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UN GATO NEGRO
Nina caminaba de vuelta a casa. Había tenido un día atareado en la escuela, y casi agradecía no haber tenido que asistir al trabajo otra vez; llevaba casi una semana faltando a las oficinas, pero no le molestaba evitarlas; odiaba los ojos acusativos de Diane, el interrogatorio de Hannah y, sobre todo, odiaba la idea de tener que volver al piso 66.
-¡Hey!- dijo de pronto, dándose la vuelta. La calle estaba desierta, a excepción de un par de ardillas que correteaban por los árboles. Sacudió la cabeza y continuó su camino, pensando…
No tenía nada de malo ése lugar, Nina, estás exagerando, era un lugar común y corriente… un lugar con muebles caros, eso sí, pero nada más. Es un sujeto excéntrico, un millonario loco, probablemente extranjero, porque jamás he visto a un hombre tan pálido, ni con el pelo de ésa forma, ni con los ojos…
Los ojos. Los extraños ojos del hombre…
Los ojos del príncipe… tan brillantes, tan raros, tan… tan fuertes. Como si me pudiera aplastar con sólo una mirada.
Aquél príncipe tenía una mirada única.
¡Qué estupidez! Ni siquiera es un príncipe. Debe ser un pobre loco con muchísimo dinero, nada más… ¿Cierto?
Y entonces lo escuchó de nuevo. Unos pasos correteando apresuradamente junto a ella; rápidamente se volvió, con un aerosol de pimienta en la mano.
-¿Quién está ahí? –gritó. No hubo respuesta, ella estaba completamente sola.
Lentamente se guardó el aerosol, mascullando:
-Maldita imaginación desbocada, cómo la odio.
Entró a su casa y saludó a su tío, que miraba la televisión.
-Hola, Dietrich.
-Hola, Nina. ¿Qué tal la escuela?
-Como el noveno círculo del Infierno de Dante. –dijo ella sonriendo.
-Excelente. ¿Cenarás ahora?
-No. Tomaré un baño.
-Como quieras.
Nina entró a su recámara para dejar la mochila en la cama, luego fue al cuarto de baño, abrió la regadera y comenzó a desvestirse silenciosamente. De cuando en cuando miraba sobre su hombro, con la sensación persistente de que alguien la observaba.
¡Por amor de Dios, no seas estúpida!, se dijo a sí misma mientras tiraba al suelo su blusa, sus pantalones y los zapatos. Se puso frente al espejo y, con cierto temblor en las manos, se desabrochó el sujetador y entró corriendo a la ducha, dejando caer la última prenda fuera de la cortina.
El baño caliente la relajó, de pronto las ideas paranoicas se le antojaban pueriles y cuando salió de la ducha se entretuvo en enrollarse la mitad de la toalla en el cuerpo mientras con la otra mitad se secaba el cabello frente al espejo. Notó algo raro en sus ojos, se acercó más para ver mejor y…
-¡Rayos! –exclamó, dándose la vuelta bruscamente. -¿Hay alguien aquí? –preguntó. No hubo respuesta. ¡Pues claro que no, tonta! ¿Quién pudo haber entrado sin ser visto? Más relajada, Nina se anudó bien la toalla alrededor del cuerpo y salió velozmente del baño.
En el espejo, poco a poco y por breves instantes, una cara afilada, pálida y enmarcada con cabello negro sonreía. Luego, la imagen se desvaneció, como si no hubiera aparecido jamás ahí.
Nina bajó, ya en pijama para cenar mientras ella y su tío miraban la televisión. Luego se despidió rápidamente de él y volvió a su recámara; en vano intentó hacer la tarea, pero le costaba trabajo concentrarse. Finalmente dejó a un lado los libros y se acurrucó en el fondo de las sábanas, apagó la luz y cerró los ojos.
Le costaba trabajo conciliar el sueño, se revolvía constantemente debajo de las sábanas y a ratos dejaba escapar un débil gemido de desesperación. Cada que comenzaba a dormirse, aparecía en su mente una oscuridad atrapante, que la perseguía, la tomaba y la devoraba; y, en medio de toda ésa oscuridad, unos ojos grandes y verdes como dos esmeraldas parecían burlarse de su creciente terror…
-¡No! –gritó, levantándose de la cama y mirando a todos lados. Un golpe sordo en su ventana terminó por destruirle los nervios. -¿Qué…?
