Disclaimer: Ninguno de los personajes de ATLA ni LOK me pertenecen. Todos son propiedad de Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko.
Notas De Autor: Este capítulo contiene insultos a la religión, violencia y escenas que pueden ofender a las personas muy creyentes, se recomienda discreción al momento de leer.
Cuernos Y Alas
By: LupitaAzucena
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Capítulo II: La Sacerdotisa
Cuando abrió sus ojos pudo contemplarse en un cristal de ónix, estaba sorprendida de lo su reflejo le mostraba: de su espalda sobresalían dos alas negras tan similares a las de un murciélago, pronto notó que tenía cola, una cola puntiaguda roja, sus manos tenían garras negras y largas, al igual que sus pies los cuales tenían también una garra en su talón y su piel a pesar de mantenerse como de humano tenía zonas donde se encontraban escamas negras.
—Veo que te sorprende tu nueva imagen— Habló divertida la demonio— No te culpo, yo también estaría intrigada de estar en tu lugar.
— ¿Por qué antes no tenía esto?— La miró.
—Porque ya eres al 100% un demonio, has cumplido mi misión Kuvira y lo has hecho muy bien, la ángel estaba tan confundida, tardará un par de días en comprender que ha sucedido contigo y esa repentina victoria con sabor a derrota.
—Eso creo— La miró con seriedad— ¿Ahora qué?
—Tengo tu nueva misión, viajarás al imperio de Hariq, en ese lugar hay dos hermanos, Azula y Zuko, los dos serán grandes figuras en el reino pero solo uno va a tener el trono ¿El problema? Son mellizos, quiero que siembres la discordia en ese palacio.
— ¿Y cómo entraré exactamente?— Suspiró.
—Serás la nueva sacerdotisa de la familia real, trata de oscurecer el corazón de ambos niños y deja que el más ambicioso suba al trono— La miró Asami— haz lo que sea necesario para jugar con ellos.
—Fácil— Sonrió.
—Entonces puedes irte Kuvira, confío en ti— La observó y chasqueó los dedos apareciendo en su caballo negro acompañada de dos soldados del reino Hariq camino al palacio real ubicado en Nuevo Ozai.
La demonio solo disfrutó el paisaje mirando los bosques cálidos y sintiendo el peso del calor, sus ropas estaban constituidas de una túnica rojo quemado con bordados de oro, mientras que su cabello estaba trenzado y dejaba caer un mechón rebelde enmarcando su rostro. Eso sería divertido, de eso estaba segura.
Llegó al palacio donde el Rey Ozai la recibió con el respeto y los honores necesarios asignándole su cuarto, una habitación cerca del templo compartiendo el amplio jardín con este último, su habitación era enorme con un enorme ventanal y telas con el emblema del fénix: una enorme cama en la mitad del cuarto con sabanas de seda y la gran mayoría de los muebles de caoba con incrustaciones de plata y oro.
Dejó sus escasas pertenencias al llegar a su cuarto y se sintió observada mientras se retiraba la túnica del cuerpo quedándose en pantalones de piel negro y una camisola de seda blanca.
—Sal de ahí pequeña espía— Ordenó dándole la espalda a las cortinas de su habitación.
Kuvira escuchó como las pesadas cortinas de terciopelo se movían revelando una pequeña niña de cabellos negros vestida con una armadura en pequeño, sus ojos eran ambarinos y demostraban una madurez bastante clara.
—Me imagino que eres la princesa ¿No es así?— La miró con calma sentándose en el borde de su cama— ¿Qué hacías allí escondida?
El silencio absoluto, ninguna respuesta a su pregunta, sería una dura misión trabajar con esa pequeña pero se deleitaría con el proceso.
—Así que no hablas— Sonrió— No pensé que sería aceptable para el gran Ozai tener una hija muda.
—No soy muda— Su semblante cambió rápidamente a uno defensivo.
—Bien, ya que me dices que no eres muda, dime ¿Me contarás que hacías espiándome? ¿O será necesario que te acuse con tu padre?
—Dile lo que quieras a él hechicera, no te creerá— La retó.
—Tienes agallas niña, creo que me agradas— dejó salir una suave risa— Pero no te conviene empezar con el pie equivocado conmigo, puedo ser tu mejor aliada o tu peor enemigo, tú elegirás que seré para ti.
