El caso es que... cuando mañana se despierte y vaya a verse al espejo del baño, antes de ir a la universidad, con el pelo todo despeinado y oootra vez cara de sonrisa y satisfacción, pensando que las cosas no están tan mal, va a notar que lo que tiene a la espalda dibujados son los dos cuervos de Odín con las alas abiertas como si él tuviera alas, uno dibujado con detalle y el otro solo la silueta, porque no lo acabó en realidad.

Y se va a quedar sin habla como diez minutos enfrente del espejo del baño con la cabeza girada. De hecho, se va a volver a la cama... y va a llegar tarde a la escuela.

Finalmente, antes de terminar la historia, en el estupor del after, Germania sonríe recostándose boca arriba y mirando el techo. Roma se apoya sobre su brazo, sonriendo.

—Quizás... —se humedece los labios —, quizás los haga de verdad.

—¿Eh?

—Los cuervos de Odín que has dibujado... —le mira a los ojos.

—Ah... eso —sonríe cerrando los ojos.

—No dice lo que dijiste que decía... —se sonroja un poco—, es... ¡evidentemente mejor! Quizás no lo hagas tan mal... podrías hacerlo de verdad.

—¿Hacer de verdad el qué?

—Dibujarlo bien en mi piel. Permanente. Tatuaje.

—¿Y confiarías en mí para hacerlo? —sonríe de lado.

—Pues... —parpadea—, si no eres... tú... ¿Que lo harías mal a propósito?

—Podría dibujarte ahí otra cosa —se ríe.

—Podrías morir una segunda vez en tu vida... —le amenaza no tan en broma y el romano se ríe otra vez. Germania suspira encogiéndose de hombros antes de erguirse en la cama—. Voy a llegar tarde.

Nooooon —lloriquea, abrazándole de la cintura. El sajón le pone la mano sobre el brazo que le abraza y sonríe de lado.

—El decano va a reñirte a ti porque sabrá que es tu culpa.

—Te reñirá a ti como te vea eso que llevas en la espalda, ahora si pareces un hijo de Odín de esos de la música esa de tu hijo.

El germano sonríe de lado.

—¿Por qué me habría de ver la espalda desnuda? Además se caerá con el agua...

—Enséñaselo a las chicas —le acaricia el dibujo.

—¿Te gustaría que estuviera ahí para… siempre? Tendría gracia... a Odín le gustaría.

—Es sexy —decide al final con unas palmaditas—, creo que te haría ganar puntos.

—¿Puntos con quien? ¿Con las chicas? —pregunta mirándole de reojo.

—Bueno, también con ellas —se encoge de hombros. Germania niega con la cabeza y sonríe de lado.

—Pues está decidido, averigua como vas a dibujar los mejores cuervos de Odín en mi espalda.

Roma sonríe y se estira otra vez. El germano le da unos golpes en el abdomen mientras se estira con la mano abierta... de esos que arden.

—Auu! —protesta y se ríe.

—Anda, levántate.

—Oooh... qué perezaaaa —se rasca la barriga y el rubio empieza a empujarle de la cama.

—¡Venga, que tengo que tenderla!

—Uuuuh... —peso muerto.

Germania le empuja con más fuerza, hincándose en la cama y consiguiendo que ruede un poco hacia el borde. Roma se ríe y se le abraza, jugando para que no le tire. El sajón trata de empujarle un poco más arrastrándole al borde y riendo un poco con él con esa risa baja y suave que tiene.

—¡Voy a tirarte aun si necesito caerme yo también!

—Nooooon! —patalea perdiendo la fuerza con la risa.

—Vamos a caernos de cabeza además... —hace más fuerza y le pica una costilla para hacerle cosquillas.

—Uaaaaaa! —chilla más fuerte y se ríe como loco dando saltos para huir y acaba por caerse con todo y Germania. Se muere de la risa en el suelo.

—Eres un idiota... —protesta Germania... riéndose también.

Es que Roma no puede... el sajón se mueve encima de él para dejar de estar de cabeza con un brazo torcido debajo. Eso sí, trata de hacerle todo el daño que puede aunque también ha perdido fuerza por la risa.

—AuuUuuUuuuu —protesta riéndose igual.

Cae como muñeco de trapo a su lado, boca arriba, al no poder sacar el brazo de debajo de él. Roma le deja sacarlo y sigue tumbado igual, riéndose un rato.

—No me divierto tanto con... nadie —confiesa cuando Roma aun se ríe y él ha parado de reír.

El latino se vuelve a él y le acaricia un poco la cara. Germania hace los ojos en blanco y niega con la cabeza.

—¿Desde cuándo soy tan ridículo? ¡Todo es tu culpa!

—Te quiero —asegura y le da un beso.

Germania se deja, muy quietecito sin decir nada. Hasta se siente pringoso de lo pegajoso que está esto.

—Yo también... a veces —asegura y el moreno sonríe—. A veces te odio un montón, como ahora que me tiraste de la cama de cabeza.

—Mira quien hace drama ahora.

—Aprendí del mejor —se cruza de brazos —. Y no hago drama, yo soy... ¿cómo me llamaste ayer? ¿Corazón de piedra? —levanta una ceja y el latino se ríe otra vez—. Frío y cruel germano que no entiende a este pobrecito romano...

—Soy una víctima —hace drama fingido.

