La Orden del Fénix - Avanzadilla

Aquella mañana el sol se iba asomando por la ventana poco a poco, iluminando cada vez más aquella habitación. Cuando la luz alcanzó sus párpados, Remus Lupin se frotó los ojos perezosamente y se dio la vuelta para darle la espalda a la ventana; pero sabía que no podía quedarse tumbado en la cama mucho más tiempo. Negándose a abrir los ojos, repasó mentalmente la misión que tendría que desempeñar aquella tarde; tal vez la más importante hasta el momento: ir en busca de Harry Potter y devolverlo sano y salvo a Grimmauld Place. Pensó en la cantidad de personas que le acompañarían y se preguntó si aquello iba a salir como todos esperaban. Evidentemente la Orden ya se había ocupado de tenerlo todo preparado desde el día anterior, pero aún así consideraba que su misión se iba a complicar demasiado con la implicación de tantas personas. De todas formas, le pareció inútil comentarlo aquella mañana, ya que todos estaban completamente decididos a ir a buscarle a Privet Drive y sabía que no iba a conseguir convencer a nadie de lo contrario.

Se fue incorporando lentamente, hasta quedarse unos minutos sentado en el borde de la cama con la mirada fija en el suelo y los párpados caídos. Convencido de que si se quedaba ahí mucho más tiempo se quedaría dormido, se puso de pie y bajó las escaleras hacia la cocina. Cuando llegó allí se lamentó profundamente de no haberse arreglado antes, porque Sirius no era el único que estaba desayunando allí. Aquella mañana se encontraba acompañado de Hestia Jones, Sturgis Podmore, Ojoloco Moody y Nymphadora Tonks, cuatro de los magos que formarían parte de la avanzadilla esa tarde. Los ojos de Remus repasaron la habitación más de una vez, y cada vez que lo hacía sus mejillas se tornaban aún más rojas.

-¡Buenos días, Remus!- le saludó alegremente Tonks mientras se metía un buen bocado de croissant en la boca. -¿Se te han pegado las sábanas?

Lupin no fue capaz de devolverle la sonrisa, a causa de una mezcla de sueño y vergüenza, sin embargo, hizo todo lo posible por esbozar algo parecido a una mueca torcida. Miró el reloj de pared de la cocina. Eran casi las nueve y media de la mañana. Por lo menos todavía no han llegado todos, pensó.

-¿Quieres café, té, chocolate, tostadas, bollos…?- le ofreció la metamorfómaga.

El licántropo todavía estaba demasiado dormido como para ponerse a pensar, así que le respondió rápido y sin darle muchas vueltas.

-Té, gracias.

Tonks agitó la varita y dio un pequeño golpe en el aire para que la taza de té que estaba en la encimera de la cocina fuese volando hacia la alargada mesa del salón y se detuviese justo en frente de Lupin, quien bebió un trago que le resultó realmente reconfortante.

-Estábamos repasando el plan de esta tarde.- informó Hestia.

-Por decimotercera vez.- dijo Tonks con aburrimiento -Puedes estar segura de que no se me va a olvidar en lo que me queda de vida.

-No te quejes, Nymphadora, sabes perfectamente que es la misión más importante a la que nos hemos enfrentado.- le contestó Moody fríamente.

-Agradecería muchísimo que no me llamases por mi nombre, Alastor, ¡sabes que lo detesto!

-Lo siento mucho, Tonks, pero sabes que la vida de Harry Potter es más importante que la de cualquiera de nosotros, y que su vida está en manos de esta misión.

Tonks se dio vuelta, simulando que iría a coger otra taza de café y rodó los ojos, exasperada. Detestaba la habilidad que tenía su compañero de hacer sentir como la mierda a cualquiera que no fuese Harry Potter o Albus Dumbledore. Ella sabía muy bien que el chico era crucial para la Orden, y el director de Hogwarts les había mencionado que era importantísimo para acabar con Voldemort; pero no creía necesario que Ojoloco estuviera repitiendo cada dos por tres que tendrían que arriesgar su vida para salvar la del chico. Sin quererlo dejó caer la taza de café que tenía en sus manos y pequeños trozos de porcelana se esparcieron por el suelo. Tonks miró hacia atrás instintivamente y se dio cuenta de que, evidentemente, los ojos de todos los presentes estaban clavados en ella.

