Emma no la miraba. Su rostro seguía fijo en dirección hacia la izquierda, justo como el golpe de Regina la había dejado. Su boca estaba entreabierta y no se movía, por lo que la ex Alcaldesa tuvo que empujarla nuevamente para recuperar su espacio personal.

Regina se llevó la mano izquierda a la boca, la misma mano que segundos antes había golpeado a la Salvadora, y acarició con los dedos sus propios labios, tratando de comprender por su cuenta lo que acababa de suceder. Inconscientemente, con sus dedos, empezó a limpiar la comisura de sus labios, pues todo el brillo labial que se había colocado antes de salir de casa, gracias al brusco beso de la rubia, se había corrido.

Emma reaccionó un poco más tarde ante el dolor, acariciando suavemente su mejilla golpeada. Se había quedado en shock hasta entonces.

—Auch —se quejó en voz baja, girando lentamente su rostro para mirar a Regina como si no pudiera creer lo que esta había hecho.

—¿Auch? ¿Es todo lo que dirás? —Preguntó incrédula. —No sé qué te haya hecho pensar que puedes hacer esto, pero déjame aclararte algo, Swan...

—¿Yo no puedo hacerlo, pero tú sí?

—¿Disculpa?

La morena estaba cada vez más confundida, ladeando la cabeza con sus cejas fruncidas en un intento por averiguar de qué se estaba perdiendo, mientras que Emma, ahora cruzando sus brazos, se acercaba a ella nuevamente.

—Yo no puedo besarte, pero tú si puedes venir y lanzarte sobre mi como si nada —le reprochó. —No te importó Hook, no te importó Robin, no te importó besar a una mujer, simplemente te abalanzaste sobre mi como una salv...

Otra bofetada, en la misma mejilla que ya estaba roja a causa del golpe anterior, la hizo callar.

—No tengo idea de qué estupideces estés hablando, pero te lo advierto, Emma: que no se te ocurra volver a ponerme una mano encima. O a intentar que yo la ponga encima de ti —añadió con esto último con una mueca de asco, antes de dar media vuelta hacia la puerta y abrirla. Por un momento casi olvida lo que la había llevado a buscar a la rubia, pero antes de abandonar la sala, giró medio cuerpo hacia la otra mujer y habló: —Vine para avisar que la cena con Henry y Violet será en casa, a las siete.

—Regina, espera. Tenemos que habl...

—A las siete en casa, Swan —anunció antes de salir, dejando a Emma con las palabras en la boca y tanto o más confundida que antes, cuando recibió el primer beso. La rubia miraba en dirección a donde Regina había estado segundos antes, y aunque el dolor era punzante en su mejilla y sentía como si esa zona le quemara, no podía hacer mas que preguntarse qué demonios había ocurrido. La había seducido, besado, tocado... y luego la había golpeado sin razón aparente. Instintivamente se llevó una mano nuevamente a la mejilla golpeada y suspiró con frustración. ¿Acaso Regina se había vuelto loca, o la loca era ella?...

Aproximadamente unos tres minutos más tarde, la mano que antes acariciaba su mejilla se deslizó varias veces por su rostro. Necesitaba reaccionar, porque aquello definitivamente tenía que ser una pesadilla.

O un sueño, dependiendo de como se viera.

—Swan ¿qué sucedió ahí dentro? —Preguntó Killian una vez que Emma se dirigía a su escritorio, veinte minutos luego de que Regina abandonara la estación. Ella se hacía la misma pregunta, aunque por motivos diferentes a los de el pirata. Estaba claro que Garfio sólo sentía curiosidad, mientras que ella tenía la necesidad de descifrar lo que había pasado por la mente de la morena al momento de besarla. —Regina ha salido como alma que lleva el diablo, y tú... bueno, bonita mejilla.

La rubia se sonrojó levemente, mas que nada por el hecho de que los recuerdos de lo ocurrido en la sala aparecieron en su mente como una película, y temió que él pudiera darse cuenta de lo que realmente había sucedido entre ella y la mujer en cuestión. Echó un vistazo rápido a su alrededor, notando que su padre no estaba por ahí, cosa que agradeció. Si ya era bastante incómoda la situación sólo con Killian, no quería ni imaginar lo que sería si su joven padre se sumara, y ni hablar si llegaba a comentarle algo a su madre...

—Tuvimos un desacuerdo o algo así —respondió finalmente, después de un par de minutos en los que sopesaba las posibles respuestas que podía inventar, no muy segura y evitando su mirada en todo momento— ya hablaré con ella en la noche, en la cena... No es que vayamos a cenar solas, no, estaremos con Henry y Violet.

