El Sirenito
Serie: Yu Gi Oh! (Universo Alterno)
Yakumo Kaiba Eiri
Nota: Los personajes de Yu Gi Oh! no me pertenecen. Solo los utilizo como forma de entretención para mí y para las personas que leerán esto. La historia está completamente inspirada tanto en el cuento de Hans Cristien Andersen "La Sirenita" como en la adaptación cinematográfica de Disney.
Esta es la re adaptación de un fic antiguo escrito por mi misma, por lo que, a pesar de estar un poco mejor redactado, es lo más ñoño y predecible del mundo. Ojalá les guste de todas formas. Sin más preámbulo, el capítulo.
El Sirenito
Yakumo Kaiba Eiri
Capítulo 2
Luego de la ligera merienda con su hermano menor y su hermanastro, el joven de cabellos castaños se dirigió rumbo a la habitación que servía de despacho para su padrastro. Sus botas resonaban por el marfil del suelo creando un desalentador eco en toda la mansión, mientras una ilusión de claustrofobia comenzaba a imponerse en su pecho teniendo que borrar la sonrisa que siempre le dejaba su hermano Mokuba.
Acercarse a esa habitación siempre eran malas noticias para él. Quizás debía agradecerle el que le hubiese adoptado a él y a su hermano, sin embargo ese hombre, Gozaburo Kaiba, había sido cualquier cosa menos un padre para él.
Lo poco de sonrisa que había quedado en su expresión fue borrada del todo cuando se encontró ante la excesivamente elegante puerta, colocando la mirada más fría y dura que pudo poner, tal y como le gustaba a ese hombre que le esperaba. Su mano tocó firmemente la madera mientras esperaba la invitación a pasar, proveniente de la horrible voz de su padrastro.
Cuando por fin entró, Seto paseó su mirada zafiro por toda la estancia, repasando cada uno de los detalles, las cortinas ligeramente corridas oscureciendo la habitación, la botella de Whiskey a medias, y los papeles y plumas usadas del escritorio. Sus pasos le dejaron justamente frente a aquel escritorio, tras el cual se encontraba el hombre de ojos grises y cabellos negros encanecidos quien observaba una carta sin leerla, más que nada como una excusa para no mirarle, supuso el joven.
—¿Me necesitaba?
Su voz era fría y dura, sin rastro de la personalidad suave y cariñosa que solo se permitía con su hermano menor. Este Seto era una estatua de sal y cal, formada a costa de duro entrenamiento y aún más duros castigos de parte de Gozaburo Kaiba, en búsqueda del perfecto heredero.
El hombre solo le indicó que se sentase, sin observarle hasta que el menor le obedeció sin resistencia alguna.
—Creo que sabes para que te llamé. Lo hemos conversado y…
—No.
Un silencio gélido invadió el despacho mientras la mirada gris y la azul se clavaban la una en la otra. Era prácticamente imposible decir cual destilaba más odio.
—Lo harás. Es tu prometida y te casarás en la fecha acordada.
—No lo haré. Tú acordaste eso, yo jamás lo acepté. ¿Mi prometida? Al diablo con eso, ve tú como arreglártelas.
Con la furia en las venas Seto se puso de pie girándose sin darle una mirada más a ese hombre, caminando en rápidas zancadas hacia la puerta, sin embargo se detuvo de golpe mientras su mano tomaba el pomo de plata a causa de las palabras de su padrastro.
—Si no te casas tú, será Mokuba.
Con una rapidez inhumana el más joven volvió al escritorio golpeando con las palmas la madera, mirando con odio a Gozaburo.
— ¡NO TE ATREVERÁS! ¡Solo tiene 14 años!
La sonrisa calmada del hombre contrastaba con su mirada furiosa. Seto le conocía, le conocía bien, y supo que le había atrapado. Sus ojos se cerraron con rabia mientras golpeaba de nuevo la mesa, esta vez con los puños, impulsándose hacia atrás negando con la cabeza.
No había solución, tendría que obedecer.
Girándose nuevamente caminó hacia la puerta, mucho más lento que antes, con el peso de saberse acorralado. El recordatorio del baile del Rey en el Palacio Real de la semana siguiente solo pudo ponerle de peor humor, azotando con rabia la pesada puerta del despacho ajeno.
—Muérete pronto —murmuró mirando de reojo la puerta, mientras caminaba rumbo a su habitación, comenzando a pensar en como explicarle a su hermano que pronto iba a tener que casarse.
La mirada castaña del príncipe Ryou estaba completamente maravillada mientras sus tres hermanos le observaban formando un pequeño triángulo de protección a su alrededor. Los labios del peliblanco se movían levemente como intentando formar palabras pero sin saber como describir lo que sentía.