-Lo siento, Sirius.- murmuró- ¡Reparo!

Los trocitos de porcelana se juntaron rápidamente y formaron la sólida taza de café que había tenido Tonks en sus manos segundos antes. Con otro movimiento de varita consiguió que la taza volase desde el suelo y se colocase ella sola en la encimera. Apuntó al suelo con su varita y exclamó:

Fregotego!

El líquido derramado desapareció en el momento en el que Nymphadora terminó de pronunciar el hechizo.

Media hora después, la cocina del número doce de Grimmauld Place estaba abarrotada de magos y brujas, todos miembros de la Orden. Elphias Doge, Hestia Jones, Dedalus Diggle, Alastor Moody, Kingsley Shakebolt, Emmeline Vance, Remus Lupin y ella misma eran los que irían a Privet Drive a rescatar a Harry y traerlo de vuelta al cuartel; pero la casa estaba llena de otros miembros que esperaban expectantes su vuelta o que tan solo iban a desearles suerte en su viaje.

Estaba más que claro que a Sirius le incomodaba enormemente la presencia de tanta gente en su casa. Estaba acostumbrado a ello por las reuniones de la Orden del Fénix, pero en aquellas reuniones los presentes se sentaban alrededor de la mesa ordenadamente y trataban temas de interés hablando de uno en uno. Aquella tarde, Molly Weasley había puesto la cocina patas arriba preparando canapés; Fred y George blandían sus varitas contra Ginny y Hermione, que correteaban por la casa escapando de los hechizos aturdidores de los gemelos, que al parecer los encontraban realmente divertidos; Ron Weasley, su hermano Bill y su padre habían estado intentando descolgar el cuadro de la madre de Sirius en vano, mientras ella no paraba de gritar sus insultos habituales. El salón, por su parte, estaba lleno de gente de la Orden que, lejos de su habitual tranquilidad en las reuniones, hablaban cada uno más alto que el de al lado, la mitad de pie y la otra mitad paseando por los pasillos, nerviosos.

Lupin era otro de los que se encontraban incómodos ante tal situación de caos, y estaba sentado en la cama de la habitación que ahora le pertenecía, junto a su amigo Sirius.

-¿Y cuándo os vais?- preguntó aburrido el padrino de Harry.

-Ni idea, nos ha dicho Nymphadora que ella se había encargado de que la casa estuviese vacía para nuestra llegada y que nos avisaría cuando estuviera todo preparado.

-Que no te oiga llamándola así porque puede convertirte en un doxy de orejas peludas en un abrir y cerrar de ojos.- le advirtió Sirius a su amigo con una sonrisa en la boca -La he visto con mis propios ojos hechizando a Mundungus cuando trataba de robar una cuchilla de plata del salón.

Remus rió.

-Gracias por avisarme Canuto, lo tendré en cuenta.

Tras llamar a la puerta, una chica de pelo rubio y rizado hasta la cintura entró en la habitación.

-Te queda mejor el pelo corto.- sentenció su tío.

-Ah, vale…

Tonks cerró los ojos y tras un par de segundos de concentración su pelo volvió a ser corto, liso, y morado intenso.

-Así está mucho mejor.- juzgó Sirius con una sonrisa.

La metamorfomaga se sentó en el único hueco de la cama que había libre, al lado de Lupin, y observó con detenimiento la habitación. Pósters y bufandas de Slytherin colgaban de las paredes y los colores verde y plateados adornaban cada uno de los muebles del cuarto. En la cabecera de la cama resaltaba una foto en movimiento de unas veinte o treinta personas encapuchadas que debían de ser mortífagos.

