Marinette gritó al comprender que el árbol iba a aplastarla. No tendría tiempo de transformarse en Ladybug, ni siquiera de tratar de apartarse. Lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos ante lo inevitable, deseando que al menos Tikki pudiese escapar a tiempo.
Oyó un golpe y el estruendo de las ramas azotando el suelo con un furioso revuelo de hojas. También un gemido de dolor que, de eso estaba bastante segura, no había salido de su garganta.
Pero nada la había golpeado todavía. Estaba ilesa. Estaba sorprendentemente bien, dadas las circunstancias.
Se atrevió a abrir los ojos y se quedó muda por la sorpresa. Sobre ella estaba Cat Noir, protegiéndola con su propio cuerpo. El tronco del árbol había caído sobre su espalda, y el superhéroe aguantaba estoicamente su peso, las manos bien plantadas en el suelo a ambos lados de Marinette, su rostro –muy cerca del de ella– congestionado en una mueca de esfuerzo y dolor.
–Cat Noir...
Él abrió los ojos –aquellos desconcertantes ojos gatunos, tan asombrosamente verdes– y se las arregló para dedicarle un guiño simpático.
–¿Estás bien? –le preguntó entonces.
–¿Qué...?
–¿Estás bien? ¿Puedes moverte? No te has hecho daño, ¿verdad?
Cuando comprendió el sentido de sus palabras, Marinette se sintió de pronto irritada ante el altruismo casi suicida de su compañero.
–¿Te has vuelto loco? ¿Te ha caído un árbol encima y me preguntas a mí si estoy bien?
–Oye, yo tengo superpoderes y puedo aguantar esto. Tú no.
Marinette se tragó su réplica. «Cierto», pensó, «buen punto». Se obligó a recordarse a sí misma que en aquellos momentos no era Ladybug y por tanto tendría que representar el papel de damisela en apuros que tanto odiaba, entre otras cosas porque le proporcionaba a Cat Noir una excusa perfecta para alardear ante ella como un pavo real.
Aunque tenía que reconocer que lo que acababa de hacer era mucho más que alardear. Era... vaya, le había salvado la vida.
Cuando ambos luchaban contra los supervillanos, aquella era la tónica general; siempre se estaban salvando el pellejo el uno al otro porque formaban un equipo, era parte del trabajo. Pero ¿lanzarse en plancha sobre Marinette para evitar que la aplastara un árbol, recibiendo el impacto en su lugar? No, eso iba mucho más allá de lo que se esperaba de él. Ella sabía que Cat era capaz de hacerlo, por supuesto; después de todo, se había sacrificado por Ladybug en varias ocasiones. Pero aquello seguía siendo parte del trabajo. Ladybug era imprescindible porque solo ella podía purificar los akumas. Y al fin y al cabo, no importaba tanto qué sucediera con Cat Noir, porque cuando ella terminara la tarea todo volvería a la normalidad. En cambio, si era Ladybug la que caía... nada podría arreglarse después.
Sin embargo, aquello era un árbol y no un villano. Y ella era Marinette, no Ladybug. Y si Cat hubiese quedado malherido a causa de ello, o algo peor... sería irreversible.
Marinette contempló de nuevo el rostro de Cat Noir, incapaz de reaccionar. Detectó un brillo de dolor en sus ojos, que su expresión jocosa no lograba disimular.
–Entiendo que disfrutes con la compañía, princesa, pero creo que deberías moverte ya. Hasta los superhéroes tenemos nuestros límites, y no sé cuánto tiempo más podré aguantar.
–Oh. Oh, claro. Disculpa.
Salió de debajo de Cat Noir, arrastrándose por el suelo y abriéndose paso entre las ramas hasta que logró ponerse en pie. Se alejó, cojeando; cuando Cat vio que estaba a una prudente distancia, hizo un último esfuerzo y lanzó el tronco hacia un lado. Marinette lo obervó con el corazón encogido mientras se levantaba. Lo vio vacilar un momento; sus piernas temblaron y estuvo a punto de caer al suelo, pero se recompuso. Después se acercó a ella, de nuevo con aquella sonrisa autosuficiente en los labios, como si dejarse aplastar por árboles enormes fuese algo que hiciese todos los días antes de desayunar.
