I. Vete
- Eres un cobarde.
Muy pocas personas me conocen realmente. Algo esperable pues por naturaleza soy reservado y no suelo manifestar lo que pienso, salvo que sea estrictamente necesario. Y lo que siento, menos aún. Ni mi propia esposa sabe gran cosa de mí. Mal que mal, desde que nos casamos vivimos casi como dos extraños bajo el mismo techo. No es que haya sufrido un trauma de infancia, tema a la gente, sea excesivamente tímido o trate de protegerme de algo. No soy sociable ni extrovertido porque las interacciones con otros nunca han sido de mi interés. Simplemente, soy así. Sólo hay dos personas que han logrado penetrar la barrera que, de forma casi inconsciente, pongo al resto de los mortales. Una es Julius. Quizás esa inocencia acentuada por la falta de recuerdos, su natural intuición, y la dependencia enfermiza que ha generado hacia mí, le han permitido observarme sin prejuicios, y ver aquello que para los demás pasa desapercibido. Y precisamente porque cree comprenderme ahora me mira desconcertada y con temor. Pero quien mejor me conoce es Vera. Y es ella quien sabe todo de mí, incluso lo que yo mismo ignoro. Como ahora. Sus palabras me han atravesado el pecho como un cañonazo, y cuando miro en sus ojos negros y altivos sé exactamente qué ha querido decirme.
- No es ella la única persona a quién estás engañando – continuó Vera. Con sus pasos seguros y ligeros se dirigió a la puerta, pero antes de salir, añadió – Estás cayendo en tus propias redes, hermano.
Sí, en mis propias redes… pues ¿qué motivo he tenido para ocultarle la verdad a Julius durante todos estos años? ¿Para forzar la complicidad de Liudmil y Vera? ¿Para mantenerla en esta casa, ignorante de su pasado? ¿Por qué otra razón me duele verla ahora, pasando del estupor a la incredulidad, y de la incredulidad a la desesperación, al comprender la espantosa forma en que le hemos mentido?
- Leonid… ¿Es verdad eso? – dijo Julius, con la voz temblorosa – ¿Tú lo sabías…? y aún así…
Y soy incapaz de responderle. Y me grita, con más dolor que rabia. Yo no puedo reaccionar. No sé cómo hacerlo… Hace apenas un momento Rostovski me ha informado de la muerte de Aleksei Mijaílov durante un incendio que destruyó el penal en que estaba recluido. Supongo que esta noticia, y el haber descubierto a Vera a punto de revelar la verdad a Julius, me obliga a encarar de una vez mi relación con esta extraña muchacha. Lo que se había escondido en un resquicio de mi mente. No. En un resquicio de mi corazón…
- ¡Leonid, no puedo creerlo! ¿¡Por qué lo has hecho! ¿¡Por qué! ?
¿Por qué? Simple. Porque te amo. Porque hasta este preciso instante, no he querido admitirlo. Porque ahora que lo he descubierto, tampoco tengo valor para confesártelo. Por eso Vera me ha llamado cobarde. Ella ha visto, quién sabe hace cuánto tiempo, lo que llevo años empeñado en ocultar… Por eso me marcho dejándote hecha un mar de dudas. Dejándote completamente sola, como el día en que despertaste después de sufrir esa caída, espantada al descubrir que no recordabas nada de tu pasado, ni siquiera tu nombre. Hasta hoy le habría partido la cara a quien me llamara cobarde. Pero esta vez tendría que darle la razón.
~.~.~
Tiene que haber un error. ¡Ellos no pueden haber hecho esto! Él… él no puede ser capaz de una crueldad semejante. Tiene que haber algo que justifique su proceder. Pero logro encontrar un motivo con una pizca de sentido que pudiera haberle llevado a mentirme así. Porque ha sido él. Vera y Liudmil se han limitado a obedecerle.
"Abandonaste Alemania para venir a Rusia en busca de Aleksei Mijaílov." Eso es todo lo que Vera alcanzó a decirme antes que él la interrumpiera, prohibiéndole revelarme lo que saben de mí. De mi pasado, antes de despertar en esta casa con la mente en blanco. Eso fue a fines de 1905. ¿Qué fue de mí antes de eso? Ni siquiera sé qué edad tengo. Supongo que más o menos, la misma que Vera.
Sé que no soy parte de esta familia, por ello he aceptado los cuidados y atenciones que los Yusúpov me han prodigado con profundo agradecimiento. Me sentía afortunada de haberme topado con tan buenas personas que se hicieran cargo de mí, sin tener obligación alguna. Sobre todo de tener a Leonid, quién, pese a ser un hombre tan ocupado, siempre tenía un momento para mí, una pequeña atención… "¡Qué buenos son todos conmigo, qué amable y solícito es él con esta pobre recogida!", es lo que siempre me decía… ¿Cómo iba a imaginar que ya me conocían? ¿Qué sabían de dónde vengo, y la razón que me trajo a San Petersburgo? Pero no les odio. No sé si no les odio porque no me nace, o porque son lo único que tengo. ¿Qué me queda sin ellos en mi vida…? Nada… absolutamente nada.
No responsabilizo a Vera, mucho menos a Liudmil que es apenas un niño. Ella, al menos, se ha rebelado contra su hermano, intentando decirme la verdad… El principal responsable de todo esto es él. Leonid. Y no puedo odiarle. Ni siquiera lo intento. Es que no lo puedo creer. ¡No quiero creerlo! Si fuera un hombre decente me habría dado una explicación, sin embargo, hace más de un mes que ni me habla ni le hablo. La situación es intolerable. Estoy en el limbo. Esta no es mi casa, pero durante más de siete años ha sido "como si lo fuera". Ahora soy una extraña, pero él no permite que me marche. ¿Por qué me martiriza de ese modo con su silencio? ¿Acaso yo le hice algo que motive esta locura…? ¿Pudo ser mi culpa…?
Aleksei Mijaílov… era ese muchacho que estaba entre los prisioneros que Leonid capturó en Moscú. Sé que se lo llevaron a Siberia. Sé que antes de eso salvó la vida de Liudmil, cuando se coló en la expedición de Leonid a Ufá y casi lo arrolló un tren. Liudmil me lo contó todo cuando le enviaron de vuelta a casa después de una reprimenda de proporciones. Estaba tan impresionado porque un extraño hubiese arriesgado su vida por él… En ese momento desconocíamos su identidad. Sólo nos enteramos cuando le vimos en la plaza y dijeron su nombre y su condena, y Liudmil le reconoció como su salvador. Al verle, algo se removió en mi interior. Recuerdo vívidamente esa terrible angustia. No supe si se trataba de un recuerdo que pugnaba por florecer, o la contrariedad que me provocaba la inflexibilidad de Leonid, al no permitirle escapar pese a lo que hizo por Liudmil… Y ahora resulta que le conozco. Que terminé aquí, lejos de mi patria y de lo que sea que haya dejado atrás, por él… ¡Pero no le recuerdo! Aún puedo rememorar su rostro, su mirada soberbia y triste, pero no logro relacionarlo con nada… no puedo conectar esa imagen con una emoción distinta de lo horrible que fue ver cómo enviaban a esa gente a prisión o a la muerte…
Julius se tomó las piernas flectadas con ambos brazos y apoyó el mentón sobre las rodillas con desgano. Se balanceó levemente, equilibrándose sobre la ancha estructura de uno de los balcones de la mansión Yusúpov. Las hojas secas de los árboles del jardín, arremolinándose aquí y allá, no hacían más que reforzar su sensación de desamparo.
- Quiere verte – escuchó de pronto a sus espaldas.
- ¿Para qué? – preguntó sin volverse.
- No me ha dicho.
Se bajó de un salto del balcón. Vera estaba de pie ante ella. Julius siempre había admirado su serenidad y altivez, tan similar a la de su hermano. Contar con ellos la hacía sentir segura y protegida, a tal punto, cada vez que se enfrentaba a una situación que le provocara esos ataques de pánico irracional que solía sufrir, eran sus nombres los que clamaba. Ambos tenían un extraordinario dominio de sí mismos, y cada una de sus palabras y gestos denotaban una gran seguridad. Sólo en una oportunidad les vio perder el control. Un día aciago y terrible…
No había vuelto a hablar con Vera sobre lo que estuvo a punto de revelarle. Pero el pesar en sus ojos le indicaba el grado de su arrepentimiento, y por esto, Julius la perdonó antes de haber alcanzado a guardarle rencor.
