La niña lobo

Sus garras se hundieron en la espesa nieve, hace días que no dejaba de nevar. La manada había encontrado dos conejos muertos enterrados en la nieve que probablemente eran más piel y pelo que jugosa carne, pero cada onza de carne hacía la diferencia entre la vida y la muerte.

Nymeria nunca había visto una nevazón como esa en La Tierra de Los Ríos. Los días eran cada vez más cortos y fríos, y la manada rara vez se topaba con humanos merodeando por los bosques, los que en otros tiempos abundaban, escapando de guerras o marchando hacia algunas. Por esa misma razón la comida era escasa e insuficiente para alimentar a la numerosa prole que seguía a Nymeria. Mientras unos peleaban por un trozo de hueso, otros desfallecían en el camino y los hermanos, famélicos, se alimentaban de esa carne muerta.

Los días de Nymeria se sucedían en el umbral de la supervivencia. Por las noches, la manada dormía junta para conservar el calor y durante el día se dedicaban a buscar comida enterrada en la nieve o a cazar animales solitarios y desprevenidos. Los humanos ya no habitaban el bosque, y cuando se encontraban con alguno, huían aterrados ante el semejante tamaño de Nymeria. Aún en la hambruna, Nymeria conservaba su porte imponente de loba huargo. Era el doble que el resto de su manada y sus afiladas garras aún podían cortar el cuello de cualquier caballero. Probablemente esa era la razón por la que el resto seguía a Nymeria, para sobrevivir.

Pero la vida de Nymeria no siempre había sido sobrevivir. Hubo un tiempo en que era frecuentemente visitada por la niña lobo. La sentía llegar de pronto en las noches, como una ventisca, y aferrarse a su cuerpo como un niño abandonado. Nymeria no ponía resistencia y la dejaba entrar, sabía que era una niña que sólo quería un cuerpo para correr, saltar, jugar y cazar. Sentía su cuerpo famélico, y a su espíritu hambriento devorarse ciervos, conejos y patos en una triste ilusión. Había días en que la sentía cerca y la niña le visitaba todas las noches para jugar, había otros días en que estaba lejos y apenas podían conectar. Sin embargo, ya desde hace un tiempo que no sabía nada de ella. Quizá el invierno la había matado, al igual que estaba a punto de matar a Nymeria.

La manada encontró un claro en el bosque donde los gruesos árboles protegían de la ventisca y la alfombra de nieve parecía más un mullido lecho que una cama de hielo. Los lobos, cansados de la caminata y fatigados por el hambre se acurrucaron para dormir, Nymeria entre ellos. Lo último que había comido había sido la carne dura de un lobo muerto el día anterior y la cabeza le daba vueltas. El hambre, el frío y la fatiga pronto dieron paso al sueño.

Soñó con sombras moviéndose entre el bosque, bailando como las llamas de una hoguera al viento. Sombras sin rostro, arrastrándose sigilosas. Ella era una sombra más, veloz como un ciervo, ligera como una pluma, tranquila como las aguas en calma. Ser una sombra más le había permitido matar a Walder Frey. Había dejado su cuerpo apolillado desangrándose sobre el pastel de sus hijos y siguió su camino dejando un rastro de muerte a su paso. La sangre en sus manos se sentía limpia y fresca, como la venganza.

Silenciosa como una sombra, se enteró de los rumores que corrían hacia el Norte de La Tierra de Los Ríos. Los Bolton habían tomado posesión de Invernalia y su bastardo se había casado con Sansa, su hermana. Sansa escapó en dirección al Muro, donde su medio-hermano, Jon, era Lord Comandante de la Guardia de la Noche. La Guardia de la Noche junto a un ejército de salvajes lucharon por el trono de Invernalia en la batalla que en las posadas junto al Camino Real clamaban como "La Batalla de los Bastardos". El ejército del Valle se había unido a las fuerzas Stark y los Bolton habían caído. La bandera Stark había vuelto a flamear en Invernalia y Jon había sido proclamado El Rey en el Norte.

