¡Buenos días en esta casi media, semana, lectores!

Muchas gracias a quienes se han asomado a este breve epílogo con el caballero psicópata del Santuario. Mel-Gothic de Cáncer me recordó que hoy es el cumpleaños del dulce Masky (¡No me digas así! Se acerca el caballero y la autora corre a esconderse en la última sala de la biblioteca donde trabaja). Y bueno, debido a esta fecha, decidí hacer una actualización doble de este fic, que cerrará la historia iniciada en Espejo humeante y Nanahuatzin.

Espero disfruten leyendo, gracias Mel por tu comentario en el capítulo inicial, sí, Mascarita no quiere las muletas, y bueno, el carnerito es muy lindo, se preocupa por sus compañeros ya verás qué pasa.

Copyright a Kurumada por sus lindos y atormentables pesonajes. Ya pueden pasar a leer, la continuación de esta historia, dedicada a las fans de Cáncer, a InatZiggy–Stardust, amiga espero verte pronto por acá, que todo mejore. Te extraño.

X – X – X – X

2.- Ciudad de México

Máscara de Muerte, sonrojado, ve a la muchacha de uniforme azul cargar parte de su equipaje. Luego mira a Afrodita, quien lleva una mochila enorme en la espalda y en la mano izquierda la maleta de su amigo.

–No sé cómo diablos dejé que me convencieran–, le dice, susurrando. Afrodita niega en silencio y aguanta la risa.

–Órdenes del Patriarca–, responde luego de cambiar de mano la maleta de Máscara Mortal, a quien le llega el turno de negar con la cabeza.

El guerrero aferra las muletas. Delante del guardián de Piscis no puede aceptarlo, pero ahora cree que Mu tuvo una excelente idea: no es necesario que encienda su cosmos ni que se apoye por completo en unos pies que lo matan la mayor parte del tiempo.

–No me parece bien que uno de los doce de la élite se exhiba usando… esto…

El caballero dorado aprieta las manos, mira su sombra en el suelo. Esbelta, difuminada entre los pasos de otros tantos turistas quienes, en su prisa, le abren paso al joven enfermo o accidentado, quizás, en recuperación.

El suelo del aeropuerto se parece al del salón patriarcal. Máscara de Muerte sigue viéndose, tratando de mantener el equilibrio mientras un dolor punzante sube por sus piernas y otro le quema la espalda. Vuelve a escuchar a Shion:

–Es una orden.

Junto al trono, Mu sostiene las muletas que antes le ofreciera en la casa de Aries.

–P-pero…

–Llévatelas, dije. ¡Ah!, y Afrodita va a ir contigo.

–…chismoso…–, le reclama al guardián de Aries Máscara Mortal. No puede creer que, como si se tratara de niños acusándose con su mamá, Mu pidiera el apoyo del Patriarca para obligarlo a aceptar las muletas y la compañía de su amigo.

–Te ayudan a caminar sin que tengas que elevar tu cosmos todo el tiempo–, dice Afrodita, en el aeropuerto, ya cerca de las puertas de salida.

–No es cierto, me estorban. Además parezco desvalido.

El caballero de Piscis sonríe, observa a la empleada de la línea de aviones que los trajo desde España, donde esperaron un par de horas para transbordar. La joven no deja de ver a Máscara de Muerte. El ajustado pantalón de mezclilla, la chamarra anudada en la cintura, su playera color coral… Seguro se conduele del enfermo, pobrecito, tan joven, piensa Afrodita y asiente; la empleada acaba de ofrecerse a buscar un taxi que los lleve al hotel.

–Yes, please.

El caballero de Cáncer voltea, un signo de interrogación en los ojos.

–Fue a buscarte un taxi, Mascarita–, su amigo inclina un poco la cabeza, como tratando de encontrarle forma a una pintura abstracta. –Esa chica no te ha quitado los ojos de encima, seguro es por lo de las muletas.

–Eso es ridículo, ella sólo…

Los pasos de la empleada acercándose lo interrumpen. ¿Afrodita tendrá razón? El caballero la observa mientras camina junto a su amigo detrás de ella, mientras Piscis se adelanta, le ofrece una propina y ella la rechaza. Oh, no! It's my job, dice al abrir la portezuela y ayudarle a Máscara Mortal para que se deslice en el asiento trasero.

