dedicarse a su deber.

Phoebe contuvo un suspiro y retomó su trabajo. Las máquinas donde estaban sus nuevas pruebas en contra del virus comenzaron a sonar. Ella ya sabía el resultado a largo plazo, pero debía seguir intentando. Muy despacio, se encaminó a la hilera de pruebas. Esas las había dejado meses atrás, esperando el resultado. Pero ya había notado como se debilitaba la cura y el virus vencía. Así que el resultado negativo no le extrañó, solo podía tener fe en las siguientes pruebas, en los próximos resultados y aun así crear nuevas muestras para probar. El virus no desaparecía, no había logrado eso, simplemente podía combatirlo. Su estimulante genético hacía inmune a la gente que era sana cuando lo usaba y luego era expuesta al virus, simplemente no lo dejaba entrar en el portador. Pero si el virus ya existía, solo lo debilitaba temporalmente. Si tan solo… lograse ganar al agresor.

- ¿Estas bien?

Y Phoebe dio un respingón al darse cuenta que Will se había parado cerca de ella, francamente preocupado.

¡Ya debía parar con eso de dar saltitos por el susto!

- ¿Bien…?

Otra vez la faceta de loro… ¿Qué pasaba con ella? Ella sabía hablar ¡Y oraciones extremadamente complejas!

- Si, luces decepcionada.

- Estoy bien… -se apoyó en la mesa- Solo es la decepción de no lograrlo. Pero hay que seguir luchando. –se ajustó sus lentes, sabía que debía insistir con los experimentos, no iba a rendirse.

- Así se habla. –apoyó su mano sobre el brazo femenino- ¿Cuándo fue la última vez que comiste?

- ¿Disculpa?

- Si, yo me muero de hambre, hace horas que fue el almuerzo.

¿Ya había pasado la hora de la comida?

Phoebe abrió los ojos con sorpresa.

- Desde ayer… -admitió, no había tenido tiempo para desayunar, había estado inyectando a los soldados.

Will frunció el ceño, visiblemente molesto y asintió. Sin dudarlo, la tomó de la mano y la llevó a la puerta de atrás. Cuando esta se abrió, Phoebe notó las tres literas, que siempre habían estado vacías hasta ese día.

- ¿Cuál es tuya? –preguntó el pelirrojo.

Pero no necesitó respuesta, él notó la libreta sobre una de las camas y una bufanda que había dejado ahí. Entre todas las camas, era la única que tenía un toque personal. Will la guio hasta ahí y la recostó, sin darle tiempo a protestar.

- Doctora Heyerdahl, es hora de su descanso.

- Pero… -intentó incorporarse pero la gran mano masculina la empujó de regreso a la cama.

- Vas a esperar aquí a que te traiga un bocadillo. Y dado que decides comportarte como una niña ante tus propias necesidades, te juro que si descubro que te levantaste de la cama te pondré en mi regazo y te daré un par de nalgadas.

- Como se te ocurre… -la chica abrió los ojos con sorpresa e intentó incorporarse, pero él mantuvo su agarre firme, con una mano en su cadera y otra en su hombro, la tenía inmovilizada- No te atreverías.

- Oh, preciosa, claro que lo haría. –le sonrió, con gusto- Y sería mi completo placer. Pero… -frunció el ceño- Primero descansa, vendré con algo de comida.

Y se apartó, como si supiera que ella no iba a moverse a ningún lado. Phoebe respiró agitada ¿Hablaba en serio? ¿Él sería capaz de nalguearla? Una parte de ella quería sentarse, volver al laboratorio, poner en prueba sus palabras pero ¿Y si las cumplía?

Peor…

¿Y si ella quería que lo hiciera?

No podía ser… Phoebe cubrió su rostro con sus manos y respiró profundamente. El rostro lo tenía caliente y su respiración acelerada. Ni siquiera quería admitir como su cuerpo se sentía pesado y húmedo. Tal vez era algo hormonal ¿No? Tantos años dejando a un lado su cuerpo, habían hecho que este tomara el control de una forma que no podía controlar. Eso tenía sentido ¿Verdad?

¿Verdad…?

- Me alegra que te quedaras en cama. –Will ingresó, con un par de latas de algo y dos emparedados- ¿Vegetariano o de albóndigas?

- Vegetariano. –aceptó, sentándose en la cama y tomando el empaque.

Y su estómago gruñó con ansias, haciendo que el chico riera divertido. Ella bajó la mirada y se concentró en darle un par de mordidas a su comida, esperando que eso acallara a su traidor vientre. Will se sentó a su lado, devorando su comida antes de que ella se diera cuenta.

- Te va a hacer daño… -le regañó.

- Pero me moría de hambre. No tienes consideración conmigo. –el pelirrojo sonrió, pasándole la lata con limonada- Yo sé que es bueno dedicarnos a nuestro trabajo, pero matarnos del hambre es malo.

