A la luz
de aquella luna
fue que yo
te conocí
Bajo el sol
del bello cielo
al fin
gané tu amor
Más allá
del firmamento
mis alas
extendí
Prometí
al cielo de Gaea
amarte
hasta el fin
Para mí
la eternidad
es tu
mirada azul
Y no hay
sueño que exista
que no
me lleve a ti...
"El cielo de Gaea" Canción Popular de la época de la Primera Gran Guerra de Gaea.
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Gaea, Mar del Sur. Año del Cristal sobre el Sureste, treinta y cuatro de Púrpura, medianoche.
─Esa canción pasó de moda hace años, Syil.
El joven contramaestre del Zaphire, la nave insignia de la flota guerrera del Príncipe de Asturia, guardó silencio; aunque sonrió con descaro al percatarse de que, una vez, más había conseguido, sin proponérselo, enfurecer al mismísimo Lord Dryden, el comandante de la expedición.
Su sonrisa se amplió cuando el resto de los títulos del Lord surgió en su memoria, recordándole que Dryden no sólo era su jefe máximo, sino también el dueño de la flota expedicionaria; noble por nacimiento, inmensamente rico y poderoso gracias a sus habilidades sobresalientes como negociante, diplomático y guerrero y, como si eso no bastara, también esposo de la Princesa Reinante de Asturia, actualmente el reino más importante del mundo de Gaea.
Sí. Dryden era el Príncipe de Asturia; y tal título por sí sólo, sin considerar su riqueza ni la misión humanitaria a la que estaba plenamente dedicado, le convertía automáticamente en el hombre más poderoso de Gaea.
Su intrigada mirada persiguió al Lord mientras éste avanzaba a paso perezoso por la cubierta del Zaphire contemplando más allá de las tenues luces de cubierta hacia el brillante reflejo de la Luna Mística que destacaba en las oscuras aguas del Mar del Sur. La sonrisa se borró del apuesto rostro del contramaestre y casi se le escapó un suspiro de frustración al comprender que la noche no iba a mejorar. Dryden tenía esa extraña expresión que pocas veces solía mostrar, una que hablaba de añoranza, dolor e impotencia y, al mismo tiempo, de determinación.
El oficial hizo un mohín, pensando en un silencio resentido, que la injusticia era la aliada del destino en lo que al alma del Lord se refería. Y luego, lo pensó mejor y decidió enfurecerse por ambos: por él y por el Lord. Aunque no conociera mucho al Príncipe, le había servido el tiempo suficiente para reconocer la importancia de esa fecha y deducir a la perfección el motivo de aquel melancólico paseo nocturno. Lord Dryden, Syil y cada hombre con vida en cada una de las doscientas cincuenta naves asturianas llevaban puntualmente la cuenta de los días de su exilio.
Doscientas grandes lunas.
Doscientas grandes lunas lejos del Reino de Asturia, vagando por la Gaea recién liberada de la tiranía de Zaibach, llegando hasta donde nadie había soñado llegar, conociendo regiones y lenguas que nadie imaginaba siquiera que existiesen. Doscientas grandes lunas de lucha y esfuerzo para convertir una expedición de sólo diez naves en la fuerza bélica y comercial más poderosa del planeta con doscientas cincuenta naves a su disposición, incluida una fortaleza flotante y una división especial de los nuevos juguetes del Clan Ispano, los Melefs Dragón. Doscientas grandes lunas de ser los ojos y oídos de Asturia; el alma, la voz y la imagen de un pueblo orgulloso de su valentía.
Doscientas grandes lunas.
Doscientas grandes lunas de estupidez máxima, de librar una lucha sin sentido, de esfuerzos inútiles por evitar que la cruenta guerra se propagara hasta los Territorios del Norte, de agotadoras misiones diplomáticas que no producían más que nuevos enfrentamientos y propiciaban rupturas y alianzas políticas que estallaban dejando a su paso dolor, desolación y muerte. Años de soledad, de peligro constante, de conversaciones con la muerte.
Doscientas grandes lunas
Demasiados intentos fallidos de forjar un sueño: el sueño de una Gaea libre y próspera; de una Gaea amada, cuidada y, cual bella escultura, labrada con el amor de sus hijos. Días y noches de entrega a los otros, de dar la vida para cumplir una sola promesa y, así, honrar una aún más importante; la única que valía para Lord Dryden: convertir a Gaea en un mundo hermoso para su reina, la Princesa Millerna.
Por lo que a Dryden se refería, salvar Gaea era el camino más corto al corazón de Millerna.
