Capítulo 1

16 años atrás

Lo único que lograba iluminar la habitación fueron unas velas puestas concienzudamente en las esquinas de la habitación. Éstas flotaban de arriba abajo, iluminando grandes espacios de suelo y pared húmeda, así como algunos anaqueles llenos de frascos herméticamente cerrados.

Se escucharon pasos y poco después una puerta chirrió, anunciando la llegada de visitantes.

— Pudiste elegir cualquier niño, Marcus, ¡cualquier niño! ¿Tus ansias de grandeza fueron tales que quisiste ir por el hijo de Harry Potter antes de tiempo? ¡Nos ordenaron no acercarnos a la descendencia de alguno de ellos! — El hombre que se quejaba era bajo, con cabeza calva y unos grandes ojos color castaño. Su piel era de un suave color canela, pero un rubor inundaba sus pómulos por el enojo. Las ansias de grandeza de los miembros del grupo al que pertenecían no eran un secreto, pero su compañero los superaba a todos con creces. Con sus inventos, su manía de anotar todo suceso importante, nacimiento y evolución; detalles esenciales de cada misión y reunión, así como su maña de siempre replicar órdenes. Por años su cuello estuvo en peligro por las veces que él hacia un estúpido movimiento para controlar los acontecimientos. Lo que estaban haciendo era algo grande y su compañero no parecía importarle. Tener en sus manos la habilidad de traer al mundo cualquier mago o bruja oscura del pasado era una magia tan arcana, que no figuraba en los libros de encantamientos. ¿Por qué su compañero parecía empecinado en olvidar eso e ir con el primer mago poderoso que vea o complacer sus propios planes?

— Mi intención no era secuestrar al niño, solo verlo—musitó el mago. Marcus le daba la espalda, por lo cual no podía ver sus rasgos, solo la mata de cabello trigueño. Y aunque los viera, rápido se le olvidarían. Su compañero lo embrujaba cada vez que lograba verle el rostro. Su voz, cortante y fría, era lo único que no olvidaba—. Necesitaba saber que fue y darme una idea de su carta astral.

«¿Carta astral?». Estupideces. Esa práctica para elegir a las madres y su progenie se había abandonado hace siglos por lo poco factible que eran.

— Lo único que pudiste comprobar es que fue un varón y es todo lo que necesitamos saber, Marcus. Las cartas son obsoletas. Las cartas no te dirán lo que buscamos. Deja todo como está, compañero. No debemos de tener más problemas con…

— No querrás tú tener problemas—replicó Marcus, acercándose a los anaqueles—. Tú eres el culpable de la prohibición. ¿Recuerdas? Por tu culpa no se logró el primer bebé Potter, Wendell. Siempre me acusas de actuar antes de tiempo, y tú aquella vez, actuaste demasiado antes de tiempo.

Un escalofrió inundó a Wendell. Lo recordaba. La chica pelirroja apenas tenía 7 meses de embarazo cuando intervino su grupo. Sus órdenes eran sencillas. Ese bebé debía de estar con ellos lo antes posible. Lo sensato era esperar a su nacimiento, pero peco de impaciente. Las ansias de elegíos y premio le gano. Todo fue fácil. Fingir ser mortifagos buscando venganza, más. Pero se confió. No pensó que una joven bruja embarazada se podría defender tanto o que un mago demasiado entusiasta lanzaría un hechizo aturdidor directo al vientre de la muchacha. Hizo de todo para salvar al bebé; Marcus lo hizo, pero nada sirvió. Casi un año de eso y no lograba volver a tener su lugar en el grupo como antes.

— Y después de eso, es justo que dejemos a esa familia en paz.

— ¿A sí? — Wendell escucho el tintineo de botellas. Trato de saber que, hacia Marcus en el anaquel, pero solamente veía su espalda y sus hombros elevándose ligeramente—. Interesante elección de palabras. «Justo».

— ¿Qué quieres decir?

