Simplemente perverso
Capítulo 1
Londres 1819.
—Oh Dios, ¿dónde estoy?
Edward Masen abrió un ojo y rápidamente lo cerró de nuevo. El piso de madera que había vislumbrado y las paredes negras adornadas con instrumentos de flagelación y gratificación sexual significaba sólo una cosa: todavía estaba en la casa del placer de Madame Helene. Se lamió los labios, saboreando la sangre seca, el brandy y el acre olor fuerte del esperma de otro hombre.
Con un gemido rodó sobre su estómago, haciendo una mueca cuando su erección matinal raspó contra la rugosa madera. Estaba desnudo y todavía en el rincón de los castigos. Por lo menos alguien había tenido la decencia de quitar las esposas de sus muñecas. Cautelosamente se sentó, luchando contra las ganas de vomitar con cada doloroso movimiento. ¿Qué demonios había hecho la noche anterior?
Ahogó otro gemido. Nada peor, sospechaba, de lo que se había estado sometiendo él mismo en los últimos meses. Pero algo había cambiado. Por primera vez el dolor había sobrepasado al placer. Sus muñecas estaban magulladas, el culo le dolía y su espalda estaba desgarrada por los azotes de un látigo. Hundió las manos en su cabello y cerró los ojos.
Dios, ¿qué clase de hombre se permitía ser utilizado por otros hombres para su placer sexual? Al principio, lo había excitado. Ahora, simplemente se sentía como que se lo merecía. Tenía casi veintiséis años; ¿sin duda era el momento de seguir adelante?
Una tos discreta sonó en la puerta. Parpadeando, Edward se obligó a mirar hacia arriba. Judd, el mayordomo de Madame Helene, se inclinó y le tendió una bata marrón bordada.
—Buenos días, milord. Tengo un nuevo conjunto de ropa esperando abajo en el apartamento de Madame y un baño si usted quisiera.
Vagamente, Edward miró a su alrededor buscando su propia ropa y no podía verla. Con un suspiro, tendió la mano hacia la bata.
—Gracias, Judd. Lo estaré siguiendo en un momento.
No podía soportar encontrarse con la mirada del hombre mayor. ¿Qué debería pensar el mayordomo de él revolcándose en un vergonzoso charco de lujuria de su propia creación? Su último pensamiento consciente, antes de que el dolor y el placer sexual lo hayan llevado al punto de dejarlo sin sentido, fue de lord Minshom inclinado sobre él, su risa cuando Edward cayó indefensamente contra el piso implacable.
Haciendo muecas, Edward tropezó con su pie y se agarró de la repisa de la chimenea para ayudarse. Debía haber habido otros. Hombres sin rostro y sin nombre a los que les había permitido follarlo y acariciarlo, lastimarlo si querían. Dios, ¿qué estaba mal con él?
La luz del sol se filtraba por las ventanas en los niveles más bajos mientras los eficientes criados de Madame dejaban la casa de nuevo a la perfección antes de que la juerga empezara de nuevo. Se dirigió hacia el sótano, donde Madame tenía su apartamento, y emitió un suspiro de alivio cuando se encontró con la habitación vacía, la bañera ya estaba llena y esperándolo.
Con un gemido, se hundió en las perfumadas profundidades. Su carne picaba donde descubría las nuevas heridas que le infligieron. Aún tenía el pelo sucio con fluidos de los otros hombres. Se deslizó hacia abajo en la bañera y permitió que el agua le tapara por encima de su cabeza. Durante un buen rato contuvo el aliento, pensado en dejarse salir, en el agua llenando sus pulmones, en la paz...
― ¿Edward?
Reapareció con un sobresalto para encontrar a Madame Helene sentada al lado de la bañera. Llevaba un vestido azul claro que no hacía mucho para atenuar su encanto natural. Ella era fácilmente la mujer más bella que Edward había visto nunca, y él había observado un montón en la casa del placer… Madame Helene se había asegurado de eso.
―Edward, ¿por qué aún sigues aquí?
Parpadeó lentamente hacia ella, permitiendo que las gotas de agua corrieran por su rostro.
―No estoy seguro. Debo haberme quedado dormido.
Ella suspiró y se inclinó hacia delante para acariciar su hombro. Tragó saliva ante el suave contacto. Después de la crudeza de la noche, su toque era casi insoportable. Sus ojos empezaron a picar.
―Edward, mon ami, estoy preocupada por ti. Todos estamos preocupados por ti.
Se sentó más derecho para estudiar la preocupación de su rostro. ―Dios, Jasper no sabe lo que hago aquí, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros, un movimiento fluido y elegante como el de un gato.
―No se lo he dicho, pero Emmet lo sabe. No estoy segura si él le dirá a tu hermano o no.