A través de las cortinas pudo notar la silueta de algo que estaba posado en el alféizar de la ventana. Armándose de valor, Nina salió de la cama y se acercó lentamente; tomó con ambas manos las cortinas, esperó un momento y las descorrió…
Era un gatito negro que golpeaba desesperadamente el cristal.
Nina abrió la ventana, y el gatito se posó tranquilamente en el interior, mirándola con sus grandes ojos amarillos.
-Hola, precioso, ¿estás perdido? –el animal no movió ni un bigote. –No tienes dueño, ¿verdad? –por toda respuesta, el gato agitó su larga y sedosa cola. Nina sonrió. –No te preocupes, ven conmigo. –lo tomó en sus brazos y lo llevó a la cama. El animal no paraba de ronronear ante el cálido tacto de la piel de la joven, y apenas ella se sentó, el gato saltó para acurrucarse a los pies de la cama.
Nina cerró la ventana y volvió al lecho, cubriéndose hasta el pecho con las sábanas. Podía escuchar los suaves ronroneos del gato, que poco a poco la adormilaron.
-De verdad eres… -bostezó. –un gatito muy raro… Muy raro… -cayó profundamente dormida, mientras el gato la observaba con los ojos bien fijos, y con una expresión extraña en la cara, casi como si sonriera.
Cuando despertó, el pequeño gato seguía acurrucado a su lado; Nina sonrió y alargó una mano para acariciar la espalda del animalito, que como un resorte se irguió, ronroneando al tacto de su mano.
-Mi tío no me dejaría quedarme contigo si tienes un dueño. –susurró ella. El animalito posó sus enormes ojos en ella fijamente, con una expresión tan humana en ellos que la joven retrocedió. Suavemente, el gato saltó de la cama y echó a andar por toda la habitación, olfateando aquí y allá mientras Nina, alejando sus emociones paranoicas que tenía desde la noche anterior, salió de entre las sábanas y se quitó el pijama.
-Bueno… si mi tío me deja adoptarte, debo buscarte nombre. Hmm… Tal vez algo como Plutón, como en el libro de Poe, o Shadow, ése también es bueno, quizá…
De pronto el gato saltó sobre una esfera de cristal, de ésas que tienen adentro un líquido lleno de pequeñas brillantinas, y se puso a jugar malabares con ella. Nina no pudo contener la risa y la admiración.
-¡Pero qué listo eres! –tomó la bola de cristal antes de que el gato la rompiera y lo acarició. –Eres muy travieso… Creo que te llamaré Mischief. ¿Te gusta Mischief?
El gato agitó la cola y ronroneó sordamente.
-Mischief te llamarás entonces. –Nina terminó de vestirse y salió de la recámara. El gato la siguió, pero antes de salir se detuvo frente al largo espejo de Nina, admirando su imagen. En el espejo no se reflejaba ningún gato, sino un hombre pálido de ojos verdes y cabello negro que parecía querer contener la risa. El gato agitó alegremente la cola y, con la cabecita erguida, salió y bajó las escaleras.
Abajo, Nina ya discutía con su tío acerca de la permanencia del gato.
-Princesa… los gatos no aparecen de la nada en las ventanas de la gente. Deben tener una razón para estar ahí, y hasta el momento no conozco ninguna.
-Justamente por eso quiero que me dejes quedarme con él. Mischief no es malo…
-¡Ah! Ya hasta le has puesto nombre. –Dietrich se fijó de pronto en el gatito que ronroneaba, enroscándose cariñosamente alrededor de los tobillos de Nina. –Así que este es Mischief… -se inclinó para acariciarle la cabeza. –Hola, Mischief… hola…
El gato aceptó de buena gana la caricia y luego se escabulló a la sala. Dietrich rió.
-Qué gatito tan raro.
-Muchísimo. Ésta mañana lo sorprendí jugando con la esfera que me compraste como recuerdo del paseo a la capital.
-Jamás he oído de un gato que haga eso con las esferas sin romperlas. –musitó Dietrich. –Pues si el gato no hace ninguna travesura pues… yo creo que puede quedarse. Ahora… Debo ir al trabajo. Volverás pronto allá, ¿cierto?
-Lo intentaré. –dijo Nina. –Si la escuela me lo permite, claro.
-Seguro que sí. –Dietrich le dio un beso y salió de la casa. Nina se dirigió a la sala.
-Mischief, ¿dónde estás? ¿Mischief? ¿Mischief?
El gato se había esfumado.