No es que el joven Syil contara con la confianza de su comandante supremo para conocer tal cosa, no; de ello no podía alardear ningún oficial entre los miles que conformaban el ejército del Príncipe. No obstante, sin ánimo de exagerar, toda la flota conocía de sobra el objetivo principal de Su Alteza; y más de alguno había dudado de su cordura. No eran pocos los que reprobaban que el Lord fuera tan extravagante respecto a sus sentimientos, aunque tampoco podían culparlo, pues el consenso popular le había otorgado a la princesa el título de la mujer más bella de Asturia.
Sin embargo. Si alguien le hubiera preguntado a Syil su opinión al respecto, éste hubiera estado en franco desacuerdo con todos, pues la princesa no era una dama que gozara de su simpatía. En lo que a Syil se refería, ella era una ingrata y una soberbia que no merecía ni uno sólo de los pensamientos que el Lord le dedicaba. Aunque pareciera extraño, la animosidad de Syil estaba plenamente justificada, puesto que él había tenido el dudoso privilegio de acompañar al Lord a una entrevista con Sir Allen Schezar, el emisario personal de la Princesa, en la única ocasión en que ésta se dignó enviar un mensaje a su esposo.
Sin proponérselo, y debido a que Syil era el guardaespaldas asignado al Príncipe en esa ocasión, había escuchado fragmentos de la conversación entre el emisario y el Lord. Fueron palabras confusas, pronunciadas con tono resentido, cargadas de significado y animosidad que provocaron la intempestiva salida del emisario y la furia del Príncipe. Palabras misteriosas que, cual piezas de un rompecabezas, con el transcurso del tiempo y con la lucidez mental que da la reflexión durante las monótonas horas de navegación, Syil acabó por embonar.
Traición.
Por lo que dedujo de la acalorada conversación entre su señor y el Caballero del Cielo, Lord Dryden había contraído matrimonio con la hija menor del rey de Asturia y nadie con un poco de inteligencia imaginó que el asunto fuera otra cosa que una alianza estratégica entre el reino de Asturia y uno de sus nobles con mayor riqueza. Ninguna persona dudó jamás que tal unión fuera propiciada por la lealtad y el compromiso moral que los dos contrayentes sentían hacia Asturia. Y, por supuesto, a nadie, ni siquiera a la propia Princesa, se le ocurrió pensar que Lord Dryden estaba enamorado de ella. Zaibach atacó a Asturia durante la boda y exigió la entrega de una refugiada largo tiempo buscada por su ejército. Y en el transcurso de ésta batalla Lord Dryden se enteró de que su recién adquirida esposa estaba enamorada de alguien más. Tal hombre no era otro que el mismísimo Allen Schezar, Caballero del Cielo.
Syil deseaba que el fuego de Zaibach lloviera sobre esos dos y librara al Príncipe del embrujo de la hermosa pero perversa princesa de Asturia, a quien no le importó dejar ir a su esposo, pero conservó a su lado al Caballero del Cielo y lo ascendió a comandante supremo de la Guardia Real, el máximo honor a que un soldado podía aspirar.
Después de la Primera Gran Guerra de Gaea. Tras derrotar a las fuerzas de Zaibach, Lord Dryden dejó Asturia para emprender una misión humanitaria y diplomática por los territorios de Gaea, dejando a su esposa a escasas semanas de haber contraído matrimonio. Los meses pasaron y tanto la faz de Gaea como la posición de Asturia en el escenario post-conflicto comenzaron a cambiar. Hubo alianzas estratégicas con los reinos vecinos, se restauraron relaciones de cordialidad perdidas durante el conflicto con Zybach; y Asturia, en la persona de Lord Dryden, se convirtió en sinónimo de paz y esperanza para los reinos más pobres y apartados.
Syil volvió a pensar en la injusticia: porque injusto era que mientras la princesa descansaba entre sábanas de seda, el Príncipe y su gente arriesgaran la vida para complacerla; injusto era que Millerna contemplara la gran luna brillando sobre el mar de la pacífica Palas mientras el Lord lo hacía en el Mar más lúgubre y peligroso del planeta e, injusto por sobre todas las cosas era que el corazón del Lord viviera gracias a una ilusión que lentamente lo estaba consumiendo, mientras ella lo convertía en el hazmerreír de todo Asturia.
Doscientas grandes lunas; mismas durante las cuales, aparte del renombrado y repudiado Caballero del Cielo, quien se despidió en términos nada cordiales del Príncipe, ningún emisario de la Casa Real de Asturia se había presentado ante el Lord.
