Estoy en un bosque. Es de noche, pero la luna me deja ver lo suficiente. Tengo miedo, sin embargo. Temo a lo que no conozco, a esta soledad a la que me condena este silencio que me encierra.
Y llueve.
Llueve; estoy empapado. El terror me acecha. Miro hacia atrás (no importa hacia dónde mire: la infinitud está en todas partes) y entre los árboles distingo sombras. Son mis fantasmas, la materialización de todos mis miedos. Son ellos dos, de nuevo. Corro, corro y después vuelo. El cielo no existe, no importa cuánto me eleve: los árboles siguen tapándome, son el contexto que me devora, el infierno que me quema; son el exterior del cual no hay —ni habrá— escapatoria. Y vuelo, vuelo y lloro, lloro y tropiezo. Los cuerpos, ahora, llenan el suelo, el aire, el todo de este entorno asfixiante. Reconozco cada cuerpo que choco al intentar, en vano, huir; son todas aquellas personas a las que, por mi debilidad, no fui capaz de salvar. Son quienes han muerto en mis brazos. Las víctimas de los androides.
Debo huir; no puedo. No hay forma de salir de este bosque.
Y las sombras me persiguen.
—¡Basta! —bramo hasta desgarrarme la garganta—. ¡Basta, por favor! ¡BASTA!
Basta.
El pasado me acecha, el presente me engulle, el futuro no se muestra ante mis ojos.
Estoy perdido.
Estoy muerto.
Y ellos, siempre, están cosidos a mi sombra, están clavados en mis miedos, están destinados a acecharme hasta mi último aliento.
Son ellos dos quienes censuran mi visión, aquellos monstruos que no me dejan ver más allá. Seres hechos de sombras que nublan todas mis capacidades, hasta lo obsceno. Son ellos dos, mis androides, mis enemigos, los defectos de mi vida. Si ellos no existieran, yo lograría alcanzar la luna que veo, pero que no logro tocar, esta que se erige sobre mi cabeza. Si ellos no existieran, yo podría tocar esta luna, podría besarla, podría volverme una con ella. Y es que la luna, por ser protagonista de la oscuridad, aquella rival del sol de infinito poder, tiene demasiado que ver conmigo. Me simboliza, sí: es esa belleza la que deseo alcanzar, la luz en medio de esta oscuridad perpetua que es el infierno en el que vivo. Pero ellos están detrás de mí, riendo, bramando humillaciones. Ellos me dicen todo lo que yo pienso de mí mismo:
—Eres débil.
—Eres inútil.
—No vales nada, Trunks.
—No vales ni siquiera la muerte que podríamos gozar a partir de ti.
—Es por eso que no te matamos.
—Porque ni siquiera morir te mereces.
—Si te matamos, te estaríamos liberando.
—Y no queremos liberarte; queremos torturarte para siempre.
—No porque tengas algún significado para nosotros.
—Sino por el mero hecho de hacerte aún más infeliz.
—Así que vive, Trunks.
—Vive en este infierno y marchítate segundo a segundo.
—Muere en vida.
—Mientras sigues vivo.
—Porque no vales nada.
—Porque eres un ser inferior.
—Porque no tienes lo que hace falta.
—Porque eres un cobarde.
—Un niñito cobarde que sólo desea una cosa:
—Morir.
—Y no te mueres porque ni para eso sirves.
—Así que mejor dejarte vivo.
—Y demostrarte qué tan poco vales.
—Qué tan poco significas.
—Qué tan poco eres capaz de hacer.
—Qué ser tan miserable eres.
—¡Miserable!
—¡Eres un miserable, Trunks!
—¡Eres el ser más miserable de la historia!
—¡Y no vales ni un centavo!
—¡Y tu destino es que tu pasaje por esta vida sea rápidamente olvidado!
—¡EFÍMERO!
—¡Porque jamás serás lo que deseas!
—¡Porque nada de lo que deseas te mereces!
—¡NO TE MERECES NADA, TRUNKS!
—¡PORQUE ERES UN POBRE INFELIZ!
—¡INFELIZ!
—¡Y JAMÁS NOS VENCERÁS!
—¡PORQUE NUNCA PODRÁS DERROTARNOS!
—¡PORQUE NO LO MERECES!
—¡PORQUE NO NACISTE PARA ELLO!
—¡PORQUE NO NACISTE PARA SER FELIZ!
—¡Y JAMÁS PODRÁS COMBATIR CONTRA TU DESTINO!
—¡ASÍ QUE SUFRE, BASURA!
—¡SUFRE!
—¡SUFRE!
—¡SUFRE MIENTRAS REÍMOS!
—¡SUFRE MIENTRAS MATAMOS TODO LO QUE AMAS!
—¡SUFRE MIENTRAS TE CONDENAMOS!
—¡SUFRE, INFELIZ! ¡SUFRE!
—¡SUFRE PARA SIEMPRE!
TRES FORMAS DE UNIÓN
II
«Por el consuelo»
—¡Trunks, despierta! ¡TRUNKS!
Abrió los ojos. Empapado del sudor frío que le recorría cada rincón del cuerpo, enfocó como pudo a su madre, que, desesperada, lo sujetaba del pecho. Se incorporó con violencia, tembló.
—Mamá…
Bulma contuvo el llanto, como de costumbre. Contenerse, ante el sufrimiento de su hijo, no sólo era menester; era fácil, pues ningún dolor que ella pudiera sentir, sabía, podía compararse con el de él.
—Shh… Fue un sueño, mi amor. —Lo abrazó, detuvo su temblor con las más dulces caricias, con los más maternales susurros—. Ya pasó, ya pasó. Ya despertaste.
Él lloró, con fuerza; lloró sin consuelo.
—Los odio.
—Lo sé, Trunks.
—Los odio, mamá…
—Lo sé, lo sé.
—¡YA NO PUEDO MÁS!
Ni Bulma pudo, porque lloró junto a él hasta el amanecer.
—Buen día, Bulma —dijo Lunch. Al escucharla, la científica dio un respingo.
—¡Me asustaste…! —Examinó a su acompañante y sonrió con una dulzura que, en ella, quedaba extraña—. Estás azul hoy.
Lunch, la versión tierna y cálida de ella, rio apenada.
—Sí… —dijo Lunch. Suspiró, y un leve tono carmesí se apoderó de sus mejillas—. Cuando terminó el turno de vigilancia, estornudó. Ella necesita descansar también, supongo.
Al terminar de hablar, llenó de dudas su rostro. Era extraño hablar de su otro yo como una persona distinta, pero hacía tanto que esto le sucedía que estaba, de alguna forma, acostumbrada. Años les había llevado entenderse, pero, de alguna manera, las dos habían logrado una satisfactoria convivencia. Sabía que ella le era de gran utilidad al refugio, que esa ella había aprendido a usar su rimbombante energía en algo positivo y no en algo negativo como esos asaltos que la hacían ser una de las criminales más peligrosas del mundo. Ella, la versión azul de ella, admiraba que su otro yo ayudara tanto a Bulma y los demás en el refugio que era la ex Corporación Cápsula.
Estudió en detalle a su amiga: Bulma estaba ojerosa, despeinada y apestaba a cigarrillo.
—Te ves agotada —comentó Lunch en un tímido murmullo.
Bulma se quitó la gorra que traía para rascarse el cabello. Luego, la devolvió a su cabeza.
—Noche larga. Creo que puedo hablar contigo.
—Claro, ¿por qué no vamos a la cocina? Prepararé un buen café para ambas.
Bulma soltó las herramientas, dio la espalda a la máquina del tiempo que tan obsesa la tenía y fue a la pequeña cocina que tenía desde siempre en su laboratorio, la más pequeña de las tres cocinas que había en el refugio, que por albergar tanta gente necesitaba todos los espacios posibles para algo tan importante como el alimento. Como cada vez eran más, debido a la destrucción que no paraba de suscitarse en cada rincón del mundo, estaban ampliando y modernizando lo más posibles las otras dos. Hacían lo que podían y todos juntos: hombres, mujeres y niños trabajaban día y noche en el refugio, hacían todo lo que estuviera a su alcance para aportar un grano de arena: cargar materiales, buscar insumos, verificar funcionamientos. No era mucho, pero era lo que a todos les salía del alma ante el infierno dominado por los androides: cooperar los unos con los otros.
Era lo único que podían hacer.
Las amigas de casi toda la vida se sentaron en la pequeña mesa de la diminuta cocina. Lunch hizo café en aquella cafetera desgastada por los años, de un modelo muy antiguo construido por la Corporación Cápsula, que Bulma mantenía en funcionamiento pasara lo que pasase al repararla una y otra vez para que nunca hubiera que tirarla. En ese futuro devastado, era fácil sentir amor por las cosas más ínfimas; por eso ella amaba esa cafetera, porque le recordaba los pocos buenos momentos que había pasado junto a sus seres queridos en ese lugar. Especialmente, recordaba las pocas sonrisas que Trunks le había dedicado alguna vez; sonrisas que, desde hacía cuatro años, desde la muerte de Gohan, no se habían vuelto a producir.
—¿Qué pasó anoche?
—Trunks tuvo una pesadilla —dijo Bulma sin soltar en ningún momento a la taza de café.
—¿Otra vez?
—Cada vez con más frecuencia. —Bulma revolvió el bolsillo de su mameluco de trabajo en búsqueda de su atado de cigarrillos. Al encontrarlo, abrió la cajetilla, retiró uno con la boca, sin soltar la taza, y le ofreció uno a Lunch. Al segundo, se arrepintió—. Cierto: cuando estás azul, no fumas.
Lunch sólo negó con la cabeza, sonriente.
—Espero a ella se le quite el hábito pronto. Por la noche, no puedo parar de toser.
Rieron como si nada más en la vida importara: cada instante de risa era, en el futuro, un segundo de eterno consuelo. Al final, Bulma se mostró cabizbaja, sus párpados de par en par.
—No sé qué hacer con Trunks. Estoy muy preocupada por él y quiero ayudarlo, pero no hay caso: está cada día más obsesionado. —Dio un largo sorbo al café y continuó—: No deja de entrenar, lo hace día y noche. Casi no duerme, no descansa lo suficiente. ¡Y hace un mes estaba en cama por culpa del ataque de los androides al refugio de la Capital del Sur! Necesita dormir, dormir todo lo que pueda.
—Pero cuando lo hace tiene pesadillas —reflexionó Lunch.
—Exacto. —Bulma terminó el café y apoyó la taza en la mesa, provocando un fuerte sonido dado el choque entre el objeto y el mueble—. Cuando duerme tiene horrendas pesadillas. No me las ha querido contar cuando le pedí que lo hiciera, para ver si podía hacerle bien descargarse. No sé qué sueña, pero debe ser algo horrible, porque empieza a gritar y…
La madre, ante el recuerdo del hijo, se detuvo por un nudo en el pecho. Llevó una mano allí, el cigarro apagado en su boca. El corazón le latía a mil por hora, porque se trataba de él, de Trunks, de lo único que le quedaba en la vida: lo más importante, su razón de existir.
Prendió el cigarrillo, devolvió el mechero al bolsillo del cual lo sacó y dio varias pitadas nerviosas.
—Sí, lo he oído gritar —comentó Lunch—. Mucha gente en el refugio lo ha escuchado sin querer. Todos están muy preocupados por Trunks, Bulma, no sólo tú. —Pese a todo, Lunch se permitió sonreír, intentando contagiar a su amiga con calidez—. Cada vez es peor. Es una lástima: cuando él volvió del pasado…
Bulma finalmente se contagió de la risa de su amiga: largó una desgarradora carcajada. Lucía como alguien que, aun cuando siempre se mantuviera fuerte, al mismo tiempo estaba rebalsada por todo y todos.
—Cuando volvió del pasado estaba lleno de ánimos, entusiasmadísimo. Me ha contado muy poco, y por lo que me dijo únicamente se limitó a darle la medicina a Goku y volver. Sin embargo, estoy segura de que no, de que no se limitó a eso: debe haber ido a ver a Vegeta, lo conozco. Incluso, quizá, también fue a ver a Gohan.
—Gohan… —Lunch suspiró la nostalgia que la llenó—. Cómo se lo extraña, nada ha vuelto a ser lo mismo sin él.
—Pero ya son cuatro años, Lunch. ¡Cuatro años! —exclamó Bulma—. Y hasta Chichi ha podido salir adelante. Claro que está destruida, no lo oculta, pero por lo menos ha convertido su sufrimiento en fortaleza, por eso cocina para todos durante todo el día, porque eso la ayuda a ayudar, a no pensar. Se mantiene ocupada y coopera con todos nosotros.
Como ella misma lo hacía.
—Trunks también lo hace.
—Pero Trunks está obsesionado. Cree que Gohan está muerto por su culpa, está tan seguro de ello que cada día es menos capaz de lidiar con cualquier situación.
»Cuando volvió del pasado hace un año, estaba casi hasta contento, pero después de la primera de dos derrotas que sufrió, la de hace seis meses y la de hace un mes, su ánimo se ha ido al diablo. Sobre todo después de la segunda pelea, en la cual casi murió, como recordarás, tiene pesadillas todos los días, sin excepción. Cada noche despierta sobresaltado, empapado de sudor. Tienen que ser sueños realmente horribles.
—Pobrecito… Es tan niño aún. ¿Tiene dieciocho, verdad?
—Sí… —Bulma volvió a quitarse la gorra y, con sus dedos, peinó los mechones del largo cabello turquesa que se le venían a la frente. En su boca, el cigarro se consumía milímetro a milímetro—. Si ellos no estuvieran, sería un muchacho tan radiante, tan lleno de vida y de energía… Los androides le están dañando el alma, el corazón. Temo por su salud mental, Lunch. Ya… Ya no sé qué hacer.
—Es demasiado joven para llevar tanto peso en sus espaldas. Tiene que relajarse un poco, Bulma. ¡Debemos intentar alegrarlo! No sé: una fiesta, una salida, algo así.
—No hay lugares a los cuales salir, no lugares seguros. Ya no quedan actividades con las cuales distenderse en este mundo. —Bulma dio una última pitada al cigarro y lo apagó con violencia sobre el cenicero de vidrio que siempre estaba en medio de la mesa—. Y para colmo, ¿con quién va a distraerse? Claro que me tiene a mí, a mí y a ustedes, pero no tiene ni un amigo. Todos aquí lo adoran y lo respetan, pero no tiene un vínculo profundo con nadie. Ni siquiera se interesa por alguna chica, y eso que admiradoras no le faltan.
Rieron de nuevo, con la misma exageración de antes. Cada instante de risa valía oro.
—Todas aquí están enamoradísimas de él.
—Sí, ¿y cómo no? Si es perfecto: guapo, bueno, fuerte, noble. ¡No sé cómo tengo un hijo tan maravilloso siendo quien soy! ¡¿Te acuerdas cuando éramos jóvenes?! —Carcajadas de las dos—. ¡Yo era cualquier cosa menos inocente, y él es un ángel! Es un ángel guardián lleno de belleza… —La voz de Bulma se quebró—. No puedo verlo así, irse en picada hacia la nada y por culpa de dos canallas asquerosos. No puedo…
—Ten paciencia, Bulma. Cuando la máquina termine de cargarse…
Porque la máquina del tiempo tardaba demasiado en recuperar la energía que utilizaba para el viaje. Bulma no había encontrado la forma de cargarla más rápido: si lo hacía, si llevaba al máximo la potencia, podía dejar al refugio sin luz durante días, incluso semanas, lo cual sería desesperante para las más de cien almas que vivían allí. El suministro eléctrico era tan enclenque que vivían quedándose sin luz: cada pequeño abuso podía dejarlos en la oscuridad por horas. Tenían que cuidarse con todo, por eso Bulma no podía permitirse cambiar a los habitantes del refugio por la máquina del tiempo.
El viaje, ese bendito viaje, aún no tenía serias repercusiones en sus vidas; no había completado su cometido. Recordó con pena ese instante donde creyó posible que el viaje de Trunks repercutiera en su futuro, algo que finalmente no había sucedido. Nada había cambiado, lo cual no llegó a decepcionarla del todo, si bien le había dolido; había soñado con abrir los ojos, con encontrarse en su Corporación Cápsula reconstruida, con la locura de sus padres, muertos por culpa de los androides desde hacía tantos años. Reencontrarse con todos sus amigos, abrazarlos uno por uno. Sí, había soñado con abrir los ojos y que él estuviera a su lado.
Pero no.
En el refugio, sólo Roshi, Woolong, Puar, Chichi y Lunch sabían de la máquina del tiempo y del viaje que Trunks había hecho. Bulma lo había guardado como el más íntimo de los secretos durante todos los años que le llevó el proyecto, pues no deseaba ilusionar a nadie; sobre todo, no deseaba ilusionarse a sí misma con imposibles. Unos días antes de que Trunks viajara, con todas las pruebas realizadas y exitosas, con la energía completamente cargada, los reunió en su laboratorio y se los contó:
—Según mis cálculos, es prácticamente imposible que las cosas cambien para nosotros: un cambio en el pasado no significa una nueva oportunidad; es una oportunidad para alguien más, es decir la apertura de una nueva línea temporal donde las cosas no serán como aquí.
—¿Entonces para qué hacer viajar a Trunks? —preguntó de mala gana la Lunch rubia aquella vez—. Si nada tendrá que ver con nosotros, ¿para qué?
—Quizá, él podría encontrar un punto débil de los androides…, o a lo mejor, si eso no funciona, podría traer a Goku aquí. Goku de seguro sería capaz de derrotarlos.
De borrar de la faz de la Tierra a esos hijos de puta.
—¿Bulma? —Lunch, la azulada, la trajo de vuelta al presente—. No te desanimes: cuando la máquina se recargue, Trunks podrá volver al pasado para buscar las respuestas que necesitamos. Cuando vaya al pasado, de seguro encontrará la motivación que necesita.
Bulma encendió un nuevo cigarrillo.
—Sí, no tengo dudas de eso: Trunks será capaz de todo, de todo y más. El problema es… —Hizo una pausa, dio varias pitadas al vicio, lo apoyó al borde del cenicero, observó cómo se consumía, recordó a Trunks empapado de sudor en sus brazos, temblando, llorando, maldiciendo a los androides—. Temo que pierda toda esperanza antes de que la máquina termine de cargarse. Si Trunks se deja vencer, ya no habrá futuro para nosotros.
»Sin él, todos perderemos.
Lunch tomó delicadamente su mano. Se sonrieron. Qué distinto era todo al pasado, a esas épocas donde se quedaban en el interior de Kame House con algunas cervezas de más, observando a Yamcha, Tenshinhan, Chaoz y Krilin a través de la ventana improvisando entrenamientos, las cortinas moviéndose hacia adentro y hacia afuera por causa de la suave brisa de la primavera. Qué distinto era todo, y ellas. Qué distinto deseaban que fuera todo.
—Trunks está muy solo —retomó Bulma, la nostalgia dueña absoluta de sus facciones—. ¿Escuchaste lo de Bell?
—¿Bell? ¿La muchachita que ayuda a Chichi en la cocina?
—Sí, ella. —Bulma apagó el cigarro, expulsó el humo por su boca y suspiró—. Es una chica muy bonita, muy dulce. Está enamorada de Trunks.
—Se le nota demasiado.
—Sí, ¿has visto cómo se sonroja cuando lo ve? ¿Cómo le tiemblan las manos? ¿La incapacidad de dirigirle la palabra? —Los ojos de Bulma brillaron por un magnífico instante; al segundo, se apagaron—. Le dije a Trunks que por qué no la invitaba a un picnic, ya sabes: está esa zona al sur de la ciudad donde hay un campo muy bonito que no sé cómo los androides nunca han destruido. Le insistí por semanas: llévala, Trunks, ¡si es tan buena muchacha! Sé que no debo meterme, pero él es tan tímido que valía la pena. —Rio unos momentos antes de proseguir—. La invitó. ¡Bell estaba tan feliz! Daba saltitos en la cocina, tendrías que haberla visto.
