Es temprano, ni siquiera ha salido el sol. No deben de ser más de las cinco y media. A mi lado mi compañero de cuarto ronca, se gira, vuelve a roncar, se da otra vuelta más y sigue roncando, siempre con los ojos cerrados. Soy el único que solo tiene un compañero de cuarto y me tiene que tocar éste. Will Sorenson… tiene pinta de engreído, no me cae muy bien que digamos… pero da igual, ahora tengo otras cosas en la cabeza. Cojo mi libreta y apunto los pocos datos que he obtenido.
Teniente Perlmutter: mal carácter pero con ganas de enseñar.
Capitán Montgomery: igual que el anterior pero sin el mal carácter.
Inspectora Victoria Gates: ¿?
Gina Cowell: está buena, pero no tiene cerebro alguno. Rectifico, está muy, muy buena.
Lanie Parish: simpática, no se corta, quiere ser médico, no poli.
Kevin Ryan: empalagoso y enamorado hasta las trancas. Tímido.
Javier Esposito: me cae bien. Estuvo en el ejército.
Tom Demming: niño de papá engreído con bonita sonrisa.
Will Sorenson: exactamente el igual que el anterior. Y encima ronca.
Kate Beckett: fuerte, decidida, inteligente. Sensible. Oculta algo, algo horrible que le pasó a un ser querido. Es preciosa. Me encantan sus ojos.
Leo de nuevo los datos y cierro mi libreta de escritor, satisfecho. Will sigue roncando. Me levanto y me pongo el chándal, salgo, hace mucho frío.
Segundo día
Me dirigí al comedor a por un café antes de empezar mis clases extraordinarias. El comedor estaba vacío, a oscuras. Encendí la luz y fui hacia la máquina de café, último modelo. Al menos la comida era buena y el café también. Encendí el botón sonriendo, pero de repente la máquina empezó a echar humo.
-No, venga vamos…
-¿Te echo una mano con eso?
-Ya puedo yo.
-Anda déjame…
-¡Te he dicho que puedo yo! –Dije más alto de lo que hubiera querido. Pero estaba enfadada, Rick era la última persona a la que quería ver en esos momentos. Lo miré de mal humor. -¿Qué haces aquí?
-Siento mucho lo de ayer. Perdóname. –Parecía sincero, lo miré unos momentos y asentí.
Sonrió acercándose a mí. Apartó con suavidad mi mano de la cafetera y se ocupó de ello. En cinco minutos tenía delante de mí un delicioso cappuccino. Señaló los complementos. -¿Cómo lo quieres?
-Sin azúcar con dos de vainilla. –Asintió y cogió la esencia de vainilla. Cuando terminó me lo tendió. –Cuidado, está muy caliente.
-Gracias. –Se preparó uno para él y se sentó en la mesa más cercana. Hice lo mismo a su lado.
-Bueno… así que clases con la Dama de Hierro, ¿eh?
-Sí.
-No sé si es un premio o un castigo. –Comentó divertido.
-Las dos cosas. –Nos reímos.-Y tú, ¿qué haces levantado tan temprano?
-Perlmutter me odia. Hoy me va a joder así que voy a calentar un poco ahora. –Me levanté y fui a dejar la taza en su sitio. Me siguió. Cuando me dio la vuelta lo tenía a pocos milímetros, mirándome con intensidad. Tragué saliva. Se apartó, como si acabara de despertar. Me dirigí a la salida del comedor, cuando lo oí llamarme.
-¿Sabes que tienes unos ojos preciosos? –Me di la vuelta, ¿a qué había venido eso? Me sonreía abiertamente, por un momento me recordó a uno de esos galanes de Calle de la Tentación.
-¿Le dijiste eso a Gina también? –Le pregunté con cierta frialdad. Negó con la cabeza y se acercó a mí.
-No, de hecho solo se lo he dicho a otra mujer en toda mi vida. –Me reí, sarcástica. –¡Es verdad! –Se defendió y pasó por mi lado, yendo hasta el Campo de Entrenamiento. Al final no pude resistirme.
-¿A quién?