Nada. Ni siquiera una nota. Ningún saludo, ninguna petición, ninguna felicitación o agradecimiento que hicieran pensar que la Princesa de Asturia estaba complacida o tan siquiera al tanto del trabajo del Príncipe.
Syil sabía mejor que nadie que ese ominoso silencio le resultaba por demás frustrante a su comandante supremo, quien enviaba puntualmente todos los meses a su mejor oficial con el reporte correspondiente debidamente sellado y un presente para la Princesa. Syil todavía recordaba el último obsequio: un pequeño minash color plata, juguetón y terriblemente travieso que le había costado al Lord por lo menos el cargamento de una nave. Sencillamente el oficial de alto rango no entendía que podía tener de valiosa una fiera tan exasperante; y tampoco entendía porqué el Lord no se daba por vencido y decidía olvidarse, de una vez y para siempre, de esa mujer.
A menudo pensaba que los días de aventurarse en nuevos territorios terminarían de inmediato si la Princesa Millerna enviara tan sólo un emisario con un pergamino en blanco; tan desesperado estaba el Lord. Más aún: Syil estaba seguro de que si alguna impresión de los emisarios tras relatar su encuentro con la Princesa hubiera resultado lo más remotamente esperanzadora para el Lord, éste se encontraría ya camino a Asturia.
─¿Espiando de nuevo a Su Alteza?
Reconoció la voz al instante, y no fue fácil el evitar sobresaltarse ante ella; pese a provenir de una mujer. Con lentitud giró la cabeza intentando localizar la posición del intruso. Como lo imaginó, ella se encontraba encaramada en la baranda de la extrema izquierda de la sala del timón; casi medio cuerpo arriba de su posición y como a tres metros de distancia tras él. Como siempre, vestía atuendo masculino y el acostumbrado velo shathan que ocultaba su identidad revelando apenas el par de ojos azules más fríos que hubiera conocido. Jamás había logrado ver su rostro; ni siquiera en los combates más feroces en los cuales ella también participaba con arrojo y destreza.
─Estoy de guardia, Lady Mystique ─contestó sucintamente, sin esperanzas de recuperar la tranquilidad en un buen rato. Entre ella y el Lord habían conseguido arruinarle una de las noches más calmadas de los últimos meses.
─Ya veo ─fue la respuesta, igual de seca e impersonal que siempre. Como si no pudiera evitarlo, ella también miró al Lord, que se había alejado de ellos hacia la entrada del hangar. El viento agitaba sin misericordia la gruesa capa del Príncipe confiriéndole cierto aspecto dramático e irreal al mismo tiempo, como si se tratase de un espectro.
Sin embargo, la mujer en particular, sabía que no existía nada espectral en las emociones que en ese momento se agitaban en el pecho de Dryden. Sencillamente la realidad dolía. Y, conforme el tiempo avanzaba inexorable, marcando con precisión cada instante que permanecía lejos de Asturia, y la distancia emocional y geográfica con Millerna se acrecentaba, temía por él.
Observó de nuevo al Lord, sin permitir que sus emociones afloraran, y sus ojos se entrecerraron, pensativos. Tras un breve momento de reflexión tuvo que reconocer que su miedo no se centraba en lo que pudiera ocurrir, sino en lo que ya estaba ocurriendo, una tragedia que había comenzado desde el mismo momento en que el Príncipe había depositado el anillo del Sello Real en la mano de su esposa. ¿Podía el amor terminar algún día? Se preguntó. Suponía que sí. Sobre todo si ese amor no era correspondido y acarreaba más miseria que alegría. Dolía olvidar; pero hería más el seguir esperando lo que jamás ocurriría.
Mientras la misteriosa mujer permanecía completamente en silencio sin dar muestras de que fuera su voluntad entablar una charla de mera cortesía, Syil se permitió algo muy infrecuente: intentar resolver el enigma que planteaba la obligada presencia de esa dama y su oficial comandante, entre la élite de estrategas de la flota asturiana.
Por cuanto recordaba, ella había sido conducida a bordo por el Lord en persona, justo después de la victoria obtenida en la batalla de las Tierras Australes, misma durante la cual la armada asturiana consiguió pacificar un enorme territorio que, dividido en cinco regiones autónomas, ahora formaba parte de la Alianza Asturiana.
Esa batalla en particular había sido cruenta y prolongada. Syil estaba dispuesto a jurar ante el Sol de Oro que ningún soldado se sintió feliz en aquel horrible atardecer. Las vidas perdidas por ambos bandos llegaron a sumar millares y todas las mentes conjuraron la terrible idea de que Asturia había llevado la violencia a un territorio de por sí pobre, contradiciendo los principios de ayuda y paz que originaron la expedición.
