¡Hola!
Bueno, atendiendo a un review que he recibido, he decidido que una vez al mes es muy poco así que actualizaré dos veces al mes pero sin orden. ¿Qué quiere decir esto? Simple: significa que a lo mejor un día subo un lunes y al de dos semanas lo hago un sábado, es decir, que no será como había dicho en el capítulo anterior sobre el último domingo de cada mes así que sólo os queda estar atentos, lo siento, pero tengo que ir controlando para que pueda actualizar a un ritmo más o menos regular :D
¡A leer! Enjoy!
Disclamer: nada de lo que reconozcáis me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling y el fic es original de MadameCissy, yo sólo hago la traducción.
Capítulo 2: A un Paso del Infierno.
El sonido de los latigazos de la lluvia contra las ventanas no borraban los pensamientos en su cabeza. Ella todavía estaba en el sofá en el que la había violado, acurrucada en una bola con las rodillas a la altura del pecho. Miró las llamas de la chimenea. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas, dejando atrás una huella ardiente. No tenía ni idea de la hora que era. Todavía estaba oscuro afuera. La lluvia había comenzado lo que parecía mucho tiempo atrás. Un trueno retumbó en algún lugar a lo lejos, por encima de su cabeza. No se incorporó hasta que no escuchó pasos en las escaleras. Sus ojos se movieron nerviosamente a la puerta y dejó escapar un suspiro cuando vio que era Ginny quien entraba a la sala de estar.
—¿Por qué no estás en la cama?—le preguntó la pelirroja cuando se sentó junto a su amiga en el sofá. Ojos inquisitivos buscaron en el rostro de la morena—. Hermione, ¿estás llorando?
—Quiero estar sola, Gin—dijo Hermione, tratando de mantener la cara oculta a los ojos de su amiga. No quería que Ginny la viera así. No quería que nadie la viera así. Sólo harían preguntas que no estaba preparada para responder. Y no quería destruir el pequeño fragmento de esperanza que aún le quedaba a su amiga—. Vete a la cama, ¿vale? Subiré pronto...
—¿Estás enferma?¿Necesitas que llame a mi madre?—Ginny se puso de pie, lista para ir al piso de arriba a buscar a la señora Weasley.
—¡NO!—gritó Hermione y su inesperado estallido sorprendió a Ginny. Había girado sus piernas a un lado del sofá y se apartó un mechón de pelo de la cara. No tenía sentido seguir ocultado el rastro de lágrimas—. No, por favor. No llames a tu madre.
—Has estado llorando—Ginny observó las marcas de lágrimas, claras sobre las mejillas de su amiga. Cruzó los brazos sobre su pecho, ladeó la cabeza y algo oscuro cruzó sus ojos—. Está bien, sólo cuéntamelo. ¿Qué idiotez ha hecho mi hermano esta vez?
La sola mención de Ron le hizo sentir como si alguien se hundiera profundamente en su pecho, le arrancara el corazón y lo hiciera añicos en el suelo delante de ella. No podía hablar de ello. Hermione no podía decirle a Ginny lo que había pasado unas horas antes. Sabía que no podía decírselo a nadie. ¿Cómo podrían creerlo?¿Cómo podrían creer que había sucedido en realidad? ¿Ron, un violador? Era sólo un recordatorio cruel de cómo el mundo se había ido al infierno. Todo estaba demasiado jodido para que algo realmente bueno y hermoso pudiera sobrevivir.
Tragó saliva y apartó la mirada. Las palabras dolían al salir de sus labios.
—No es nada, Gin. De verdad. Sólo...vuelve a la cama. Has bebido la mitad de esa botella de vino, probablemente ni siquiera deberías estar aquí ahora.
—Alguien tiene que hablar con Ron. No puede estar haciéndote daño todo el tiempo—Ginny sacudió la cabeza con incredulidad. No podía estar más cerca de la verdad, pero Hermione sabía que su amiga nunca adivinaría lo que había sucedido. Sí, Ron le había hecho daño. La había roto. Desgarrado. La había destruido. En pocos minutos había conseguido lo que ni siquiera Voldemort y sus mortífagos habían logrado hacer—. A veces me pregunto cómo papá y mamá lograron engendrar a alguien tan idiota.