—¡De un asesino cruel y despiadado!

—Seh! Un alma oscura y sin corazón.

—¡Perfectamente bien representada por unos CUERVOS! Ahora lo entiendo todo... son reflejo de... ¿cómo lo llaman ahora? Un ser desalmado o algo así.

—¿Y sabes por qué no tienes corazón?

—Porque soy germano, desde luego... así somos nosotros en el norte. Seguro se nos congeló en alguna época.

El moreno niega con la cabeza, aun sonriente.

—Mmm... ¿Se lo comió un oso?

Toma el bolígrafo, diosabededonde, se le apoya en el pecho, le dibuja un corazón en su sitio y dentro escribe "Propiedad y conquista del SPQR".

—Porque es mío —le lanza el boli.

—Ughh! ¡No es verdad! —se protege la cara y le rebota en el antebrazo, y se trata de borrar el corazón con la palma de la mano tallándose un poco.

Roma se ríe y le da un beso en la frente aprovechando que se está mirando el pecho. Germania le da un buen empujón en el hombro con la mano que se estaba limpiando.

—Ahora sí me voy a mi cuarto a vestirme —se pone de pie, tras tambalearse un poco con el empujón.

—Bah... lárgate. Ni creas que pretendía dibujarte tu corazón partidito en miles de pedazos con miles de nombrecitos adentro —murmura haciendo los ojos en blanco no tan ardido ni pasional como suena. Es decir, es un comentario, como cualquier otro.

El latino le guiña un ojo y le manda un beso. Germania se levanta sonrojadito, poniéndose a tender la cama lo más rápido posible. Roma sale, riéndose y lo que ocurre es que tiene hambre. No es el único, Germania seguro se comerá un león en cuanto pueda.

Y la vida continúa... Roma sale por ahí y choca con Britania a quien se le ha hecho tarde también y le pega una regañiza de aquellas. Roma se muere de la risa y, seguramente aun desnudo, la acorrala contra de espaldas a la pared, con el brazo apoyado junto a su cabeza, con su sonrisa peligrosa.

Bloody —grita —... hell —susurra sonrojada.

—Si distraes al decano, te llevo yo en el coche —susurra.

—S-Siempre puede explotar... —traga saliva —algo... pequeño...

—Me visto y nos vamos —besito—. ¿Me haces café?

—C-C... o... cococo... —balbucea.

—No hagas nada, sólo dale al botón de la cafetera y reza para que no se pegue fuego. Grazzie mile, belisima —agradece en italiano y tras otro beso se larga corriendo.

Es que va a salir mal... de verdad, haga lo que haga. Se pasa la mano por el pelo mirándole el culo viendo que tiene un garabato pero sin entender lo que dice. Sonríe un poco y corre a la cocina.

Y Roma seguro va a tener una masa pastosa y maloliente en vez de café, nadie sabe por qué motivo. Justo hoy, que sale con su camisa morada y su traje negro de raya diplomática de Prada... porque no lo sabíais, pero tenía una reunión en... ha empezado hace diez minutos.

Y lo siento, tórtolos... pero Germania llega a la cocina al mismo tiempo que Roma. Cuando el latino ve el café le cae el alma a los pies. Lo siento, Britania, tus creaciones culinarias DEPRIMEN a los italianos.

—Café, necesito café... —susurra Germania, dios mío el mundo entero es cafetero... los alemanes no se quedan atrás. Britania bufa, porque además viene Germania... le fulmina un poquito.

—Pues háganse el suyo, vamos a irnos or what?

Sic, sic, no puedo irme sin café. Enséñale la espalda, Germaniae —le pide Roma.

—LA... espalda.

Sic, a ver si tengo razón.

—¿Razón con qué? —curiosea la pelirroja.

—Vamos a llegar... no tarde, tardísimo —apunta Germania aunque... ya se está quitando el saco.

—Mientras hago el café. Dinos que piensas tú, como... espera, ¿eres una mujer, verdad? Aun con lo bruja y todo eso —bromea Roma entrecerrando los ojos como si no lo supiera. Britania lo FULMINA.

—¡Claro que soy una mujer! ¿Tú eres Rome? ¿O te cambiaron por Egypt?

—Lo digo porque no sé si serás capaz de ser objetiva sobre si está o no más sexy.

—Pues claro que podría ser objetiva —se sonroja mirando a Germania que está desabotonándose la camisa—. Pero él no es sexy.

Roma pone los ojos en blanco sirviendo el café en tazas. Germania se sonroja y desvía la mirada, porque en general aunque Britania es tsundere, no tienen demasiados intercambios largos como para que le diga algo más allá de "eres un bestia, I hate you" o cosas así...

—Ya empezamos con la poca objetividad...

Shut up. Y tú sigue quitándote eso, que para la hora que vamos a llegar voy a tener que explotar la mitad de la University... —murmura mientras Germania se quita la camisa, bajándosela por los hombros y se da la vuelta.

—¿Y bien? —Roma la mira de reojo con una sonrisita. La chica abre la boca y levanta las cejas acercándose al germano... se sonroja.

A... tattoo! Wooow... —susurrito.

—Apártale el pelo —propone Roma. Ella inclina la cabeza y se sonroja un poco más, vacilando y mirando a Roma de reojo—. No te va a comer, es Germaniae, que no es... sexy —la azuza burlón, tomándose su café.

