Abril
Casa de Kagura.
Sonido de alarma de reloj sonando.
- ¡Gin-chan! ¡Gin-chan!
- ¿Qué demonios quieres?
- ¡Me he quedado dormida!
- ¡¿Y qué quieres de mí?!
- ¡No encuentro mi bolso! ¡Si me apresuro, puedo llegar para la cuarta hora!
- ¡No sé dónde está!
- ¡Ayúdame a buscarlo!
- ¡Ni lo sueñes, aún tengo una cita pendiente con la almohada!
- ¡Ya levántate y ayúdame a buscar!
- ¡Vete ya y déjame dormir!
- ¡Mi bolso, mi bolso!
- ¿Buscabas esto, chinita?
- ¿Qué haces tú aquí, estúpido idiota?
- ¿Ah? ¿Y yo que me tomo la molestia de traértelo hasta aquí? Qué desagradecida.
- ¡No digas tonterías! ¡¿Qué demonios haces en mi casa, fisgón?! ¡¿Acaso querías espiarme mientras me bañaba?!
- Creí que los monos no se duchaban.
- ¡Idiota! ¡Claro que me baño!… una vez a la semana.
- Sucia, vuelve al zoológico ¿Quién querría espiar a un animal tan feo?
- ¡Feos los pelos de tu nariz, enano!
- ¡Mis pelos son más bonitos que tú! Apuesto a que tienen más estilos que los tuyos.
- ¿Bromeas? ¡Los míos son mejores! Mira.
- Son tan asquerosos como tus modales, fea.
Sonido de pisadas y golpes.
- ¡Así que quieres pelea, ¿eh?!
Más sonidos de pisadas y golpes.
- ¡¿Te atreves a golpear a una mujer indefensa?!
- ¿Mujer? Más bien pareces un monstruo con barba queriendo hacerse pasar por un humano. De mujer no tienes nada.
- ¡Imbécil! ¡Te mataré!
- Sí, por tu horrible olor. Báñate, asquerosa.
- Báñate, chiquilla.
- ¿Gin-chan?
- ¡Despiértate ya, mocosa! ¡Llegarás tarde!
Abrí los ojos y me levanté casi al instante, comprendiendo que solo había sido un sueño. Demonios ¿hasta allí lo veo?
Giré la cabeza y el reloj marcaba (desde hace rato) lo tarde que se me había hecho. No tuve tiempo ni siquiera de desayunar. Me vestí rápidamente con pereza y salí corriendo. Llegando a la esquina, cansada, escuché a Gin gritándome que me había olvidado el bolso en casa ¿Qué rayos? ¿Es que acaso mi sueño era una premonición? Como era tarde se ofreció a llevarme en su motocicleta; estaba tan dormida que acepté para no ir caminando y así dormir en el viaje.
- Despierta, niña. Ya llegamos. Ve y espabílate. Nos veremos en la cuarta hora.
Me bajé de mala gana y caminé hasta la entrada arrastrando los pies.
- Señorita, Kagura, ¿segundo día de clases y ya estás llegando tarde?
- Lo siento rector Hijikata, me quedé dormida.
- No es excusa. Ve a tu salón. Por esta vez lo dejaré pasar pero la próxima no será igual.
Aunque siempre dice lo mismo nunca lo cumple realmente. Solo en dos ocasiones me ha castigado y fueron porque rompí una ventana con una silla (fue un accidente, créanme) y la vez que dejé sin dientes de un tarado que se burló de mi acento.
- Por cierto, Kagura. Este año no pienso ser tan flexible contigo. Las normas para ti serán especialmente rigurosas así que te sugiero que cuides tu actitud. Comienza por llegar a tiempo al colegio y usa el uniforme ¡Ey! ¡Te estoy hablando!