Ahora, por primera vez, creía notar claras diferencias entre Vera y Leonid. Ella tenía un alma noble y afectuosa. Julius tenía la certeza de que su amiga lamentaba sinceramente el daño causado por las mentiras de su hermano. Él, en cambio, parecía no tener corazón. Y Julius temía que esta entrevista le confirmara que había depositado su confianza ciegamente en un hombre sin sentimientos.
- Iré a verle entonces – respondió Julius, saliendo enseguida de la habitación. No quería que Vera se diera cuenta de cómo se le subían los colores al rostro. El corazón le latía violentamente, pues sabía que su futuro se definiría con esta conversación. Hizo un esfuerzo por serenarse y abrió la puerta del despacho.
- ¿Me llamaste? ¿Vas a decirme de una vez por todas qué está sucediendo? – dijo secamente con los ojos clavados en el piso. Luego, con esfuerzo, los dirigió hacia él. Tal como Julius temía, a Leonid en nada parecía afectarle lo que había sucedido… o más bien, lo que no había sucedido entre ambos. Él se levantó de su sillón y le lanzó sorpresivamente un estuche de cuero a las manos.
- Cállate y siéntate – respondió el marqués, con un tono aún más áspero.
Julius abrió el estuche y después de leer su contenido, se dejó caer sobre una silla. Las manos le temblaban.
- Pero esto… ¡Es mi pasaporte y mis documentos de identidad!
- Son falsos, pero he procurado que nadie lo note – dijo él, sin mirarla a los ojos – con ellos podrás volver a Alemania. Me aseguraré personalmente de que no sufras ningún percance durante tu regreso. Uno de mis hombres te llevará hasta la frontera.
Julius se puso de pie violentamente. No sabía si estaba más furiosa, incrédula o decepcionada. Golpeó el escritorio con los puños cerrados.
- ¿¡Me estás echando! ? – le gritó, exasperada por su impavidez - ¡Me estás echando, cuando ni siquiera puedo recordar quién soy! ¡No tengo a dónde ir!
Leonid no contestó ni se alteró un ápice ante los gritos de la mujer.
- Al menos explícame por qué me estás haciendo esto… - murmuró Julius con la voz quebrada.
"Vete, vete, vete, antes que yo…
Pueda desatar mis manos de estos harapos…"(1)
Lamentablemente, no encuentro una forma de hacerte este trance menos amargo. Para mí tampoco es agradable. Me tomó un mes juntar el valor para hacer lo necesario. Y es curioso que durante este periodo el zar haya manifestado su deseo de que Adel y yo nos divorciáramos, y que haya sido tan sencillo para mí firmar esos papeles. Lo sentí como una orden de rutina. Adel se ha marchado hace tiempo ya de casa, por lo tanto, estar o no casados no hacía mucha diferencia. No para mí, al menos. Pero me alegro por ella, que podrá casarse con Konstantin. Es lo justo. Fui un esposo deplorable y ella merecía algo mejor. Soy el tipo de persona que no debería casarse jamás. Lo peculiar de este asunto, es que mientras separaba mi vida definitivamente de quien fuera mi mujer durante casi diez años, estaba pensando en cómo alejarme de ti. Quizás esto es lo que debí sentir al divorciarme. Un vacío desolador. Una sensación de pérdida, de no haber aprovechado el tiempo mientras se pudo, porque ahora es demasiado tarde. Una maraña confusa de sensaciones perturbadoras a las que no estoy acostumbrado. Y una pregunta repitiéndose una y otra vez: "Si yo hubiese actuado distinto, se me hubiera acercado a ti de otra forma, ¿me habrías correspondido?" Comprendo que es una pregunta a la que no encontraré respuesta. No suelo entretenerme en pensamientos que conducen a nada, pero esta vez, la evidente inutilidad de estas ideas no me sirve para expulsarlas de mi mente, ni para eliminar esa continua inquietud que me sigue adonde vaya, pegada a mis talones como una rémora. Sólo convenciéndome de que es lo mejor para ti, que es la única forma en que puedo reparar mi falta, puedo dejarte marchar. Sin embargo, mi voluntad es débil como nunca antes lo había sido. Por eso todo debe ser rápido. Como se saca una venda que se ha pegoteado a una herida… No puedo dilatar este momento. Debo decírtelo todo y abrir la puerta de la jaula en la que no sabías que te había encerrado, como mi tesoro más preciado…
Julius tenía la expresión de una persona que se aferra a una ínfima esperanza. No era fácil para Leonid verla en ese estado. Y más doloroso lo hacía saberse el principal responsable de haberla puesto en esa situación. Inspiró, y comenzó a hablar. Fue extraño poder hacerlo de modo tan impersonal, pero era la única forma en que la voz lograba salirle de la garganta.
- Lo que pides es justo. Te lo explicaré todo, te diré cuanto sé sobre tu vida, así que presta atención. Primero, debes saber que sí tienes a dónde ir. Te llamas Julius Leonhart von Alensmeier, y eres el décimo cuarto cabeza de familia de la casa von Alensmeier de Regensburg, en Baviera. Hace ocho años te encontré en las calles de esta ciudad tras la pista de Aleksei Mijaílov, aquel que te ha mencionado mi hermana. Mi intención era tenderle una trampa a Mijaílov, y simultáneamente, impedir que la existencia de esa fortuna saliera a la luz. Por eso te encerré en esta casa.
La muchacha se apretó las sienes con los dedos. Le tomó varios segundos entender que aquello se refería a ella, que era su propia historia y no la de un extraño cualquiera.
- Es decir que estoy… ¿estoy secuestrada? ¿Me has tenido secuestrada durante todos estos años sin que yo tuviese ni la más mínima idea? – preguntó, anonadada.
- En estricto rigor, así es – Él hizo un alto para encender un puro. Dio la vuelta al escritorio y comenzó a pasearse lentamente, evitando mirarla a la cara - Pero al poco tiempo sufriste un accidente. Perdiste la memoria. El resto ya lo conoces, te hicimos creer que no sabíamos nada de ti.
- ¿Y por qué sólo ahora me dejas ir? – preguntó Julius. Su ansiedad rozaba la exaltación. Comprendía que no sólo su vida perdida le sería completamente revelada, sino también los motivos de su captor - ¿Qué ha cambiado?
Esa es una buena pregunta. Externamente, nada. Internamente, todo. No sé qué esperaba manteniéndote aquí. ¿Qué me quisieras, sin saber yo mismo que te amaba? Supongo que en el fondo, sí lo sabía… pero no era capaz de identificar y nombrar ese sentimiento. Ponerse una venda en los ojos es algo impresionantemente fácil.
- No he terminado de contarte tu historia.
- Te escucho – dijo ella, tratando de contener su impaciencia.
- Tu padre, Alfred von Alensmeier fue un espía al servicio del zar. Su majestad sacó grandes sumas de dinero de Rusia, poniendo parte de ella en sus manos, y el resto, en las de otros hombres de su confianza.
- ¿Vive mi padre aún?
- No. Murió un año antes de que llegaras a San Petersburgo. Lo siento.
- ¿Me queda algún familiar? – Julius no se sintió especialmente afectada, pues, al fin y al cabo, era un padre que no conocía.
- Hasta donde tengo noticia, tu madre murió poco después que tu padre en extrañas circunstancias. Tenías dos hermanastras, Annelotte, desaparecida a principios de 1905, y María Bárbara, quién vive aún en Regensburg y se hace cargo de los negocios de la familia.
- ¿Hermanastras?
- Sí, ambas mayores que tú. Eras ilegítima. Tu situación se regularizó con el matrimonio de tus padres, después de la muerte de la primera mujer de von Alensmeier. Sin embargo, legalmente figuras como un hombre. Todo indica que tu madre te hizo pasar por tal desde tu nacimiento.
- ¿¡Qué! ? – exclamó Julius, quién en los últimos cinco minutos había sobrepasado varias veces su límite del asombro - Pero… ¿por qué alguien haría eso?