—Tenía curiosidad— La miró de arriba abajo— No eres un santo iluminado por nuestra deidad, ni irradias luz.
—Claro que no, soy sacerdotisa no una antorcha pequeña Azula— Sonrió de medio lado.
—No eres como el último sacerdote— Se trepó en la cama y se subió sobre las piernas de la ojiverde mirando su rostro— Tampoco tienes arrugas como el, y al parecer no eres gruñón como él.
—Ahora entiendo tu curiosidad— la miró con calma— Pero debes saber que si vas a espiar a alguien debes cuidar no ser descubierta.
— ¿Qué nuestro dios no habla de hacer cosas buenas?— preguntó confundida— ¿Espiar no está mal?
—Dependiendo de para que espías pequeña, pero ese es un secreto tuyo y mío— la bajó de sus piernas— Ahora deberías ir a dormir Azula.
La pequeña niña solo observó a la mayor con curiosidad notando cada rasgo de la joven y corrió a su habitación dejando a Kuvira con sus pensamientos.
Está sentada aún en la cama, sonrió de medio lado haciendo relucir sus ojos verdes.
—Parece que tengo una favorita ahora… Azula — Se saboreó el nombre con deleite.
Con el pasar del tiempo comenzó a mirar a ambos niños crecer juntos con un tercero Lu Ten hijo del príncipe Iroh, le parecía curioso, el más bondadoso de ambos era Zuko, mientras que Azula cada día iba enfocando su energía al lado bélico.
¿Lo bueno de estar en ese reino? Que ella solo daba ceremonias. Además de que podía entrenar a ambos niños, les daba clase de teología y a la vez era la encargada de entrenarlos en el arte de la lucha con espadas. La pasaba bien, además de que de vez en cuando podía hacerlos pelear con su cambio de imagen, robándole cosas a Zuko dejándose ver como Azula y fastidiando a esta última como su hermano.
Los dos tenían ya 12 años, hacía ya 5 años que ella estaba en el palacio y llevaba un avance excelente, los dos jóvenes luchaban por vencer al otro en un espíritu de competitividad bastante entusiasta. Hasta que ella llegó, una joven acolita de nombre Jinora.
Por alguna razón era como si hubiese escuchado antes ese nombre, ella se encargaba de echar a perder su trabajo con los niños, no la soportaba, era insufrible con su cara de niña buena y sus acciones puritanas y sin premeditar.
Kuvira paseaba por los jardines admirando los lirios de fuego, le gustaban mucho, podría jurar que se trataban ahora mismo de sus flores favoritas, eran bastante lindas, además de que su aroma era bastante peculiar y delicioso.
—Buenos días Sacerdotisa— Se acercó Jinora a la joven— ¿Admirando las maravillas que nuestro señor ha hecho?
—Así es Jinora— Habló con calma— Te has levantado temprano hoy ¿No deberías estar dormida aún?
—No, es mi día libre así que he decidido ir a ayudar a los enfermos del hospital en la ciudad— la miro.
—Comprendo, difundiendo la palabra del señor con los más necesitados— Suspiró.
—Así es, claro que será así si usted no me requiere el día de hoy para alguna labor.
—No, puedes ir en paz Jinora— la miró «Y si puedes no regreses»
—En ese caso me retiro— Adoró la mano de la pelinegra antes de retirarse.
Kuvira sentía como su sangre hervía de solo verla, no la toleraba, su comportamiento dulce y alegre, amable con todos, era como si ocultara algo, además de su energía, había algo en ella que la hacía repudiarla.
—Sacerdotisa Kuvira— Se acercó Azula— Quería saber si usted podría ayudarme con algo, es sumamente importante.
—Depende de que se trate Azula— La observó con calma.
—Pero me gustaría hablar esto con usted en otro lugar, ¿será que podemos ir a un lugar más privado?
—Claro, yo te sigo— Asintió con seriedad siguiendo a la princesa del reino.
Caminaron por el palacio hasta llegar al santuario donde entraron al despacho de a sacerdotisa, la princesa se quedó parada mirando por la ventana, la luz iluminaba su cuerpo mientras que la sacerdotisa se quedaba en donde tenía menos sol contra su piel.
— ¿De qué quiere hablar princesa?— La miró con curiosidad.
—De mi hermano Zuko— Gruñó con fuerza y sujetando la empuñadura de su espada— Lo odio— Sentenció sin dejar de darle de espalda a la mujer.
