Capítulo 1
Londres 1780
Había sido invitado a esta elegante fiesta londinense justo a su arribo de Escocia. Odiaba sobremanera todo lo relacionado con su título nobiliario, pero no le quedaba más remedio que seguir con las normas de etiqueta. Su fiel amigo George Johnson lo acompañaba, era el único que sabía su secreto.
…
Siendo un poco más joven, Albert había desafiado a todos en su familia para imponer su voluntad; había querido recorrer el mundo antes de asumir sus responsabilidades como heredero del título de Conde; contra la voluntad de su padre, emprendió su viaje por Europa, visitando un lugar tras otro hasta que llegó a la lúgubre Transilvania.
Como no era un joven dado a creer historias y leyendas, no tomó en cuenta las advertencias que los aldeanos le hicieron respecto al castillo de Vlad Draculea, este famoso príncipe conocido por su crueldad al empalar a sus enemigos; era considerado un bebedor de sangre.
Llegó a las puertas de dicho palacio, que llevaba unos 200 años sin ser visitado, y pidió pasar la noche allí. Las pocas personas que aun habitaban el lugar trataron de convencerlo de que debía buscar refugio en la aldea, pero Albert era muy terco para su propio bien.
Bien dicen que el arrepentimiento siempre llega tarde,… a él le toco vivir la peor de sus pesadillas; criaturas extrañas sedientas de sangre y sexo lo atacaron sin piedad.
Después de una semana bajo esa tortura, George logró encontrarlo y sacarlo de allí.
Una mujer de la aldea al verlo, le dijo que había sido maldecido.
-Tú desafiaste a la bestia- dijo la mujer enfadada- ahora deberás pagar las consecuencias
-A qué se refiere? - preguntó George - debo saber a que se refiere-insistió
-Se le advirtió al joven que no debía ir al palacio Draculea, pero su soberbia lo llevó a las mismas puertas del infierno- agregó la mujer - a partir de ahora esta condenado a vagar por esta tierra en busca de paz.
- Qué se supone que debo hacer para ayudarlo? –
-Nadie puede ayudarlo, caballero; solo su verdadero amor podrá salvarlo. Cuando encuentre a la mujer que lo complemente lo sabrá, beberá de su sangre y cuando sea la correcta, solo podrá seguir bebiendo de ella; no necesitará a nadie más, y cuando ella desaparezca, él morirá. Su amor lo llevará al descanso eterno.
-Esto es increíble… qué has hecho Albert?, qué va a pasar a partir de ahora?- preguntaba un acongojado George
-A partir de ahora- dijo la mujer- no morirá, pero su sed de sangre será eterna hasta encontrar a la que sea su destino.
George no daba crédito a lo que estaba sucediendo; de no ser porque tenía en sus brazos el cuerpo casi inherte de Albert, habría pensado que todo esto era una burla. Se llevó al joven de allí, fueron a Paris hasta que Albert se repuso de su "afección".
Durante casi 200 años, han vivido cambiándose de un lugar a otro y pasando su herencia hasta estos días.
…
Albert ya estaba cansado de "vivir" así; solo quería ponerle fin a sus días, pero George lo convencía de que pronto encontraría a la mujer destinada a él.
La esperanza comenzaba a derrumbarse cuando llegó a la fiesta. Quizás, entre tantas jovencitas podría encontrar a su alma gemela.
Con esta idea en mente, comenzó a socializar con todas aquellas jóvenes: algunas inocentes y otras francamente descaradas, que querían conquistarlo.
Tan absorto como estaba, tuvo un atisbo de algo extraño; su sentido desarrollado de advertencia había detectado la presencia de alguien que tampoco era humano. Su mirada celeste buscó entre la gente: podía detectar el aura de los no humanos, así que no le costó mucho identificar al sujeto.
Contra el otro extremo del salón de baile, se encontraba un caballero un poco más joven que él, de cabello castaño y ojos azules. Ambos tenían el porte y la elegancia de los aristócratas, solo que en Albert, había algo hipnótico: sus rasgos cincelados lo hacían parecer un semidiós; por donde pasaba tanto hombres como mujeres volteaban a mirarlo.
Este caballero que había entrado al salón de bailes, no se quedaba atrás: igualmente atractivo, llamaba la atención de todos, solo que él tenía un atractivo casi salvaje, algo que provocaba en las mujeres el deseo de probar.
Ambos se vieron por un largo rato, tratando de calibrar el potencial de cada uno; George apareció en ese momento y distrajo a Albert con una presentación.
-Albert, quiero presentarte a unas personas que desean conocerte
-Si, claro… como gustes George- dijo en tono distraído
-Qué sucede?... has visto algo extraño?
-No, solo que aquel joven que está allá- dijo, haciendo un leve movimiento de su cabeza- no es del todo humano
-Quéee? Y como sabes eso?
-Lo sentí cuando pasó a mi lado; tú sabes que desde mi "accidente" puedo detectar a estas "personalidades", lo que no me explico es que hace aquí?, creo que lo vigilaré un poco más.
-Tendrás que dejar eso para después Albert; quiero presentarte a una jovencita conocida de mi familia.
-Otra más, George?, hasta cuando te darás por vencido?… yo no tengo alma gemela, entiéndelo
-Lo veremos Albert, lo veremos
-Está bien, todo sea porque me dejes en paz un momento…vamos!
Mientras George llevaba a Albert al bufete donde los esperaba una joven curiosa, el caballero del salón de baile decidió recorrer el lugar.