Hermione no respondió. Sólo hablar de Ron hacía que su estómago se encogiera y ella esperaba, rezaba, poder dejar de sentirse tan enferma y no vomitar en el suelo de la sala de estar. Probablemente no quedaba nada dentro de su estómago para echar. Había vomitado ya dos veces. Un gesto sencillo con su varita se había ocupado del desastre. No quería que volviera ocurrir porque sino Ginny iría a buscar a su madre y tendría que dar explicaciones. Un escalofrío se deslizó por su espalda mientras pensaba en estar frente a la señora Weasley. No estaba segura de si podría hacerlo. Se abrazó a sí misma protectoramente.
—No importa—Hermione suspiró mientras reprimía una nausea—. Debo haber comido algo que me ha sentado mal en casa de Andrómeda. Déjame un rato, ¿de acuerdo? Vuelve a la cama. No quiero hablar de ello ahora.
Los ojos de Ginny se estrecharon y dio un paso inesperado en dirección a su amiga. La Weasley más joven nunca había sido una persona que dejase pasar las cosas fácilmente. Cuando Ginny se acercó a Hermione, pudo ver un gran moratón en su muñeca. La ira brilló en sus ojos cuando levantó la vista y se encontró con los ojos cansados de Hermione. La simple pregunta reveló su furia.
—Hermione, ¿te ha hecho daño?
—Te he dicho que no es nada—susurró Hermione, levantándose y dando un paso hacia atrás—. Déjame en paz, ¿vale?
—¿Qué ha pasado?—exigió Ginny.
—¡Nada!—espetó Hermione y Ginny no tuvo la oportunidad de responder antes de que Hermione hubiera escapado por delante de ella y salido corriendo por el comedor hacia la puerta principal. El sonido de sus botas resonó en la madera, pero ya no le importaba a quién pudiese estar despertando. En alguna parte del piso de arriba se abrió una puerta. Sólo había una cosa que podía pensar en hacer. Tenía que salir de allí. Lejos de la habitación en la que estaba, fuera de los muros que la atrapaban. Tenía que salir a la calle. No quería sentir más.
Ginny la siguió y Hermione se dio la vuelta en la puerta abierta, encontrando a su amiga unos pasos por detrás de ella. Ginny tenía los ojos muy abiertos, con la sorpresa escrita en su rostro. Afuera, la lluvia caía a cántaros y otro ruido sordo anunció que otro fuerte trueno era inminente. El destello inesperado de un rayo iluminó el cielo negro como la tinta y dejó ver por un segundo la expresión de dolor en el rostro de Hermione.
—¿Qué haces? ¡No puedes salir a la calle! Está lloviendo y...—Ginny vaciló. Parecía debatirse entre seguir a Hermione a la lluvia o alzar la voz para que alguien la escuchara y viniera a ayudar. Caminó alrededor de la mesa en un intento de llegar a su amiga, pero Hermione dio un paso hacia atrás. Estaba fuera del dintel de la puerta. Lo único que la protegía de la lluvia y la violenta tormenta era la pequeña cubierta sobre su cabeza—. ¿Y si te encuentran los mortífagos? ¡Papá dijo que no podemos ir a ninguna parte a menos que estemos juntos!
Hermione negó con la cabeza.
—No me importa.
—¿Qué?¿Pero por qué?—preguntó Ginny, sin entender la repentina descomposición de Hermione—. Tienes que ayudar a Harry a destruir a ya-sabes-quién. ¡No puede hacer esto sin ti!¡Él y Ron te necesitan!¡No importa si cree que puede hacer esto solo, no puede!¡Te necesita, Hermione!
Tragó saliva y las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Me encargaré de eso cuando llegue el momento. Sólo tengo que salir de aquí. Lejos. Lejos de...—no podía decir su nombre. Se mordió el labio inferior y un suave sollozo escapó de su garganta—. Tengo que pensar.
—¿Ahí?¿Qué tendrías que pensar justo ahí?—Ginny apuntó a la incesante lluvia.
