Disclaimmer: Los personajes le perteneces a la grandiosa mente de stephanie Meyer y la historia pertenece a la genial Nicole Jordan

CAPITULO 2

Llena de agitación, Bella descendió del carruaje de alquiler para encontrarse ante la magnífica residencia de Cullen en la moderna Mayfair. Con un estremecimiento, tiró de la capucha de la capa que le enmarcaba el rostro, menos como protección contra la gris llovizna matinal que para ocultar su identidad. Una dama no visitaba el hogar de un caballero, en especial de alguien con la infame reputación de lord Cullen.

No obstante, la impulsaba la desesperación. Bella hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y subió los peldaños de mármol hasta la imponente puerta principal. Cuando se presentó un majestuoso mayordomo, le entregó su tarjeta. El anciano sirviente no movió siquiera una ceja ante la sorpresa de su presencia.

—Preguntaré si su señoría está en casa, milady —salmodió—. ¿Desea aguardar en el salón azul?

Aceptó la oferta. Al entrar en la estancia dejó caer la capucha, pero permaneció de pie, sin apenas reparar en la elegancia de su entorno, que revelaba buen gusto y riqueza. En aquellos momentos, las puertas del infierno habrían sido más atrayentes.

Despreciaba a los nobles licenciosos. Y Edward cullen, era un crápula de primera clase. Se le conocía como dirigente de la célebre Liga Fuego del Infierno, una cofradía de depravación integrada por caballeros acaudalados, que seguía el modelo del club de similar nombre que se había ganado merecida mala fama hacía medio siglo.

Aun así, si albergaba alguna esperanza de salvar las fincas Swan, tendría que reprimir su desagrado.

Al cabo de unos momentos apareció en el salón un joven caballero que se inclinó cortésmente mientras la inspeccionaba curioso tras sus gafas.

— ¿Lady Black? Soy Mike Newton, secretario de su señoría. Me ha pedido que le pregunte si puedo serle útil.

— ¿No está lord Cullen en casa? —preguntó ella sin sentirse sorprendida al verse atendida por un empleado.

—Se prepara para salir. Me sentiría muy satisfecho si pudiera serle útil.

—Me temo que no es probable. He venido por una cuestión de cierta urgencia que sólo su señoría puede tratar conmigo. —Sonrió tímidamente a modo de disculpa, pero añadió con decisión—: ¿Le dirá que aguardaré a que baje?

El señor Newton inclinó la cabeza y se retiró. Regresó en seguida con expresión preocupada.

—Su señoría me encarga que le diga que le concederá una breve entrevista... arriba, milady. ¿Tiene la bondad de seguirme?

Esperaba que la condujera a un salón, pero cuando hubieron subido la amplia escalera, el secretario la precedió por un vasto vestíbulo hasta una cámara privada. Newton la dejó tras una inclinación y meneando la cabeza con evidente desaprobación.

Bella observó al entrar que la estancia era amplia y que estaba decorada elegantemente en colores carmesí y dorado, con mobiliario de rica caoba. En el centro de la vasta cámara había un enorme lecho cuyas ropas aún estaban revueltas.

Sintió acelerarse los latidos de su corazón: era el dormitorio de lord Cullen

—Pase —dijo alguien con tono lánguido y sardónico desde el otro lado de la habitación.

Bella dio un solo paso y se detuvo bruscamente. El perverso caballero iba sin camisa; vestía sólo pantalones y botas. La extensión de su piel desnuda era imponente. De amplios hombros, pecho robusto que subrayaba su masa musculosa, un estómago duro y liso y estrechas caderas, tenía la apariencia de un dios griego. Su musculatura sugería su dedicación a los deportes atléticos. A ello se sumaba el hecho de que era peligrosamente hermoso, con lo que el pulso de Bella se aceleró.

Había olvidado el terrible impacto que le causaba aquel hombre.

Él la obsequió con una sonrisa de disculpa mientras se ponía una holgada camisa de batista.

—Discúlpeme por recibir a una dama en tal estado de desnudez, pero usted ha insistido.

