Capítulo II
—¿Qué hacéis vos aquí, Merlín?
—Por increíble que parezca, yo me hago la misma pregunta con vos.
Aquella sonrisa se le estaba clavando en el estómago a Morgana. Era como si miles de dagas le estuvieran rajando el vientre. Con mucho esfuerzo, intentó devolverle el gesto, pero era algo que no le salía natural en su presencia.
—He venido a sustituir al profesor Slytherin —comenzó a decir, orgullosa, la joven bruja—. La propia Rowena Ravenclaw contactó conmigo y, como veis, aquí estoy.
Merlin se quedó observándola; Morgana pensó que le había dejado sin palabras y no estaba tan mal encaminada como pensaba. Solo que lo que él le comentó a continuación tampoco era lo que deseaba que saliera de los finos labios del mago:
—Curioso, porque yo estoy aquí por el mismo motivo que vos.
Morgana soltó una risa nerviosa. No se podía creer lo que Merlín le estaba contando. No era posible que a él también lo fuesen a contratar para impartir las mismas clases que ella. Debía haber un error. Sí, debía ser eso.
—Eso es imposible, ya que vos ya tenéis un labor y no es el de profesor, querido Merlín. ¿O es que acaso Arturo ha descubierto la manera de sobrevivir sin vos? Lo que me extraña es que hayáis conseguido sacar vuestra lengua de sus níveas posaderas.
Tanto sarcasmo le abrumaba a Merlín, pero no tenía intención de seguirle el juego.
—Arturo puede valerse por sí mismo sin necesidad de mi presencia; y si estoy aquí es porque el profesor Gryffindor se puso en contacto hace unos días con un servidor.
Morgana se quedó paralizada. No, debía haber un error. ¿Cómo era posible que tuvieran que impartir las mismas clases? No, se negaba en rotundo a aceptar aquello. Debía hablar de inmediato con Rowena.
Si es que conseguía dar con ella. Pasó por su despacho, por una de sus clases, por un montón de lugares donde ella podría estar, mas le fue imposible. Sin embargo, pudo dar con Helga, quien se hallaba en uno de los invernaderos del castillo, recogiendo unas cuantas plantas que necesitaba para su primera clase del día.
—Profesora Hufflepuff —comenzó a decir la joven—, ¿tenéis un momento?
—¡Morgana! —exclamó la aludida, soltando la herramienta que llevaba entre las manos y dejándola encima de la mesa más cercana—. Rowena me comentó vuestra llegada. ¿Cómo estáis?
—Estupendamente. Y más desde que estoy aquí. Mas no es de eso de lo que venía a comentaros.
—A ver si lo puedo adivinar —empezó a decir mientras le daba la espalda a Morgana para coger otra herramienta para cortarle el tallo a una planta carnívora—, Merlín, ¿verdad?
—¿Vos lo sabíais? —se sorprendió Morgana.
—Godric me avisó esta misma mañana, hace tan solo una hora.
—Mas no podemos dar las mismas clases a la vez, señora. Vos sabéis mejor que nadie que no es santo de mi devoción y veo conveniente informaros de que yo me instalé antes que él. Merezco este puesto más que él.
—Lamento comunicaros que no está en mi mano ahora mismo tomar ninguna de esta decisión. Mas no os preocupéis, hablaré con Godric y Rowena, que seguramente habrá sido un malentendido. Jamás pensamos que esta desgracia, la del abandono de Salazar, fuera a ser tan repentina, mas no nos queda otra que aceptar la realidad y continuar con nuestras vidas. Hallaremos algún tipo de solución acorde con nuestras necesidades. Por el momento, no os quedará otra alternativa que compartir docencia con Merlín. Si lo pensáis bien, tendríais que estar orgullosa de poder compartir tarea con el gran Merlín.
Las mejillas de Morgana se encendieron de pura ira. Respiró profundamente para no cometer una locura; tal vez a la pobre Helga se le estuviera yendo un poco la cabeza y no sabía lo que decía.
—De acuerdo, profesora. Mas no os demoréis mucho en comunicarme lo que decidáis.
Salió del invernadero casi echando humo. Necesitaba tranquilizarse, ya que su antigua profesora no dijo aquello sin maldad —como toda ella—, pero evidentemente estaba muy equivocada. No podía estar orgullosa de tener que trabajar con el impertinente de Merlín. Solo de pensar que tenía que volver a pasar por todo, le ponía enferma. ¿Es que, de todos los magos habidos y por haber, no había otro peor que él para esta ocasión? Antes preferiría que le incrustaran un clavo ardiendo en un ojo que tener que soportar al insufrible Merlín. Y jamás, por mucho que muchos lo pudieran decir, podría superarle a ella.