—Lo sabré cuando lo encuentre—respondió Hermione y se dio la vuelta. Sin mirar atrás, se alejó de la protección de la cubierta y la lluvia la empapó casi inmediatamente. Su ropa se le pegaba al cuerpo y tenía hebras húmedas de pelo pegado a la frente. Empezó a caminar, cada vez más profundamente en la lluvia y la tormenta, lejos de la Madriguera. Podía oír a Ginny llamándola a sus espaldas, pero la voz de su amiga pronto fue engullida por el sonido abrumador de la tormenta.
Caminó hasta donde su cuerpo pudo, bajo la lluvia y sin ningún tipo de protección. No tenía abrigo. Todo con lo que contaba era su varita, a buen recaudo dentro de la manga. Sus pulmones se sentían apretados contra su caja torácica y la presión sólo iba creciendo a cada paso que daba. Le dolía caminar. Sus músculos estaban adoloridos y sus piernas débiles. El agotamiento físico la pateó antes de lo que había pensado pero cada paso más lejos de la Madriguera todavía no era lo suficientemente lejos. Caminó hasta llegar al estrecho camino rural que llevaba a la aldea. La carretera era la única manera de entrar o salir, a menos que se tuviera medios mágicos de transporte. Estaba cansada. Necesitaba dormir pero no se atrevía a cerrar los ojos.
En lugar de eso, trajo a su mente la única imagen que le procuraba seguridad sin un montón de gente haciendo preguntas. Agarró la varita y dio una vuelta, desapareciendo en la noche con un "pop." Se fue justo cuando las voces desesperadas de sus amigos llegaban hasta el lugar donde estaba y sus gritos pidiendo que regresara murieron bajo la lluvia.
Se encontraba de pie, en una de las estrechas callejuelas que llevaban al Callejón Diagon. Hermione murmuró un encantamiento suave que secaba la ropa y el agradable calor se filtró desde la tela a su piel y, finalmente, a sus huesos. Dejó de temblar y lentamente salió del pasaje al callejón empedrado. El Callejón Diagon parecía desierto y sintió una sigilosa sensación de intranquilidad. La mayoría de los escaparates estaban a oscuras. Otros estaban cubiertos con tablas y algunos tenían signos de fuego. Vidrios rotos llenaban la calle. No había nadie más allí y se tomó unos segundos para orientarse antes de dar una vuelta sobre sí misma y dirigirse al Caldero Chorreante. No era el lugar más seguro de la Tierra pero era mucho mejor que quedarse en la calle.
Dio la vuelta en otra esquina y se detuvo inesperadamente. Desde la dirección opuesta dos sombras se acercaban, cada vez más grandes a medida que acortaban distancias. El corazón de Hermione golpeaba en su pecho y sacó la varita, aunque sabía que si eran mortífagos estaba completamente perdida. Respiró hondo y se apretó contra la fría pared de ladrillo de lo que alguna vez había sido la tienda de varitas de Ollivander. Las sombras se la tragaron y esperó que la oscuridad fuera suficiente para ocultar su presencia. Las sonoras huellas se acercaron y ella trató de echar un vistazo a los rostros de las figuras encapuchadas. Reprimió un grito cuando un inesperado rayo de luna cayó sobre sus caras.
Ojos oscuros contrastando en un rostro pálido. Los años en Azkaban habían robado la mayor parte de su belleza, pero Bellatrix Lestrange seguía teniendo algo de su antigua gracia. Unos rizos negros como cuervos caían sobre su cara, dándole un aspecto un tanto infantil. Labios de color rubí se destacaban sobre los tonos porcelana de su piel. Hermione seguía sorprendida de que algo tan malvado pudiese ser tan hermoso. Era un recordatorio de lo injusto que era el mundo. Las cosas malas se suponía que eran feas. Bellatrix no lo era.