—¡Sí, la vi! —Lunch tapó una carcajada en su boca—. ¡Se puso a cocinar como una loca anoche!
Bulma, aun cuando sonreía, frunció el ceño.
—Trunks le suspendió la cita esta mañana. Se suponía que hoy saldrían, pero se la suspendió.
Lunch recuperó la seriedad.
—Pobrecita…
—Sí. Pasé por su puerta hoy: lloraba como loca. Y no es culpa de Trunks, ¿entiendes? Él no quiere herir a nadie, no quiere decepcionar a nadie, pero al mismo tiempo no logra darse un minuto de descanso y, en su afán de no herir, hiere. No quiere saber nada con nadie: sólo le importa matar a los androides. Se está perdiendo muchas cosas por esa obsesión, no la deja de lado ni un minuto, como si hubiera olvidado que en alrededor de un mes, si las cosas van bien, podrá volver al pasado y realizar con éxito nuestros planes: con Goku vivo gracias a su viaje anterior, todo será posible.
—Intenta hablar con él —recomendó Lunch—, es una lástima que se haga esto a sí mismo: se merece un instante de paz.
Paz, ese concepto que la madre jamás había podido explicarle al hijo.
Paz, esa palabra sin significado.
—No me escucha. No escucha a nadie, más bien.
Una sombra pasó por la puerta y las asustó a ambas. Luego del respingo que dieron, respiraron tranquilas al reconocer a Trunks. Venía con ropa deportiva, gastada por tanto uso, más polvo, más el pesado cansancio que denotaba su rostro. Entró en la cocina y las saludó débilmente con una mano, mientras buscaba un refresco en la humilde heladera.
—¿Estuviste entrenando? —preguntó su madre.
Trunks bebió un refresco a espaldas de ellas.
—Me cambio y sigo, disculpen.
Sin más, se marchó después de terminar de un sorbo la lata, que lanzó a la basura inmediatamente. Lunch y Bulma se miraron una vez en soledad.
—¿Ves? No para un minuto.
—Sí, veo… —Lunch estudió con la mirada a la taza de café que hacía minutos enteros había vaciado. La taza fue, por unos segundos, su mundo—. Si tan sólo Videl no se hubiera ido, quizá ella…
—Videl… —Bulma se inclinó hacia atrás en su silla metálica y le sonrió al techo. Sacó otro cigarro de su atado—. Sí, él la escucharía. Videl nunca volvió, no como se lo prometió. Trunks la extraña mucho: ella era lo único de Gohan que le quedaba.
—Debe estar en el refugio de Orange Star.
—Seh… Espero que esté bien.
—De seguro lo está, ¡ella y Mark son muy fuertes! Aunque Mark es puro blablablá a veces, pero ella es una chica muy valiente y decidida. Nos hace falta aquí, todos la querían mucho, ¡y eso que tenía un súper carácter! Pero era de gran ayuda para todos.
—Sí, hace mucha falta aquí.
Especialmente, le hacía mucha falta a Trunks.
Después de bañarse, secarse y vestirse con atuendos sueltos, oscuros y limpios, que consistían en una camiseta negra, un pantalón gris y unas sencillas deportivas, caminó por los pasillos del refugio abstraído, demasiado metido en sus pensamientos como para prestar atención a lo que lo rodeaba. Caminaba despacio; estaba exhausto. Hacía un mes que se había recuperado de su último encuentro con los androides y hacía un mes que no lograba dormir apropiadamente. Las ojeras eran, a tremendas alturas, naturales en su rostro adolescente, y su cuerpo ya le pasaba factura, porque no lograba entrenar adecuadamente y desde hacía un mes que no avanzaba ni un ápice en su poder. ¿Estaría estancado? No veía progreso en ninguna parte.
Estaba perdiendo la esperanza, lo único que le quedaba en el mundo, aquella esperanza que tanto le había costado incubar en su interior, la misma que le había prometido tan encarecidamente a ella que tendría, pasara lo que pasase. Y no había forma. La esperanza se la drenaba cada nuevo cadáver del mundo.
—¡Trunks! —exclamó, tan alegre como siempre, el maestro Roshi. Caminaba a través del pasillo, en dirección a él—. ¡Escuché que tenías una cita hoy! —Al alcanzar a Trunks comenzó a codearlo pícaramente—. Me dijeron que la chica es Bell, la que ayuda a Chichi con la cocina… ¡Pero qué suerte tienes! Las chicas más lindas del refugio quieren llenarte de besitos. ¡Cuando yo era joven me pasaba lo mismo! Pero las chicas de hoy no saben apreciar a un hombre sabio como yo.
El rostro de Trunks, al final del discurso, era un tomate al rojo vivo. Tanto le ardía el rostro que necesitó tapárselo con ambas manos, todo con tal de guardar la vergüenza en el rincón más profundo de su alma.
—Maestro Roshi, yo… —balbuceó—, no, no diga eso, por favor… —Tragó saliva y, sin destaparse la cara, agregó algo más—: Yo, al final no…
Roshi, su bastón en mano, se quitó los lentes. Estaba serio. Su traje de pelea negro, que siempre, desde hacía veinte años, tenía puesto, en suma al nuevo gesto impertérrito, dio escalofríos al muchacho. Éste, finalmente, fue capaz de mirar a su interlocutor.
—Trunks, muchacho: estás cometiendo un grave error.
—¿Error? —El rojo retornó a sus mejillas—. No, yo no quise cometer ningún error; me pareció lo mejor, eso es todo.
Porque no se merecía nada bueno. No iba a merecérselo hasta que ellos dos, hasta que los androides…
—Tienes dieciocho años, estás en edad de salir con chicas, de divertirte. No te encierres tanto en tus entrenamientos, necesitas descansar y distenderte. —Roshi sonrió; sin embargo, no se puso de nuevo los lentes—. ¿Conoces las reglas del entrenamiento que les di a Goku y Krilin cuando eran niños?
—¿Eh? No —admitió apenado Trunks, rascándose la nuca, gesto típico de Goku, de Gohan; gesto que él había heredado de su maestro.
Los ojos del anciano brillaron. Recordar a sus alumnos siempre era motivo de emoción.
—Hay que trabajar, hay que aprender, hay que comer, hay que descansar y también hay que jugar: esas son mis reglas para un buen entrenamiento. Claro que tú tienes infinito poder y un talento incalculable y casi no necesitas nada más, pero quizá te falta cumplir algunas de esas reglas. Imagino que sabes a cuáles me refiero. —Le guiñó el ojo al adolescente y se puso los lentes. Afirmó su bastón sobre el suelo y continuó su camino por el pasillo—. Tienes que descansar, muchacho: descansa, come algo muy rico e intenta divertirte un poco. Entrenando día y noche sólo lograrás estancarte.
Trunks no se movió ni un milímetro del lugar en el que estaba. Vio cómo Roshi se alejaba y la pena lo subyugó: sabía que tenía razón. El problema era, ¿cómo? ¿Cómo descansar? ¿Cómo divertirse? Devolvió la vista al frente y empezó a correr. Subió escaleras y llegó a su cuarto, ubicado en la planta baja. Estaba agitado. En el camino, cruzó a varias personas que lo saludaron, que intentaron detenerlo para entablar algún tipo de conversación amistosa; él nunca se detuvo, pues no podía. Correr era, desde que ella se lo había enseñado, sentir un ápice de alegría.
Porque le recordaba a ella.
Se encerró con un sonoro portazo y se lanzó en su cama después de correr los cinco libros que tenía desordenados sobre la superficie. Adiós filosofía, sociología y literatura; adiós intentos difusos para comprender el significado de la palabra paz, del sentimiento de la paz, del sabor y apariencia de la paz: necesitaba dormir, dormir y dejar de respirar, dormir y olvidar absolutamente todo: a los androides, al infierno en el que vivía.
A ella.
Se acostó después de cerrar las cortinas, asegurar la puerta con llave y quitarse la ropa; se dejó nada más la ropa interior. En la cama, se tapó hasta las orejas, tembloroso: estaban en invierno y el frío era muy fuerte en el refugio. No había suficiente calefacción.
Apretó los párpados, intentó no pensar; pensó. Bell no tenía la culpa. Esa misma mañana, haberla visto llorar lo había hecho sentir una basura.
—Lo siento, no puedo… Es que… tengo que entrenar —le había dicho.
Bell sollozó frente a él. Al no poder aguantar el llanto, le dio la espalda.
—Está bien, Trunks. Lo… entiendo.
No, no lo había hecho.
Apretó aún más los párpados. No podía salir con una chica. ¿Y si atacaban los androides? ¿Y si alguien, en alguna parte, lo necesitaba? ¿Y si los atacaban ahí mismo, en el picnic, e intentaban hacerle algo a ella? ¿Y si no podía protegerla? ¿Y si por su culpa le pasaba algo?
Como a Gohan.
¿Cómo distenderse, si vivían en un maldito infierno? ¡¿Por qué nadie lo entendía?! ¡Vivían en un infierno! Y no era encantador, tampoco cálido y dulce: era un verdadero infierno, uno donde la esperanza se quemaba al hacer contacto con la muerte materializada en esos cadáveres que aparecían en sus sueños, que lo perseguían.
Como las sombras cosidas a la suya.
Como los ojos claros y diabólicos de Diecisiete y Dieciocho.
No, no podía distenderse. No podía porque no tenía derecho, porque tenía una responsabilidad inmensa al ser el único que podía hacerles frente a los androides. No podía, no, porque era demasiada, aunque cada vez menos debido al exterminio, la gente que lo necesitaba.
No podía pensar en sí mismo; la Tierra era la prioridad, la gente.
Él, comparado por tremenda misión, no valía nada.
Justo como ellos se lo habían dicho.
El cansancio abusó de su golpeado cuerpo que hacía tiempo no lograba hacerse más fuerte. Necesitas descansar, le susurró el agotamiento al oído: duerme, duerme un poco. Duerme, Trunks.
Duerme.
Duerme.
Duerme.
Y se durmió.
El fuego, al rodearme, se siente como el agua: cálido, resplandeciente, puro. Pero no es agua; es fuego, y me quema, y me ahoga con el humo que despide todo aquello que se quema a mi alrededor.
Humo.
Hedor.
Las arcadas inician. Es el aroma de la muerte este que llena mis pulmones. ¡No! Me falta el aire cuando es el sufrimiento el que me subyuga. Desesperado, me sacudo, me agito, grito. ¡No quiero! ¡No puedo!
¡Ya basta!
¡BASTA!
Y en el centro mismo del fuego rojo que vislumbro confuso, entre la sangre y la descomposición de la realidad que me ahorca cada día, contemplo una grieta. Es una grieta blanca, rosa. Tan roja como el fuego. La grieta me succiona. Al lamerme con su roce, la superficie me apacigua. Adiós aroma de la muerte.
El aroma, ahora, es dulce.
Me percato de que, anti mí, hay luz. Entre las distintas intensidades de la luz, distingo una figura. Como un paréntesis mal empleado, primero el cierre y luego el inicio.
La acogedora silueta de una mujer.
Me acerco. ¿O eres tú, cintura de mujer, que tanto albergas en tus formas, quien se acerca a mí? Siento, al sumirme en ti, al abandonarme contra ti, que la mujer a la que sugieres está hecha de plumas y no de carne. Las plumas despiden este dulce aroma que me llena. Las plumas, en contacto directo con mi alma, me acarician hasta provocarme escalofríos, espasmos, temblores.
Qué placer.
Hundirme más y más.
Qué placer hundirme tanto, tanto en ti hasta el punto de olvidar mi soledad…
Despertó de repente. Agitado, se puso boca arriba y se incorporó sobre el colchón. Intentando normalizar su respiración poco a poco, suspiró una y otra vez. Lo mismo, de nuevo. Cerró los ojos, se tapó el rostro con las manos y apoyó los codos entre sus piernas, inclinándose hacia adelante. No podía seguir así. El sueño era hermoso, distinto a las pesadillas que, cual presagios, le hablaban de muerte y desesperación; era el mejor sueño que había tenido en su vida, el más hermoso de todos. El problema de la insistencia de esas imágenes en su inconsciente no era la angustia. Cada vez que soñaba eso, que soñaba con aquel paréntesis invertido, su cuerpo despertaba envuelto en fuego.
La cintura, esa cintura; el paréntesis invertido era su viva representación. En cada nuevo encuentro, en cada metafórico hundimiento, despertaba con los instintos a flor de piel. A sus dieciocho años, la situación se empezaba a tornar insoportable. Ya no sabía qué hacer. Para colmo de males, en esta ocasión había llegado más lejos que nunca. Se sintió tan hundido que llegó un punto en el cual le pareció traspasarla, fundirse en ella como si fuera una parte más de su cuerpo. Al hundirse, la satisfacción sonó como un tambor en su pecho. Y ahí despertó. Estaba seguro de que, dormido, había gemido por la pasión.
Se levantó avergonzado: estaba excitado. Odiaba que le pasara eso. ¡Lo odiaba! Lo odiaba tanto que, día a día y cada vez más, lo reprimía en lo más inalcanzable de su ser. No tenía tiempo para pensar en esa palabra de cuatro letras que tan desconocida le era; los androides estaban ahí afuera, estaban matando a un ser inocente en ese preciso instante sin que él pudiera hacer algo al respecto. No había tiempo para pensar en él, para aferrarse a una mujer, para buscar la más voluptuosa de las satisfacciones.
No tenía derecho a pensar en él mismo.
Se derrumbó en la cama. Los párpados se le cerraban, pero la excitación era demasiada y le provocaba la más notoria incomodidad. Respiró hondo hasta alejarla. Varios minutos transcurrieron, silencio total en el cuarto, ni un ruido más que el de su nariz y su boca al inhalar y exhalar. No había caso: no podía dormir. Se levantó, se vistió y salió a entrenar una vez más. Y nada: no progresaba porque estaba cansado, estaba cansado porque no lograba dormir y no lograba dormir porque dos imágenes lo perseguían, una horrenda, una hermosa.
Una llena de muerte, la otra rebosante de vida.
Llegó a la cocina principal y se topó con su madre y Chichi, que conversaban sobre algunas refacciones que el refugio necesitaba. Que la luz del pasillo del primer piso, que el motor del camión de los víveres, que la conservadora del depósito. Trunks se sentó junto a ellas, bebió el café que Chichi le ofreció y se abstrajo de las dos. Un pensamiento pesaba en su mente y retorcía su corazón: ¿estará bien?
¿Ella estará bien?
Un mal presentimiento, ese era el sentir que lo aquejaba, un dolor en el pecho que personificaba una preocupación atada a la realidad. La música de la humilde radio se detuvo, entonces, como diciéndole que sí, que hacía bien en sentirse tan preocupado por ella. Los tres voltearon hacia el aparato al mismo tiempo; bien sabían qué significaba ese silencio.
—Interrumpimos la transmisión para dar noticias de los androides. ¡Están en la región de Orange Star! No salgan de sus refugios, es peligroso, ¡lo están destruyendo todo!
Bulma se sujetó el pecho. Sus ojos, sin que ella se moviera un ápice, viajaron hacia su hijo. Qué obvio fue lo que siguió: Trunks se levantó de sopetón, la silla cayó detrás de él y la mesa tembló. Las tazas volcaron parte de su contenido.
—Ni se te ocurra, Trunks —dijo su madre, seria, lo más seria y controlada que podía. A su espalda se reventaba los puños por apretarlos en demasía; tenía que ser fuerte. Frente a su hijo, ella siempre debía serlo. Tenía que ser una batería siempre cargada, una batería de fortaleza de la cual Trunks siempre pudiera alimentarse—. Estás agotado y la última vez te llevó días recuperarte, casi te mueres. —Él nunca la miró. Bulma juró que, por tanto apretar los puños, las manos le sangraban—. No lo hagas.
—Videl, mamá. Videl está ahí…
Y ese era el único motivo que Trunks necesitaba para hacer lo que hizo: se fue corriendo a velocidad extraordinaria. Se fue y ya nadie pudo alcanzarlo.
Bulma gritó:
—¡TRUNKS!
Y su grito la ayudó a desahogarse. Bien sabía que no valía nada proferirlo, pero qué placer poder descargarse por el bramido de su garganta. Chichi la abrazó, intentó calmarla, y la mujer que siempre debía ser una batería llena de fortaleza cerró los ojos, y suspiró, y suplicó.
No me maten a Trunks.
No me lo maten, por favor.
Llegó a Orange Star en un parpadeo, uno que para él se había suscitado en cámara lenta, porque había sentido una eternidad a ese viaje. Sin embargo, no: había tardado insulsos minutos en atravesar los cielos con la estela dorada de Súper Saiyajin como incentivo a su velocidad. Tiempo récord. Y en vano.
Los androides ya se habían ido.
Descendió sobre lo que quedó de los refugios de Orange Star: escombros, mil millones de malditos escombros que servían, entonces, de tumba para una cantidad espeluznante de personas. Todos muertos: hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos muertos bajo su cuerpo. Como en sus sueños.
Justo como allí lo estaban.
Contempló los cadáveres un segundo; al siguiente, reaccionó.
—¡VIDEL!
Nada.
—¡VIDEL!
Nada de nada.
—¡VIDEL, NO!
Aterrizó entre los cadáveres, los esquivó como pudo mientras corría desencajado, sus ojos llenos de lágrimas, su cuerpo violado por temblores, su garganta hinchada por la angustia. Miró cada rostro de cada resto humano desesperadamente, deseando que ninguno de éstos fuera de Videl. Y escombros, nada más. Y rostros desconocidos que no le pertenecían a ella. Corrió, gritando ese nombre una y otra vez:
—¡VIDEL!
Y una voz respondió, al fin:
—¡Trunks, aquí, aquí! ¡Apúrate!
Era Mark, el padre de Videl.
La voz lo arrastró por el camino, se apoderó de él y lo condujo hasta una montaña de escombros. Detrás de ésta, con unas tablas de metal, que parecían puertas magulladas por la violencia de los monstruos cibernéticos, Mark siseaba de dolor. A diez metros, Trunks vio al primer cadáver conocido. Frenó ante ella exactos dos segundos.
—Iresa…
Iresa, aquella simpática rubia que fuera amiga íntima de Videl, muerta. Su cuello estaba roto, su boca abierta, sus ojos blancos, parte de su cuerpo quemado. Trunks, ante los restos, ante el hedor, no vomitó de milagro.
—¡Trunks…!
La voz lo hizo voltear.
—¡SEÑOR MARK!
¡Era él! ¡Realmente! Mark estaba rodeado de cadáveres, los cuales, al parecer, había usado de escudo. Qué lamentable tener que hacer algo así, pero qué necesario en la situación límite de verse amenazado por los androides en persona.
Lo vio surgir. Estaba manchado de sangre, con un brazo inmovilizado y con un cuerpo contra su pecho. Y Trunks la vio, por fin: era Videl. Al verla, sujetó a Mark en sus brazos, los elevó a él y a su hija y los alejó con tal de olvidar el olor de la muerte, algo imposible. Al aterrizar a cincuenta metros, se permitió mirar lo que antes no se había atrevido.
—¡¿VIDEL?! —Ayudó a Mark a examinarla recostándola en el suelo. Tomó su pulso: estaba viva—. Oh, Videl, Videl…
Mark sonrió al ver a Trunks agachado junto a su hija, aferrado a la muñeca que le gritaba que estaba aún entre ellos, llorando de felicidad. Qué valeroso le pareció ese muchacho. Qué sincera era la felicidad que expresaba con la vehemencia de ese llanto.