-¡A mi madre! –Contestó sin darse la vuelta. Me sonreí como una tonta, negando con la cabeza. Miré mi reloj, llegaba tarde a mi clase con Gates.
-º-
-Dos minutos tarde. –Dijo fríamente.
-Disculpe señor…
-No hay tiempo para excusas, venga aquí. Me llevó hasta una mesa con varias armas. Cogió una y me la pasó sin mediar palabra, luego señaló los cascos y unas gafas de plástico. Me puse ambos y la seguí hasta los miradores. Las dianas con forma humana esperaban a varios metros.
-Bien, hoy vamos a limitarnos a aprender la postura y a comprobar si lo de ayer fue suerte o no. –Asentí. -¿Sabe situarse?
Me coloqué del modo apropiado, lo había leído en el libro. Miré fijamente la diana y luego a la inspectora, que asintió. Volví de nuevo la vista a la diana y entrecerré los ojos, de repente una ira se apoderó de mí, vi en ese muñeco un hombre, un hombre con un puñal, pero no tenía rostro. Y en el suelo, junto al hombre sin rostro una mujer gritando mientras se desangra. Perdí el control, el de mi cuerpo y el de mi mente y disparé, con furia, vacié el cargador sin moverme ni un milímetro, no me temblaba la mano. Seguí apretando el gatillo incluso sin balas, hasta que Gates colocó su mano sobre las mías. Volví a la realidad. Le di el arma, ahora sí que temblaba, me costaba sostenerme. Me aparté de la mujer, que me miraba en silencio. Respiré hondo y me giré encararla, pero ella no me miraba a mí, ya no. Ahora observaba la diana, completamente acribillada en el centro, ya no se veía la x ni tampoco los nueves. No dijo nada, fue hasta la mesa y dejó la pistola, luego me habló.
-Eso ha sido rabia, ni buena puntería ni suerte, simplemente rabia. No sé quién te has imaginado que es la diana, ni me importa, lo único que sé es que no puedo ponerte un arma en la mano de nuevo, no hasta que pases una evaluación psiquiátrica.
-¿Evaluación psiquiátrica? –Repetí con incredulidad.
-He visto tu expediente. Sé lo de tu madre, también lo ha leído el capitán y el Perlmutter. Dime una cosa, ¿por qué has dejado Stanford por esto?
No dije nada, no hizo falta.
-No hace falta que respondas, lo noto en tu cara. Deja que te diga una cosa, si estás aquí para resolver el asesinato de tu madre te aconsejo que lo dejes. Esto no es un libro ni una película, aquí no es tan fácil conseguir justicia. Puede que lo encuentres, pero lo más probable es que pasen años y no tengas nada. Te volverás loca y un día te preguntarás si de verdad ha merecido la pena tanto sufrimiento. No dejes que ese día llegue demasiado tarde.
-Pasaré la evaluación y luego volveré aquí. –Dije sin más y me marché.
Caminé por los pasillos de la Academia. Apenas eran las seis y veinte, tenía tiempo hasta el entrenamiento. Necesitaba estar sola, así que no fui al dormitorio, las chicas ya se habrían despertado. Fui a dar una vuelta por el césped, el frío me golpeó las mejillas, no llevaba nada de abrigo, pero me daba igual, lo agradecía, incluso. Caminé sin rumbo hasta que me lo encontré de nuevo. Me miró con preocupación.
-¡Kate!, ¿estás bien?
-Ahora no Rick. –Dije sin dejar de andar, no quería compañía y mucho menos que me volvieran a psicoanalizar.
-Espera, ¿he hecho algo malo?
-¡No!, ¡maldita sea, quiero estar sola! ¡¿Tan difícil es que lo entiendas?! –Me miró en silencio y asintió, caminando en sentido contrario al mío, hacia el edificio. Me di la vuelta, arrepentida, pero no supe que decirle. Aún estaba furiosa, no quería empeorar las cosas. Entonces me fijé en que caminaba despacio, lo observé bien, iba cojeando. Fui corriendo hasta a él. Me miró con desdén.
-Creía que querías estar sola. –Comentó con ironía.
-¿Qué te ha pasado?, ¿por qué cojeas?