—Es muy joven para albergar esos sentimientos por el princesa—Comenzó la de ojos verdes— Sin embargo, siento curiosidad de saber ¿Qué cosa del príncipe mueve esos sentimientos en usted?
—Es tan… Tan… ¡Débil!— Exclamó— Mi padre lo ha dicho Zuzu es débil, falto de carácter y tan descuidado, torpe de sobremanera…
— ¿Y no es más bien el hecho de que él sea el heredero original lo que le molesta?— La miró con tranquilidad mirándola de frente— Por ser varón obviamente.
—Sí, no entiendo porque mi padre desea que una persona como él asuma el trono de este imperio construido con la guerra y el poderío de nuestros antepasados para que Zuzu nos convierta en un lugar pacífico…— Habló con asco.
—No obstante usted no puede hacer nada al respecto… O aún no— Terminó por decir.
— ¿A qué se refiere exactamente con aún no?— La miró con interés.
—Debe esperar al momento adecuado para atacar o perderá su oportunidad de subir al trono— Explicó.
— ¿Cómo?— La miró confundida— Quiero entenderla Kuvira, pero aun no comprendo a que se refiere.
—Llena la cabeza de tu hermano de ambición y notarás como todo cambiará para mejor, mientras tanto sigue mejorando, conviértete en una prodigio y entonces, solo entonces podrás llevar un plan acabo— Sentenció— Concéntrese en ser la mejor princesa.
— ¿Por qué me ayuda?— Cuestionó— ¿Cómo sé que no me traicionará?
—Porque creo firmemente que tú hermano no es la persona más apta para gobernar este reino— Dijo con simpleza— Lo he observado desde pequeños y sé que él es blando en muchos aspectos.
—Entonces piensas como yo— Sonrió con maldad.
—Algo así, no es muy difícil darse cuenta quien es más blando de los dos— Suspiró.
Sin duda alguna esa plática fue lo que motivó a la joven princesa a levantar el estandarte de guerra y comenzar a aplastar a su hermano mellizo en cada cosa que este intentaba hacer, los dos príncipes estaban en guerra, cosa que era de esperarse.
El tiempo comenzó a volar en su natural paso hasta que pronto los dos jóvenes príncipes tenían ya dieciséis años, ese día de verano se celebró una gran fiesta en su honor.
Kuvira la sacerdotisas ofreció una misa en celebración de los dos, pasando del templo al gran salón del palacio donde celebraron con un enorme banquete y un baile que duraría hasta el amanecer, aunque a la sacerdotisa no le agradaba tanto la festividad que decidió salir a uno de los balcones del salón a mirar el cielo nocturno.
—Parece que no eres de fiestas— Se acercó la joven Jinora a la sacerdotisa— Pensé que estarías celebrando junto a los demás.
—Detesto las multitudes— Murmuró mirando el cielo nocturno.
Kuvira vestía una túnica roja con bordados plateados, dejando entre ver un pequeño escote que permitía observar un crucifico plateado, mientras que la acolito vestía un vestido simple blanco con bordados en color dorado.
—Esa cruz se parece mucho a una que me arrebataron hace muchos años— Habló con certeza la joven de ojos cafés.
—Eso explica porque tu aura me parecía tan conocida arcángel— Gruñó suavemente— ¿Qué haces aquí?
—Evitar que esos príncipes caigan en tus tentaciones— La miró— Podrás engañarlos pero tarde o temprano se darán cuenta del error que cometen haciéndote caso, ellos no poseen la maldad que tú quieres hacer entrar en su corazón.
—Ya lo veremos mi querida Jinora, si mal no recuerdo hice caer en ruinas a tu señor con Zaofu ¿Tú evitarás que logre mi cometido?— Comenzó a caminar acorralando a la ángel contra el barandal de la terraza— Te he ganado una vez y seguiré haciéndolo— Habló contra su oído— Toda la eternidad, yo seré tu condena.
—No estés tan segura— Le dijo con determinación— No eres nada más que un pobre diablo, vendiste tu alma por poder.