—Tiene una herida más o menos profunda en el hombro, por eso hay tanta sangre —dijo Mark revisándola, haciéndolo por sí mismo como para permitirle a Trunks desahogarse en medio del terror—. Debes llevarla cuanto antes al refugio del oeste. Yo sólo tengo una fractura en el brazo izquierdo, la saqué barata, pero la herida de Videl podría infectarse. Se desmayó cuando la cubrí con cadáveres. No había otra opción…
—Lo sé, no me lo explique, por favor. Lo sé, lo sé… —susurró Trunks sin dejar de acariciar la muñeca de Videl, una y otra vez. Estaba viva; algo de esperanza aún existía en el mundo.
Porque ella no lo había abandonado en él.
—Sujétese lo mejor que pueda de mi espalda. Los llevaré a los dos, ahora.
Volaron rebalsados por preocupación. El parpadeo que duró el viaje se tornó niebla. Qué metafórica esa niebla del mundo en el cual vivían, un mundo injusto, devastado, arruinado, enfermizo. El mundo en sí era una niebla prácticamente impenetrable, una hecha de sangre.
Nada más.
Ese era el infierno en sí mismo.
Llegaron al refugio de la Corporación Cápsula luego del nuevo parpadeo en cámara lenta. Mark sujeto a la espalda de Trunks, Videl entre los brazos del joven, la cabeza contra el pecho del guerrero y los brazos atados en su cuello. Al aterrizar, notó que Bulma, Lunch —azulada Lunch— y Chichi aguardaban fuera.
—¡RÁPIDO! —gritó Trunks al poner los pies en el piso.
Cuando Mark se soltó de él, Trunks corrió a toda velocidad hacia la humilde enfermería del refugio ubicada en el primer subsuelo. Bulma y Chichi le siguieron el paso como pudieron mientras Lunch sujetaba a Mark para ayudarlo a caminar. Lo siguiente, suscitado en la enfermería, fue extraño, lo fue para Trunks, que no logró ver apropiadamente nada de cuanto sucedió ante sus ojos. Se hundió en una suerte de lapso confuso, de sombras, gritos y sangre. Juró estar ante la cama, observando a Videl, observando a su madre y Chichi. Juró ver cómo otras personas entraban, incluido uno de los dos médicos que vivían en el refugio. Juró escuchar voces, exclamaciones desesperadas. Juró ver la sangre de la mujer que se alejaba de él en todos los sueños cálidos que había tenido en su vida. Vio la sangre, o eso pensó. Vio la herida ensangrentada en el hombro de Videl y la mano del médico manchada, sobre el cuerpo. La sangre fue el detonante: el estómago se le revolvió de tal modo que tuvo que salir corriendo. Bulma lo notó, porque ella todo notaba de él, siempre. Lo siguió por los pasillos, frenó ante la puerta donde Trunks acababa de encerrarse. Escuchó las arcadas. La madre se llevó una mano al pecho al escuchar cómo su hijo vomitaba del otro lado, alejado de ella sólo por una puerta; alejada el alma de él de la del resto por miles y miles de kilómetros. Bulma tragó saliva, aguardó en silencio. Qué horror debió haber visto para terminar así. Sin dudas, el mismo horror de siempre: pilas de cadáveres, escombros. Pilas de desolación. Porque los sentimientos, en un futuro así, estaban apilados tanto como los cuerpos. Nadie podía tener esperanza, no había derecho. No se podía sentir nada, por lo cual había que apilar los sentires también.
No se podía hacer, en el futuro, más que respirar.
Respirar hasta que los androides decidieran que ya no se lo debiera hacer.
—Estará bien —exclamó el médico—, tanto ella como Mark estarán bien.
Se retiró, y Bulma, Lunch y Chichi observaron a los dos heridos. Mark estaba sentado en una silla de madera, junto a la cama. Su brazo estaba enyesado. En la cama, Videl dormía. Sus heridas estaban completamente vendadas. Chichi la observó. Sonrió.
—Se dejó el cabello largo —dijo.
—Es verdad… —agregó Bulma, suspirando. Aún pensaba en Trunks. Pese a estar ahí, junto a tantas personas, sólo pensaba en él—. Se ve muy guapa, más madura.
Su cabello, antes corto y masculino, ahora era largo, tan largo que alcanzaba la cintura de Videl. Lacio, negro y brilloso. Era muy bonito.
—¡Es la más guapa! —exclamó, orgulloso, Mark—. Mi Videl no se compara con ninguna otra muchacha: ¡es la más hermosa, la más buena, la más valiente…! Luchó hasta donde pudo, tuve que hundirla en cadáveres para que no la mataran. Él estaría orgulloso de ella…
Él.
Bulma y Lunch se preguntaron si nombrar a Gohan era buena idea, se lo preguntaron observando de soslayo a Chichi. Lo fue: la madre del recordado guerrero amplió su sonrisa.
—Claro que estaría orgulloso de ella —afirmó—. Siempre lo estuvo y siempre lo estará.
Cuatro sonrisas nostálgicas se manifestaron en los cuatro rostros despiertos.
—¿Y Trunks? —inquirió Mark luego del momento emotivo.
—Volverá después —dijo Bulma, sin querer profundizar en el tema.
Luego de los vómitos, había salido del baño agitado. Ni siquiera la miró; se fue. A buscar más sobrevivientes, seguramente. Cuántas veces había ido de rescate a un refugio devastado a buscar seres vivos. Casi siempre sin éxito. Pero seguía yendo: la obstinación de Trunks la había heredado de ella, eso pensaba Bulma. A pesar de que odiara que Trunks fuera tan endemoniadamente valiente, también lo admiraba por ello. Era inspirador.
Trunks retornó al refugio por la noche. Nada, ni un sobreviviente. Bulma, al cruzárselo en un pasillo de la planta baja, simplemente palmeó su espalda, como intentando darle un ánimo que él rechazó, porque se removió de ella y se encerró en su cuarto, de nuevo. Bulma miró la puerta del cuarto, lo escuchó gritar de furia, y golpeó.
—Ahora no, mamá —dijo él, inconsolable.
—Sólo quería decirte que Videl está bien. Ella es fuerte, muy fuerte. Ve a visitarla, cuando despierte seguramente querrá verte.
No dijo nada más. Bulma caminó lentamente hacia su laboratorio. Al otro lado de la puerta del cuarto, Trunks, sentado en su cama, miró sus manos manchadas de sangre.
—No es justo…
Ya no soportaba ni un día más en esa realidad.
Pero Videl estaba bien.
Sonrió pese a las lágrimas y el temblor profuso e involuntario de su cuerpo: la esperanza aún no había muerto. Ni moriría, porque él estaba decidido a mantenerla con vida por siempre.
A la mañana siguiente, despertó muy, muy temprano. Se duchó. ¿Cuántas veces al día lo hacía? ¿Acaso no eran varias, por el asco que sentía por el mundo y por sí mismo? Se puso ropa cómoda, pensando en entrenar. ¿Cuándo se ponía otra ropa, si entrenar era lo único que hacía? Caminó despacio por el refugio, intentando no despertar a quienes continuaban descansando, a aquellos que seguramente no estarían soñando, por suerte, todo cuanto él soñaba cada noche. Frenó.
No había soñado absolutamente nada.
¿Qué era esa suerte de nada que, contradictoriamente, lo llenaba? Era una nada porque no era un sentir definido: no era alegría, tampoco tristeza. Era calma. ¡Calma, calma plasmada en su alma! Suspiró. Se supo relajado, lo suficiente como para ir a pedirle disculpas a su madre. No por escaparse para ir a buscar sobrevivientes, porque no tenía ni tendría remordimientos por eso; por ser tan antipático y cerrado, tan terco al tratarla. Ella no tenía la culpa. ¡Bulma era su heroína! A nadie admiraba más en el mundo que a su madre, a nadie amaba ni necesitaba más que a ella. No podía culparla por el infierno en el que vivían.
¿Por qué culpar a alguien que nada tiene que ver?
Camino al laboratorio pasó por la enfermería. Se detuvo junto a la puerta, que estaba entreabierta. Espió cautelosamente, de repente agitado: sólo sentía el ki apacible de Videl; estaba sola. Levantó la mano, rozó el picaporte. El ceño se le frunció al límite y, en un segundo, estuvo dentro, la puerta cerrada tras él. Bajo una tenue lámpara que volvía dorado el ambiente, miró sus botas, las baldosas desprolijas del suelo. Miró la punta de la cama. No supo cómo, porque a veces no era consciente de lo que hacía en momentos de tensión, pero se vio junto a Videl, de pie ante la cama. El aire lo abandonó para siempre. Ella estaba dormida boca arriba. Su piel estaba pálida y su hombro vendado al igual que su frente. Sus párpados no se movían un ápice. Su cabello estaba largo. Sonrió involuntariamente al notarlo, al recordar aquella promesa que se habían hecho. Acariciando su propio cabello, supo que los dos, al fin y al cabo, habían cumplido. Estaba emocionado. Verla viva era demasiado, más con la cantidad de muertos que había presenciado el día anterior, con cuántos escombros había removido en búsqueda de sobrevivientes. Se golpeó la boca con el puño, luchando con las náuseas. No debía ver el vaso a medio vaciar: Videl estaba viva, a salvo, ante él.
Los remordimientos, no obstante, ya se habían desprendido de su sombra. Se elevaron habiendo tomado la forma de las más filosas dagas. Tomaron impulso, lo atacaron. Al sentir los remordimientos clavados a su espalda, siseó. Dos de cientos. Dos. Respiró como pudo, dejó de respirar. Cayó al suelo de rodillas, se sujetó de la sábana que caía desde la cama. Las dagas se incrustaron más en su piel. Contuvo un grito, contuvo el llanto. ¡Dos, dos de cientos! ¡Dos! Era un bueno para nada que por sus estúpidas pesadillas no descansaba lo suficiente, que por no descansar lo suficiente estaba estancado en su poder, porque ya no se volvía más fuerte; daba pasos hacia atrás.
Era un pésimo guardián del tiempo.
Era un pésimo luchador.
Era pésimo.
Se levantó abruptamente. Sin mirar a Videl, corrió hacia la puerta. La abrió.
—¿Quién es…?
No pudo salir.
Videl acababa de despertar.
—¿Quién…?
Con sobrehumano esfuerzo, pues era como si hasta las hebras de su cabello le dolieran, Videl se enderezó lo suficiente. Atisbó al visitante enfocando lo más posible la somnolienta vista. Era un hombre alto, apuesto, de cuerpo atlético, ataviado con prendas oscuras. Pronto, gimió de sorpresa: el cabello…
—¿Trunks…?
Al escuchar su nombre pronunciado por la voz de la esperanza, él sintió que el mundo mutaba ante sus ojos. Los colores se definieron, se aclararon; la luz se coló por cada rincón, tanto que lo encegueció, que incluso le dio deseos de sonreír. Las dagas cayeron, inertes, al piso. Nada de sangre cubrió su piel. Qué sensación tan inaudita, la de sentir esa voz como un bálsamo. Era una recompensa que no merecía en absoluto.
Volteó lenta, prudentemente.
Se miraron.
Se emocionaron.
Todo estuvo dicho, como siempre entre los dos.
—¡Trunks…! —Videl extendió su mano hacia él. ¡No podía creerlo! La emoción la subyugó—. ¡Mira lo enorme que estás! ¡Estás muy guapo! —Contuvo la emoción y estiró sus dedos, intentando, por más en vano que fuera, llegar hasta él—. Ven…
—Vi-Videl…
—Ven, Trunks…
Él la miró: sus ojos celestes brillaban al rozarlo a él, ¡brillaban! Atraído invariablemente por el brillo, como si éste fuera un imán y sus ojos dos pares de pupilas hechas de metal, fue hacia ella. Se sentó en la silla que estaba a un lado, apoyó los codos sobre la cama, miró la mano que lo había atraído, amagó con tomarla entre las suyas. Acarició el aire que rodeaba a los dedos, embelesado.
—Fuiste tú…
Trunks se enderezó en la silla, como si la voz de Videl lo hubiera despertado de un ensueño.
—¿Qué…?
—Tú me salvaste.
Él miró el suelo. Entre sus rodillas, sus manos se estrujaron la una a la otra.
—No…
—¡Sí! —Videl rio. Qué dulce seguía siendo, aun cuando ya no era ningún niño, Trunks—. ¡Fuiste tú, nadie más que tú pudo haberlo hecho! —Videl deslizó su mano hacia el borde de la cama. Estiró los dedos una vez más—. Gracias, Trunks…
Él no alejó sus ojos de las manos. No se sentía ningún héroe. Dos de cientos. Dos. ¿Qué clase de héroe podía ser tan fracasado ente, si entrenaba para sólo salvar a dos?
—Videl, no…
—¡Tonto! Eres un tonto. —Videl rio a carcajadas. Por más que las risas la hicieran adolecer, no se detuvo: rio como llevaba meses, años, sin hacerlo—. Trunks, siempre te has infravalorado. Te exiges de más. ¡Haces tanto por todos y te das tan poco crédito por ello! Pero nunca cambiarás, ni que los mates.
¿Matarlos, él? ¿Matar a los androides? Quien se mató de risa, entonces, fue Trunks. Eso era imposible. Demasiada gente había muerto por su debilidad. Videl rio con él, a pesar de todo. Se miraron mientras de sus gargantas se deslizaban las más joviales risas. Videl lo estudió, lo miró de arriba abajo. Trunks, al notar el viaje de los ojos, se sonrojó sin remedio. Ahora, tenía con él la certeza.
Aún sentía algo por ella.
El amor platónico estaba intacto. Incluso era más inmenso que antes. El amor idealista que Videl le inspiraba, que él tanto había atesorado pese a cuán culpable se sentía por su sentir, había madurado junto a él. ¡Por eso los sueños, por eso esos susurros del nombre específico al despertar! Por eso imaginarla con el cabello justo como ahora lo traía, además de las inevitables comparaciones con toda mujer que veía. Siempre, cada día, Trunks pensaba en ella. Lo hacía porque ella, aún, le gustaba. Qué mal se sintió al saberlo.
Haciendo caso omiso del gesto melancólico que envolvió a Trunks, Videl jamás paró de reír. Le despeinó el cabello estirándose de más, bromeando.
—¡Raya al medio! Me hiciste caso.
Él sonrió: ella aún lo recordaba.
—Tú también…
—No es lo que más cómodo me queda, pero creo que no se ve mal.
—No. Se te ve… muy bien.
La mano de Videl bajó hacia la mejilla de Trunks. Una efímera caricia que ella dibujó revolucionó el mundo de él. Sacando a su madre, no recordaba una caricia así de otra persona, por lo menos no en los últimos años. Y se sentía bien. ¡Claro que sí! El corazón aceleró y la sonrisa, en su boca, apareció sola. Era una sensación tan hermosa que, pronto, él deseó que jamás se terminara. Hacía tanto que no sonreía de una forma tan radiante que la boca pareció dolerle. Era inconcebible. Por su parte, ella, al contacto, sintió algo muy lejano, muy pasado de moda en su vida: la intimidad. No una amorosa, de enamorados, sino más bien el hecho de sentirse tan cercana a una persona. En los últimos cuatro años, salvo a su padre, había evitado todo contacto con la gente. Por miedo. Tocar a Trunks era natural en ella, porque lo conocía desde muy pequeño, porque él había crecido ante Gohan y ella; porque, aunque él lo ignorara, era una de las personas que Videl más apreciaba en el mundo. Por su bondad, por su compromiso.
Porque era lo que le quedaba de Gohan.
Y por ese mismo motivo no había vuelto a verlo, se había negado a sí misma a volver al oeste. ¡Cuatro años sin concebir la idea de girar hacia atrás y retornar a sus orígenes! Cuatro años de no ser capaz de nada más que de congelarse en un presente vacío y triste que nada emocionante le representaba, nada parecido a lo que el pasado sí le provocaba.
Un presente sin nadie que brillara especialmente para ella.
Al ver a Trunks tan grande, al sentir que por hacerse un bien ella se había perdido de alguien a quien tanto apreciaba, por todo, por tanto, la culpabilidad la abrumó. Era todo un hombre; quizá, el cariño que ella sentía por él, intacto al del pasado, que se materializaba en esa especie de necesidad de protección que Trunks le inspiraba, ya no era algo recíproco. Quizá, ella no era más para Trunks lo que Trunks era para ella.
Cuando pasa el tiempo y nos reencontramos con alguien que, en su momento, brilló ante nuestros ojos, el miedo a que las cosas no sean iguales es el primer sentir que nos nace, después del de la felicidad.
Quería viajar en el tiempo, verse a sí misma cuatro años en el pasado y abofetearse. ¡No te vayas, no lo dejes! ¡Si te vas, no dejarás de sufrir por Gohan y su ausencia! ¡Te condenarás a una soledad que te violará hasta cansarse! Ultrajada por la soledad, supo que ese vacío que sentía en torno a ella desde la muerte de Gohan era por haberse negado al contacto con otro ser. Un ser maravilloso, especial como Trunks lo era desde siempre para ella. Cuánta falta, sabía ahora, le había hecho ese muchacho que, de repente, ya no era un niño y sí era un hombre.
Decepcionada, dijo:
—¿Dónde quedó ese niño? Creciste demasiado. —Al fin lejos de las risas, intentando disimular lo negativo de sus pensamientos, ella se relajó, o fingió relajarse, más bien. Una especie de misticismo, contra su voluntad, la rodeó—. ¿Tanto tiempo estuvimos sin vernos…?
Trunks retomó la contemplación de sus rodillas. La sonrisa, que él creyó abandonada, aún estaba incrustada en su boca.
—Sí…
Videl pensó en decir algo, en pedir disculpas por no ser capaz de afrontar el oeste y los recuerdos que éste evocaba en ella por tanto tiempo, en explicar, en indagar a Trunks los sucesos de esos cuatro años, todo con tal de poder recuperar al Trunks que había perdido en su día a día; no llegó a hacerlo. Mark abrió la puerta con pasmosa confianza. Al ver despierta a su hija, que por más edad y por más madurez seguía siendo su pequeña, la emoción lo aplastó. Corrió a ella, sujetó sus manos, la llenó de exagerados besos.
—¡Videl, Videl!
Ella se dejó hacer. Lo que habían pasado el día anterior había sido demasiado horrible; esa demostración de afecto tan exacerbada de su padre era necesaria. Estar vivos era un premio.
Trunks se levantó y se fue. Era menester darles su momento. Bien sabía que Videl no estaba enterada de la muerte de Iresa y de todas las personas del refugio de Orange Star, que Mark seguramente se lo diría. No se equivocó: desde afuera oyó cómo la risa se tornó llanto, cómo Videl se tornó el más desesperado de los seres. Abrumado por la tristeza ajena, su empatía rebalsada por el sufrimiento del entorno, Trunks terminó por encerrarse una vez más y contando en su cuarto. Ya no podía más. Recostado en la cama, se negó a todo: no leyó, no pensó, no se dejó seducir por el sueño que traería consigo más y más pesadillas. Permaneció en la cama sin más, vacío. Estaba bloqueado.
¿Estar con vida, realmente, era un premio?
Pasaron cuatro días, y Trunks se mató entrenando. No visitó ni una vez a Videl. Tozudo como él solo, entrenó desde la mañana hasta la noche, evitando así incluso a su madre, que ante la máquina del tiempo se lamentaba por su hijo y se suplicaba aguantar. Ganas no le faltaban de darle una cachetada y, así, hacerlo entrar en razón. ¡Podrás volver al pasado en muy poco tiempo! ¡Ya no tienes que sacrificar tu vida por intentar derrotarlos! ¡Cuando viajes, pase lo que pase, encontrarás la forma de matar a esos hijos de puta! ¡Esto ya no es salvar al mundo, Trunks! ¡Te mueve la venganza!