- Sé que parece inverosímil pero es verdad. Como te dije, llegaste a San Petersburgo a principios de 1905. Mis hombres te encontraron herida a bala e inconsciente en un barrio de mala muerte. Les llamó la atención que un muchacho tan bien vestido deambulara por esos lugares. Te trajeron a casa y te atendió un médico. Para nuestra sorpresa resultaste ser una chica, pese a que tus documentos de identidad correspondían a un varón. Tiempo más tarde, cuando descubrí la relación de tu padre y su majestad, hice investigar a tu familia. Entonces supe que efectivamente, figurabas como un ciudadano alemán de sexo masculino. Supongo tu madre te hizo pasar por niño para que pudieras ser el cabeza de familia de los Alensmeier. Así, siendo el único hijo varón de Alfred von Alensmeier, heredarías la mayor parte de su fortuna. Entonces tu permanencia en esta casa, que en principio era transitoria, con el único objetivo de atrapar a Aleksei Mijaílov, se hizo permanente.
- Pero… ¿Qué clase de madre es esa? Es horrible…
- No puedo responder a esa pregunta. No sé si hubo otros motivos. Lo que te he dicho es sólo especulación. Por tu propia paz mental, intenta no juzgarla, pues jamás podrá darte su versión de los hechos.
- Sí, es lo mejor… - dijo Julius, pasando sus manos por sobre el rostro con un gesto de cansancio. – Puede que por eso aún prefiera estas ropas… - añadió, tomando el borde su blusa con un gesto nervioso.
- …aunque te hayamos procurado vestidos… - completó Leonid. Pero enseguida se interrumpió. Aunque no podía permitirse ningún tipo de acercamiento con Julius, la miró involuntariamente. Su aspecto confuso, abatido y perdido le conmovió. Tenía la cabeza gacha y concentraba su atención en la punta de su botín. Sus hombros estrechos, inclinados hacia adelante, se acercaban como queriendo tocarse, dándole un aspecto frágil y desamparado.
Y en estas condiciones la estoy echando… Ni a un perro le haría algo así y a ella, a ella que es todo… ¡Pero es por su bien!
- Sí… - repitió ella, ausente – seguramente me hacía pasar por hombre y estaba conforme con ello. Por eso conservo esa costumbre – levantó el rostro e hizo una mueca temblorosa con los labios, algo que parecía cualquier cosa menos una sonrisa – Pero lo que no comprendo es que ni siquiera me gusta vestirme de este modo…
"Vete, vete, vete, antes que yo…
Sienta confundir mis ánimos con tu reflejo…"
Antes, cuando te sentías así de perdida, no dudabas en lanzarte a mis brazos como una niña asustada. Desde que tuviste tu primera crisis luego del accidente recurrías a mí, pese a que prácticamente no me conocías. Me tomaste por sorpresa en aquella oportunidad. Pero enseguida, mis brazos, con voluntad propia, se cerraron en torno a tu espalda. Desde entonces me acostumbré a calmar tus temores, a protegerte y cobijarte. Hasta podría decirse que te mimaba. Dentro de mis limitados parámetros, por supuesto. Por eso, sé que es extraño para ti sentirte desamparada y no poder recurrir a mí. Te he quitado el piso de todo lo que dabas por seguro. Haría cualquier cosa para que todo volviera a ser como antes. ¡Detesto hacerte esto!
- Desde entonces, estás bajo mi custodia, por orden del zar. ¿Hay algo más que quieras saber? – preguntó Leonid.
- Sí – respondió Julius - ¿Por qué he seguido a Aleksei Mijaílov hasta aquí?
El rostro de Leonid se tornó sombrío. A Julius le pareció que vacilaba antes de responder, cosa extraña en él.
- Viniste porque le amabas lo suficiente como para dejar vida, patria y familia atrás. Eso fue lo que me revelaste al poco tiempo de tenerte prisionera, y es todo lo que sé sobre tu relación con él.
Julius retrocedió hasta topar el escritorio. Se estabilizó apoyando una mano sobre la tabla de caoba.
- Suponía que debía ser algo así… El amor es lo que suele inspirar a las personas a realizar los actos más descabellados, ¿no es así? – murmuró, buscando una confirmación a su comentario en Leonid. Pero él nada dijo, y se limitó a pensar, no sin una pizca de ironía, "Pues mira a quién le preguntas…" – Lo sospeché desde que Vera me habló de Aleksei, pero no logro recordar nada referente a él.
- Hay algo más sobre eso… - dijo Leonid – siéntate, por favor… - añadió, de forma más cortés, pero igualmente fría.
- Me estás asustando – dijo Julius, pero obedeció enseguida y se sentó.
- Ya no podrás cumplir el cometido que te trajo hasta aquí porque… Aleksei Mijaílov ha muerto recientemente, durante su presidio en Siberia.
Leonid recordó aquel tiempo, antes del accidente, en que Julius perdía la cabeza con tan sólo oír hablar del revolucionario. Recordó, vívidamente, haberse burlado con innecesaria crueldad del amor que Julius sentía por Aleksei, mientras ella yacía echada sobre el suelo, al borde de una crisis nerviosa. Muchas veces había lamentado su sádica forma de proceder. Nunca había entendido qué lo había impulsado a actuar de esa forma. Por eso esperaba un ataque explosivo de histeria como mínimo, pero nada de eso sucedió.
- De modo que ha muerto… - repitió apagadamente – el único vínculo con mi pasado… Si le amé tanto como tú dices, tanto como para abandonarlo todo, es horrible que él haya muerto y yo no recuerde haber sentido ese amor. ¡Qué triste, que patético! – poco a poco comenzó a exaltarse. Se levantó y miró a Leonid con furia creciente, mientras las palabras brotaban atropelladamente de su boca – entonces ahora ya no me necesitas, ¿No es cierto? Me tenías aquí porque te era útil. ¡Por eso me expulsas, cuando no te sirvo para nada! ¿Es que acaso sólo te importa cumplir con tu deber? ¿Crees que el fin justifica utilizar cualquier método…?
Leonid apretó los puños, intentando desesperadamente mantener la inexpresividad de su rostro. Le costó una enormidad pronunciar una simple sílaba…
- Sí…
Julius retrocedió unos pasos, demudada.
- ¿Cómo pudiste hacerme algo así?
- No tuve alternativa, debía proteger los intereses de la dinastía Romanov…
- ¡Sacrificarías todo por lealtad al zar! – exclamó Julius - ¿No es así?
- Efectivamente.
- Tus bienes, tu vida…
- Sí.
- ¿También a Vera y a Liudmil? – preguntó Julius, mordazmente.
Los ojos negros de Leonid se abrieron de par en par. Julius sonrió con amargura al comprobar que había tocado su único punto débil.
- A ellos no. Pero a mí sí me has sacrificado… mi vida, mi libertad, mi destino… Ahora, cuando no te soy útil, me lo cuentas todo y me envías de vuelta a casa, porque ya no tengo valor para ti… - dijo, temblando, y apoyándose en el respaldo de chaise longue en que solía recostarse y dormir, mientras Leonid trabajaba hasta altas horas de la noche. – Y yo confiaba ciegamente en ti. ¡Era tan feliz de recibir tu favor! Creía que de verdad me cuidabas. ¡Que te preocupabas por mi bienestar, que me querí…! – se interrumpió de improviso. Sus ojos se encontraron, involuntariamente, con los del marqués. Pero antes de que Julius pudiese observar si le había afectado en algo, Leonid endureció su semblante, de modo que ella dudó si la emoción que creyó percibir en él era verdadera, o sólo era lo que ella deseaba haber visto. Finalmente, su juicio se inclinó por la segunda alternativa. Las lágrimas que contenía a duras penas acabaron por deslizarse por sus mejillas. Él se empecinó en su exasperante mutismo, pero cada segundo le costaba un esfuerzo mayor no correr hacia ella, estrecharla entre sus brazos y gritarle "¡No, no es así!".
- En todo este tiempo… - continuó ella, ante su porfiado silencio - sólo he tenido paz cuando estás cerca de mí. Apenas podía tolerar tus ausencias. ¡Cada vez que estabas lejos sentía el impulso de correr en tu búsqueda como una loca! Me desesperaba el sólo pensar que un día pudieras faltarme. Y aún ahora, me aterra pensarlo… ¡Aunque sé que sólo me utilizaste, como una pieza desechable en una partida de ajedrez! ¡Yo te confié mi vida, pero no fui para ti nada más que un engranaje dentro de tus planes!