— ¿Qué sabes tú?— Sujetó sus hombros con fuerza causando un quejido de dolor de la ángel— Tu maldito amo es solo una ilusión para evitar que todos tengan lo que desean a costa de los demás… De los malos, de los que nos dañan y nos laceran cuando somos mortales, porque no hay que ser como el malo, hay que ser bueno, piadoso, un santo— Se acercó tanto al ángel mirándola con rabia contenida— ¡Una falacia! Yo puedo hacer todo lo que me plazca incluso contigo— Comenzó a reír y le robó un beso al ángel.
La arcángel notablemente más baja que la demonio la empujó con fuerza causando un grito de dolor de parte de Kuvira quién se separó con furia y tocó el lugar de donde provenía el dolor notando que de su labio brotaba sangre. Tocó después por inercia su pecho en el lugar que ángel había utilizado para empujarla.
—Maldita zorra— Miró como humo salía de su pecho y cerró los puños con ira al sentir su propia sangre en su boca.
—Jamás ganarás Kuvira… Tu corazón está podrido, pero existe salvación— La observó— Tú no eres esto, un demonio con un profundo odio y deseo de maldad, tienes piedad, amor y dulzura, no trates de escondérmelo, puedo verlo y sentirlo, no eres esto— La señalo— Un demonio…
— ¿Qué es esto entonces?— Chaqueó sus dedos dejando mirar su figura de demonio.
Unas grandes y fuertes alas de murciélago se encontraban unidas a su espalda, mientras que sus pies tenían garras al igual que su talón, la piel de sus manos mostraba pequeñas escamas rojas y negras que sobresalían notoriamente, así mismo sus dientes se habían convertido en filosos colmillos como los de un tigre, sin mencionar las inquietantes manchas negras que recorrían sus brazos y piernas de manera irregular.
—Solo es la imagen que te ha dado esa infernal mujer para creas que esa es tu verdadera esencia Kuvira— La miró con lastima.
— ¿Sigues creyendo eso? ¿Cuándo te darás cuenta de que no tengo salvación ángel?— Se fue acercando a la ángel con sus garras fuera— Podría matarte aquí mismo y ahora, pero no quiero hacerlo, porque vas a renacer cual margarita ¿Y sabes qué? Prefiero verte sufrir la desgracia de la derrota, por miles de millones de años ganaré batalla tras batalla y por primera vez un ángel como tu sentirá odio, pecarás de sentir hacía mi cosas que están prohibidas para tu especie…
—No estés tan segura Kuvira— Sintió las garras tan cerca de su cuello llevándola a mirar hacia arriba encarándola, era claro que la demonio lo hacía para recalcar su estatura notablemente más grande e intimidarla.
—Ya lo verás Ángel— Chasqueó los dedos volviendo a su figura humana y dándole la espalda— Pero mientras tanto deberás respetarme y obedecerme, en este mundo mortal soy la autoridad del Señor…
—Lo sé— Murmuró con disgusto y desvió la mirada.
Las estaciones pasaban y aunque el crudo invierno se acercaba el rey Ozai se encontraba tenso y estresado, se estaban quedando sin alimento queriendo evitar a toda costa la llegada de la nieve que normalmente azotaba sus tierras, habían tenido una dura cosecha, por lo que había decidido acudir a la sacerdotisa a pedir el favor de su dios.
—Sacerdotisa Kuvira, he venido a pedir el favor de nuestro señor— Se inclinó ante ella— Mi pueblo morirá de hambre si el señor no me ayuda… ¿Qué puedo hacer?
—El señor envía las pruebas más duras a sus soldados favoritos— Lo miró con comprensión— Será difícil que nuestro señor evite lo que tiene que suceder.
—Se lo suplico— Adoro su mano— Quiero la bendición del señor.
La sacerdotisa se dio la vuelta acercándose al altar buscando entre algunos desgastados libros, el rey Ozai miraba mientras tanto con aflicción como la sacerdotisa buscaba la respuesta a sus plegarias.
—Tengo la solución… Es posible que si complacemos al señor él envíe su bendición de maneras misteriosas— Sonrió con calma mirándolo.
— ¿Cómo?— Interrogó el rey arrodillado en el altar— Necesito saber, haré lo que sea necesaria para que mi pueblo sobreviva.
—Lo que haremos será lo siguiente…
— ¡Cómo te atreves!— Exclamó la ángel entrando al santuario donde Kuvira reposaba leyendo un libro
—No sé a qué te refieres— Desestimó la chica sin prestarle mucha atención.