Por una vez en su vida, quería ser positiva. Tal vez los años habían hecho que Merlín cambiase y ya no fuese aquel compañero retorcido y sin escrúpulos que una vez fue. Al menos debía darle una segunda o tercera o trigésima oportunidad. Aunque podía parecer difícil, tal vez no fuese imposible.
Sin embargo, Morgana no pudo estar más equivocada que nunca. No solo era insoportable, sino que encima era peor que nunca. En la primera clase que tuvieron que compartir, estuvo todo el tiempo contradiciéndola, poniéndola en evidencia continuamente delante de todos los alumnos, haciendo que las risas por lo bajo de éstos fuesen continuos. Y ni los reproches posteriores por parte de ella hicieron que las cosas fuesen a mejor.
Una tarde, tras haber pasado un día de lo más complejo —Merlín no se lo ponía muy fácil en algunas clases—, escuchó que alguien llamaba a su puerta. Le sorprendió aquello, puesto que para ello tendrían que pasar por la estatua de la esfinge.
—Helena… —murmuró sorprendida Morgana después de abrir la puerta.
—¿Puedo pasar, profesora?
Morgana se apartó para dejarla entrar. Cerró la puerta tras de sí, preguntándose el motivo por lo que la joven Ravenclaw se hallaba en sus aposentos. El rostro de la muchacha le daba alguna pista, pero seguía sintiendo curiosidad por su repentina visita.
—Vos diréis a lo que habéis venido, mas… ¿cómo habéis acertado el acertijo de la esfinge?
Helena soltó una risilla casi inaudible para la joven profesora.
—Me temo, mi querida Morgana, que os olvidasteis cambiarlo cuando os alojasteis en este dormitorio.
Morgana alzó una ceja, incrédula. Se juró a sí misma que la había cambiado, pero quizá lo olvidase con tanto jaleo con todo el asunto de Merlín. Eso le hacía pensar, ¿había estado todas estas semanas dando la misma contraseña sin darse cuenta de que no la había cambiado? Morgana sacudió la cabeza. A fin de cuentas, tampoco es que se hubiese infiltrado un alumno cualquiera en ella. No tenía secreto con Helena, quien la consideraba como a una hermana pequeña.
—No os preocupéis —comenzó a decir Helena tras el eterno silencio que su comentario le había causado en la profesora—, no le diré a nadie vuestro secreto.
—Os lo agradezco —respondió, sonriendo—. Mas sigo sin saber a qué debo el gran honor de vuestra visita.
Helena le echo un vistazo a la habitación. Hacía mucho que permanecía vacía hasta la llegada de Morgana, por lo que le resultaba extraño verla llena de las pertenencias de su profesora. Curiosamente, algunas de ellas eran cosas que la propia Helena le regalaba cuando era más pequeña, cuando Morgana aún era una discípula de su madre y ella conseguía escabullirse hasta el dormitorio de ella. Pudo reconocer la muñeca que le dio cuando tuvo que despedirse de su amiga.
Morgana sonrió al recordarlo.
—La tengo siempre conmigo, como un amuleto.
—Fue un regalo de mi padre, ¿lo sabíais? —Morgana asintió con la cabeza y se acercó a ella—. Me lo regaló cuando cumplí tres años y me dijo que siempre que la viera, él estaría siempre conmigo, protegiéndome.
Se hizo un silencio incómodo. Morgana nunca supo cómo reaccionar ante este tipo de situaciones y era evidente que este era uno de ellas.
—Es como si, de algún modo, él supiera que no iba a estar conmigo durante mucho tiempo —prosiguió, apretando la muñeca en sus manos—. Le echo de menos.
—Todos le echamos de menos —fue lo único que consiguió decir—. De algún modo, claro.
Morgana recordaba al señor Ravenclaw con mucho afecto. Su padre y él eran muy buenos amigos, por lo que éste siempre le trató como a su propia hija cuando llegó a Hogwarts. Siempre tenía buenas palabras para todo el mundo. Era un hombre estupendo. Morgana sintió mucho su pérdida y sintió una leve punción en el pecho al ver la mirada triste de Helena, que la tenía clavada en aquella muñeca de lana.
