Lo mismo se aplica para este capítulo.
Length: ~4900
Capítulo 2: "Beautiful Stranger" (Madonna)
Era lunes y recién se encontraban en el tercer período de la mañana; estaban en la clase de Biología con el bizarro señor Stapleton.
- Oigan todos, van a realizar un informe sobre diferentes temas que les voy a dar. El trabajo va a ser en grupos -dijo y todos festejaron-, pero los voy a elegir yo pues si no siempre son los mismos con los mismos. Ahora, vamos a hacer las cosas bien.
En cuanto el señor Stapleton dijo que estaría eligiendo quién estaría con quién la mayoría había bajado los brazos y puesto cara neutral. Hacer tarea no era divertido, pero al menos hacerlo con amigos lo hacía un poco más ligero; y el profesor Stapleton les estaba sacando ese único pro de hacer trabajos en grupo.
El profesor observó la clase, con los ojos brillantes pues en su mente ideaba las parejas más incompatibles del aula y vería cual era el resultado de la unión de dos seres totalmente distintos, casi como su propio experimento.
Quinn estaba sentada sola en el último asiento de la fila izquierda, delante de ella estaban Santana y Brittany sentadas juntas, como siempre.
- Muy bien, veamos... -dijo mientras balanceaba su mirada entre los estudiantes. - Bingley con Karofsky.
- ¡Ah! Profesor, él es un nerd -gritó Karofsky desde su lugar. Richard Bingley no quería saber nada con el grupo pues Karofsky y sus amigos eran quienes se encargaban de tirarlo al basurero todos los días, a la misma hora.
- No te vendría nada mal, Karofsky, aumentar tus notas -respondió el señor Stapleton mientras pensaba en la siguiente pareja, y sonrió. - Brittany y Santana, por supuesto.
Bingley se volteó para verlas, abriendo la boca, listo para quejarse.
- Ni se te ocurra, cuatro ojos -dijo amenazadoramente inclinándose sobre su banco y levantando su dedo índice. Bingley simplemente volteó de manera rápida y no se volvió a hablar del tema.
Después de unas cuantas parejas, Stapleton volvió a sonreír. Quinn había observado una cierta regularidad con la que el profesor sonreía, y al ver que la observaba a ella, temió que iba a suceder algo que no le iba a gustar.
- Y Fabray con... -sus ojos buscaron a alguien que ya no estuviera emparejado con otro y la vió, ahí sentada en la primera fila, mirando hacia afuera, distraída; era el blanco perfecto. El señor Stapleton no se dió cuenta, pero estaba disfrutando demasiado poner a personas que no se hablan- Rachel Berry.
Rachel volteó su mirada hacia Stapleton y preguntó:
- ¿Qué sucede señor Stapleton?
- Harás el informe con Quinn Fabray -lanzó la bomba tan deprisa que la morocha no la vio venir y quedó estupefacta, callada por dos segundos.
- Oh -dijo. Satisfecho con lo que había hecho, el profesor apoyó su peso en su escritorio y dijo:
- Bueno, reúnanse con su pareja y yo pasaré diciéndoles cuál será su tema -dijo y se volteó para buscar su libreta de anotaciones. Los alumnos comenzaron a moverse, protestando por la injusticia de que Santana y Brittany estuvieran juntas, pues siempre lo estaban; pero sólo bastaba una mirada de la latina para que guardaran silencio. Quinn se quedó en su lugar, por lo que Rachel supuso que debería moverse ella; y así lo hizo, tímidamente y en parte sin ganas, con su carpeta entre los brazos. Se sentó sin decir nada, en el banco vacío a la izquierda de Quinn. Delante de ellas seguían sentadas Brittany y Santana.
- Fabray, Berry, su tema será -dijo el señor Stapleton mirando su libreta, con una lapicera en su mano- la reproducción celular.
- Okay -dijo Rachel asintiendo. El señor Stapleton la miró a ella y luego a Quinn, quien asintió sólo una vez y luego volvió a su conversación con Santana y Brittany.
Ellas siguieron con su conversación, mientras Rachel había ya ido a buscar libros a la biblioteca y comenzaba a responder las preguntas del cuestionario.
- Ya que no hemos trabajado lo suficiente, nos juntaremos todos los mediodías después de almorzar para poder terminarlo a tiempo para el jueves -le dijo Rachel a Quinn, una vez terminada la clase, interceptando a la rubia en su salida del aula de clases.