La venganza te ha enceguecido.
Decidida a intentar hacer entrar en razón a Trunks, al final del cuarto día, Bulma lo aguardó en su habitación. Cuando Trunks entró y vio a su madre sentada en medio de su cama, los brazos cruzados así como las piernas, se odió por ser tan imbécil.
—No digas nada —pidió el hijo a la madre—. Sé todo cuanto dirás y tienes razón…
Bulma se puso de pie. Se contuvo de prender un cigarrillo —Trunks odiaba su aroma— y, seria y con la cabeza en alto, dijo:
—Te estás arruinando la vida, Trunks. Tienes dieciocho años, eres joven, guapo y bueno. Eres una gran persona, pero desde la última vez estás intratable. Tienes que tener otra perspectiva para tu vida, tienes que pensar en otra cosa. ¿Y cuando ya no estén los androides, qué harás?
—Mamá, por favor, no… No me pidas que me resigne. ¡No puedo hacerlo…!
—¡No! No te pido que te resignes; te pido que reflexiones para que no te enfermes. ¡Lo que está en juego aquí es tu salud! Muchos, muchísimos se han vuelto locos desde que los androides aparecieron. Y los que no perdieron la cordura se abandonaron a las adicciones. Aquí casi todos fumamos, muchos beben, otros incluso algunas cosas más…
—Sabes que no caería en eso…
—Pero eso no significa que tu cabeza sea capaz de aguantar. —En Bulma asomó una sonrisa. Se acercó a su hijo y tocó su pecho con una mano. El amor le brotó de los ojos. Él, transparente, todo lo retornó—. Trunks, tus pesadillas cada vez te hacen gritar más. Estás durmiendo pésimo, te salteas comidas, se te ve más delgado y pálido, ojeroso. Nunca sonríes, o largas una carcajada, o haces una broma, o te esfuerzas por algo que no sea entrenar. No tienes amigos, no andas con gente de tu edad. Ni siquiera lees como antes. Y las chicas…
Trunks se alejó de Bulma con tal violencia que ella no supo cómo reaccionar. Al parecer, se dijo la madre, acababa de tocar temas sensibles para el hijo. Trunks le dio la espalda. Bulma notó el temblor de su cuerpo.
—¡No hay tiempo para eso! ¡¿Para qué pensar en cosas así?! ¡YA NO QUIERO PERDER A NADIE!
Bulma se tapó la boca. Toda la situación acababa de cobrar otro sentido. El definitivo.
—Trunks… —Aunque sensibilizada en un primer momento, Bulma mantuvo la compostura—. Entiendo todo, entiendo que perder a Gohan fue demasiado para ti, que no lo has superado y siempre te dolerá, pero… hay muchas personas en el mundo.
—Y mañana no estarán aquí si no mato a los androides cuanto antes. ¡Entiende eso, por favor! ¡Hasta que se cargue la máquina del tiempo morirá mucha gente! ¡MUCHA! Y tengo que evitarlo… ¡No puedo darme descanso, resignarme a esperar que la energía se cargue y ya! ¡TENGO QUE SER CAPAZ DE DERROTARLOS POR MÍ MISMO! Es absolutamente cruel que me quede sentado y sin hacer nada hasta que pueda viajar de nuevo al pasado… ¡Sabes que no estaba de acuerdo con esto, mamá! ¡Quiero hacerlo por mí mismo, quiero derrotarlos yo! Y no lo logro. ¡Quiero ser más fuerte y no soporto estar tan estancado! ¡NECESITO SER MÁS FUERTE Y MATARLOS! ¡YA NO PUEDO MÁS!
Bulma se calló un momento. Detectó un orgullo muy profundo en Trunks. Ese orgullo bien lo conocía de antes, de otra persona tan idéntica como distinta a su hijo. Sus párpados cayeron al tiempo que su boca se volvía una línea recta.
Era igual a él.
Orgullosa, tanto como preocupada, decidió desviar el tema al que, le parecía, era el eje del sentir de Trunks:
—¿Esa es tu lógica, evitar a la gente para no sufrir de nuevo? Hijo, evitar algo para no sufrir sólo trae soledad. ¡¿Evitarás para siempre saber lo que se siente tener amigos?! ¡¿Y nunca te atreverás a saber cuán feliz puedes ser al amar a una mujer?! ¡…Tonto! No te condenes así. ¡Debes superarlo y continuar! ¡Debes perderles el miedo a las personas! ¡Debes dejarte llevar y no analizar tanto todo! —La pasión condenó la voz de Bulma. Aun cuando deseaba no decirlo, lo dijo—: ¡CADA DÍA TE PARECES MÁS A ÉL! Y no quiero eso… ¡No quiero que te condenes como él lo hizo!
Trunks dejó de temblar. Sin que Bulma lo supiera, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Papá…
Pensó en el pasado, en el pequeño error que había desatado al programar la máquina con tres horas de adelanto por culpa de su ignorancia. Pensó en su padre, al fin de frente y no de espaldas como en su imaginación, ante él. Su padre, con rostro y gestos y vida. Su padre, idéntico a él en todo, excepto en los colores. Fuerte, orgulloso, estricto. Una persona muy solitaria. Pensó en cuánto le había dolido notar la soledad que, como si fuera un ente tangible y no un mero estado, Vegeta había levantado para ser impenetrable. Una pared de soledad.
¿Acaso estaba haciendo lo mismo?
¿Se estaba encerrando tanto que ya no sabía cómo escapar?
Bulma lo abrazó por detrás. Sin notarlo, él había sollozado. Sin dudar, su madre se había abalanzado sobre él.
—No te hagas esto, obsesionarte tanto con una venganza, presionarte tanto a ti mismo para ser más fuerte, refugiarte en eso para no tener contacto con nadie, alejarte de todo para no sufrir nunca más. Hay muchas personas aquí, personas a las que has salvado, que te aprecian y te admiran por tu talento y compromiso. No te niegues lo más elemental, sencillo y hermoso del mundo: el amor. No te lo niegues. Estás cometiendo el error de tu vida. ¿Y cuando los androides mueran? Pase lo que pase, antes o después de tu viaje, ellos morirán. ¡Morirán, Trunks! Habrá una solución y ellos dejarán de existir. ¿Qué será de ti cuando ya no tengas más motivos? Me refiero a cuando, luego de tanto sacrificio, se concrete eso que tanto anhelas… ¿Qué harás en ese momento?
Se repitió un sollozo. Trunks se limpió la cara con el dorso de una mano. Bulma rio suavemente contra su espalda, sin soltarlo. Sabía que él no le respondería, así como también sabía que él la había escuchado; que lo que le había dicho, de alguna manera, había calado hondo en él.
—Y ve a verla. Si no vas, ella vendrá y no es recomendable que ande por ahí. Necesita hacer reposo.
Sin más, Bulma se marchó. Trunks sollozó en la oscuridad de su cuarto por interminables minutos, abstraído de la realidad, muerto de miedo. No quería tener contacto alguno con el mundo.
Sólo quería matarlos. A los dos.
Una suerte de corriente eléctrica se elevó desde sus pies hasta su cabeza. Matarlos. Lo visualizó todo. Los destruiría hasta no dejar siquiera las cenizas de sus cuerpos. Los despedazaría a golpes para que supieran cuánto sufrimiento habían provocado. Los torturaría. Vengaría a su maestro y ya nada jamás podría volver a perturbarlo. Vivía para ello, para destruirlos, para no dejar nada de ellos; para gozar, gozar, ante sus ausencias. La idea lo sedujo. El guerrero, en sus venas, hirvió.
Nunca escuchó los golpes que, desde hacía dos minutos, se repetían desde afuera, contra su puerta.
—Trunks… ¡Trunks…! ¡Sé que estás ahí!
Sólo el susurro contra la cerradura sacó a Trunks de la sádica fantasía. Al retornar, observó sus manos. ¿Qué era ese instinto asesino que de tanto en tanto lo enceguecía? ¿Por qué sentía a ese guerrero seducido tan ajeno a su propio ser? Otredad absoluta la del saiyajin respecto del humano.
—¡Trunks…!
Y la esperanza lo terminó de despertar. Trunks parpadeó repetidas veces, confundido. Volvió la soledad, la obstinación de sobre-exigirse y no avanzar un ápice en su poder, el terror de perder a sus seres queridos, la incapacidad de acercarse a las personas para ya no sufrir más. La esperanza estaba al otro lado de la puerta; su corazón necesitaba sentirla de nuevo, como en los viejos tiempos. Sin poder detener el rojo que se expandió por sus mejillas, habló:
—¿Videl…? ¿Qué…?
—¡Déjame entrar, anda! Tengo que hablarte.
Con el corazón convulsionado, el rostro rojo por completo, Trunks abrió la puerta. Apareció, ante él, ella, su cabello una poderosa cascada negra que cubría toda su espalda, sus ojos resplandecientes, su fino cuerpo cubierto por un camisón amarillo y una bata rosada. Su brazo, con el hombro vendado, colgando de una tela aferrada a su cuello, sus blancos y pequeños pies cubiertos por sencillas pantuflas. Él no pudo alejar el rojo de sus mejillas; ella sonrió, convencida. Entró, cerró la puerta y avanzó hacia Trunks, que retrocedió hasta caer en la cama, sentado. Videl, en confianza, con el ceño fruncido de molestia, se sentó junto a él.
—¡¿Quién te crees que eres, a ver?! —exclamó ella susurrando—. ¡No viniste ni una vez a verme! ¡Me aburro mucho en la cama! No sirvo para estar quieta y papá puede ser irritante a veces. —Un golpe al hombro del muchacho y prosiguió—: ¡Quería que me ayudaras a escapar!
Trunks desvió la mirada hacia cualquier lugar, menos hacia ella. Con el cuarto en penumbras, alumbrado por la luna que entraba por las rendijas de la deteriorada ventana, sentía el ardor excesivo de su rostro. A solas con Videl en su cuarto, en su cama, en medio de la noche. Se agitó. Se puso de pie. Dándole la espalda a la que siempre sería su más platónico amor, dijo:
—Lo siento…
Ella refunfuñó.
—¡Siempre tan tímido, Trunks! —Un silencio se apoderó del ambiente. Cuando se pronunció lo suficiente, ella lo quebró—: Quien lo siente soy yo…
Trunks volteó en dirección a ella. Vislumbró en el semblante de Videl una evidente vergüenza. ¿Por qué?
—¿Lo sientes? ¿A qué te…?
—Te dije que íbamos a vernos. Nunca pude volver. Quise, pero no hubo forma. Todo aquí me recuerda a él… —Videl sumió en la oscuridad del suelo su mirada—. Todo y todos; tú mismo me recuerdas a él.
Ni una palabra más. Trunks la observó hasta cansarse. Su corazón palpitó como cuando tenía catorce años, cuando Videl era la mujer más perfecta e inalcanzable para él. Cuatro años después, lo seguía siendo.
Era exactamente lo mismo.
—No te disculpes, yo tampoco fui a verte.
Porque no era, su sentir, una mera atracción: la amaba con todas las fuerzas de su ser. La amaba, sí, con una inocencia casi infantil.
—Imaginé que estarías enfadado conmigo.
Pero ella seguía siendo, y sería por siempre, la novia de Gohan.
—Jamás. Videl, yo ja-jamás me enfadaría contigo.
De Gohan, para siempre.
—Tenías motivos.
De Gohan.
—No.
No de él.
—Sí… Yo te mentí, Trunks.
Jamás de él.
—¿Mentir? ¿A qué te refieres, Videl?
Ella amplió aquella sonrisa plagada de la más demarcada pena.
—Dije que tendría esperanza, que lo lloraría y luego saldría adelante: eso no pasó. Cuidé con mi vida el refugio de Orange Star, me concentré en ser fuerte, en ayudar a las personas, en dar lo mejor de mí para que nuestras vidas no fueran tan desagradables, pero… —Contradiciendo la melancolía que se desprendía de cada palabra que pronunciaba, Videl amplió aún más la sonrisa—. Trunks, desde que Gohan no está perdí la motivación. Siempre luché, siempre di todo de mí para ayudar, pero desde que él…
—Ahora, tengo a una persona especial a la cual proteger.
Al recordar las palabras que Gohan le había dicho, Trunks se sintió terrible. Entendió todo, lo hizo sencillamente, sin complicaciones.
—Lo entiendo —se limitó a decir, en afán de evitarle a Videl más palabras, de callarla para que no recordara tanto y con tanta fuerza a aquel que ya no estaba ni estaría.
Videl destruyó su corazón al sollozar ante él. La sonrisa, no obstante, no la abandonó. Trunks veía sin esfuerzo su boca y sus ojos en medio de la oscuridad: toda ella parecía resplandecer.
Y resplandecía, en efecto.
El amor que él sentía por ella, absurdo, idealista, la hacía resplandecer.
—¿Realmente lo entiendes? —se preguntó, más a sí misma que a él, ella—. Gohan era…
—… Especial para ti.
Videl, sin dejar de sollozar, rio.
—Lo entiendes, sí.
—Él era lo mismo para mí —confesó, suelto y en confianza, Trunks—. Claro que mis sentimientos por él eran muy distintos a los tuyos, pero entiendo lo que dices. Gohan era el portador de la esperanza. Desde que no está…
—… La esperanza ya no existe.
—No, ya no lo hace.
Silencio. Se escucharon todos los ruidos del refugio, voces en contraposición con el tétrico rumor del viento avecinaban. Pero ni él ni ella prestaban atención. Escuchaban el corazón del otro y nada más. Sentían, en esencia, lo mismo: habían perdido a la persona que les daba fuerzas para luchar, aquel de los ojos llenos de esperanza que era, y sería, imbatible. Gohan ya no estaba; el mundo era un lugar ordinario, enfermo, horrible, sin alguien tan fundamental como él. Desde su muerte, ya no tenían incentivo para nada más que para dejarse llevar y evadir.
Increíblemente y no tanto, estaban en la misma situación.
—Perdóname por haberme ido tan cobardemente, Trunks —dijo Videl, tan sonriente como antes, tan perdida en los sollozos también—. Ahora que todos han muerto, que nadie de mi refugio, salvo papá, sobrevivió, entiendo que jamás debí irme de aquí. Este es mi lugar, aquí viví durante años. Este lugar, ustedes, tú, son lo único que me queda de él.
Y ella, para Trunks, era toda la esperanza de Gohan que le quedaba. Trunks sonrió levemente, muy levemente, al pensarlo. Eso era lo que le pasaba: desde la muerte de su maestro nada parecía tener sentido. Entrenaba y vivía sin vivir, sin entusiasmo, sin motivación. Había perdido toda esperanza. El viaje en el tiempo había revivido algo en él, le había dado fuerzas para seguir; la última derrota sufrida ante los androides, acaecida hacía un mes, había derrumbado todo en su interior. Un cachetazo de putrefacta realidad, eso le había significado perder.
Tenerla frente a él, sin que él siquiera lo sospechara, le devolvía todas las fuerzas.
Sólo Videl era capaz de provocarle algo así, pues Videl era la esperanza que aún estaba viva en su corazón, el último atisbo de inocencia en medio de tan cruel realidad. El amor más puro. El amor.
—No hay nada que perdonar.
—Sí lo hay, Trunks. Tú me necesitabas y yo me largué. Y ahora te siento tan lejano… ¡Siempre estábamos cerca! Gohan, tú y yo. Cuando él murió, supe que sólo tú sentirías algo parecido a lo que yo sentía. Luego del entierro supe que no me equivoqué. ¡Sentías lo mismo que yo! La misma pena y el mismo miedo. Me tendría que haber quedado contigo, eso era lo lógico, no irme como lo hice, pensando obstinadamente en mí. ¡No pensé en ti! Cambiamos mucho, ya no somos los de antes… Me hiciste mucha falta, Trunks… ¡Y apenas ahora entiendo cuánto!
El corazón de él parecía querer salírsele del pecho. Trunks tragó saliva, como si hacerlo pudiera detener el desbocado palpitar. Que ella le dijera eso era demasiado para él.
—Ya… —Rojo, en las mejillas, en el alma, en la sangre bombeada por su exacerbado corazón—. Ya estás… aquí.
Se miraron. El viento, las voces; testimonios de un exterior que dejó de existir por la maravilla del sentir compartido. Algo era especial en ese cuarto, durante esa noche. Algo acababa de renacer en los dos: el instinto de ella de protegerlo a él, el amor idealista que él sentía por ella.
La segunda unión: Trunks y Videl sintiendo la esencia de Gohan, la esperanza, en el mero contacto ocular, alma contra alma, de los dos. El consuelo de percibir a Gohan entre los dos y poder, por ello, permanecer.
—¿Me perdonas?
—No hay nada que perdonar, Videl.
—¿Retomamos desde donde lo dejamos?
—¿Eh…?
—Mañana quisiera ir a caminar.
—¿Es buena idea, Videl? Aún no…
—Estaré bien en cuanto pueda salir de este refugio. No puedo estar encerrada para siempre.
Rieron.
—Anda, Trunks. ¡No seas siempre tan correcto! Ayúdame. Tenemos que ponernos al día.
—Claro…
Y así fue. Al otro día, muy temprano por la mañana, Trunks fue por Videl a la enfermería. Ella lo recibió tapada hasta la nuca. Al destaparse, al mostrarse vestida con unos pantalones guerrilleros y una chaqueta de cuero —indudablemente, prendas de Lunch, rubia Lunch— provocó risas modestas, aunque sinceras, en él.
Animadísima pese al brazo que aún colgaba de la tela, cuando ella salió al pasillo, y miró a un lado, y miró al otro, asombró a Trunks al decirle un «sígueme» antes de salir corriendo. Él, entre sorprendido y descolocado, la siguió. Pronto estuvieron fuera. Videl sólo frenó para aspirar todo el aire puro posible. Corrió una vez más, Trunks tras ella, y se perdieron en las ruinas de la Capital del Oeste. Él disfrutó verla correr. Su cabello, tan largo como ella le había prometido dejárselo, suelto y salvaje, negro y hermoso, se balanceaba hipnóticamente por los aires. Y sus ojos, tan celestes al voltear de tanto en tanto hacia él, brillaban como las más inmensas estrellas. Cómo, al verla correr entre escombros y locura, la sintió.
La amaba.
La amaba así, libre y rebalsada de esperanza.
Frenaron cuando Videl lo dispuso. Al ver dónde estaban, Trunks supo que las casualidades no existen. ¿Cuántas veces, extrañando la presencia de su amor platónico, a ella y todo lo que su existencia evocaba en él, había terminado ahí? La vieja tienda de dulces abandonada, destruida por los androides hacía tanto tiempo. Era ese el lugar donde él había llorado aferrado a ella luego de la muerte de Gohan; era ese el lugar donde había llorado contra ella hasta calmarse, hasta lograr conciliar el sueño. Era el lugar que más le recordaba a Videl. Era el sitio indicado.
—Sentémonos —propuso ella.
Acomodados uno junto al otro exactamente igual que hacía cuatro años, se sintieron, cada uno por su lado, transportados en el tiempo. Todo, en las ruinas, estaba idéntico. La destrucción de los androides provocaba escenarios como esos por doquier, espacios donde no existían ni el espacio ni el tiempo, sólo escombros. Y pese a la tristeza que el lugar presumía, ellos lo vieron de otra forma: habían vuelto cuatro años al pasado. Sus edades, sus cuerpos, sus almas eran distintos; el sentir no había variado. Habían perdido a Gohan y necesitaban recuperar la esperanza, esa que llenaba místicamente sus ojos.
Aún había una oportunidad.
—Cuéntamelo todo, Trunks.