No hay nada más aburrido que escuchar sus detestables sermones. Oí que fue un policía en el pasado y salió herido en una misión, por lo que no pudo seguir en servicio. Quizá por eso se comporta como un amante seguidor de la ley. Pero lo que no me explico es por qué diablos está en el mísero puesto de un ordinario rector si podría vivir tranquilamente de la pensión de un policía retirado. Supongo que porque disfruta hacer sufrir a los alumnos.
En fin, sin ánimos de escucharlo sermonearme como siempre, me largué antes de que terminara de hablar. Me acerqué despacio y, con el mayor silencio posible, abrí la puerta tratando de escabullirme en la clase.
- Kagura. Qué bueno que nos honras con tu presencia ¿quieres hacernos el favor de sentarte en tu lugar sin hacer ruido? –me dijo la profesora aún de espaldas a los alumnos mientras escribía en la pizarra.
- ¿Cómo rayos me viste, Tsuki-chan? –dije tratando de esquivar sin éxito una tiza que me había lanzado y me fue a dar directo en la cabeza.
- ¡No te tomes tantas libertades conmigo, malcriada! ¡Soy PROFESORA TSUKUYO para ti y para todos! ¿Entendiste?
- Auch. Está bien –contesté sobándome la cabeza.
- Qué vergüenza ¿llegando tarde tan pronto? Apenas comienza el año ¿No podrías esperarte hasta la semana que viene al menos? –se burló "mi querido" nuevo compañero.
El muy idiota me miraba con su cara de nada por debajo de un antifaz rojo que tenía dibujado en él dos ojos. Se lo levantó apenas para observar el espectáculo ¿y yo era la desvergonzada?
- ¡¿Y tú qué rayos crees que haces con eso en la cara?! ¡Tsuki-chan!
La mirada asesina de Tsukuyo me hizo retractarme de mis palabras.
- Quise decir, Tsukuyo-sensei. Este novato de aquí está durmiendo en clases.
- ¡Maldita traidora, cierra la boca!
- ¡Ciérrala tú, chihuahua delincuente!
- ¡Peste maloliente!
Esto último me hizo recordar a mi sueño. Me había dicho fea, animal, que soy poco femenina (no sé de dónde lo habrá sacado). Me enfurecí tanto que sin pensarlo le regalé una dulce caricia a su "perfecta" nariz. No tardó mucho para empezar a sangrar como un río.
- ¡Tus pelos no se ven tan bonitos ahora, idiota!
Su reacción no se hizo esperar después de caer al suelo empujando dos o tres mesas y me lanzó a la cara una botella de refresco (bueno, parece que además de dormir también bebía en clase). Me pegó en la frente y me resbalé con un bolígrafo o con un borrador, no me acuerdo. Lo cierto era que había caído y él se abalanzaba sombre mí. Una patada en la tibia lo hizo poner en su lugar otra vez haciéndolo saltar en un pie por el dolor.
- ¡Maldita p***!
- ¡Estúpido h*** ** ****! –después de tan bella poesía dedicada a una flor como yo, le devolví gustosamente el alago.
Creo que lo que sobrevoló después sobre mi cabeza fue una silla. No me rompí nada, por fortuna, pero Jhony no tuvo la misma suerte. El pobre estaba a mi lado con los ojos cerrados mintiéndose a sí mismo de que esto no era real. Qué tonto. Creo que quedó traumado después del "tratamiento dental" que le di el año pasado.
Como no me podía quedar atrás, aplasté la despreciable sonrisa burlona del engreído con una mesa. Tampoco se rompió nada. Qué desgracia.
- ¡Bastaaa! –la profesora Tsukuyo pegó un grito que se oyó en todo el colegio. Se la veía enojada, no entiendo por qué – ¡Castigados los dos!
- ¡Fue él quien empezó todo! –me defendí.
- ¡Tú fuiste la que me golpeó! –se apresuró a contradecirme.
- ¡Tú me llamaste fea, monstruo y que no parezco mujer! ¡Tú tienes la culpa!
- ¡¿Qué?!
Su cara de confundido lo era todo. Ojalá hubiera tenido una cámara para sacarle una foto.