¡Calla, Julius! ¡Calla y lárgate de una vez, o yo…! Deberías odiarme por esto… ¡Golpéame si eso te sirve de algo…! pero por favor… no digas una palabra más y desaparece de mi vista…
Julius se apagó enseguida luego de su explosión de rabia. Así eran las cosas, esa era la verdadera personalidad de su "protector", por más que le doliera admitirlo.
Entiendo. Me rindo. Si en algo te conozco, sé que no lograré sonsacarte nada más. Podría gritar o llorar, y tú no me dirías una sílaba. O quizás me ahogarías con explicaciones y detalles sobre mi vida, pero no me dirás lo que necesito saber: si acaso, alguna vez, te importé un poco. Si tu amabilidad, tu preocupación, toda la paciencia que has tenido conmigo fueron reales o solamente mi imaginación, en mi necesidad de aferrarme a algo, a alguien, a tener un hogar. Si supieras lo triste que es tener que marcharme sin esa respuesta…
- Bien – dijo la muchacha, serenándose – Si es lo que quieres, me iré. Agradezco la hospitalidad que me brindaste durante todos estos años. Vera, Liudmil y tú siempre se portaron muy bien conmigo…
Julius extendió la mano, buscando estrechar la del marqués. Leonid vaciló ante su gesto.
Sería más fácil si me odiaras. Sería lo que cualquier persona sentiría en tu lugar. ¿Es que no lo entiendes, Julius? ¿Cómo puedes pretender estrechar la mano del hombre que te ha mentido durante tantos años? ¿De quién ha decidido por ti, sin tener ningún derecho a ello? No puedo estrechar tu mano ni aceptar tu perdón. Porque no lo merezco, y porque de hacerlo, acabaría pidiéndote que te quedaras. Cuando te miro, me pregunto cómo es compartir tu vida con una mujer amada. Pues no tengo ni la más remota idea qué se siente. Cuando te miro, quisiera descubrirlo, teniéndote junto a mí. Pero… ¿para qué? ¿Para que termines huyendo de mi lado, como hizo Adel? Si he vivido hasta ahora sin considerar al amor romántico como algo relevante en mi existencia, es, quizás, porque no sirvo para amar de esa forma. Por más que en este instante desee abrazarte con todas mis fuerzas, acariciar tus cabellos dorados, besarte, y ser el hombre que quieras a tu lado… luego de eso, no veo nada claro. Ni siquiera sé qué tendría que hacer para que seas feliz. Para que llegues a sentir lo mismo que yo siento por ti. Por eso es mejor cortar con todo de raíz. Como sea, ha de ser más fácil apagar un anhelo insatisfecho, que perder lo que se ha tenido. Renunciar a una posibilidad en vez de olvidar una vivencia. Es mejor así.
Leonid le dio la espalda. A través del ventanal de su despacho, vio que Julius mantenía su mano extendida por algunos momentos, incrédula ante su actitud que rayaba en la grosería.
"Vete, vete, vete, antes que yo
Aprenda a hilar tu cabello
Termine mi armadura…"
Finalmente, ella retiró su diestra. Él alcanzó a vislumbrar una dolorosa y resignada expresión en su semblante antes de que diera media vuelta y caminara con lentitud hacia la puerta. Leonid se mordió el labio inferior. Las manos, empuñadas a los costados de su cuerpo, temblaban.
En un instante se habrá ido. No puedo flaquear ahora, por más insoportable que sea verla en ese estado. Eso es algo que nunca he resistido. Desde que tuvo ese maldito accidente y despertó con la mente en blanco, no toleré su angustia, su desesperación. Fue su vulnerabilidad lo que hizo que me acercara cada vez más a ella. Me acostumbré a cuidarla, a protegerla, y a contar con su compañía silenciosa. Y no quisiera, por nada del mundo, separarme de ella. No quiero perderla, aunque tampoco podría decir que la hubiese tenido. Pero no puedo permitirme pensar en lo que pudo ser y ya no fue.
- Ahora sé quién soy… - dijo Julius, antes de salir - pero no puedo dejar de preguntarme quién eres tú, realmente. Por lo visto, eres cualquier cosa menos lo que yo pensaba… En cuanto a ese dinero, lo pondré a tu disposición o la de quién me indiques. Supongo que sabrás dónde encontrarme en Regensburg.
Cerró suavemente tras de sí. Sólo entonces Leonid pudo moverse y correr hacia la puerta… pero se quedó aferrando la manija, sin atreverse a salir. Perdió la noción del tiempo que transcurrió mientras apoyaba la frente en la fina madera y respiraba agitadamente, hasta que unos golpecillos del otro lado le hicieron volver en sí. Abrió y Vera entró a su despacho.
- De modo que se marcha – dijo, mirándolo con suspicacia y sin preámbulos, siempre innecesarios entre dos personas que se conocen perfectamente.
- Es lo mejor. Se lo he dicho todo.
- Mientes – replicó Vera – Callaste lo principal.
- Le dije todo lo que ella necesitaba saber.
- O sea que en tu opinión, es mejor que se marche pensando que eres un monstruo inhumano y sin corazón, que la usó mientras fue necesario y luego la echó de su casa como un perro, a que sepa que la has retenido aquí porque la amas.
Leonid se dejó caer sobre el chaise longue. Ni el mismo se había atrevido a verbalizar sus sentimientos. Oírlo de otra persona de esa forma tan abrupta y brusca le hizo sentir horrorosamente vulnerable.
- A veces eres terrible, Vera.
Ella se sentó a su lado y tomó una de sus manos entre las suyas.
- ¿Debo sentirme halagada, viniendo de ti? – preguntó, y al fin le sonrió con dulzura.
- Tómalo como mejor te parezca.
Ella le apartó el mechoncito de cabello que caía sobre su sien.
- Sé que está bien decirle la verdad sobre su vida. En lo que concierne a tus sentimientos por ella…. Pues no me atrevo a opinar. Sólo te digo que tampoco le haces un favor exagerando los motivos para que te deteste, haciéndole creer que no te importa en lo absoluto. Por cómo estaba ahora, que acaba de contarme que se marcha, me imagino que le has mandado de vuelta a Regensburg con la todo el tacto y la delicadeza que te caracterizan... – Leonid hizo un gesto de desagrado que ella pasó por alto - Espero que tu decisión sea la más favorable para ambos. Ahora voy a ayudarla con sus cosas… - se levantó. Cuando llegó a la puerta, añadió – Nunca olvides que siempre estaré a tu lado. Recuérdalo sobre todo cuando te abrume tu inconmensurable torpeza emocional. Sé que no es fácil descubrir de este modo que no todo lo puedes controlar con la cabeza.
- No, ciertamente, no es fácil – dijo Leonid una vez que se hubo quedado solo. Permaneció casi inmóvil por largo rato, con la cabeza reclinada sobre el respaldo de diván y los ojos cerrados.
"No… cómo podría adivinar
Y no… cómo podría adivinar
Y no sabría…
Y no sabría…
Cuánto puedo extrañar"
¿Cuánto más tardarán en hacer esas condenadas maletas?, se preguntó cuando, según él, había transcurrido un lapso considerable de tiempo. Miró el reloj de péndulo, la su izquierda. Sólo habían pasado diez minutos. Esperaba que la ansiedad que sentía desapareciera una vez que Julius se hubiera marchado y él no tuviera opción de arrepentirse. Volvió a cerrar los ojos.
Y una vez que ya no pueda dar marcha atrás… ¿Qué reemplazará a la ansiedad que siento ahora? ¿Tristeza, angustia…? ¿Cuánto va a durar eso…? ¿Podré volver a la normalidad, cuanto estos asuntos nada tenían que ver conmigo, o se ha abierto una puerta que no volverá a cerrarse jamás? Dicen que el tiempo cura estos males. Tendré que confiar en él…
Ni siquiera se ha marchado y ya siento que me hace falta…
~.~.~
- ¿Tampoco empaco este, señorita?
Julius dio un vistazo al vestido que sostenía una de las sirvientas que le ayudaban con su equipaje. Negó con la cabeza.
- Pero apenas lleva lo suficiente para el viaje, señorita.
- No necesito nada más a dónde voy, Liza.
- ¿Qué haremos con todo esto, señorita? Nos pone en un aprieto, el marqués Yusúpov ordenó expresamente que empacáramos todas sus cosas…
- Dile que te los he dado. Úsalos, o véndelos… no sé, haz lo que te plazca.