- Okay - dijo en respuesta la porrista.
- Empezando desde hoy -terminó Rachel.
- ¿¡Hoy!
- Si -dijo, todavía cortándole el peso- ¿Qué? ¿Tienes alguna otra cosa más importante que hacer?
- Si -mintió. De cualquier manera, Rachel se dió cuenta. "Maldito inconsciente, ¿ahora me vienes a traicionar?", pensó Quinn-. Bueno, no.
- Bueno, entonces nos vemos en la biblioteca en cuanto termines de almorzar -dijo Rachel apartándose del camino. Quinn comenzó a avanzar y desapareció al final del pasillo.
. . . .
Quinn salió del pasillo y se adentró en la biblioteca al empujar ambas puertas hacia adentro. Estaba poco iluminado, casi ilegalmente mal iluminado, pero la luz del sol entraba por las ventanas, dando suficiente luz a aquellos que leían. Atravesó unas cuantas estanterías hasta llegar al centro de la biblioteca donde estaban las mesas.
Rachel, como siempre, ya estaba en la biblioteca, sentada en la mesa con dos pilas de libros recostados sobre la mesa, frente a ella; y ahora estaba concentrada en la lectura de una de ellos; cuando Quinn llegó con sus pertenencias entre sus brazos. Se sentó en la silla de enfrente de Berry y dejó caer su carpeta, resonando el ruido por toda la biblioteca. Rachel levantó su mirada lentamente, casi sin separarla del libro, mientras la pedía que hiciera silencio con un simple "Shh".
- Lo siento -dijo Quinn poniendo los ojos en blanco. Rachel la observó y dijo:
- A mi me entusiasma tanto como a tí, o menos, que el señor Stapleton nos haya puesto juntas, pero sería maduro de parte de ambas que simplemente nos limitemos a trabajar para terminar el trabajo de la manera más rápida e indolora posible; siempre sin descuidar la calidad del trabajo, del que depende nuestra nota -y volvió su mirada al libro, para después anotar algunas cosas en su carpeta.
La luz de la tarde entraba por la ventana, detrás de Rachel, iluminando las estanterías a su alrededor y dándole una sombra misteriosa a sus rasgos faciales, haciéndola parecer... Brillante, con el efecto de los rayos del sol pegándole a su espalda. Quinn observó esa imagen por unos segundos y luego agarró uno de los libros de la pila derecha, pues era donde había más cantidad.
- Esos ya los leí -dijo Rachel, todavía concentrada en escribir. "Por supuesto", pensó Quinn. En cuanto terminó de escribir dejó caer su lapicera sobre su carpeta y le alcanzó un libro de la pila izquierda-. Toma éste.
. . . .
El martes hicieron lo mismo: se juntaron en la biblioteca, durante el almuerzo e hicieron la tarea en silencio, mientras que Quinn miraba de vez en cuando a Rachel y volvía a lo que hacía.
. . . .
El miércoles no se reunieron pues era el cumpleaños de Michael, uno de los padres de Rachel, así que tuvieron que posponer su encuentro hasta después de la escuela.
- Tengo entrenamiento -dijo Quinn mientras que caminaba a su casillero escoltada por Rachel.
- Bueno, me quedo a esperarte -respondió-, así puedo seguir adelantando el trabajo.
- Como quieras -dijo y comenzó a caminar hacia el gimnasio. Rachel sólo la siguió, tarareando, con los libros entre sus brazos.
Entraron al gimnasio, y en él estaba la Coach Silvester, con el megáfono en sus manos y había ya varias porristas estirando. Quinn se fue con ellas y Rachel se dirigió a las gradas, sentándose en un espacio entre los niveles de más abajo. Se colocó los auriculares y abrió su carpeta para ver a dónde se había quedado.
- ¿Qué hace man-hands aquí? -preguntó una de las porristas a Quinn mientras ella se disponía a comenzar a estirarse.
- Me condenaron a trabajar con ella, en la clase del señor Stapleton; y me está esperando porque después del colegio vamos a terminar el trabajo a su casa -le contó susurrando, ya que si la Coach las escuchaba no sería bueno.
- Puaj -dijo.
- Lo sé -respondió Quinn.