- ¡No me importa! Destrozaron el salón ¡Hijitaka!
Salió al corredor gritando tan alto que podría haber levantado a los muertos. A los pocos segundos apareció el ex policía parado ya en la puerta, firme y servicial.
- A sus órdenes, señora.
Ah, no. Eso último estaba demás y el el rector recibió una linda bofetada por su descaro.
- ¡Señorita, desgraciado! –dijo ella muy molesta.
- Perdón, creí que ya habías formalizado con Gi…
- ¡Cállate, imbécil! ¡Llévate a estos dos a la oficina de la directora!. Los quiero castigados por un mes.
- ¿Un mes? –preguntamos ambos al unísono.
- Sí, es lo que se merecen por su mal comportamiento.
- Pero…–intenté replicar.
- ¡Fuera de mi salón! –gritó por última vez y nos cerró la puerta en la cara (Vieja sangrona).
- Kagura, ¿qué hiciste esta vez?
- No dejarás que nos castiguen por un mes ¿cierto?
- Qué honor poder ver a un héroe de la policía frente a mis ojos –dijo el enano mediocre limpiándose la sangre con la camisa.
- ¿Sougo? ¿Tú aquí?
A Hijikata se le habían puesto los ojos como dos huevos a la plancha. Nunca los vi tan abiertos como esa vez.
- ¿Ustedes se conocen? –pregunté con interés.
- No. Tengo poderes mentales tan grandes que puedo leer la mente de los demás.
- ¿Ah sí? Entonces dime ¿en qué estoy pensando ahora?
- No leo la mente de los cavernícolas.
- ¡Maldito bastardo!
- Ahora veo qué fue lo que causó todo –decía Hijikata mientras se ponía en medio de nosotros y nos separaba–. Dejen de pelear y caminen hacia la dirección. Ella sabrá qué hacer con ustedes así que compórtense desde ahora.
Nos miramos con odio una última vez y luego nos encaminamos hacia nuestra ejecución.
No quiero contar lo que sucedió en esta parte. Solo voy a decir que Otosé se molestó mucho con nosotros diciendo que debíamos pagar los daños que hicimos y castigarnos por dos meses. Gin tuvo que venir (en pijamas todavía) a pedido del rector para convencer a la vieja de que nos perdone (dios salve a Hijikata-san). Después de muchas súplicas y de ofrecerse él mismo a pagar los daños (cosa que no iba a suceder y que hasta el día de hoy la vieja le sigue exigiendo), salvó nuestros pellejos de una posible suspensión también. Logró reducir nuestra condena a una semana. Es mi héroe. A veces pienso que debió haber ofrecido su propio cuerpo para que la anciana nos perdonara o es el hecho de que ella le tiene mucho aprecio a Gin (no sé por qué, quizás le gusta).
Y bien, ¿adivinen quién tuvo que pasar toda la tarde limpiando los salones acompañada del cretino? Sí, la pobre e inocente Kagura, ¿pueden creerlo? Qué cruel es el mundo.
- Por cierto ¿podrías decirme qué m**** te pasó hoy? –me preguntó él mientras pasaba el escobillón cerca de la puerta.
Miré hacia la ventana y recordé por qué había reaccionado así. Es verdad. Había sido solo un sueño. En realidad no me dijo ninguno de esos insultos.
- Me lo dijiste en un sueño –dije en voz baja sin querer.
- ¿Soñaste conmigo? –preguntó riéndose.
- No te hagas ilusiones, bastardo. Fue más que nada una pesadilla.
- Así que sueñas conmigo, ¿eh? ¿Qué tanto te gusto para que me busques mientras duermes?
- ¡¿Que qué?! ¡¿Estás loco?! ¡Nada de eso!
Sin pensarlo, me puse roja como un tomate o eso pensé porque sentí tanto calor. Quizás fue por vergüenza. Nunca me había puesto a pensar en la posibilidad de que me gustara un chico, tener novio y esas cosas. Pero definitivamente ese no sería él. Nunca.