Julius cogió un álbum fotográfico. Estaba a medio llenar, y contenía imágenes desde la época en que Julius llegara a vivir con los Yusúpov hasta el presente. Había fotografías en la mansión, otras en lugares de interés en San Petersburgo, en Moscú y en algunas propiedades que los Yusúpov tenían en el campo. Paisajes y fotos familiares. Leonid aparecía en muy pocas, y en todas ellas, su expresión enfurruñada hacía evidente que no lo gustaba en lo más mínimo ser retratado. Julius miraba su álbum con frecuencia, y siempre le causaba risa ese rostro malhumorado e incómodo, que daba entender que consideraba un suplicio posar para una tonta foto con un crío vestido de marinerito en sus rodillas, y que sólo accedía para complacer a su hermanito menor. Le hacía gracia porque a su modo ver, no reflejaba la verdadera forma de ser del marqués. Quizás no era muy expresivo, pero a Julius le parecía un hombre amable y, en su particular estilo, incluso tierno. Sabía que su fría forma de ser no le impedía amar profundamente a sus hermanos, con quienes mantenía una relación estrecha, aunque poco expresiva. Hasta hacía un mes, Julius creía contar también entre sus pocos seres queridos. Ahora, al ver estas imágenes, la inundaba un fuerte deseo de llorar hasta agotar todas sus lágrimas.
Liudmil aparecía en la mayoría de las fotos, varias de las cuales había tomado la propia Julius. A diferencia de sus hermanos mayores, Liudmil siempre fue un niño travieso y risueño, por ello Julius le cobró cariño enseguida, y solían pasar mucho tiempo juntos. Ambos posaban en muchas de las fotos que la muchacha atesoraba. Julius se enterneció al volver las páginas y ver su evolución desde ser un pequeño querubín de rizos dorados, hasta transformarse en un apuesto muchachito en su primer año en la academia militar, en donde se encontraba en esos momentos. Los pasajes que Leonid le había entregado junto con sus documentos de identidad eran para esa misma noche, por lo que ni siquiera podría decirle adiós.
- Ya está, señorita Julius… - Julius no contestó, apenas escuchaba – Anatoli ya llevó sus maletas al coche… - continuó Liza, comprendiendo que Julius no prestaba ninguna atención – Anatoli la esperará, saldrá tan pronto usted se lo indique…
Liza se retiró sin obtener respuesta. Se cruzó con Vera en la puerta.
- Con su permiso, señorita Vera – le dijo antes de salir de la habitación.
- Por favor, despídeme de Liudmil… - murmuró Julius, aún dándole la espalda a Vera.
- Por supuesto, Julius, claro que lo haré… - dijo Vera mientras se acercaba lentamente a ella.
- ¿Qué le dirán?
- No lo sé – Vera se sentó al borde de la cama, frente a Julius – Eso lo decidirá Leonid.
Dos lágrimas cayeron sobre la fotografía que mostraba a Julius sentada junto a una fuente, en el jardín, con Liudmil a su lado, que en ese entonces no pasaba de los siete años. Ambos sonreían, y tenían los rostros muy juntos, mirando a la cámara. Vera le había regalado ese álbum poco después de que perdiera la memoria. Ahora comprendía que su intención había sido hacerla parte de algo… algo a lo que ahora debía renunciar.
- ¿Me quieres, Vera? – Julius alzó de pronto su rostro bañado en lágrimas.
- Claro, Julius, claro que sí. Aunque después de todo lo que ha sucedido te cueste creerlo, te quiero.
- Te creo. No tengo por qué dudar de tus palabras. Has sido siempre muy buena conmigo. Incluso intentaste contármelo todo… En cambio él…
- No me corresponde hablar de las motivaciones de mi hermano… - dijo Vera con seriedad. Julius se inclinó hacia ella y apoyó la cabeza en su hombro. Vera le acarició el cabello.
- Pensé que le conocía… dime Vera, ¿en verdad me he equivocado tanto? ¿En verdad es tan frío, tan despiadado…? Dime… ¿es él quien me ha hecho creer que le importo, o soy yo quien le ha malinterpretado?
- Querida, no puedo hablarte de eso. Si él mismo no te ha explicado las cosas…
- Me las explicó… de la forma más horrible… y no lo quiero creer.
- Intenta no odiarle demasiado… los hombres son muy distintos a nosotras. Les es difícil hablar de los que sienten. Son torpes. Y mi hermano… - Vera suspiró – es especialmente torpe. Es todo lo que puedo decirte.
Julius se incorporó.
- No le odio. Odiarle no solucionaría nada – se secó las lágrimas con la manga de la camisa - Voy a extrañarte, Vera.
- Yo también a ti, Julius. Sin ti, ya nada volverá a ser lo mismo en esta casa.
Julius miró a su alrededor, reteniendo cada detalle de la que había sido su alcoba durante todo el tiempo que podía recordar. Sus peines y objetos de tocador, una cajita musical, los libros sobre su mesa de noche, el tono lavanda de las paredes, las cortinas recogidas que guarnecían su lecho… por más que los Yusúpov se hubiesen esforzado en integrarla a su mundo, parte de ella siempre se había sentido una extraña. Y sin embargo, este sitio era lo más cercano a un hogar. Seguramente más que su hogar real. Sabía que cuando llegara allí, se sentiría más extranjera que en San Petersburgo. Suspiró cuando terminó de examinar todo cuanto la rodeaba, y acabó concentrando su atención en los negros ojos de Vera. Otro acceso de tristeza y autocompasión volvió a agobiarla.
- ¿Acaso yo hice algo para que ahora me trate de esta forma? – preguntó, y se cubrió la cara con las manos.
Vera iba a replicar, cuando de pronto sintió el impulso de mirar hacia atrás. Su hermano estaba de pie en el umbral. Sacudió suavemente a Julius por un hombro para llamar su atención, quien adoptó una expresión ansiosa al ver a Leonid. Los labios le temblaron, sus ojos, aun llenos de lágrimas, lucían brillantes. Vera se marchó discreta y silenciosamente.
Leonid esperaba una intervención de Julius. Una pregunta o lo que fuera. Pero todo indicaba que eso no sucedería. Julius estaba muy quieta y no le quitaba los ojos de encima. Eso le ponía nervioso.
- Me comporté muy grosero contigo hace un momento. Vine a… disculparme por eso… - comenzó. Vaya inicio estúpido. Se disculpaba por dejarla con la mano estirada, y guardaba silencio por haberla tenido engañada durante siete años…
- Te disculpo – respondió Julius. Ladeó un poco la cabeza, esperando que él continuara, pero transcurrió un largo, tenso e incómodo minuto sin que ninguno se decidiera a hablar.
¡Maldita sea! No parecía tan difícil cuando me decidí a venir. Hasta había pensado cada palabra, pero ya no recuerdo ninguna. Sólo se trata de hacerle saber que… que hice todo aquello porque era mi deber, pero después de todos estos años teniéndola en casa… obviamente… le hemos cogido cari… es decir, que nos preocupamos sinceramente por ella y lamentamos… ¡Que espanto! En fin, ya estoy aquí, de modo que…
- Julius… - él se acercó hasta llegar junto al dosel del lecho. Se afirmó en el madero finamente tallado. Mirarla desde arriba le daba una aparente sensación de tener el dominio de la situación – Sé que por la forma en que me he comportado en este último tiempo debes pensar que el único motivo por el cual te hemos mantenido aquí ha sido la conveniencia… Pero las cosas no son tan sencillas…
- Entonces, ¿cómo ha sido? – preguntó ella.
- En un principio, te retuve contra tu voluntad. Sin embargo, al poco tiempo habías establecido un vínculo con mis hermanos… incluso antes del accidente. Liudmil estaba muy pegado a ti. Pese a tu encierro forzoso, Vera y tú simpatizaron desde el primer momento. Lo que quiero decir es que… todo lo que ha sucedido es mi responsabilidad, no de mis hermanos. Ellos siempre te han querido sinceramente.
- Eso ya lo sé – dijo ella. No se atrevió a preguntarle directamente si acaso el también sentía afecto hacia ella, pero que estuviera allí, tratando torpemente de explicarse, indicaba algo. Decidió desviar la conversación, para alivio momentáneo del marqués - ¿Cómo perdí la memoria?