–Thank you–, responde Afrodita antes de meter las maletas en la cajuela del auto amarillo y blanco. Sonríe, la joven roza la mejilla del caballero de Cáncer.

–¿Viste?

Máscara de Muerte, sonrojado, observa el trascurrir de la gente al otro lado de la ventana. Afrodita toma el lugar del copiloto y le da al chofer una tarjeta con el domicilio del hotel. Está cerca.

Pronto a ambos lados del taxi desfila lo gris de los edificios, una atmósfera cargada del humo de los escapes, jardines cuya exuberancia se sacrifica para darle espacio a una avenida de ocho carriles. También se escucha la voz estridente de quienes se ofrecen a limpiar un parabrisas, de los que venden desde una bolsa blanca y pequeña para la basura hasta una actuación en la que deben convertirse en un dragón y arrojar fuego. Los caballeros, sin querer, se sumergen en la indiferencia de los otros automovilistas: Afrodita pone atención al camino, a los señalamientos, y Máscara de Muerte cierra los ojos, pensando en cómo sería el paisaje si aquel joven monarca no hubiera sido vencido.

Los semáforos en rojo suman algunos minutos, pero de todos modos el camino es corto. Así, los tres hombres bajan del taxi: Afrodita ayuda a su amigo como puede y el chofer saca el equipaje de la cajuela. Después de recibir un pago en dólares, el hombre deja a sus pasajeros en el amplio lobby de un hotel.

Máscara de Muerte sigue como hipnotizado, al interior de sus pensamientos. Afrodita da a un empleado de corbata rojísima los datos que le pide. El caballero de Piscis está casi tan perdido como Cáncer; sólo sabe que un par de horas después de la reunión con él y con Mu, el Patriarca lo llamó para que Athena le diera los datos de un hotel muy próximo al aeropuerto de la Ciudad de México, la reservación, dinero suficiente y los boletos de avión.

–Lamento no poder hacer más por el caballero de Cáncer–, dijo Saori a un sonrojado Afrodita.

–Es usted… Muy generosa. Muchas gracias–, el guardián de Piscis hizo una reverencia antes de guardar los boletos, el dinero y la información del hotel. Creo que será mejor que tú conserves eso, si Máscara Mortal lo lleva podría perderlo, escuchó decir a la diosa, no para burlarse, sino como una preocupación.

–Estoy de acuerdo con usted, estos últimos días ha estado muy distraído–, murmuró el caballero antes de regresar al último templo a preparar el equipaje que ahora dos empleados llevan hasta una habitación doble en el tercer piso del hotel.

–¿Cómo es que llegamos hasta aquí?–, pregunta Máscara de Muerte ya a solas, a una ventana cubierta con una cortina blanca, larga hasta tocar la alfombra color vino que, seguro, tienen todas las habitaciones.

Al caballero de Piscis también le parece irreal estar tan lejos de Grecia, del continente europeo. No sabe cuál es la conexión entre este país y los habitantes del Santuario de Athena. La posesión de Shura, la muerte de Shun para convertirse en el nuevo sol, el sexto, según la mitología anterior a estos edificios que es posible encontrar casi en cualquier lugar, la aparición de Tezcatlipoca y su pelea contra el Fénix, y ahora los remanentes de la pesadilla de Cáncer, los que lo obligaron a un viaje en cuya normalidad se esconde una especie de extrañeza.

–Yo tampoco sé…

Máscara Mortal se mesa los cabellos, arroja las muletas a un lado de la cama y se tira sobre una colcha mullida, cuyo color arena parece arrullarlo hasta hacer que duerma. Afrodita deja su mochila en el suelo y sale al pasillo. Quiere tomar algo, quiere una sala de computadoras donde pueda obtener información acerca de los transportes, de las bibliotecas.

Al llegar al lobby y buscar con la vista, el caballero localiza la entrada al bar. Se dirige ahí con paso lento, echa un vistazo y va a acodarse en la barra. Un mesero le da la carta. Afrodita lee, en la página izquierda está la traducción al inglés, en la derecha, el nombre de las bebidas y los platillos en español, el precio.

"Tequila", trata de pronunciar sin mucha suerte Piscis, repasando las pocas páginas de una carta impresa en colores ocre y marrón. El mesero que se la acercó se para a su derecha; espera su orden.

