El ruido despertó a Manuel.

Abrió los ojos con somnolencia mientras bostezaba y casi le agarra un paro cardiaco cuando se dio cuenta que estaba en la cama de Martín y le faltaban los pantalones.

-¿Q-QUE…?

El chileno repaso los acontecimientos del día anterior. Miguel le comento la mala semana que estaba pasando el argentino. Fue a su casa a verlo. Lo consoló. Tomaron un par de cervezas... oh dios. Después de eso, no se acordaba de nada.

¡Ah! Había derramado algo de cerveza sin querer en sus pantalones y él se los saco, o algo así. No tenía ni puta idea dónde estaban en aquel momento.

La puerta del baño se abrió y el argentino sonrió, saludándolo.

-Buen diaaa, te despertaste. Dormís como elefante drogado cuando te pones en pedo...

Manuel se tapo con el brazo la nariz, en un intento de frenar la hemorragia nasal que sentía venir. No literalmente, pero casi se muere.

El argentino había salido del baño (aparentemente de tomar una ducha) con solo una toalla cubriendo del torso para abajo. Manuel no podía dejar de seguir con la vista cada una de las gotitas de agua que se resbalaban por el cuerpo bien formado. Algunas se originaban cuando caían del pelo hasta el hombro y bajaban por el brazo hasta deshacerse, detenerse o simplemente perderse; las demás recorrían su pecho y vientre, deslizándose por su piel hasta toparse con la toalla.

-¿Manu?

El aludido desvió la vista rápidamente, cubriéndose con las sabanas celestes del rubio.

-H-ho-ola –Tartamudeó sin poder sacarse la imagen de encima. Hasta que, por primera vez en la mañana, algo de cordura se le asomo en su cabeza llena de imágenes de Martín desnudo.- ¿Q-que mierda hago aquí? ¿Y dónde están mis pantalones, weón? Ponte algo de ropa, que estai enfermo y encima andai desnudo por ahí por la vida...

Martín sonrió y el ojimiel tuvo la gran idea de volverlo a mirar, y otra vez quedar como hechizado (él diría un embrujado) y embobado observando al rubio, más sexy con esa sonrisa que...

"Y ahora pensai como fleto, vas bien Manuel, vas bien..." Pensó con sarcasmo, sonrojándose.

-¿Qué queres desayunar? –Preguntó el otro, sonriéndose a sí mismo al darse cuenta que su vecino lo miraba sin carpa e ignorándolo a propósito se puso a buscar algo de ropa en el cajón.

Como no tenía nada en el dicho cajón, se fue a fijar a la pila de ropa sucia que había del otro lado de la habitación. Paseándose en bolas como si estuviera solo, no dejaba de reír para sus adentros al ver la expresión del chileno cada vez que iba y venía.

-¿Desayunar? ¡Primero quiero mis pantalones! –Se quejó, frunciendo el ceño, bastante avergonzado.

-Yo que voy a saber donde los dejaste... buscalos. Vuelvo a preguntar, ¿Qué querés de desayunar? ¿O no desayunás? –Martín le hablo como le hablaría a un retrasado, al mismo tiempo que buscaba algo que no estuviera tan sucio como para ponerse mientras lavaba lo demás.

Escuchó a Manuel resoplar.

-Quiero un té.

-No tengo.

-¿Café?

-No hay.

-¿Si no teni una mierda pa' que me preguntas que quiero desayunar? –Gruñó el chileno, asomando su cabeza por debajo de la cama en busca de sus pantalones.

¡Cuánta basura que había! Pero no estaban sus pantalones.

-No sé, vos tenias que decir "Desayuno cualquier cosa que vos me prepares" o algo así. –Dijo, usando un tono sexy para remarcar la frase.

-¿Y morirme intoxicado? Seguro que no sabi ni preparar un café instantáneo sin que sea perjudicial para la salud.

-Puede ser, pero hago los mejores asados del mundo. -¡Vamos carajo! Encontró una remera. Busquemos un pantalón...

-Sebastián te lo discute.

-¿Y qué sabe Sebas? Además de no tener buen gusto en asados también le falla la vista. –Refunfuñó el rubio al pensar en cierta "relación" que tenía el uruguayo con cierto brasilero molesto.

No es que lo odiara, pero en serio, a nadie le gusta ver a un amigo con su hermano de corazón. Puaj. No.

-Por eso usa anteojos weón.

-Yo no me refería a eso per bueh. Entonces no desayunas…?

-No hasta encontrar mis pantalones.

-Bueeeeeeno, anda en pelotas, te juro que no me molesta.

-Ya quisieras –Manuel se dejo caer en la cama, frustrado.

-Dejate de joder y tapate con la sabana, yo qué sé. Si no, quedate ahí todo el día, ¿Qué querés que te diga? –Martín se dirigió a la cocina cuando los gritos del menor lo detuvo en el medio del pasillo.

-¿Qué?

-¡Ven! -Gritó el otro en respuesta.

-¡No, decime!

-¡Que vengas!

-¡No!

-¡Ven, mierda!

Martín suspiró y dejo de gritar ¿Qué pasaría si su sexy voz se arruinaba? Volvió a cruzar el pasillo hasta pararse en la puerta.

-¿Qué?

-Que si me prestabas unos pantalones.