Su corazón se encogía al escuchar esas historias. Le habría gustado estar en la Batalla de los Bastardos para acabar con sus propias manos a los traidores de los Bolton y los Umber. Le habría gustado que Jon viese lo buena que se había convertido en las espadas y que aún conservaba Aguja, su primera espada, la espada que él le había regalado. Le habría gustado estar en Invernalia en ese momento, envuelta en el calor de sus aguas termales, y no tiritando de frío en una posada roñosa. Hasta le habría gustado abrazar y besar a su hermana Sansa, con quien nunca compartió buenos momentos.

Pero Invernalia podía esperar, porque así como se había enterado de las glorias de sus hermanos, también había conocido la caída de los Tully, su familia materna. Después de la Boda Roja donde su madre y Robb –que los antiguos dioses los tengan en su gloria– habían fallecido, su tío, Edmure Tully, fue hecho prisionero de los Frey, quienes, asimismo, habían asediado Aguas Dulces por meses, castillo que su tío-abuelo, Brynden Tully custodiaba. El asedio terminó con Brynden muerto y los estandartes de los Lannister y los Frey colgando de los muros. Aguas Dulces ahora era otro asentamiento de Los Frey y el castillo estaba en la mira de Arya Stark.

Nymeria despertó con las orejas congeladas y el estómago ardiendo en hambre. El resto de la manada ya había despertado y los escuchaba escarbando en la nieve y olfateando los alrededores en busca de comida. En algún momento habían sido una prole de cuarenta lobos, pero ahora no eran muchos más de quince. Los miró por un momento, en los huesos, con el pelaje opaco, arrastrándose hacia la muerte. Recordó su sueño de muerte, sangre y venganza y Nymeria supo qué es lo que tenía que hacer; eran una manada de lobos después de todos. Aulló con las pocas fuerzas que le quedaban, convocando a sus hermanos, y su aullido hizo eco en la fría madrugada.


Villa Harren era un pequeño pueblo ubicado a la orilla del Ojo de los Dioses, cerca del castillo Harrenhall. Durante La Guerra de Los Cinco Reyes había sido arrasada y quemada por las fuerzas de Tywin Lannister, como cada rincón de La Tierra de los Ríos, pero poco a poco sus antiguos habitantes estaban volviendo a casa. Habían desmalezado las plantaciones quemadas y habían reconstruido sus casas. No alcanzaron a plantar verduras antes de la llegada del invierno, pero llenaban su despensa con los peces que pescaban del lago y de algunos animales que aún conservaban.

Desde la victoria de los Lannister que las cosas estaban más tranquilas. Los Tully habían caído, los Blackwood habían perdido la mitad de sus tierras y ahora la tierra de los Ríos era dominada por los Frey, además, ahora Harrenhall estaba bajo la jurisdicción de Petyr Baelish, de quien ellos nunca habían escuchado hablar. El mapa político-territorial habían cambiado drásticamente desde los tiempos del Rey Robert, pero al menos ahora los habitantes de Villa Harren no tenían que temer la llegada sorpresiva de un destacamento Lannister que arrasara con todo a su paso. Los campesinos habían vuelto a sus rutinas cotidianas anteriores a la guerra, preocupándose en lo que realmente importaba: qué iban a comer.

El verano recién pasado había sido largo y dichoso, a pesar de la muerte y de la guerra que coronaron su final. Pocos de los sobrevivientes de Villa Harren habían vivido lo suficiente como para recordar el último Invierno, pero las historias que habían escuchado de éste no auguraban nada bueno. Los solitarios y escasos visitantes que alojaban en la posada del pueblo contaban que en el Norte hace meses que nevaba sin parar. Allí, en cambio, la nieve tardó en llegar, pero ese temprano aviso duplicó los esfuerzos de aprovisionarse con comida.

Como los cuervos habían previsto, el Invierno había llegado recientemente a la Tierra de los Ríos. Hace varios días que nevaba, pero la nieve era suave y ligera, lo que no impedía hacer las tareas cotidianas: despertar, dar de comer a los animales, retirar la nieve de los techos y de los caminos, encender el fuego para calentar la comida.