—Si no estarán solas ¿cómo piensas hablar con ella?

Emma suspiró, y se atrevió a dedicar una mirada al pirata cuando este abandonaba su silla detrás del escritorio.

—Ya me las arreglaré.

—Siempre lo haces, amor —la animó él, acercándose lo suficiente para dejar un suave beso en sus labios. Un beso al que la rubia no quiso responder, pero sabía que entonces él notaría que algo no andaba del todo bien y llegarían más preguntas incómodas que no sabría como responder. Cuando Garfio se apartó de su rostro, pudo ver que el hombre alzaba una de sus cejas. Ella hizo una mueca. —¿Ya tenías esa cosa en los labios cuando llegaste?

—¿Qué? —El pirata señaló sus propios labios y Emma lo imitó, llevando un dedo a los suyos, notando rastros de lo que seguramente era el brillo labial de Regina. —Ah... sí. Bueno, no. Es un brillo labial que me ha traído Regina, algo así como un regalo.

«Bien hecho, Swan —se reprendió a si misma mentalmente— ¿cómo piensas explicar en caso de que se le ocurra preguntar por qué Regina te da obsequios?»

—Lo ha usado ella primero ¿no?

—¿Qué?

—Creo que estaba usando ese mismo brillo cuando llegó —explicó con naturalidad, haciendo una mueca con sus labios que llevaba toda la intención de ayudar a la rubia a relajarse un poco. De lejos se notaba la tensión en ella. —Al menos es muy parecido —comentó encogiendo sus hombros— pero qué voy yo a saber de eso.

De pronto estaba haciendo demasiado calor en la estación, por lo que a Emma le sudaban irremediablemente la frente y las manos. Tenía que salir de allí lo antes posible.

—Seguramente lo ha usado ella antes, sí. Quizá lo probó.

—¿Me lo muestras?

—¿Qué?

—Bueno, Swan ¿es que el golpe de Regina te ha dejado sorda? Pregunté si me muestras el endiablado brillo.

El sonrojo que había antes en las mejillas de Emma desapareció inmediatamente, dejando a su paso un rostro pálido y unos ojos casi desorbitados.

Titubeó antes de responder.

—Yo, es que... Todavía estoy tratando de entender por qué le mirabas los labios a Regina ¿sabes? —comentó ella para cambiar de tema rápidamente, dando una palmada amistosa en el hombro del pirata mientras empezaba a caminar en dirección a la salida, tomando así distancia de él. Su corazón estaba palpitando muy rápido y no sabía cuanto más podía mantener aquello sin meter la pata. —¿Le dices a mi padre que me tuve que ir?

—¿Te tienes que ir?

—Sí, exacto. Es que Henry me espera para... algo relacionado con su novia, ya sabes.

Él la miró interrogante, pero no hizo ninguna otra pregunta o comentario referente. Lo dejó estar y asintió con la cabeza.

—Está bien, yo le aviso... Te veo luego, amor.


El gran reloj marcaba las 6:40 de la tarde y Emma ya estaba caminando hacia la puerta de la mansión Mills. Tenía casi el mismo aspecto de antes, con la diferencia de que se había duchado y ahora traía otros pantalones, además de el cabello suelto y una camiseta de color diferente, con la chaqueta roja encima por supuesto.

El tiempo había transcurrido muy rápido desde que dejó la estación. Con la excusa de que buscaría a Henry y luego se prepararía para la cena, se libró de Killian por el resto de la tarde, y se las arregló para encerrarse en casa y no tener que cruzarse con nadie más antes de las 6.

Extendió su mano derecha hacia la puerta cuando estuvo frente a ella, pero antes de que pudiera golpear para anunciar su llegada, la voz grave y rasposa de Regina a su espalda la hizo girar rápidamente, sobresaltada ante su presencia ya que no la había sentido.

—¿Regina? —Inquirió extrañada al ver a la morena sonreírle como si esa discusión en la estación nunca hubiera ocurrido.

—¿Quién más podría ser?

La Reina se acercó a Emma y llevó ambas manos a los brazos de la rubia, acariciándolos lentamente para así sentir cada curva de esos músculos. Tenía el labio inferior entre los dientes, al igual que una expresión de pura concentración y placer en el rostro mientras lo hacía. No tenía que fingir que lo disfrutaba, pues realmente lo estaba haciendo. Sentir a Emma Swan estremecerse ante su tacto y cercanía le encantaba, le daba la completa seguridad de que era ella quien tenía absoluto control entre las dos.

Emma estaba tensa.