- Al parecer caíste de un segundo piso. Tuviste suerte de no desnucarte o partirte la espalda. Cuando despertaste…
- … no logré reconocer a ninguno de ustedes…
- Exacto… en ese entonces el zar ya me había instruido tenerte bajo mi custodia y no podía dejarte ir. Reaccionaste muy mal. Tenías crisis histéricas inexplicables, que nos desconcertaban. El especialista que te atendió dijo que probablemente tu pérdida de memoria no obedecía sólo a esa caída, sino que podía haberlo gatillado algún hecho traumático, del que no tenemos ninguna pista. No sabemos qué sucedió, ni las circunstancias de esa caída. En ese escenario no tenía ningún sentido revelarte tu condición, si de todos modos debías permanecer en esta casa. Incluso habría sido cruel. Y el tiempo pasó. Tú te acostumbraste a vivir aquí... La situación comenzó a parecernos "normal" a todos.
- Hay algo que no comprendo. Si el zar te ordenó mantenerme bajo tu custodia… ¿Por qué me permites marchar? ¿Ha sido por su orden, también?
- No.
- ¿Entonces…?
- Vera me hizo comprender que ocultarte la verdad es una gran injusticia. Intento reparar el mal causado dejándote marchar.
- Obligándome a marchar… - le corrigió Julius. Sonrió débilmente. Se levantó para quedar frente a frente.
- Sólo pretendo que recuperes tu vida.
Él desvió la mirada al decir estas palabras. Julius creyó entender qué había sucedido. Y se sintió inmensamente feliz.
- Es decir que al dejarme ir, estás desobedeciendo una orden.
- Podría decirse que sí…
Julius se acercó un poco más. Atrapó la mano que Leonid apoyaba en el dosel de la cama.
- Entonces… eso significa que te importo.
- No entiendo a qué te refieres con eso – Leonid palideció. Pisaba terreno peligroso – Es como acabo de decirte, trato de enmendar un error.
- ¿Sabes que ha sido lo peor de este último mes? No ha sido la mentira. No es que sea irrelevante. Pero lo que más me dolía era pensar que nunca te he importado. Porque tú sí me importas.
Leonid retiró la mano del dosel con cierta brusquedad.
- Supongo que es natural que nos preocupemos el uno del otro después de vivir tanto tiempo bajo el mismo techo… - dijo secamente – Hace mucho que dejé de considerarte una simple pieza en medio de una intriga política. Es posible que nunca te haya considerado únicamente de esa forma. Espero haber aclarado tus dudas y que puedas marcharte en paz. El coche ya está listo, sólo falta que subas.
Dijo todo esto con precipitación, y algo consternado al comprobar que Julius no daba señas de estarle escuchando. Miraba a un punto indeterminado de la alfombra y sonreía suavemente.
- Entonces, sí te importo.
- Podría decirse que sí… - dijo él, nerviosamente.
- "Podría decirse…" – repitió ella - ¿No puedes decir, simplemente, que sí te importo?
- ¿Acaso no es igual? – replicó Leonid, con un tono algo cortante y dando muestras de exasperación, que fueron ignoradas por Julius.
- No quiero irme – dijo la muchacha.
- ¿¡Qué! ?– Leonid la miró boquiabierto. Ella se había cruzado de brazos, en una actitud desafiante digna de una niña taimada que sabe que si presiona lo suficiente, obtendrá lo que desea - ¿Qué diablos estás diciendo? ¡Ya está todo dispuesto! El coche… los pasajes… tu equipaje… Ya aclaramos lo que querías saber… ¡Tienes que irte!
Julius negó con la cabeza.
- ¿Acaso no lo entiendes, Julius? No puedes permanecer más tiempo aquí. Dejaste una vida hecha en Regensburg, una vida que debes recuperar.
- ¿De qué vida me estás hablando? – le espetó ella, con súbita rabia – Después de tantos años, nadie debe esperar mi llegada. ¿Qué me queda? Una hermanastra que quizás ni siquiera sabe que soy una mujer, que posiblemente me odia por ser un bastardo que le quitó parte de su herencia. Lo más probable es que mi regreso sería una desgracia para ella… No… No puedo volver allá.
- Si puedes. Tienes que hacerlo. Aunque no lo recuerdes, dejaste un trozo de ti en Regensburg, y puede que sea algo que vale la pena recuperar. Nunca lo sabrás si te dejas vencer por el miedo.
- Con el tiempo que ha transcurrido, ya no tiene sentido. Si hubiese podido marcharme inmediatamente, quizás. Pero ahora… no tengo deseos, ni sueños, ni nada. La única persona que me vinculaba a mi pasado ha muerto. Siendo así, prefiero quedarme aquí, contigo.
- Parece que no has entendido nada de lo que te he explicado – Leonid perdió rápidamente su poca paciencia. La tozudez de Julius estaba a la par con la suya – Soy el causante de todos tus males. Te encerré aquí, impedí que te reunieras con el hombre que amabas, incluso lo capturé en Moscú y lo hice enviar a Siberia. ¿Cómo puedes desear quedarte a mi lado?
- Puede que todo eso sea cierto, pero para mi no tiene ningún sentido… Me hablas de cosas que no recuerdo, de un hombre por el que se supone llegué a parar aquí, pero por quien no siento nada… Lamento lo que le sucedió, sin embargo… lo que hayas hecho antes ¿en qué me afecta ahora? Siempre he sentido gratitud hacia ustedes… aunque todo lo que digas sea cierto, no veo cómo eso pueda cambiar lo que siento. Aunque te crea, si no lo recuerdo, es como si nunca hubiese sucedido. ¡A menos que te estorbe y por eso quieras que me marche!
"Vete, vete, vete, antes que yo…"
- ¡No se trata de eso! – Leonid alzó exageradamente la voz, y Julius dio un respingo, asustada. Se contuvo y continuó con más calma – Julius… fui cruel contigo porque te consideraba una enemiga. Tú me temías. Incluso, diría que me odiabas.
- Eso no es posible – dijo Julius, con total convencimiento - ¿odiarte? No, no lo creo. Tú no eres así. Vera tenía razón. No eres malo… solo eres torpe, por eso te comportaste así este último tiempo, haciéndome creer que no te importaba, cuando en realidad, creías que hacías lo mejor para mí – y sonrió como una niña traviesa – No puedo creer que me hayas maltratado intencionadamente.
- "¿Torpe?"
- Ella lo dijo – se defendió Julius. Estaba casi segura de haberle doblado la mano.
- Por lo visto compartes su apreciación… - él no pudo evitar sonreír.
- ¿Puedo quedarme?
- No.
La sonrisa desapareció instantáneamente de los labios de Julius.
- Pero… no deseo volver…
- ¿Acaso no dijiste a Vera que habías tenido un atisbo de recuerdo? ¿Qué recordabas haber tenido amigos, haber asistido a un colegio de música?
- Es cierto pero… pienso que mi único motivo para dejar Regensburg no fue seguir a Aleksei Mijaílov – dijo ella sombríamente.
- ¿A qué te refieres?
- Se que algo terrible sucedió. Lo siento. No lo veo claramente, pero en las noches de ventisca… - Julius palideció, se mordió los labios. – ya sabes a qué me refiero… pierdo completamente el control. Tengo el presentimiento de que algo horroroso puede suceder…
- Puede que lo aclares si te decides a enfrentarlo.
- ¡NO QUIERO VOLVER! – gritó histéricamente.
- Estarás a salvo allá. Es casi seguro que Rusia se enfrente en un conflicto armado con tu país. Sucederá en cualquier momento.
- No me importa… Dices que en un principio me retuviste contra mi voluntad. Por favor, no decidas por mí. Permite que me quede con ustedes, pero porque soy yo quien lo desea…
Julius se tomó las manos ansiosamente. Leonid solía acceder siempre a las pequeñísimas cosas que le pedía de cuando en cuando. Como se trataba de nimiedades, él nunca tenía motivos para oponerse y Julius intuía que aunque jamás lo admitiera, le agradaba consentirla. Ahora por primera vez se enfrentaba a una negativa y no sabía cómo revertir la situación en su favor.
- El miedo nunca es un buen motivo para tomar una decisión, Julius… - dijo él.
Julius comenzó a llorar silenciosamente. Él, que no era inmune a sus lágrimas, apartó la vista.