- ¿Estás segura? –me volvió a preguntar con esa tonta sonrisa suya.
Su pregunta me hizo enfurecer aún más. Iba a golpearlo directo en cara pero Gin-chan entró por la puerta.
- Vine para asegurarme de que estén trabajando. No quiero más peleas.
- Es más gracioso verte tratando de actuar como un adulto que cuando te emborrachas.
- ¡Oye, Kagura! ¡No digas esas cosas frente a los alumnos!
- No es sorpresa que eres un holgazán inmaduro –dije sin prestarle demasiada atención.
Me di la vuelta y seguí borrando la pizarra pensando en lo mucho que quería golpear a cierto chico de pelo castaño. Lo odiaba. Lo detestaba. Y me odiaba a mí misma por haber soñado con él.
Nos pasamos el resto de la semana limpiando después de clases. Acordamos hacerlo por separado, o más bien, Gin-chan sugirió que no estuviéramos los dos en el mismo salón. Si fuera por mí no lo volvería a ver.
El último día de nuestra sentencia me lo crucé cuando iba de camino a recoger el escobillón y las bolsas de basura. Nos dimos un amigable saludo cuando pasamos el uno al lado del otro.
- Idiota –murmuré despacio.
- Defectuosa –me contestó él.
Entré al aula y acomodé las sillas de los pupitres con rapidez. Quería irme lo antes posible. Vacié el bote de basura y cuando estaba barriendo, noté al caniche tirado afuera, en el pasto, con los brazos en la nuca y una pierna cruzando la otra. Me molesté tanto. Yo limpiando, cumpliendo nuestro castigo como se nos dijo, y él descansando en el patio sin hacer nada. Abrí la ventana y salté hacia el otro lado, furiosa.
- ¡Oye! ¡¿Por qué no estás haciendo nada?!
- ¿Qué? No te oí –me dijo sacándose los auriculares de las orejas y sentándose.
- ¡¿Que por qué m***** no estás limpiando?!
- Ya terminé con lo mío –dijo él de la manera más calmada y serena.
- ¡Entonces ayúdame a terminar con el mío!
- No tengo ganas –se negó volviéndose a acostar.
La ira que nacía dentro de mí hizo su más notable aparición y el impulso me ganó de nuevo. Levanté el escobillón que me traje conmigo sin querer y se lo partí en la cara. Gracias a esto, estuvo toda una semana con esa pequeña muestra de mi afecto marcada en la frente.
- ¡Maldita hija ** ****! –me gritó enfadado.
- Es lo que mereces por ser un maldito holgazán.
Con todo su enojo, se paró y me lanzó un puñetazo que pude esquivar sin problemas.
- ¡Peleas como una lagartija! –Bueno, tengo que admitir que a veces no soy muy certera en lo que yo creo que es un insulto.
- ¿Qué dijiste? –me preguntó con cara de nada mientras me lanzaba una escuadrada que había sacado de la mochila y que fue parar en mi ojo.
- Infeliz, desgraciado –le contesté parpadeando por el golpe y lanzándole un puntapié a la cara.
- Oh, lo siento, pero olvidé mi diccionario Humano-Animal en casa –decía mientras me esquivaba y me daba una patada en el abdomen. Caí sentada. Eso me dolió.
- ¡Maldito, leñador de bonsáis!
- Insultaría tu inteligencia, pero no puedo hablar sobre algo que no existe.
Sacó a relucir una sonrisa maliciosa y puso su antebrazo en mi cuello, haciendo que yo quedara recostada en el suelo. Quise sacármelo de encima pero la asfixia me estaba dejando sin fuerzas. Con la vista reducida a la mitad, pude comprobar que sonreía a medida que se acercaba para escupirme. Pero qué atrevido; no lo dejaría. Cuando se acercó lo suficiente, levanté la cabeza para estrellarla contra la cara del condenado.
- ¡Perra! –me gritó alejándose.