También reconoció a la segunda figura. Unos centímetros más alto que Bellatrix y con un traje más caro, no necesitó un segundo vistazo para reconocerlo. Sólo había una familia con el pelo tan rubio. Lucius Malfoy flanqueaba a su cuñada y giraba la varita en sus dedos como si estuviera aburrido. Intensos ojos grises se clavaban en nada en particular. Había muy poco, o nada, que le gustase a Lucius Malfoy. Hermione pensó que era por creído, arrogante y tonto de mente estrecha. Rasgos que su hijo Draco, que estaba en su mismo curso en Hogwarts, había heredado. De tal palo, tal astilla. Dos idiotas iguales.
Hermione sólo esperaba que no la vieran. No podía pensar en dos personas peores que Bellatrix Lestrange y Lucius Malfoy para encontrarla en una noche oscura y lluviosa como esa. El corazón le latía tan fuerte que pensó que podrían oírlo. Los siguió con la mirada mientras se acercaban. No hablaban entre sí. Si había algo por lo que parecían resentidos era por tener que estar uno al lado del otro. Hermione recordó que Bellatrix no tenía mucha simpatía por su cuñado. Observó en silencio a los dos mortífagos que ahora caminaban cerca de ella, a pocos pasos de donde estaba escondida. Ambos parecían ignorar que alguien los estaba observando. Estaba a punto de dejar escapar el aliento cuando pasaron y estaban a unos pocos metros cuando un repentino destello de luz roja disparó hacia ella. Instintivamente, levantó la varita y desvió el hechizo que se estrelló contra la ventana de una tienda de enfrente. El cristal se hizo añicos.
—¡Ajá! —gritó Bellatrix y salió corriendo hacia donde Hermione todavía estaba oculta. Apuntó con su varita a la oscuridad, lista para lanzar otro hechizo—. Sabía que había alguien aquí. ¡Sal, pequeña y sucia rata!
Hermione no dudó y dio un paso hacia delante. Al salir de las sombras, vio la sorpresa en el rostro de Bellatrix. Ojos de carbón se iluminaron de repente mientras la bruja oscura se percató de quién había salido de la oscuridad. Las comisuras de sus labios se curvaron.
—Bueno, bueno, si es la amiguita sangre sucia de Harry Potter...
Hermione ya no se encogía ante esa palabra.
—Bellatrix...
—¡Cierra la boca! —gritó Bellatrix y la apuntó con la varita. Hermione sintió que la voz moría en la parte posterior de su garganta. Bellatrix había utilizado un hechizo silenciador. Estaba casi decepcionada por la simplicidad del encantamiento. Parecía que no era lo suficientemente bueno para un Mortífago de su habilidad—. ¿Cómo te atreves a hablarme?
—¿La amiga sangre sucia de Potter?—Lucius había llegado junto a Bellatrix. Si estaba molesto por el hecho de que Bellatrix había sentido la presencia de Hermione y él no, no lo demostraba. Miró a la joven morena de pie delante de Bellatrix, y una sonrisa de desdén se formó en su rostro. Él y Hermione se habían encontrado en numerosas ocasiones. La odiaba y el sentimiento era mutuo—. ¿Está sola?
—¿Ves a alguien más?—espetó Bellatrix y Lucius la miró con la boca abierta. Había sido bastante descortés—. Si sus estúpidos amiguitos estuvieran por aquí, ya habrían salido a defenderla—ella escrutó el rostro de Hermione—. Por supuesto que está sola—con la punta de su varita, levantó la barbilla de Hermione, lo que obligó a la chica a mirarla—. La pregunta es: ¿por qué estaría una sangre sucia dando vueltas en mitad de la noche y por su cuenta?
Finite Incantatem.
—Porque puedo—respondió Hermione, a la defensiva, y Bellatrix estaba aparentemente impresionada por su capacidad de revertir el hechizo en silencio. No sabía de dónde había salido su valor ni por qué había hablado en voz alta. Sus ojos se dirigieron brevemente a la varita de Bellatrix. Sabía lo que esa cosa podía hacer. Sabía lo que había hecho. Y, curiosamente, no sentía miedo de estar en el extremo receptor esta vez. Levantó la cabeza con orgullo—. La última vez que lo comprobé, no era ilegal pasear de noche por la calle.