Para retomar desde donde habían dejado aquello que, separados, no habían podido hacer: salir adelante.
—¿Qué cosa?
—Cuéntame estos cuatro años. No te saltees nada; dilo todo.
Porque ella quería volver a formar parte de la vida de él.
Tímido, Trunks hizo silencio. Pensó en todo lo que tenía para decir, analizó cada suceso. Pasaron minutos enteros, muchos, antes de que hablara:
—Pues…
Despacio, denotando más emoción de la que él se creía capaz de expresar, Trunks empezó a contar todo cuanto había sucedido en torno a él durante los últimos cuatro años. Menos el viaje en el tiempo, dijo todo. Así, Videl supo de la cantidad de gente que había salvado, la cantidad de veces que había arriesgado su vida y terminado postrado en una cama. Supo de sus entrenamientos, de sus frustraciones, de su soledad. Mientras lo escuchaba, en las pausas y los silencios de Trunks, Videl adivinaba lo que él no estaba diciendo. No tenía amigos, no tenía una novia. Sólo tenía a su madre y a los amigos de ella. Nadie más. Videl vio el aura solitaria que lo rodeaba, la notó. Trunks estaba solo y le dolía que nadie sintiera a la realidad como él lo hacía.
Y ella sentía lo mismo.
Tuvo la certeza en sus manos: los dos parecían haberse frenado en el tiempo. Y tuvo otra certeza más: unas palabras y una mirada del uno al otro bastaban para retomarlo todo, aquella dulce amistad del pasado, el cariño que se tenían los dos. Videl sujetó su mano; la confianza con respecto a Trunks había retornado. ¡Volvían al principio, a esas dos personas que podían apoyarse la una a la otra en pos de recordar a Gohan y tenerlo presente cada día, cara hora! Creía, al experimentar cada sensación, sentir a Trunks de una forma fraternal. Él, por el contrario, cuando Videl tomó su mano, se sonrojó, su sangre hirvió, su corazón aceleró y ya jamás menguó. Él la sentía como la mujer que las englobaba a todas, una que simbolizaba el sexo femenino. Videl era la única para él, la más perfecta, el todo, porque era admirable, inteligente, fuerte, bella. Era todo, Videl. Y sintió el todo al sentir su mano.
—Eres muy bueno. ¡Has hecho tanto, Trunks! Y tú solo. Eres un héroe.
Él, avergonzado, bajó la mirada al suelo. Aniñado ante ella para siempre, negó con la cabeza en exagerado ademán.
—No lo soy.
—¡Sí lo eres! ¡Deja de ser tan recalcitrantemente humilde, me dan deseos de golpearte!
Rieron en idéntica sinceridad. Luego, ella comenzó a hablar del refugio de Orange Star. No ocultó la tristeza por aquellos que habían muerto, mas los recordó con toda la fortaleza posible.
Trunks se llenó de más y más admiración al escuchar cómo ella le relataba, con convicción y orgullo, los maleantes detenidos, los ladrones expulsados, los robos impedidos por ella y por otros valientes de su refugio y aledaños, todos héroes anónimos que no hacían otra cosa más que la de hacer prevalecer alguna clase de justicia, toda la que se pudiera, en el mundo. Se identificaron con el otro, como desde que se conocían les había pasado entre los dos y con Gohan, al confiarse cuán necesario creían el altruismo que les brotaba del alma misma, que no era fingido ni forzado. Los dos eran altruistas y creían en otra realidad.
Ese era uno de los lazos que más los unía.
Pasado el mediodía, decidieron volver al refugio. Al llegar, Mark regañó a su hija y a su cómplice con aquella exageración que tan característica le era.
—¡Basta, papá! ¡No soy una niña! ¡Déjame en paz! —bramó Videl ante Mark, Trunks sonrojado tras ella—. ¡Necesitaba salir!
—¡Pero estás débil y herida y tu hombro no está sanado y…!
—¡Blablablá! ¡BASTA! Me doy por curada yo misma. Al diablo, todos. Necesito distraerme. —Giró hacia un Trunks más avergonzado que nunca, con los ojos hundidos en sus zapatos—. Vamos.
Ella caminó; él, aunque renuente por la preocupación desmedida que el rostro de Mark transpiraba, la siguió. Distraerse, consolarse con la presencia del otro para hacer renacer a la esperanza en sus corazones; eso y más era lo que los dos necesitaban.
Descansar de la injusticia para retornar, después, más fuertes que nunca.
Descansar al fin.
Pasaron tres semanas. El color había retornado al rostro de Trunks, tanto que Bulma, al verlo por las mañanas, por las tardes, por las noches, sentía que el corazón le estallaba de alegría. Videl le había hecho un bien tan grande que, juraba, nunca había visto tan tranquilo a Trunks. Dormía la noche completa, no gritaba, no lloraba; no entrenaba, tampoco. Una mañana, al verlo pasar junto a Videl, los dos hundidos en una amistosa conversación, Bulma, que estaba bebiendo un café junto a Roshi y Chichi, lo comentó:
—Se lo ve muy bien. Me alegro mucho de que Videl haya vuelto. —Sonrió ante su taza y el cigarro que tenía entre los dedos—. Desde hacía muchísimo tiempo que no lo veía así. ¡Hasta sonríe! Está tan guapo…
Roshi rio a carcajadas.
—¡Si quiere volverse más fuerte, es bueno que se dé un descanso!
Eso estaba haciendo Trunks: estaba descansando como quizá jamás lo había hecho. El hecho de que los androides no hubieran vuelto a aparecer sin dudas era de ayuda, aunque el motivo principal era otro: ella. Dormía tan bien que se sentía rebalsado de energías durante todo el día, listo para las interminables caminatas que se daba junto a una Videl que necesitaba estar casi todo el día fuera del refugio. Él la notaba triste aún; haber perdido a todo su refugio por la masacre de Orange Star había sido durísimo para ella, pero Videl, siempre tan admirable, hacía todo por estar bien, por mantenerse de pie, por mantener la frente en alto.
Era tan obstinada como él.
Conversaban sobre cualquier tontería, reían ante lo más absurdo. A veces no hablaban; caminaban y nada más. Caminar, respirar, imaginar cada sitio devastado por el que pasaban reconstruido. Qué hermoso sería el mundo cuando ellos dos, los demonios cibernéticos, no estuvieran más. Sólo les quedaba creer en ello.
En esas tardes de caminar sin hablar, Trunks miraba de soslayo a Videl. Bulma, Chichi y Lunch —las dos— le habían dado algunas prendas de ropa debido a que todas sus pertenencias habían quedado en el refugio destruido. A veces, Videl se ponía unos vestidos que no le gustaban demasiado, vestidos largos con botones al frente, de colores pastel. No tenía derecho a quejarse, así que se los ponía igual. Pero, oh, no le gustaban para nada. Ella, que desde niña sabía pelear, disfrutaba más las calzas, las blusas holgadas.
Holgadas.
Trunks notaba perfectamente la curva de su cintura con cada vestido que ella se ponía. Se sentía mal luego de mirar la cintura por un minuto entero, sin observar al frente; no podía evitar admirar la belleza que constituía a Videl cada vez que andaba junto a ella. Y pese a andar juntos, la veía lejos de él. Videl seguía siendo un amor platónico de un preadolescente; seguía siendo inalcanzable para él. Trunks la miraba, pero jamás la tocaba, jamás siquiera se rozaban. Y cuando miraba sus manos y moría por estrecharlas, y cuando miraba sus labios y moría por besarlos, y cuando miraba su cintura y moría por estrecharla, ella decía alguna cosa:
—Cuando me recupere del todo podríamos entrenar un día. ¡Espero me digas que sí! Quisiera aprender algunos trucos nuevos. ¡Me estoy oxidando!
Entonces, él recordaba el frente. Miraba los escombros, recordaba dónde estaba y quién era; se decepcionaba.
Jamás podría tenerla.
—Claro, cuando te… recuperes.
Ella aún le pertenecía a Gohan.
Gohan, su maestro, el novio de Videl. Gohan era, entonces, un espíritu que caminaba junto a los dos, que los abrazaba con fuerza, que los alegraba con su optimismo y desenfado, con su bondad y buenas intenciones. Lo percibían junto a los dos, siempre.
Y no era sano para ninguno de los dos hacerlo.
Trunks tardó algunos días, pero pronto empezó a sentirse culpable. No tenía más pesadillas, no desde que Videl había vuelto; tenía sueños de calor y amor. Tenía sueños tan cálidos que despertaba suspirando, agitado, feliz aunque insatisfecho. No era deseo, no uno atado a lo más explícito de su sexualidad; era un deseo más simbólico, tierno. Era el deseo de besar, acariciar, tocar. A Videl. A su amor platónico. Quería tomarla en sus brazos y apretarla, tenerla contra él hasta perder la memoria. ¡Quería estrecharla y olvidarlo todo, menos a ella! Era el deseo de expresar con vehemencia sus más apasionados sentimientos. Y la culpa le llegaba, y le interrumpía el sueño. Al encontrarla a la mañana siguiente, luchaba por mirarla con normalidad, no de forma diferente a los demás. Y no podía.
Es imposible negar lo evidente.
Por las noches, a veces se reunían con Lunch, unas veces rubia y otras azulada, además de Bulma, Roshi, Chichi, Mark, Woolong y Puar. Hacían lo que la mayoría hacía para matar el tiempo en el refugio: jugaban a las cartas, bebían alguna clase de alcohol y reían sin parar ante las bromas interminables de Roshi para con las mujeres. Trunks siempre lucía retraído, pero se esforzaba para, por lo menos, sonreír. Videl se sentía enternecida por él. Lunch, la rubia, la más descarada de las dos que era, le servía un vaso gigante de cerveza que él rechazaba categóricamente.
—¡No! Yo… no bebo, lo siento.
Lunch le golpeaba con fuerza la espalda, animándolo.
—¡Ya no eres un niño! Un vaso no daña a nadie, ¡anda!
—No, lo-lo siento.
—¡Ya, Lunch! Él es así. Déjalo. —Luego de decir aquello, Videl le sonreía a Trunks—. Está bien si no quieres.
Él sentía cómo lo protegía ella. Videl siempre lo animaba a ser sí mismo, lo felicitaba por su altruismo, lo instaba a mantenerse bien. Videl siempre luchaba por depositar una sonrisa en sus labios: ella se sentía atada a él, responsable de su bienestar. Asó, guiándose por actitudes, él terminó por entender que ella sentía un cariño fraternal que, tres semanas después, mientras caminaban por los alrededores del refugio en pleno atardecer, ella misma le confirmó:
—¿Sabes? —dijo Videl—. He notado que la chica que ayuda a Chichi en la cocina… ¿Cómo se llama?
—Bell.
—Esa. Ella te mira mucho. ¡Creo que le gustas!
Trunks mutó a distintos tonos carmesí.
—Eh…
—¡Y también me mira a mí! Y me mira muy mal. ¡Debe pensar que algo ocurre entre nosotros! Si me sigue mirando y contestando mal, porque lo ha hecho más de una vez, la ubicaré. Yo no soy ninguna rival: si le gustas, que no vea en mí a una enemiga. ¡Eres como un hermano pequeño para mí!
La culpa le llegó con tal violencia a Trunks que frenó. Videl continuó caminando, hasta que notó que él ya no iba junto a ella. Volteó. Trunks estaba sonrojado, serio, sus ojos para siempre fijos en el piso.
—¿Qué sucede?
Trunks bajó aún más la mirada. Millones de palabras se le atragantaron. ¡No! ¿Qué era esa tentación de mirarla y decírselo? ¿Qué era ese deseo irrefrenable de confesar sus sentimientos? ¡Ella era la novia de Gohan! Se lo repitió con tal tozudez que tuvo que apretar párpados y puños para concentrarse en eso y no en la respiración que percibía, la respiración de ella, de la única.
La respiración comenzó a acercarse, hasta chocar de lleno contra su cuello. Su piel se erizó. Videl estaba ante él, con los brazos en jarra y el ceño fruncido.
—¡Eh! ¡¿Qué sucede?! ¿Dije algo malo, Trunks?
Él volteó a un lado, sin abrir los ojos y sin aflojar el apriete de sus manos. No, no podía decírselo. ¡La ofendería! ¡Sería traicionero! La desilusionaría. Eso sí que no lo deseaba.
—Nada… —dijo él, agitado—. No pasa nada…
Ella, justo después, quebró esa separación que él, por mirar desde la tierra a la mujer inmortalizada en la cima del platónico altar, con tal idealismo, había sentido siempre: Videl tomó una de sus manos convertida en puño y la acarició.
—Te ves muy nervioso, ¿qué pasa? Cuéntame.
Él, al sentir la caricia, se sobresaltó de tal modo que amagó con soltarse; no lo hizo. La caricia se suscitaba tan lenta, dulcemente, que soltarse sería un pecado. Quería disfrutar esa caricia, memorizar la sensación que le provocaba, encontrar palabras para describir lo indescriptible que le era. En lo más egoísta de su ser moría por percibirla, hacerlo y perpetuar la caricia en su piel.
Videl llenó de seriedad su semblante.
—No sé qué fue, pero disculpa si dije algo malo. —Continuó acariciándolo, sin analizar el porqué del rojo que manchaba la piel de Trunks. Se concentró en mirar la mano, que cada vez se apretaba menos a sí misma. Un recuerdo la acechó—. ¿Te acuerdas cuando él murió? Cuando lloramos juntos, tomados de la mano…
El tono de ella se tornó dulce hacia el final de sus dichos. Trunks miró la unión de las manos, justo como ella lo hacía.
—Sí…
—Ese recuerdo siempre me dio fortaleza, ¿sabes? Eres una persona tan dulce, Trunks… —Ella sonrió. Trunks no lo notó, ella misma tampoco; los dos miraban las manos y hacían caso omiso al resto del universo. Los dos lucían más embelesados de lo que creían poder estarlo—. Cada minuto que paso contigo es una confirmación: entiendo por qué Gohan te adoraba tanto, como si fueras su hermano más que su alumno y su amigo. Siempre me hablaba de ti. Estaba muy orgulloso de ti.
—Y él de ti…
Ella rio. Estrechó más la mano.
—Te tengo mucho cariño, Trunks. Sé que eres solitario, que estás pensando en todos y no en ti, que tienes miedo, pero quiero que sepas que, si necesitas hablar con alguien, que si necesitas desahogarte sobre lo que sea, yo estoy contigo. ¡Aunque me haya ido tanto tiempo, estas últimas semanas han sido maravillosas! Te extrañaba mucho. Y me gustaría que seas sincero… Puedes confiar en mí. Recuerdo que Gohan me dijo una vez que te costaba mucho hablar de ti con las personas, que era con él con el único que te soltabas del todo. Supongo que aún te pasa lo mismo…
Devastado, él susurró un «sí».
—¡Entonces cuenta conmigo! No lo dudes: yo te apoyaré. Sé que algo te sucede, algo más allá de los androides y el mundo en que vivimos. No sé, pero noto como si algo fuera de todo esto te doliera muchísimo.
Trunks se impresionó al notar la inmensa empatía que ella sentía por él. Se sintió halagado por la facilidad con la cual ella le notaba todo, incluso lo más íntimo, aquello que él más ocultaba de las personas: ese hombre que quería amar, y amaba, y sentía junto a esa mujer todos los instintos a flor de piel, incluso lo que no entendía por su evidente ignorancia.
Un silencio los tomó mientras miraban las manos, y ella, enternecida por ese muchacho, continuó acariciándolo, intentando así darle todo el ánimo posible. Protegerlo. Si él estaba a su lado, ella sólo quería ver una sonrisa en su boca.
Trunks merecía ser feliz.
El corazón de Trunks latió cada vez más fuerte. Se sentía intimidado por Videl. Más que nunca.
—Hay… algo. Pero no puedo.
—¿No puedes qué?
—Decirlo.
—¿Por qué?
—Porque… —La garganta de Trunks se quebró. Al quebrarse, dio vía libre a las millones de sílabas atragantadas. Por dentro, el alma se martirizó—. Videl, algo anda mal conmigo.
—¿Qué cosa?
—De… de muy niño, yo… admiraba mucho a una chica del refugio.
—Ajá…
—Ella me… gustaba mucho.
—¿Te gustaba? —Totalmente equivocada, Videl se sintió culpable. Pensó: de seguro es Bell, ¡y yo hablé mal de ella! Qué sensible es Trunks, debe haberle dolido lo que dije—. No sabía que una chica te gustaba.
—Nadie lo sabía…
—¿Ni Gohan?
—Ni Gohan.
—¿Y por qué nunca se lo contaste?
Como nunca en su vida, él fluyó:
—Porque… —Trunks se soltó de Videl—. Me enteré, tiempo después, de que ella… también le gustaba a él.
Las manos de Videl cayeron a cada lado de su cuerpo. Levantó la mirada: Trunks atisbaba el piso tan abstraído y avergonzado que parecía una pared de hierro, impenetrable.
—¿…Qué?
—Lo siento. —Trunks le dio la espalda, arrepentido inmediatamente después de confesarse—. Soy un idiota, pero… Yo…
—¿Sientes algo por mí…?
—Perdóname…
Sí. Esa respuesta, por supuesto, significaba que sí. Videl se sintió abrumada. Su mente pasó a estar en blanco.
—Trunks… ¡No! ¡¿Cómo…?! ¡No puedes! ¡No! ¡Debes estar confundido…!
—¡No, no lo estoy! —afirmó él. Era tarde: si no confesaba todo cuanto sentía, explotaba. ¡Si no lo decía entonces, no lo diría jamás! Y se frenaría para siempre en esa escena, en la incertidumbre, en la culpa de no haber sido valiente. ¡Ahora o nunca! Nunca, jamás—. ¡Videl, siempre has sido muy, muy especial para mí…!
—¡No!
—¡Sí…!
—¡Entonces estás loco! ¡No puedes sentir algo así por mí! ¡NO PUEDES!
Él sintió cómo un escalofrío lo recorría. No lo soportó más. El alma le retornó al cuerpo cuando las palabras terminaron de derramarse de él. Acababa de cometer un imperdonable error.
El más imperdonable de todos.
Perderla.
—¡Lo siento mucho! Perdón, por favor… ¡Perdóname! —Sin más, Trunks, rebalsado de culpa y angustia y todo lo triste que era capaz de sentir, salió disparado. Corrió tan rápido que Videl, aunque lo intentó, no pudo alcanzarlo.
Pleno atardecer, soledad. Con la boca desencajada por la sorpresa, por ésta y por la confusión, Videl no supo qué hacer. Lo había sentido un golpe directo a su pecho. Permaneció de pie hasta que la noche comenzó a asomar. Sabiendo que era peligroso andar tan tarde fuera, por los criminales y, claro, por la amenaza constante y perpetua de los androides, retornó corriendo al refugio. No habló con nadie; se encerró en el cuarto que había vuelto a ocupar junto a Lunch, cuya ausencia indicaba que le había tocado cuidar los víveres. Acurrucada en la cama, se tapó la boca con ambas manos. Recordó a Trunks allí mismo, en sus brazos, llorando a Gohan tanto como ella lo había hecho.
¿Gustarle, a Trunks?
¿Gustarle, a un hombre?
Gustarle…
No, no era posible.
Ella no quería que ningún hombre sintiera algo por ella. El porqué era sencillo de explicar: no quería provocar dolor si acaso algo le sucedía, como tampoco quería volver a sufrir una pérdida como la de Gohan.
No quería sentir eso nunca más.
Se le desordenaron todos los sentimientos. Pensó en Trunks, en Gohan, en la gente del refugio, en la vez que un antiguo amigo de Iresa le confesó sus sentimientos y ella lo rechazó. Pensó en la molestia de sentir la mirada de un hombre o de un ser, ¡no quería volver a perder a nadie! Sabía bien que Trunks sentía lo mismo. Entonces, ¿cómo sentía algo por ella? ¡¿Cómo era eso posible?! Si…
Se destapó la boca.