- ¡MENOS CHARLA, MÁS ESTIRAMIENTO! -gritaba Sue Silvester. Quinn sólo guardó silencio mientras seguía con su serie de estiramientos de los isquiotibiales y miró hacia las gradas donde estaba Rachel concentrada en adelantar su trabajo. Sus músculos comenzaban a entrar en calor a medida que seguía estirando.
. . . .
Rachel no escuchaba nada a su alrededor porque en sus oídos resonaba "The Climb" de Miley Cyrus. Levantó su mirada para observar lo que sucedía en la práctica, y las porristas se encontraban formando una pirámide, estando Quinn en la punta de ésta, como toda líder. En cierta forma, la pirámide era una comparación con la vida de Quinn Fabray en la secundaria William McKinley, el último eslabón en la cadena alimenticia; la más fuerte, la más capaz, la más apta.
Más adelante, en una de las coreografías que practicaban, Quinn hacía unos movimientos con el cuerpo, ondulares, que eran súper sensuales; al menos para Rachel lo eran así. Quinn lo hacía bien, no, perfecto; siempre se había caracterizado por ser buena bailarina; y se notaba cuando se dejaba llevar por la corriente en el club Glee.
Rachel se quedó mirando a Quinn un rato más mientras seguía la coreografía y bailaba cerca de sus compañeros animadores. Una especie de calor surgió dentro de Rachel inesperadamente y aumentó más mientras Quinn bajaba su mano por el pecho de uno de los bailarines, junto con una porrista sujetándola por la cadera; contra quien la rubia se apoyaba por la espalda, con su brazo libre tirado hacia atrás, descansando por su mano en el cuello de la chica contra la que estaba apoyada.
"¡Por Dios! Parece que estuvieran teniendo un trío en el medio del gimnasio" pensó Rachel, cuya temperatura interna subía a cada segundo que pasaba. Admiró aquella imagen con el ceño fruncido.
. . . .
- Rachel -dijo Quinn parada frente a ella, con su bolso donde estaban su muda de ropa, el jabón, su desodorante y el kit de maquillaje adentro; colgado en su hombro izquierdo. Rachel no levantó su mirada. La porrista vio los cables que caían desde las orejas de la cantante y entendió por qué no le prestaba atención, por lo que se aclaró la garganta:- ¡Rachel!
- ¿Qué pasa? -preguntó exaltada Rachel, casi dejando caer unos libros que estaban a su costado por el espacio entre grada y grada. Se sacó los auriculares-. Lo siento, estaba escuchando música.
- Me tengo que bañar, ¿Esperas aquí o me quieres acompañar? -preguntó seria, pero por un momento la frase resonó en la cabeza de Quinn con un significado totalmente diferente y pervertido. Frente a eso, la porrista trató de hacerla sonar inocente y sacarle el significado que sin querer le había dado; cuando comenzó a balbucear:- Quiero decir...
- Ya sé que quieres decir -rió Rachel, pues entendía por qué Quinn se había puesto algo incómoda-. Te acompaño y me quedaré en los vestidores.
Rachel juntó sus libros y saltó de las gradas, pues se encontraba en un espacio en uno de los niveles de más abajo, provocando que su ilegalmente corta pollera se levantara sin querer.
"Oh, Dios", pensó Quinn de la nada frente a lo que había sucedido, pues sus ojos se desviaron, recorriendo las bronceadas y suaves -aparentemente- piernas de Rachel hasta poder ver, sin querer, sus pantis; y se volteó para caminar hacia las duchas. Rachel la siguió tarareando nuevamente.
Dentro había vapor que salía desde la entrada a las duchas al fondo de los vestidores a la izquierda. El lugar estaba adornado con unas cuantas filas de casilleros rojos que combinaban con las banquetas largas que tenían los asientos del mismo color.
Había más ropa sobre las banquetas, por lo que Rachel supuso que las otras porristas se encontraban todavía bañándose. Se fue a unas bancas detrás de una fila de casilleros que mantenían oculta su presencia. Quinn observó aquello y se le revolvió el estómago por un momento, al entender la razón por la que Berry se comportaba así.
Se quitó la ropa tranquila, pues Rachel no podía verla y, después de la morocha, ella era la única en el lugar. Mientras enrollaba el toallón en su cuerpo, pensó en el comportamiento de Rachel.
"Se está escondiendo" pensó, "Está evitando ser molestada por las porristas".
Y todo era por culpa de Quinn, en gran parte -si no en su totalidad-.