— ¡Sabes bien de lo que hablo Kuvira!— Se acercó con pasos enfurecidos a la demonio— ¿Cómo te has atrevido a decirle al rey que haga un sacrificio humano?— La miró desaprobatoriamente.
—Hasta hace unos milenios era bien visto— Suspiró pasando la hoja.
— ¡Eres!… Eres una maldita— La miró con desaprobación— Si crees que ayudaré en esto estás muy equivocada.
—En realidad debes hacerlo ¿O quieres comprometer tu imagen confiable ante el rey y los príncipes?— Habló con tranquilidad —Si tiras la toalla ahora entonces me dejarás el camino libre a hacer lo que yo quiera con estos mortales…
—Esto es bajo Kuvira…— Advirtió— Lo pagarás muy caro.
—Gracias, eres muy amable— Despegó un momento la vista de su libro con una mirada complacida— Preparate pues al anochecer de mañana deberás ayudarme a preparar todo.
La ángel salió del santuario azotando con rabia la puerta causando que la demonio comenzara a reír complacida de haber dejado entre la espada y la pared a Jinora.
Luego de terminar de leer su libro caminó por el pueblo hasta salir al bosque donde junto a un olivar se quitó la cruz de su cuello realizando el ritual para invocar a su ama.
—Sabes, he tenido interesante momentos al ver a la ángel molestarse contigo— Sonrió la demonio.
—Señora— Se arrodilló Kuvira.
— ¿Por qué me has llamado?— La observó con atención.
—El rey está desesperado porque sus cosechas se han secado, así que lo he convencido de realizar un sacrificio a su dios, pero que obviamente irá dirigido a usted, quiero pedirle que haga crecer las cosechas que se secaron, de esa manera creerá que su señor ha realizado el milagro y en realidad le habrá vendido su alma— Sonrió.
—Excelente día— Sonrió la diabla— Tenlo por seguro, después del sacrificio de la noche de mañana los campos, las tierras y las arboledas estarán llenas de alimento maduro, el número de los ganados de todo tipo se duplicará y la pesca del imperio jamás habrá sido tan numerosa… A cambio del alma del rey Ozai.
—Yo me encargaré de que el sacrificio salga perfecto, lo prometo— La miró para levantarse.
—Bien Kuvira, estás haciendo un excelente trabajo— Sonrió.
Por la mañana siguiente los guardias del rey Ozai tomaron prisionera a una joven hermosa sin igual, inocente y lo más importante virgen, era llevada a la fuerza de la casa de sus padres al palacio protestando y gritando contra los guardias, Kuvira respiró profundamente alimentándose del aroma de su desesperación y miedo.
La llevaron hasta una celda donde estuvo un par de horas hasta que Jinora se acercó a ella para darle confesión.
—Hija, he venido a confesarte— Habló Jinora ante la atenta mirada de Kuvira quien la acompañaba.
—Gracias…— Murmuró sollozando la chica limpiándose las lágrimas— Ave maría prados…
—Immaculata Conceptio est— Se persignó con devoción y miró a la muchacha tratando de transmitirle toda la paz que su energía le permitía.
—Quiero… Confesarle que yo robé, cinco monedas de oro para que mi padre pudiese comprar suficiente comida para todos en nuestro hogar— Agachó la mirada Ty Lee.
—¿Y ese dinero los alimentó?— La miró Jinora.
—Durante una semana— Confesó— Antes de venir aquí me pelee con mis hermanas y nos gritamos porque el novio de una de ellas me besó y yo no le dije— La miró con ojos llenos de lágrimas— También por gritarle a mi padre y a mi madre por tener que trabajar para ayudarles con los gastos…
—Ty Lee ¿Te arrepientes de tus pecados y aceptas la penitencia de tus actos?— La miró Jinora.
—Estoy arrepentida y… Quiero el perdón— La miró derramando lágrimas— Y como ya no veré a mi familia de nuevo… Quiero arrepentirme de cualquier mal que yo les haya hecho sin darme cuenta y de todas las veces que me enfrenté a ellos sin valorar su amor hacía mi— Sonrió con tristeza.
—Quedas perdonada— Realizó una cruz en su frente— Ahora reza y encomienda tu alma al señor…
—Gracias— Asintió.
Las dos chicas salieron de la celda encaminándose al santuario.
—Esto es bajo… ¿Te atreves a arrebatarle su hija mayor a unos granjeros tan pobres?— Preguntó Jinora.