— Que es la culpa lo que te motiva. En todos estos años hemos hecho de lo peor. Matado, controlado, engañado. Pero nunca he escuchado que usas la palabra justo en una acción del pasado. Al contrario, te regodeas. ¿Acaso…? ¿Acaso sientes culpa por matar a un niño no nato? ¿Ocasionarle el dolor a una joven madre de perder a su bebé?

Wendell tardó en responder. Los recuerdos de aquel día le ocasionaban pesadillas. Había matado, pero nunca había visto tanta sangre. Ser mago daba una limpieza al matar, y con Ginny Potter… la sangre salía a chorros de entre sus piernas; el bebé parecía un muñeco de trapo amoratado al poco de salir… ella lloraba; como lloraba por el bebé y dejarla que lo tuviera en sus brazos. Sacudió la cabeza para sacarse los recuerdos. No debía de sentir culpa por un accidente. No fue su varita ni su hechizo la muerte del bebé o la madre desconsolada.

— Eso no es…

Marcus se volteó. El corazón de Wendell latió como tambor siendo golpeado fuertemente. Ojos color negro e hundidos, cabello trigueño, nariz aguileña, mentón cuadrado, tez pálida. Vio su foto en el Profeta hace días, anunciando su compromiso con una importante hija de muggles.

— Te volviste débil— aseguró Marcus, levantando su varita. Antes de que Wendell pudiese actuar, levantado la suya, un resplandor verde inundo la habitación y el mago cayó muerto—. Y alguien débil, comete errores.

Marcus guardo su varita en su túnica y camino hacia el escritorio al fondo de la habitación. Sobre el escritorio estaba un artículo sobre un muchacho que evito el robo de unas varitas en el Callejón Diagon:

«Estando tan próximo el primero de septiembre, no es de extrañar que haya pequeños robos. Las familias mágicas están ocupadas con las compras de último momento y las tiendas tan llenas, que los dueños no se dan cuenta de faltantes hasta los inventarios de fin de día. Hoy en la mañana en Ollivander's casi roban unos muchachos una docena de varitas recién hechas por John Ollivander. Fue Callum Kinderlán, alumno de séptimo año de Gryffindor y su amigo, Stellan Dragonov — también de Gryffindor— quien se dieron cuenta del robo y persiguieron a los muchachos por todo el Callejón Diagon hasta atraparlos. No quisieron dar entrevista, pero insistieron en que solo hicieron lo que se debía de hacer y no querían alguna recompensa alguna. ¡Que nobleza!»

«Que desfachatez», pensó Marcus. Un sobrino suyo haciendo actos nobles.

El sol comenzó a alzarse e iluminar la piedra blanca de la casa en St. Marylebone, dándole el aspecto estar hecha de oro. El suave tráfico de la mañana del domingo era lo único que interrumpía la calma de la mañana. Fue el uso insistente de los cláxones que terminó despertando a Oona Kinderlán, que descansaba en una de las habitaciones.

Oona abrió los ojos de mal humor, apartó las sabanas con brusquedad y puso sus piernas alado de la cama. Se talló los ojos, tratando de quitarse la sensación arenosa de ellos. Apenas llevaban dos días en aquella habitación, en aquella casa y ya sentía como si hubiesen pasado años. No era que no le gustara su antigua casa en St. Marylebone. Le gustaba, a pesar de que su actual habitación tenía las paredes pintadas de rosa y pegasos y unicornios moviéndose en las paredes, relinchando cada ciertos minutos. Los adornos de su habitación le hacían recordar que la última vez que la uso tenía cinco años y le encantaba los caballos con partes extras en su cuerpo. Pero, le disgustaba que la razón por la que regreso fue por un tonto castigo. Si Callum hubiese sido más amable a la hora de decirle que pasarían el verano en Londres, seguro no hubiese puesto tantas objeciones, lazado algunos hechizos aturdidores ni usado todo su arsenal de insultos. Sin embargo, insistió que era un castigo por lo que paso hace dos meses y por sus travesuras en Ilvermorny.