-No es nada, Beckett. –Eso me hizo daño, había pasado de ser Kate a Beckett en cuestión de segundos, pero era culpa mía. Me miró una vez más y se marchó.
-º-
Llegué al entrenamiento justo a tiempo. Perlmutter me miró con mala cara pro no dijo nada. Me acerqué a Lanie, que parecía agobiada. Busqué con la mirada a Rick, estaba un poco alejado del resto, con Gina, hablando animadamente. Me miró durante unos segundos y luego continuó su charla. El teniente llamó nuestra atención.
-¿Veis todo esto? –Eché un vistazo, me recordaba a los campos de entrenamiento de las películas de militares. Paredes para trepar, obstáculos para saltar, algunas colchonetas para evitar accidentes, una red para pasar por debajo, un banco de madera, el típico obstáculo de neumáticos… oí a Lanie tragar saliva a mi lado, intenté calmarla con una sonrisa tranquilizadora. –Bien, hoy nos limitaremos a calentar, pero mañana todos vosotros vais a hacer este circuito. El que no pase como mínimo tres obstáculos, se va a casa. –Se oyó un murmullo. –Haced un círculo, vamos a empezar. –Iniciamos el calentamiento, que duró veinte minutos. Luego Perlmutter se apartó y miró su reloj. –Veinte vueltas alrededor del campo, y no os molestéis en andar cuando no mire, tengo ojos en la nuca. –Empezamos a correr, despacio. Lanie iba a mi lado, aguantando el ritmo. Esposito iba bastante más rápido y Kevin un poco detrás de él. Me giré para buscar a Rick, estaba bastante detrás, con Gina a su lado, hablando. Corrí rápidamente hasta dar la vuelta para colocarme detrás de ellos, intentado escuchar.
-¿Sabes?, se me ocurre un entrenamiento mucho más divertido que este. –Ella hablaba con voz seductora, bufé.
-Ya, bueno, a mí también, quizás más tarde. –Sonrió.
-¿Quizás?, podríamos ir a la lavandería después del almuerzo, ¿qué te parece?
-Nos vemos allí. –Aceptó. –Ahora será mejor que te adelantes, yo no puedo ir más rápido, pero no hace falta que Perlmutter nos odie a los dos. –Ella sonrió y se adelantó. Richard se paró, aprovechando que el teniente estaba hablando con un oficial que había entrado en el campo. Se dio la vuelta y me miró.
-¿Me estabas espiando?
-¡No! –Repliqué furiosa, aunque sin mirarle a los ojos.
-Ya, ¿por qué será que no te creo, Beckett?
-Adiós, Rogers. –Pasé por su lado, pero él me sujetó. –Primero tomas un café conmigo y parece que todo va bien, luego me tratas como una mierda y ahora me espías, ¿a qué juegas?
-No juego a nada, suéltame. –Exigí.
-Responde. –Su voz y su mirada eran fría, me sentí como una niña, sin saber que decir.
-El entrenamiento con Gates no fue bien, la pagué contigo, quise disculparme pero no me dejaste. –No contestó, se limitó a mirarme.
-¿Qué pasó con Gates?
-Nada. –Mentí.
-¿Por qué eres tan desconfiada? –Me atravesó con la mirada, ahora menos fría. Aparté la vista.
-¡Rogers, Beckett!- el teniente se acercó a nosotros con pasos agigantados, parecía cabreado. -¿Qué coño estáis haciendo?
Fui a responder, pero Rick se adelantó. –Me hice daño en el tobillo esta mañana y me cuesta correr señor, ella se acercó para saber si estaba bien.
-Así que daño, ¿eh? Muy bien, tú sigue corriendo. –Me señaló con el dedo. –Y tú, ve a la enfermería y tráeme un justificante. Si dices la verdad te pasarás el resto del día haciéndome papeleo, por inútil, si mientes, desearás no haber nacido. –Se alejó, aún cabreado. Miré a mi compañero fijamente. Éste me echó una última ojeada y se alejó cojeando, hacia la enfermería.