Edward siguió mirándola fijamente, con los dedos agarrando el borde de la bañera hasta que dolieron.
―Tú nunca se lo dirás a Jasper, ¿verdad?
― ¿Por qué no? Él de todos los hombres es el más puede entender el motivo por el cual les permites a estos hombres hacerte lo que ellos quieren.
―Jas no lo entendería. Después de sus experiencias con Alistar en Turquía, me dijo que él odia ser tocado por los hombres. ¿Qué diablos va a decir si cree que a mí me gusta?
Su sonrisa enigmática fue fugaz.
―Tu hermano es un hombre muy complicado. Tal vez se preocupa más porque él todavía se siente responsable de lo que te pasó. ―Ella le acarició la piel mojada. ―Todos nos sentimos responsables, Edward… tú fuiste forzado a una situación intolerable, drogado, violado y secuestrado por un hombre que...
―No quiero hablar de Alistar. Sucedió hace años. ―La miró fijamente. ―En realidad, no voy a hablar de ello, nunca. No tiene nada que ver con mis actuales gustos sexuales.
Helene se levantó, su sonrisa desapareció.
―La negación no funcionó para tu hermano. ¿Por qué debería funcionar para ti?
Edward dejó escapar el aliento.
―Lo siento, Madame. Tú no has sido nada más que la bondad personificada, pero no puedo continuar con esta ridícula conversación. He decidido cambiar mi rumbo. Ya no tengo la intención de utilizar tus cuartos de castigo.
La expresión escéptica de Helene no cambió.
―Me alegro de oírlo. Tal vez ha llegado el momento de que indagues el lado más luminoso del amor y el romance.
Se las arregló para asentir.
―Tal vez tengas razón.
Ella se volvió hacia la puerta.
― ¿Quieres que envíe un mensaje a la agencia marítima?
Frunció el ceño y trató de mirar alrededor buscando un reloj.
― ¿Qué hora es?
―Un poco después de las diez.
―Entonces ya estoy condenado, tenía una cita con Jasper a las nueve.
Con el sonido suave de la risa de Helene, Edward se dejó caer hacia abajo en la bañera hasta que su cabeza estuvo debajo del agua. Jasper era extraordinariamente perceptivo. Una mirada al rostro de Edward, y él no sólo demandaría una explicación por su tardanza, sino que insistiría en examinar todas sus acciones durante la semana pasada.
Percibió que Helene no creía que él tuviera la intención de cambiar. ¿Qué vio en él que la hizo dudar de lo que le decía? ¿Acaso él, de algún modo, anunciaba en su rostro su voluntad de ser abusado? Reapareció y cogió la taza de café que Helene había dejado para él al lado de la bañera.
― ¿Quiere que le lave la espalda?
La mirada sorprendida de Edward voló hacia la puerta. Enmarcado en contra de la luz solar estaba Christian Delornay, el hijo de Helene. Un integrante permanente del último año en la casa del placer, ya que ahora vivía allí y trabajaba para su madre. Antes, Edward nunca le había prestado mucha atención, estaba demasiado ocupado con su propia búsqueda de excesos sexuales como para preocuparse por otro hombre.
―No, gracias.
Christian se encogió de hombros, el gesto elocuente de su educación francesa, como lo era su leve acento Inglés. Desde su posición inclinada en la bañera, Edward calculó la medida de Christian y supuso que eran de la misma altura, aunque según tenía entendido, Christian tenía sólo veinte años.
― ¿Está seguro?
El tono divertido de Christian era ahora una familiar rabia quemando los intestinos de Edward.
―Absolutamente, y puede salir también.
―Estoy perfectamente en mi derecho de estar aquí. Este es el vestidor de mi madre después de todo. ―Christian se acercó hasta que Edward se vio obligado a mirarlo.
―A menudo frecuentas el dormitorio de tu madre, ¿verdad?
Christian sonrió.
―Es poco digno de usted, Lord Edward. Inténtelo otra vez.
Edward cerró los ojos.
―Vete de aquí.
―Lo haré si usted se compromete a cenar conmigo y con mi hermana esta noche.
― ¿Por qué querría hacer eso?
Christian pasaba rozando sus dedos a lo largo del borde de la bañera. Edward no podía apartar sus ojos del lento deslizamiento.
― ¿Por qué me preguntó? ¿Debido a que usted desea que me vaya para poder terminar su baño en paz?
―Está bien.
― ¿Usted vendrá?
Edward miró hacia arriba a su sonriente compañía.
―Te dije que sí, y ahora sal y cierra la puerta detrás tuyo.
Christian hizo una reverencia.
―Nos vemos a las siete entonces, en el salón principal.