—¿Habéis venido a recuperar vuestra muñeca? Porque si es así, os la podéis quedar si así lo deseas.
Helena negó con la cabeza y miró a Morgana.
—No, no, he venido porque en estas cinco semanas que lleváis en Hogwarts, no he tenido ocasión de veros a solas. Siempre estabais ocupada o peleando con Merlín, así que he retrasado nuestro encuentro hasta esta misma tarde.
—Me alegra de que lo hayáis hecho. No sabéis cuánto.
Helena sonrió con tristeza. Morgana se sentó en el borde de su cama, invitándola a que ella hiciera lo mismo.
—¿Os preocupa algo, Helena?
La aludida no contestó de inmediato. Morgana se percató que estaba buscando las palabras adecuadas para poder contestar a su pregunta. Era como si tuviera una lucha interna sobre algo.
—Podéis confiar en mí, lo sabes…
—Lo sé, es solo que… —Se mordió el labio, reprimiéndose las palabras que estaba a punto de pronunciar.
—¿Se trata sobre… vuestra madre? —Helena negó con la cabeza—. ¿Algún conflicto con un compañero? —Volvió a negar—. ¿Algo que yo conozca? —En este caso, asintió esta vez—. ¿Es por… la marcha del profesor Slytherin?
Helena agachó la cabeza. Se asimilaba a un cachorrillo travieso que acababa de hacer una trastada y estaba siendo regañado por su dueño.
—Vuestra madre me comentó que se marchó sin previo aviso.
—Se marchó sin despedirse de nadie, ni siquiera de mí.
—¿Y estáis enfadada con él?
Helena negó con la cabeza y, casi sin esperarlo, se echó a llorar.
—Él se marchó por mi culpa, por mi estúpida culpa. Si no hubiese sido una impertinente niña malcriada, jamás se hubiese ido.
—Helena, no os martiricéis —la tranquilizó Morgana, cogiéndole de una mano—. Por mucho que hicieseis, pongo en duda que tuvieseis algo que ver con su marcha.
—Mas así es, Morgana.
La joven dejó la muñeca encima de la cama y se levantó. Se acercó a la ventana, cuyo cielo cada vez estaba más oscuro y pronto tendría que bajar a cenar.
—Fui muy imprudente y estoy pagando por ello.
—¿Hay algo que deba saber, Helena? ¿Habéis hecho algo de lo que yo pueda ayudaros?
—No podéis, de veras. Mas sí que hay algo que no le he mencionado a nadie, por temor a cualquier reacción, sobre todo el de mi madre. Desde que no está mi padre es mucho más severa conmigo.
—Siempre ha sido una mujer de carácter fuerte, mas ella os quiere mucho y desea lo mejor para vos.
—No puedo negarlo, mas no lo demuestra. A cada momento, a cada cosa que hago me toma una reprimenda. Como si nada de lo que hiciera le fuera suficiente.
—Lamento interrumpiros mas… no alcanzo a comprender qué tiene que ver vuestra madre con la marcha de Slytherin.
Helena hizo una larga pausa. Dudaba mucho en si confiarle su mayor secreto hasta ese momento. Morgana siempre fue una buena amiga para ella, la única que prácticamente tenía en si corta vida, pero, por culpa de, precisamente, Salazar, el cual siempre le aconsejaba que no podía fiarse ni de su propia sombra, hacía que tuviera su desconfianza para con ella.
Sin embargo, no podía callar por más tiempo. Sentía que necesitaba soltar todo lo que llevaba dentro y era consciente de que su madre había hecho llamar a Morgana para que hablara con ella. Y había acertado de pleno. Tras vacilar un poco más, se dio media vuelta y volvió a sentarse junto a la joven Pendragon.
—Todo comenzó a principio de este año —comenzó a relatar—. Yo estaba algo cansada de estar siempre controlada por mi madre y necesitaba un cambio, un lugar privado donde poder estar tranquila en mis pensamientos y que nadie me molestara, al menos durante un rato, unas horas. Mas me fue casi imposible hallarlo, pues, como ya sabrás, mi madre fue quien diseñó este castillo y conoce hasta el último rincón de él, por lo que me era imposible esconderme de ella sin que supiera de mi paradero.