Pero Marinette, que lo conocía bien, que estaba acostumbrada a la fluidez de sus movimientos, a su elegancia felina, detectó la rigidez de sus pasos y comprendió que estaba más dolorido de lo que pretendía aparentar. El traje lo protegía de una buena parte de los impactos, pero no lo volvía completamente invulnerable. Marinette lo examinó con ojo crítico cuando se plantó ante ella y le descubrió un feo arañazo en el cuello.
–¿Estás herida? –le preguntó entonces él, alzando la voz para hacerse oír por encima del vendaval; ella lo miró, perpleja–. He visto que cojeabas, ¿estás bien? –insistió el chico.
Marinette inspiró hondo, tratando de calmarse. Estúpido gato. Seguramente él estaba mucho peor que ella, pero era tan presuntuoso que no lo admitiría en voz alta, y tan generoso que se preocuparía de cualquier otra persona antes de pensar siquiera en cuidar de sí mismo. La irritaba y la enternecía a partes iguales. Nunca sabía a qué atenerse con él.
–Estoy bien, solo me he torcido un pie al caer. Pero tú...
–Entonces vámonos de aquí –cortó Cat Noir–. Este sitio no es seguro. Vamos, te acompañaré a tu casa.
–Pero...
–Soy un caballero, no puedo dejarte aquí sin más.
Le ofreció el brazo con galantería, y Marinette no tuvo valor para rechazarlo. Se cambió de hombro la cartera de Adrián para poder aferrarse a él y vio de pronto que Cat palidecía.
–¿Seguro que estás bien?
Él sacudió la cabeza y forzó una sonrisa.
–Seguro. No te preocupes tanto por mí, princesa. Recuerda que los gatos tenemos siete vidas y siempre caemos de pie.
Marinette no replicó, pero no había quedado convencida.
En realidad, Cat Noir estaba sufriendo una pequeña crisis interior.
Por supuesto que estaba dolorido. Una rama lo había golpeado en la cabeza y aún se sentía algo aturdido. Y tenía la espalda como un volcán en erupción. El traje había absorbido buena parte del daño, pero aun así le había caído un árbol encima, y estaba convencido de que al día siguiente la tendría completamente amoratada. Confiaba en ser capaz de evitar que nadie se diera cuenta.
Con todo, lo que más lo había turbado había sido descubrir su propia cartera colgando del hombro de Marinette. Así que era cierto. Su amiga estaba en el parque porque él la había citado allí. Había pasado quién sabía cuánto tiempo en aquel banco, soportando aquel viento tan desagradable porque él no la había llamado para cambiar el lugar de la cita. Y le había caído un árbol encima. Si Cat Noir no hubiese estado allí... si Adrián se hubiese quedado en el coche en lugar de transformarse para ahorrar tiempo... quizá ahora Marinette estaría muerta.
Se estremeció de horror ante aquella idea. Si a ella le hubiese pasado algo solo porque él había reestructurado su horario sin pensar en las molestias que podía ocasionar a otras personas...
Estúpido, estúpido, estúpido.
«Debería haber prestado más atención a la sesión de fotos. Debería haber vuelto a tiempo a clase para recoger mis cosas por mí mismo. O no haberlas dejado allí en primer lugar. O haber enviado al Gorila con tiempo suficiente como para llegar a la escuela antes del cierre. Debería haber insistido en quedar con Marinette en la panadería. Debería haber tenido en cuenta la alerta meteorológica. Debería haberla llamado para cambiar el plan. Debería haber salido antes del coche». Eran tantas las cosas que había hecho mal aquella tarde que no sabía ni por dónde empezar a contarlas.
Por suerte, había llegado al parque a tiempo de puro milagro.
No, se corrigió. Cat Noir había llegado a tiempo y había salvado a Marinette. Adrián solo se las había arreglado para ponerla en peligro sin ninguna necesidad. El hecho de que ambos fueran la misma persona no tenía importancia, porque Marinette no lo sabía. Para ella, probablemente, Adrián sería el idiota desconsiderado que la había puesto en aquella situación, y Cat Noir el héroe valiente y leal que había acudido al rescate sin pensarlo dos veces.
Había sido bastante impresionante, tenía que reconocerlo; pero no podía sentirse orgulloso de su hazaña porque, de no ser por él, Marinette tampoco habría estado en peligro en primer lugar.
Si le hubiese sucedido algo... jamás habría podido perdonarse a sí mismo por ello.