Aquella era una azul madrugada, con el débil sol de invierno asomando tras las montañas. El fuego se había encendido dentro de los hogares y de sus interiores asomaba un aroma a gachas con miel y pescado ahumado. Villa Harren era un pueblo pobre a medio reconstruir, pero todavía se podía comer bien. Sus habitantes habían recuperado el colorido de sus mejillas y la risa en sus labios que la guerra les había quitado. Pero habían olvidado que con el Invierno se avecinaba una nueva guerra: la guerra del hambre.

Los lobos irrumpieron la tranquila mañana como una avalancha. Derribaron las puertas, rompieron las ventanas y atacaron a los humanos con sus afilados colmillos y sus largas garras. Los gritos de Villa Harren hicieron eco en el valle y la inmaculada nieve se tiñó de sangre fresca. Algunos campesinos trataron de huir hacia el bosque, pero la mayoría eran atrapados en el camino por los zarpazos de los lobos que desgarraban muslos y vientres mientras echaban espuma por la boca.

El ataque no tomó mucho tiempo, pronto, la recién reconstruida Villa Harren había sido devastada por la manada de Nymeria, quienes comieron hasta hartarse. Nymeria tenía el pelaje pegajoso de sangre seca y el hocico empapado, pero al fin la ardiente hambre se había apagado. La manada permaneció merodeando por el lugar, olfateando los restos, curioseando dentro de los hogares. Cuando descubrieron que dentro de algunas casas todavía estaba encendido el fuego, se acurrucaron a su lado, disfrutando de una estancia templada, a salvo del indolente Invierno.

A diferencia de sus hermanos, Nymeria no bajó la guardia tan pronto. Durante el ataque había visto a algunos campesinos huyendo hacia el bosque. Era poco probable que volviesen a atacarlos, ¿con qué armas? ¿con qué ejércitos? Si no eran más que un puñado de campesinos desarmados y la guerra se había acabado en ese lado del mundo. El Invierno había tapiado a la gente en sus hogares y castillos, por lo que nadie vendría a su rescate. Pronto morirían de frío, trataba de convencerse Nymeria, pero no podía dejar de pensar en los humanos que durante la guerra habitaban en el bosque. Iban a caballo y algunos vestían armaduras, pero no eran como los ejércitos de las grandes casas que desfilaban por el camino real. La manada no se había encontrado con ellos desde que empezó el Invierno, pero Nymeria los recordaba bien.

La primera vez que se encontraron con ellos fue la fatídica noche en que murió Viento Gris. Nymeria todavía recordaba el angustioso aullido de su hermano que hizo eco en aquella noche cerrada y sin luna, cuando la sangre se podía oler a kilómetros de distancia. Corrió desesperada en dirección a su voz, con la manada pisándole los tobillos. Habría podido reconocer el aullido de sus hermanos en cualquier lugar, sabía que era Viento Gris y que necesitaba ayuda… pero un súbito golpe en su corazón le hizo comprender que era demasiado tarde.

Dama había muerto. Viento Gris había muerto. Sus hermanos estaban muriendo poco a poco, asesinados por manos humanas, mientras Nymeria se escondía cobardemente en el bosque, en espera de la niña lobo, pero ¿vendría a buscarla alguna vez como prometió? ¿o sólo se contentaría con visitarla en sus sueños? Su corazón se había convertido de pronto en un témpano de hielo, pero al segundo siguiente, ardía en llamas de amargura y rencor.