»Sin embargo, una noche, descubrí un pasadizo que desconocía. Yo creía conocerlos todos, mas estaba equivocada. Había uno, completamente oculto y del que precisaba de mucha sabiduría para poder burlar el hechizo que le mantenía oculto. Me llevó más de un mes para poder abrir la puerta de aquel pasadizo, mas lo conseguí. No sabía a dónde me llevaría, mas mi curiosidad aumentaba a cada paso que daba. Ni siquiera tenía la menor idea de por qué mi madre habría hecho aquel pasadizo si apenas iba a usarlo. Mas cuando llegué al final, tuve la sospecha de su motivo.
—¿Y qué había al otro lado? —la interrumpió Morgana, demasiado curiosa como para dejar que terminara de relatar la historia a Helena.
—Como recordarás, mi difunto padre estuvo durante años al frente del ejército inglés. Eso era algo que a mi madre siempre le preocupaba y es muy probable que ese pasadizo fuese construido con el fin de que mi padre pudiera llegar a Hogwarts desde varios pueblos cercanos sin la necesidad de tener que pasar por Hogsmeade.
—En caso de emergencia, por si no le diera tiempo a llegar hasta el castillo —reflexionó Morgana.
—Así es. Yo sabía que mi padre tenía sus trucos, mas desconocía cómo lo hacía. Y cuando descubrí el secreto, llegué a una de las aldeas que llega el pasadizo. Al principio solo quería husmear en la zona, mas un chico me descubrió y no pude huir; de haberlo hecho, tendría que haberle dado demasiadas explicaciones y no estamos en tiempos de poder confiar demasiado en los muggles.
Morgana dio un largo suspiro. Estaba casi segura de a dónde quería parar Helena, pero dejó que siguiera con su historia.
—No os fatiguéis, mi querida Morgana, que no queda mucho que contar —inquirió Helena, como leyéndole el pensamiento—. Sin darme cuenta, tras varios días visitando aquella villa, me enamoré de aquel muchacho. O mejor dicho, nos enamoramos. Al menos eso es lo que pensaba. Siempre era muy atento conmigo, amable, dulce, encantador. En ocasiones hasta podía recordarme a mi padre, cosa que hacía que me agradase más estar en su presencia. Mas una noche me confesó algo terrible: estaba comprometido con una muchacha de la que ni siquiera conocía y de la que, evidentemente, no amaba. Así que decidimos hacer una locura, puesto que de no hacer aquello, jamás podríamos volver a vernos. Íbamos a fugarnos y nos casaríamos en secreto. Para cuando nuestras familias se enterasen, ya sería demasiado tarde y no podrían detenerlo.
—Mas Salazar os descubrió en vuestra hazaña, ¿no es así?
Helena calló. Asintió con la cabeza y, con un largo suspiro, prosiguió.
—Llevaba días sospechando de mis escapadas nocturnas, así que, en una de ellas, me siguió. No me percaté de su presencia hasta que estuve con… Él. Nos escuchó hablar de nuestro plan y enfureció. ¡Oh, Morgana! —volvió a echarse a llorar—. Jamás le había visto tan enojado en mi vida. Estaba tan furioso que creía que haría una locura. Sin embargo, no hizo tal cosa. Le dio algo, no pude alcanzar a ver qué, mas estaba en una diminuta botella. Después le retorció el brazo y comenzó a hacerle preguntas hasta que consiguió lo que pretendía.
Helena hizo otra pausa. Morgana le animó a que continuara con un ligero apretón en una mano. Helena continuó contando la historia. Al parecer, aquel muchacho que consiguió embaucar a la joven Ravenclaw no tenía otro propósito más que de aprovecharse de su inocencia, engañarla de la manera más vil que se pueda uno imaginar.
—Su intención era venderme como esclava —dijo al fin.
Se sentía estúpida, ridícula y, sobre todo, humillada. Una vez que Salazar consiguiera su cometido, se deshizo del muchacho con un giro de varita. Helena no estaba segura de si seguía con vida o no, pero eso ya no importaba. Había estado en peligro, se había jugado la vida sin tener la menor idea de lo que hacía. Había sido una inconsciente todo ese tiempo. Si no hubiese aparecido Slytherin, no se quería ni imaginar qué hubiese ocurrido.
—«Eso es lo que hacen los sucios muggles con las inocentes brujas, Helena» —comentó, imitando débilmente la voz del mago—. Estuvo repetiéndomelo todo el camino de regreso al castillo. Me prometió que no le diría nada a mi madre, mas no debería volver a hacer aquella insensatez.