Era verdad que lo había hecho. Aun así, comprendió que el hecho de que la recibiera allí era un declarado intento de intimidarla. Si se sabía que había visitado su dormitorio —una guarida de iniquidad sin duda—, ella se vería totalmente comprometida. Sin embargo, no estaba en condiciones de desafiarlo. Si quería tener alguna esperanza de convencerlo, debería tragarse su consternación y su nerviosismo.

—Puedo arreglarme solo —dijo Cullen al criado que le ayudaba.

Cogió el resto de la ropa y despidió al ayuda de cámara, que se inclinó y se retiró obediente.

Bella, a solas con el primer libertino de Londres, hizo un fútil intento de tranquilizar su desbocado pulso.

— ¿Le importa que continúe vistiéndome?

Cullen fue hacia el espejo de cuerpo entero, donde se dedicó a anudarse el pañuelo con consumada pericia.

—Me apremia el tiempo. No deseo llegar tarde a una cita con mi sastre. Mi secretario espera que ocupe mi puesto en la Cámara de los Lores, lo que requiere que vaya convenientemente vestido.

Su seco tono sugería cínica diversión, pero Bella no podía creer que le preocupara demasiado su vestimenta.

Era un bellaco audaz, con un sentido natural de innata arrogancia, pero no era un petimetre. Y no tenía ninguna necesidad de confiar en su sastre para presentar un aspecto favorable. Los hombres le temían y respetaban, mientras que sólo con su aspecto y encanto había seducido a legiones de mujeres. Bella no podía negar que todos sus instintos femeninos cobraban vida en su presencia. Aquellos ojos sorprendentemente verdes, bordeados por espesas pestañas, se podían calificar de hermosos.

Tragó saliva hasta que consiguió encontrar su voz.

—Gracias por acceder a hablar conmigo —comenzó en tono conciliatorio.

En el espejo se reflejó una rápida sonrisa masculina.

—No tengo otra elección que ceder graciosamente milady. Es usted muy persistente... y sospecho que está bastante decidida a acampar en mi puerta.

—La necesidad me obliga a ello. Pero sólo deseo diez minutos de su valioso tiempo.

—Puede contar con sus diez minutos, pero le advierto que diez horas no bastarían para que cambiase de opinión con respecto a su hermano. Siéntese, por favor.

Bella miró los sillones con orejeras que estaban ante el hogar y la chaise longue junto a la lejana ventana.

—Gracias, pero prefiero seguir de pie.

Él inclinó la cabeza para dar a entender su indiferencia y se hizo un elegante lazo en el pañuelo.

— ¿Sabe su hermano que está aquí?

—No. Y no tengo intención de decírselo. Se escandalizaría si supiera siquiera que le he visitado, y más aún que me ha recibido en su dormitorio.

— ¿Por el famoso saqueador de la virtud femenina que soy? —inquirió él irónicamente—. Odio desilusionarla, pero no estoy a la espera de indefensas féminas que embelesar.

La miró a través del espejo.

—Aunque en su caso confieso que podría sentirme tentado.

Ella exhaló un suspiro.

—No se equivoca, milord. He venido para discutir la deuda de honor de mi hermano.

—Muy inteligente por mi parte haberlo sospechado.

—Tal vez no comprenda el infortunio que cumplir esa deuda supondrá para mi familia —prosiguió Bella esforzándose por adoptar un tono razonable.

Él suspiró resignado.

—Deduzco que se propone decírmelo.

—Mi madre y mis hermanas se quedarán en la miseria, sin un lugar donde vivir.

—Su hermano siempre puede apelar a los prestamistas para pagar sus deudas.

—Ningún prestamista adelantaría tal suma sin las fincas Swan como garantía. Aunque fuera capaz de pagar su deuda de honor con usted, una vez en las garras de los usureros el resultado sería el mismo. Emmet perdería sus fincas, sería encerrado en la prisión de los deudores y su familia expulsada de su casa.

—Aún no entiendo cómo ello me afecta a mí.

Bella reprimió una enojada respuesta. No serviría de nada provocar la hostilidad de lord Cullen.

—Tiene todo el derecho a vengarse de mi hermano, pero ¿debe hacer sufrir también a su familia?

—Es una desafortunada consecuencia de sus acciones.

—No sólo de sus acciones. Usted es un jugador experto, milord. Lo atrajo a un juego fuerte, así lo admitió anoche.

—Ciertamente, tenía toda la intención de arruinarlo.