«¿Se le ha pasado ya el enojo a Regina? —pensaba mientras notaba como la mujer se acercaba más a ella— ¿Y por qué se ha enojado en un principio, si ahora vuelve a invadir mi espacio personal de esta forma?»

—Regina... —quiso decir, para pedirle luego que se detuviera, pero los labios de la Reina rozando los suyos suavemente se lo impidieron. Esta vez fue una caricia suave entre sus labios, nada comparado a los besos compartidos en la estación, pero incluso eso era más que suficiente para que la rubia perdiera la cabeza una vez más. Era como entrar en una especie de trance. Le resultaba imposible pensar de manera coherente cuando esta mujer la besaba, cuando la tocaba, o siquiera respiraba cerca de ella de aquella forma tan provocativa.

—Olvida la cena, querida —ordenó tras separarse de sus labios, aunque no lo suficiente para hablar sin que su aliento acariciara el rostro de Emma— vamos a otro lugar. Uno donde podamos acabar lo que empezamos...

—¿Qué pasará con Henry y Violet? —Emma la miraba con el entrecejo fruncido— Además, ¿por qué me golpeaste antes? Gina, no comprendo...

—Shhh... —la morena la hizo callar, colocando el dedo índice sobre sus labios para evitar que estos siguieran moviéndose. —Ellos encontrarán su diversión sin nosotras —aseguró, tirando de la chaqueta roja para acercar a la rubia a su cuerpo. —Te explicaré todo, pero para eso... debes venir conmigo.

En los labios de la Reina se formó entonces una sonrisa que a cualquiera lograría poner los pelos de punta. Era una sonrisa muy diferente a las que Emma le había visto antes, pero ¿por qué iba a prestar atención a eso, cuando tenía a Regina Mills casi exigiéndole que escapara con ella? ¿Cómo podría ser capaz de negarse?

Accedió desde luego, inclinándose hacia adelante para capturar los labios de la otra mujer una vez más, y acto seguido, ambas desaparecieron del lugar dejando atrás una nube de humo púrpura.


8:30p.m. - Mansión Mills.

—Intenta una vez más.

—No, Henry. Ya he llamado demasiadas veces —respondió la morena justificándose. —Emma debe tener mejores cosas que hacer.

Violet abandonó su lugar en el sofá junto a Henry, y empezó a caminar lentamente de un lado a otro. El muchacho, aún sentado y encorvado, miró a su madre haciendo una mueca.

—Sólo una vez más y entonces cenaremos. ¿Si? Estoy seguro de que mamá tendrá una buena explicación para llegar tarde, pero... Sólo llámala una vez más.

Muy pocas eran las veces que Regina era capaz de negarle algo a su hijo, por lo que, a regañadientes, asintió una sola vez accediendo. ¿Por qué no darle una oportunidad más a la rubia?

—De acuerdo, quince minutos más... pero la llamas tú. Iré por el jugo —avisó antes de alejarse, dejando a los adolescentes a solas en el salón.

—Henry —llamó Violet en un tono bajo, cuando estuvo segura de que Regina no podría oírla— ¿crees que le haya ocurrido algo a tu madre Emma?

—No lo sé, pero debe tener una muy buena razón para plantarnos —el muchacho se frotaba las manos con inquietud, frunciendo las cejas mientras reflexionaba sobre las acciones de su madre rubia— ella estaba emocionada por tener esta cena con nosotros, no lo entiendo. Tal vez se le presentó algo de trabajo...

—Es posible, pero ¿no le avisaría a tu otra madre si así fuera?

—No si pelearon otra vez. Mamá regresó histérica después de que hablaron —explicaba con rostro abatido, debido a que odiaba saber que sus madres discutían otra vez— y sólo fue a decirle que cambiamos el lugar de encuentro. No imagino que pudo suceder.

—Tal vez Emma quería comer en Granny's y por eso se enojó —comentó la chica, volviendo a sentarse junto a Henry.

—Eso es demasiado tonto, incluso para mi madre rubia.

—Bueno ¿y qué tal si se le olvidó que la cena era aquí?

Henry hizo una mueca dispuesto a negar, pero acabó por pensarlo durante unos segundos. Luego giró su rostro hacia Violet.

—Eso sí suena como algo que Emma haría.

—Bueno, llámala. O a tus abuelos. O a Granny's.

El muchacho obedeció, sacó su nuevo teléfono, el cual reemplazaba al que su madre morena había quemado, y buscó el primer número al que llamaría.

-x-

8:30p.m. en algún lugar de Storybrooke.

Emma Swan se encontraba desnuda debajo del cuerpo sudado de la Reina Malvada, quien erguida sobre ella, sonreía complacida ante los jadeos de la rubia que intentaba recuperar el aliento perdido durante el acto previamente realizado.