"Antes que yo…"
¡Esto es una artimaña de lo peor! ¿Qué no sabes que no resisto verte llorar?
- Por favor… - insistió ella – no me siento preparada.
- Eso es en parte mi culpa. Te he sobreprotegido tanto que ahora no eres capaz de tomar las riendas de tu propia vida. Pero debes hacerlo, por tu bien.
- Dame un tiempo… - ella sonrió nerviosamente – Ya sabes que he tenido algunos atisbos de recuerdos… creo que puedo recuperarme. ¡Me esforzaré! Si logro aclarar mi mente, resolver mis aprehensiones, me marcharé.
- Eso no depende enteramente de ti. Podría ocurrir mañana o quizás, nunca. Vete ya, Julius. Se hace tarde.
- ¿Es tu última palabra?
Él no respondió. Ella caminó hacia la puerta con pasos torpes e inseguros. Se quedó de pie en medio de la habitación, dando la espalda al marqués. Desde allí se veía más frágil que nunca, con la espalda encorvada, los hombros inclinados hacia delante. La cabeza un poco ladeada, las manos aferrándose a los codos. Inspiró entrecortadamente, y avanzó un paso.
"Intente evitarlo…"
Fue como si no lo hubiese hecho él. Definitivamente, su cerebro no había dado esa orden. Pero de pronto, su mano se estiró con vida propia, cogió a Julius por un hombro, haciéndola girar sobre sus talones, y la estrechó con fuerza contra su pecho. Su otra mano, que también formaba parte de una especie de rebelión, se hundió en el cabello de la muchacha.
Julius se tensó, tomada por sorpresa, pero enseguida se dejó abrazar. Se aferró a los hombros del marqués. El corazón le saltaba de emoción dentro del pecho. También podía percibir cómo el corazón de Leonid latía agitadamente.
Ahora entiendo que desde hace mucho he querido esto… quisiera que este instante nunca se terminara… Creo… creo que alguien me abrazó así antes. Creo que también quise que fuera un momento eterno… ¿era otoño? La luz del atardecer era dorada. Hacía frío… pero no veo su rostro… no escucho su voz… Y ya no importa. No necesito escudriñar mi pasado. Este es mi presente. Esto es lo que quiero…
- Julius…
- ¿Sí…?
- Puedes quedarte si quieres. Haré que te vuelva a ver un médico.
Sólo se separaron cuando Liza golpeó la puerta, preocupada por la tardanza. Grande fue su sorpresa cuando entró, después de oír al marqués darle autorización, de verlo con las manos afirmadas en los hombros de la señorita Julius, ambos sonriendo y mirándose con complicidad.
- Liza, lamento mucho las molestias. Por favor, di a Anatoli que traiga todo de vuelta. La señorita Julius no irá a ninguna parte.
~.~.~
- De modo que se queda.
Leonid la miró exultante, pero con gran nerviosismo. Había vuelto a su despacho luego de dejar a Julius con Liza, esperando por su equipaje.
- Lo decidió ella misma después de que le aclaré lo que necesitaba saber sobre la forma en que…
- Nuevamente, mientes – replicó su hermana, pero esta vez sin huellas de su anterior severidad – Has vuelto a callar lo principal…
- No quiere marcharse sin recordar su vida pasada. Ella piensa que podría superar su amnesia, pues ha tenido algunos chispazos… No quiero asustarla o determinarla a proceder de cierto modo…
- … y te aterroriza siquiera pensar en cuánto la amas. Ni hablar de decírselo – y esta vez, Vera sonrió con dulzura y cierto aire de superioridad. Acorralar así a su hermano era una oportunidad única. – Tampoco te preocupa menos que si recupera la memoria, recuerde dos hechos bastante desfavorables para ti. Primero: Ella amaba a Aleksei Mijaílov, por más muerto que esté. Una cosa es que se lo hayas contado, y la otra, que ella misma reviva ese sentimiento. Segundo: El trato que le diste al capturarla y encerrarla en esta casa no fue precisamente… gentil.
- Lo sé, Vera. Pero después de pensarlo detenidamente, si mi objetivo es permitirle decidir con entera libertad, es lo mejor que puedo hacer. Por más que el resultado, para mí, pueda ser desfavorable… - calló convenientemente que de acuerdo a los últimos acontecimientos, la balanza se inclinaba a su favor.
- No me vas a hacer comulgar una rueda de carreta a mí, hermano - dijo Vera - Tú nunca cambiarás. Hace apenas un mes recién te has dado cuenta a medias de lo que significa amar a una mujer, pese a que estuviste casado durante varios años. No sabes gran cosa sobre estos asuntos porque hasta ahora los has ignorado y menospreciado deliberadamente… y pese a ello, estás buscando la forma de tener el control de la situación, tratando de anticiparte y calculando todas las posibles consecuencias… Supongo que simplemente, es tu naturaleza tomártelo todo como si fuese una partida de ajedrez. Bien, yo misma voy a decirte por qué has callado. Si resulta que Julius decide marcharse en algún momento, piensas, inocentemente, que si vuestra situación no cambia, la separación te será menos dolorosa al no tener que cargar con lo que significa el quiebre de una relación amorosa. De más está decir que no tienes ni la más remota idea de lo que eso significa… - y entonces, Leonid percibió un fugaz dejo de rabia y amargura que nubló la faz de su hermana. Pero ella dejó a un lado sus propios sentimientos, y continuó su exposición – Si decide quedarse, tenemos varias alternativas. Si no te corresponde, sea que supere o no la amnesia, tan sólo tenerla a tu lado te ha hecho feliz hasta ahora. Crees que puedes conformarte con eso. Tu escenario ideal sería que, pese a recordar que amaba a otro hombre, y que tú, en un primer momento, te comportaste como un tirano y un déspota con ella, te acepte. En ese orden, necesariamente - Leonid hizo ademán de interrumpirla, pero Vera alzó una mano, deteniéndolo – La última alternativa es la que realmente te atemoriza. Ella no recupera la memoria, pero te corresponde… sin embargo, nada quita que en cualquier momento, la nebulosa de su mente se aclare. Entonces, sólo Dios sabe lo que podría pasar…
- Eres más que terrible, Vera – dijo Leonid, anonadado.
Vera dejó su aire de divertida suficiencia, y su semblante se tornó grave y serio.
- Hermano, hace mucho tiempo que juegas con fuego sin saberlo. No creas que no he estado muy tentada de hacértelo ver, pero me he contenido hasta ahora, porque al fin y al cabo, es tu vida, son tus asuntos. Sin embargo ahora, aunque estás consciente de la situación, te empeñas en seguir jugando con fuego, y en tus condiciones, corres serio riesgo de quemarte. No sólo tú, sino también a ella… ambos sabemos que su estado es… especial. En palabras claras, Julius está pertur…
- ¡Julius no está loca! – la interrumpió él, con vehemencia.
- No he pretendido decir eso – replicó Vera – Pero has de admitir que teniendo una laguna mental que abarca sus primeros dieciocho años de vida, no podemos considerarla como una persona normal. Nosotros somos todo lo que conoce del mundo. Por una serie de motivos, además, la hemos aislado… Julius no tiene prácticamente ninguna experiencia de vida, en ningún sentido. Y qué decir del vínculo que ha formado contigo: esa dependencia hacia ti, esa necesidad de tenerte siempre cerca, como si fuese ocurrir una catástrofe si no estás a su lado… es enfermizo.
- Lo sé. Créeme que lo he pensado mucho y también me preocupa. Haré que la vea otro especialista…
- Sí, es una buena idea. Pero independiente de eso, la posibilidad de que Julius decida permanecer indefinidamente en esta casa, y que corresponda a tus sentimientos, es alta. Ambos lo sabemos. Yo no sólo te he observado a ti, sino también a ella, y desde hace tiempo me parece que en su forma de relacionarse contigo hay algo más, aparte de lo que acabamos de mencionar… Sé que algo ha sucedido hace un momento, sé que tú también percibiste su inclinación hacia ti… Los dos tienen algo diferente en la mirada… y puede que esto haya gatillado en Julius una mayor conciencia de la naturaleza sus sentimientos – dijo, observando fijamente a su hermano. Él se dejó examinar. A estas alturas no sentía la necesidad de ocultar nada a Vera y sabía que aunque lo hubiese intentado, ella lo habría descubierto. Ahora le diagnosticaba su enamoramiento como la misma gravedad con que un médico le habría informado que sufría tuberculosis. Sólo le faltaba sacar una libreta, un lápiz, y darle una receta, pensó, y esta idea le hizo sonreír levemente. Vera continuó luego de esta breve interrupción – Leonid… tú y Liudmil son lo más importante que tengo en la vida. También adoro a Julius, lo sabes. Es una muchacha buena, pura… con el paso del tiempo le he tomado un inmenso cariño. He cuidado de ella con gusto, es más, la considero parte de esta familia… Lo último que quisiera es verte sufrir a ti, o a ella… Por eso, ten mucho cuidado, por favor… Tú no sabes lo que es que te destrocen el corazón… -añadió, sorpresivamente.