Germania vacila un poco pensando que él puede quitarse el pelo de la espalda. Levanta la mano.

—Claro que puedo, idiot —protesta Britania ganándole a Germania en el movimiento, tocándole con más suavidad de la que probablemente lo ha hecho nunca. Está además recién bañadito y el pelo está un poco húmedo, se le pega en el cuello un poco y tiene que acariciarle más.

Roma se ríe divertido, viéndoles. Germania carraspea ipso facto y Britania es un poco menos delicada después del carraspeo.

—Son... crows?

—Ahí tienes un buen tema de conversación para hablar con las mujeres, Germaniae.

Ja. Hugin y Munin. Son los cuervos de Odín... —murmura Germania al mismo tiempo que habla Roma. Se calla, sonrojándose. Roma se le acerca y le pasa su taza de café.

—¿Tú qué dices, Bruja?

—Parece bolígrafo... —apunta acercándose más y pasándole un dedo encima al dibujo... mírala, nada tonta.

—Pensaba... hacerlos permanentes —asegura Germania mirándola por encima del hombro y nerviosito con el roce. Se rasca la barbilla.

—Eh, eh, te han dicho mirar, tocar tiene otro precio —se ríe Roma—. ¿Lo ves? Te he dicho que servirían.

—¡Cállate! —sueltan los dos a la vez, cada uno en su respectivo idioma.

Roma levanta las manos, inocente y se ríe. Germania le da un trago largo a su café y mira a Britania.

—¿Entonces qué dices? ¿Me los hago? —pregunta entrecerrando los ojos, en un tono serio, pero a la vez genuinamente interesado… tono que suele usar con la británica.

—Ehh... well —ella carraspea sin mirar a Roma porque sería más fácil darle su opinión sin su presencia. Roma les mira en silencio ahora, sonriendito e igual de divertido—. Es...ehm, quizás parecería de esos músicos que tanto le gustan a Prussia y a Germany… —murmura sin dejar de mirarlos de reojo.

—Quizás podríais hablarlo en el coche, no quiero decir nada, pero luego decís que siempre llegamos tarde por mi culpa... —el cínico, ahora que ya ha acabado su café, dejando la taza en el fregadero.

Oh, come on! ¡Si te estamos esperando! —protesta Britania—. ¡¿Y tú qué demonios haces aun sin camisa?! ¡O te vistes en el coche o te quedas, mira la hora! ¡Van a matarnos!

—Vamos —Roma se encoge de hombros y le guiña un ojo a Germania, yendo por las llaves.

—¿En tu coche? ¡Vamos a morir todos! —asegura poniéndose la camisa y tomando el saco con la mano, encaminando se a la puerta, sonrojadito, dispuesto a sentarse, eso sí... Donde el copiloto. (A este le dijeron "marcar territorio".)

—Si serás exagerado —se ríe igual y cuando salen abre el coche.

—Tú no sabes conducir —asegura mientras Britania les sigue riñéndoles por la hora y que fue su culpa que no se durmiera y que hacían ruido y... Bueno, riñéndoles.

—Tú, ni te creas que nadie ha notado que no has respondido —cambia de tema Roma, para Britania mientras se sienta.

—¿Responder qué?

—A qué te parecen los cuervos de Germaniae.

—Ah, eso... —mira por la ventanilla y carraspea.

—O si no te parece sexy puedes decirnos qué te lo parece, para entender tú objetividad —la mira a través del retrovisor, sacando el coche.

—¿Lo que me lo parece? Ehm... Pues... Eso es más simple.

—¿Aja?

—He visto en esos programas absurdos que miran en la televisión... Recuerdan —carraspeo—, a los Tudor.

Roma mira a Germania de reojo.

Sic.

Germania levanta las cejas.

—El que hace de Henry... —explica Britania bastante ambigua.

—Oh... —sonríe de lado el romano.

What?!

—Moreno y con barbita. A mí también me gusta —se ríe Roma. Germania hace los ojos en blanco.

—¿Quien no te gusta a ti? —pregunta el germano, retorico. Roma le mira de reojo y se ríe.

—Esa es una difícil, ¿quién no me gusta en qué sentido?

—¡Y no siempre tiene barbita! —suelta Britania.

—Sexual. Todo lo que se mueve te gusta.

—Le damos los ojos claros como punto al caballero sajón —asegura Roma para Britania—. Los niños muy pequeños. Y los ancianos.

—¿De hecho sabes quien más me parece agradable? —Britania se proyecta ya que acaba de descubrir que esto no le da tanta vergüenza.

—¿Los niños muy pequeños? es decir si no son tan pequeños si te gustan? Eres un enfermo... —protesta Germania apretando la agarraderita del coche.

Roma está orgulloso, cuando salga de la reunión que le van a meter una brooooonca, se va a ir con Helena a contarle. A helena va a gustarle la idea aunque... Puede que sea a la que menos le guste.

—¿Has visto la PRECIOSA y PERFECTA espalda que tiene, Rómi? —pregunta terminando de guardar sus carboncillos en su caja.

Sic... eso sí, pero va a seguir ahí, aun con la tinta y le da un aspecto más salvaje, que no le viene mal.

—Pero no va a verse tan perfecta... El relieve de los músculos y la textura —sonríe—. ¿Está menos enfadado, entonces?