-Vaya, Remus, pensaba que eras Griffindor.- observó Tonks con inocencia.

Lupin arqueó las cejas y se giró hacia la auror, quien le estaba mirando con los ojos exageradamente abiertos. Él no sabía por qué, pero aquellos ojos brillaban más de lo habitual aquel día. Al ver que su amigo no iba a contestar, Sirius aclaró la situación.

-Era la habitación de mi hermano Regulus. Le hizo un encantamiento de presencia permanente a todos sus pósters y fotografías, al igual que yo hice con los míos.

Tonks asintió, sorprendida y con la boca abierta, como si nunca hubiese oído hablar de un hechizo semejante, y desvió la mirada de los ojos de Lupin para volver a echar otro vistazo a la habitación. Remus y Sirius se miraron un instante, este último esbozó una sonrisa pícara que el primero no sabía muy bien como interpretar. Canuto se puso de pie, se estiró la túnica y se encaminó hacia la puerta.

-Voy a ver qué está haciendo Molly en la cocina, no quiero que acabe todo hecho un desastre.

Y sin decir una palabra más salió de la habitación y cerró la puerta de golpe, haciendo un ruido exagerado, como queriendo subrayar que en ese momento los presentes se habían quedado solos. Tonks y Lupin se miraron nuevamente a los ojos, sin saber muy bien qué decir. Ella no sabía mantener una conversación intrascendente y a él nunca le había gustado mantener conversaciones de ese tipo. Así que ambos decidieron quedarse mirándose hasta que a alguno se le ocurriese algo que decir. Cuando ya se había sentido lo suficientemente estúpido, Lupin retiró la mirada, la dirigió a la puerta que tenía en frente y entabló una conversación.

-¿Cuándo has dicho que tendríamos que salir?- una pregunta idiota, ya que la había formulado hacía apenas un par de horas, pero por lo menos no se sentía como un imbécil rodeado de un silencio incomodísimo.

Por suerte para él, su interlocutora sonrió.

-¡Ja! Lo tengo todo planeado. Ayer les envié una carta por correo muggle a los Dursley diciendo que habían sido preseleccionados para un concurso de jardines ingleses que se celebraba hoy mismo por la tarde. Le dije a Arabella que me enviase una lechuza cuando les viese abandonar su casa. Será en ese momento cuando nos larguemos en busca de Harry.

-¡Vaya! ¡Eso ha sido muy ingenioso!- exclamó Lupin, sorprendido.

-¿Verdad que sí? Me vino en un momento de inspiración nocturna mientras comía helado de whisky.

Ambos sonrieron y volvieron a mirarse a los ojos. Los de Tonks, esta vez de color azul marino, seguían brillando con una intensidad inusual cuando se encontraron con los de Remus, de color marrón claro. Lupin se imaginó a aquella bruja sentada en el sofá comiendo helado de whisky, escribiendo la carta a los Dursley y haciendo grandes esfuerzos para mantenerse en pie a causa del alcohol; no pudo evitar sonreír aún más. Se preguntó cuántos objetos habría derribado en su camino a enviar la carta.

-Me encanta hacerte reír. Casi nunca lo haces.

La sonrisa de Lupin se transformó en una tímida mueca de tristeza y dirigió la vista al suelo.

-Ya… Es que últimamente tengo muchas cosas en la cabeza.

-¡Pues cuéntamelas! Sabes que puedes confiar en tu compañera de guardias.- dijo Tonks mientras le buscaba la mirada con una sonrisa.

Al ver que Lupin no estaba dispuesto a contestar, ella (esta vez con expresión seria) le cogió la cara con su mano derecha y lo obligó a mantener contacto visual. Sus manos estaban muy calientes y su piel era realmente suave. Lunático la cogió de la mano que le sujetaba y colocó ambas encima de la cama, sin apartar la mirada de los ojos de la auror.

