Disclaimer: Kannazuki no Miko, así como los personajes de Vocaloid, no son de mi propiedad. Esto es sólo un poco de entretenimiento sin lucros.
Capítulo II
Paraiba* y Tanzanita*
La carrera era alocada, las ropas se azotaban al viento y las monturas resoplaban, manteniendo el alto ritmo. No era fácil son esos jinetes. A la indicación de un silbido, el fiero perro moteado salio disparado, arremetiendo contra el jabalí que perseguían. Se le lanzó de flanco, intentando alcanzar el cuello, pero pegó contra la paletilla sólo consiguiendo quitarle agilidad y velocidad a la carrera, los jinetes tuvieron que maniobrar para que los caballos no se le fueran encima a su valiosa presa y a su aún más valiosa mascota. Uno de ellos, decidiendo que ya había sido bastante, preparó su arco, pero el perro estaba furioso por haber perdido la oportunidad y de nuevo cargo contra el jabalí, esta vez alcanzó a morder un poco detras del cuello, haciendo que ambos animales rodaran, pero el perro no soltó su presa.
El jabalí gruñía como loco, sacudiendo el cuerpo de un lado a otro como poseído, queriendo quitarse de encima ese lastre. El perro no cedía, y mordiendo y masticando al mismo tiempo, se abría paso lentamente con sus grandes y cuadradas mandíbulas hacia el punto donde la vida corría más vulnerable, sin hacer caso de los golpes y las heridas que los colmillos de tan salvaje rival le habían abierto antes. Iba dejando un rastro de saliva, la sangre escurría por entre sus colmillos, y el frenesí de matar o morir lo llenaba. Cuando sus amos llegaron a donde estaba, guiados por el escándalo, el jabalí ya tenía los ojos vidriosos, pues la presión ya casi no lo dejaba respirar aunque su gruesa piel lo hubiera protegido de un daño más grave, el perro les movió alegremente el rabo mientras no dejaba de gruñir. Acabaron rápidamente con la agonía de la presa.
- ¿Aún falta mucho? – Estaba muy quejumbroso. Las montañas no habían sido amables con ellos en su viaje de cacería, aún estaban al pie de la montaña Or, en el oeste.
- Pues si continuas así, nos quedaremos por aquí otro siglo… -
- No tienes por qué ser tan simpatico – Refunfuñó, enojado y aburrido sobre el caballo zaino*. Siguieron en silencio otro rato -¡Eh, vamos! ¡Una carrera! – y salió disparado por detrás del otro, que sonrió ante el reto.
- ¡Aunque hagas trampa te ganaré! – Su rostro cobró vida ante la competencia. Por lo general, era el serio, el tranquilo, el frío, el maduro… el hermano mayor.
- ¡Apuesto a eso! – Pensó un segundo; el divertido, el arriesgado, el más humano, el hermano menor - ¡Una semana de trabajo! –
- Ahora menos perderé, tortuga –
- ¡Ey! ¡Espera! – Ahora el que salió disparado desde detrás fue otro.
Siguieron jugando y sin poner cuidado hasta que sus monturas resoplaron cansadas. Cayó la helada noche. Acampando entre rocas y arboles, el perdedor, preparó la cena, por supuesto, el hermano menor. La insulsa cena eran los restos de la primer presa de caza que lograron. Ese era su tiempo de caza, hasta que durara la primer pieza, todas las demás eran para vender y no tenían que tocarlas, y para no cargar tanto, ocupaban la primer pieza para comer.
- No es justo. Deberías ayudarme si quieres comer algo – Estaba hincado al pie de la fogata, cuidando la carne. Ya habían atendido las heridas del perro, que se deleitaba con la cabeza del jabalí.
- Lo siento, hermanito – Lo ultimo lo dijo en un tono de burla y suficiencia que incendiaron al otro. Bostezó recargado en la silla de montar como almohada – Fuiste tú el que apostó y perdió – su mirar violeta destelló tranquilo al fuego.
- La próxima vez no tendrás tanta suerte… ¡Ah! – Quizá su amenaza habría hecho algún impacto, si al final no se hubiera estado quemando por voltear. El mayor sólo se carcajeó.
- Eres todo un experto ¿verdad? – No podía parar de reir.
- ¡Tú eres un…! – Nunca lo sabremos por que se le echó encima y comenzaron a pelear. O más bien, el "pequeño" comenzó a pelear, el otro simplemente se reía, esquivaba los golpes y lo hacía rodar para quedar sobre él. Volvían a empezar cuando lograba zafarse. Su canino compañero les hacía bulla ladrando y lanzandoles juguetones mordiscos al aire.
Cuando terminaron, la cena era carbón. El mayor sentado sobre la espalda del menor, quien aún pataleaba y le decía que se quitara y peleara limpio.
- Ahora puedes estar contento. Ninguno cenará nada – Molesto, suspiró y se acomodó el cabello con aire resignado – Limpia todo y duérmete – Acaricio al perro, envidiando que él sí había podido comer.
- Claro, "señor". Si pudiera levantarme… - Aburrido, se levantó para poder acomodarse y dormir. Una pieza de cuero sin curtir como colchón y la silla de almohada. La manta era para su caballo, en esas montañas siempre hacía más frío que el normal. El perro se acomodó hecho casi una bola al lado de su amo.