La sangre le volvía a brotar de las narices con soltura.
De pronto oímos el sonido de la puerta abriéndose, lo que nos hizo poner en alerta y corrimos hasta detrás de un árbol. La directora en persona era quien había salido en busca de los molestos ruidos que se oían desde el pasillo.
Recorrió el salón con la mirada y luego se marchó sin encontrar rastros de alguna presencia. Me giré hacia atrás porque sentí una ventisca molesta en mi oreja y me topé con la cara del chihuahua frente a mí. Me llevé un lindo sobresalto, no imaginaba que estuviera detrás de mí. Y luego… algo captó mi atención. ¿Lo que veía era un lunar en su mentón? ¿O era acaso una verruga? No tardé en darme cuenta de que era una astilla, salida seguro del escobillón que le partí en la frente. Supongo que en algún punto habrá notado mi "inspección" porque cuando levanté la mirada, él tenía la suya clavada en mí. Retrocedí nerviosa hasta encontrarme con el tronco del árbol. Esto pareció divertirle porque sonreía de una forma tétrica y perversa. Se me acercó despacio y comencé a inquietarme. ¿Qué tramaba? Se acercó un poco más levantando su mano derecha y luego cerré los ojos. No sé qué me pasó en ese momento. Lo juro. Fue un instante de confusión. Me sentí tan tonta después.
Cuando oí el sonido de una palmada contra el tronco, cerca de mi oído, lo primero que pensé fue que quería asustarme pero al abrir los ojos y girar mi cabeza, vi al insecto aplastado en la mano del enano (tonta). Mi cara de alivio debió haberme delatado porque vi cómo el idiota se reía entre dientes. Quise insultarlo pero estaba tan indignada y enojada conmigo misma. Él tampoco dijo nada. Lo único que añadió fue "vamos a dejar esto en secreto". Podría parecer que se refería a lo de recién pero más bien yo creo que fue por la pelea que tuvimos. Si la vieja se enteraba era el fin.
Se limpió la sangre, recogió sus cosas y luego entró por la ventana al salón. Lo seguí preguntándole qué hacía, a lo que él me respondió que me ayudaría por esta vez porque no quería ser castigado de nuevo y quería marcharse ya. Me quedé muda. ¿No era eso lo que yo quería desde un principio? Con los pedazos del escobillón que quedaban, terminé de limpiar y juntos sacamos la basura y devolvimos todo a su lugar. "Juntos". Qué asco. Eso suena repulsivo pero así fue.
Para el momento de presentarnos con la directora, él se sacó la camisa ensangrentada dejando al descubierto su playera azul con una "S" en el pecho (S de Supersádico), cosa que la directora no pasó por alto y a lo que él respondió con un "tanto trabajo me dio calor y no quise sudar el uniforme para usarlo mañana".
En cierto sentido su explicación tenía algo de lógica pues estaba atardeciendo y ya no habría tiempo para lavar la prenda para que se secara al otro día. La vieja aceptó la desfachatez del renacuajo y luego nos dejó ir. Por suerte, el flequillo del tarado tapaba la evidencia del tremendo golpe que le di con el escobillón.
- Seamos inteligentes la próxima vez y hagámoslo sin que nadie se entere. Adiós chinita.
Esa despedida con doble sentido me dejó sin aliento. Me fui todo el camino a casa tratando de convencerme de que ese "hagámoslo" hubiese sido en referencia a nuestros duelos ocasionales. Lo odio.
El lunes y martes de la semana siguiente nuestras burlas y ofensas continuaron sin descanso durante las clases, durante el recreo y hasta durante el almuerzo. Sólo una de todas ellas me llegó realmente y fue cuando me dijo que tenía unas piernas muy feas y una ropa interior de horrible color. Mi cara era de todos colores cuando me dijo eso.
- Para la próxima, usa pantaletas como la gente. Como si fueras una chica. Ese tono parece de vieja.
- ¡Mentira! ¡Tú no me has visto, lo estás inventando!