—Quería dejarse barba o hacerse no sé qué perforación —asiente.

—¡No puede perforarse nada! —se ríe acercándose a él—. Vale, vale... Veremos que tan bien te quedaron esos cuervos.

—Están medio borrados ya... en realidad es probable que con ellos dé más miedo a las chicas —le guiña el ojo.

—Oh... ¡¿Por qué trabajas en contra mía?! ¡Tan difícil que es conseguirle chicas! —se ríe, poniéndole las manos en el cuello, cuidando de no mancharle la ropa de negro—. Quizás entonces atraiga más a los chicos rudos.

—Eso sí puede ser —se ríe poniéndole las manos en la cintura.

—Bien, cambiaré mis objetivos entonces —se pone de puntas y le da un beso en la mejilla—. ¿Tengo que decirte que lo cuides un poco más?

—Lo malo es que no sé si a él le gusten los chicos duros... —sonríe.

—¿Perdona? ¿Cómo no le van a gustar los chicos duros? ¡Es nuestro chico bruto y bestia!

—Por eso, él lo es, pero eso no quiere decir que le gusten.

—Tú eres un poco bruto y bestia con él y hasta donde me quedé, le gustabas un poco.

—Yo soy bravo y varonil, no bestia —sonríe de lado.

—Mmmm... Qué pena. Tendré que buscar a Germania entonces para lo que necesito... —sonríe también, moviendo las cejas.

—¿Disculpa? ¿Tú? ¿La que reñía a Cartago por ser demasiado bestia? —se ríe.

—Había que reñirle por algo —se ríe también—, y nunca dije que no me gustara de vez en cuando... Pero gracias por tu ayuda, hombre bravo y varonil —besito. Roma le busca para que no sea un beso corto y entonces obtiene un beso más largo.

—Para ser sinceros, el problema no soy yo, son sus hijos —susurra al separarse.

—Sus hijos... —ella parpadea y sonríe un poco—, ¿todos?

Non, solo tres —sonrisita de lado. Helena levanta las cejas hasta el techo.

—¡¿Quien es el cuarto?!

—El banquero.

—Vaya... ¿Uno que se resiste a tus encantos? ¿O es Asexual? ¿Eunuco?

—Más bien creo que es una firme determinación —sonríe de lado.

—¿Cuantos has encontrado así? —le acaricia la sonrisa dejándole un poco gris la cara.

—No muchos... no muchos en realidad —niega con la cabeza—. Podría, si me esforzara, pero me conviene más ayudarle con el músico a cambio de consejo financiero y una relación cordial.

—Oh, el de la peca. Ese chico canta bien desde pequeño... ¡Y el violín! ¡Lo que hace con el violín! —sonríe y suspira—. Entonces tiene celos de los tres... ¿Ya te acostaste con alguno?

Non... aunque han estado cerca, sobretodo el pequeño que se parece mucho a él.

—Él me da un montón de curiosidad. Parece mucho más refinado que su padre... Podríamos hacer un trío.

—Sabes que mi nieto me mata —sonríe de lado.

—Podemos hacerle una visita a antes... Dame un par de horas con él y no tendrá ninguna objeción...

—Hazle una visita a quien quieras, mi amor —otro beso.

—Y luego hacemos tres tríos...

—¿Tres?

—El pequeño, el del pelo blanco y el de la peca —se humedece los labios y ahora le besa ella a él. Roma se deja besar y después de un ratito, ella se separa—. Y así se acaba el problema...

—Nah, el músico no te va a dejar.

—Mmmm. Si no te deja a ti, ¿por qué habría de dejarme a mí?

—A mí no me deja tampoco.

—Por eso lo digo, eso es lo que estás pensando —sonríe y suspira—. Entonces tienes dos problemas nada más.

—En realidad sí, deberías verles...

—¿Te... acosan? —susurro sexy.

—Un poco, llegas ahí tranquilamente y "Rom, no voy a acostarme contigo... Nein. Nein. NO pienso hacerlo" y piensas "vaaale, sólo iba a por cerveza... "

Helena se ríe escuchándole.

—Así que sonrío —lo hace—. Y me acerco amigablemente "Bien, ¿qué estás haciendo?" Y se vuelven torpes y nerviosos y lo tiran todo y balbucean y claro, finjo que no me doy cuenta para que la conversación fluya y de repente se convierte todo en una referencia sexual... y no puedo evitarlo porque sonrojados y nerviosos son taaan monos.

—Como su padre —se ríe más, imaginándolos.

—¡Exacto!

—Y si se presenta la oportunidad... —se encoge de hombros.

—No puedo decir que ellos no me atraigan, tienen algunas cosas...

—Claro que las tienen, el pequeño es igual a su padre... Y el de los ojos rojos tiene esa sonrisa...

—¡Eso es justo lo que yo digo!

—Germania... No lo aprueba, supongo.

Non, claro que no —suspira soltándola porque en realidad lo entiende, es como Romanito.

La chica se cruza de brazos y se acerca a su escritorio, pensando. Roma se pasa una mano por el pelo y la mira.

—Hay varias cosas que no aprueba... Y ha sabido adaptarse, con dificultades.

—¿Y qué consideras? Nunca va a creer que no soy yo quien está yendo a por ellos en realidad —se acerca al escritorio también.