—Si— Sonrió Kuvira.
—Deja el alma de la chica libre— Le pidió Opal.
—Es toda tuya, de ella solo necesito su sangre— Desestimó Kuvira.
—Eres despreciable Kuvira.
—Gracias.
Fue su última conversación hasta que Kuvira bajó por la chica a los calabozos donde la llevó al santuario para prepararla, la lavó y perfumó con todo tipo de esencias, no pudo evitar morder con suavidad uno de los hombros de la chica mientras la veía en la bañera de aceites y pétalos de rosa, se veía tan apetitosa e inocente, que como desearía hacerla suya antes del ritual.
Pero tuvo suficiente autocontrol como para terminar de vestirla con una túnica blanca, sus cabellos castaños lucían sueltos y la hacía caminar con las manos atadas contra su espalda.
En el altar del santuario se encontraba Ozai con ropas blancas como había sido la orden de la sacerdotisa, Azula acompañaba al monarca mirando con emoción todo lo que sucedía.
Los guardias obligaron a Ty Lee a recostarse en la mesa donde ataron fuertemente sus extremidades, esta solo miraba con susto a las dos mujeres, mientras que suplicaba piedad. Kuvira le dio la daga a Jinora con una sonrisa tétrica antes de preparar velas negras y rojas, además de un par de recipientes para recolectar la sangre.
—Haz los primeros cortes— Le indicó Kuvira a Jinora la cual los realizó en las muñecas de la chica sin mirar, sus manos le temblaban al terminar y al abrirlos miró a la chica temblorosa sollozando fuertemente.
Kuvira comenzó a llenar todo de incienso y canticos inteligibles, de esa manera completó la mitad del ritual para mirar a Jinora con una sonrisa profunda.
—Es hora— Le indicó.
Jinora miró a la chica quien hasta el momento no paraba de llorar, su pecho subía y bajaba con desesperación. La joven ángel alzó la daga inclinándose al oído de la chica y susurrarle al oído, cuando terminó se la clavó en el pecho matándola casi al instante pues se removió con dolor antes de caer muerta.
Kuvira tomó la mano del señor Ozai y le hizo una cortada en la palma de la mano dejando caer la sangre del monarca en los dos recipientes con la sangre de la joven.
—Señor… Mañana nuestro dios todo poderoso nos dará su bendición o rechazará nuestra alianza con él— Habló Kuvira— Vaya y cené con toda su familia en la mesa, coman en paz, recen y vayan a dormir dando gracias a nuestro señor.
El rey y la princesa se retiraron en total calma y solo se quedó Jinora quien sollozaba con odio en una esquina golpeando la pared con rabia.
—Te lastimarás— Mencionó la demonio con burla.
— ¡Cállate o te juro que en este momento te asesino!— Exclamó con rabia— ¡Me hiciste matar un alma inocente!— Gruñó alzando sus puños a su cabeza y bajarlos con fuerza
— ¿Yo lo hice? ¿Segura?— La miró con una sonrisa— Yo no guíe tu mano al corazón de la joven, tú la apuñalaste sola, tienes ese mérito en el cual yo solo tengo que ver con la motivación— Sujetó el rostro de la arcángel acercándose a él— ¿El ángel se siente sucio?
—Maldición aléjate de mí— Gruñó con odio— Ya verás cuando pueda ponerte las manos encima Kuvira…
— ¿Qué me harás iluminarme hasta morir?— La provocó
—Te mataré…— Tomó el cuello de la demonio apretándolo con fuerza y desesperación.
A pesar del dolor que sentía y la desesperación Kuvira solo podía reír divertida ante la situación causando la desesperación del ángel quien la soltó con desprecio.
—No vale la pena desperdiciarme contigo— La observó— Tarde o temprano tendrás tu merecido— Sentenció.
—O quizás nunca— Sonrió
—Buenas noches— Se despidió la arcángel.
—No prometo que lo sean— La miró marcharse y cuando estuvo lejos comenzó a encender un hoguera fuera del templo.
Mientras el fuego se avivaba cada vez más Kuvira volvió al templo y extirpó el corazón del cadáver para tirarlo en la hoguera rezando un cantico, cuando el corazón se quemó apagó la hoguera con la sangre que habían recolectado y escribió unos signos en la tierra.
El ritual había terminado.
Continuará…