- ¿Ah no? ¿Entonces cómo sé que tienes uno gris con dibujitos de pandas?
Maldito malcriado. Tenía razón. No sé si fue suerte o de verdad lo vio pero desde ese día llevo una calza roja debajo de la falda, esta vez de color azul porque Hijikata me obligó a usar el "correcto" uniforme. Se rió de mí cuando aparecí al día siguiente con esta nueva vestimenta.
A mediados de la semana siguiente, Gin-chan anunció que una presentación para el festival cultural. Como el año pasado no pudimos hacerlo este año haríamos dos.
De nuevo nos dividiríamos en pequeños grupos para hacer los preparativos. Él y yo teníamos que hacer equipo otra vez gracias al estúpido sorteo de papelitos que hicieron. Aunque yo sospecho que Gin hizo trampa. Nada bueno saldría de juntarnos a los dos para hacer algo.
En fin, el mes próximo empezaríamos con ese tema así que tuvimos que ponernos de acuerdo y votar todos en el salón para elegir el tema de nuestra división. Cosa que no fue fácil.
El miércoles siguiente tuvimos nuestra primera clase de Educación física, lo único que me gusta del colegio. Las chicas estábamos por un lado, todas formadas con pantalones cortos de color negro (demasiado cortos para mi gusto y demasiado ajustadas) y con unas playeras blancas (éstas sí, como la gente, cubriendo bien el hombro y con mangas). El mío particularmente era holgado porque así me gustaba.
Nuestras clases empezaron un poco más tarde de lo normal y fue porque nadie se puso de acuerdo en los docentes que se encargarían de lidiar con nosotros. Así que como el año pasado, los únicos voluntarios y capaces, se aparecieron puntuales y decididos. Y al igual que el año anterior, los chicos y las chicas realizaríamos nuestras actividades en el mismo lugar, en canchas contiguas. Todo porque Kondo-san está perdidamente enamorado de nuestra profesora, Otae. La adora a tal punto de que la persigue a donde quiera que valla. No desaprovecha ninguna oportunidad para poder estar con ella y tratar de cortejarla.
- Otae, mi amor. Nos volvemos a encontrar ¿No te da gusto? –preguntó El sensei de forma melosa.
- Buenas tarde, clase –nos habló, no solo ignorando a Kondo sino que también dándole una patada que lo mandó vergonzosamente hacia el otro patio.
A veces siento pena por él. Nuestra docente no era delicada, cocina muy mal y, a pesar de lucir una simpática sonrisa todo el tiempo, tenía muy mal carácter. Al pobre enamorado lo dejó varias veces tirado en la calle con tremendas contusiones en todo el cuerpo debido a sus maltratos. Pero él, a pesar de todo, persiste. Qué valiente.
- Comenzaremos con un precalentamiento trotando alrededor de la cancha por 20 minutos -–decía ella con una sonrisa.
Por su parte, al lado, los chicos comenzaron su calentamiento también. Mientras yo corría, rastreé con la mirada de entre todos esos inútiles al salchicha ahumada buscando un pretexto para burlarme de él pero no lo encontré.
Llegando a los quince minutos mis pulmones parecían que iban a explotar y no me ayudaban a generar una respiración armoniosa. Estaba agotadísima. Apenas podía levantar los pies del suelo. Caminé unos minutos más y luego me senté a un lado de la cancha para descansar.
- Eres patética. Ni siquiera puedes aguantar un poco de ejercicio. Das pena.
¿Quién podría decir tal comentario tan tranquilo, apoyado sobre la base de un árbol y con el antifaz en la cara?
- ¿Perdón? ¿Y tú qué haces sentado sin hacer nada?
- Sí, te perdono, tranquila. Estoy aquí porque tengo ciertos privilegios que los plebeyos como tú no tienen.
- ¿Privilegios de qué tipo? ¿Por invalidez mental? Entonces tienes suerte porque nunca morirás de un derrame cerebral.
