NA: Del Título, Herman Hess – Demian.

Abril-chan, Muchas Gracias por tu review :3

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II. Por vez primera saboreé la muerte

Sintió los delicados brazos de su madre sujetarse a su débil cuello. Después de la incansable lucha contra sus parpados, sus pupilas se enfocaron en la sala de hospital. La palidez de la sala le recordaba a una cabaña arrasada por la nieve en pleno verano. Detestó el aroma.

– ¿Estás bien? ¿Puedes hablar? ¿Me reconoces?

Su madre tocaba su rostro, y encontraba su mirada cada vez que la ocasión se presentaba. Rozaba sus labios contra sus mejillas, contorneaba su mentón delicadamente y recargaba su desconcertada cara contra su pecho, en respuesta a un desesperado instinto de protección.

–Kagome.—repetía como si de un Sutra se tratase.

Aunque deseaba desesperadamente articular palabra, la ceniza que sentía en su garganta ahogaba cualquier intento. Kagome atribuyó aquella sensación a su duro enfrentamiento en la época feudal.

–Higurashi-san, por favor. Deje que su hija se despeje.

La madre de Kagome miró al médico como a un lince que intentaba profanar su guarida. Tenía razón. Se alejó de su pobre pequeña desconcertada y le miró cariñosamente. Coincidió con el turbado gesto del médico, observando a la joven, tratando de encontrarse en la recamara.

Su cabeza y pensamientos estaban enmarañados. Sintió un vacío abismal en su estomago. Parecía que su nariz a penas podía asimilar el aire que se filtraba.

–Kagome ¿Puedes escucharme?—profirió el médico, despacio y pronunciando cada silaba lentamente.

Kagome se enfureció. Ella no era ninguna retrasada ni un robot que acaba de tomar conciencia.

Quería salir de ahí, quitarse todos los aparatos de encima, gritar palabrería y media, azotar la puerta al salir; actuar de acuerdo a su distintivo carácter pero lo único que pudo hacer fue gruñir en señal de afirmación. ¿Por qué su cuerpo la traicionaba, limitándose a complacer al médico?

–Bien. Ahora, Kagome….

Se deslizó suavemente hacía arriba. Volteó hacía le ventana. Colocó sus pies en el suelo, no mostró ninguna sensación al poner las plantas en el piso frío. Parpadeo dos veces, antes de mojar sus labios. El silencio era de mausoleo, el día se detuvo para dar un bostezo, antes de continuar su vuelta hacía la noche. Kagome lloriqueó, la reacción ante el viento. Una palabra rota escapó de sus labios:

–Inuyasha.

Sôma-sensei, el médico que se había ocupado de la salud de Kagome desde el día en que había exhalado su primer aliento en el hospital, se sentó frente a ella. Si no fuera por que médicamente se declaraba viva, él juraría que tenita tanta vida como cualquier etiquetado en la morgue.

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–Kagome. ¿Qué es Inuyasha?—preguntó por enésima vez.

La respuesta, desde hacía más de dos día, era la misma. La muchacha se sentía incomoda ante ese nombre, giraba las pupilas sin brillo y declaraba secamente:

–Inu…yasha.

–Bien.—repetía afablemente. El que hablara, se quiera o no, era un avance.

Sôma pasó una mano por su nuca, cansado y desilusionado. Se paró, se adelantó hacía Kagome. Se hincó frente a ella. Sabía que estropeaba el protocolo paciente-doctor, pero si quería ayudarla, tenía que sobrepasar los límites de lo permitido.

–Kagome. ¿Qué es Inuyasha?

Partiendo de una traducción literal, Inuyasha era un perro demonio. Tal vez un doberman imaginario sería apropiado para un nombre así.

Después de un profundo y prolongado silencio, Kagome mostró una emoción angustiosa.

–Él…él está en peligro.– Peor aún, no era un animal.—Tengo que volver, él esta en peligro. Hay que ayudarlo. Tengo que regresar. Inuyasha está en peligro y tengo que ayudarlo… Tengo que regresar. En el pozo… tengo que regresar… él está en peligro.

Parloteó lo mismo. Aquello duró tres semanas. Diario, la niña decía lo mismo durante dos minutos, cada vez que escuchaba "Inuyasha" sus delicados rasgos tomaban un matiz angustioso y lo repetía.

El viernes, por fin, a las cinco de la tarde. Kagome despertó por completo. Luego de tomar conciencia de la funcionalidad de sus piernas, más allá de un soporte práctico, buscó desesperadamente la salida.

Parecía que la luz le afectaba, porque se escabullía entre las sombras. Lograron detenerla a la seis. Las enfermeras la sentaron en una salita, apartada de cualquier olor que delatara a la institución.

Más tarde llegó su madre, acompañada del médico. El gesto de Kagome cambió.

–¡Mamá! ¡Tengo que regresar! Inuyasha me necesita. Diles que me dejen ir.

Su madre se sentó ceremonialmente junto a ella, y tomó su mano delicadamente.

–Kagome, hija…– La mujer asechó al médico, pidiendo su aprobación. Él asintió.

–Mamá… ya estoy bien. Mis heridas ya sanaron. Puedo regresar a la época antigua ahora. Diles que me dejen ir.

–Kagome… ¿De qué estas hablando?

–Del pozo, mamá. —Forzó Kagome, profiriendo su secreto.– ¿Lo recuerdas, verdad?

La mujer la miró aterrada e huyó de la habitación, seguida del médico.

–No puedo hacerlo, Sôma-sensei. No puedo. No sé siquiera como explicárselo.

–Entonces, Higurashi-san, vuelva a su casa. Y regrese por ella mañana a esta hora. Estar en su casa seguro le hará bien.

Ella asintió dolidamente. Él regreso a la sala. Respiró profundamente y se sentó junto a Kagome.

–Kagome ¿Me recuerdas, verdad?

–Sí, Sôma-sensei. Pero, en serio. Estoy bien, déjeme regresar a mi casa.

–Mañana mismo regresarás a tu casa. Pero debo hablar seriamente contigo.

–Por supuesto, adelante.—contestó dócilmente.

Él le sonrió paternalmente. Pensó bien sus palabras.

–Kagome… mientras estabas… dormida ¿Qué… qué soñabas?

–Últimamente no eh soñado nada. Me lastimé pero ya me curé, es por eso que estoy aquí, ¿No es verdad? Ahora solo necesito volver a mi casa. —Kagome mintió. Obviamente ella no le contaría lo del pozo, sobre sus amigos, sobre Inuyasha y su más reciente pelea.

–Entiendo.—racionar con ella no funcionó.— Kagome, antes de regresar a tu casa… tienes que saber una cosa.

Kagome le miró desconfiada, aun así, le sonrió y aceptó su explicación.

–Hace dos años, sufriste un accidente. Caíste en el pozo que está en tu casa. El golpe que sufriste en la cabeza causó que cayeras en coma, todo este tiempo.