Disclamer: Fullmetal Alchemist y todas sus situaciones y personajes son propiedad de Hiromu Arakawa. Hago esto sin fines de lucro y por propia voluntad.

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Seremos libres

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Boca arriba y desnudo, extendía los brazos en cruz sobre las sábanas, mirando el techo. Se mordía la boca para que no se obviase en el silencio sepulcral de la habitación compartida la respiración aún afanosa de sus pulmones, el sudor resbalando por la piel y el frío de la noche perlando su cuerpo. No sabía –o prefería no querer saber– cómo habían llegado a ese punto, le importaba demasiado para evitar pensar en ello un momento. Pero hubo un instante en que no se detuvo a pensar, cuando se desató la pasión y no eran conscientes de las consecuencias, el tiempo en que cada segundo antes de besarla evadió preguntarse y reprocharse porqué estaba destruyendo la distancia impuesta.

Por qué lo permitían.

Por qué accedían.

Por qué no se detenían.

Pero no ahora. Ya no eran dueños de sí mismos. Ahora necesitaba de ese dolor común y esa rabia para poder seguir. Necesitaba un mordisco de amargura y el roce de sus dedos femeninos en la espalda. Ahora, más que antes, sabía que la necesitaba junto a él. Mantenía los ojos dilatados en el techo, mirando sin ver, obstinado, empeñado, caprichoso como un niño en no reflejar la tensión que se manifestaba en cada una de sus facciones. Empecinado en no sentir. Ojos que no ven…

Riza terminó de subirse la cremallera de la falda, con los labios relajados. El labial que los había cubierto se hallaba perdido en algún rincón de la almohada. En silencio, recogió la blusa del suelo y se la pasó por los brazos. El roce de la tela la hizo estremecerse, y en lo más íntimo se preguntó una vez más por qué no se había negado. No quiso pensar demasiado en la respuesta.

Quiso saber qué hacer cuando has perdido el control de tus instintos.

Se abrochó el último botón. Desde hace mucho supo que se había convertido en una dependiente, a penas ahora reparó en ello. Tenía la molesta costumbre de necesitar esa clase de cosas que se vuelven contra ti. Cada instante junto a él esa noche se envenenaban mutuamente, entre las lágrimas que escapan en forma de gemidos y las caricias que se hunden en la carne como cicatrices. Su forma de dar libertad al dolor. No hay otra. Nunca la hubo.

Había vendido su voluntad al diablo. En realidad, desde que decidió seguirlo hasta el mismo infierno, lo hizo. Habían roto las reglas y ahora su relación se había tornado clandestina.

Se frotó la mejilla antes de ponerse los zapatos.

Las pisadas se alejaban de la cama, como marcando el ritmo al que se abría el abismo entre los dos. Demasiado rápido. Ella posó la mano en la puerta y él giró la cabeza hacia el otro lado. La templanza que se mantenía firme en el espacio que los separaba, quemaba.

—Seremos libres —musitó en el último minuto. Una justificación vana, inútil, cliché por absurda, que los salvaría de consumirse en la culpa. Riza bajó las pestañas, cerrando los ojos como si hubiese sentido un golpe seco en el pecho.

—Hace tiempo que dejamos de serlo.

Cerró la puerta tras ella y apoyó su espalda, sin llorar. Sólo murmuró que había olvidado algunos documentos en el sofá. Afuera llovía, pero hacía tiempo que había dejado de sentir frío en el cuerpo.

Seremos libres.

Alguna vez lo serían, tenía la esperanza y se aferraba a ella como un náufrago a una tabla de madera en medio del océano. No se verían atados por aquella ley y sus prejuicios. Se sentirán libres de verdad.

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Notas finales: Hola. Lamento haber tardado tanto en actualizar, dispongo de poco tiempo a pesar de contar con los tres capítulos ya escritos.

Bueno, se preguntarán dónde está la justificación a esta terrible falta a la ley antifraternización, las circunstancias que propiciaron esto, ¿verdad? Pues aquí no la van a encontrar, está escrito pero pienso publicarlo como un one-shot en algún momento. Espero que esto sea creíble y que esté, aunque sea un poco, acorde con sus personalidades.

Gracias por pasarse.