—Ilegal, no...—dijo Bellatrix y quitó la varita de la barbilla de Hermione. Sus ojos se estrecharon—. Pero peligroso...Sí...
Sucedió muy rápido.
—¡CRUCIO!—el grito de Bellatrix hizo eco a través de la noche lluviosa—. ¡Crucio!¡Crucio!
Hermione se derrumbó en el suelo y su cuerpo sucumbió casi de inmediato a movimientos involuntarios y espasmos. Se encogió en una bola, pero el abrumador dolor no se detuvo. Era como si alguien la abriera centímetro a centímetro y goteara ácido en sus venas. El dolor en su cabeza era insoportable, enrolló los dedos en el pelo y empezó a tirar en un intento desesperado de deshacerse de él. Las hebras de cabello castaño se enrollaron en sus dedos. Lágrimas ardientes cayeron sobre sus mejillas y las imágenes que inundaron su mente eran las mismas de las que había tratado de escapar huyendo esa noche. Sentía a Ron de nuevo, encima de ella, dentro de ella. Sus labios manchados de alcohol en los suyos, las manos violándola una y otra vez. Su grito de amor en los oídos, como un eco inquietante. Oyó su voz, vio su rostro y se acordó de sus ojos. Podía olerlo, sentirlo, saborearlo. El recuerdo de aquel clímax dentro de ella fue el momento en el que vació su estómago en el callejón empedrado. Un grito desde su corazón roto escapó de su garganta.
—Espera...—dijo Bellatrix de repente y bajó la varita. Lucius había intervenido, con ganas de participar en la tortura de la joven que se retorcía a los pies de su cuñada, pero los dedos de Bellatrix se cerraron alrededor de su muñeca y le obligó a apartar la varita. Ojos curiosos inspeccionaron a Hermione, todavía agitada, y negó con la cabeza—. Algo está mal.
—¿Mal?¿Qué quieres decir con "mal"? ¡No hay nada de malo!—se opuso Lucius y trató de empujar a Bellatrix.
—¡Silencio, idiota!—Bellatrix giró en su dirección y le apuntó con su varita. Él dio un paso vacilante hacia atrás—. Cuida tu tono, Lucius, o mi hermana bien podría ser viuda cuando amanezca.
Hermione encontró la fuerza suficiente para impulsarse con manos y rodillas y metió la mano en el charco de agua que había a su lado. La varita se le había deslizado fuera de la manga y la llevó de forma segura a su mano. Le dolía. No era como nada que hubiera experimentado antes. Se las arregló para mirar por encima de su hombro y encontró a Bellatrix dando vueltas hasta que se detuvo justo en frente de ella. La bruja ladeó la cabeza.
—He visto ciertas imágenes en su cabeza—dijo, con una voz extrañamente baja. Hermione se dio cuenta inmediatamente de que Bellatrix había visto sus recuerdos de la violación de Ron—. No era el dolor de mi maldición lo que estaba experimentando—alargó la mano y casi tiró a Hermione sobre sus pies. Estaba empapada, cubierta de vómito y sangre goteaba de su nariz. Mechones de pelo se le pegaban a la frente. Una sonrisa torcida apareció en el rostro de Bellatrix—. El niño Weasley la follaba.
Lucius reprimió una arcada.
—Esos malditos Weasley son una vergüenza. Traidores a la sangre.
—Ah, pero a ella no le gustó—Bellatrix la empujó un poco más fuerte. Comenzó a dar vueltas alrededor de Hermione una vez más, sin apartar los ojos de la chica. Hermione siguió a Bellatrix con los ojos—. ¿No es verdad, pequeña sangre sucia?¿Finalmente te ves como lo que eres?¿Inútil y sucia?—volvió a pararse justo frente a Hermione. Ojos oscuros perforaron los marrones avellana—. En realidad, creo que en el fondo sí le ha gustado. Te gustó cuando él empujó más profundamente—una solitaria lágrima de enfado cayó por la mejilla de Hermione. Bellatrix rió suavemente—. ¿Te dejó después?¿Se lavó las manos por haber tocado tu sucio cuerpo?