- ¿Qué estás pensando, Fabray? -se preguntó a sí misma en voz alta, sacudiendo su cabeza mientras fruncía el entrecejo algo confundida y malhumorada por el hecho de tener pensamientos confusos.
. . . .
Rachel seguía trabajando en el informe, para reducir el tiempo que ella y Quinn Fabray tuvieran que compartir en su casa. Ya lo hacía inconscientemente, el hecho de querer tener a Quinn lejos. Por suerte, pensó ella, no la había tratado mal, como si no fuera un ser humano. En realidad, no la había tratado mal en absoluto.
Al ver sombras pasearse cerca de ella se quedó en silencio y pausó la reproducción de la música en su iPod, intentando no moverse ni hacer ruido para no llamar su atención y luego arrepentirse de haberlo hecho.
- ¿Vieron hoy a Berry en la práctica? -escuchó Rachel que decían.
- Quinn me contó que estaba con ella -no puedo evitar sonreír por el gesto que había tenido la rubia en contarle a alguna compañera sobre aquello-, y que estaba condenada a trabajar en un informe con ella.
Una especie de desilusión invadió el pecho de Rachel al escuchar que Quinn se refería al hecho de que trabajaban juntas como "la condena". En cuanto escuchó más ruido cerca de ella, respiró tranquila.
- Rachel, ya puedes venir -dijo Quinn de la nada-. Ya no hay nadie.
Rachel se levantó extrañada por que Quinn se había referido a ella por su primer nombre, sin ningún insulto siguiéndolo; y no por su apellido, como solía hacerlo. La voz de la porrista sonaba cálida y hacía a la morocha sentirse cómoda.
Se asomó lentamente, temiendo ver cosas que no quería ver -o sí- y avergonzarse a ella misma y también a Quinn.
Rachel se sentó en la banca, a la derecha del bolso rojo del que Quinn estaba buscando su muda de ropa; sólo la miró buscar entre sus pertenencias mientras ella tenía apoyados los libros sobre su regazo.
Quinn se quitó su toalla, quedando totalmente desnuda a la vista de Rachel, que volteó la mirada avergonzada. Al parecer la porrista estaba cómoda con su cuerpo, o éso hacía evidenciar al despojarse sin dudarlo, ni pensarlo, del toallón que cubría su busto, su gloria y sus abdominales; para secarse su cabello dorado ceniza.
- Tranquila, Berry -dijo Quinn dejando salir una risita mientras se ponía sus pantis-. No me digas que ésto te incomoda.
Rachel se quedó en silencio.
- ¿Nunca viste el cuerpo desnudo de otra mujer? -le preguntaba mientras se ponía su brassier. Rachel abrió la boca para hablar, levantando su mano izquierda lentamente, con el dedo índice estirado-. Además del tuyo, quiero decir.
Quinn puso los ojos en blanco. Rachel bajó el brazo de inmediato.
- Ya puedes mirar, si quieres -dijo Quinn mientras se terminaba de subir el pantalón y comenzaba a abotonárselo.
Rachel miró otra vez, pero un leve sonrojar apareció en su rostro al ver que a Quinn le faltaba ponerse la remera así que volvió su mirada hacia el frente.
Quinn observó como Rachel bajaba su mirada de su rostro a sus abdominales, acariciándola con su mirar a medida que recorría cada milímetro de su pecho. Sus pupilas estaban dilatadas, la porrista pudo observar antes de que la morocha desviara rápidamente la mirada de su cuerpo hacia el frente.
Se sintió incómoda ante el repentino calor que arribó en su cuerpo y se puso rápido la remera y un abrigo sobre ella; a pesar de que su temperatura había comenzado a aumentar. Necesitaba tomar aire y entrar en contacto con el fresco exterior. Cerró su bolso y comenzó a avanzar hacia la puerta junto con Rachel; al abrirla se encontró con Santana y Brittany.
- ¿Qué hace Treasure Trail aquí? -dijo la latina mirando a Rachel con una ceja levantada.
- Está conmigo -dijo Quinn mientras molesta se abría camino por el costado de la otra morocha.
- ¿Contigo? -preguntó Santana. Rachel logró escaparse de las garras de la porrista y alcanzó a Quinn que avanzaba, por el pasillo iluminado por la luz del exterior, hacia la puerta principal.
- Si -dijo abriendo la puerta-. Nos vemos.
- Adiós -saludó alegre Brittany, agarrando por el hombro a Santana.