Eran traviesas y habían hecho muchas cosas, pero Callum nunca había decidido llevarlas a otro país como castigo. En 6 años en Ilvermorny habían cometido muchas pendejadas, travesuras y tenido decenas de castigos. Debieron de ser cientos, sin embargo, Theo y ella eran expertas evitando que las descubrieran. Aún no habían descubierto que ellas fueron las culpables de la explosión en el aula de pociones en segundo año, o la desaparición de los uniformes del equipo de quidditch en cuarto, o los granos y urticaria de los prefectos de las casas en su quinto año, o de pintar el cabello de la subdirectora de rosa mexicano; y eso solo por nombrar algunas poco memorables. Y al final lo que ocasiono su fin fue casi morir en manos de una manada de licántropos. Oona no era tonta, a Callum y a papá Paddy le divertían sus travesuras. Pero, al parecer que Theo estuviera apuntó de ser mordida por un hombre lobo para darla de pareja a su hijo y ella tener el honor de ser su primera cena, era suficientemente grave para poner a su hermano y abuelo del mismo lado.

Oona se levantó bufando y apartando de su cara su largo cabello color ébano. No fue su culpa casi ser la primera cena de su mejor amiga, y definitivamente, no fue culpa de Theo que su suegro fuese un imbécil que quisiera convertirla para que pudiese estar con su hijo.

Se puso sus pantuflas y salió de la habitación. Bajo las escaleras y camino hacia la habitación de Theo, esperando no encontrarse con su estúpido hermano o el mejor amigo de éste. Esperaba que ninguno estuviese viendo la televisión en la sala o comiendo algo en la barra de la cocina. Bufó de nuevo, mientras caminaba. Fue plan con maña que le dieran a Theo una habitación que para llegar a ella debía de cruzar todas las áreas principales de la casa. Sala, comedor y cocina.

— Buenos días, Oona. Te ves encantadora está mañana—. Oona apretó los dientes con fuerza para evitar lanzar una maldición. Por supuesto que Stellan Dragonov estaría saludándola tan temprano en la mañana. Mientras su hermano daba pocas señales de vida desde hace dos meses, Stellan parecía dar todas las posibles, dejando pocos los momentos en los que no estaba cerca de ellas.

¡Maldición! Ella quería una mañana tranquila. Desayunar con Theo, hablar pestes de Callum y Stellan, salir por las calles St. Marylebone y buscar un taxi que las llevara hasta calle Charing Cross y poder pasar todo el día en el Callejón Diagon con su mejor amiga. Si Stellan seguía en la casa, él las acompañaría.

— ¡Púdrete, Dragonov! —más enojada porque sus planes estuvieras desbaratados, que por su presencia en sí.

— Sí que eres irritable cuando te acabas de despertar—musitó Stellan con falsa reprobación—. Con ese mal humor, espantaras a todo hombre que quiera algo serio contigo.

Oona volteó, dándole una mirada parecida a la de un basilisco. Stellan solo sonrió, acomodándose mejor tras la barra de desayuno y agitando suavemente el periódico, que tapaba la mayor parte de sus rasgos. De no ser por las fotos de la primera plana que se movían, hubiese pensado que era un periódico muggle y no El Profeta. Un plato de pan tostado con mantequilla a medio comer descansaba frente a él y su varita a lado izquierdo de su plato. Parecía relajado, pero tener su varita tan cerca de su plato le indicaba que estaba alerta. Siempre alerta, siempre preparado, siempre punto de joder; ese era el lema de Stellan Dragonov.

«Estúpido paranoico.» pensó tratando de aplacar la ira que sentía cada vez que lo veía desde su última discusión. Stellan normalmente apaciguaba a su hermano cuando este se ponía muy pesado y hasta les ayudaba a Theo y a ella a hacer sus bromas. Él les había enseñado como no ser descubiertas, pero desde hace dos meses que no podía verlo sin sentir la ira arañándole las entrañas. Por primera vez, Theo y ella hicieron algo que enojo más a Stellan que a Callum y fue él quien tomó la mano dura en la mayoría de sus castigos de estos dos meses, menos en el de venirse con ellos a Londres durante el verano que fue idea de su hermano.