….
Estaba tan enojado con su padre, que prefirió alejarse antes de protagonizar otra escena delante de su madre.
Terrence Graham, duque de Grandchester, estaba allí, no por propia voluntad; su padre había decidido que ya era hora de que el "rebelde" hijo único formara su propia familia.
Lo que le resultaba sumamente difícil, debido a que Terry, como lo llamaba su madre, era un hombre lobo, y sus apetitos diferían al de los demás caballeros.
Era un hombre atractivo, y también el alfa sucesor de la manada, solo que ostentaba un decadente título aristocrático, que le impedía vivir la vida como él quería. Debía proporcionar un heredero tanto a la manada como a la sociedad.
La presión que su padre había comenzado a ejercer, lo ponía furioso a extremos innegables. Todos saben que el licántropo se empareja de por vida, y para ello debe encontrar a su compañera; no todos tenían esa suerte, pero él no perdía las esperanzas de encontrarla, si solo su padre no le estuviera quitando tiempo.
Le habían presentado a casi todas las jóvenes casaderas de la fiesta, y ninguna había hecho aullar su lobo interior.
Justo cuando había decidido retirarse, su madre le dijo que quería presentarle a una jovencita que, si bien no era de noble cuna, era un encanto como persona. Como no tenía nada más que perder, optó por seguir a su madre.
…
En el bufete se encontraba la joven más delicada de la noche: Candy White, había aceptado ir a la fiesta a pedido de su superior, con el objetivo de hacer contacto con las personas que debía comenzar a vigilar.
Era una joven de cabello rubio y hermosos ojos verdes, con una sonrisa contagiosa y un excelente humor; había cautivado sin proponérselo a las personas allegadas a sus objetivos.
Casualmente George, el amigo del Conde de Lakewood, era un conocido de su familia, así que eso facilitó su encuentro con Albert.
Cuando Albert llegó hasta la joven, ella estaba de espaldas a él; mientras se iba acercando su cuerpo reaccionó aun antes de tenerla cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo y el olor dulce de su sangre.
Todo en ella lo llamaba: es como si la reconociera desde lo profundo de su ser. Cuando se giró para saludarlos, se quedaron durante un largo momento observándose, sin hablar.
Candy sintió que su sangre hervía; nunca había visto un hombre tan atractivo como este, su cabello dorado cayendo hasta sus hombros, sus ojos celestes que la habían atrapado con promesas irresistibles y esa boca de pecado. Cuando George los presentó y Albert besó su mano, ella estaba segura de que se había derretido, sus piernas amenazaban con dejarla caer.
-Candy- dijo George- te presento al Conde de Lakewood- girándose a Albert le dijo – Albert, te presento a la hija de un amigo, la señorita Candy White.
-Un placer conocerla señorita White- dijo, mientras besaba su mano
-El placer es mío, mi Lord- dijo ella mientras lo miraba fijamente
-Puedes llamarme Albert y así evitamos todo este lío de títulos… qué te parece?
-Jajajaja, solo si me llamas Candy, como lo hacen los que me conocen- replicó ella, con cierta coquetería
-Por mí, encantado Candy; suena muy dulce tu nombre y te ves igual
La mirada de Albert parecía atravesar los pliegues de su vestido; a pesar de que ella sabía que llevaba ropa encima como para parecer un ropero ambulante, se sintió delante de él, como si fuera Eva en el paraíso, lo que la hizo ruborizar.
La sonrisa de predador que le regaló Albert, solo avivó las llamas que la consumían; iba a ser difícil vigilar a este hombre y evitar la tentación de probarlo. "vaya- se dijo- con estos pensamientos no voy a llegar muy lejos; concéntrate Candy- se reprendió"
Justo cuando la conversación había comenzado a ser más amena, se acercó al grupo Lady Graham, una dama que había conocido en el toillete y que le había simpatizado.
Quiso la casualidad que fuera precisamente la madre de su otro objetivo, y aquí estaba ella para presentarlo.
Nada más dirigir su mirada al Duque, Candy quedó en blanco: si Albert la había cautivado, Terry la noqueó; ante ella estaba otro ejemplar a pleno del típico macho.
Terry se quedó helado al verla, ella olía maravillosamente, su lobo había comenzado a aullar al reconocer a su compañera; él tenía que ejercer todo el control del que disponía, para no echarla al hombro y sacarla de allí para reclamarla.
En una fracción de segundo, Albert se interpuso entre ellos y ambos se miraron desafiantes; la vida jugaba pasadas muy malas y esta era una. Los dos reconocieron a Candy como su compañera, y ambos iban a pelear por mantenerla.
La situación se volvía por momentos más tensa, hasta George propuso que se dirigieran todos al sector de las bebidas, tal vez así lograrían calmar los ánimos. Candy no estaba muy convencida; su cuerpo había reaccionado a ambos hombres y se sentía humillada por eso, quizás al fin de cuentas si era una mujerzuela como le decía su prima Elisa. De que otra manera se explicaba que su cuerpo se calentó al máximo con esos dos hombres, y con los dos por igual… que horror!
Y esto recién empezaba… tuvo que retirarse temprano para no preocupar a su madre y ambos caballeros se ofrecieron a llevarla. Como eso iba a conducir a otro desagradable enfrentamiento, ella decidió que George la llevaría, ya que era un amigo de la familia.
Albert y Terry se quedaron bastante malhumorados, pero decididos a conquistar a Candy, después de todo ambos decían que ella era "su mujer".