–Dejilla–, el hombre lo mira con el entrecejo fruncido y Afrodita, agradeciendo que es el único cliente a esa hora, decide señalar esa palabra que llamara su atención. –Please, thanks.

El mesero asiente y se retira llevándose la carta. Unos minutos después pone frente al caballero dos vasos pequeños, llenos hasta el tope con un líquido casi transparente, y un plato con limones partidos por mitad. Afrodita observa los vasos, no muy convencido, antes de dar un sorbo pequeño.

–Así que ya empezaste, Piscis–, lo interrumpe Máscara Mortal. Afrodita se cubre los labios con una servilleta y empieza a toser.

–Me asustaste–, reclama el caballero después de recuperarse.

–Ajá–, Mascara Mortal aguanta una carcajada e imita a su amigo. –¿Qué es esto?

–No me acuerdo cómo se llama, sabe más o menos como el vodka de esa vez en Rodorio.

El guardián de Cáncer se acomoda en un banco próximo y observa al cantinero limpiar un vaso largo con una franela. Suspira. Afrodita voltea a verlo antes de terminarse lo que pidió, antes de frotarse las mejillas y apretar los ojos.

–¿Qué sigue?–, pregunta.

–No sé, no sé qué hacer, no sé qué vine a buscar siquiera.

Afrodita parpadea un par de veces, de pronto somnoliento. –Podríamos empezar buscando alguna información acerca de ese antiguo gobernante.

–Sí, pero eso será mañana. Estoy cansado.

Yo también, susurra Afrodita, pide la cuenta, sale junto a su amigo y juntos abordan el elevador.

X – X – X – X

Máscara de Muerte observa cómo Afrodita se pierde entre los estantes.

–¿Tú, un ratón de biblioteca? Nunca lo hubiera creído.

–Tiene sus desventajas ser vecino de Camus… Ya no te burles y mejor ayúdame con los títulos, que el español se parece un poco al italiano, ¿o no?

El caballero de Cáncer asiente divertido. Recuerda bastante del idioma, pues en repetidas ocasiones lo ha escuchado de Shura, de Dio.

–Quién te viera, todo un experto, ya tengo como para un mes, quizá dos. ¿Usarás lentes, Degel?–, Afrodita lo mira extrañado. A diferencia de Máscara Mortal, Piscis casi no lee el español; lo entiende y lo habla, pero apenas si puede leerlo. –El caballero de Acuario de la anterior Guerra Santa, no puedo creer que no lo conozcas.

–No, ¿y tú cómo sabes su nombre?

Máscara Mortal guarda silencio, recordándose como otro ratón asiduo a los libros que buscaba, junto a Camus, entre esos volúmenes viejísimos, en las estanterías del fondo de la biblioteca de Acuario.

–Camus me lo dijo–, en parte eso es verdad.

–Sí, claro… Mira, creo que es aquí, ¿qué dice?–, Afrodita señala una pequeña placa de letras negras. Historia de México, logra descifrar junto a su amigo, y después ambos empiezan a recorrer los títulos del estante.

Revolución, 1968, la Independencia, Los indios de México, de Fernando Benítez, Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos… Es más difícil de lo que habían pensado. Pero les agrada estar ahí, aunque Máscara de Muerte no piense aceptarlo ni ahora ni después, le gusta. El tapiz de los sillones a la entrada, las computadoras donde guardan la base de datos, los estantes claros, puestos como las fichas de un dominó. Es un lugar tranquilo, se dice el caballero mientras recuerda la pequeña biblioteca de Rodorio, donde los pocos estantes lo dejaron mucho más que confundido.

–Debería parecerse más a esta–, dice en voz alta sin notarlo.

–¿Qué?

–La biblioteca de Rodorio.

–¡¿Cómo?! Tú… ¿Al final sí…?

–No. Olvida lo que dije, todavía tengo sueño–, responde a su amigo.

Sí, es grande y agradable la biblioteca, pero no encuentran algo que les ayude. Los dos guerreros salen luego de un par de horas, las hojas de papel tan blancas como las llevaban. Afrodita se busca en los bolsillos los boletos de ese tren anaranjado y subterráneo que los trajo justo a una calle de la biblioteca, y que pasa muy cerca del hotel donde se hospedan. Mientras, Máscara de Muerte se pelea con las muletas a fin de atravesar el parque y bajar las escaleras de la estación sin causar piedad entre los otros pasajeros.