Vestía una chaqueta ceñida por correas al bien dado torso y la parte superior de los brazos. Hombros anchos, cintura estrecha, brazos y piernas poderosas, elegantes. Después, la chaqueta bajaba larga hasta casi el suelo por atrás, casi sin tocar el frente de las piernas, de gruesa y resistente tela. A ésta misma, en los antebrazos, se afianzaban con más broches unas gruesas placas de metal, acolchadas con cuero por dentro. Unas hombreras de metal también se agarraban con broches a la chaqueta, sobresalían un poco de los hombros y unidas a ellas, con malla metálica, bajaban protectores con forma de pectorales al pecho. El cuello era alto y ancho, se levantaba hasta su barbilla lampiña.
El pantalón ceñido y recto entraba en las botas con ligero tacón, que le llegaban hasta las rodillas, y justo en ese borde se abrochaban unas protuberancias de tres afilados picos, que le protegían las rodillas y hacían juego con las hombreras. La camisa debajo de la chaqueta era de seda lila. El pantalón y las correas eran purpuras, la chaqueta y las botas eran blancas. Las protecciones brillaban bien pulidas, aunque estaban gastadas y arañadas.
Se quitó la funda negra donde descansaba su sable, en su espalda. La empuñadura estaba adornada con una piedra negra en la parte de abajo. También se desenfundó de todo lo de metal y las botas. Su largo cabello morado estaba amarrado en una media coleta. Se acostó, le dio la espalda y se durmió.
Rumiando, el de cabello azul primero limpió lo que hubo quemado y a los caballos. Su indumentaria era muy distinta. Una cazadora gruesa blanca, de cuello alto y también con capucha, hecha con la piel de un lobo. Una bufanda gruesa protegía su cuello, enredada debajo de la cazadora. Sus pantalones eran ajustados en los muslos por un par de correas en cada uno, pero conforme bajaban se hacían más holgados, para descansar muy abiertos sobre los zapatos más de trabajo y deportivos que los de su hermano. Unos guantes de cuero negro, que casi no le cubrían los dedos, le protegían las manos al tiempo que le servían para pelear, pues tenían incrustaciones de la misma piedra negra en cada nudillo y una plancha de metal en el dorso. En las palmas, doble capa de tela.
La polera de cuero debajo de la cazadora, que se abrochaba con correas desde el cuello hasta la cintura, tenía un sinfín de remaches de metal, que se entretejían casi como escamas pequeñas. Debajo, la camisa de seda azul. Las correas y el pantalón eran azul eléctrico, como los bordes de la cazadora. También portaba sus armas en su espalda, dos espadas gemelas de doble filo, de apenas medio metro, pero con la empuñadura muy larga y también adornada con una piedra, pero éstas eran de un rosa muy intenso, puestas donde se unían la hoja y la empuñadura. Una de las espadas se extraía pasando la mano sobre el hombro, mientras que la otra se desenfundaba desde abajo. Al fin pudo dormir, pero él si uso la manta.
Les había ido bien, los caballos estaban cargados hasta el tope. Comerciaban con las pieles y la carne de lo que sea que capturaran. El negocio familiar. Era duro, pero les gustaba, casi siempre estaban en los bosques y montañas, su madre y padre eran los que se encargaban de la venta, además tenían una pequeña huerta.
No tenían mayores preocupaciones.
Al otro día, se levantaron temprano. Pero no había ya tampoco desayuno. El pelimorado iba malhumorado, sólo le había lanzado a su hermano una fría mirada y con eso supo que hoy no estaba para juegos ni bromas. Ambos trataban de no pensar mucho en sus estómagos vacíos y cantantes. Avanzaban en silencio, al trote, para la ciudad. Su hogar estaba ahí, un poco a las afueras. Sigfra, la ciudad, estaba ya a sólo 60km. Si cabalgaban todo el día llegarían al anochecer.
Nunca esperaron encontrarse con lo que ahí había... o mejor, con lo que no había. No encontrarse con nada.
Bueno, siento mucho el cap, la verdad no acaba de convencerme, pero no podía meter ya nada más, pues sólo era intención de presentar a los personajes. ¿Alguien adivina quiénes son? jeje
Sin embargo, el siguiente capitulo ya está avanzado y promete que les va a interesar, pues Himeko hace su aparición en escena. Su historia es un poco más complicada.
Muchas gracias por los reviews. Prometo que los siguientes caps no serán tan ligeros como éste.
"Sólo dentro de la Oscuridad, la Luz puede brillar con toda su intensidad, convirtiendo todo en Sombras"
MoonAssasyn
Adelantos...
- No podemos quedarnos, Himeko -
- Pero... tu casa -
- No importa. Ellos no te harán nada - Dijo con determinación en la mirada.
*La Paraiba es sólo una de las distintas variaciones de color de la turmalina, de azul claro y limpio, que a veces puede ser casi de neón.
*La Tanzanita es una piedra semipreciosa, cuyo color es únicamente un azul violáceo uniforme. Actualmente se extrae sólo en Tanzania.
*Zaino: caballo castaño oscuro, sin otros colores.
