Muchas gracias por seguir la historia, yo sabía de antemano que iba a ser de difícil lectura para algunas personas, pero quise arriesgar y ser realista. Espero que este final sea de su agrado, he intentado tratar con dignidad a todos los personajes y evitar clichés.
ESPECIALMENTE DEDICADO A FRIDITAS y BlackCat2010
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Candy ofreció a su amado esposo un cálido abrazo y dulces caricias como respuesta y consuelo para ambos. Se siente segura a su lado. Pocos minutos después se quedaron dormidos.
Pero los otrora amigos de Albert sí que lo vieron y reconocieron. Y aprovechando el poder de sus nombres, confirmaron la identidad del joven, aunque por desgracia para ellos, nadie supo o quiso decirles donde vivía, pero sí que estaba casado con una hermosa rubia de ojos verdes.
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CAPÍTULO 2
El dinero nunca sobra en el humilde hogar de los Martin, es una verdad a la que se enfrentan cada fin de mes, y le es difícil seguir ahorrando para la universidad de sus hijos. Pero dinero sin amor no vale nada, y eso lo supieron siempre Albert y Candy. Por eso no les importó renunciar a tantos privilegios, aunque ella de vez en cuando se echa a llorar a escondidas, especialmente cuando ve llegar del trabajo a su marido agotado por alguna de las jornadas laborales extras que acepta para ganar algo más de dinero. Desde que ella tuvo a su segundo hijo, ya no puede trabajar y estira como puede el humilde presupuesto familiar.
Semanas después de que empezaran a usar la buhardilla como dormitorio de matrimonio, tras haber hecho Albert los arreglos necesarios reforzando la escalera y poniendo una puertecilla, Candy ha donado a una subasta de caridad algunos objetos que encontró ahí y que no les vio un provecho claro en su casa. Reutilizó otros artículos para su propio hogar, y finalmente confeccionó ropa a sus hijos con las telas de los viejos -y lujosos- trajes suyos y de Albert almacenados en las cajas durante tantos años. Aunque los diseños estuvieran muy pasados de moda, la tela seguía siendo útil; y mientras cosía a mano las prendas para los niños, Candy agradeció mentalmente a sus madres de Pony y a las monjas del San Pablo por enseñarla a coser.
En una bella tarde primaveral, y al ver que sus pequeños están aburridos jugando en el diminuto salón comedor, la rubia los invita a salir con ella a hacer un recado.
-Acompáñenme, hijitos. Voy a ponerle una inyección a la señora Randall. Pórtense bien en su casa, ¿de acuerdo? Luego iremos a esperar a papi en el parque.
Es domingo, pero Albert ha ido a echar una mano al hotel, pues en su lujoso restaurante se celebraría la boda de la hija de un conocido político, y éste pidió expresamente que Collins y Bert Martin supervisaran el banquete. Además, por adelantado pagó generosamente y sin chistar la jornada extra de los dos.
Candy gana algunas monedas visitando a vecinos enfermos en sus casas para aplicarles inyecciones, hacerles curaciones o tomarles la tensión. Son tiempos de crisis en los que cualquier ayuda es bienvenida. Con esas propinillas puede comprar algún capricho a sus hijos, normalmente caramelos o juguetes baratos; descargando un poco a su marido.
Terminada la visita a la señora Randall, Candy les da algunas de las monedas ganadas a sus hijos, quienes van corriendo a una juguetería cercana donde van a comprar canicas u otros artículos asequibles. Los observa feliz y orgullosa, cuando escucha que un coche para al lado suyo. No le da importancia hasta que siente que alguien toca su hombro. Voltea a ver quién es, y la sorpresa es mayúscula.
-¿Archie? ¿Neal? ¿Terry? ¿Qué hacen aquí?
Más bien «¿Cómo me encontraron?»