-Remus…

Su nombre parecía mil veces más bonito si lo pronunciaba ella…

-Es que… Me siento un inútil.

Tonks estaba indignada ante aquella afirmación.

-¡Pero si eres el que más tiempo y esfuerzo ha dedicado a la Orden! No has parado de viajar de misión en misión, e incluso ayudas en los cuidados de la casa cuando tienes tiempo. ¡Tú solo haces como la mitad del trabajo!

-No lo entiendes, es que me siento un mantenido. No obtuve un trabajo desde el que me ofreció Dumbledore, ¡y ese había sido el primer trabajo decente de mi vida! Tengo que vivir en la casa en ruinas de un amigo porque no tengo dónde caerme muerto, no puedo pagarme ni mi propia comida… ¡Si hasta mi ropa tiene más de diez años!

Tonks observó la túnica y los pantalones con disimulo. Estaban llenos de parches y remiendos que supuso que en algún tiempo habrían estado bien hechos, pero que en aquel momento se estaban descosiendo.

-¡Pero eso no es nada al lado de lo que nos estás ayudando a todos! Lo estás compensando con creces. Si quieres mi opinión, pienso que deberías tomarte unos días de descanso.

-Quizás tengas razón.

-¡Claro que sí!- gritó Tonks con ánimo y una amplia sonrisa. -Además, somos todos tus amigos y te queremos un montón. Ninguno queremos que estés así de triste.

Lupin consiguió esbozar una sonrisa. Estaba muy agradecido por las palabras de ánimo de Nymphadora y se sentía mucho mejor después de aquella conversación. Notó que su mano aún estaba cogida a la de ella e instintivamente dirigió ahí su mirada a la vez que Tonks hacía lo mismo.

De pronto la metamorfomaga se sintió muy incómoda, y decidió retirar su mano y llevársela al cabello, peinándoselo con un suave movimiento. Ambos retiraron la vista de los ojos del otro y se volvieron para mirar hacia la ventana, de donde acababa de entrar una lechuza de plumas grisáceas con bastante dificultad. Tras posarse en medio de la cama le tendió la carta a la auror, quien la abrió y la leyó un par de veces por encima.

-Es de Arabella, dice que los Dursley acaban de salir con el coche. Es hora de irnos.

Los dos bajaron corriendo las escaleras y Lupin la tuvo que sujetar un par de veces para que no se cayera. Cuando llegaron a la cocina, agitados, todas las miradas se posaron en ellos.

-Hemos recibido la señal, ¡nos vamos a Privet Drive!- exclamó Tonks dando saltitos de emoción.

Los magos que formaban parte de la avanzadilla fueron saliendo por la puerta con sus escobas en mano mientras los demás miembros de la Orden les daban ánimos.

Snape se acercó lentamente a Lupin y le dirigió una mirada altiva con las cejas arqueadas. Cuando habló lo hizo serio, frío y cortante, como lo había hecho durante toda su vida.

-Yo que tú tendría especial cuidado, Lunático, en la misión de esta tarde. Sabes perfectamente que la responsabilidad de que el chico llegue sano al cuartel es toda tuya.- chasqueó la lengua en señal de desaprobación -Es increíble que Dumbledore haya dejado en manos de un licántropo una vida tan crucial en la lucha contra el Señor Tenebroso.

-Gracias por tus ánimos, Quejicus. Puedes estar seguro de que Harry Potter llegará a Grimmauld Place más sano que tú.

Sin apenas cambiar de expresión, Snape giró sobre sus talones y volvió a la cocina mientras Lupin se dirigía en dirección contraria hacia la puerta principal de la casa. Fuera le esperaban los siete magos que le acompañarían en la misión aquella tarde. El cielo amenazaba con oscurecerse pronto y no tenían mucho tiempo, así que dio la orden de que todos montasen en sus escobas. Miró sin pensarlo a Tonks, que le guiñó un ojo en señal de ánimo, y rápidamente se elevó varios metros del suelo a gran velocidad, seguido por sus compañeros.