—Desplumar a muchachos inexpertos debería estar penado por la ley —murmuró Bella con amargura.

—Así como destruir la vida de inocentes muchachas —replicó él. Al ver que se limitaba a mirarlo, añadió impaciente—: ¿Ha venido para interpretar una ejemplar desaprobación, lady Black?

—No. He venido para convencerle de que sea razonable.

Él ignoró su comentario.

—Emmet ha amenazado con pegarse un tiro si no logra encontrar el medio de salir de esta dificultad.

—Confieso que no me romperá el corazón.

—Pero sí el mío.

La miró a los ojos, como si valorase su sinceridad. Luego sacudió la cabeza mientras endurecía su expresión.

—Su hermano debe pagar un precio por su imprudente crueldad. Pero le haré una concesión. Si es bastante hombre para venir a verme, discutiré las condiciones del pago.

A Bella se le alivió el peso del corazón ante su oferta, pero no lo bastante.

— ¿Qué condiciones son válidas si no puede pagar a su sastre y mucho menos una apuesta de la importancia que le adeuda?

—Está singularmente interesada en sus asuntos financieros, ¿verdad?

—Tengo buenas razones para ello. Dirijo las fincas Swan para Emmet, puesto que él tiene poca cabeza para llevar cuentas.

Cullen enarcó una ceja.

— ¿Y usted sí la tiene?

—Lo suficiente como para saber cuándo se encuentra en serios aprietos. Y debo decirle que no se le debe censurar totalmente por sus escasos recursos. La principal dificultad siempre ha sido convencer a nuestra familia para que economice. Me temo que somos despilfarradores.

Al ver que no obtenía respuesta prosiguió:

— ¿No hay modo de que considere reducir la deuda?

— ¿Qué tiene para ofrecer a cambio, milady?

Bella se mordió el labio y Edward desvió su mirada hacia aquella mórbida boca. Exigía un esfuerzo hercúleo endurecer su corazón ante sus súplicas. Lady Black era una famosa belleza y él siempre había sido parcial con las mujeres hermosas. Sus ojos chocolate eran tan luminosos que daban ganas de sumergirse en ellos, mientras que sus cabellos eran del lustroso color café.

Pero había sido lo bastante calculadora como para casarse con un título y propiedades y, durante su matrimonio, había alternado en ambientes borrascosos. Podía estar cortada por el mismo patrón que su vicioso hermano y su fallecido esposo. Se sabía que sir Jacob había dilapidado su herencia mientras seguía un sendero de escándalos y depravación hasta encontrar un fin prematuro. De dar crédito a los rumores, sus amigos habían estado más que deseosos de consolar a su afligida viuda. Admitió que Bella Black no parecía tan superficial y vacía como otras damas elegantes, pero podía estar interpretando un papel en su beneficio.

Aunque sus atractivos ojos se mostraban recelosos, su mirada reflejaba una certeza sexual que a él le decía claramente que sentía la atracción que había entre ellos.

—Me temo que tengo poco que ofrecerle. La muerte de mi esposo me dejó en circunstancias algo apuradas —reconoció quedamente—. Nuestro hogar estaba tan agobiado por hipotecas que, una vez se pagaron sus deudas, no quedó nada.

—Entonces sería preferible que buscara un esposo rico.

Advirtió en ella una mueca de desagrado.

—Aunque estuviera inclinada a volver a casarme, que no es el caso, no es momento para que yo encuentre un marido.

—Al parecer tiene un dilema. Pero una mujer hermosa como usted siempre puede tomar un amante. ¿O quizá ya lo tiene?

Se expresaba en tono firme, curioso.

Bella apretó los dientes.

—No tengo ningún amante, lord Cullen.

—No obstante no se abstiene de utilizar sus encantos femeninos para conseguir sus fines. Supongo que el seductor vestido que llevaba anoche era por mí.

Bella se sonrojó, pero se mantuvo firme en su posición.

Cullen la repasó con la mirada de la cabeza a los pies.

—No debería serle difícil encontrar un protector. Tiene abundantes encantos para negociar. Utilice ese hermoso cuerpo en su provecho.

—No soy una mujer frívola, milord —repuso ella entre dientes, tan furiosa que él tuvo que creer en su sinceridad.