Las manos de la morena recorrían la suave piel de la Salvadora. Estaba con los ojos cerrados, humedeciendo sus labios con la lengua de vez en vez, mientras disfrutaba sentir el calor de Emma bajo su tacto. La rubia todavía se estremecía por momentos, y aunque sabía que lo que habían hecho estaba mal, en su mente sólo reflexionaba que el estar juntas había sido más importante para ambas que cualquier otra cosa. Más importante que Killian. Más importante que una cena. Más importante que las apariencias. Regina la quería... ¿no es así? Al menos es lo que la rubia pensaba. Es por eso que habían llegado a esta situación, entre caricias íntimas y besos desesperados. Por esa razón estaban juntas ahora... porque se querían, ambas se deseaban. Emma no podía dejar de darle vueltas al asunto, era inevitable, ella deseaba saber más y tener todos los detalles. ¿Qué estaba sintiendo la otra mujer? Quería tener la certeza de que sus pensamientos eran acertados, pero por sobre todas las cosas, anhelaba confirmar que Regina la quería.

—Gina... —su voz sonaba rasposa, y el cansancio era notable en ella pues arrastraba las palabras al hablar— ésto que ocurrió...

La Reina dejó escapar una risa, interrumpiéndola, y abrió los ojos para mirarla.

—¿Vas a decirme que no puede repetirse? —Emma juntó todas sus fuerzas para mover la cabeza negativamente— ¿qué es entonces?

—¿Qué significa?

La rubia, tras hacer la pregunta, empezó a deslizar con suavidad sus manos por las piernas desnudas de la mujer encima de ella. Alcanzó su trasero con timidez, lo cual hizo reír a la Reina una vez más, pues anteriormente y cuando todavía luchaban bajo las sábanas, Emma Swan había tocado cada parte de su cuerpo como si este le perteneciera. Ahora, repentinamente, la rubia era invadida por la timidez, y tomando en cuenta la pregunta que acababa de hacerle, la morena supo lo que ocurría: su plan empezaba a dar frutos. No esperaba que aquello pudiera ocurrir tan rápido, tan fácil, pero por lo visto la rubia también tenía sentimientos por ella -por su versión redimida- lo cual hacía todo más sencillo y a su vez divertido, desde llevarla a la cama, hasta romper su corazón para que ya nunca quisiera acercarse a Regina.

—¿Qué quieres que signifique, querida? —Preguntó con curiosidad bien fingida.

—Me gustaría saber qué es ésto para ti, ya que tú lo has iniciado.

Ahora era el momento perfecto para proceder. Tenía a la Salvadora vulnerable, y además no podía pedir mejor escenario para humillarla.

—Oh, Emma... Me recuerdas al pobre cazador —comentó casi para si misma, pero Emma pudo oírla perfectamente— todo lleno de sentimientos tontos, buscándole significado a cosas que, sencillamente, no lo tienen.

Emma frunció las cejas ante esas palabras y sus manos se detuvieron, pero no se apartaron del cuerpo de la morena.

—¿De qué estás hablando?

—Ésto no tiene que significar nada, señorita Swan. —Una sonrisa malévola estaba formada en los labios de la morena mientras hablaba con sorna, disfrutando la confusión que había en el rostro de Emma. La rubia retiró entonces sus manos, dejándolas caer sobre la cama suavemente. —No ha significado nada para mi —aclaró sin darle demasiada importancia— ¿por qué tendría que significar algo para ti? Tú, que tienes a tu perfecto novio, tu amor verdadero...

—Regina... —Emma sentía que la morena estaba yendo demasiado lejos con esto, y no sabía cuánto más podría soportar.

—... has buscado refugio en mis brazos como un cachorrito abandonado —continuaba burlándose, mientras una de sus manos se deslizaba por el cuello y los hombros de la rubia, como insinuando así que en cualquier momento podía aventurarse a rasgarle la garganta sin que ella fuera capaz de evitarlo. Emma, desde luego, apartó bruscamente esa mano que la acariciaba, enojada debido a las palabras que soltaba la Reina. —¿No te das cuenta lo patética que has sido, Swan? Lo tienes a él, y sin embargo, no puedes decirme que no a mi. Engañaste a tu querido pirata... con La Reina Malvada.

—¿Qué demonios pasa contigo?

Emma era consciente de que en ningún momento llegaron a susurrarse palabras cálidas, jamás, en el tiempo que estuvieron besándose y tocándose, expresaron sentimiento alguno más allá del placer que sentían cuando sus cuerpos se rozaban. Sin embargo, ella no lo había sentido como si hubiera sido únicamente un revolcón.