Sonríe con timidez al verlos, aunque su aspecto la preocupa. Es obvio que ya no son aquellos adolescentes llenos de vida que conoció. Aunque las ropas que visten gritan a los cuatro vientos su prosperidad económica, la rubia sólo ve tristeza en sus ojos y sus rostros demacrados con esas barbas incipientes que delatan una noche de juerga a pesar de llevar los trajes y el pelo impolutos. Las decadentes vidas que llevan no les han hecho progresar como seres humanos, más bien todo lo contrario. El actor es el primero en hablar, aprovechando que su experiencia en los escenarios le hace mantener mejor el tipo.
-Pecosa... estás bellísima. ¿Cuántos años sin vernos?
-Más de quince, Terrence. Siento mucho lo de Suzanne y lo de tu padre...
Al responder, ella da un paso hacia atrás, asustada. Tiene muy presente las amenazas del Consejo y teme que los tres hombres hayan venido a cumplirlas.
-Tranquila, no te haremos daño, Candy, ni a ese... de tu marido. Te damos nuestra palabra de caballeros- le aseguró Neal hablando con suavidad y posando solemnemente la mano derecha en su pecho, justo sobre su corazón que en ese momento late desbocado de amor por ella.
-Estás preciosa, Gatita... ¿querrás tomar un café con nosotros? – pidió Archie, conteniendo como pudo la emoción.
Ella rechaza la invitación negando nerviosamente con la cabeza y con sus hermosos ojos verdes muy abiertos. Obviamente está temerosa y desconfiada.
-Te juro que no sabíamos lo que pasó realmente. Hace cinco semanas que la tía Elroy falleció y nos dejó a Neal y a mí una carta explicándolo todo. Anda, Gatita, ven: serán sólo unos minutos…
-No puedo, Archie, de verdad que tengo prisa. Mis hijos me esperan.
La frase "mis hijos" hiere profundamente el corazón de los tres caballeros que contemplan con una mezcla de amor y pena a la mujer. Amor, porque a pesar de todo, del tiempo, del dinero, de las mujeres... no han podido olvidarla. Pena, porque la ropa limpia pero barata y su pecoso rostro ligeramente ajado delatan las duras condiciones en las que ha vivido la rubia. Todos habrían gastado sin dudar sus fortunas para cubrir de joyas y lujos a esa mujer, por evitarle tantas privaciones, por haber sido el elegido.
Sin embargo, a pesar de todo la cara de la pecosa proyecta alegría, optimismo, tranquilidad y mucha, mucha felicidad. La encuentran infinitamente más hermosa que sus respectivas esposas o amantes, y sienten una envidia feroz por Albert; aunque son unos caballeros y antes de ir a buscarla han acordado respetar la decisión de Candy. Archie y Neal, como jefes del clan Andrew, tienen claro que no molestarán a la familia a pesar de la orden del Consejo, y Terry tampoco tiene intención de hacer daño al antiguo trotamundos. Pero por ella, se dicen, no por Albert, a quien matarían a la primera oportunidad, si no supieran el sufrimiento que con tal acto provocarían en su amada Candy.
Tras un incómodo silencio, uno de los tres apuestos caballeros vuelve a hablar.
-¿Cuántos hijos tienes, Candice?
-Dos, Neal. Tengo dos hijos: una niña y un varoncito. ¿Y tú?
-Una hija, Candy. Archie no tiene hijos, y Terrence tal vez tenga doscientos, regados de Londres a Los Ángeles.
El actor propina un cogotazo a Neal, sonriendo levemente.
-Ya será menos, zoquete- le dice al Patriarca, y a continuación se gira hacia Candy para responderle- No tengo ningún hijo, Pecosa... que yo sepa. Todavía no he encontrado a la mujer adecuada que me los dé...
En ese momento, los tres hombres otra vez se quedaron mirando de arriba a abajo y con intensidad a la rubia, mientras Candy sonríe nerviosamente porque siente esas miradas que la están devorando. Ellos están imaginándose cada uno lo maravilloso que habría sido tener hijos con esa mujer, disfrutar de su sonrisa, amarla sin reservas, amanecer cada día a su lado.
Cuando la rubia estaba a punto de despedirse, se escuchan las alegres risas de Rose y Tony; quienes al ver a su madre charlar con tres desconocidos se esconden asustados tras el hermoso cuerpo de Candy, el cual se intuye incluso con aquellas ropas tan humildes que lleva. La tierna visión de su preciosa rubia convertida en una madre amorosa les produce a los tres crápulas una mezcla de amor y admiración.