- Por lo menos a mí no me bautizaron en una plaza de toros y con camiones de riego como a ti.
- No tienes piojo solo porque no te llega sangre a la cabeza.
- Ja, no me digas. Tú eres la mejor prueba de que Dios tiene sentido del humor. Eres la criatura más espantosa que vi.
- Al menos yo no soy tan flojo y engreído como cierto tarado que estoy viendo ahora.
- Te dije que tengo privilegios especiales. No soy flojo.
- Demuéstramelo. Te juego una cerrera alrededor de la cancha. Apuesto a que puedo ganarte –y ese fue mi mayor error. Esa palabra lo complicó todo.
- ¿Apuestas? ¿Y qué gano yo si te venzo?
Me quedé sorprendida. No me esperaba que se lo tomara tan en serio.
- ¿Qué tal si el perdedor tiene que seguir las órdenes del otro por un mes? –propuso él.
- Es demasiado tiempo –dije apresurada, accediendo automáticamente.
- ¿Dos semanas entonces?
- Hecho.
En cuestión de segundos nos paramos y nos fuimos hacia nuestro punto de partida, ignorando todos los llamados de atención de los profesores. En el número dos de nuestra cuenta hasta tres, salimos (supongo que tuvimos la misma idea los dos) y corrimos a toda la velocidad de la que éramos capaces. La cancha era tan amplia que rodearla nos tomaría cerca de diez minutos. A pesar de eso y el cansancio que me aturdía hace poco, pude mantener el paso firme aunque no fue lo suficiente para sacarle ventaja. Me duele admitirlo pero él era quien llevaba la delantera. Me esforcé más y cuando lo alcancé, él se detuvo casi en seco inclinándose y tocándose las rodillas. Lo que no supe en ese momento fue que estaba herido y por eso tenía el "privilegio" de no hacer actividades físicas. Al parecer fue algo repentino porque ese día en la mañana estaba bien. No lo hubiera creído si me lo hubieran contado pero lo pude comprobar con mis propios ojos.
Me distraje desacelerando el paso para ver hacia atrás. Mal hecho. En un descuido tan tonto como ese, levantó su mirada con malicia y salió disparado como el rayo hasta completar la vuelta. Por más que corrí con todo el coraje y todas mis fuerzas, su recuperación había sido bastante exitosa. Me ganó suciamente.
- ¡Maldito h*** ** ****! ¡Hiciste trampa! –él sonreía con satisfacción.
- ¡Kagura! No digas esas cosas frente a todos –me regañó Otae.
- Pero jefa, él hizo trampa.
- Sí, lo vi. Pero hay distintas maneras de vengarte del desgraciado en silencio y hacer que lamente haber nacido –la expresión malévola y asesina de Otae era más aterradora que la de Tsukuyo.
- Querida, mi dulzura. Seguro que el chico no lo hizo a propósito –intercedió Kondo por él– Él está lastimado. Lo revisó el médico y…
- Es demasiado tarde –sentenció ella.
Con mucha seguridad y autoridad llamó a todos los alumnos a un partido de vóley entre los chicos y las chicas. El pobre Kondo no pudo si quiera tratar de detenerlo. Todos nos habíamos declarado la guerra y ya estábamos armando nuestros grupos para la batalla. Establecimos (o mejor dicho Otae lo hizo) que jugarían todos los miembros de ambos equipos. En total éramos quince chicas y once tarados. Usaríamos toda la cancha y el equipo que dejara caer la pelota más veces al suelo o lo botara lejos del área contraria sería el perdedor. No se habló de los golpes intencionales o los pelotazos, por lo tanto, todo estaba permitido. Otae fue el árbitro y cuando hizo sonar el silbato, el partido dio inicio. Lo que voy a decir me enorgullece enormemente.: FUE UNA MASACRE y la estrella había sido su servidora al relato. En cuando la bola llegaba a mi alcance, no había nadie que lo pudiera parar. Destrocé varias cabezas y uno a uno, me fui deshaciendo del innecesario género opuesto.