—Pobre señorita Swan... No me diga que espera una confesión de amor por parte de todos los que mete a su cama.

Suficiente.

Emma había ocultado en el rincón más oscuro de su ser los sentimientos que llevaban grabado el nombre de Regina Mills. Lo había hecho porque sabía que Regina jamás le permitiría acercarse de ese modo, no como se lo permitió a Robin, ni siquiera como a Graham. Había aceptado ser sólo amiga de la morena, dentro de lo que era posible entre ellas dos... Había logrado abrir nuevamente su corazón a un hombre, y estaba feliz con Killian, porque ambos se querían; ambos se comprendían y sabían como llevarse.

Pero él no era Regina.

Y ahora que finalmente se le concedió la oportunidad de estar entre los brazos de la mujer que tanto le atraía, ésta no hacía más que burlarse de ella como si de un payaso se tratase.

Ya era suficiente.

La rubia se removió bajo el cuerpo de la Reina, hasta que consiguió hacer a un lado a la mujer para así poder sentarse en la cama mientras buscaba con la mirada su ropa.

—Eres una maldita bruja, Regina —le soltó con todo el desprecio que fue capaz. La aludida, poniéndose más cómoda en la cama pero sin molestarse en cubrir su cuerpo, sólo dejó escapar una carcajada como si aquella sentencia de la rubia fuera el chiste más gracioso del mundo.

—Me das tanta pena, Emma Swan... No tenía idea de que hacer ésto sería tan fácil, pero ha sido tan sencillo que, incluso ahora que lo pienso, me resulta aburrido.

—Ah. Lo has planeado todo ¿verdad? —Emma se giró para mirarla, con la camisa arrugada ya puesta y sus pantalones a medio subir— ¿Es tu maldita venganza porque Killian pudo regresar y Robin no? ¿Quieres arruinar mi relación? ¿Quieres hacerme sentir miserable como tú?

La morena ni siquiera se inmutó ante la mención del arquero, y aunque ésto a Emma le resultó algo extraño pues sabía que a Regina todavía le afectaba lo ocurrido con Robin, estaba más centrada en otras cosas, como terminar de colocarse el pantalón para poder salir de allí lo antes posible. La morena estaba actuando como una auténtica perra con ella, y si se quedaba allí unos minutos más, lo más probable es que acabara por golpearla para cerrarle la boca.

—Desde luego que sí —afirmó la mujer contraria todavía sonriendo— además, me apetecía jugar... Pero no te equivoques, Swan. No necesitas de mi para ser una miserable.

—Eres una...

—¿Maldita bruja? —Volvió a reír, demasiado animada para el gusto de la rubia, quien parecía querer atravesarla con la mirada de odio que le dedicaba— Dime algo nuevo, querida.

—Púdrete, Regina.

Seguidamente, furiosa como sólo Emma Swan sabía estar, la rubia ya vestida abandonó la casa con un violento portazo y se arregló la chaqueta roja, al tiempo que empezaba a caminar agresivamente en medio de la calle. O mejor dicho, el sendero, porque aquello no tenía asfalto por ninguna parte.

«Seguramente es una de esas estúpidas casitas en el bosque» pensó para mantener su mente enfocada en otra cosa.

Aunque no tenía idea de dónde estaba, a lo lejos se podía ver el gran reloj. Ella no alcanzaba a divisar bien la hora a esa distancia, por lo que buscó en sus bolsillos el teléfono para acto seguido descubrir que no lo tenía consigo. Se alarmó por unos segundos al no sentirlo, pensando que podía haberlo dejado con Regina y sintiéndose realmente estúpida ante la idea de tener que regresar a buscarlo allí, pero luego recordó dónde había ido realmente a parar el aparato: el asiento del copiloto de su escarabajo amarillo. Lo había lanzado ahí tras mensajear a Henry más temprano, avisando que esposaría a un par de borrachos en la calle para luego ir a la comisaría... y con el asunto de Regina; los besos, el golpe, y Killian haciendo preguntas tontas, se había olvidado por completo de ir a por él antes de pasar por la mansión Mills. Ya lo buscaría después. Por ahora, una copa y algo de comida no le vendría mal... Mejor dicho, una botella. O dos... o tres.

La Reina Malvada, por las horas siguientes, se dedicó a comer algunas frutas (uvas, trozos de manzana picada, fresas...) mientras observaba, desde la cama hacia su espejo, la imagen de una enojada y dolida Emma Swan entrando a Granny's, y una decepcionada Regina Mills caminando junto a Henry y su amiga.

«No imaginé que esto sería tan fácil...» pensó la bruja.


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