Ya en el vagón, sentado junto a la puerta, Cáncer apoya el hombro derecho cerca de un extinguidor diminuto, cierra los ojos y aprieta la mandíbula: el dolor empieza a quemarle la espalda y las plantas de los pies. El caballero siente también una punzada en la cabeza, punzada que lo hace desear que ese amontonadero de gente explote, el vendedor gritón incluido.

–Por Athena, que ya se calle–, pide para sí. –Si vuelve a vociferar tendré la satisfacción de ver su horrenda cara en mi templo.

Afrodita ríe, trata de poner atención al vendedor pero entre las voces y un aparato de sonido cada vez más próximo no lo logra.

–¿Qué dice?

–Está vendiendo un libro, es de Carlos Fuentes, es de amor y de fantasmas, se desarrolla en la ciudad de México, está escrito por entero en segunda persona, como si le hablara al lector en turno–, repite su amigo, como puede, las palabras de quien está a punto de abandonar el vagón por la puerta más cercana. Esa letanía, en vez de aminorar el dolor del caballero, lo aumenta, llevándolo hasta su nuca.

–Creo que le gustará a Shura–, dice Afrodita, detiene al muchacho antes de que abandone el vagón, le pide dos ejemplares, paga con un billete sin ver la denominación y niega con la cabeza cuando van a darle a cambio varias monedas.

La prisa, los ríos incesantes de cabezas, hombros, mochilas, bolsos y pasos, hacen que los caballeros dorados salgan por la primera escalera que tienen delante. Es la misma estación que está a un par de calles del hotel, pero el paisaje parece distinto. Hace rato no estaba este jardín, le dice Afrodita a Máscara Mortal, desorientado. Cáncer no pone atención: en la acera de enfrente se alzan dos ventanales en los que se exhiben libros.

–Quizás…

Y mientras Afrodita localiza la esquina donde bajaron para abordar ese tren llamado metro, el italiano se dirige hacia los ventanales.

–¿Puedo ayudarle en algo?–, le dice una empleada de anteojos.

–¿Cuauhtémoc?–, responde el caballero y la joven lo conduce hasta una sección de biografías, pone en sus manos un libro pequeño, no muy grueso.

"La civilización azteca no concluyó a consecuencia de su edad senil, sino asesinada trágicamente", descifra el caballero en la introducción. No puede evitar los recuerdos: ese lago apestoso a muerte, cundido de cuerpos, la joven inclinada junto a él, curando las quemaduras que el fuego dejara en sus plantas, el pelirrojo y sus preguntas, sus hombres sirviéndose del cuerpo de la joven, lleno de golpes. Asesinada; sí, el autor ha usado la palabra correcta.

–¿Quién…?

Las pastas responden a una pregunta hecha a medias. Salvador Toscano, muerto en 1949. Desde entonces debe haber más información, murmura Máscara de Muerte, seguro.

–Te estaba hablando, ¿qué pasó?–, lo interrumpe Afrodita. El guardián de Cáncer da un respingo y casi suelta el libro.

–Mira–, le dice, poniendo frente a sus ojos las páginas iniciales de la biografía. Piscis hojea el libro, llega hasta el final. Una palabra le llama la atención, pues la vio escrita en otro volumen, uno verde, de pasta dura. Mayas; "mientras sus cenizas quedaron ocultas allá en tierras mayas", le ayuda a leer Máscara Mortal.

–Voy a llevármelo de todos modos, aunque creo que debe haber información nueva, mira, el libro es de hace casi cincuenta años. Si Cuauhtémoc fue tan importante debieron seguir buscando su tumba hasta dar con ella, ¿no crees?

Afrodita asiente no muy convencido. Puede ser, susurra mientras se acerca también a la caja, el libro sobre los mayas en la mano.

X – X – X – X

Continúa…

El guardián de Cáncer busca y rebusca en su templo. Supone que habrá algún regalo para él, pero todavía no lo encuentra. La autora, desde su escondite, avisa a los lectores que pasen a leer el siguiente capítulo.