- ¡Vera! – exclamó él, al ver cómo le temblaba la barbilla y su ceño se contraía en un gesto doloroso. Era evidente que pese a los años transcurridos, la traición de Efrem seguía martirizándola.
- ¡No, no lo sabes! No sabes lo que se siente quedarte con todas tus ilusiones rotas entre las manos, el vacío, la desolación, el odio con que malamente logras tapar el amor que aún subsiste, contra tu voluntad… Sí, hermano, después de todo este tiempo… yo aún… - Vera se detuvo. Inspiró varias veces hasta normalizar su respiración, y sólo entonces continuó hablando - No quiero que pases por eso, nunca… por eso te repito una vez más, que suceda lo que suceda, decidas lo que decidas, yo estoy contigo. Siempre.
- Vera… esta vez necesito algo más que tu apoyo incondicional…
- No te comprendo…
- Lo has dicho muy bien. No sé en qué me estoy metiendo, este asunto tiene muchas aristas que no puedo manejar a mi antojo como una intriga política porque… ni siquiera tengo el completo dominio de mi mismo… por eso… necesito… - sus pálidas mejillas se colorearon ligeramente – necesito que me aconsejes.
Vera parpadeó varias veces antes de largarse a reír con muchas ganas.
- Diablos, Vera, deja eso, por favor…
- Está bien, está bien… - dijo ella, esforzándose inútilmente por dejar de reír – Ya me calmo, enseguida… - agitó una mano frente a su rostro, y acabó por contener las carcajadas.
- Gracias – dijo él con sencillez, encerrando en una simple palabra todo su amor fraterno.
- No te preocupes antes de tiempo. Ve con cuidado. Observa. Y cuando debas tomar una decisión, desconecta tu mente. Tómala desde aquí – dijo, apoyando su palma en el pecho de su hermano.
- Lo intentaré…
- No lo intentes. Hazlo.
Leonid se sintió infinitamente afortunado de contar con ella.
- Hay algo que no logro comprender. Se lo conté todo. Absolutamente todo. Incluso que fui yo quien envió a Mijaílov a Siberia. Que la traté con crueldad cuando llegó aquí. Y no le dio ninguna importancia. Es más, se negó rotundamente a creerme.
- Eso es porque no se encuentra en condiciones de aceptarlo. Necesita confiar en ti... - se quedó pensativa un instante y luego añadió - Incluso es posible que recuerde lo que sucedió y aún así te justifique. Preferirá pensar "Pero él me lo contó todo", antes de cargar contra ti. Su mundo es tan frágil y limitado que la traición de la persona en quien más confía sería más de lo que podría soportar. No hay nada peor que ser traicionado por quienes amas - añadió, apretando los dientes con rabia.
La puerta se abrió una vez más. Julius apareció en el umbral. Se acercó casi corriendo a Vera, alegremente. Se inclinó a tomar las manos de su amiga, y la besó con cariño en ambas mejillas.
- ¿Estás feliz, querida Julius? – preguntó Vera.
- ¡Muy feliz! – contestó ella, y miró dulcemente a Leonid. Él pensó que la sensación que aquella mirada le provocó era muy similar a lo que se sentiría derretirse al sol y deshacerse sobre el suelo – Todo se ha aclarado…
- No sabes cuánto me alegra oírlo – dijo Vera. Se puso de pie – Ahora les dejo. Hay que desarmar tu equipaje. Avisaré a las criadas que vuelvan todo a su lugar.
- Gracias – dijo Julius, y enseguida se volvió hacia el marqués - ¿Te quedarás aquí hasta tarde?
- Sí, tengo mucho por hacer.
- Entonces… ¿puedes levantarte de allí?
- ¿Qué? – preguntó, sin comprender.
- ¡Levántate! – repitió ella, y jaló de él, tomándolo de las muñecas.
- Pero…
Julius le dejó parado y estupefacto, corrió al otro extremo del despacho y sacó una manta del cajón inferior de un armario. Se sentó en el chaise longue, con la manta sobre sus rodillas. Lo miró hacia arriba, sonriendo pícaramente.
- ¿Puedo?
- De modo que es eso… - dijo él – está bien, pero te advierto que tengo muchísimo qué hacer. No habrá nada de charla.
- Ni siquiera notarás que estoy aquí. Terminaré este libro – dijo ella. Se echó de espaldas y le enseñó un pequeño volumen que traía entre las manos. Pero dejó la manta doblada sobre su regazo. Como Leonid no atinara a reaccionar, ella le sonrió de una forma… extraña - ¿Puedes cubrirme, por favor?
- ¿Ah? – balbuceó él. ¡Julius le estaba coqueteando! Se giró hacia su hermana, buscando auxilio, pero ella se limitó a saludarles con la mano, y desapareció, dejando que se las arreglara como pudiera.
- Vaya apoyo incondicional… - murmuró.
- ¿De qué hablas?
- Nada.
Como en tantas otras oportunidades, cubrió a Julius con la manta. Pero esta vez, ella le agradeció con una sonrisa confiada y los ojos brillantes de alegría. Abrió el librito.
- No te molestaré.
- Nunca me molestas – dijo él. Julius se sonrojó. Leonid prácticamente corrió a su escritorio, enterrando la cabeza en un libro del que leyó el mismo párrafo al menos quince veces, sin lograr comprender su sentido. Cada cierto tiempo la observaba. Si no hubiese estado tan nervioso, habría notado que Julius tenía el libro al revés, y no había vuelto la página en ningún momento.
Esto es ridículo… ¿acaso significa que nada, absolutamente nada va a ser como antes? Por lo menos, podía trabajar tranquilamente, pero ahora… ¡Demonios, demonios, demonios! ¡Como si las cosas no marcharan lo suficientemente mal y no tuviera de qué preocuparme…! ¿Está dormida? Parece que sí…
Cerró sus libros, apoyó la barbilla en una mano, y la contempló por largo rato.
(1) Vete – Lucybell www(punto)youtube(punto)com/watch?v=pQceqJenXlc
Notas: Bueno, ahí va el primer capítulo. Cada capítulo llevará el nombre de una canción. La historia completa se me ocurrió escuchando "Vete", de Lucybell. Si bien los últimos discos no me han convencido, le tengo especial cariño a los primeros. De hecho, este es su primer single, de 1995, y me trae muy lindos recuerdos de mi época de colegiala. El video es muy bonito, siempre me llamó la atención ese airecillo a Gustavo Adolfo Becquer que tenia el vocalista en esos años... ¿o es idea mía?
Sobre los protagonistas, pues acá se ve más o menos lo básico. Leonid Yusúpov no es una mala persona, pero tiene dos problemas, uno, está totalmente desconectado de su parte emocional, y dos, considera que el deber está por encima de todo, y suele ser bastante maquiavélico a la hora de conseguir sus objetivos. Su hermana menor, Vera, es muy similar a él, ambos son parcos y muy inteligentes, pero ella es más intuitiva y sensible. Es la persona que mejor lo conoce. La relación de ambos en el manga es preciosa, muy estrecha pese que son de carácter más bien frío. Y la pobre Julius, en realidad en esta parte de la historia ya está con las tejas bastante corridas, aunque Leonid no lo quiera aceptar. Él no es un personaje fácil, en realidad, ni siquiera es un típico protagonista shojo, por lo que es algo complicado que no quede excesivamente endulcorado. Si la cosa llega a ponerse demasiado dulzona, quiere decir que me está saliendo mal. Espero que eso no suceda.
Saludines a Arjuy y las pocas lectoras que nunca dejan review ;)