Debía de admitir que Stellan era mucho mejor haciendo castigos que Callum. Era mucho más dedicado a la hora de cumplirlos y varios de ellos terminaron ocasionando peleas entre ellos. La mayoría pasaron sin pena ni gloria, pero la última discusión fue hace una semana, cuando estaban en Irlanda, y la pelea fue de tal magnitud que ella terminó llorando.

Stellan se disculpó, sin embargo, el daño fue hecho y no estaba lista para perdonarlo.

— ¿Eso le dices a las zorras que te llevas a la cama por la mañana? ¿«Con ese mal humor espantaras a todo hombre que quiera algo serio contigo»? para ser un hombre que puede darle una mujer un orgasmo con solo hablarle en el oído, no tienes buenas frases.

— Exacto—cambio la hoja del periódico—. Mujer. Tú no eres una mujer.

— ¿Entonces mis senos y mi vagina que significan? ¿Qué soy un hombre con partes diferentes?

— Que eres una molesta chica adolescente—Stellan bajo el periódico.

Lo observo. Debía de admitir que Stellan era un hombre muy guapo. Alto, no muy musculoso, con cuerpo atlético y bien formado. Tenía una sonrisa torcida moja bragas con un lindo hoyuelo en la mejilla izquierda; ojos de un hermoso color gris azulado, rasgos bastante delicados para ser hombre, con unos pómulos altos que cualquier mujer envidiaría, frente amplia y un hermoso cabello castaño oscuro con corte moderno y una barba y bigote de un tono un poco más claro que su cabello, bien cuidada y recortada. Lo único poco atractivo en él debería ser el tabique de su nariz roto, pero en él, lo hacía ver condenadamente sexy.

— Una que debería de tener mejor gusto en pijamas y calzado.

Stellan la miró de arriba abajo. Le dieron ganas de golpearlo. Llevaba meses durmiendo con un short corto, calcetines peludos, una camisa tres tallas más grandes y unas pantuflas de conejito, y nunca había dicho nada.

Se cruzó de brazos— ¿Por qué las mujeres te encuentran encantador?

— Porque tengo un increíble don para soportarlas cuando hablan de Ismelda Roshart y como parece ser la voz de toda una generación de brujas con corazón roto, soy guapo, y…—levantó el periódico una vez más—. Y les doy unos sensacionales orgasmos.

— Ugh—gruñó Oona con asco.

Justo lo que necesitaba para mejorar su mañana, imaginar a Stellan dándole un orgasmo a una bruja miserable.

— Mejor ve por Theo. Es domingo y el Callejón Diagon se llena.

— ¡Es domingo! Deberíamos dormir hasta tarde…

— Son las 10. ¿No es suficiente tarde para ti?

— No cuando te desvelas.

— Deja de quejarte y ve por Ariel.

— ¡¿Te mataría ser un poco más encantador?!

— ¡No puedo! —aseguró Stellan con horror y acentuando su acento escoces—. Si soy encantador contigo, te enamorarías de mí.

— ¡Eres él último hombre en el que me enamoraría! —dijo Oona con una mueca de asco—. ¡Por Merlín! ¡Adiós!

— ¡Apúrense o las dejo!

Oona lo ignoró, dándole una seña obscena con el dedo sin mirarlo. La risa de Stellan solo le hacía hervir las entrañas. Ese idiota. Stellan quería seguir bromeando con ella y llevarse pesado como siempre, como si hubiese aceptado su disculpa.