—No, especialmente porque eso es lo que tú hacías con él.

Sic, lo sé —se sienta en la mesa y sonríe de lado.

—La cuestión también es que... —suspira y le mira de reojo—. Todos estos chicos tienen una vida buena. Una vida buena sin ti.

—Hombre, gracias —se ríe. Helena se ríe también, cerrando los ojos y negando con la cabeza.

—En realidad... Esta vez te es bastante útil.

—¿Ser una mala influencia? —se echa un poco atrás, aun subido al escritorio. La griega le toca una pierna.

—Nah, lo que digo es que lo peor que Germania cree que puede pasar no va a pasar. Ellos van a seguir con su vida y tú no vas a querer más a sus hijos que a él.

—Bastante tenemos ya en casa...

—Yo creo que deberías acostarte con ellos —declara.

—¿Sí? ¿Por?

—Te quitas la curiosidad... Y quitas ese problema de en medio. Se enfada todo lo que pueda enfadarse y ya. Dejas de cargar siempre con esa piedra.

—Eso sí... —ladea la cabeza y se lo piensa.

—Va a reclamártelo siempre... A él y a sus hijos. Mejor hacerlo y que se entere que no hacerlo y que crea que mientes.

—¿Sabes quién ha hablado con él? —sonrisita. La chica levanta una ceja y le mira—. Morena, aires de faraona "os odio a todos, sólo me muevo por interés".

—¡No te creoooo!

—¡Me lo ha dicho él!

—¡Por Hades en Flegetonte! ¿Y qué le dijo?

—No estoy seguro, pero no podía creerlo.

—¡Yo no puedo creerlo aún! ¿Se habrán acostado?

—Pues... ¡eso no se lo he preguntado! —nota y Helena se ríe.

—Quizás si llego más tranquilo es que Egipto le calmó con una de esas... Técnicas... Orales —sonrisa sugerente. Roma levanta las cejas y ella aspira por la nariz—. ¿Eso que huelo son... celos?

—Naaah —risas, nah, qué va.

—Me pregunto si te dan más de Egipto... O de Germania —sigue picando con seguridad.

—En realidad me alegro por él —y una mierda—. Ahora podré comentar con él sobre si lo haces mejor tú o ella —eso sí es cierto.

—Ooootra vez con ese asunto —risitas—. La verdad lo hace mejor ella que tú.

—Y que tú —le guiña un ojo. La griega le pone un dedo negro en la nariz. Roma sonríe, arrugando la nariz y cerrando los ojos.

—Germania lo confirmara ahora que... Bah, Nah, olvídalo... ¡Ahora voy a ir a molestarla!

—No si voy yo primero —salta de la mesa corriendo.

—¡No vas a ir primero si no sabes dónde está! —se levanta también, humedeciéndose los labios.

—¡Tú tienes clase, puedo preguntar al decano donde está!

—¡El decano está lo suficientemente enfurecido contigo como para que no quieras acercarte a él! —asegura.

—Puedo... mandar a un alumno a preguntar, de hecho, puedo seguir la masa de alumnos huyendo —se ríe limpiándose la nariz.

—Puedes quedarte aquí conmigo... —propone repentinamente, cambiando el tono de voz y pintándose los labios de rojo.

—¿Eh? —la mira y se emboba un poco porque le gusta como abren la boca las chicas cuando hacen eso.

—Aquí, conmigo —se acaricia los labios uno con el otro, bajando el tono de voz y se le acerca.

—¿Para? —sigue con la mirada perdida en sus labios.

—Se me ocurren varias cosas —levanta los labios en posición sensual.

—¿Cuáles?

—Cosas... Cosas de esas que tanto nos gusta hacer... —le acaricia el pecho un poquito.

—Oh —sonríe de lado.

—Sí, justamente eso.

—¿Y tú clase? —no que le importe, es que eres maligna y sabe que eres capaz de dejarlo a medias por los chicos.

—Ah... Aún falta, no te preocupes por eso —le cierra un ojo y sonríe más, bajando una mano directamente hacia sus regiones vitales mientras se acerca a darle un beso en la comisura de los labios.

El romano cierra los ojos sabiendo que va a estar en problemas pero ya tiene una mano en un pecho.

—No me manches este traje, que me gusta mucho —logra pedir.

—Te ves MUY guapo con él —el saco ya está cayendo al suelo y le están dando otro beso, ahora en la mandíbula. El romano sonríe más echando atrás la cabeza y cerrando los ojos—. Muy guapo y seductor... —la mano ya está dentro de los pantalones desabrochados.

—Me gusta... —asegura en un susurro, humedeciéndose los labios aun magreándole el pecho y si no hubiera estado con Germania hace poco ya estaría reaccionando.

—¿Qué? ¿El traje? ¿Mi mano? ¿El pecho? —pregunta tras un besito cada vez sonriendo de lado y moviendo la mano—. Uhhh... Vas a tener que reaccionar más rápido si no quieres que lleguen los niños a la mitad.

—Todo... es la primera vez que te quejas de que voy lento —protesta con un gemidito y la chica se ríe.

—Es que nunca lo haces a la velocidad apropiada...

—Me parece que voy a aguantar cuanto pueda expresamente para que vengan los niños y luego me esconderé bajo tu mesa y haré que tú clase sea más interesante —la mira a los ojos y se relame.