Una corriente de aire revolvió su húmedo cabello y él solo pudo soltar un sollozo de felicidad, sin poder creerlo aún. Era tan… tan…
—… hermoso— murmuró mirando alrededor, mientras sus hermanos le observaban con cariño.
Ryou se encontraba sentado sobre una roca cubierta de musgo y pequeños crustáceos que se ocultaban en sus madrigueras, el sol de la tarde acariciaba su pálida piel mientras sus largos cabellos eran agitados por el viento.
Las gaviotas, amables y graciosas, volaban a su alrededor, como fascinadas por algo en él, haciendo que el joven príncipe sonriera ampliamente moviendo con suavidad su cola de pez que enviaba destellos plateados ante cada movimiento.
Era aún mejor de lo que podría haber imaginado nunca.
Apoyados en la roca, con medio cuerpo dentro del mar, los tres hermanos le observaban con atención, sintiendo sus corazones felices ante la alegría ajena. Los tres habían visitado la superficie más de una vez (Joey lo hacía cada dos días, mínimo), sin embargo estaban seguros de que ninguno habían tenido jamás la expresión llena de éxtasis como la de Ryou, quien había pensado toda su vida que jamás podría experimentar aquello.
Yugi, un poco más cuidadoso, observaba hacia la orilla, preocupado de que alguien pudiese verles, aunque Joey le había jurado que esa era una playa abandonada. Esperaba que su hermano mayor estuviese en lo cierto, ya que era suficientemente peligroso por si mismo el haber dejado a Ryou salir a la superficie, como para que además les descubriesen.
En medio de su felicidad, Ryou se recostó por completo en la roca con los ojos cerrados dejando que su cuerpo se bañase en los deliciosos rayos de sol, sintiendo el contraste con la frialdad de las gotas que las olas le salpicaban. Se sentía tan bien que el solo pensar que debía volver al fondo marino hacía que se entristeciese.
—Me quedaría recostado aquí para siempre —susurró moviendo su cola suavemente, sin embargo algo le jaló haciéndole resbalar en el musgo hasta caer en el agua con un fuerte chapoteo— ¡Joey!
Los tres príncipes rieron del puchero de su hermano menor, mientras Joey, ignorando los reclamos, solo cogió su mano jalándole con la mirada brillante.
—Aún tienes mucho que ver.
Mientras hacían una carrera tratando de alcanzar a Marik, quien era el más rápido de los cuatro, los tritones fueron acercándose a la costa entre risas y chapoteos cuando de pronto unas voces interrumpieron el silencio de la playa.
Con las expresiones asustadas todos se apresuraron a ocultarse entre las rocas, aunque Ryou solo quería poder ver a aquellas personas tan extrañas de las que sus hermanos siempre hablaban, aquellos que no poseían cola sino dos piernas.
Cuidando de que ninguno de sus hermanos lo notase, comenzó a nadar entre las rocas, acercándose más y más a la orilla, sin embargo no alcanzó a llegar muy lejos, porque Joey se apretó contra él con los ojos entrecerrados en advertencia. Ryou solo pudo mirarle con disculpa, dejándose apretar contra la roca, aunque de allí seguía teniendo una perfecta vista de esos dos muchachos que de pronto aparecieron en la playa.
Ambos vestían con elegancia, conversando tranquilamente mientras paseaban, moviendo las manos para complementar sus charlas. Una carcajada abandonó la garganta de uno y Ryou sintió como su corazón se aceleraba con violencia. Joey a su lado solo le dio una ojeada antes de sonreír.
—Esos son dos hombres. ¿No son hermosos? —preguntó en su oído, mientras su hermano solo pudo asentir.
¡Por que lo eran! Ambos eran altos y esbeltos, con unos ojos como rubís que resplandecían mientras reían. Uno de ellos tenía el cabello liso hasta los hombros, peinado elegantemente suelto, de tres colores, violeta, negro y rubio; mientras que el otro tenía el cabello tan blanco como el Ryou, tomado en una coleta corta. Y es en él donde la mirada del joven príncipe no podía alejarse. No podía dejar de ver esos ojos ni esa figura vestida elegantemente de negro. Era tan atractivo que sintió su garganta seca por un momento.
—Muy hermoso— murmuró finalmente Ryou, ante la mirada satisfecha de Joey.