-Vamos, hijos míos, no sean maleducados.
-¿Quiénes son ellos, mami? ¿Papá los conoce?
La madre se queda muda, pero Terry contesta rápidamente a Rose tocando con ternura las trencitas rubias de la niña, rematadas con dos pequeños lacitos rojos. Parecieran un vestigio de las frondosas coletas de su madre, aunque está seguro de que el tono de rubio es un poco más oscuro, como el de Albert.
-Sí, nena... conocemos a tu papá, sólo que hace muchos años que no nos vemos. Yo me llamo Terrence, él es Neal y aquel señor se llama Archibald -dice señalando a sus acompañantes- ¿Y ustedes como se llaman, hijitos?
Los tres habrían vendido su alma al mismísimo Satanás a cambio de que esos niños de verdad llevaran su sangre, por gozar de aquella maravillosa mujer que dejaron ir en diferentes momentos. Cada uno lamentó por dentro su propia cobardía.
«Si no te hubiera dejador ir en aquella escalera… »
«Si no hubiera sido tan poco hombre aquella noche del fallido compromiso…»
«Si no me hubiera callado en los jardines del San Pablo…»
Se maldijeron amargamente por no haber luchado por ella. Porque esa mujer lo valía todo, hasta el mayor sacrificio… y les aguijoneó la certeza de que el único que tuvo el valor de hacerlo fue ese hombre que ella eligió.
-Yo me llamo Rosemary, señor... Tengo siete años y mi hermano Anthony acaba de cumplir cuatro.
Las criaturas sonríen, mostrando la niña una sonrisa desdentada propia de los siete años de edad que tiene, al mismo tiempo que el niño se quita la gorra de tela dejando ver su rizado pelo rubio, sin duda herencia de su madre, antes de pedir a Candy que se la vuelva a poner. Conocer a los hermosos pequeños que ha parido su querida rubia hace que Terry, Neal y Archie no puedan reprimir el impulso de ponerse en cuclillas para abrazar a los niños con fuerza. Tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para no echarse a llorar por lo que pudo ser y no fue. Sin que la madre ni las criaturas lo noten, Terry mete una valiosísima moneda de oro en el bolsillo de cada infante y les devuelve al regazo de Candy.
«Maldito Albert cabronazo, pero si son clavaditos a ti…!» piensan los tres caballeros ante el aplastante parecido de los pequeños con su padre. A Archie y a Neal además se les encoge el corazón porque los niños también les recuerdan a su primo Anthony, aquel que falleció hace tantos años.
Candy indica a sus hijos que se despidan de aquellos señores, y que vayan adelantando camino mientras ella también dice adiós.
-Bueno... nosotros ya nos vamos, tengo que preparar la merienda de mis niños. Espero que todo les vaya bien, muchachos. Y gracias por respetar a mi familia y mis hijos.
Hace un gesto de despedida y se da la vuelta, pero Terry la toma por el codo a la vez que Neal introduce un papel doblado en el viejo bolso de la mujer.
-¿Qué es esto?- despliega el papel y encuentra un cheque por una ingente cantidad de dinero, firmado por Archibald Cornwell y sir Neal Leagan, del trust Andrew.
-Para los estudios de tus hijos- se apresura a responder Archie.
-No puedo aceptar esto. Mi marido...
Como si lo hubiera llamado Albert apareció caminando a paso apresurado, acompañado por sus hijos. Los pequeños se lo han encontrado en la esquina camino a casa, y le dijeron que Candy estaba hablando con tres elegantes señores. A pesar de sus pobres ropas de humilde trabajador manual, ese hombre seguía desprendiendo la misma grandeza de espíritu e imponente presencia, que aquella noche del fallido compromiso con Neal en que se descubrió como el Bisabuelo William.