El combate había durado más de una semana y la moral de la armada asturiana se vio mermada por el largo tiempo que los efectivos llevaban lejos de casa. Las fuerzas del Triunvirato Austral descargaron toda su furia contra los invasores y, en un golpe maestro al que aún ahora no se encontraba una explicación lógica, consiguieron derribar la nave insignia, misma que comandaba Lord Dryden, hundiéndola en el océano. Por interminables horas la flota resistió consiguiendo ganar terreno frente a sus feroces contrincantes y, al final del día, Asturia se alzó con la victoria. Una victoria amarga, puesto que creían muerto al Príncipe.
El amanecer regaló a propios y extraños una desoladora visión de llanto, muerte y destrucción; y en el alma de cada sobreviviente se grabó a fuego la certeza de que jamás consentirían participar en algo así de nuevo. Fue el principio de una hermandad que jamás conocería rival en toda Gaea. La flota asturiana pasó revista a las tropas vencidas y se aprestó a completar la operación de pacificación en el nombre de su desaparecido Príncipe. Sin embargo, una nueva amenaza surgió en el cielo amenazando la recién pactada paz.
Dryden, a quien habían dado por muerto, en realidad se encontraba a salvo, aunque prisionero, en una de las naves del ejército de las Tierras Australes. La noticia había tardado en saberse porque dicha nave no formaba parte de las tropas reconocidas, sino que luchaba con bandera Shathan, una de las tribus independientes hostiles a Asturia.
Los Shathan, enemigos jurados de Asturia, plantearon demandas imposibles de cumplir y exigieron un rescate digno de la persona de Lord Dryden. Milles, el segundo comandante al mando después del Lord, consideró la posibilidad de enviar un emisario a Asturia para que la Princesa Millerna en persona resolviera la crisis. Sin embargo, antes de que cualquier decisión pudiera concretarse, en un sorpresivo giro de los acontecimientos, la pequeña armada Shathan aceptó la oferta del Príncipe de unirse a la Flota Asturiana.
Syil hizo un mohín, como cada vez que el asunto volvía a su memoria. El Lord había prometido a los Shathan independencia total y una especie de contrato vitalicio que los liberaba de la obligación de respetar el acuerdo de paz si él llegaba a morir. Así mismo, garantizó para la comandante Mystique y sus oficiales un puesto permanente en el consejo expedicionario y, por si no bastara, el privilegio de cumplir misiones especiales de vital importancia diplomática; privilegio que antes sólo ostentaban los Caballeros del Cielo.
Fue un golpe brillante y muy bajo contra Allen Schezar, sin duda; puesto que el Príncipe Dryden consiguió un equipo formidable de negociadores y guerreros que igualaba en habilidad a los Caballeros del Cielo; situación que le colocó al par de su esposa en poder e influencia y situó a Asturia como la nación dominante por excelencia, tanto a nivel económico como bélico.
Nunca como aquélla vez Dryden estuvo tan cerca de concretar su sueño. No obstante, la alegría duró muy poco y una nueva guerra comenzó a fraguarse en las Tierras Bajas, amenazando con destruir los pequeños pero significativos logros de las naciones de la Alianza Asturiana. Dryden tomó cartas en el asunto y decidió evitar que la guerra llegara a Asturia sacrificando no sólo su poder y su derecho a gobernar Asturia, sino también su persona y los hombres bajo su mando para conformar un cerco militar estratégico que permitiera conjurar cualquier peligro contra la capital de Asturia y, si bien la mitad de los efectivos solicitó su dimisión; la otra mitad permaneció fiel al Príncipe y eligió seguirlo al exilio.
La Gaea que el Príncipe había prometido a su esposa, continuaba siendo un sueño. Y la fecha de su regreso a Palas, una utopía. No bastaban doscientas grandes lunas y otros tantos encuentros con la muerte para conmover las entrañas de una dama de hielo.
El contramaestre permaneció en resentido silencio por largo rato, ajeno a todo cuanto no fuera el susurro de la brisa y las olas estrellándose contra la nave. Se percató de que ya era de madrugada y que Lady Mystique ya no le acompañaba. No le extrañó; ella acostumbraba desaparecer en silencio. Miró hacia la cubierta y notó que, como era de esperarse, el Lord continuaba de pie en medio de la semi-oscuridad, con la mirada fija en la Luna Mística.
Syil movió la cabeza con tristeza y se retiró al extremo opuesto de la embarcación, concediéndole al Príncipe de Asturia la privacidad que necesitaba para tranquilizar su espíritu.
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