Su indignación hizo detenerse a Edward. Estaba acostumbrado a que las mujeres se arrojaran a sus pies. Debía considerar a su favor que la encantadora Bella no había intentado acosarlo con lágrimas ni historias retorcidas. No se proponía engatusarlo para conseguir un favor de él. Simplemente, le rogaba con honradez que les permitiera conservar su casa.

Debía confesar que admiraba su franqueza así como su valor. Incluso admiraba la decidida defensa de su hermano por muy equivocada que fuera.

Pero era poco aconsejable que se permitiera ablandarse ante ella. Bella Black era inteligente, con bastante ánimo para resultar intrigante, y lo bastante hermosa incluso para un hombre de sus hastiados y refinados gustos. En circunstancias normales, hubiera podido experimentar sentimientos compasivos hacia ella, tal vez incluso entablar un juego de seducción. Pero aquéllas eran unas circunstancias poco corrientes. Su hermano había destrozado la vida de su inocente hermana y tendría que pagar por ello.

— ¿Nunca ha hecho nada que haya lamentado? —le decía ella—. Emmet fue criado sin ningún concepto de responsabilidad. Nuestro padre fue un pobre modelo para él.

—Una historia edificante.

—Mi hermano es sólo un chiquillo, milord.

Emmet endureció su mirada.

—Y mi hermana no es más que una chiquilla cuya vida Swan ha arruinado cruelmente.

—No estoy disculpando su comportamiento —consiguió decir Bella más comedida—. Pero pensaba que usted desearía dedicar sus energías a ayudar a su hermana en lugar de a buscar venganza.

—He estado dedicando mis energías a ese fin.

— ¿De verdad? ¿No la ha dejado sola en el campo mientras regresaba a Londres a su existencia de placer?

En aquel momento fue Edward quien apretó la mandíbula.

—No alcanzo a ver en qué le concierne eso, lady Black, pero si quiere saberlo, estoy en la ciudad buscando una acompañante para ella. La principal razón de mi venida es acudir a las agencias de empleo y entrevistar a posibles candidatas.

«Y visitar a su sastre», pensó Bella, e hizo todo lo posible por ocultar su desdén. El poderoso barón sin duda no quería verse molestado por su inválida hermana si estaba planeando eludir su responsabilidad y colocarle a la muchacha una empleada.

— ¿No resulta algo despiadado dejarla en manos de una desconocida?

— ¿No resulta algo imprudente provocar mi hostilidad, lady Black? —repuso con suave voz revestida de acero.

Bella vaciló mientras observaba la tormenta que se formaba en los ojos de él. Lo había irritado, algo realmente estúpido. Lord Cullen era un hombre peligroso por su implacable voluntad. Al ver que avanzaba hacia ella lentamente, sólo pudo mantenerse firme en su terreno. Era demasiado consciente del cuerpo de él, de sus dimensiones, su fuerza y su ruda masculinidad.

Se detuvo ante ella y la miró con dureza. El calor y la intensidad de sus ojos eran desconcertantes. Luego su voz se redujo a un bajo murmullo.

—Está aquí sola, en el dormitorio de un famoso libertino. Podría comportarme de manera malvada con usted y nadie me acusaría de nada.

Era una amenaza, pero en cierto modo la hizo sonar como una promesa sensual. Aún más desconcertante fue el modo en que examinó su pecho. Ella sintió su mirada como una caricia tangible, advirtió que sus senos se endurecían como si realmente la hubiera tocado.

Se quedó inmóvil cuando él le rozó la garganta. Contuvo la respiración mientras su elegante dedo trazaba un sendero leve como una pluma hacia el vulnerable hueco.

— ¿La aturdo, lady Black? —la zahirió él suavemente.

—No... Desde luego que no.

—Pues ¿por qué es tan quedo su aliento y su delicada piel está tan sonrosada?

Era cierto que de repente se había quedado sin aliento y que sentía demasiado calor. Pero si creía que podía intimidarla, se enteraría de que había encontrado su igual.

Bella irguió la barbilla desafiante y le devolvió la mirada.

—Había confiado en apelar a su mejor naturaleza, milord, pero veo que no la tiene.

Lord Cullen sonrió fríamente.