Fueron en el pequeño auto ecológico de Rachel hacia su casa. El camino fue silencioso y un poco incómodo, pues no había tema de conversación y el silencio las llevaba a pensar; y ambas estaban pensando en algo que no querían pensar.
Llegaron y bajaron del auto en cuanto Rachel apagó el auto y caminaron; Berry liderando y Quinn la seguía. Abrió la puerta con un movimiento de llaves rápido y permitió entrar a la porrista al lugar en el que Rachel se sentía bien y segura de sí misma -dejando de lado el escenario, que era en donde se sentía realizada, poderosa y única-.
Dentro era cálido y emanaba a familiaridad, a amor. Rachel siguió hasta las escaleras.
- Ponte cómoda -le dijo a Quinn. No hacía manera de que dejara que la porrista entrara a su habitación. Ese era su único refugio del mundo, donde nadie la juzgaba y donde podía pensar y dejarse sentir el amor, la tristeza, el dolor.
Dejó su mochila sobre la silla de su escritorio. Su habitación todavía iluminaba por la luz del exterior que entraba sobre la ventana del escritorio, estaba en orden, como siempre. Con su cama con la cabecera en contra de la pared, opuesta a la ventana, con mesitas de luz a ambos lados. La puerta del baño, sami abierta, mostraba que no había nadie dentro. Su máquina elíptica en un rincón a la izquierda del baño y la puerta de entrada a su cuarto en la pared opuesta al baño.
Todo estaba en silencio y Rachel se sentó a los pies de su cama, con las manos en sus rodillas.
"Bueno, Rachel, tienes como menos de dos minutos para pensar antes de que Quinn se vuelva loca y comience a romper todo escaleras abajo hasta que te dignes a bajar. Primero ¡¿Qué fue éso? ¿Qué fue éso que pensaste no sólo una vez, sino dos veces en el día? Primero en la práctica de porristas y otra en el vestuario de mujeres. No tengo problemas con que tengas fantasías -de cualquier tipo- con quien sea, pero que sea Quinn Fabray es un gran problema para nosotras y podría provocar el final de nuestra existencia en el mundo como lo conocemos provocado por más que unos pocos slushie facials durante la semana. No, Rachel. No lo hagas. Eres mucho más inteligente y fuerte como para sentir esas... Cosas, por la Perra a Cargo de la secundaria."
- Berry ¿Dónde estás? -preguntó Quinn desde el pasillo. Al parecer Rachel estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no escuchó los pasos de Quinn subir la escalera, acercarse a su puerta y abrirla.
"No lo arruines", pensó y luego vió el rostro de la rubia asomarse, admirando todo a su alrededor, hasta que se encontró con sus ojos marrones. "No lo arruines Rachel", se repitió.
- Aquí estoy -dijo la morocha volviendo en sí.
- ¿Vamos a seguir con el trabajo? -preguntó Quinn abriendo la puerta aún más, con su mano derecha todavía en el picaporte y apoyada con su lado izquierdo en el marco de la puerta.
- Si, perdón -dijo levantándose de los pies de la cama-. Vamos.
No permitió que Quinn entrara en su habitación simulando que tenía prisa para salir y chocándola "sin querer" delicadamente, provocando que se moviera hacia atrás e internándola en el pasillo hacia las escaleras.
- Dios, Berry. Si no querías que entre a tu habitación podrías habérmelo dicho -dijo mientras se mordía su labio inferior.
- Cierto. Lo siento -dijo medio en serio, medio sin pretender lo que decía-. Vamos a trabajar.
. . . .
Pasaron las horas y la noche comenzó a aparecer. Quinn y Rachel todavía no habían terminado el trabajo para el señor Stapleton, así que la porrista tuvo que quedarse a comer en lo de los Berry.
- Maldita sea -dijo por lo bajo, pero al parecer lo suficientemente alto como para que Rachel la escuchara y la mirara con sus ojos entrecerrado-, mi celular se ha quedado sin batería.
- Toma, utiliza éste -dijo Rachel alcanzándole el teléfono fijo, con su base. Un ruido en la cocina hizo que la morocha reaccionara. Oh, ahí están mis padres; los ayudaré a preparar las cosas.
- Gracias -dijo Quinn apoyándose el tubo en su oreja izquierda y comenzando a marcar-. Hola, ¿Má?... Sí, soy Quinn. Mira, me tendré que quedar un rato más en lo de los Berry, probablemente a cenar, porque tenemos que terminar este trabajo para mañana -le contó a su madre. Rachel salía de la cocina para decirle que ya estaba la comida-. Si, Má. Yo también te amo. Adiós.
