The Hotel Of Pleasure
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Desclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer, y la historia es la adaptación de un librillo que encontré por ahí…
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Advertencia: Es una historia rated M, escenas y vocabulario en probablemente no apto para menores de 18 años, si no te gusta, abstente de leer
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Chapter 2: El demonio allí abajo.
-¿Esta mañana no hay nada en el agua?
Los ojos de Edward centellearon traviesos tras los cristales de las gafas cuando alzó la mirada del libro de registro. Bella sintió ganas de darle una bofetada, de borrar con la palma aquella sonrisa irónica en su hermosa cara. Pero decidió que hoy era otro día, y que no iba a perder el control.
-No, absolutamente nada –respondió con tono brusco, y ocupó su lugar detrás del mostrador, junto a Edward-. Y tampoco anoche había nada. Era un reflejo de la luz.
Se acercó un poco más a él, como para que se apartara, aunque sabía muy bien que no lo haría.
-De todas formas –continuó Bella, y fingió examinar las últimas firmas mientras aspiraba la fragancia de la cara colonia de Edward-, ¿Qué hacías tú tras la puerta del baño, sabiendo que dentro había una mujer? Ya sé que eres un pervertido, Edward, pero ¿no podrías disimularlo un poco?
-Necesitaba una ducha –contestó él con aire inocente.
Bella vio que jugueteaba con el botón de la máquina de imprimir las facturas, apretándolo repetidamente con gesto irritante, aquello seguramente acabaría por dañar el mecanismo.
-Había ido a correr y estaba muy sudado… Esperé discretamente a que se abriera la puerta, pero tú no salías nunca. ¿Cuánto tiempo estuviste en el lavado?
No le preguntó "¿Qué estabas haciendo?", y Bella sospechó, con una pizca de horror, que Edward de alguna manera lo sabía. Sobre todo después del grito que ella había soltado.
-No mucho –respondió con indeferencia, y luego miró con expresión severa las maniobras de Edward con el botón de la impresora.
-Ya, ¿pero cuánto tiempo?
-¡El tiempo justo! ¿Por qué no te ocupas de tus asuntos? ¿Y qué demonios estás haciendo con esa impresora?
-Intento arreglarla –respondió él amablemente, y se agachó para mirar el panel de control-. ¿Por qué estás a la defensiva, Bella? ¿Tienes algo que ocultar?
El cambio de táctica, y el hecho de que su vigoroso cuerpo se apretara contra su pierna, hicieron que Bella se quedara un instante en silencio. Un silencio que le dio la delantera a Edward.
-¿Sabes una cosa? No me dio la impresión de que fuera un grito de miedo… parecía más bien de placer. Ya sabes, tengo mucha experiencia en esa clase de gritos –observó, pegado de sí mismo.
"¡Bastardo arrogante!", pensó Bella, y fingió acomodar el registro, que por cierto ya estaba en su lugar. Hubiera insultado a Edward de buena gana, pero en ese instante Victoria, la asistente de dirección, bajó por la escalera con paso majestuoso y expresión de desagrado en el rostro.
Victoria Sutherland era una mujer hermosa, pero muy dominante. Y esa mañana las dos cualidades eran muy evidentes. Ni un solo pelo de su hermosa cabellera pelirroja estaba fuera de lugar, y Bella se sintió despeinada a pesar de la atención que prestaba su arreglo. El maquillaje de la asistente de dirección también era perfecto, aunque un poco exagerado, pensó Bella, sobre todo teniendo en cuenta que llevaba un traje azul muy formal. Con todo, los labios intensamente rojos de Victoria, y sus ojos, perfilados de un negro, resultaron muy tractivos.
-Isabella –la interpeló la otra mujer cuando llegó frente a la mesa de recepción, con las manos en las caderas-. ¿Ha subido alguien a arreglar la ducha de la señora Denali? Está esperando desde anoche, y no tendría que haberse dirigido a mí para reclamar que la atiendan.
-Yo… no lo sé –respondió Bella, que siempre se sentía aturdida por los fríos modales de Victoria. Intentó tocar el pie a Edward, que estaba oculto por el panel frontal de la mesa de recepción, y que era en verdad quien debía ocuparse del asunto de la ducha-. Creo que está en la lista de cosas pendientes de Cullen, señorita Sutherland, pero… pero él tiene mucho trabajo.
Volvió a insistir con el pie, tragó saliva y sintió que empezaba a ruborizarse. Edward, en lugar de salir de su escondite, se había deslizado silenciosamente debajo del mostrador.
-Bien, cuando lo vea recuérdeselo –le ordenó Victoria, y volvió al libro de registros para inspeccionarlo.