El entrenamiento terminó una hora después, estábamos todos agotados. Lanie apenas podía dar un par de pasos, se apoyaba en Esposito, quien la acompañó hasta las duchas. Yo le llevé ropa limpia y su neceser y me metí en la ducha de al lado. Estábamos solas.
-¿Estás mejor?
-Sí, pero esto ha sido mortal, no sé que voy a hacer mañana…
-Tranquila, el primer día siempre es el peor.
-Tú no estás en mala forma.
-Corría todas las mañanas en Stanford, antes de las clases.
-Yo soy de la filosofía de que correr es de cobardes. –Me reí.
-Por cierto, ¿de qué hablabas con Rick?
-Nada, tonterías. –Luego en voz baja añadí. –Ya te contaré.
Terminamos de ducharnos y fuimos al dormitorio. Teníamos una media hora antes de empezar la primera clase teórica. Teníamos dos por la mañana y otras dos por la tarde. Lanie se tumbó en la cama y lanzó un gemido de alivio. Yo no podía quedarme quieta, me levanté y fui a la enfermería. Rick salía justo cuando yo llegué, llevaba una tobillera. Lo miré preocupada.
-¿Qué haces aquí?
-¿Cómo estás?
-Solo es una torcedura. ¿Qué haces aquí? –Repitió
-Estaba preocupada…
-Ya…
-Y quería darte las gracias.
-De nada. –Su voz seguía siendo fría, pero no como antes, sin embargó caminó ignorándome cuando le seguí.
-Rick… espera. –Suspiró y se paró. -¿Qué?
-Por favor, perdóname, lo siento, no debí gritarte.
-Estás perdonada, no te preocupes por eso.
-Entonces, ¿por qué sigues enfadado?
-No lo estoy.
-Pero…
-Kate, todo está bien, de verdad, no te agobies. Vamos, debemos ir a clase.
Las clases pasaron con una extrema lentitud. En la primera nos hablaron sobre la historia de la policía de Nueva York y sobre las distintas comisarías de la ciudad. No escuché mucho, salvo que la 12 era la encargada del Departamento de Homicidios, es decir, mi objetivo. En la segunda nos dieron un montón de fotocopias y nos dijeron que el lunes siguiente tendríamos un examen. Cuando terminamos dejé las cosas en la habitación y fui a comer. Lanie, Esposito, Gina y Rick ya estaban sentados. Fui hacia el buffet y me serví, luego me senté al lado de mi amiga. No se me escaparon las miradas que se echaban ella y Esposito, sonreí. Terminamos de comer y Gina se levantó sonriendo.
-¡Voy a la lavandería! –Anunció. Rick sonrió y cinco minutos después la siguió. Sentí como se me hacía un nudo en la garganta. Lanie dejó de hacer caso a Esposito durante unos segundos y me miró.
-Vamos, Kate, no vale la pena.
-Ya, disculpad. –Caminé hacia mi dormitorio y me tumbé en la cama.
-º-
-Vamos chica, se va con ella a la primera de cambio, no vale la pena. –Lanie intentaba animarme.
-Puede hacer lo que quiera con Miss Silicona, no me importa. –Mi amiga no me creyó, pero no insistió. Se sentó en el escritorio y miró el horario. Sonrió. –En dos horas empiezo en la enfermería, ¡lo estoy deseando!
La miré e hice cuentas. -¿Qué pasa con la última clase?,
-No iré, de esa última me libro. Total, si por mí fuera no iría a ninguna…
-Ya.
-Por cierto, ¿qué tal con Gates?
-Pues… dice que tengo mala puntería, que lo de ayer fue suerte y que dejaremos las clases, al menos por ahora. –Mentí. Lanie me miró compasiva y trató de darme ánimos.
-Míralo por el lado bueno, no tendrás que enfrentarte a la "Dama de Hierro" tú sola.