—Solo tenéis quince años, Helena. Estáis en vuestro derecho a cometer vuestros propios errores. No os fustiguéis por ello.
—Por supuesto que lo hago, Morgana. Podría haber ocurrido una desgracia de no ser por Salazar.
—Pues no penséis en ello. No merece la pena.
—No sé yo qué pensar. Tras de aquel percance, Salazar dejó de ser el mismo. Si ya de por sí era cruel con los nacidos de muggles, después de eso fue más aún. Se negaba a tratar con ellos y a los que no fuesen de sangre pura les impedía entrar en sus clases. Eso provocó las constantes disputas con Godric, sobre todo, y la repentina marcha de Salazar.
Se hizo un silencio. Morgana no sabía qué decir tras su relato.
—Si os cuento esto es por Merlin. —Aquel comentario le pilló por sorpresa a Morgana; ¿qué tendría que ver Slytherin con Merlin, aparte de que fue su alumno más predilecto?—. Recuerdo que, cuando ambos erais alumnos, erais muy buenos amigos. Siempre lo fuisteis. ¿Es menester, mi querida Morgana, que malgastes tu valioso tiempo en pelear con él, cuando en verdad deberías aliarte? Además, tenéis mucho más en común de lo que pensáis.
Morgana levantó una ceja por la incredulidad de las palabras de Helena. Aunque sabía que, en el fondo —pero tan al fondo que podría hasta perderse— tenía razón. Claro que eso no tenía intención de reconocer mientras siguiera con vida.
—Creo que haríais un buen equipo juntos. Deberíais sosegaros cuando trabajéis con él. Y, manque os tenga aprecio, también siento cierto afecto por Merlin, mas el sentimiento es mutuo. No quisiera tener que lamentar otra marcha más.
Tal vez Helena tuviera razón. Morgana asintió con la cabeza, prometiéndole así intentar llevarse algo mejor con su contrincante.
Tras su charla, la hija de Rowena se disculpó y se marchó del dormitorio de su profesora. Morgana estaba tan cansada que decidió no bajar a cenar. En vez de ello, estuvo toda la noche pensando en la manera en que podría solucionar su dilema con Merlin y estuvo anotando todas las ideas, por locas que pareciesen, en un pergamino.
Se quedó dormida en su escritorio y se despertó gracias a los rayos del sol que entraban por su ventana. Estuvo soñando con todo el asunto de Helena y, sobre todo, con Merlín. Extraños sueños en el que él le sonreía y la miraba con ternura; ni siquiera llegaba a entender por qué tuvo aquel sueño.
El espejo le reveló que una mancha de tinta se le había impregnado en el rostro, así que fue corriendo a limpiársela. Después de asearse y cambiarse de ropa, bajó a desayunar. Era un tanto temprano, pero así podría hablar con Merlin sobre lo que estuvo meditando la noche anterior. Cuando los alumnos comenzaron a llegar al Gran Comedor, ella ya había terminado con su desayuno y se encaminó hacia el aula correspondiente a la primera hora de aquel día. Se sentó en el escritorio, señalando las partes importantes de lo que quería hablar con el mago. Esperaba con impaciencia que al menos aceptara algunas sugerencias, pero de él esperaba cualquier cosa. Cuando se quiso dar cuenta, llevaba demasiado rato en el aula. Vacía. Completamente vacía. No recordaba que fuese tan temprano ni que diesen tanto tiempo para tomar el desayuno. Bajó hasta el Gran Comedor y, efectivamente, estaba desértico. Los alumnos ya habían comenzado sus clases correspondientes, por lo que no entendía el motivo por el que se demoraban los suyos.
¿Acaso se había confundido de aula? Le resultaba extraño, ya que memorizó el horario nada más le fue entregado. Tras comprobarlo por enésima vez, regresó a la clase. Continuaba vacía.
Entonces, ¿qué estaba pasando? ¿Dónde diantres se había metido todo el mundo?
NDA: En un principio, la parte de Helena no iba a salir, pero luego pensé que sería necesaria, más que nada porque ella es un poco la razón por la que Rowena manda a llamar a Morgana, así que me pareció mejor incluirla.
Sí, sé que Merlin apenas sale en este capítulo, pero prometo que en el siguiente saldrá mucho más. :3 Y adelanto que habrá una escena muy, pero que muy épica con un personaje muy querido. O al menos para mí, claro.
Espero que os haya gustado este segundo capítulo.
Un saludo y hasta el próximo,
Miss Lefroy Fraser