De pronto sintió que ella le tiraba del brazo y, cuando quiso darse cuenta, se habían escondido en una bocacalle cercana a la panadería.
–Hum... ¿qué estamos haciendo exactamente? –preguntó Cat, muy perdido.
Marinette se asomaba tras la esquina, inquieta.
–Son mis padres... han salido fuera de la tienda, seguramente ya saben que ha caído un árbol en el parque. Si se enteran de que estaba allí se preocuparán muchísimo...
–¿No lo sabían?
Ella negó con la cabeza, y Cat Noir se sintió fatal otra vez. Por supuesto que sus padres no le habrían permitido esperarlo en el parque con aquel tiempo, era una cuestión de sentido común. Y a pesar de todo, ella lo había hecho. Por él.
Marinette malinterpretó su expresión abatida.
–No puedo decirles que me has salvado la vida, Cat Noir. Lo siento muchísimo. Mereces que todo el mundo sepa lo que has hecho por mí y, sin embargo...
–No digas más, princesa, lo entiendo –cortó él con una sonrisa–. No te preocupes, tu secreto estará a salvo conmigo. Palabra de gato.
Ella le devolvió la sonrisa.
–Aun así quiero hacer algo para agradecértelo. ¿Podrías pasarte por mi balcón en... diez minutos aproximadamente? Si no tienes otros compromisos, claro –añadió al ver que él dudaba.
Había fijado en Cat Noir sus enormes ojos azules, pero él no fue capaz de sostenerle la mirada. Casi la había aplastado un árbol por su culpa... ¿y ella aún pretendía darle las gracias?
–No es necesario, de verdad. Me basta con saber que estás bien.
–Quiero agradecértelo. Por favor. Es lo menos que puedo hacer.
Y Cat no fue capaz de negárselo.
Se despidieron, prometiendo que volverían a encontrarse un rato más tarde. Cat Noir la vio marchar, aún preocupado por ella. Se había llevado un buen susto, sin duda. Tal vez no era tan mala idea pasarse después por su casa para asegurarse de que se encontraba bien.
Pero antes tenía otras gestiones que hacer. Tras comprobar que estaba solo en el callejón, volvió a transformarse en Adrián y extendió las manos para recoger a Plagg antes de que cayera al suelo.
–Camembeeeert... –exigió el kwami con dramatismo.
Adrián suspiró.
–Me temo que tendrás que esperar un poco más. Lo siento, Plagg.
–¿Qué quieres decir? ¿Qué estás tramando?
Pero el chico no le contestó. Sacó su móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros para llamar a Nathalie, y fue entonces cuando descubrió la llamada perdida de Marinette. Escuchó el mensaje, cubriendo el auricular con la mano para poder oírlo con claridad a pesar del silbido del viento: «Hola..., contestador de Adrián, soy Marinette... Sé que habíamos quedado en el parque, pero hace un viento horrible y... bueno, creo que es mejor que te pases por la panadería después de todo, jeje. P-perdón por las molestias y... en fin, ¡adiós!».
–¿«Perdón por las molestias»? –repitió el chico, perplejo–. ¡Si era ella quien me estaba haciendo un favor a mí!
–Si dijo que iba a ir a la panadería, ¿por qué seguía en el parque? –planteó Plagg.
–Probablemente porque, como yo no le contesté, no sabía si había recibido su mensaje.
Comprobó la hora de la llamada y comprendió que se había producido mientras él corría por los tejados bajo la identidad de Cat Noir.
Suspiró. Toda aquella tarde había sido un cúmulo de despropósitos, pero quizá todavía pudiese arreglarla un poco.
Llamó a Nathalie.
–Hola, Adrián, ¿todo bien? –dijo ella al otro lado–. Ya estamos saliendo del atasco. Enseguida pasamos a recogerte.
–En realidad, Nathalie, te llamaba para preguntarte si podéis ir directamente a casa. Me voy a quedar a pasar la tarde en casa de Marinette.
–Pero no puedo dejar que vuelvas solo; acabo de ver pasar un camión de bomberos, ¿sabes si ha ocurrido algo?
–Sí, ha caído uno de los árboles del parque, pero no te preocupes, estamos a cubierto. Tranquila, no volveré solo. Venid a recogerme en un par de horas, ¿vale? Es solo que... me gustaría quedarme más tiempo. Por favor.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
–Está bien –claudicó ella por fin–. Pero no salgáis a la calle, ¿de acuerdo?