Tan pronto como Christian se fue, Edward salió del baño y se vistió a toda prisa con la chaqueta de color marrón claro, pantalón negro y chaleco a juego que Judd le había dejado. Si tomaba un taxi hasta la oficina marítima en los muelles, aún debería ser capaz de cumplir con Jasper. Hizo una pausa para comprobar su reflejo en el espejo.
Sus labios estaban un poco magullados e hinchados, pero aparte de eso, se veía bastante bien. Lord Minshom siempre era muy cuidadoso de no marcar a sus amantes por encima del cuello.
Edward subió corriendo las escaleras de la Compañía Marítima Masen y Hale, y cautelosamente abrió la puerta de la oficina principal. Todo parecía tranquilo. Asintió con la cabeza hacia Taggart, el gerente de la oficina, quien frunció el ceño y le señaló el reloj. Con una mueca en el aire, Edward continuó por el pasillo hacia la estrecha oficina que habitaba en la parte posterior del edificio de dos pisos.
Se las arregló para abrir las persianas y sentarse delante de su hermano mayor caminando relajadamente a través de la puerta abierta.
―Buenos días Edward, ¿o debería decir buenas tardes?
Edward levantó la vista de la pluma de ganso que estaba fingiendo afilar y se encontró con el rostro de su hermano. La gente siempre exclamaba por la gran belleza de Jasper. Pocos parecían darse cuenta de la inteligencia y la crueldad oculta detrás de su menos-que-amable mirada violeta.
―Buenos días, Jasper. ¿Qué puedo hacer por ti?
― ¿Llegar a tiempo a tus citas? ―Jasper sacó su reloj de bolsillo y lo estudió. ―Se suponía que nos encontraríamos a las nueve. Son casi las once. ¿Dónde has estado?
Edward trató de mirar arrepentido.
―Me quedé dormido.
―Tú, dormido. ―Jasper le dio golpecitos al estuche cerrado del reloj y comenzó a pasearse por la alfombra deshilachada hecha jirones. ―Eso no es lo suficientemente bueno, Edward. Administro un negocio aquí, no un club social para aburridos aristócratas sin nada mejor que hacer con su tiempo.
El calor subió por las mejillas de Edward. Era verdad que su hermano iba directamente al punto.
―Eso es injusto. Soy siempre puntual, y entiendo la naturaleza de tus negocios. Infierno, yo lo administro cuando tú y Emmett estáis fuera de la ciudad.
―Hasta hace poco, estaré de acuerdo contigo, pero en los últimos tres meses, te has vuelto poco fiable. Llegas tarde, apenas mantienes tu mente en el trabajo y ni siquiera puedes recordar los nombres de nuestros clientes. ―Jasper se detuvo y se volvió para mirar a Edward. ―Eso no es suficientemente bueno.
― ¡Esta es la primera vez que he llegado tarde en más de un mes! ¿Por qué haces un mundo de esto?
―Porque esto es un síntoma que lo engloba todo.
― ¿Qué exactamente estás tratando de decir, Jas?
―Si no aclaras tus ideas, hablaré con Emmett para nombrar a un nuevo suplente.
Edward se quedó mirando sus manos apretadas sobre el escritorio.
― ¿Y qué se supone que tengo que hacer en su lugar?
Jasper suspiró.
―Por el amor de Dios, Edward, vuelve a casa y disfruta de tu vida de privilegios. Has trabajado aquí durante cuatro años y demostraste tu independencia a nuestro padre. ¿No es tiempo de que sigas adelante?
Edward se puso de pie, sus ojos al mismo nivel que los de su medio hermano. A pesar de otro despido. A pesar de que otro hombre pensaba que él era un inútil. La ira corría a través de él y amenazaba con anegarle su habitual sentido común.
― ¿Crees que estoy jugando a tener un trabajo?
Jasper levantó las cejas.
― ¿Perdón?
― ¿Crees que eres el único que puede hacerse pasar por un comerciante y aún así seguir en línea para la posición de marqués?
―No quiero el título. Lo sabes.
―Es fácil para ti decirlo cuándo es tuyo, sin embargo.
― ¿Lo quieres?
― ¡No! Es que… ―Edward suspiró con frustración.
Un músculo tembló en la mejilla de Jasper.
―Continúa.
―He trabajado duro para ti y he disfrutado cada minuto. A diferencia de muchos de mis amigos aristocráticos, todavía tengo mi fortuna intacta, mi salud y mi juicio.
―No estoy seguro acerca de tu juicio.
Un malestar roía los intestinos de Edward.
― ¿Qué?
Jasper sostuvo su mirada.
―Llegas tarde porque pasas demasiado tiempo prostituyéndote en la casa del placer de Madame.