Rachel sonrió al escucharla tan cálidamente hablando, y Quinn cortó, sin notar que la morocha la había estado observando y escuchando por los dos últimos segundos.
- Ya está la comida, Quinn. Espero que te guste la comida china.
- Si, está bien -dijo y sonrió a Rachel que caminaba de vuelta hacia la cocina.
. . . .
Comenzaron a comer y fue Evan quien comenzó la conversación.
- ¿Cómo les fue e la escuela hoy, chicas? -Rachel sonrió.
- Hoy fue un día bastante interesante. El almuerzo con ustedes estuvo magnífico y sabía que Papá no se había dado cuenta de que le habíamos preparado una sorpresa.
"Sorpresa", pensó Quinn por un momento. "¡AH, cierto!".
- Feliz cumple, señor Berry -dijo Quinn a Michael. Se había olvidado por completo de lo que le había dicho Rachel más temprano ese día, explicándole que ésa era la razón por la que no podrían trabajar juntas en el almuerzo.
- Muchísimas gracias, Quinn. Eres muy amable -dijo sonriente de manera amable. Rachel volteó para sonreírle también a la rubia, que la miró por el rabillo del ojo y se sonrojó levemente y la porrista miró hacia abajo para evitar que se notara.
. . . .
- Bueno, creo que es hora de que terminemos el trabajo -dijo Rachel cuando todos habían terminado de comer, levantando su plato y el de Quinn; que se levantó con su vaso en la mano y lo dejó en la mesada.
- No se preocupen por los platos, los lavo yo luego -dijo Rachel, levantando los platos de sus padres-. Vayan a descansar.
- ¿Estás segura? -preguntó Evan mientras su hija lo abrazaba por el cuello, desde atrás y le daba un pequeño beso en le mejilla.
- Segurísima.
- Está bien -dijo Michael.
- Feliz cumple, Papi -le dijo ahora abrazándolo a él.
- Gracias, hijita. ¿No es como la enésima vez que me lo dices?
- Nunca se es suficiente con unas pocas demostraciones de amor. Me gusta mantenerlos actualizados. Nunca es suficiente cuando se trata de mostrarte cuánto te amo -dijo Rachel sonriente. Sus padres le dieron cada uno un abrazo y un beso en la coronilla y saludaron a Quinn.
- Esperamos verte pronto, Quinn. Fue un gusto conocerte -dijeron los padres.
- Lo mismo digo -respondió Quinn. Sonrió y no le costó. No fingió sonreír. Todo salía tan natural.
Los padres de Rachel subieron por las escaleras hacia su habitación dejándolas solas.
- Bueno, terminemos el trabajo así puedes irte a descansar.
- Así puedo irme, querrás decir -dijo en tono sarcástico. Rachel la miró desilusionada.
- No, no es éso lo que quise decir -trató de enmendar Rachel.
- Está bien, Berry. A pesar de que no nos llevemos perfectamente, y que haya habido un trabajo del señor Stapleton de por medio, me gustó estar aquí -dijo sinceramente. Cruzó sus brazos, acariciándose los antebrazos como si tuviera frío; mientras miraba a su alrededor-. Algo aquí se siente tan cálido.
- Puedo abrir la ventana, si quieres.
- No es a éso a lo que me refiero, Berry. Sólo escucha -dijo. No podía evitar ser un poco brusca, pero trató de tranquilizarse. Era sólo que a veces Rachel lograba sacarla de quicio, y bastante rápido-. Algo en tu casa es tan familiar, y es cómodo estar aquí. Es... Lindo.
Rachel sonrió tímidamente, mirando el suelo y luego mirándola a Quinn.
Ahora entendía por qué Finn amaba tanto a la cantante. Nunca lo había hecho pues nunca se había interesado en conocer esta parte de Rachel, tan distinta de la Rachel que se veía mucho en la escuela.
Por un momento ambas estuvieron cómodas con la compañía de la otra y Rachel se preguntó si aquello volvería a pasar nuevamente, pero no lo creyó muy posible. Por lo menos no en la escuela. Quinn simplemente no quería pensar en lo que vendría después, lo que pasaría el día siguiente, cuando probablemente todo volviera a la realidad, a como era antes de que ellas tuvieran que trabajar juntas.