–¡Gracias, Nathalie, eres la mejor!
Adrián colgó y dirigió una mirada a Plagg, que flotaba junto a él. El kwami entrecerró los ojos.
–¿Estás seguro de lo que vas a hacer?
–¿A qué te refieres?
–Podrías entrar en la panadería como Adrián, pedirle disculpas a Marinette por el retraso y recoger tu cartera sin más. No necesitas enredar más las cosas como Cat Noir.
–Cat Noir no enreda las cosas, las soluciona. Y ya ha quedado con Marinette. Puede que Adrián no haya aparecido, pero Cat Noir no va a llegar tarde a su cita, así que ya sabes: ¡garras fuera!
«No voy a cometer el mismo error dos veces», pensó mientras se transformaba.
Momentos después aterrizó en el balcón de Marinette. No lo hizo con su gracia habitual, porque el viento sacudía su bastón y le hizo perder el equilibrio y caer al suelo con cierto estrépito. La trampilla que conducía a la habitación de Marinette se abrió, y la chica asomó la cabeza, preocupada.
–Cat Noir, ¿estás bien? –preguntó al verlo tendido en el suelo.
Él le dedicó una de sus deslumbrantes sonrisas.
–Aterrizaje forzoso debido a malas condiciones meteorológicas. Todo en orden.
Se incorporó con ligereza, pero Marinette detectó un rictus de dolor en su expresión.
–Vamos, entra antes de que te vea alguien.
Desapareció de nuevo dentro de la habitación, y Cat la siguió. Había estado allí en otras ocasiones; una como Adrián, cuando ambos habían estado practicando juntos para el torneo de Ultimate Mega Strike III, y otra como Cat Noir, cuando él y Ladybug habían tenido que enfrentarse por segunda vez a Lady Wifi, a quien en realidad controlaba la Marionetista. Una larga historia.
Siempre le había parecido un lugar muy acogedor. Un poco rosa, quizá, pero por algún motivo era un color que le iba muy bien a Marinette.
Ella lo condujo hasta el diván y lo hizo sentarse allí. Cat la miró, inseguro. Sospechaba que tramaba algo, pero no acertaba a adivinar qué. Entonces vio las dos tazas humeantes que reposaban sobre la mesa, y sonrió cuando Marinette le ofreció una de ellas.
–Chocolate caliente –anunció–. Apetece en un día como hoy, ¿verdad? También quería traerte algo de la panadería, pero me he dado cuenta de que no sé lo que te gusta.
Eso le había supuesto un pequeño dilema apenas unos momentos antes. Había pretendido preparar una bandeja con algo de merienda para Cat Noir, pero no había sido capaz de decidirse. ¿Croissants o tartaletas? ¿Cookies o macarons? ¿Dulce o salado? ¿Y si no era goloso? ¿Y si resultaba que era celíaco? A veces pensaba que conocía muy bien a su compañero porque habían librado innumerables batallas juntos; pero entonces descubría que ignoraba por completo un montón de detalles como aquel.
Cat alzó la cabeza y la miró muy sorprendido, como si no estuviese acostumbrado a que le preguntasen sobre sus gustos y preferencias.
–Bueno, yo..., no sé, todo lo que hacéis está delicioso, así que... ¿qué ocurre? ¿He dicho algo malo? –preguntó él al darse cuenta de que Marinette se había quedado mirándolo con la boca abierta.
–¿Habías estado antes en la panadería? ¿Has probado lo que vendemos aquí?
Estaba segura de que, si Cat Noir hubiese aparecido en algún momento por la tienda para comprar croissants, sus padres lo habrían mencionado. Así que él debía de haber estado allí... bajo su verdadera identidad.
¿Y si hubiese estado ella atendiendo tras el mostrador? Quizá ya se habían visto sin las máscaras... pero no, no podía ser. Estaba segura de que habría sido capaz de reconocer a Cat Noir en cuaquier caso. Obviamente sus ojos serían diferentes, más humanos. Quizá ni siquiera fueran verdes en realidad. Pero sus galanteos, sus modales obsequiosos, su sonrisa pícara... no podría deshacerse de todo aquello con tanta facilidad, ¿verdad? Probablemente habría tratado de flirtear con ella con una reverencia, tres piropos y un par de chistes malos. Porque Cat Noir no podría evitar ser Cat Noir, con o sin la máscara.