Un poco más allá de ellos, Yugi bebía fascinado ante la imagen del elegante hombre de cabellos tricolores sin poder creer que por fin le veía de nuevo. Sus mejillas estaban sonrojadas y su corazón acelerado mientras sentía deseos de llorar. Era él sin lugar a dudas. Había pasado tanto tiempo que ya había perdido toda esperanza de volver a verle, pero allí estaba. Tan guapo y tan elegante como siempre. ¿Le recordaría? Probablemente no, pero ni siquiera ese pensamiento fue suficiente para opacar su felicidad.
Marik mientras tanto solo estaba cruzado de brazos levemente aburrido. Él no comprendía que de entretenido les encontraban a esos tontos humanos que caminaban en dos piernas. Eran aburridos, era cierto que algunos eran guapos, pero, nunca podrían acompañarlos a ver las bondades del océano, como tampoco ellos podrían acompañarlos a ellos a ver las bondades de la tierra. ¿Para qué torturarse viendo algo que jamás tendrían? Jamás entendería a sus hermanos.
Suspirando nadó un poco hacia Joey, tocando su hombro.
—Debemos volver. No podemos permitir que noten nuestra ausencia.
El rubio sabía que su hermano tenía razón, sin embargo ni Ryou ni Yugi parecían tener la menor intención de alejarse de allí. No les quedó más que jalar a sus hermanos a la fuerza, pero solo el argumento de Marik terminó de convencerles.
—Si no nos vamos ahora quizás ya no podamos volver.
Finalmente ambos menores suspiraron con tristeza, dando una última ojeada hacia la orilla, antes de sumergirse los tres de regreso a casa chapoteando un poco con las colas. Ese sonido fue suficiente para llamar la atención de uno de los muchachos, que se detuvo mirando hacia el mar.
— ¿Oíste eso, Bakura?
El tricolor observaba con el ceño fruncido hacia las rocas, tratando de ver que era lo que había escuchado. Parecía como un cuerpo que hubiese caído al agua. El peliblanco arrugó ligeramente la frente, confundido, mirando hacia la plata que lucía tranquila y clara.
— ¿Qué cosa, Atemu?
Luego de unos segundos más, finalmente el otro se convenció de que solamente debía haber sido su imaginación, negando con la cabeza, por lo que el peliblanco asintió y continuó lo que hablaba, gesticulando con las manos.
—Pues eso. Ahora tengo que escoger una maldita esposa y tengo un maldito límite de tiempo. Cada vez que lo pienso me dan ganas de tomar a mi maldito caballo que irme de este maldito lugar, maldita sea.
—Deja de maldecir tanto. No sé porque te quejas, sabes que es tu obligación como príncipe. Deberías agradecer que te dan a escoger —medio bufó pateando una concha—. Recuerda que a Kaiba le están obligando, y eso que solo es un Duque.
Los labios fruncidos de Bakura decían muchísimo, pero Atemu prefirió aguardar que hablase antes de sacar conclusiones apresuradas. Después de todo, a él tampoco le caía del todo bien el ojiazul, a pesar de que su hermano menor era un encanto. Kaiba era demasiado parecido a su padrastro.
—Kaiba no es ningún santo de mi devoción, sin embargo el Duque Gozaburo es un…
—Bakura.
—¡Pues lo es! No debería obligarle, ¿en qué siglo estamos? Los matrimonios acordados están completamente pasados de moda, maldición.
—Kaiba será lo que es, pero es nuestro primo, y no se merece eso —aceptó Atemu mientras masajeaba el puente de su nariz como cansado del tema. No era la primera vez que llegaban a él.
El peliblanco lucía ligeramente serio, como pensativo, hasta que finalmente tronó los dedos.
—Ya sé que haré. Le diré a mi madre. Seguro que ella puede convencer a Gozaburo, ya sabes como es. Al menos conseguir que le permita a Kaiba escoger, aunque sea en el mismo periodo de tiempo. Es una buena idea ¿o no?
Atemu lucía ligeramente sorprendido, pero se cruzó de brazos arqueando una ceja mientras sonreía algo divertido al mismo tiempo que retomaban el camino hacia el palacio de Bakura. Allí había gato encerrado.
—¿Y por qué el acto de caridad?
—¿Por qué no? Casarse con esa cotorra no se lo deseo ni siquiera a él.
Ambos primos se rieron mientras Atemu negaba con la cabeza.
—Que cruel eres con ella, pobrecilla.
Sin embargo no le desmintió.
Continuará
Muchas gracias por leer y especialmente gracias a 3liiza luniita quien se dio un momento para comentarme! Recuerden que cada uno de sus reviews alegra mi día como no se imaginan. Espero que les guste como va avanzando la historia y les prometo más acción pronto. ¡Besos!