Hablamos durante un rato sobre las clases y también sobre Esposito, hasta que llegó la hora de ir a clase. Miré los asientos. Gina y Rick ya estaban allí, ambos con una sonrisa de satisfacción. Me senté en el pupitre más alejado de ellos y volví la cara hacia otro lado. La clase fue tan aburrida como las dos primeras. Cuando terminó Lanie se despidió y se marchó, alegremente. Yo la miré con envidia. Echaba de menos las clases de Derecho, por un momento pensé en si estaba haciendo bien. Pero no tuve mucho tiempo para pensar, Gates entró en clase y nos hizo un gesto para que nos sentáramos. De pronto la rabia se apoderó de mí, apartando todo rastro de duda. Nos dio una charla sobre el valor, la virtud, el honor y el compañerismo en nuestro trabajo y nos ordenó hacer una redacción. La miré con odio al oír en que consistía.
-Es sencillo, el título es ¿Por qué quiero ser policía?, tenéis hasta el lunes que viene. Podéis salir.
Esposito y Ryan se acercaron a mí.
-¿Redacciones?, ¿cuándo hemos vuelto al colegio?
Forcé una sonrisa, mientras que por dentro pensaba en una muerte dolorosa para Gates. Gina se nos acercó aún con su sonrisa en la cara.
-Chicos hoy después de la cena vamos a reunirnos en el cuarto de Ricky para hablar, ¿venís?
Ambos asintieron. Yo no dije nada. Ryan me miró.
-¿Ricky? –Solté un bufido y me marché.
Primero pensé en ir a mi habitación, pero no quería ver a Gina. Luego recordé que había un gimnasio en la Academia. Me puse el chándal, me vendé las manos y cogí unos guantes de boxeo guardados en un armario. Fui al saco y empecé a golpearlo con toda mi rabia. Una voz me hizo volverme.
-Necesitas que te sujeten el saco.
-¿Te estás ofreciendo?
-Sí claro.
-¡Vale!
Se colocó detrás del saco y lo sujetó. Le di varios golpes más y sonreí.
-¡Muy bien! ¿Suficiente por hoy?
-Creo que sí, gracias Tom.
-De nada, avísame cuando quieras desahogarte de nuevo.
Me fui a duchar y luego recordé que tenía que aprobar una evaluación psiquiátrica. Fue al despacho del psicólogo y golpeé la puerta. Un hombre de unos cuarenta años me hizo un gesto para que pasara.
-¿Doctor Burke?
-Correcto. ¿Y usted es?
-Beckett, Kate Beckett.
-Siéntese. Dígame, ¿qué necesita?
-Verá, la inspectora Gates quiere que apruebe una evaluación.
-¿Y eso por qué?
-Por… -El hombre me miró con atención. Agaché la cabeza. -Usted ya lo sabe, ¿verdad? –Murmuré.
-Sí, de hecho esperaba tu visita. Escuche Kate, no tiene que avergonzarse, estas visitas pueden ayudarla. No tiene porque sentirse mal por necesitarlas.
-Yo no estoy loca… -Musité.
-Pero estás herida y puedo ayudarte a cerrar esas heridas. Sí quieres, claro. –Asentí, pero aún sin mirarlo.
-Bien, en ese caso organicemos un horario. ¿Qué le parece todos los martes y jueves, a esta misma hora?
-Bien.
-De acuerdo, lo dejamos así entonces. Empezaremos este jueves, aunque voy a ponerle deberes.
-¿Usted también?
-Nada complicado, no se preocupe. Solo quiero que organice en su mente que es lo que más le duele de estas últimas semanas. La muerte de tu madre ha sido algo reciente, debes de haber pasado por un torbellino de emociones. Piensa en ese torbellino y piensa en lo que ha provocado en tu vida y… en ti.
Salí de la consulta pensando en lo que el doctor Burke me había dicho. Me dirigí al dormitorio, deseando que ese día acabase de una vez. Aun quedaban unas horas para la cena así que me senté el escritorio y empecé a estudiar las fotocopias para el examen del lunes. El temario no estaba mal, trataba sobre la psicología en los interrogatorios. Me centré en el texto, hasta que Lanie entró por la puerta y me sonrió. Parecía feliz.
-¡Hola!, ¿Qué tal tus prácticas?
-Geniales, Josh es genial. Tiene mucha paciencia y me resuelve todas las dudas.
-¿Josh?
-El doctor Davidson. Es muy joven, no creo que llegue a los treinta y no quiere que le llame de usted. Tengo que presentártelo.