Si cuando estaban juntos eran tan felices.
Si cuando estaban juntos nada parecía doler.
¿…Cómo no lo había notado antes?
Corrió hasta el anochecer. Luego, voló. Nada lo consolaba: la confesión había abierto un cráter en medio de su corazón que todo lo bueno lo rechazaba, que todo lo malo lo succionaba. De vuelta en el refugio, esquivando a todo el mundo como era su costumbre, se duchó con la misma insistencia de siempre, por causa de la obscena repulsión que sentía por sí mismo desde la última derrota. Se puso una camiseta, unos shorts y se acostó. Miró el techo. Había confesado su inconfesable amor, había sido rechazado. Había arruinado todo.
Había traicionado la memoria de su maestro.
—Perdóname, Gohan… —susurró antes de cerrar los ojos inundados de lágrimas.
Su cuerpo, frío sobre la cama insoportablemente vacía, gigantesca por el cuerpo que faltaba, ese al que tanto se había acostumbrado a percibir, cayó en el sueño antes de ser capaz de darse cuenta de ello. Había descansado como nunca en su vida las últimas semanas; el cuerpo estaba ciertamente satisfecho. Era su corazón quien no lo estaba. El corazón sangraba, exhausto. Se esforzaba, en vano, por continuar latiendo.
Sin Videl, no tenía deseos de hacerlo.
Ya no quería sentir más.
Harta de la cama, asfixiada por la pequeñez del cuarto, se levantó y se fue. Cerca de la medianoche, continuaba vagando en el exterior. Estaba bloqueada, agotada emocionalmente. ¡Había rechazado a Trunks! A Trunks, con lo frágil que era para todo lo que se refiriera a lo social, a lo humano. A ese Trunks que sufría como nadie cada ataque de los androides, el que se culpaba por cada maldita muerte, el que no duraría en interponerse si alguien era atacado ante él. ¡A Trunks, aquel al que tanto quería proteger ella! Se convenció de su buen accionar con elucubraciones y conclusiones desordenadas, sin palabras; eran meros conceptos que flotaban en la angustia de su mente; eran ideas, no respuestas.
No, no había sido bueno su accionar.
Al entenderlo, cuando el concepto se pintó de colores y se tornó tangible, existente, y cuando Videl fue capaz de tocarlo con la punta de los dedos, el destino mostró ante ella su propia carta: Lunch —rubia Lunch— apareció tras ella. Clavó en su nuca la fría punta de su fiel escopeta.
—¡Imbécil! Casi te mato, niña. —Lunch bajó el arma sólo después de sus palabras—. ¿Qué haces aquí fuera? ¡Es tardísimo! Te pueden matar, algo podría suceder. Sabes que si algo sobra en este hoyo del demonio que es el mundo son los criminales y oportunistas que roban víveres de noche.
Videl, recuperada levemente del enorme susto que acababa de darse, giró hacia Lunch con violencia. Abrió la boca para recriminarle con un grito su accionar para con ella; la boca quedó abierta sin más, sin proferir sílaba alguna.
—Lunch, yo… —Fue lo único que salió de ella.
Notando, por su ceño fruncido y el quiebre de su voz, que Videl no se encontraba bien, Lunch prendió un cigarrillo, bajó al piso la punta de la escopeta y la invitó a sentarse en unas baldosas rotosas pegadas a una antigua puerta del refugio que estaba tapeada con maderas. Una vez sentadas, la energética rubia habló:
—Cuenta, niña. ¿Qué pasa?
—Un hombre me dijo que siente algo por mí.
—¿Tiene dinero? ¿Es apuesto?
—¡Ese no es el punto, Lunch!
—¡Ya vamos a tu punto, oye! Primero háblame de él.
Videl hizo de la contemplación del suelo su mundo. No levantó la vista de ahí en más.
—Es… muy buena persona. Es lindo, dulce; es una ternura de persona.
—Ajá. —Lunch lanzó el excedente de ceniza al piso en galante movimiento—. ¿Qué más?
—Me dijo que siente algo por mí desde hace… años.
—¿Y qué más?
Videl, sin planearlo ni notarlo siquiera, sollozó.
—No puedo traicionar a Gohan.
Lunch lanzó la colilla consumida al suelo y la mató de un sonoro pisotón de sus pesados borceguís.
—A esto quería llegar.
Videl abandonó, al fin, el suelo. Vislumbró a Lunch como pudo, ambas sumidas en la oscuridad de la noche. Lunch se rascó la boca; esbozó una sonrisa que destiló, al instante, cierto ápice de sorna.
—Estás equivocada, Videl. Gohan está muerto. No hay a quién traicionar.
Videl apretó los puños, enfurecida.
—¡¿Es necesario que me lo recuerdes con tanta frialdad?! ¡Ya sé que está muerto! —Golpeó sus rodillas, enceguecida—. ¡LO SÉ, MALDITA SEA!
Lunch ni se inmutó.
—Sí, es necesario que te lo recuerde así. No tienes a quién traicionar. Él tampoco.
—¿Él? —Videl entera tembló—. ¿Gohan?
Lunch amplió la sonrisa. Multiplicó la sorna.
—Trunks, niña.
Un sepulcral silencio prosiguió. Videl estuvo a punto de decir algo más de una vez en los tensos minutos, pero no. No había forma de agregar algo. Lunch había sido más que contundente.
Y tenía toda la razón.
—Adivinaré lo que no te animas a decir —dijo Lunch—: es muy joven para mí, era el mejor amigo y alumno de Gohan, lo veo como a un hermanito… ¡Blablablá! —Acomodó la escopeta bajo sus piernas flexionadas y, agachada sobre sí misma, entornó los ojos hacia Videl—. Todo eso es aburrido y no tiene razón de ser a tremendas alturas. ¿Acaso crees que aquí somos ciegos? ¡Se ve cuánto bien le causas! ¡Ya no grita por las noches, ya no se mata entrenando, ha podido relajarse quizá por primera vez en si vida! Sonríe: Trunks sonríe como desde la muerte de Gohan no lo hacía. Y lo mismo que se nota en él se nota en ti: se te ve radiante, niña. Se te ve bien junto a él. A los dos se los ve bien. ¡Se hacen más bien del que creen, par de idiotas!
Sorprendida por algo de sí misma que no había notado de tal manera hasta escuchar a Lunch, Videl balbuceó afirmaciones y negaciones.
—¿Verme bien…? —profirió al final.
—¡Te digo que sí! ¿Por qué no te das una oportunidad, eh? A él y a ti misma. ¿Y si de repente intentan tener algo y se dan cuenta de que funciona? ¿Acaso van a negarse a algo que puede ser bueno para los dos en memoria de alguien que ya no está aquí? ¡Tener a alguien especial es algo a lo que no mucha gente se atreve en este mundo ingrato, porque todo es una puta mierda! ¡¿Pero por qué confinarse a estar solos, si estando juntos pueden incentivarse?! El amor no es el final de los problemas, en sí no soluciona nada, pero bien sabes que el amor es un incentivo, un apoyo en medio de este asqueroso infierno. Trunks te adora, niña: se le nota absurdamente, se le notó siempre, desde niño. Es tan adorable que irrita: es perfecto el muy idiota. Y siente por ti lo que no siente por nadie, te lo aseguro.
»Deberías darle una oportunidad.
Videl estalló, colérica:
—¡¿Cómo, Lunch?! ¡Es un niño! ¡Tiene ocho años menos que yo! No se merece que lo ilusione, no a su edad, no siendo como es él, tan tímido e inocente cuando no se trata de entrenar. Si hay alguien en el mundo que no merece sufrir, ese alguien es Trunks: será terco, solitario, extremadamente serio, pero también es tierno; Trunks es demasiado dulce y le tengo mucho cariño. Creo que rechazarlo es lo mejor para los dos, sobre todo para él.
Lunch rio al último.
—¿Rechazarlo sin intentarlo? ¡Por favor! —Sacó otro cigarro, lo prendió, le dio una pronunciada calada—. No, niña: eso jamás es buena idea, no si me baso en mi experiencia.
Videl se puso de pie, justo ante su interlocutora.
—¿Tu experiencia, Lunch?
Un nuevo silencio. Lunch dejó de vislumbrarla: entregó sus ojos verdes a la luna llena que más parecía un cuadro, una obra de arte, eterna rodeada de negro, perfecta en medio del horror del futuro.
—Estuve enamorada una vez, ¿sabes? —dijo—. Él fue de los guerreros que murieron junto al padre de Trunks en la primera aparición de los androides.
Apenada, Videl volvió a sentarse. Se sentía derrotada. Sujetó a la rubia del brazo tapado por un abrigo verde militar.
—Eso no lo sabía —aseguró, tímida de repente, Videl—. Disculpa por…
Lunch recuperó temporalmente la sonrisa.
—Él jamás me dio una oportunidad.
El tercer gran silencio que se produjo fue el peor de todos. Videl se tapó la boca con una mano; la otra jamás soltó a Lunch.
La blonda atisbó el cielo, sus párpados de par en par. Qué bella la luna, qué hipnótico ver algo tan bello en un mundo como ese.
—Bulma no paraba de gritar, aferrada con fuerza inhumana a lo que había quedado del papá de Trunks; Gohan, que era un niño precioso e inocente, estaba empapado de una sangre violácea, perteneciente a Piccolo, quien fuera su maestro. Estaba en shock. Chichi le tapaba, sin objeto alguno más que estrecharlo contra ella, los ojos; el viejo Roshi estaba serio, devastado en lo más recóndito de su ser, seguramente, ante los cuerpos de Krilin y Yamcha, dos de sus tres más queridos alumnos. Y yo… —Los ojos verdes brillaron ante el poder hipnótico de la luna. La nostalgia era un velo de calor en torno al cuerpo de la mujer—. Bueno, yo estaba ante él, ante Tenshinhan. Al lado de Ten estaba Chaoz, su amigo de toda la vida. Los dos tenían unos asquerosos orificios en la boca del estómago. Yo no lloraba ni gritaba, tampoco temblaba; sólo apretaba los puños, de pie. Al ver ese orificio rojo en el centro de su cuerpo, sus tres ojos abiertos, redondos y blancos, pensé: ¿Por qué no me diste una oportunidad? ¿Por qué te moriste sin dármela? ¿Cómo se te pudo ocurrir morirte, Ten? ¡¿Cómo?! Lo odié. Aún lo odio, porque no me permitió demostrarle mis sentimientos, así como no se permitió, por la obsesión con los entrenamientos bestiales que tenía, darme una oportunidad.
»Tenshinhan, así como Trunks, estaba demasiado obsesionado con ser más y más fuerte. Fue por culpa de esto que nunca me aceptó a su lado, pienso. Y lo lamento demasiado. Lo lamento hasta hoy.
—Lunch…
Todo intento que Videl hizo por decir algo, lo que fuera, no pudo llegar a ser. Lunch la interrumpió al instante:
—No hagas como yo, Videl: no te obsesiones con una persona que ya no existe, no pienses que intentar algo nuevo es traicionarlo. Si lo haces, estarás sola, completamente sola, por el resto de tus días. Como yo. —Una carcajada se desprendió de la rubia—. No se lo deseo a nadie, mucho menos a ti, que eres una buena muchacha.
»Dale sólo una oportunidad; si no funciona, por lo menos lo habrás intentado. Lo que el chico siente por ti es verdadero.
»Él se lo merece. Tú también.
Videl no reprimió las lágrimas.
—Lunch, no tenía idea —afirmó.
No pudo continuar, no hubo manera, no después de lo que había escuchado. No después de tan desgraciada historia, una de tantas, una tan triste como todas las demás.
Lunch, la rubia e imponente Lunch, había vivido lo mismo que ella, pero peor: había perdido al hombre amado sin poder demostrarle jamás sus sentimientos. El consuelo de Videl era haber tenido una oportunidad con Gohan; Lunch no la había tenido. ¿Cómo hubiera sido posible seguir respirando habiendo perdido a un Gohan que nunca hubiera estado a su lado? ¿Cómo hubiera podido vivir imaginando para siempre lo que se sentiría estar desnuda en sus brazos luego de la más explícita expresión del amor? ¿Cómo lo hubiera soportado, vivir en un sueño jamás concretado? Admiró a Lunch sabiendo que toda ella, por su intachable fortaleza, merecía ser admirada. Era una de las personas más fundamentales del refugio; una heroína anónima, como tantos.
Era tan admirable como todos los seres que, en el seno del infierno mismo, aún regaban esperanza en el mundo.
Se miraron por última vez. Lunch sonrió, dando por terminada la conversación.
—Ánimo, niña.
Se marchó a dar la ronda acostumbrada por el refugio, una de las tantas durante cada noche en la cual le tocaba la vigilancia. Videl la observó irse y, sin pensar en nada en absoluto, se puso de pie. Vaciló un paso que, finalmente, no dio. Tomó asiento, de nuevo, y luego de una profunda respiración, atisbó el cielo. La luna estaba llena y brillaba más que nunca.
El alma pareció sacudirse dentro de su ser. Se recordó allí mismo, junto a Gohan. Él sujetaba su cintura y ella descansaba su cabeza en el hombro de él.
Eso jamás volvería a suceder.
Se recordó después del funeral de Gohan, corriendo con Trunks bajo la lluvia, corriendo para poder sonreír, como cuando ella era una niña. Se recordó diciéndole al tierno niño de ojos imposibles que debían salir adelante. Se recordó abrazándolo en la cama, susurrándole hasta quedarse dormida que la esperanza era aquello que llenaba los ojos de Gohan, que había que tener esperanza para que su muerte no fuera en vano.
—Tengamos esperanza —repitió en la misma clase de susurro—. Si la tenemos, Gohan estará entre nosotros…
—Si tú y yo no podemos ser felices, entonces me encargaré de que todos lo sean.
—Gohan…
Adoraba a Trunks, no podía mentirse a sí misma. Lo adoraba como a pocas personas en el mundo. Trunks era aquel que mantenía vivo el fuego de la esperanza que tanto predominaba en los ojos de Gohan. Y considerando todo cuanto Gohan siempre elogiaba de su amigo y alumno, quizá no sólo era la última llama de esperanza viva; era el origen de ese sentir. Todos sabían, en el refugio, que Gohan era en héroe de Trunks; lo que pocos sabían, salvo ella por la intimidad que tenía con él, era que Gohan también admiraba a Trunks.
—Es talentoso, es humilde, es… —Sonrisas, como siempre cuando Gohan nombraba a su alumno—. Trunks está hecho para algo grande, tiene esa chispa que sólo poseen las personas tocadas por una vara especial: es inspirador. Me superará, bien lo sé, lo observo. Me superará y los matará. Trunks será el salvador de la Tierra…
Trunks era especial, sí. Durante las últimas semanas, ella se había reencontrado con algo verdaderamente especial que la llenaba de ánimo y convicción. Había encontrado a una persona que sentía lo mismo que ella, que no podía pensar en otra cosa más que en salvar a la humanidad, en hacer prevalecer a la justicia y ver muertos a los androides de una maldita vez. ¡Muertos! Muertos los dos y la libertad instaurada para siempre. Trunks era con quien compartía esos sueños, aquel que escuchaba todos sus anhelos al vislumbrar cada escombro de la ciudad: algún día, esto volverá a ser lo que fue. Algún día verás el mundo que yo vi de niña, Trunks. ¡Le decía eso y los dos, luego de cuatro años de dolor por la pérdida de Gohan, eran capaces de sonreír! Porque se hacían bien.
Trunks era la única persona que, desde la muerte de Gohan, le había hecho sentir esperanza. Junto a él y junto a nadie más la había recobrado. ¡Estaba rebalsada de esperanza! ¡Lo estaba por él, por lo que él le hacía sentir!
Cuando estaba con Trunks, el mundo se sentía un lugar mejor.
Videl sonrió sollozando, en total contradicción. Sin más, antes de que Lunch volviera y la regañara, se metió al refugio.
Muerte.
Sangre.
Tristeza.
Devastación.
Este es mi mundo, un mundo desgraciado.
Este es mi mundo, una mentira infestada de injusticia.
Este es mi mundo, un lugar donde los sueños están prohibidos.
Este es mi mundo, una pesadilla de la cual desearía despertar.
Y no hay derecho.
Y no se puede.
Y no hay manera.
No la hay…
—¡Trunks!
Pero si hubiera una manera…
—¡Trunks, despierta!
Pero si hubiera esperanza en el mundo…
—¡Trunks! ¡Vamos, despierta!
Yo me aferraría a la esperanza con todas mis fuerzas. La atesoraría, la amaría, la protegería.
Daría mi vida por un ápice de esperanza.
—¡Trunks…!
Lo haría.
—¡Trunks, vamos! —Videl sacudió el pecho del muchacho con insistencia, con cariño, con ahínco, con desesperación—. ¡TRUNKS!
—¡AH! —Y él despertó.
Se incorporó en un violento movimiento, justo después de escapar de la nueva pesadilla. No se percató de quién lo había despertado, de quién era la dueña de aquella dulce voz de sus sueños; no lo hizo hasta voltear hacia atrás, sentado en medio de su pequeña y humilde cama. Era ella.
Era la única.
—Videl… —susurró casi sin voz.
Ella suspiró, aliviada.
—¡Al fin! ¡Me costó mucho despertarte!
Cuando las personas despertamos, al abrir los ojos somos inocentes. No tenemos pecados, remordimientos, dolores, problemas; somos seres puros, resplandecientes; somos los seres más felices. Mas unos segundos después de despertar, al día, a la noche, la impureza del mundo retorna a nuestros cuerpos con la primera inhalación. Trunks recuperó todos sus recuerdos, pecados, remordimientos, dolores, problemas, al verla a ella, a la esperanza antropomorfa. Recordó.
El dolor se expandió.
Bajó la cabeza, miró sus rodillas tapadas por el gris cubrecama. Tragó saliva y se maldijo.
—Siento mucho lo que te dije —susurró, acelerado por ningún y todos los motivos—. Debes pensar que soy un monstruo.
—¿Monstruo? —inquirió, en idéntico susurro, ella.
—Un traidor.
—No eres un traidor.
Él, que le daba la espalda envuelto en las penumbras del cuarto, negó con la cabeza.
—Gohan te amaba. Lo que siento es inaceptable. ¡No debí habértelo dicho, yo…!
—Shhh…
Una caricia en la parte superior de su espalda petrificó el alma de Trunks. Lentamente, giró: Videl lo miraba fijo, y sonreía, y se mostraba bella, madura e inteligente. Se mostraba tan fuerte como siempre lo había sido.
La fortaleza. Era aquello lo que más amaba de esa mujer.
—Eres muy bueno, Trunks —dijo ella, sosteniendo con valía su mirada, y él la de ella—. Agradezco que hayas sido sincero conmigo.
—Pero Gohan…
Videl tembló entera. Impregnó de toda la valentía que le corría por las venas a su mirada celeste. Los ojos brillaron ante Trunks; brillaron en medio de penumbras, como la esperanza en medio del miedo más atroz. La luna, afuera, blanca en el epicentro de la oscuridad.
—Nunca dejaré de extrañarlo —confesó ella entonces, armada de todo el valor que tenía—. Pero tengo que ser realista: él ya no está aquí. —Carraspeó antes de seguir. Trunks miraba la totalidad de su rostro absorto por la magia que esa mujer poseía, una que le permitía embellecerse instante a instante. Era divina, cada vez más—. Gohan ya no está, y el hecho de que no lo estemos aceptando no ayuda. ¡Ni tú ni yo lo estamos aceptando! Estamos haciendo todo lo contrario a lo que nos prometimos aquella vez: estamos acobardados en un rincón.