En ese instante Bella sintió una ligera caricia, como el toque de una pluma, que se deslizaba por el interior de su muslo. Era la yema de un dedo que ascendía lentamente por el fino tejido de sus medias, dejaba atrás las ligas y luego se posaba en su piel desnuda. A Bella seguramente se le escapó algún ruido de protesta, porque Victoria la miró fijamente.
-¿Se encuentra bien? –le preguntó-. Parece un poco febril. Confío en que no enferme; ya sabe que tenemos que estar muy atentos. Es probable que ya nos estén controlando. Los del consorcio EAM son famosos por usar esa clase de tácticas. Es posible que ya tengan un infiltrado vigilando nuestros movimientos y tomando nota de todo lo que hacemos. ¡Y buscando a los perezosos para despedirlos!
Bella sólo prestaba atención a medias a la arenga de la asistente de dirección. Estaba muy ocupada preguntándose qué era lo que Edward veía, y que estaba por hacer. El dedo explorador continuaba su viaje por el muslo de la joven, como si probara la firmeza de la carne y la suavidad de la piel. Bella era muy consciente de lo que había en la encrucijada de sus muslos, y de que Edward estaba situado en una excelente posición para inspeccionarlo.
-¿Me estás escuchando? –le preguntó Victoria, los ojos azules relampagueantes.
-¡Sí! –la respuesta de Bella fue más un chillido que una palabra, porque Edward le había subido la falda hasta más arriba de las medias. Bella sintió que se la plegaba sobre las caderas, tres o cuatro centímetros por debajo del borde del mostrador de recepción, y que luego besaba la piel por encima de una media.
-Muy bien. –dijo Victoria, aunque no parecía muy convencida-. Bueno, veamos las peculiaridades de los nuevos huéspedes. Quiero que todo el mundo se sienta atendido como un príncipe. Lo peor que nos podría ocurrir sería que nuestros clientes comenzaran a quejarse.
En circunstancias normales, Bella hubiera disfrutado de una sesión de trabajo con Victoria. Le gustaba trabajar en el hotel, y le fascinaban las excentricidades de la acaudalada clientela. Pero esa mañana le era imposible centrarse. Ya tenía toda la fascinación que podía soportar, y temía lo que podía suceder.
Bella escuchó las palabras, que parecían venir desde un lugar muy lejano, y respondió de manera mecánica. No podía olvidar un instante la obscena y peligros situación en que se encontraba. Estaba en un lugar poco menos que público con la falda recogida casi hasta la cintura. Su única protección era el mostrador de recepción, y debajo de ella un hombre que estimulaba su cuerpo.
Bella se mordió los labios cuando los dedos de Edward rozaron la entrepierna de sus bragas. Él apenas si la tocaba, pero Bella se dio cuenta, profundamente avergonzada, de que la tela entre sus piernas ya estaba mojada, como si el temor fuera tan excitante como el contacto. O quizá más. Cuando Victoria hizo un comentario que exigía una respuesta, bella sintió que su torturador intensificaba sus caricias, con tres dedos despiadados que frotaban la delgada tela, hasta empaparla en la humedad de su lujuria. Bella gimió mentalmente de placer cuando sintió que él se concentraba en su clítoris y lo acariciaba hábilmente con la punta del pulgar. Era consciente de que sus pezones se endurecían e inflamaban, tensos contra la tela del sostén y la blusa blanca de popelina.
Bella, confusa, se preguntó si Victoria lo advertiría, casi deseaba que sucediera. Tenía la chaqueta desabrochada, y con un ligero movimiento de los hombros hizo que se entreabriera. Y allí abajo, su clítoris recibió una larga caricia, y su muslo otro suave beso.
"Se está desquitando por lo de anoche", pensó Bella cuando los pliegues de su sexo comenzaron a estremecerse, y se esforzó por mantener una expresión serena y atenta. Los dedos del joven se escurrían ahora entre las piernas de Bella, tramando algo, y ella, aturdida, las abrió más para ofrecerle más espacio. Bella sabía que estaba perdiendo la batalla, y que su reflexión sobre la situación no era correcta, puesto que de repente se había dado cuenta de que no había una "noche de amor" real que pagar.
-Quiero que tengas mucho cuidado con estos dos clientes –dijo Victoria, y señaló con la pintada uña del dedo índice dos nombres del registro. Bella enfocó su extraviada mirada lo mejor que pudo en la hoja del libro, sintiendo que un dedo se deslizaba con destreza por debajo del elástico y el encaje de sus bragas.
-Has pedido la suite para recién casados, pero no lo están. Y él no parece tener más de dieciocho años –las finas cejas de Victoria se arquearon significativamente-. Ella no tiene menos de treinta, y es muy rica. Pero no quiero que haga nada que los haga sentir incómodos… ¿comprende?
Bella asintió, aunque lo único que advertía era el progreso de la mano de Edward dentro de sus bragas.