—Mi naturaleza es encantadora en según qué circunstancias.

—He visto pocas pruebas de ello.

—Apenas me conoce.

Él siguió contemplándola durante unos momentos, mas luego agitó la cabeza como si hubiese recordado dónde estaba.

—Por mucho que disfrute discutiendo con usted, tengo que cumplir con un compromiso.

Bella soltó un suspiro de frustración. Él tenía razón. Aquello no conducía a nada. Con un peso en el corazón, hizo un último intento para convencerlo.

—Ha preguntado qué podía ofrecer a cambio de devolver las fincas de mi hermano, milord. Bien, estoy dispuesta a ofrecer mis servicios...

«Ah —pensó él irracionalmente decepcionado con ella—. Ahora hemos llegado al punto de las negociaciones.»

—Comienza a interesarme enormemente.

—... como acompañante de su hermana —prosiguió Bella.

El hombre frunció el ceño.

— ¿Cómo acompañante?

—Dijo que buscaba una para la señorita Cullen.

—Deme una simple razón por la que debiera confiarle el bienestar de mi hermana.

—Porque podría serle de ayuda. Según se dice está bastante mal. Tengo entendido que no puede dejar el lecho, y que se ha convertido en una solitaria.

— ¿Qué dotes tiene usted?

—Tratar con damas con problemas de salud no es una situación nueva para mí. Mi madre es una semi inválida, y con frecuencia se ve confinada a su lecho por lo que cuento con cierta experiencia. Y podría ofrecer a su hermana la importancia del rango. Aún conservo el título de mi esposo y soy hija de un vizconde. Ninguna institutriz-acompañante podría darle tanto.

Edward la examinó tratando de juzgar si se trataba de una estratagema. Aunque ella parecía muy sincera, se preguntaba hasta qué punto se sacrificaría por su familia. Asintió lentamente, decidido a comprobar su resolución.

—Le concedo que tiene valor. Pero me pregunto hasta dónde está dispuesta a llegar.

—Haré lo que pueda para salvar a mi familia.

— ¿De veras? —Sonrió tenuemente—. Bien, tiene suerte, querida, me encuentra de talante indulgente. Pero tengo en mente un arreglo más íntimo que el que usted considera. Haré un trato con usted: le ofrezco el puesto de acompañante... pero no de mi hermana sino de mí.

—Yo... no comprendo.

—Entonces se lo explicaré con más claridad: cancelaré la deuda de su hermano si se convierte en mi amante.

Por su aspecto horrorizado se veía que estaba claramente atónita.

—No sería para siempre. Sólo hasta que nos cansáramos uno del otro. Digamos... ¿durante el verano?

Ella lo miró con fijeza.

—No puedo creer que un hombre de su reputación carezca de amantes.

Él se encogió de hombros indiferente.

—En estos momentos me encuentra en época de cambio. El cargo es suyo si lo desea.

Lo que ella deseaba era abofetearlo por su insultante propuesta. No podía estar hablando en serio... ¿o sí?

—Es usted ofensivo, señor.

Él se limitó a mirarla y sonrió lenta y cínicamente.

—Vamos, querida. Su simulacro de indignación es un poco exagerado. Es usted una mujer de mundo. No pretenderá que crea que está escandalizada.

Acortó la distancia que había entre ellos y llevó la mano a su seno. Al rozar el pezón con sus nudillos, ella sintió claramente el impacto sensual a través del tejido de su capa y de su vestido. El atrevimiento del gesto la alarmó tanto como la fogosa sensación que engendró.

Bella exhaló un hondo suspiro y retrocedió un paso a una distancia más segura.

Lord Cullen exhibió una sonrisa cortés y triunfal. La ligera curva de sus labios irradiaba encanto varonil. Bella podía comprender perfectamente que conquistara a legiones de mujeres. Las habría cautivado en incontable número con aquella sonrisa perversa y sensual.

— ¿De modo que declina mi oferta? —murmuró, aunque era evidente que imaginaba haber ganado.

— ¡No he dicho eso! —replicó ella bruscamente.

— ¿Qué dice entonces?

—Yo... La consideraré.

—Bien, considérela pronto, querida. Pero le voy a hacer una valiosa advertencia. Si negocia conmigo, lo hace con el diablo.