Sonreí al verla tan entusiasmada. Se sentó a mi lado y empezó a hablarme sobre Josh y sobre la enfermería. La interrumpí, divertida.
-Entonces, ¿te gusta?
-¿Josh?, no, es más, estoy casi segura de que es, bueno… ya sabes. –La miré sin entender. Lanie hizo un gesto y me reí.
-Ya, entiendo.
-Bueno, es la hora de cenar, ¿vamos?
-Sí. Por cierto esta noche los chicos han quedado con Gina y Rogers en la habitación de este para hablar. ¿Irás?
-Sí, tengo ganas de estar con Javi. Y tú también vendrás.
-¡Ni hablar!
-Vamos Kate, por favor, no quiero ser la única chica.
-¿Qué pasa con Gina?
-Perdona, tienes razón, deja que cambie la frase, no quiero ser la única chica con cerebro. –Nos reímos y fuimos al comedor. No vimos a Gina ni a Rick en toda la cena, pero intenté no pensar en ello. Tom me distrajo y estuvimos hablando. Lo observé con atención. Era guapo, con una bonita sonrisa y también unos ojos preciosos, pero no como los de Rick… no, los de Rick eran hipnóticos. Y su mirada era tierna, amable, aunque se comportara como un auténtico…
-¿Kate?, ¿me estás escuchando?
-Si… si… perdona.
Cuando acabamos de cenar nos fuimos a nuestros respectivos dormitorios. Lanie me miró y me dijo que habíamos quedado a las once.
-Lanie en serio no me apetece nada…
-Kate, escucha, lo que hay entre esos dos no es nada serio. Gina está buena y Rick es un hombre. Pero he visto como te mira a ti y créeme, siente algo por ti.
-Siente algo por mí pero no duda en tirarse a la rubia. –Escupí.
-Kate…
-No, da igual Lanie, déjalo, no me importa. –Estuvimos en silencio el resto del tiempo, ella enfrascada en los apuntes, yo con mi libro de Richard Castle. Se levantó mirando su reloj.
-Las once menos diez, ¿vienes o no? –Suspiré y asentí. Fuimos al dormitorio. Era igual que el nuestro, pero tenía un escritorio menos y por lo tanto más espacio. Rick estaba sentado en la cama situada debajo de la ventana, con Gina en su regazo. Le hablaba mientras que le acariciaba el cabello. Sentí nauseas. Lanie carraspeó.
-Ya estamos aquí.
-Hola Lanie, Kate. –Nos saludó con su sonrisa de galán de telenovelas. Le hice un simple gesto con la cabeza y me senté en la cama de enfrente, con Lanie a mi lado. Esposito y Ryan entraron en ese momento, seguidos de Tom y el compañero de habitación de Rick.
-Chicas este es Will. Ellas son Lanie y Kate. –Will nos saludó, sonriendo. Esposito se sentó en la cama, detrás de Lanie. Ella apoyó la cabeza en su pecho, sonriendo relajada. Tom me sonrió y se sentó a mi lado. Will y Ryan se sentaron en el suelo.
-Bueno… ¿Cuál es el plan? –Preguntó Tom.
Gina sonrió desde su cómodo asiento humano y se levantó sacando cervezas de debajo de la cama.
-No nos dejan beber alcohol, esas estupideces de que estamos en un lugar serio, pero ya no somos críos. Así que… ¿Quién quiere? –Todos levantamos la mano. Gina nos tendió un botellín abierto a cada uno, cuando se acercó a mí preguntó:
-¿Segura?, puede que tú papá se enfade contigo.
-Hace mucho que mi padre no me dice lo que tengo que hacer, ni donde debo estudiar. –Repliqué, haciendo referencia a que Gina estaba en la Academia por imposición de su padre. Ella me miró con odio de forma disimulada y me dio la cerveza, luego volvió a sentarse en las piernas de Rick, besándolo apasionadamente. Ryan tosió.
-¿Y ya está?, ¿beber y punto?
Gina rompió el beso y sonrió.
-No, veréis, ayer Lanie dijo que debíamos conocernos mejor y he pensando qe podríamos contarnos más de nosotros, pero cosas más interesantes… ¿qué os parece?