—Yo no soy Britania, querido... —sonríe pícaramente.

—Oh, ella no me lo permitiría nunca conscientemente... y ya sé que no soy Egipto pero hasta donde recuerdo podía hacerte disfrutar bastante igual.

Helena sonríe de lado, sinceramente y parpadea una vez.

—¿Egipto? ¿Quién es Egipto? —pregunta suavemente y el chico sonríe. Ella entrecierra los ojos.

Quid?

La griega le da un bueeeen y profundo beso deteniéndole de la nuca. El romano se lo devuelve, abrazándola y Helena está sonriendo cuando se separan. La mira a los ojos bastante perdido, sin tener ni idea de qué hace o qué quiere y ella le acaricia la cara.

—Germania te deja un poquito atontado... —asegura riendo.

—Pues... —se sonroja un poco.

—Más que el resto... Y más cansado —asegura sacándole la mano de los pantalones. Roma mira la mano y levanta las cejas—. Niégalo.

—¡No estoy cansado! —exclama mirándola a los ojos.

—Pues tu verga no está muy de acuerdo... Hasta estás ofreciendo "aguantar todo lo posible".

—Es un plan —se encoge de hombros—. Tú te estás retirando, no puedo creerlo.

—Es el instinto protector que tengo contigo...

Quid?

—No quiero avergonzarte.

Q-Quid? —frunce el ceño.

—No quiero que al final no reacciones y me eches la culpa.

—No voy a no reaccionar —frunce más el ceño.

—¡Estás picado!

—Me molesta que creas eso —se cierra los pantalones.

—Eh... ¡No te enfades! Estamos jugando —le toma del brazo con suavidad. Él la mira a la cara fijamente sin sonreír.

—No lo parece.

—¿Desde cuándo te enfadas conmigo por algo así? —pregunta suavemente.

—No entiendo lo que haces, sinceramente y me pone nervioso que eso pase.

—En realidad te estoy picando... y estoy un poco celosa de Germania —establece con claridad sonriendo un poco.

—¿Por qué? —le mira desconsolado.

—Hombre, Rómi... No me preguntes por qué, no tú.

—Yo te lo pregunto, Helena, a ti, precisamente, que eres... tú, completamente indefinible, perfectamente imprescindible, que le das sentido al concepto inigualable —la abraza. La chica sonríe también y se ríe un poco. Roma sonríe.

—Lo sé y mira que para que yo me ponga celosa... De hecho nunca me lo pongo —asegura sincera, encogiéndose de hombros.

—¿Cómo mi primer amor, a quien he amado desde que tengo memoria y a quien amaré hasta que me muera siente celos?

—Pues... No es que se pueda elegir no tenerlos —se ríe y él la abraza con fuerza.

—Tú tienes celos míos a veces —susurra.

Sic... Tú me has enseñado siempre a no tenerlos, a que el amor es independiente para cada persona sin que influya lo que sientan las demás y cómo puedes amar con todo tu corazón a una persona. Y siempre me he aferrado a esa creencia en cuanto a lo que tú sientas por los demás no influye en lo que sientes por mí y eso me consuela.

—En realidad, eso es justamente lo que siento, Rómi. Y no me preocupa casi nunca sólo... Bueno —se ríe —. Helena es humana.

—Sé que es verdad, porque yo lo hago igual que tú lo haces y no tienes ni un solo motivo para preocuparte —le sonríe con ternura y le acaricia la cara. Helena sonríe un poquito haciéndose a sí misma los ojos en blanco y frunciendo un poco el ceño.

—Creo que los alumnos deben estar afuera espiándonos...

—Que espíen, ¿crees que no van a envidiarme todos cuando vean mis marcas de pintalabios? —sonríe.

—No tienes suficientes marcas en lugares tan envidiables —se ríe.

—Esos no los ven los alumnos, el decano me degolla.

Helena se para de puntas y le da un besito en los labios a lo que el romano sonríe.

—El decano te degolla una vez a la semana... —le da unas palmadita en el culo.

—Tengo que tirármelo —le guiña el ojo.

—No lo hace tan bien, en realidad —responde riendo y soltándole, dándole la espalda.

—Ah, ya claro —se ríe sin creerla que se lo haya tirado.

—No necesito que me creas, te lo aseguro —se encoge de hombros.

—¿Para qué ibas a hacerlo? A ti no te odia... además, pienso que hace como Britania, le gusta reñirme.

—No, si no me odia es por algo —camina hasta la puerta —. La realidad es que no creo que disfrute tanto regañarte como ella.

—Así que la bellartista consigue los beneficios con favorcitos... —va tras ella.

—Dicho así suena muy mal, te lo aseguro —se ríe abriendo la puerta viendo a ver donde están los alumnos.

Están todos fuera, pensando que tienen una reunión o algo, aprovechando para perder tiempo de clase.

—Creo que prefiero seguir siendo la víctima y llevarme todas las culpas para que los demás parezcáis ejemplares a mi lado.

—Viiiictima. ¡Oh! Mira... Aquí están —les sonríe a los muchachos y da una palmada —. Les tengo una sorpresa... Hoy el profesor Rómulo les dará la clase.

—¡Ah, venga ya! —protesta riéndose.

—Tengo que ir a ver a la faraona como me ha pedido el decano...