Desde el bosque, la manada observó cómo los humanos se mataban entre ellos. Cuando amaneció, el campamento del ejército Stark que habían instalado a las afueras de Los Gemelos no era sino un regadero de sangre y ceniza, todavía humeante. Los lobos husmearon por el lugar, olfateando los restos, explorando la destrucción. Nymeria, por su parte, siguió una pista por la orilla del río, un olor familiar, un olor conocido. El río que corría cerca de El Cruce era el Forca Verde, un río espeso y pantanoso con una capa de musgo cubriendo su superficie. Dada su fangosidad, fue fácil reconocer el bulto que sobresalía en la orilla. Un cuerpo humano, desnudo y desangrado, blanco como la nieve. Nymeria cogió al cuerpo desde el cabello y lo arrastró fuera del agua. Era una mujer de cabello largo y anaranjado. Nymeria supo al instante de quién se trataba, pero huyó cuando escuchó que se acercaban los humanos. Eran esos los humanos del bosque. Los que se llevaron a la madre de la niña lobo…

De pronto, una flecha le rozó una de sus orejas y escuchó un grito de guerra. Había olvidado que acababan de asaltar una villa y que los humanos podrían volver para recuperar su pequeña villa. Y Nymeria no se había equivocado. Los campesinos habían vuelto con los humanos del bosque, hombres montando a caballo con sus armaduras destartaladas. No eran más que un puñado con armas y espadas, demasiado toscos para ser caballeros temibles, demasiado pocos para defender a los campesinos. El resto, los campesinos, iban a pie, blandiendo piedras en sus manos a modo de armas.

La manada había salido rápidamente de las casas asaltadas al escuchar el grito de los hombres. Gruñeron y enseñaron los dientes, a modo de intimidación; ya habían comido y descansado, y nuevamente volvían a ser la temible manada que siempre habían sido, la manada de La Loba Huargo conocida por toda La Tierra de Los Ríos. El hombre que había disparado la flecha volvió a cargar su arco y los lobos se lanzaron al ataque. Flechas y piedras volaron por el cielo. Los lobos se subieron por los muslos de los caballos y estos retrocedieron, levantándose en sus patas traseras y haciendo caer a los jinetes. Poco daño hicieron las piedras que tiraron los campesinos y las espadas que blandían los inexpertos caballeros, y algunos hombres empezaron a huir al ver que era inútil luchar contra los lobos. Algunos jinetes volvían a subir a sus caballos para arremeter contra los lobos, pero eran nuevamente derribados.

A pesar de los inútiles esfuerzos por expulsar a los lobos de la Villa había un hombre que todavía seguía sobre su caballo, esgrimiendo su espada aquí y allá, hiriendo a algunos lobos y matando a otros. Nymeria había tenido poco tiempo de reaccionar ante el repentino ataque y no había reparado en la tenacidad de aquel caballero del bosque: era alto y fornido, y blandía su espada con cierta dificultad. Habían espantado a la mayor parte del grupo que vino a retomar la villa, pero si Nymeria no hacía algo, este hombre seguiría matando a los pocos lobos que quedaban de su manada.

Nymeria aulló y se abalanzó contra él. El hombre la vio venir y consiguió esquivarla, pero el caballo no pudo esquivar sus garras completamente. Su estómago se abrió y sus tripas se asomaron, mientras el caballo se desvanecía poco a poco. El hombre descabalgó antes de caer con su caballo y se enfrentó a Nymeria empuñando su espada. A diferencia del resto de los hombres – los que habían huido pero observaban desde una prudente distancia-, éste tenía una armadura más digna de un caballero, hecha a su medida, simple y bien pulida. Nymeria no podía ver su rostro porque llevaba un casco con las astas de un toro.

El hombre bramó y se adelantó para atacarla, pero Nymeria lo esquivó y mordió su muñeca para que soltara la espada. El hombre gritó de dolor y Nymeria lo derrumbó, apoyándose sobre su pecho y gruñendo en su cara. El casco con las astas de toro había caído y un muchacho de ojos azules y grueso pelo negro le devolvió la mirada.

Su corazón se encogió un segundo, lo suficiente para que el muchacho pudiese salirse del agarre y huir con el resto de los hombres hacia las profundidades del bosque nevado.


N/a: Hola! Sé que me demoré mucho en actualizar y perdón por eso, pero estuve con mucho trabajo en la Universidad. El capítulo quedó muy corto, pero por más que lo forcé no pude alargarlo, así que perdón por eso también :-(. Todos sus comentarios son muy bien recibidos!