Se detuvo un momento en el pasillo para respirar y despejar sus pensamientos de como era su vida desde hace dos meses. Hace dos meses ella era muy unida a su hermano y buena amiga de Stellan, hace dos meses Theo, ella, Callum y Stellan eran inseparables (a pesar de que hace un año que Theo y Callum apenas si se dirigían la palabra) y hace dos meses eran felices en su casa en Massachusetts, viviendo con papá Paddy y Indra, la elfa doméstica. Y hace dos meses casi sus vidas cambian para siempre.

Suspiró y volvió a caminar. Rápido llegó a una gran puerta roja. La abrió sin tocar. Theo seguía dormida. Sus suaves ronquidos inundaban toda la habitación. Se quitó las pantuflas y camino de puntillas a la cama. Solo se veía un gran bulto de color rojo frambuesa. Y en la punta de esa frambuesa, había una maraña de pelo color claro.

Sonrió. «Esto será divertido».

Puso sus manos en el colchón, se dio un impulso hacia arriba. Lo primero que tocaron el colchón fueron sus rodillas y dio otro salto para levantarse y comenzar a saltar en la cama, despertando a su dueña con sus gritos.

— ¡Despierta, Theo! ¡Osito Theo, es hora de levantarse, salió el sol, los pájaros cantan y los polluelos se caen del nido!

— ¡Por todos los cielos! —Theo se levantó, sus ojos rojos por el sueño recién interrumpido; su cabello todo desordenado parecía un nido donde los pájaros que cantaba Oona vivirían y rastros de baba seca marcaban sus mejillas. — Me hubieses echado agua a la cara. Sería menos cruel.

Oona se dejó caer de rodillas en el colchón, riendo sin ningún reparo. Se hecho hacia abajo y cayó a un lado de Theo, que se había dejado caer de nuevo sobre su almohada. Siempre le había gustado despertarla así.

— A veces te odio.

Theo se limpió la baba seca con una mano.

— Me amas y lo sabes. — Como toda respuesta, Theo se limpió la baba de la mano con la blusa de pijama de Oona. — ¡Oye!

— Tienes suerte que no tenga mi varita aquí.

—Aunque la tuvieras, jamás usarías magia contra mí. Me amas demasiado.

La miró. Puso una mueca al ver su cabello. Llevaba mucho siendo color avellana. Esperaba que no se quedara de ese color. Extrañaba su exótico color de pelo, pero un mal hechizo se lo había quitado.

— Dice Stellan que nos apresuremos para ir al Callejón Diagon. Antes de que se llene.

— ¡¿Llenarse!? ¿Es un lugar lleno de tiendas para pasar tiempo en familiar? ¡Y hay unos Sortilegios Weasley! Estará lleno vayamos temprano o no.

Theo volvió su rostro a su mesita de noche. Movió el reloj y entorno los ojos para poder leerlo. El reloj marcaba las siete con cinco. No eran ni de cerca casi las diez.

— ¡Exagerado! No puede haber más de unas cuantas almas en el Callejón a esta hora.

— Creo que se refería a si no nos apresuramos, él no nos llevara.

— La entrada al callejón está en un establecimiento que hasta los no magos pueden entrar. Podemos tomar un simple taxi. Lo juro —Theo aparto las sabanas y se levantó — si Stellan sigue siendo tan idiota, será al primero que le lance una maldición en cuanto tenga mi varita.

— Me avisas antes de lanzar a maldición.

Theo asintió. Tomó su toalla sobre el baúl de la cama y comenzó a caminar a la puerta color caoba del cuarto.

— Mejor vete a bañar antes de que el señor vampiro sexual nos venga a apurar.

Oona rió al escuchar el viejo apodo que le dieron a Stellan. Puede que Theo y él se amaran como hermanos, pero hasta con los hermanos más unidos, había apodos y burlas a la espalda del otro.

— Quisiera yo que estuviese de nalgas fáciles. Desde los licántropos que no está con una mujer ¡y eso dos meses! ¿Cuánto falta para que el hambre de frágiles mujeres lo domine?

— ¡Espero que no mucho! —gritó Theo abriendo la llave de la ducha.