Ella asintió. Si, lo sabía. Phoebe bebió el frío líquido cítrico, mirando a través de sus pestañas como Will se acaba de dos tragos todo el contenido. Él estaba lleno de vida. En cambio, ella solo tenía su trabajo, eso era su vida.

Pero a veces…

- Lo vas a lograr. –Will apoyó su mano sobre la femenina.

- Lo vamos a lograr. –le corrigió, porque sin su ayuda, no podría hacer gran cosa.

- Por supuesto, preciosa. –y deslizó sus nudillos por el brazo femenino, recorriéndola sobre la bata hasta su hombro- ¿No estás incómoda con esto?

Phoebe comió la última parte de su emparedado y se miró. En realidad, estiraba la bata estando sentada así…

- Un poco…

Él asintió y le acarició los hombros hasta que le bajó la bata. El pelirrojo pareció nublarse de algo cálido y sus manos eran fuego, mientras bajaba el tacto para que las mangas se soltaran y cuando tocó su espalda para retirarle la bata, ella se arqueó ligeramente en su dirección. Will le sonrió y se inclinó, sin quitarle la mirada, apoyando sus manos sobre sus pantorrillas, bajando hasta sus zapatos y se los quitó, muy despacio.

- Tienes unos pies tan pequeños. –halagó, acariciando el perfil de uno de ellos- A simple vista parece que podría romperte, pero eres increíblemente fuerte, tenaz. –levantó la mirada, subiendo una de sus manos hasta apoyarla sobre la rodilla femenina- Preciosa… –la llamó.

Y lo peor es que Phoebe sabía que la estaba llamando, se dirigía a ella específicamente con esa palabra tan halagadora. Sin poder evitarlo, se inclinó hacia su dirección, sintiendo el aliento pesado, contenido en su pecho.

- Necesitas un pequeño descanso… -susurro Will, pero también se acercó, cubriéndola con su cuerpo a medida que acortaba la distancia.

- Lo sé… -y sonó como un jadeo, sorprendiéndola.

Pero él si se percató de ello porque se lanzó sobre Phoebe, sin previo aviso, recostándola en la cama y quedando sobre su cuerpo. Una de las manos masculinas la tomó por la cintura, apretándola a él, haciendo que arqueara la espalda y sus pechos se apoyaran descaradamente contra el duro torso del pelirrojo. Él uso su rodilla para que Phoebe separa sus piernas y así acomodarse entre estas. Will era rápido, implacable y no se contenía para demostrarle cuanto la deseaba.

- ¿Vas a dejar que me ocupe de ti? –susurró, inclinándose más, deslizando sus labios, como plumas, sobre su mentón, subiendo.

- Si… -ni siquiera hubiese podido negarse, no cuando la tocó suavemente sobre la boca.

Pero él la besó con fuerza, sin moderación, la obligó a abrir los labios y se introdujo en ella sin espera. Will actuaba como si estuviese hambriento y su lengua la acarició profundamente. Un gemido escapó de sus labios, mientras se aferraba a sus fuertes brazos. Esa era su declaración de rendición. En ese momento supo que estaba arruinada. Nunca había sentido algo así y las manos masculinas subieron por su torso, demostrándole que apenas era el inicio.

- No creo poder soltarte nunca. –susurró Will, bajando sus besos por el cuello femenino, mordiéndola ligeramente cuando llegó a su escote- Lo supe cuando te vi, cuando vi quien eras… -gimió contra su piel, levantando la mirada- ¿Vamos a cambiar la Historia? –le consultó, dejando caer otro beso pequeño, apremiante, justo en la línea de su escote.

- Lo vamos a hacer. –se aferró a él, se arqueó contra su cuerpo, sus pies se apoyaron en la cama y se dio cuenta que tenía el cuerpo elevado, las caderas arriba, contra él, su vientre aplastado contra sus sólidos músculos y su pecho contra su rostro- Lo vamos a lograr.

- Entonces comencemos a celebrar. –él le sonrió, de lado, mordiendo el escote de su vestido y jalándolo hacia abajo- Preciosa… -y parecía que decía "Dios" en ese momento, mirándola por completo.

Y ella supo, cuando sintió su boca y la hizo arquearse por completo, que no iba a cansarse de celebrar de esa manera. No con él.

¡Saludos Manada! Definitivamente, se lo debía a Will. A él le gustó Phoebe desde el inicio, se le habían ido los ojos hasta que notó que a Gerald le gustaba ¿Recuerdan? Así que, mi Will, aquí tienes, toda para ti. Y yo sé que te van las batas.

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Atención: Voy a tardar de una a dos semanas en publicar el siguiente capítulo porque estoy viajando a Argentina, voy a realizar una maestría allá (así que me voy a vivir allá por, mínimo, dos años). Me voy la siguiente semana, pero debo encontrar vivienda e instalarme, lo que me tomará mi tiempo para conseguir Internet y poder publicar. Muchas gracias por su comprensión.

Reglas de la Manada: Un lobo no se conforma. No actúa a partir de lo que necesita. Un lobo lucha por lo que se merece. Y más. Siempre un poco más.

¡Nos leemos!

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