Non, no es verdad... ¡ni siquiera sé que ibas a dar hoy! —sigue protestando muerto de risa.

—Oh, claro que sabes. Es arte romano copiando arte griego —se inventa cerrándole el ojo a un alumno.

—¡Copiando, encima! ¡Estaba a punto de sustituirte, sólo por eso no lo haré!

—¡Pues no es mi culpa que hayas copiado el arte griego! No toca aún arte romano... esta es clase de la época de las copias —explica con voz suave, cerrándole ahora un ojo a él.

—No se dice copiar, se dice aprender —la abraza. Helena se ríe más aún, abrazándole de vuelta.

—Aprendeeeer, vale.

—Si la profesora Karpusi se marcha, el tema de la clase será dibujar dos cuervos —anuncia—. Le dejaré elegir el diseño.

—Oh... ¡Eso es trampa!

—¿Cuervos? ¿Por qué cuervos? —pregunta una chica.

—¿Y enchufarme tu clase para ir a cotillear no lo es? —susurra Roma—. A ver, ¿cuantos de aquí están en la clase del profesor Beilschmidt?

Cinco levantan la mano de un grupo bastante grande. Helena se ríe

—¿Y os ha hablado alguna vez de Odín? ¿O cuando os toca la mitología?

—Aún no vemos mitología este semestre. Pero Odín, o en nórdico antiguo Óðinn o Wotan, es considerado el dios principal de la mitología nórdica y algunas religiones etenas. Es el dios de la sabiduría, la guerra y la muerte, aunque también se considera en menor medida, el dios de la magia, la poesía, la profecía, la victoria y la caza... —Hermione Granger en acción.

Lo bueno de Roma es que puede dar una clase magistral en cualquier momento que se requiera seguramente durante más del doble de tiempo del que estaba proyectado originalmente, lo malo es que va a ser sobre el tema que le salga de los huevos y con el orden que le dé la gana.

—Bien, da clase de los cuervos que quieras... Vas a ver —susurra Helena y mira al grupo —. ¿Quien tiene clase con la profesora Hassan después de esta?

Bastante más gente levanta la mano. La griega sonríe.

—Si su querido profesor Vargas da la clase, la de historia Egipcia queda suspendida por hoy.

—Nah, nah, me los quedo yo, voy a contaros historias de Odín. ¿Sabéis que dio su ojo por el don de la poesía? —vas a venir en dos horas y van a estar hablando de como es exactamente que se baila la macarena.

—Eres un dios, hijo de loba —se ríe Helena dándole un beso.

Él le sonríe y se acerca a la clase dejando que se marche, porque de verdad le gusta la gente y hablar y explicar cosas y... dar clase en general. Y ahí se va Helena a tratar con la desagradable Egipto, que no sabemos dónde está, Helena no nos lo ha dicho. Pero ella sí que sabe.

Helena la busca en el salón de profesores y como no la encuentra hace un par de tazas de café cargado y espeso... Café árabe que sabe que le gusta a Egipto, y se dirige al despacho de la egipcia con media sonrisa.

Egipto está en el despacho, dentro del departamento de historia de la Universidad, se está mirando a un espejito y pintando una línea en los ojos más oscura y larga porque las líneas de los ojos nunca son lo bastante oscuras y largas, ni aunque den la vuelta completa a la cabeza y se entrecrucen en la coronilla.

La griega da unos golpecitos y abre la puerta sin que le dé permiso de abrirla.

—¿Qué...? Ah, eres tú —se detiene al verla y sigue pintándose como si nada.

—Te traje algo... Qué guapa te ves, me encanta que te pintes así los ojos —asegura acercándose a ella, dándole la vuelta al escritorio hasta quedar a su lado y sentándose en él. Egipto la mira aun con los ojos no del todo simétricos.

—No lo hago para ti.

—Bueno, nunca haces nada para mí pero como dijeran por ahí... Nadie sabe para quién trabaja —le sonríe. La morena se sonroja un poquito y hace los ojos en blanco—. ¿Cómo estás? Es café árabe... Es tuyo. Espeso como te gusta.

—Gracias, supongo —hace uno de esos gestos con la cabeza con la barbilla levantada, meciendo el cabello, tomando la taza y apoyándose en su butaca. Helena se humedece los labios y cruza la pierna dejando que se le suba el vestido y mostrándole el muslo con naturalidad.

—¿Que hacías además de profundizar esos ojos?

A la faraona se le van los ojos un instante antes de volver a cerrarlos y tomar un poco más de café.

—Corregir exámenes, tengo clase luego.

—Bien... Eso lo veremos —se ríe un poco—, me contaron algo que no puedo creer aún.

—¿No tienes clase tú ahora? —la mira, no que se sepa tus horarios...

—Tengo a un esclavo dándola —le cierra el ojo y Egipto levanta una ceja—. Arte romano copiando al arte griego es el tema —se ríe.

Pone los ojos en blanco porque tenía que ir a desayunar con ella y por eso se estaba pintando.

—¿Tenías algún plan con mi esclavo? —pregunta sonriendo cínicamente

—Tu... esclavo —la fulmina.

—¿Sabes? Esa mirada es mucho menos intimidante con los ojos disparejos —se ríe mordiéndose el labio—. ¿Te ayudo?

—¡No están disparejos! —se mira CORRIENDO.