-Qué ya somos muy mayores para jugar al "Yo nunca" –Contestó Lanie adivinando las intenciones de nuestra compañera de cuarto.
-Pues no juguemos. Simplemente que cada uno de nosotros haga una pregunta y todos debemos responderlas. ¿Quién se apunta?
Al final todos aceptamos, aunque tanto Esposito, como Lanie y yo a regañadientes. Gina sonrió triunfante.
-Entonces empiezo yo. Venga, ¿a qué edad disteis vuestro primer beso? Yo a los doce. –Miró a Rick.
-Fui bastante menos precoz. Fue a los quince. ¿Will?
-A los catorce. ¿Ryan?
-A los quince también. ¿Tom?
-Trece. ¿Esposito?
-Catorce. ¿Lanie?
-A los quince también. ¿Y tú, Kate?
-A los doce. –Gina me miró con incredulidad, Rick sonrió. Le tocó el turno de Lanie para preguntar.
-Vale… ¿cuándo os tomasteis vuestra primera cerveza?
Al igual que antes todos dimos respuestas parecidas, quince, dieciséis… Ryan fue el único que dijo que no bebió alcohol hasta los dieciocho. Las siguientes preguntas fueron las típicas, ¿alguna vez habéis puesto los cuernos?, ¿alguna vez os habéis dejado a alguien? y cosas así, hasta que a Gina le tocó hablar de nuevo.
-Bueno la pregunta estrella. ¿Con cuántos la perdisteis? –Miré a otro lado, incapaz de soportar su mirada de alegría cuando vio mi gesto. –Yo con catorce. ¿Cariño?
Rick la miró y respondió con una sonrisa. –Diecisiete. Esperé a la chica adecuada. ¿Will?
-Dieciséis. ¿Tom?
-Quince. ¿Ryan?
-Diecisiete. ¿Esposito?
-Dieciséis. ¿Lanie?
-También. –Lanie me miró pero no preguntó. Gina sonrió.
-¿Kate?, solo quedas tú.
No contesté, noté las miradas de todos clavadas en mí. Rick rompió el silencio.
-No podemos obligarla, será mejor que dejemos el juego.
-No, las reglas son así y ella ha querido jugar. Kate, vamos, todos lo hemos dicho. ¿A qué edad fue tu primera vez?
-Gina, déjalo. –Lanie le lanzó una mirada asesina.
-Espera… ¿no será que eres…? ¡oh! ¡venga ya!, ¿eres virgen? –Empezó a reírse, los demás no sabían que decir. Me levanté y salí de la habitación con las mejillas enrojecidas. Lanie se apresuró a seguirme. Me encerré en la habitación y me arrojé a sus brazos llorando. Ella me rodeó con cariño y me dijo que no me preocupase, que la única que había hecho el ridículo era Gina. Me limpié las lágrimas. Me sentía avergonzada, no por ser virgen, sino porque fuera algo que me afectara tanto.
Ha sido un día horrible y ha acabado como tal. Aún no sé porqué me he acostado con Gina, cuando lo único que quiero es estar con Kate. La rubia está muy bien, aunque es estúpida y cruel. Echa buenos polvos, para que mentir, pero poco más. En estos momentos no sé a quién odio más, si a Gina, a Kate, por estar tan encerrada en sí misma o a Kyra, por haberme hecho daño y haberme cambiado tanto. Antes nunca me hubiera tirado a la rubia, no, hubiera esperado pacientemente a entrar en el corazón de Kate, pero tras el dolor que me provocó la pérdida de mi primer amor me dije a mí mismo que era estúpido. Desde entonces, muchas mujeres han estado en mis brazos, a algunas apenas la reconocería si las viera por la calle. Gina ha sido la última de esos consuelos. Pero ella no tiene nada que ver con lo que realmente busco y deseo. Ella no es Kate. No, no lo es. Por eso es lo que me conviene. Porque de Kate me puedo enamorar, pero de Gina no. No, Gina solo es un polvo. Un polvo que echar cuando necesite desahogarme o cuando necesite olvidar. Solo eso. Un polvo.