-¿Y por qué no lo gritaste?

-Por la chucha que eri flojo.

-Sí, sí. Mi ropa te va a quedar grande, pero igual tengo todo sucio porque todavía no desarme la valija de... –Su rostro se ensombreció y trato de reponerse esbozando una sonrisa forzada. –Ahora pongo un lavarropas, si esperás…

-Sí.

-Entonces…

-¿Qué?

-¿Qué desayunás? –Manuel hizo una mueca ante su insistencia.

-Uh, ahí voy y me fijo que teni.

-¡No! Sos invitado, yo me arreglo. Quedate acá.

-No, pero…

Martín ya se había ido. Su política de dar un perfecto servicio a los invitados que visitaran su casa estaba siempre presente (Por los primeros días, hasta que este se cansara, lo que duraba como máximo… dos días de servicio. O algo así.)

Sonrió para sus adentros al darse cuenta de lo pajero que era. Con su complejo de Yao Ming "Me la suda", se puso a hacer dos chocolatadas, un mate para ir tomando después y alfajores.

-¿Leche con chocolate? ¿Es en serio? ¿Qué teni, 10 años? –Se burló el chileno cuando Martín llego con el desayuno a la habitación.

Los alfajores se veían apetitosos. Manuel avergonzó por sonrojarse ligeramente al darse cuenta de algo: Martín era una de las pocas personas que se tomaba la molestia de prepararle el desayuno o detalles idiotas como esos. Eso, significaba que se preocupaba por él, ¿no? Porque no importaba lo molesto, insoportable, engreído, idiota, egocéntrico y más insoportable que fuera, ya que él siempre estaba ahí.

Incluso en ese momento de mierda que estaba pasando, Martín se esforzaba en mostrar una sonrisa falsa para no contagiar su mal humor y lo trataba con esa extraña paciencia suya. Manuel suspiró, sacudiendo la cabeza para alejar pensamientos raros y estúpidos que la mañana le estaba dejando.

Pero en ese momento solo quería que lo tragara la tierra.

El argentino sabía que su forma de comer alfajores era inconscientemente obscena (Se lo habían comentado una vez) y aguanto la risa viendo como al castaño casi se le caía la baba mientras lo comía con la mirada disimuladamente, entonces fue cuando decidió provocarlo (era casi un instinto coquetear, sea hombre o mujer).

Enfoco toda su atención en el alfajor, lamiendo y abriendo la boca grande pero sin dar un mordisco en sí. Mordisqueando la tapa del alfajor hasta quedar solo la parte de abajo y el dulce de leche, usando toda la habilidad que tenía con la lengua para lamer el dulce.

Echando una mirada directamente al chileno (quien ya ni siquiera podía disimular su mirada) se burló de él, divertido.

-¿Pasa algo, Manu?

-Hum, no, he... No. –Cerró la boca al darse cuenta que estaba balbuceando, mientras el otro se reía.

Frunció el ceño, enojado y todavía con la cabeza echa un lio. Bajo la vista, tomándose el desayuno que al parecer, por algún milagro divino, no estaba podrido, pasado, rancio, raro ni envenenado.

La mañana en sí transcurrió sin ningún (otro) inconveniente para alguno de los dos (si no consideramos como problema la parálisis mental en el cerebro de Manuel y los pensamientos deprimentes y melancólicos de Martín).

Al final, el argentino invito a su vecino a quedarse a almorzar, pero éste se negó. Con unos pantalones que le quedaban grandes y una bolsa de alfajores, regalo del rubio, salió de la casa cuestionándose varias cosas.

Pero cuando Manuel dejo la casa argentina la depresión volvió a instalarse en el lugar y la tristeza entro en Martín como si fuera un maldito demonio mágico en un intento de poseerlo como en las viejas cavernas de… sí, tenía que dejar de ver tantas series y películas pero en momentos como éste donde se encontraba tan decaído que no se le ocurría una opción mejor ¿Qué más podía hacer? Busco en su cocina si tenía maíz para hacer pochoclo, pero no había.

Puteó, consumido por un aire de extrañeza y recuerdos que prefería olvidar. Abrió la heladera y saco un par de cervezas.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Los almohadones saltaban al ritmo en que los pies de Martín rebotaban en el sofá, mientras seguía el ritmo de la música.

-…Y en esta danza soy rey sin corona, y en esta danza que no tiene fin…

Las latas en el suelo indicaban que estaba borracho.

-…Yo saltando sin par voy a quedar, voy a quedar como Alí…

El reloj marcaba altas horas de la madrugada. La música sonaba a todo volumen. Con un micrófono imaginario en mano y un pogo invisible descontroladamente despreocupado a su alrededor, Martín "afrontó" su depresión. Emborrachar el corazón, como decía el tema.

Un par de temas más y llego Cuatro Ebrios, de la Bersuit, trayendo consigo un par de esa canciones de grosísimos artistas pero que tiraban un poco para abajo, que rápidamente se combinaron con el efecto depresivo del alcohol transformando toda su euforia en pensamientos psicópatas con poco sentido causados por la tristeza.

Agotado y tirado en el sofá, una frase de Cuatro Ebrios ocupo su mente hasta que logro conciliar el sueño.

"No hay nada… lo amás… no hay nada, no queda nada…"