― ¿Y tú nunca hiciste eso? Extraño, oí que tu reputación era legendaria.
―Me gusta follar, sí, pero no como lo haces tú.
Edward se enderezó.
― ¿Y cómo sabes tú cómo me gusta follar?
―Me encontré con Lord Minshom anoche. De hecho, él deliberadamente se puso en mi camino para que yo no tuviera más remedio que hablar con él.
― ¿Y?
―Me dijo cuánto disfrutó "tomándote" anoche.
― ¿Y?
Jasper se movió más cerca.
―Maldita sea, Edward, ese hombre es un depredador sexual de la peor especie. A él le gusta lastimar, castigar y humillar.
―Quizás él estaba mintiendo.
―No lo hacía. Este no es el primer rumor que me ha llegado acerca de tus gustos sexuales.
Edward descubrió que estaba temblando, un profundo temblor de huesos que no podía controlar.
― ¿Emmett te dijo lo que él me vio haciendo mientras tú lo estabas "haciendo" con él?
El rostro de Jasper se tensó y su mano salió disparada. Edward se encontró aplastado contra la pared, los dedos de Jasper en su garganta. Cada herida de su cuerpo gritaba una protesta.
―Emmett no me dijo nada. Y mi relación con él es mi propio asunto. Esta discusión es acerca de ti.
―Soy perfectamente capaz de hacer este trabajo.
Jasper no aflojó su apretado agarre.
― ¿En serio? Bueno, tienes el resto de este mes para demostrarnos eso a Emmett y a mí, antes de que te pidamos que te vayas.
Dio un paso atrás y se reacomodó la manga de su chaqueta marina.
―No deseo decirte cómo vivir tu vida, pero no puedo permitir que arruines mi negocio.
Edward se aclaró la garganta.
―Es bueno ver que tienes tus prioridades en orden, Jasper. Los negocios primero, la familia después. Hablas igual que nuestro padre.
La boca de Jasper se arqueó en una esquina.
―Para nuestro padre, la familia es el negocio. ―Soltó el aliento. ―No tengo derecho a decirte qué hacer. Sólo puedo ofrecerte el beneficio de mi propia experiencia.
Edward se apartó de la pared y volvió a tomar su posición en su escritorio. Sus dedos temblaban tanto que no se atrevió a coger el cuchillo por miedo a cortarse a sí mismo. Arriesgó una sonrisa a su hermano.
―Por favor, no lo hagas, Jasper. Ya he tenido a Madame Helene para hacer frente esta mañana, y sin duda voy a escuchar a Emmett pronto. Soy perfectamente capaz de resolver mis propios errores, de hecho, ya había decidido hacerlo.
Jasper ladró una risa y se volvió hacia la puerta.
―Eso es lo que me dije a mí mismo, y mira qué desastre que resultó ser.
―Tú tienes a Alice, y a tu hijo primogénito. ¿No te hace eso un hombre afortunado?
Jasper se volvió lentamente para mirar a Edward, sus finos rasgos por una vez más suaves y sin estar en guardia.
―Sí lo hace, pero perdí muchos años negando mi verdadera personalidad y lo que me habían hecho.
―Entonces, si estás en paz con tu pasado, ¿por qué no puedes creer que yo lo lograré también?
Edward se puso tenso al ver que de repente la expresión de Jasper se cerró.
―Espero que lo hagas, hermano. Sinceramente, lo espero. Pero permitiendo que un hombre como Lord Minshom te posea, en cuerpo y alma, apenas parece ser el camino correcto para alcanzar tu objetivo.
―Él no me posee.
Las cejas de Jasper se levantaron.
―Tal vez deberías decírselo. Sonaba terriblemente territorial.
Edward apretó la mandíbula y sostuvo la mirada de su hermano.
―Maldito seas, él no me posee.
Jasper se inclinó y se dirigió a la puerta.
―Entonces, te deseo suerte con tu nuevo camino y espero que no te extravíes de nuevo.
―Gracias, Jas. No tienes nada de qué preocuparte, de verdad. Seré un hombre reformado.
La risa de su hermano hizo eco por el pasillo mientras cerraba la puerta. Edward apenas se contuvo para correr tras él y plantarle cara. ¿Cómo se atrevía su hermano a tener tan poca fe en su capacidad para cambiar? ¿Cómo se atrevía a reírse?
Edward respiró hondo y soltó el aire. Iba a demostrarles a todos que estaban equivocados. Se convertiría en un ciudadano modelo, un hombre de negocios de renombre y un famoso hombre entre las mujeres… tan pronto como averiguara qué querían los gemelos Delornay con él en la cena de esta noche. Un hilo de emoción se infiltró en su tristeza.