-Albert...- Candy devolvió el cheque a Neal y se dejó conducir por su esposo, quien la sujetaba con firmeza por la cintura, en un evidente gesto de marcaje y posesión. El rubio se caló la gastada gorra de tela como saludo y despedida, para pronunciar unas cuantas palabras con ese masculino timbre de voz que ninguno de sus antiguos amigos había olvidado después de tanto tiempo.
-Gracias, pero no necesitamos más que sus buenos deseos y su discreción. Mis hijos tienen un padre que les da lo que necesitan. Ahora, si nos disculpan...
La familia Martin se da la vuelta y se marcha con sus niños revoloteando alegremente alrededor de ellos; dejando a tres elegantes playboys con un palmo de narices. El sentimiento de derrota y desolación que comparten es brutal. Ni el dinero de Neal, ni la elegancia de Archie, ni el carisma de Terry: a quien Candy prefirió fue a ese hombre tan atractivo y seguro de sí mismo, trabajador, fuerte, honesto, amoroso, auténtico... aunque eso le haya costado vivir en la pobreza.
Se marcharon a su hotel para luego volver a sus casas, y nunca más buscaron a Candy, pero tiempo después Neal y Archie le hicieron llegar a la rubia un paquete con varias joyas muy caras. La caja iba acompañada con una carta en la que le decían que no lo rechazara porque era expreso deseo de Elroy. Pero no era cierto. En realidad Neal y Archie compraron las joyas a Eliza, la heredera de la anciana, y se las enviaron a Candy pensando que para ella sería menos violento que mandarle dinero dado el anterior fracaso con el cheque. La rubia, práctica, vendió las joyas junto con las monedas que Terry dio a sus niños, y ese dinero lo guardó celosamente para afrontar cualquier emergencia familiar, sin comentar nada a su marido.
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Albert siempre trae a casa algo de las sobras de esas opíparas cenas que prepara cada noche para el restaurante del lujoso hotel que lo ha contratado como cocinero, porque con ellas y un poco de arroz, legumbre o pasta siempre sale la comida de mediodía para su familia, suponiendo un gran ahorro a fin de mes y un buen apoyo en la correcta alimentación de sus pequeños. Platos que la mayoría de los niños del hambriento país en crisis no comen –ni Candy cuando era pequeña- forman parte del menú de mediodía de los Martin, esa comida que comparte la familia al completo entre alegres risas: pescado, carne, pollo, frutas de lejanos países, lácteos, verduras exóticas, repostería fina...
El rubio definitivamente no le contará nunca a su esposa que si llega a completar los gastos es porque George entrega al padre de familia una pequeña cantidad mensual que le ayuda con la hipoteca del apartamento y darse algún capricho en familia como ir al cine. Johnson sigue trabajando para el clan Andrew y ha formado un hogar con Dorothy, pero al igual que el resto del clan, tiene prohibido cualquier contacto con Albert y su familia.
Sólo que el moreno, a diferencia de Archie y los otros, desde hace muchos años buscó la manera de seguir viendo al rubio. Y la encontró por medio de Collins, el chef del restaurante donde trabaja Albert y buen amigo suyo. En el almacén del restaurante, Johnson se entrevista con el rubio, hablan un rato y, aunque Albert remolonea, siempre termina aceptando la ayuda económica que George le da; más que nada por sus hijos y por el afecto que siente por su otrora asistente. Johnson fue aquel viejo amigo que ayudó a la pareja a instalarse en Nueva York hace años.
Algunas noches Albert sorprende a su mujer sollozando débilmente en la humilde cama de matrimonio en la buhardilla, procurando que sus pequeños no la escuchen. El rubio sabe qué le pasa: ella tiene cargo de conciencia porque cree que ha sido su culpa el que ahora Albert esté en la pobreza, pudiendo ocupar el lugar de Patriarca del Clan Andrew que ahora comparten Neal y Archie.
-¿Otra vez, pequeña? Te digo que estoy bien y que soy muy feliz contigo y con mis hijos.
-¿No te arrepientes, Albert?
-Jamás. Contigo soy más feliz de lo que nunca imaginé- lo dice con seguridad y mirándola fijamente con sus hermosos ojos azules, esos hechiceros zafiros que han heredados sus pequeños retoños.