¿O tal vez sí? Después de todo, ella no era Ladybug todo el tiempo. Y Cat Noir la estaba mirando en aquellos momentos... sin reconocerla.
–Por favor, princesa, soy un minino de gustos muy refinados –bromeó él–. Por supuesto que he probado las delicias de la mejor pastelería de todo París. Por eso sé que cualquiera de ellas es una exquisitez.
Marinette sonrió, halagada.
–Bueno, pero tendrás alguna preferencia, así que habla ahora o calla para siempre.
Cat se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo índice, pensativo.
–Pues, a decir verdad... siempre he sentido debilidad por la quiche de salmón y espinacas –confesó–. Pero no pasa nada si... oh, he vuelto a decir algo inconveniente, ¿verdad? Has puesto otra vez esa cara rara.
Ella sacudió la cabeza.
–No es nada, solo... Bueno, mira, al final vas a tener suerte. Da la casualidad de que tengo un trozo justo aquí.
Y, ante el asombro su compañero, abrió la cartera de Adrián, que había dejado abandonada en un rincón, y sacó de ella un paquetito que olía maravillosamente bien. Se lo entregó con una amplia sonrisa que, sin embargo, no terminaba de borrar la tristeza que asomaba a sus ojos.
–Un humilde obsequio para mi caballero salvador.
–Normalmente al caballero salvador se le obsequia con la mano de la princesa, pero si me ofreces en su lugar una deliciosa quiche tampoco me voy a quejar.
–Ah-ah, si quieres la mano de la princesa tendrás que hacer algo más que salvarla.
–¿Ah, sí? –Cat se inclinó hacia ella con una sonrisa maliciosa–. Cuéntame, ¿qué tendría que hacer?
–¿No es evidente? Enamorarla, por supuesto.
Los ojos de Cat seguían fijos en ella, y Marinette le sostuvo la mirada unos segundos. Después fue él quien bajó la cabeza, rompiendo el contacto visual. Ella se dio cuenta de que el pastel seguía reposando en su regazo y ni siquiera había empezado a abrir el envoltorio.
–¿Qué pasa? ¿Ya no la quieres?
Cat sacudió la cabeza.
–No es eso, es que... bueno, parecía que la habías reservado para alguien.
En realidad quería preguntar qué hacía aquello en la cartera de Adrián Agreste, pero no podía hacerlo sin despertar sospechas. Aquel le pareció un enfoque más adecuado, y Marinette se lo confirmó cuando respondió con un suspiro:
–Sí, bueno... es verdad, lo había guardado para alguien. Había quedado con un compañero de clase en el parque para devolverle unos libros y pensé en llevarle un trozo de quiche porque también es su favorita, pero en fin..., supongo que ya no va a venir, así que te lo puedes comer sin problemas. La próxima vez que vengas, si avisas con tiempo, puedo reservarte un trozo exclusivamente para ti –añadió al detectar la expresión sombría de él.
En realidad, Cat Noir estaba sufriendo otra pequeña crisis emocional.
Marinette le había guardado un trozo de quiche.
No, Marinette le había guardado un trozo de quiche de salmón y espinacas porque sabía lo mucho que le gustaba. Posiblemente él lo había mencionado la tarde que habían pasado juntos practicando con el videojuego, pero de eso hacía ya meses.
Y aun así ella se había acordado y había tenido el detalle de reservarle el pastel porque sí, porque era así de dulce y amable.
Y él la había puesto en peligro y, no contento con eso, había llegado tarde a su cita con ella. No, había faltado a su cita con ella porque, desde el punto de vista de Marinette, Adrián nunca había llegado a presentarse.
Cada vez se sentía más furioso y avergonzado consigo mismo.
–¿Qué clase de idiota daría plantón a una chica tan encantadora como tú? –se preguntó en voz alta. Y lo decía muy en serio.
–Cat...
–En todo caso –prosiguió él–, lo que está claro es que no merece ni un solo bocado de esta delicatessen –concluyó muy convencido.
Marinette rio, aunque a él le dio la impresión de que seguía siendo una risa triste.
–¿Sabes qué pienso yo? Que alguien que deja que le caiga un árbol encima para salvar a cualquier chica, encantadora o no, merece mucho más que un simple trozo de pastel –respondió con suavidad–. Así que no le des más vueltas y cómetela, que aún no he acabado contigo.