—Sí, mira —se baja del escritorio poniéndole una mano en el hombro—. Dame el lápiz.

Egipto se los mira y luego la mira a ella con cara de "¿estás de broma?"

—No te quita nada y sabes que te voy a dejar todo lo perfecta que eres —sonríe agachándose un poco para intentar quitarle el lápiz de la mano—. Me contaron que hablaste con Germania.

—Ah... —se queda paralizada un instante mientras acaba de arreglarse ella solita—. Estaba harta de oírle lloriqueando.

—No lloriquea tanto —sonríe mientras le pone la mano sobre la mano en la que trae el lápiz, con suavidad para que no se vaya a lastimar si es que lo tiene cerca del ojo—. ¿Qué te dijo?

—Que no le gustas tanto —la mira de reojo. Helena levanta las cejas con esto, tomando el lápiz con los dedos, sin quitárselo.

—¿Que no le... gusto tanto yo? —sonríe de lado.

—Eso mismo —cierra el espejo en un golpecito dramático, sosteniéndole la mirada.

—Asumo que saliste en mi defensa —parpadea y le quita el lápiz ahora sí, infinitamente más picada de lo que parece—. Sigues sin estar simétrica.

—Estoy perfectamente simétrica —pone los ojos en blanco—. No te vas a volver más bonita por molestarme a mí.

—Escúchate a ti misma... No te diría que estás dispareja si no lo estuvieras —asegura poniéndole una mano en la mejilla, sin que se le note en lo absoluto la molestia —. ¿Qué más te dijo además de que no le gusto tanto?

—Cosas idiotas, para no variar —acaba dejándola que se acerque.

—Estoy de acuerdo en parte. ¿Qué cosas idiotas? —pregunta sonriendo satisfecha acercándose bastante y volviendo a repasarle la raya negra que se ha hecho porque evidentemente no está dispareja.

—Más bien me escuchó a mí —ojos cerrados, labios entreabiertos.

—Eso ya no fue tan idiota —susurra mientras se humedece los labios admirándola un poquito, como gato así presa, antes de acercarse un poco más, suavizando las líneas que se ha hecho ella misma.

—Pues no creerías que yo iba a aguantarle durante mucho rato.

—En realidad me sorprende que le hayas hablado, punto —sonríe—. ¿Cómo le reñiste?

—Ya te he dicho que estaba harta de sus lloriqueos, sólo le expliqué y le dije qué hacer, ni siquiera sé, ni me importa, si me ha hecho caso.

—Sí te hizo caso... ¿Quién no te haría caso a ti, cuando explicas cosas estando irritada e impaciente, con lo sensual que te ves? —beso suave en los labios, mano en la barbilla y se separa girándole un poco la cara para retocarle el otro ojo. Egipto se sonroja con el beso que no se esperaba, tragando saliva y cerrando los labios.

—Pues más le vale, como siga lloriqueando iré YO a tirarme a sus hijos.

—Uhh... Creo que eres demasiada mujer para cualquiera de ellos —asegura riendo un poco, endulzándole los oídos —. Aunque puede que Germania te gustara...

—Más bien puede que yo le gustara a él —se hincha igual.

—No sé... Tanta delicadeza, desagrado y desaprobación. Creo que querría arrancarte la cabeza.

—Mala suerte para él, igual me atraen más sus niños los rubios —los ricos, que casualidad. ¿Caza fortunas ella? Naaaah.

—El más bajito de altura, el hijo de Helvetia... Si consigues tirártelo a él... —risitas—… sería una proeza.

—Lo consigue el de Galia, ¿no? No puede ser tan difícil.

—¿Te cuento un secreto?

Egipto abre los ojos.

—¿Cuál? —vale, será una borde, pero un cotilleo es un cotilleo.

—Pero no lo puedes contar a nadie —advierte sonriendo.

—Como tú, supongo.

—Calla... ¡Te lo cuento a ti porque aplica al tema! —se ríe. La egipcia sonríe de lado y un gato se cuela al despacho por la ventana—. El hijo de Helvetia le resistió un beso a Rómi. No pudo tirárselo. Por eso digo que si no se lo puede tirar él, quizás nadie. Incluida tú.

—Venga ya, eso suena como Cartago y nos lo tiramos todos. Hasta Iberia.

El gato se sube al escritorio buscando comida y Egipto saca una lata del escritorio con absoluta tranquilidad.

—Nah, si de ser así Rómi habría sido el primero. Salió con las manos vacías —mira al gato y frunce el ceño porque le quita su atención.

—Sigo pensando que si el hijo de la idiota esa puede, no debe ser tan difícil —acaricia al gato mientras le da de comer.

—Eso parece... Pero no. Podríamos hacer un trío...

Egipto la mira y la griega le cierra un ojo.

—Deberías aprender a tirarte a la gente de uno en uno —asegura cerrando los ojos, sonrojadita.

—Te gusta mi atención sólo para ti.

—¡No hablo de mí! —por supuesto, idiota.

—Claaaaro.

—A mí ni siquiera me caes bien, te soporto porque Roma tiene un ridículo sentimentalismo nostálgico contigo.

—¡Menos mal! —sonríe un poco más, se le acerca y le da un beso en los labios.


¿Sí o no al tatuaje de Germania? ¡No olvides agradecer a Josita su beteo y edición!