Caminaron hacia el sillón. Faltaban unas pocas preguntas que respondieron más rápido de lo que creían.
- Bueno, voy a lavar los platos -dijo Rachel levantándose y dejando salir un suspiro de cansancio-. Cuando termine, te llevo a tu casa.
- No, está bien. Puedo caminar. No está tan lejos.
- No, Quinn. No puedo permitirme dejarte hacer éso. Sólo espera un rato, y luego que llevaré rápido a tu casa, si es que tienes prisa -dijo Rachel caminando hacia la cocina.
Quinn se quedó pensado sola y sintió correcto ayudar a Rachel a lavar los platos. Era lo mínimo que podía hacer. Se dirigió hacia la cocina, donde estaba la morocha, que ya había comenzado a lavar un vaso y luego lo puso al costado para que se seque. La porrista lo agarró y comenzó a secarlo con una franela. Rachel la miró, pero la rubia simplemente siguió mirando el vaso; la cantante siguió con lo que hacía, sonriente.
Rachel le alcanzó otro vaso a Quinn y sus dedos se tocaron sin querer.
"Contrólate y no seas estúpida", pensó Quinn, "Compórtate como un ser humano". A Rachel no pareció importarle mucho, pues seguía lavando como si nada.
- ¿Cómo estás, con Finn? -preguntó Quinn, mirando las gotas caer del vaso que se encontraba secando. Rachel la miró, pero la porrista no le devolvió la mirada.
- Bien... -se quedó en silencio por unos segundos, como dudando en decir o no lo que estaba pensado- ¿Todavía te gusta?
Quinn rió y la miró.
- No, en absoluto.
- Igual siento que podríamos estar mejor, pero simplemente necesito tiempo para mí misma, para reconectarme con mi yo interior nuevamente. Necesito pensarme como un individuo y no como parte de una pareja. No todavía. Quiero descansar -hizo una pausa-. Quiero divertirme un poco.
Quinn dejó salir un respiro forzado, mezclado con una risita.
- Nunca creí que te escucharía decir éso, Berry -Rachel rió con ella mientras sus miradas se conectaban.
- Se nota que no me conoces, Quinn -dijo sonriendo y volviendo su mirada al plato que estaba fregando.
- Después de hoy, eres una desconocida para mí -Rachel paró bruscamente de lavar-. Quiero decir, porque conocí a una parte de ti que nunca había conocido.
- Rachel Berry, encantada de conocerte -dijo estirando su brazo izquierdo, con su mano llena de espuma, en forma de saludo hacia Quinn, quien rió tímidamente.
- Igualmente -dijo sonriendo.
En ese momento, la imagen que podría tener la una de la otra, cambió para siempre. Se convirtieron en dos desconocidas, dos extrañas, que coincidían en lugar y movimiento.
Quinn sabía que si no hubiera sido por el señor Stapleton y su estúpido informe de reproducción celular, nunca lo habría hecho, nunca se hubiera interesado en conocer a Rachel Berry, la persona más fastidiosa de toda William McKinley.
. . . .
Rachel y Quinn caminaron hacia el auto de dos puertas de la pequeña Berry. Entraron cada una en el lado correspondiente y manejaron hacia la casa de las Fabray. Ninguna habló oyes estaban cansadas. Quinn a punto de quedarse dormida en el asiento del copiloto, cabeceando de vez en cuando y tratando de disimular que sus ojos se cerraban sin que ella tuviera control sobre ellos; tuvo que obligarse a mantenerlos abierto sacudiendo su cabeza al ver que Rachel se estaba acercando a su casa y comenzaba a disminuir la velocidad.
Luego de un silencio incómodo mientras la porrista se desabrochaba el cinturón, dijo:
- Gracias... Por todo -dijo bajando, pero metió su cabeza una vez abajo, dentro del auto, inclinándose hacia adentro-. Maneja con cuidado.
- Lo haré, Quinn. Muchas gracias -dijo sonriendo-. Duerme bien.
- Igualmente - dijo y cerró la puerta.
Y mientras caminaba hacia la puerta de su casa, se dió cuenta de algo: estaba teniendo dudas acerca de cómo era Rachel Berry.
Y quizás, sólo quizás, todavía no era muy tarde para empezar a desear verdaderamente conocer aquella extraña tan interesante y llena de misterios que representaba, para ella, Rachel Berry.