—Pero…
—No lo aceptamos, Trunks. Yo me he limitado a ayudar, a evadir, a escaparme… ¡Y sólo he logrado sentirme cada vez más sola! ¡Me siento sola y mal, me siento cualquier cosa menos yo misma! —Videl se dio un momento para reír con pena por entender la realidad: sí, había dejado de ser ella—. Me extraño. Me extraño a mí, a la que era antes de perder a Gohan. Me he buscado durante todo este tiempo, arrastrando este asqueroso duelo que no me atrevo a terminar. He sido muy cobarde… ¡Y esa no soy yo, no me siento yo así! Pensando en que me estaba buscando, me aislé en mis intentos de escape. Me alejé más y más de mí…
»¿Qué logramos evadiendo, Trunks? ¿O acaso crees que no lo noto? Tú también evades, te encierras, te alejas de ti mismo.
»Somos más parecidos de lo que crees: ni tú ni yo hemos superado su muerte. Como no la superamos, no deseamos volver a perder a alguien especial. Estamos igualmente aterrados.
»Perdona mi actitud hoy, afuera. Perdóname, pero, como habrás entendido, estoy aterrada. Tanto como tú lo estás…
—Videl…
Trunks reflexionó a la velocidad de la luz: ella tenía razón en todo. Sobre todo, tenía razón en lo primordial: ninguno de los dos estaba aceptando la muerte de Gohan. Trunks se negaba a aceptarla. ¡Por supuesto que sí! Y no lo ocultó. Lo invadió una tremenda tozudez que expresó perfectamente:
—¡No puedo! No quiero dejar ir a Gohan. —La voz se quebró; el alma estaba quebrada desde siempre—. Él era el mejor. Y por mi culpa ya no está aquí… ¡Y no puedo soportar eso! ¡QUISIERA QUE ÉL ESTUVIERA AQUÍ! ¡QUISIERA SER MÁS FUERTE, LO MÁS POSIBLE, PARA PODER VENGAR SU MUERTE Y MATAR A ESOS MISERABLES…!
Sucedió con naturalidad: los brazos de cada quien se elevaron ante el cuerpo ajeno y, sin preámbulos, pecho contra pecho, estrecharon. Trunks no se dio cuenta de que estrechaba la cintura que más añoraba en el universo hasta que se encontró llorando por minutos enteros sobre el hombro de Videl, quien, dulce, casi hasta maternal, peinaba su cabello.
—Gohan se ha ido, Trunks…
Embelleciendo la tristeza lapidaria que experimentaban, sollozaron al unísono. La armonía entre sus sentires los ató.
Eran iguales.
—Es hora de aceptarlo —sentenció, entre sollozos y agitación, ella—. Es hora de mirar hacia adelante, de dejar de lamentar algo a lo cual no podremos darle solución nunca. ¡Porque la solución no existe…! No para la muerte. ¿Y lo que está más allá? Trunks… ¡¿Entiendes lo que intento decirte?!
—¡No, lo siento…!
Videl abandonó el cabello de Trunks. Una mano apretó la nuca; la otra, el centro de la espalda. La pujanza con la cual lo apretó contra ella no tuvo, para Trunks, precedentes. Jamás había sentido un abrazo así.
¿Se merecía un abrazo de tal envergadura?
—¡¿No lo entiendes?! ¡¿No entiendes por qué estoy aquí?!
—¡No, Videl! —De ahí en más, Trunks habló con atropello, apurado, casi sofocado—. Sólo entiendo una cosa: estuve mal hoy. Dije algo irrespetuoso que tú no mereces, que la memoria de Gohan no merece. Dije algo que traicionó a Gohan y me odio por ello. ¡Eso es lo único que entiendo, que soy un imbécil y que por ser tan cobarde no me merezco nada bueno que pueda pasarme! ¡No me merezco nada! ¡NADA! —Desatado, olvidando el impulso sensual, amoroso, que la cintura le inspiraba, la estrechó más, más, más—. ¡No me merezco nada! ¡Porque está muerto por mi culpa! ¡POR MI CULPA! No merezco ser feliz… No así… No aquí…
Las manos sujetaron sus hombros y lo empujaron. Al verse deshecho el abrazo, Videl lo abofeteó. Sí, como lo había hecho hacía cuatro años, en un efecto déjà vu. Trunks dejó su rostro hacia un lado, justo como ella lo había dispuesto. Videl se sujetó la mano, adolorida por el golpe dado.
—¡¿Quién te mete ideas tan estúpidas en la cabeza?! ¡¿Cuántas veces habrá que repetírtelo?! ¡NO FUE TU CULPA! ¡No fuiste tú! ¡TÚ NO MATASTE A GOHAN, TRUNKS! Lo mataron ellos, esos hijos de puta. ¡ELLOS! ¡No tú! ¡Tú te matas por todos, te preocupas por todo el mundo, te olvidas de ti sólo para cuidar de las personas! ¡TE SACRIFICAS POR TODOS! Eres una gran persona… ¡Haces tanto por todos, siempre! Y tan desinteresadamente, Trunks… ¡¿Cómo vas a pensar que es tu culpa y que por ser todo eso que dices ser, todo eso que no eres en absoluto, no mereces ser feliz?! ¡ESO ES PARA COBARDES, RESIGNARSE A QUE LAS COSAS JAMÁS CAMBIARÁN! ¡Y tú no eres un cobarde! ¡Estás de pie, te mueve una causa noble…! ¡NO ERES NADA DE LO QUE DICES SER! Pero si sigues así, culpándote y maldiciéndote tan injustamente a ti mismo, entonces sí, te convertirás en ese que describes. Y no quiero eso: tú no mereces eso, Trunks. Tú mereces todo. Todo lo bueno…
—No…
Videl volvió a abrazarlo. En sus brazos, Trunks no se movió. Incluso su rostro quedó paralizado en la misma posición, la mejilla roja por el golpe y las lágrimas parte innata del rostro.
—¿Quién te dijo tantas mentiras…?
—¡Los androides…! ¡EN MIS SUEÑOS!
—Tus sueños son pesadillas: son tus miedos. Te exiges tanto que no logras ver nada positivo en ti. No los escuches… No te infravalores tanto, por favor… Te dañas, y no lo mereces.
—Nadie aquí merece que esos hijos de puta existan. Y existen…
Sollozaron una vez más. Trunks no se movió; permaneció entre los brazos de Videl.
—¿Recuerdas lo que te dije cuando Gohan murió? Las pesadillas se hacen realidad si les damos importancia. No se las des. Mereces una… oportunidad, Trunks…
Al escucharla, el ceño fruncido per se de él se frunció incluso más. ¿De qué hablaba Videl? No tenía, por los nervios, capacidad de nada más que de repreguntar:
—¿Una oportunidad de qué…?
—De ser feliz. —Trunks sintió escalofríos al percibir el repentino temblor del cuerpo de Videl—. Gohan nos hacía felices, a ti por ser tu amigo, hermano y maestro; a mí por ser mi pareja… Pero él ya no está aquí…
»Tenemos mucho por lo cual luchar, mucho por delante… No vale la pena quedarnos en el pasado…
—Pero sin Gohan no…
—… No es lo mismo —terminó Videl. Trunks asintió, convencido—. Lo sé. ¿Pero por qué encerrarnos? Ya no quiero encerrarme: quiero ser libre y quiero ser yo. ¿Y sabes qué? —Videl lo soltó una vez más. Lo miró a los ojos, estrechando las manos entre las suyas. Le dedicó una enigmática sonrisa. Videl, al gesticularla, supo que la decisión que había tomado bajo la luna era, por la clase de persona que era Trunks, la correcta—. Estas últimas semanas, contigo, me he sentido yo. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí yo cada minuto…
La boca de Trunks se abrió. Impresionado, tanto como confundido, se negó a razonar lo que ella acababa de decir. ¡No! Si razonaba, se ilusionaba. Si se ilusionaba, el dolor sería, por ser ella quien tanto simbolizaba para él, algo insoportable.
—¿Videl…?
Convicción. Ella se mostró tan convencida que él, sin más, enmudeció.
—Quiero que me lo digas.
—¿Qué cosa?
—¿Sientes algo por mí?
El calor subió en un poderoso torrente hasta el rostro de Trunks, que se tiñó de rojo con simpleza. Sin ser capaz de mirarla, se giró violentamente hacia el lado contrario de donde ella estaba sentada; apuntó su cara hacia la pared y allí la dejó. Videl apretó más sus manos.
—Anda, dilo.
—No puedo…
—¿Por qué no?
—Videl, no… —Trunks sacudió su cabeza, a un lado, al otro. No había manera de pronunciarlo. ¡Nunca lo haría!—. No sé… decirlo…
Videl, entonces, supo cuán difícil era todo para él. Entendió que no tenía ningún tipo de experiencia en tales menesteres. Entendió, también, que el hecho de estar a solas con ella lo asustaba hasta el punto de helarle la piel. ¡Y cuán natural era su miedo! Era el miedo que todos, en el mundo, sentían: miedo a amar tanto, hasta el punto de llegar a algún tipo de intimidad incomprendida, pues nadie sabía tener intimidad, porque los androides siempre estaban allá afuera y la soledad compartida jamás era completa.
Amar significaba que mañana, o pasado, o al año siguiente, los androides podrían matar al ser amado en un instante, con un simple ataque. Por miedo, avanzar era difícil para todos. Por el miedo, nadie se atrevía a encariñarse en exceso con alguien más. Y cuando la línea se superaba y llegaba un momento de soledad compartida, las personas se lanzaban hacia atrás. Muchos eran los que, como ella, como Trunks, como Lunch y demás, no permitían que la línea fuera superada. Amar, en el futuro, era condenarse a sufrir.
Cuánto le había costado a ella ceder ante Gohan. Se amaban de una forma tan profunda que muy complicado había sido para los dos contenerse. Al ceder, el amor les había demostrado lo maravilloso y revitalizante que podía ser. Sentir tanto había sido lo mejor en sus vidas, en la de ella y la de él. ¡Y pensar que ella había cedido primero que él! Porque Gohan, así como Trunks, era mucho más tímido que ella. La recompensa había sido monumental.
¿No valía la pena buscar una nueva recompensa? Sentía, junto a Trunks, una soledad compartida tan bien trazada que deseaba volver a experimentar aquel sentimiento revitalizador. Extrañaba la más profunda de las intimidades. No la sexual; la tierna, la amorosa.
La sensación de estar en brazos de una persona que sintiera tanto por ella.
Lo atisbó en medio de la oscuridad: era un niño. Y no: ya era casi un hombre. Y era bello tanto dentro como fuera de su ser. Aun y con su timidez, con sus defectos, con esas veces en las que había que traducir sus silencios para poder comprenderlo, Trunks merecía todo lo bueno que pudiera pasarle. Era ella, ella y nadie más, quien quería dárselo.
Quería hacer feliz a Trunks.
Entendiéndolo, Videl alejó sus nervios: por más miedo que sintieran, superar la línea valía la pena.
—Merecemos ser felices, Trunks —sentenció Videl. Las pieles se erizaron al límite—. Si la esperanza está entre nosotros, merecemos una oportunidad…
Una mano de Videl se posó en la mejilla de Trunks. La mano, suave, tersa, entre fría y caliente, instó a los ojos a mirar. Al verse ante Videl una vez más, Trunks multiplicó sus ya infinitos tono carmesí. Él tragó saliva, contuvo un carraspeo.
—¿De qué hablas…?
Ella sólo sonrió. Lo demás, sencillamente, fluyó. Videl se acercó despacio, sin apremio, a él. Le estrechó las mejillas con las manos, bajó el rostro de él hacia el de ella y acercó los labios a los labios.
Sí: quería hacerlo feliz.
—Debes cerrar los ojos… —susurró ella antes de besarlo, al fin.
Cuando las bocas se unieron, Videl era la única que sujetaba; Trunks tenía cada brazo quieto a cada lado de sí. Ni bien tocarlo, Videl sintió toda la tensión contra su cuerpo. Pese a que ella le dijo que cerrara los ojos, Trunks no lo hizo: se quedó petrificado. Pronto su boca tembló entera contra la de Videl, sin saber qué hacer, cómo se suponía que debía actuar.
Cinco segundos; ella lo soltó.
Al separarse, él largó todo el aire contenido de una vez, hacia un lado. Escuchó una risilla de ella mientras intentaba, en vano, regular su respiración.
—Lo siento —farfulló tímido Trunks, hecho un manojo de nervios, de culpas—. No… No sé hacerlo…
Videl sonrió. ¿Había escuchado algo más dulce de un hombre alguna vez? Enternecida, sujetó el cuello de Trunks, de un costado y del otro, y lo contempló. Notó todo con sólo un escrutinio, vio el dolor, el miedo, la pureza, la angustia más latente. Le pareció que, si hundía una mano en sus ojos, lo traspasaba, como a un fantasma, como a un sentir antropomorfo; lo traspasaba porque él era una especie de ser celestial que, por su pureza, era demasiado para el mundo infernal que habitaban. El mundo entero, ella y todos, eran indignos de él.
Sin recordarlo, hacía cuatro años había lo dicho mismo de otro ser.
—¿Nunca habías besado a una chica?
Él, apenado hasta lo indecible, disintió. Ella lo vio frágil y esto le pareció una ironía. Con lo valiente que era, con lo franco, lo sacrificado, lo obstinado, ¡lo fuerte! Trunks no era frágil si el mundo necesitaba de su poder; era el más frágil, sin embargo, en aquellas situaciones de la vida que le eran totalmente desconocidas. Como en ese momento, a solas con una mujer por primera vez, contra los labios de una mujer por primera vez.
—No te tiene que dar vergüenza —dijo Videl, comprensiva—, aquí todos vivimos esta clase de cosas de una forma atípica, llenos de miedos y frustración. Nuestras vidas, por vivir bajo la amenaza de los androides, no son como debieran. Sólo tienes que relajarte…
»No tiene nada de malo lo que hacemos.
Lo acarició del cuello a los oídos, de allí al cabello y después al rostro; se tomó minutos enteros para hacerlo, concentrada en las sensaciones que el tacto le provocaba en toda su humanidad. Vio su agitación, y supo que él estaba tan concentrado como ella. De pronto, Videl se sintió culpable, porque quizá lo estaba presionando; al mismo tiempo, dejándose llevar por las caricias que trazaba en la otra piel, sintió una suerte de liberación. Hacía muchísimo tiempo que no sentía un contacto tan íntimo y dulce con una persona. Suspiró al entender cuánto había extrañado la sensación de las caricias, del compromiso, del amor, darlo y recibirlo. Había extrañado la soledad compartida con otro ser, ese fluir natural de su cuerpo contra otro.
Luego de tantos años de duelo y dolor, la sensación le daba el esperado consuelo.
—Bésame… —susurró apenas Videl, con los ojos cerrados, con las manos más entregadas que nunca a las caricias. Estaba flotando por la satisfacción—. No lo pienses tanto, no digas que no sabes hacerlo… Sólo hazlo…
El consuelo viajó a través de ella y llegó a él; lo inyectó. Las asfixiantes caricias eran para él, de repente y por milagro, capaces de hacerle olvidar todo el sufrimiento, las culpas y el dolor. Quería sentirlas, sentirla a ella en esta ceremonia netamente emocional. Quería entregarse a ella en cuerpo y alma.
Vio los ojos cerrados de Videl; qué relajada lucía. Sabiendo que ella estaba a gusto, seducido y enamorado con ímpetu de ella, llevó sus labios a los de Videl. Los apretó, los besó como quien besa a su madre por la mañana, o bien como al saludar a un ser querido. Pero eran labios, y besar unos labios era muy distinto a cualquier beso que hubiera dado en alguna ocasión. Porque las bocas responden, lo hacen en simultáneo con uno; las bocas besan al mismo tiempo que son besadas y dotan de vida a los seres.
Videl respondió, un beso sucedió a otro, y otro y más. Besos cortos, infantiles, inocentes. Qué consuelo, sentir algo semejante en el epicentro del infierno. Qué satisfacción.
Esta era la definición: era la paz.
Trunks se supo excitado, pero no era el deseo lo que imperaba: el rey de sus sentires era el amor, el amor más profundo y entregado, dedicado a la única mujer por la cual sentía algo semejante. Los besos dejaron de ser suaves choques y prolongaron su estancia en la boca ajena interminables segundos. Deleitado, adicto a la sensación que se provocaban sin ser del todo conscientes de ello, Trunks entendió que quería besar más, hasta gastar sus labios, los de ella, los de él, y que desaparecieran. Besar hasta que el mundo explotara y nada, más que ellos, pudiera existir. Videl sentía lo mismo, y más experta y madura, habló contra la boca de él:
—¿Tienes miedo?
—Sí…
—¿Quieres que te ayude?
—P-por favor…
—Tranquilo. —Videl tragó saliva. No desbordaba experiencia, pero creía saber cómo ayudarlo a soltarse, a dejarse llevar. El sentir era divino; debían hacer todo para seguir—. Abre… un poco la boca…
La frase los erotizó de formas indescriptibles. Trunks la abrió apenas, muerto de miedo, al mismo tiempo que ella, los cuatro ojos cerrados, negados a ver y atentos a sentir. Era el éxtasis: rozar los labios del amor de su vida.
Conocer el amor.
Entender que, aun cuando vivieran en el infierno, la esperanza de perpetuar la paz no era una utopía.
—Sígueme, no tengas miedo…
Videl lo besó en un labio, en el otro, y después hundió su boca en la de Trunks milímetro a milímetro. Agitada, aunque no tanto como él, Videl deslizó sus labios en los otros, ejerciendo una leve succión que dejó anonadado al híbrido. Sintió cómo él, por un momento, intentaba echarse hacia atrás; al segundo, obedeciendo a las manos femeninas, que todo lo instaban, la abrazó dulcemente. Rodeó la cintura al mismo tiempo que sentía cómo un tambor golpeaba en el centro de su ser. Sintió que aprendía, que ahora sabía todo. ¡Lo sabía, sí! Desprolijo, puro instinto aunque no pudiera comprenderlo, hizo lo mismo que Videl. No lo hizo bien; había abierto de más la boca, había entrometido sus dientes, había temblado al no saber qué hacer con su lengua. Titubeó entre succión y succión, hasta que no le quedó ni una gota de aire y se vio imposibilitado de respirar. Se echó a un lado y apoyó su rostro en el hombro de Videl, sin desasirse de la cintura que consolaba su pasión. Uno dedos peinaron su suave cabello lila.
—Tranquilo —dijo Videl—. Tranquilo, Trunks…
—Videl… Yo…
—Dime.
—Te quiero.
Un calor se coló en Videl, atacó su pecho y lo inundó de maravillosos sentires. En el tiritar de Trunks supo que él no mentía, que él la quería de verdad. Y más. Supo que él la amaba aun cuando no fuera capaz de decírselo. En el primer momento, el terror la acechó: renació en ella el miedo a provocar dolor si algo le sucedía, así como la angustia de que algo le sucediera a quien ella sentía especialmente. Bastó percibir un poco más el tiritar de él para entender que eso, su más visceral miedo, era cobarde, estúpido. Se sintió afortunada, tocada por la suerte. Que un muchacho tan dulce la amara así, hasta el punto del temblor, el miedo y el descontrol, la conmovía.
Mas el miedo, no obstante, se hizo con la victoria.
Se observaron. Videl acarició el rostro de Trunks sonriente aunque nerviosa. Él lucía más dulce, bello, que nunca. Ella, ante él, se sentía demasiada adulta, gastada, cansada del mundo y del dolor.
La oportunidad era una gran idea, mas era, también, una idea precipitada.