-El marido de Esme Platt le dejó una fortuna en propiedades –continuó Victoria, en voz más baja porque los primeros huéspedes se dirigían al comedor-. Y eso me hace pensar que no sería raro que ella fuera el poder real de EAM. Parece una mujer muy lista.
-Sí, señorita Sutherland –respondió Bella con voz desfalleciente.
Ahora Edward le acariciaba la vulva, examinando cada pequeño pliegue, cada recoveco, sin darle un segundo de respiro. Casi podía oír el chapoteo de sus propios jugos mientras Edward los removía y probaba su consistencia. Contuvo a duras penas un grito cuando una segunda mano le bajó las bragas por la parte de atrás, desnudando casi por completo su trasero, y luego se introdujo sin contemplaciones en la hendidura entre sus glúteos.
Victoria se había dado la vuelta, y saludaba sonriente a uno de los huéspedes del hotel, un joven moreno de cabello corto y muy guapo, cuyo rostro resultó vagamente familiar a Bella. La joven sabía que tendría que haberlo reconocido al instante, pero su mente no estaba en condiciones de funcionar normalmente. Sólo podía concentrarse en su entrepierna, y en cómo estaba siendo estimulada, por delante y por detrás, por aquellos dedos perversamente inquisitivos.
"Es el jugador de tenis –pensó Bella-. Es una pena que perdiera. Me hubiera gustado que volviera a ganar…"
Intentó concentrase en el deportista, mundialmente famoso, y trató de recordar su derrota en Wimblendon, pero no lo consiguió. Cuando él le dirigió una encantadora sonrisa, ella le respondió con otra, pero en verdad apenas si le veía. Su mente estaba ocupada por completo por la estremecida topografía se su vulva, y las maniobras del demonio de abajo del mostrador, ese Lucifer de ojos penetrantes que soplaba suavemente sobre la caliente piel desnuda de sus muslos mientras le metía el dedo índice en su ano.
Aquélla era la peor de todas las intrusiones. Más obscena y personal que cualquier cosa que él pudiera hacerle a su sexo, un hecho del que Edward parecía muy consciente.
Jacob Black, el astro del tenis, volvió a sonreír. Sin duda estaba intrigado por la lánguida expresión de la recepcionista, con la que nunca había intercambiado más que unas pocas palabras. Bella tenía los labios entreabiertos, y sabía que su rostro debía de estar sonrosado y sus ojos brillantes, pero no podía hacer nada, absolutamente nada. Edward deslizaba repetidamente los dedos por su trasero, volviendo siempre al pequeño orificio prohibido. Parecía fascinado por él, porque cada vez que regresaba, su dedo lo exploraba un poco más adentro, y con más fuerza.
A Bella le resultaba muy difícil mantener quitas sus caderas, pero contuvo s intenso deseo de llevar su propia mano más debajo de la cintura. Quería apartar las manos de Edward, o bien ayudarlo… frotándose como una ménade el clítoris mientras él trabajaba con más fuerza en su trasero. Pero Bella se limitó a coger un lápiz y juguetó con él, con aire ausente, poco después estuvo a punto de partirlo en dos cuando sintió un dedo que le penetraba el ano profundamente.
Jacob Black volvió a prestar atención a Victoria –que por cierto era digna de ella- y Bella se sintió agradecida por aquella pequeña tregua. No sabía cuánto tiempo más podría resistir allí, esforzándose por parecer normal, eficiente y amistosa, con el dedo de un hombre metido en su trasero.
No sabía qué la estaba molestando más, si el ultraje o la excitación. Se sentía muy confusa por su propia respuesta, pero aquello era algo que le sucedía a menudo. Enloquecía si un amante la acariciaba las nalgas. Bastaba una ligera caricia, y las piernas le temblaban, sus caderas se ondulaban y todo su cuerpo se retorcía presa de una intensa excitación. Y si la tocaban en aquel lugar de inmediato gemía y jadeaba, incapaz de dominarse. Y si la besaban allí, o la acariciaban con la lengua o un vibrador, sus sensaciones eran tan intensas que gritaba y por poco no se orinaba de placer.
Bella, la mirada perdida en el vestíbulo iluminado por el sol, sentía el cálido aliento de Edward sobre sus nalgas, deslizándose suavemente alrededor del orificio que él dilataba y jugueteando sobre los pliegues de su sexo. El clítoris de Bella era un botón endurecido e inflamado, que parecía gritar con voz propia que alguien llevara la mano hacia él y le prestara un poco de atención. La joven, cuando vio que Jacob y Victoria se alejaban, dio mentalmente las gracias a todos y a nadie, e introdujo furtivamente la mano dentro de sus bragas.
