Destino Forzado

Tres veces en su vida Lana sintió que su corazón se rompía.

Dos veces fueron en esta pequeña colina. Una de ellas en una mansión que no se sentía como su hogar.

La primera vez se sintió como una puñalada. Apoyada sobre la pared de madera roja del granero, escuchando las risas a través de las manos con las que se tapaba los oídos.

Clark, su novio, la había traicionado con otra mujer. Los había encontrado en un estado tan vulgar y humillante que ni siquiera pudo expresar la rabia o la decepción en su interior. De la maraña de sentimientos que tuvo en ese momento, el único que sobresalió de entre todos fue la necesidad de escapar.

Y es que sencillamente no podía comprender cómo sucedió. El amor de Clark había sido tan puro hasta esa noche, siempre presente en todos estos años y a través de tantas dificultades. Su amor era la roca firme e invariable en la que estaba sostenida su vida. A pesar de los problemas que tenían nunca había dejado de ver el cariño con el que la trataba, la delicadeza con la que la besaba… y, aunque no habían hecho el amor en mucho tiempo, la pasión en su mirada no había mermado ni un poco.

Tan solo logró conducir hasta esa colina antes que detuviera su auto y volviera la vista hacia atrás. Entonces todo se derrumbó.

Su carrera de astronomía quedó sin sentido, algo dentro de ella ya no sentía curiosidad por los sucesos en un pueblo que ya no tenía nada que la atara. Su tía, su única familia, casada y armando su vida muy lejos, formando una nueva familia que ya no la incluía. La casa de su infancia ahora ocupada por unos desconocidos. El Talón completamente cambiado, como si su paso como administradora hubiera pasado sin pena ni gloria.

Solo el fino recuerdo de sus padres y la presencia de Lex la pudieron sacar del hoyo donde estaba.

Pero lo que más dolió fue perder la amistad con Chloe… porque la mujer que ahora se paseaba del brazo del amor de su vida era su prima.


La segunda vez se sintió como una frialdad extrema, como si se crearan cristales de hielo que rasgaban su corazón.

Fue una semana después de la muerte de su esposo en el derrumbe de los túneles donde estaba trabajando.

Era curioso cómo el dolor por la muerte de Lex podía ser tan fácilmente opacado por las heridas de un antiguo amor. Y también cómo el luto podía convertirse tan rápido en furia.

La herencia de millones no significaba nada al lado del pequeño video de minuto y medio que decidió su destino con la misma indiferencia con la que los dioses antiguos mandaban a vagar por décadas a los marineros.

"Aunque me gustaría admirarte más de cerca, prefiero retener mi libre albedrío"

"Digamos que Lana Lang ya no le enviará a Clark más tarjetas de San Valentín"

"Su nombre es Chloe Sullivan, es muy probable que se encuentre en la segunda planta de la cafetería"

"Hay alguien que quiero presentarte… en Honduras. Ocúpate de Clark según lo hablamos"

"El chico granjero ya está con esa chica que era su mejor amiga, ya no serán problema"

No había podido dejar de ver hasta que las lágrimas empañaron por completo su vista. Clip tras clip eran revelados los huesudos dedos que jalaban los hilos detrás de escena.

Podía rellenar fácilmente las partes faltantes.

Simone tocaría la puerta. Lois saldría y, detectando un rastro de peligro, respondería afirmativamente cuando preguntara si ella era Chloe Sullivan. Luego el control sobre Clark, unas pequeñas instrucciones y su amor se había disuelto como la lluvia en el mar, remplazado en unos segundos por un melodramático novelón en el que ellos se habían enamorado en secreto.

Tal vez en otras circunstancias Lex hubiera podido desarrollar su plan y mantener a Simone unos días más. No quería pensar en lo mucho más horrible que eso hubiera sido.

Desde ese día buscó la joya a través de tantos países y de la mano de decenas de coleccionistas que nunca supieron cuánto poder tenía. Era lo único que le daba sentido a su vida sin futuro, sin presente ni pasado.


La tercera vez se sintió como el olvido. Como si el impasible paso del tiempo envejeciera su corazón, aletargando y deteriorándolo lentamente hasta finalmente convertirlo en polvo.

Ella ya era cinco años mayor.

Detuvo su auto en la cima de una colina y observó desde la distancia la granja Kent.

Por un instante creyó ver a Martha Kent alimentando al ganado. Pero entonces recordó que había recibido la noticia de su muerte años atrás y fue capaz de notar las diferencias.

Su cabello era marrón oscuro en vez de rojo claro. Era más alta sí, y más joven, pero irradiaba la misma felicidad por simplemente vivir que la anterior señora Kent.

Casi se convenció que quizá habían vendido la granja. Pero entonces surgieron en fila india desde la casa un cachorro de Golden Retriever, una pequeña niña en un vestido celeste y luego un padre preocupado.

Y si no podía, o no quería, reconocer a Lois Lane, entonces el cabello oscuro, la espalda ancha y los brazos fuertes con los que ahora abrazaba a su familia eran inconfundibles.

Cinco años era tiempo suficiente para que una pareja fuera feliz. Para que se formara una hogar. Para que una mentira lentamente se convirtiera en felicidad autentica.

Lana Lang colocó el amuleto en el bolsillo de su abrigo y dio media vuelta de regreso a la soledad.