—Eres muy joven aún.
La magia se desgastó. Una cuota de realidad los abofeteó sin miramientos. Trunks, sin más sonrisas, sin más consuelo que la mera existencia de Videl, asintió, apenado. Él ya lo sabía. Ella también lo hacía.
Era muy difícil, todo.
Ellos, juntos, en ese momento del espacio-tiempo.
Resignado, él bajó la mirada. ¡Qué mortal era la decepción que sentía! Ella no cesó en peinarlo con los dedos. Así como Trunks, Videl sabía qué ocurría.
—Eres un adolescente. Yo soy una adulta.
—Lo entiendo. Está bien, Videl.
No lo digas, suplicó él en su fuero interno; no quiero escucharlo, no quiero que me rechaces. No lo voy a soportar. ¡No quiero!
Ella notó la incomodidad, la frustración. Notó cuánto le dolía a Trunks lo que ella estaba diciendo, el hecho de haberlo besado, es decir ilusionado, para después entender que no era tiempo, que la pureza de Trunks era extrema y ella no debía anularla con su necesidad de sentir amor, de consolar su soledad. Trunks no merecía eso.
No si ella no sentía lo mismo por él.
De pronto, ella se sintió culpable. Estaba haciendo todo mal.
Lo estaba lastimando.
Y le dolía, claro. Le dolía por cuánto lo quería.
—Sientes algo hermoso por mí —murmuró ella, dulce—, pero yo…
—No… No sientes lo mismo. —Videl no respondió. Trunks sintió que se moría—. Lo entiendo, de verdad. Y te agradezco que seas honesta conmigo…
—Trunks…
Los ojos de ella se fueron a los labios de él. Los observó hecha un manojo de nervios. Trunks la amaba, ¿pero qué sentía ella? Que quería hacerlo feliz, protegerlo, consolarlo.
Acariciarlo como venía haciéndolo desde hacía minutos.
Sentía que quería besarlo, acariciarlo y darle su calor. Y no era por un instinto voluptuoso, tampoco por el consuelo de verse acompañada íntimamente como desde hacía tanto no lo estaba; se trataba de desear instaurar en él una sonrisa e instaurarla en ella también, una sonrisa perpetua que nada ni nadie pudiera borrar.
¿Entonces…?
Encontró la respuesta en una suave caricia que, sin planearlo, depositó con un pulgar en el labio derecho de Trunks. Ver el rojo que se apoderó de sus mejillas y la mirada confusa, tierna de él se lo dijo todo. Ya no tenía dudas.
Dentro de ella, tímido, el sentir definitivo empezaba a florecer.
Se debilitó así el miedo triunfador; la fortuna asomó por su pecho. Contemplando y acariciando la boca de Trunks deseó besarla una vez más, necesidad que se contradijo con lo que habían insinuado sus palabras; necesidad que hacía juego con esa semilla que había encontrado en su interior.
Se sinceró: quería estirar la escena como si fuera goma de mascar; quería sentir esperanza junto a Trunks y darle la felicidad que él merecía más que nadie en el mundo. Dársela ella, no alguien más.
Ser ella quien lo hiciera feliz.
—Me sentí yo estas últimas semanas. A tu lado, me sentí yo —afirmó ella, libre de todo remordimiento; lanzada. Su voz destilaba sorpresa. ¡Sólo entonces era capaz de comprenderlo!—. Me hiciste sentir algo que nadie más, desde hace cuatro años, pudo lograr. —Sus dedos pulgares acariciaron la comisura de los labios de Trunks, los dos—. Me diste esperanza.
Él murió por abrazarla y pegarla por siempre a su piel, para poder estar junto a ella hasta el fin.
—Tú me diste esperanza a mí…
Rieron por un instante, emocionados a más no poder. Con la misma naturalidad del principio, se abrazaron tiernamente. En brazos del otro, experimentaron lo mismo: consuelo ante las malignas puertas del infierno, consuelo ante el dolor por la pérdida de los más queridos seres. Felicidad.
Ella, montada al frenesí que le significaba tal emoción, intentó besarlo. Trunks rechazó el beso. Fue suave, siempre respetuoso. ¿Por qué la rechazaba?
—No quiero que lo hagas por lástima…
—No es lástima.
—¿No…?
Sólo entonces pudo, ella, decir con palabras lo que ya sentía florecer en su corazón:
—Te quiero también, Trunks.
Una bomba arrasó con él con sólo escucharla. Las manos se levantaron solas, valientes, y sujetaron con vehemencia el rostro de la mujer que era todas las mujeres. Ella le sonrió justo antes de que él la besara. Pero no: él frenó a último momento. Seguía sintiéndose inseguro, tímido. Ella lo besó a él al comprenderlo.
Se abrazaron con posesión, se besaron con humildad, denotando más instinto que experiencia, más amor que pasión.
Trunks acarició cada segundo la cintura, al mismo tiempo que ella acariciaba los músculos de sus brazos con la punta de los dedos. Las bocas empezaron a adquirir experiencia, luego; aprendieron de la otra, se amoldaron con mayor intimidad. ¡Ya no existían! Los androides estaban muertos. ¡En la unión de sus bocas, todo se les iba! El dolor, el odio, las dudas. ¡Adiós a todos! Qué deleite poder encontrar semejante consuelo en un mundo tan putrefacto, saberse acompañados pese a la injusticia, saber que alguien los esperaría cada vez que salieran con la incertidumbre de si el retorno se concretaría. Era lo que necesitaban, el puntapié para salir adelante: encontrar en otro toda la inspiración para luchar.
El amor: encontrar una mano que nos acompañe en el trayecto.
Besaron más, deslizaron las bocas húmedas interminables segundos sobre la otra hasta que las lenguas, tímidas, rozaron apenas sus puntas. Al sentir lo último, Trunks la apretó más, tanto que provocó, contra la voluntad de Videl, un gemido. Aterrado, la soltó.
Un tinte extra hacía resplandecer los ojos de Videl: había, allí, pasión. Ella vio exactamente lo mismo en él, una pasión nacida de lo más puro: la alegría de su segunda gran unión.
Trunks se hizo un poco hacia atrás. ¿Qué le ocurría?
—Ya…
—¿Qué?
—No quiero seguir, Videl. Lo siento… No puedo.
Ella tocó su pecho con una mano abierta. Sintió el corazón acelerado, al límite. Entendió que él estaba demasiado nervioso, que todo lo que le significaba una mujer era ajeno a él, nuevo, intimidante. Le sonrió, comprensiva.
—De acuerdo, lo entiendo. —Videl acarició el pecho apretando contra éste la totalidad de su mano. Trunks deliraba. Videl vio algo más en su mirada—. Oye…
—¿Sí?
—Sé que tienes miedo, ¡es natural! Pero… ¿Hay algo más por lo cual no quieras seguir?
—Porque no sé manejar esta situación…
—No te quiero lastimar, Videl.
—¡Pero Gohan…!
—Soy un saiyajin, no lo olvides: hay cosas de mí mismo, de mi instinto y de mi cuerpo, que no sé controlar apropiadamente. Tengo que aprender antes de hacerlo. Dame un poco de tiempo. Sólo un poco.
Se miraron. Ella entendió cuán en serio hablaba Trunks. Estaba asustado, rebalsado de nuevas sensaciones que apenas podía dominar. Él moría por seguir, el hombre que era moría por saber todo lo que le faltaba aprender a hacer, a sentir; el guerrero saiyajin, por su parte, moría por apretarla. Era por este último, sobre todo, que se había detenido: no sabía cómo domarlo. Era un guerrero fuerte, de aplastante convicción. Era ese mismo guerrero que, ante los androides, deseaba torturarlos con un sadismo implacable. Era mejor frenar.
—No me siento capaz de… todo esto.
—Es comprensible. No te preocupes, lo entiendo.
—Hasta que ellos no mueran, yo no… No puedo hacer nada, no como… tú mereces.
Videl, al mismo tiempo que moría de amor al escucharle decir algo tan sincero y aplastante, se sintió manchada por cierta desesperanza unida a una suerte de capricho. ¿Y si ellos jamás eran derrotados? ¿Y si los androides se perpetuaban en el mundo hasta el fin de los tiempos? ¡No! No quería, no luego de la dulzura desmedida de ese beso que, con tan sólo suscitarse, le había dado deseos de resurgir de sus cenizas, de sentir algo genuino y no encerrarse más dentro de sí.
Pero había algo que Videl no sabía.
No sabía sobre la máquina del tiempo.
Trunks sujetó la mano de Videl; pensaba en lo mismo que ella, en los androides y el no saber cuándo les llegaría el final. Miró cada dedo, estudió cada marca, acarició la palma. ¿Por qué no le habían hablado a Videl, ni los demás ni él, del viaje que había hecho? Quizá no había sido a propósito.
Quizá no querían ilusionarla, así como no querían ilusionarse ellos.
—Hay una oportunidad de derrotarlos muy, muy pronto… —dijo Trunks sin soltar la mano.
Era la primera vez que realmente sentía esa posibilidad como algo real.
—¿Eh…?
—Es una historia muy larga. Confía en mí: mañana te la contaré junto a mi madre. Te aseguro que es muy posible que, dentro de muy poco tiempo, ellos mueran. Pero hasta que no estén muertos, no me siento capaz de nada más que entrenar y prepararme para la batalla. No quiero precipitarme ni tampoco lastimarte. Quiero… —Detuvo las caricias que ejecutaba sobre la palma. Se besó una mano y con ésta apretó la de Videl—. Quiero estar seguro de que estarás bien.
Ella se desasió del agarre. Abrazó fuertemente a Trunks.
—Esperaremos cuanto quieras, entonces. Esperaremos…
Ella entendía que, de momento, no debía indagar más respecto de esa posibilidad de la que él hablaba. Debía respetarlo y confiar en él, algo que, siendo quien era Trunks, resultaba natural.
Se contemplaron interminables minutos. Afuera, nadie imaginaba lo que estaba sucediendo. En ese cuarto, rodeándolos de calor, había paz.
Al fin.
Se abrazaron y permanecieron así, en silencio, sintiéndose los latidos de pecho a pecho. Era relajante sentir el corazón de alguien especial contra el propio. Videl, en paz consigo misma, con sus sentimientos y sus culpas, se quedó dormida aferrada a él. Trunks lo notó mucho tiempo después. Estaba tan entregado a las sensaciones de tenerla en sus brazos que sentía flotar en medio de un cielo totalmente azul, donde el sol era el único protagonista. Cuando supo que ella dormía, con una delicadeza de otros mundos, la sujetó en brazos y la acostó en el centro de la cama. La arropó con las tres frazadas que tenía, además de las sábanas. Él, respetuoso, se dispuso a echarse en el suelo. Cuando dio la espalda a Videl para hacerlo, ella, de pronto despierta, lo sujetó de la mano.
—¿Te desperté, Videl…?
—Tengo sueño liviano, como casi todos aquí lo tenemos. Tú sabes.
Rieron un momento.
—No duermas desarropado, podrías enfermarte —dijo ella.
—Soy saiyajin, no me enfermo fácilmente…
—Pero no pases frío, Trunks. ¡El frío es la cosa más horrible del universo! Si quieres que me vaya, me voy…
Un silencio. Él, con el corazón nuevamente a mil por hora, fue tajante:
—No quiero que te vayas.
—Entonces ven.
—Pero…
—Si a ti no te molesta, a mí tampoco.
Los ojos se contactaron en la penumbra. Al encontrarse, todo estuvo dicho. Videl, más relajada que él, lo instó a meterse bajo las sábanas, algo que Trunks no hizo; usó la última frazada y se recostó delante de ella. Videl se sintió enternecida por su caballerosidad.
Ella lo abrazó por detrás; él durmió como nunca en su vida. Fue la noche más maravillosa, el sueño más conciliador. Fue perfecto, dormir sintiendo la suave respiración de Videl en su espalda, sujetando fuertemente la mano de ella, a salvo de todo lo que acaecía afuera por el mero hecho de estar en brazos de esa mujer. Era más de lo que merecía.
Era lo que siempre había deseado sentir: la paz.
Al día siguiente, nadie los vio distintos: seguían ensimismados en sus conversaciones, atentos al bienestar del refugio, juntos para todo, patrullar, buscar víveres, vigilarlos. No volvieron a besarse, pero sí a mirarse: se miraban y algo, pese a que nadie más lo notara, era distinto.
Una semilla crecía entre los dos; la esperanza de poder concretar un futuro mejor.
Trunks y Bulma confiaron a Videl el secreto de la máquina del tiempo. En principio, ella se mantuvo incrédula. Sabiendo que Trunks jamás le mentiría sobre algo tan serio y que Bulma era capaz de todo y más con un destornillador en la mano, terminó por creer todo cuanto le dijeron. Observó embelesada a Trunks: falta menos de lo que creemos, entonces. Y él, con los bellos ojos azules que tenía, le respondió que sí.
No falta nada, Videl.
Al fin seremos libres.
Y pasaron dos semanas más. Inicialmente, ella se enfadó un tanto por el hecho de que él no le hubiera contado sobre la máquina del tiempo; lo perdonó en un segundo y medio. Nada de lo que él hiciera era con mala intención.
Nunca habían vuelto a tocar el tema, lo que esa noche había ocurrido entre los dos. El trato era implícito: si algo volvía a suceder, sería porque ambos lo desearan, por estar listos para dar el paso que hubiera que dar. Por lo pronto, sabían cuán especiales eran el uno para el otro. Con la paz instaurada en la Tierra, seguramente fluirían con más confianza los sentires. Tener esperanza era lo único que les quedaba.
Y la esperanza parecía más inmensa que nunca.
Trunks, tranquilo por esa puerta que veía delante de él, la que Videl había dejado entreabierta anunciándole la posibilidad de conocerse más cuando los androides dejaran de existir, retomó los entrenamientos, se dedicó a ellos día y noche, sabiendo que no faltaba nada para que la máquina del tiempo tardara en completar su carga.
Una semana más, y terminó.
Se alejaron del refugio todos los que sabían de la existencia de la máquina. Ataviado con su ropa favorita, el pantalón gris, las botas anaranjadas, la musculosa negra, la chaqueta azul, Trunks dio un último vistazo a cada uno: su madre, Roshi, Lunch —azulada—, Chichi, Woolong, Puar.
Videl.
Fue ella la última en despedirlo.
—Vuelve sano y salvo —le pidió al abrazarlo—. No te quites crédito: eres un héroe y también lo serás allá. Prométeme que te cuidarás.
—Lo haré.
Se soltaron. Videl miró hacia atrás: por la intimidad que expresaban sin darse cuenta, los demás los atisbaban con evidente curiosidad. Si bien en principio nadie lo notó, luego de esa noche sí, todo entre ellos se hizo sospechoso. A espaldas de los dos, mucho habían fantaseado los demás, sobre todo Bulma, que nada deseaba más que su hijo pudiera tener una perspectiva para el futuro de paz que los esperaba si todo salía bien. Era curioso que se tratara de Videl; era obvio que se tratara de ella. Era justo. Chichi, que también lo notaba, pensaba exactamente lo mismo que Bulma: Videl debía seguir adelante, no podía tenerle rencor por ello. Y quién mejor que Trunks para ayudarla.
Censurando el rostro de Trunks del resto al plantarse ante éste, Videl besó su propio meñique y lo apoyó en la boca de él. Trunks esbozó una hermosa sonrisa.
Nada era casualidad entre ellos dos.
—No olvides nuestra promesa.
Trunks se alejó de ella. Ciertamente contrariada por verlo alejarse de una manera un tanto abrupta, Videl se preguntó qué le sucedía. ¡Ni siquiera le había dicho adiós! Cuando él se acercó a la máquina y, en uno de sus laterales, tocó una escritura, entendió que él, siempre, desde hacía mucho tiempo, mucho antes de que ella siquiera lo sospechara, ya tenía la promesa en alto.
'Hope!' leyó en la máquina. Esperanza.
Trunks le dedicó una última sonrisa, a ella y a todos, antes de subir. El vidrio se cerró, la máquina arrancó, flotó y se desvaneció.
—¡Cuídate…! —gritó Bulma, llena de confianza.
—Cree en ti, Trunks… —susurró Videl, por su parte.
Cree en ti, prosiguió en pensamientos; puedes ser lo que desees ser. Puedes ser más fuerte, más habilidoso, más lo que quieras, siempre y cuando creas en ti.
—No lo olvides, tonto.
Sin más, y por el llamado de los demás, se retiró.
Concluye en «Por la paz»
Comentario final, 22 de julio de 2014
¡Buenas! Dos años y medio después (?), retomo este extraño experimento fanficker. ¡Hace casi un año que empecé este capítulo! Pero me costó mucho, tuve que borrar y volver a escribir varias veces. Fue complicado encontrar el humor indicado para escribirlo.
Aunque siempre lo tuve muy presente. Moría por retomarlo con todo, con dedicarle tiempo exclusivo. La espera, para mí al escribirlo, valió la pena.
Es un gusto, por cuánto me gusta escribir este fic, haberlo reencontrado. =)
¡Faltaría un capítulo! Que espero publicar antes de fin de año. No quisiera que pasara tanto tiempo de nuevo…
Muchas gracias a quienes le dieron una oportunidad en todo este tiempo. Tardé tanto que no sé si sigan por ahí, ¡pero gracias de todos modos! Un placer.
Algunos comentarios:
-Me parece más humano pensar en la inexperiencia, miedo y torpeza de Trunks al verse con una mujer. Es un nene, es un chico inmerso en un mundo donde no hay tiempo para pensar en uno mismo, en sus sentimientos, en sus instintos. Encuentro lógico su miedo. A veces, las fans idealizamos a Trunks. Pensamos que él es experto en todo y que tener un instinto masculino basta y sobra para poder dominar la situación de la intimidad, lo suficiente como para gozar y hacer gozar a su compañera. Yo no pienso así: Mirai Trunks no es esa clase de personaje que pueda manejar perfectamente las situaciones. Es un chico muy sufrido y muy sacrificado que de seguro jamás piensa en él, en su propia satisfacción. Verse con una chica no debería ser fácil para él. Que de la nada misma le salga experiencia no tiene sentido para mí. Por eso, me lo imagino con una mujer mayor y con carácter que sea capaz de ayudarlo a soltarse, que pueda enseñarle a no sentir miedo por una posible intimidad. Eso intenté escribir. Eso quise siempre leer.
Me enamoré de esta pairing. Le encuentro demasiado sentido. Ella, madura, con el carácter suficiente, es indicada para ayudar a alguien como él.
-También me gustaría mencionar otros dos fics que escribí en los últimos meses: uno es Caridad y otro es Imposible, ambos protagonizados por Mirai Lunch. ¡Este fic tuvo la culpa de que me obsesionara con ella! Me gusta imaginarla en el futuro, la encuentro muy fuerte en una realidad como esa. =)
Y nada… ¡Pasó tanto tiempo que no tengo mucho por decir! XD ¡Gracias por leer, por todo! ¡Gracias!
Iluvendure, por todo el ánimo que me diste con este fic, te dedico este capi. ¡Gracias por todo, hermosa! Sos divina y, dentro de este mundillo, sos una de las más especiales para mí.
¡Saludos a todos! Nos leemos. =)
Comentario final, 23 de marzo de 2016
Corregí este capítulo y no fue una corrección superficial: quedó levemente distinto. Sentía a la narración poco fluida, trabada, desprolija, y los sentimientos mal expresados. Ahora siento que se entiende mejor. ¡Espero sea así! Corté algunos párrafos y los reemplacé por otros en pos de que quedara más parecido a como lo había imaginado.
Y nada…
La parte III está en desarrollo. Durante abril la publico.
¡Gracias por todo!
Dragon Ball ©Akira Toriyama