Cat Noir alzó una ceja, intrigado; pero se comió la quiche y se terminó el chocolate, y solo entonces se dio cuenta de que Marinette había estado todo el tiempo sentada ante él, silenciosa y pensativa, con la taza entre las manos.
–Oh, no, ¿qué ha sido de mis modales? Yo aquí comiendo a dos carrillos sin la menor consideración. Y ni siquiera te he guardado un trozo...
Pero ella negó con la cabeza.
–No tengo hambre, Cat. En serio. Y tú te merecías esa quiche, tienes que recuperar fuerzas. ¿Has acabado ya? ¿Sí? Bien, pues pasemos al siguiente punto del orden del día.
–¿Qué quieres decir? –preguntó él, un tanto alarmado.
Marinette se había levantado para coger una caja que había dejado sobre la mesa. Cuando volvió a acercarse con ella entre las manos, Cat Noir descubrió que se trataba de un botiquín.
–Oh –murmuró al comprender por fin qué era lo que pretendía–. Te lo agradezco mucho, Marinette, pero no es necesario...
–No voy a dejarte salir de aquí hasta que haya revisado tus heridas a fondo, así que quédate ahí sentado, gatito, y déjame trabajar –respondió ella con energía, y Cat se quedó tan estupefacto que no fue capaz de responder.
La observó empapar una gasa en agua oxigenada, todavía sin saber muy bien cómo reaccionar. Y, cuando ella alargó la mano hacia su cuello, se echó hacia atrás por puro instinto.
Marinette respiró hondo. Lo había asustado, claro. Debía recordar que en aquellos momentos no era Ladybug. En su faceta de superheroína había desarrollado una gran cercanía física con Cat Noir. Peleaban juntos, de modo que se abrazaban para protegerse mutuamente, se cogían de la mano para no caer al vacío, se sostenían el uno al otro para mantener el equilibrio. Era algo natural, lo hacían sin planteárselo siquiera.
También era verdad que a veces, cuando él se empeñaba en flirtear con ella y avanzaba un paso, Ladybug retrocedía otro, marcando cierta distancia entre los dos en aquel sentido. Pero eso no significaba que no mantuviese con él una relación de confianza y familiaridad que no había establecido nunca con ningún otro chico.
Pero, claro..., eso él no lo sabía. Porque en aquellos momentos, cuando la miraba, solo veía a Marinette.
Aun así, la sorprendió aquel súbito arrebato de timidez. Jamás lo habría esperado de él.
Sonrió. Al diablo con la doncella en apuros.
–¿Qué pasa, minino? ¿El felino más seductor de París se siente intimidado por la presencia de una chica?
–¿Yo? Qué va. Puedes acercarte todo lo que quieras, estoy miaucantado con tu presencia.
La sonrisa de Marinette se ensanchó. Si él se encontraba lo bastante cómodo como para torturarla con aquellos horribles chistes gatunos, sin duda podía continuar.
–Déjame cuidarte, por favor –insistió sin embargo, con suavidad–. No voy a hacerte daño. Confía en mí, ¿de acuerdo?
De nuevo, sus miradas se encontraron.
–Ya lo sé –respondió él, muy serio de pronto–. Confío en ti, Marinette.
–Bien. Puede que esto escueza un poco, ¿vale? Ten paciencia.
Trabajó en silencio mientras Cat le dejaba hacer, muy quieto. Desinfectó la herida del cuello, consciente de que podría haber resultado muy grave si hubiese sido más profunda, y luego la cubrió con una gasa adhesiva. Después alzó la mano para tocar la cabeza de Cat, despacio, para no incomodarlo de nuevo. Él no se movió, de modo que Marinette pudo apartar sus cabellos con los dedos, buscando el golpe que sabía que estaba allí, en algún lugar. Lo hizo con el mayor cuidado posible, maravillándose al descubrir que el pelo de su amigo, salvaje y descuidado, era también asombrosamente suave. Evitó sus orejas gatunas, aunque siempre le habían suscitado una gran curiosidad, porque no le pareció que aquel fuera el mejor momento para jugar con ellas.
–Ah, aquí está. Vaya chichón, gatito. Podrías haberte quedado inconsciente.
–¿Quedarme inconsciente yo, habiendo princesas en peligro? Eso no sería propio de mí.