Ella lo mira con infinito amor. Definitivo, hizo una buena elección. Besa tiernamente a su esposo y le confiesa lo que muchas veces le ha dicho.
-Dios no pudo enviarme un marido mejor. Te amo, Albert.
-Y yo, mi preciosa.
Candy prepara rápidamente la cama: un somier con colchón casi a ras de suelo, primorosamente arreglado con sábanas cosidas a mano con retazos de múltiples colores. Debe estar tan bajo dada la poca altura de la buhardilla inclinada. Pero poner la cama así les brinda la oportunidad de ver el cielo a través del cristal de la ventana del techo oblicuo, con sólo retirar las puertecillas de madera y el store que la cubre.
-Vamos, don Albert Martin... que mañana usted descansa pero quedó de llevar a sus hijos al circo.
-¡Oh, Señor! Se me había olvidado...- dice con un largo suspiro de cansancio y se tumba pesadamente boca arriba, después de haberse desvestido y puesto un gastado pantalón de pijama que deja a la vista un musculoso torso moldeado por el arduo trabajo diario, y marcado por el zarpazo de aquel león en el parque de Chicago. Los brazos de Albert son como dos cálidas y macizas columnas que sostienen con firmeza a su familia, al mismo tiempo que la protegen con ternura.
Su dulce, hermosa y amorosa Candy le cubre medio cuerpo con una impoluta sábana remendada, y comienza a darle un pequeño masaje en los hombros cuando su marido la interrumpe mirándola a los ojos con intenso deseo.
-Deberías dejar de fatigarte tanto, Candy. No quiero que tengas problemas con este nuevo embarazo, yo me sé tapar solo, pequeña.
En efecto, la apasionada entrega aquella noche en que Albert vio a Terry y los otros, tuvo consecuencias; y Candy espera su tercer hijo. Será otra niña, que al igual que sus hermanos heredará los bellos rasgos de Albert, pero también los espectaculares ojos verdes de Candy.
Las miradas entornadas, esa posición de Candy justo en la diana, sentada encima de él exponiendo su generoso escote a través de la humilde camiseta de tirantes que usa como pijama, es demasiado para el rubio. Dos bocas a punto del anhelado beso, las manos de Albert en el sitio y labor justas, acariciando el redondeado trasero de su esposa y tomándola por las caderas para acomodarla mejor.
El torbellino de la pasión los envuelve salvajemente, Albert prácticamente le está haciendo el amor a Candy con un beso: ha introducido con descaro su lengua en la boca de ella, explorando la ardiente cavidad y encendiendo a su esposa. La rubia pensaba decir que no, dado lo cansado que veía a Albert, pero él siempre ha sabido cómo romper las defensas de Candy, dónde y cómo tocarla para que se rinda a él.
Ella se estremece al sentir cómo su marido tras estimularla íntimamente unos minutos, le introduce con cuidado su enhiesta masculinidad estando ella encima de él. La joven gime placenteramente y comienza a cabalgar con sensualidad, llevándose las manos a la cabeza, con su esposo acariciando dulcemente su cuerpo desde las piernas hasta la barbilla, prestando especial ternura a ese vientre ligeramente abultado que delata la existencia de su nuevo retoño por venir.
Pasea los dedos por esos hermosos pechos que han alimentado a sus hijos, y siente la necesidad de llevarse a la boca esas rosadas bayas que lo tientan hasta lo indecible. Atrae a Candy tomándola por la nuca y tras darle un ardiente beso, se dispone a devorar con apasionada ternura sus pechos sin dejar ella de cabalgarlo.
Bellas frases de amor dichas en apenas susurros inundan la pequeña habitación donde aquellos amantes reivindican su cariño.
-¡T...te a...moooo!- y un ronco, apasionado, líquido y caliente gemido liberador acompaña la breve pero intensa frase de amor. ¿Para qué iba a querer la fría insignia de oro de su Clan, si a cambio de eso tendría que renunciar a su hermoso amuleto ojiverde?