Los dedos de Edward trataron de coger los de Bella, pero ella no iba a permitir que la desviara de su propósito. Revolviéndose con ímpetu, la joven apretó aún más sus nalgas contra la cara de Edward, e hizo que el impúdico dedo penetrara un poco más. Sintió que Edward besaba una de las nalgas medio desnuda, que la lamía, y luego la mordisqueaba suavemente. En ese momento el dedo de Bella encontró lo que buscaba.
Se corrió de inmediato, y se habría caído si Edward no la hubiera sostenido. Su cuerpo palpitaba furiosamente, llenando su vientre y su entrepierna con oleadas de placer. Bella se daba cuenta de que Edward debía sentirse muy incómodo. Mientras ella tenía un orgasmo, la sensación de placer humana más alta, él estaba como el jorobado de Notre-Dame, encogido entre sus piernas, una muñeca y el cuello en ángulos imposibles, de manera que podía besar la suave superficie de su trasero y mantener el dedo alojado cómodamente dentro.
"¡Qué se joda, se lo ha ganado!", se dijo Bella cuando fue capaz de pensar claramente otra vez, sofocando una risita de satisfacción. Dejó que su cuerpo se relajara para aumentar la incomodidad del joven. No sentía pena por él. Sonrió a varios huéspedes del hotel que pasaban por recepción y fingió buscar detrás de la mesa unos documentos perdidos.
-¡Te odio! –le dijo entre dientes cuando Edward resbaló al suelo detrás de ella, Y al punto sofocó un grito ante el repentino desalojo de su ano, y simulando que buscaba un lápiz que no había dejado caer, se agachó detrás del mostrador y rápidamente se acomodó la ropa. Y de paso intentó golpear con el codo a Edward.
Cuando se incorporó, el vestíbulo estaba vacío. Suspiró.
-¡Te odio! –repitió con fuerza, mirando hacia abajo-. Eres un cerdo, un pervertido incorregible. ¡Debería hacer que te despidieran!
Edward sonrió, de espaldas sobre la moqueta gris, las manos detrás de la cabeza, sus ojos relucieron tras las gafas. Un mechón de espeso y cobrizo cabello le caía sobre la frente, pero por lo demás se le veía perfectamente normal, con el traje impecable, y todo él muy compuesto y formal. Bella recordó que llevaba zapatos puntiagudos, pero antes de que pudiera usarlos como arma, Edward ya se había puesto de pie.
-No sé de que te quejas –observó él con voz suave, mirando el libro de registro por encima del hombro de Bella, y de repente, sin previo aviso, deslizó una mano bajo la chaqueta de la joven y le acarició el pecho izquierdo por encima de la blusa.
-¡Quita esa mano! –siseó Bella, y en esta ocasión su codo impactó a Edward en la boca del estómago.
-¡Ay! –protestó él, y se apartó-. ¡Deberías darme las gracias, y no tratar de dejarme inválido! –continuó el, simulando estar ofendido, pero conteniendo la risa-. Te he dado un orgasmo en medio de una aburridísima conversación con la reina de las nieves. Eres ingrata, yo solo quería alegrarte el día.
-Aléjate de mi vista ahora mismo o acabaré contigo, Edward. Y haz que arreglen la ducha de la señorita Denali, la escritora de bestsellers. Puede que ella sea una se las dueñas de este lugar… esos escritores ganan millones, ya sabes.
-Sí, señora –respondió él cortésmente, pero al salir de detrás del mostrador se despidió con una nada respetuosa palmada en el culo.
Edward cruzó el vestíbulo sonriendo. Se detuvo al pie de la escalera y se dio la vuelta.
-Recuerda que puedes pedirme lo que quieras –dijo a Bella-. Soy muy bueno arreglando cosas. No hay aparato que se me resista… Ya me entiendes.
Si una elegante pareja de huéspedes no se hubiera acercado en ese instante a recepción, Bella le hubiese espetado los peores insultos y le hubiera recordado que tenía que utilizar la escalera de servicio. Pero tuvo que recordar todo lo que aprendido en la escuela de hostelería, sonreír como la eficiente recepcionista que era, y darles la bienvenida al hotel Black Night, mientras Edward subía al primer piso.
Sin embargo, cuando la pareja se marchó a su habitación, Bella ni siquiera recordaba qué aspecto tenían. Lo intentó, pero su mente sólo veía un par de chispeantes ojos jade tras unas gafas. Unos ojos que acompañaban a una maliciosa y encantadora sonrisa… y a una sensación de placer en su entrepierna.
En realidad, bella no odiaba en absoluto a Edward.
¡Bueno! Y aquí el segundo capítulo. Espero que os guste la historia, ya que a mi, personalmente a nivel de lectora, me parece buena.
Gracias por los follows y favoritos, y a Sof, Vale Fierro y eddimargonzalez por los reviews.
¡Muchas gracias!
Besos, Lau.