Marinette alzó una ceja. Cat Noir sonrió.
–Vale, sí, puede que me haya mareado un poco. Pero no es nada serio, de verdad.
Ella terminó de curar la lesión y después le entregó una bolsa con hielo.
–Póntelo en la cabeza para bajar la hinchazón.
Cat Noir obedeció. Entonces ella alargó la mano para alcanzar el cascabel de su traje, pero se detuvo de pronto al ver que, definitivamente, el chico se sentía incómodo, aunque hacía grandes esfuerzos para mantenerse sereno.
–Necesito verte la espalda –le explicó despacio–. Sé que te duele mucho.
–¿Lo sabes? –se sorprendió él.
«Te conozco», quiso decirle ella. Pero no podía.
–¿Prefieres que te cure otra persona? –se limitó a preguntarle.
Cat Noir dudó. Marinette sabía que probablemente él no podía confiar en nadie más para aquella tarea sin revelar su verdadera identidad o tener que responder a una serie de preguntas comprometedoras. Y lo sabía porque, si ella se hubiese encontrado en la misma situación, tampoco podría haber confiado en nadie más que en Cat Noir.
–Supongo que no –se rindió al fin; le dirigió una mirada curiosa–. Entonces, ¿necesitas que me quite el traje?
–Solo hasta la cintura –matizó ella–. Y te puedes ahorrar los comentarios estúpidos, Cat. No voy a consentir ningún tipo de broma cuando es tu salud lo que está en juego.
Cat Noir se tragó lo que estaba a punto de decir, pero no pudo reprimir una sonrisa pícara. Aquella había sido una observación tan característica de Ladybug que le costaba trabajo creer que había salido de los labios de la dulce y tímida Marinette.
Todavía sosteniendo la bolsa de hielo sobre su cabeza, tiró del cascabel con la otra mano para abrir la cremallera.
Marinette lo observaba con curiosidad y cierta envidia. Siempre le habían parecido muy prácticos los bolsillos y cremalleras del traje de Cat Noir, porque el suyo propio no los tenía. La cubría casi por completo como una segunda piel, y si en algún momento resultase herida, Cat solo podría curarla si ella revertía primero la transformación.
–¿Disfrutando con la vista, princesa? –preguntó entonces él, haciéndola volver a la realidad.
Marinette se dio cuenta entonces de que se había quitado ya la parte superior del traje y la contemplaba con una sonrisa maliciosa.
–¿Qué te acabo de decir? –lo riñó–. Nada de comentarios estúpidos.
Pero había enrojecido levemente, porque era cierto que se había quedado mirándolo, y no había tenido intención de hacerlo. Apartó la vista, molesta consigo misma por habérselo puesto tan fácil. Después de todo, no había nada nuevo en aquello. También el traje de Cat Noir se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, así que ya sabía que él era esbelto, pero bien tonificado. No pensaba dejarse impresionar por ello.
Rodeó el diván para examinar la espalda de Cat Noir, contenta por poder perder de vista la mirada socarrona de sus ojos verdes.
–Oh, Cat –susurró entonces, horrorizada.
–¿Tan mala pinta tiene? –preguntó él.
Marinette reprimió un suspiro. La espalda de Cat Noir era un espeluznante mapa de profundos raspones y amplias zonas rojas que no tardarían en convertirse en hematomas.
–Te ha caído un árbol encima –dijo ella, sin poder evitar que la preocupación aflorara a su voz–. Podía haberte partido la espalda en dos.
–Tengo un supertraje, ¿recuerdas? Me protege de los golpes.
–No de todos los golpes, al parecer.
Empezó por desinfectarle los arañazos; después pasó la bolsa de hielo por los peores golpes, para reducir un poco la hinchazón, y aplicó una pomada para los hematomas.
Cat le dejó hacer. La cura escocía y a veces le hacía apretar los dientes por el dolor, pero en el fondo le gustaba sentir sobre su piel los dedos de Marinette, ligeros y gentiles como mariposas.
–Voy a vendarte la espalda, ¿vale? Creo que también te aliviará. Levanta los brazos, por favor.
Cat Noir obedeció. Las manos de Marinette rodearon entonces su pecho, enrollando las vendas en torno a él. Mientras esperaba, dejó vagar su mirada por el cuarto de la chica. Y fue entonces cuando se fijó en los posters se las paredes.