Sí, ellos se olvidan de todo: del frío, de las facturas, de la crisis; cuando se miran a los ojos y vuelven a entregarse a la pasión. Cada vez que hacen el amor, Albert corrobora que tomó la decisión correcta y que su sitio está ahí, llenando acompasadamente el húmedo interior de esa mujer a la que adora incluso desde antes de tener la mínima noción de lo que es el amor.
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FIN
©Stear's Girl/MorenetaC/RosaRosae
GRACIAS POR LEER
Nos vemos en la próxima historia... De antemano agradezco sus reviews.
Fic inspirado en un hermoso FANART de MARCELA. Gracias por permitirme usarlo :)
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CONTESTANDO REVIEWS
nerckka Muchas gracias, nena! Quise hacer algo diferente, como en casi todos mis fics.
Josie Gracias por leer, creo que en este capítulo se aclaran todas tus dudas y espero sea de tu gusto ;)
Friditas Sí, lo del Wero es amor, Friditas. No siempre son gratis las cosas en la vida, pero él se ve feliz con su "sacrificio". Como bien dices, Archie tiene con Neal y Terry más en común de lo que pensamos: impulsivos, caprichosos y un pelín egoístas; además de que se instalan cómodamente en su burbuja de seguridad en vez de realmente arriesgarse por Candy. Te mando un abrazo MUY fuerte y dedico mi trabajo a ti.
aris cereth Muchas gracias, preciosa,,, aquí tienes el final y con tus dudas resueltas! Te espero en mis demás fics!
Lady Lyuva Sol Awwww... sin palabras, me emocionó tu review. Muchísimas gracias. Y sí, lo de estos dos es amor de verdad.
sayuri1707 Espero que el final aclare tus dudas y te guste, gracias por leer!
AnaEdith Lo puse en el Rosa Oscuro por las minigolosuras, tal vez por eso no lo viste. Sí, Neal es patriarca en mi historia por varios motivos: porque es mayor que Archie (y pensé que el clan se regiría por un principio de primogenitura), porque su familia manipuló a Elroy, la matriarca; para echar más sal a la herida, y porque... ¡me encanta Neal! Más arriba explico por qué de adultos Archie, Neal y Terry podrían llevarse bien.
Elisa No me cansas, tocaya... al contrario: quiero agradecerte por leer, por animarnos, y sobre todo, por la confianza. Nos abres tu corazón en los reviews y eso es un regalo precioso. Lamento mucho la historia de tu familia, por desgracia la vida real no siempre es color de rosa: pero se puede aprender de la experiencia y tratar de ser feliz con lo que se hay. ¿Tienes Facebook? Friditas, más chicas y yo, estamos en un grupo de Andrewfans donde te recibiríamos con los brazos abiertos. No sólo hablamos del candymundo, sino que nos apoyamos en los problemas personales y nos regalamos firmitas.
Clau Ardley Siempre son una delicia tus comentarios, mana. Acertados, sensatos y honestos. Diste en el clavo: para mí el éxito en la relación de Albert y Candy a pesar de la pobreza, es una mezcla entre amor y dignidad. Han aceptado su destino y con ello hacen lo que pueden para ser felices, y lo son; porque no desean más que estar juntos.
Nelly Sólo al principio fue lavaplatos, luego ha ascendido hasta cocinero. Por cierto, incluso estos trabajos precarios eran un milagro conseguirlos en la época en que sitúo parte del fic, la Gran Depresión. Intento que en mis trabajos todo tenga un por qué. Gracias por leerme!
Amigocha Exactamente: el amor y el trabajo duro lo pueden todo. Quise explorar la alternativa de que de verdad lo desheredasen y este es el resultado. Gracias por leer!
Carito Andrew Ellos saldrán adelante solos, ya lo verás ;)
chidamami Gracias! Es precisamente lo que quería!
rita miller Bueno, si quiero hacer un fic realista, lo que me pediste no puede ser. Pero ojalá y el giro que di sea de tu agrado; al fin que de todas formas son felices.
CandyFan72 Muchísimas gracias, nena! Tu apoyo es bien importante y apreciado por mí!
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