Quedando sólo cinco valientes y toda la totalidad del equipo femenino, me propuse darles un final implacable y fui exterminando a los pocos que quedaban. Uno de ellos era el repugnante bruto que me trampeó. Después de la carrera quedó desecho y apenas podía mantener el ritmo del juego. Él fue el último en sobrevivir al exterminio. Para él reservé lo mejor. Después de dos pases y de gritarles a mis estúpidas compañeras que intentaban tenerle piedad porque se derretían por él, lo acabé con mi golpe más fuerte y una docena de pelotazos que Otae tenía preparados. Les ganamos de la mejor manera. Todos y en especial el Fox Terrier deformado quedaron aplastados tirando humo, producto de nuestras magníficas balas de cañones calibrado. Nunca más volvió a desafiarme en frente de ella.
Celebrando nuestra grandiosa victoria, fuimos a las duchas y saboreamos el dulce placer del éxito y la venganza.
Cuando salí y lo vi sentado acomodándose una rodillera, quise seguir burlándome pero una realidad más grande y espeluznante me hizo bajar de mi nube.
- ¿Lo ves? Los ladrones siempre terminan pagando su precio.
- Bien jugado. Disfruta por ahora porque te esperan dos semanas de esclavitud y todo terminará para ti. Voy a borrarte esa sonrisa.
- ¡Pero hiciste trampa! La carrera no cuenta.
- Dijimos que el que perdiera sería el lacayo del otro por dos semanas.
- Pero…
- Y por eso dejé que me apalearas. Pagué el precio por mi ilegalidad y ahora estoy listo para cumplir con mi parte de la apuesta. Tú debes hacer lo mismo.
- ¡No lo acepto! Fue una victoria fraudulenta. ¡Me engañaste!
- ¿Y de qué forma te podría haber ganado entonces? Tengo la pierna hecha añicos, no podía correr en pleno estado.
- ¿Y por qué aceptaste entonces?
- Por el premio, la oportunidad de tenerte como esclava por dos semanas.
- Pero…
- ¡Hice un sacrificio enorme y salí vencedor! ¡Cumple!
- ¿Y por qué te lastimaste? –intenté desviar la conversación pero no funcionó, parece que se dio cuenta de mis planes.
- Eso no es asunto tuyo. Deja de poner excusas.
- ¡No! ¡No lo haré!
- Ok. ¿Qué te parece si el viernes lo intentamos de nuevo? Y esta vez será definitivo, gane quien gane.
- Me parece bien.
Después del lapso que estipulamos, dejando tiempo a la recuperación de la su herida, la cerrera se llevó a cabo a las cinco en punto con la expectativa de muchos mirones y compañeros. Los detalles salen sobrando esta vez. Me ganó limpiamente. Como él es más alto y con piernas más largas, su contextura fue la única excusa y trampa inevitable que me hizo perder. Me sentí derrotada. Mis esfuerzos no sirvieron de nada.
- Te veré el lunes, esclava –fue lo último que me dijo y se fue triunfante y animado. Maldito idiota.
Notas del autor:
Quiero aclarar que toda la redacción está basado desde un punto de vista totalmente subjetivo. Ella ve todo a su manera y según su parecer. Tengan esto en cuenta.
Agradecimientos:
Primero que nada, quiero agradecer especialmente a mis hermanas por apoyarme y darme ideas para el fic. Y segundo, quiero darle las gracias también a mi novio por escucharme todo el tiempo hablar sobre este magnífico animé y por apoyarme con críticas constructivas e ideas. Gracias a los tres.
Reviews:
Para Mar: Gracias por leer y quien sabe, quizás es verdad ^^
Para federico: Muchas gracias y sí, tienes razón, debí dejar que lo de sádico quedara más en evidencia por sí mismo y no por acotaciones de Kagura. Ya cambié esta parte. Gracias por comentar y ayudarme a mejorar mi redacción ^^
Saludos y hasta la próxima ^^