—Detente—Hermione se sorprendió por su propia declaración. Quería que las imágenes se fueran. Quería que terminara. Pero Bellatrix la obligaba a revivirlo una y otra vez. Cada palabra era como si Ron volviera a violarla. Una vez más. Y otra. Sin fin. Las palabras dolían más de lo que había dolido la Maldición Cruciatus—. Sólo...para...
—¿Es así como lo pediste?¿Con esa vocecita patética?—Bellatrix se burló de ella. Su rostro se acercó al de la chica morena. Tan cerca que Hermione podía ver cada pestaña, así como sentir su aliento caliente—. No, no lo hiciste. Dejaste que te follara. Lo dejaste porque eres un poco puta y él vio su oportunidad...
—¡NO!—gritó Hermione de repente. Era abrumador. Como un fuego recién encendido en su interior y las llamas consumidoras destruían todo lo que quedaba de ella. Su brazo se disparó. La punta de su varita se puso en contacto con el pecho de Bellatrix y cuando la maldición escapó de sus labios, captó la sonrisa que se extendía por la cara de la mortífaga—. ¡Crucio!
Bellatrix aterrizó en el suelo a unos pocos metros de distancia de Hermione, de espaldas, en un lío de ropas negras y extremidades enredadas. Lucius respondió casi de inmediato y corrió a su lado, apuntando su varita hacia Hermione mientras lo hacía. Pero Bellatrix sólo se impulsó a sí misma con los brazos y sus ojos oscuros brillaron con algo que sólo podía ser lujuria y hambre. Empujó a Lucius y miró a Hermione. Las palabras salieron de sus labios en un susurro tranquilo pero lo suficientemente fuerte como para ser escuchado.
—Tienes que sentirlo.
Era como si veneno se hubiese extendido por su sangre. Su varita quemaba en sus manos y sentía electricidad en las venas. Se propagaba a través de ella, adormecía cualquier dolor que pudiera sentir. Hermione estaba entumecida. No sentía nada. Destruida, rota y desgarrada. Todo lo que quedó fue una sombra de la niña que había sido una vez. Apuntó otra vez con la varita y gritó el hechizo de nuevo casi con un deje de orgullo. El destello de luz roja se estrelló en el pecho de Bellatrix y esta vez el cuerpo de la bruja se encogió y comenzó a temblar.
Hermione miró casi con diversión cómo Bellatrix trataba de luchar contra su maldición. No apartó la varita y la mantuvo fija en la mujer, tratando de dominarla. Un rayo de plata se filtró entre la cubierta de nubes negras e iluminó su rostro, resaltando los rasgos rotos y los ojos hundidos. El segundo grito de Bellatrix fue de puro dolor y Hermione sintió algo en su pecho. Algo aburrida, se dio cuenta de que su corazón se había congelado. Sentía frío por dentro. No quedaba nada de ella. En una noche, todo lo que había sido una vez había muerto. Descuidadamente, retiró su varita y el cuerpo de Bellatrix detuvo las convulsiones.
La mortífaga necesitó menos tiempo que Hermione para recuperarse y se puso sobre sus pies casi al momento. Se tambaleó y tardó en recobrar el equilibrio unos pocos segundos, sus ojos color carbón buscaron los ahora huecos de Hermione. Labios rojos se curvaron en una sonrisa y Bellatrix cogió el brazo de Lucius.
—Vamos—dijo ella, cerrando los dedos alrededor de la muñeca de Lucius—. Tenemos que irnos.
—¿Irnos?—preguntó Lucius, sin entender muy bien por qué no se llevaban a Hermione con ellos—. ¿Por qué?
—Lo entenderás muy pronto—dijo Bellatrix bruscamente y echó una última mirada a la triste silueta de Hermione Granger. En un instante, vio el resultado de lo que había pasado esa noche. La lluvia comenzó a caer de nuevo y dio un aspecto todavía más destruido a Hermione—. Nuestro trabajo aquí ya está hecho.
Los mortífagos desaparecieron en una nube de humo negro y Hermione se quedó sola bajo la lluvia torrencial.
Espero que os haya gustado y me dejéis un bonito review ;D
13/11/13 a las 19:12
