Disclaimer: Dragon Ball Súper, propiedad de Akira Toriyama... Gorano sponsa no tekio de okori shimasu.


Mai


Ella había sido alguna vez una sobresaliente cadete. A su corta edad, pero con la mentalidad de una mujer madura, Mai se había ganado la confianza de sus compañeros en la academia militar. Luego, estalló la guerra, una maldita guerra que acabó con todo el mundo.

Todos los que alguna vez pudiera llegar a conocer perecieron cuando las bombas cayeron del cielo, cuando las personas comenzaron a luchar entre ellas para sobrevivir, como ratas, como cucarachas. En eso se había convertido éste mundo. Y entonces apareció él.

¿Por qué me salvaste? – interrogó ella, atendiendo las heridas del muchacho postrado en la camilla – ¡Tenías la oportunidad perfecta para acabar con ellos y no la aprovechaste! ¿¡Por qué!?

Trunks sólo le sonrió, recordando cómo él había estado en la posición de la chica cuando confrontó a su mentor, con la misma interrogante.

Necesitamos de buenas personas para afrontar éste nuevo mundo ¿Qué clase de persona hubiera sido si no te ayudaba?

Aquello había tomado por sorpresa a la pelinegra del gorro verde. Nunca había meditado realmente qué clase de personas necesitaba el mundo. Para ella, todos eran iguales. Habían orquestado su propia condena cuando comenzaron a pelear por cosas estúpidas, como la política y la religión, y al ser así era improbable encontrar a alguien con las características que el muchacho describía.

Eres muy ingenuo, niño ¿Lo sabías?

¿Niño?

Ajá – aludió la muchacha – Esa idea tuya sólo la podría tener un niño que no sabe nada de la vida – luego meditó las cosas un instante, y antes que el peliazul pudiera responderle, ella acordó: – Te llamaré así desde ahora; eso evitará que entremos en confianza.

¡Pero me llamo Trunks! – protestó él.

¡Agh, ya lo arruinaste! – se quejó ella, estampando su mano enguantada sobre su rostro – Bueno, supongo que no queda de otra. Yo soy Mai.

Y aquella torpe e improvisada presentación había sido el inicio de una gran alianza, una unión que los haría sobrevivir, y depender el uno del otro; que los haría más fuertes.

Pese a las negativas de Trunks, la pelinegra decidió seguir con él en su camino. Su excusa: debía cuidar a ese niño del mundo en el que vivían. Pero era más que eso. Mai estaba en deuda con él. Ella había estado cara a cara con la muerte (esos dos heraldos de la muerte) y él la había salvado, aceptando un castigo que no le correspondía.

Así pasó el tiempo; ambos codo a codo, compartiendo un mismo camino, hasta que llegó el día de enfrentar una vez más a esos dos demonios que tanto daño le hacían a las personas que éste mundo querían reconstruir. Sería la última vez.

Él se enfrentó al pelinegro, que con sorna se burlaba de los ideales de su maestro; ella se enfrentó a la rubia, con la cual tenía cuentas pendientes por tomarla prisionera aquella vez. Los dos juntos, armados sólo con una espada y una escopeta.

En el climax del duelo final, Trunks llevaba la ventaja sobre el pelinegro, pero a su compañera no le iba tan bien con la rubia. Esta última estaba por asesinarla cuando el ojiazul, a punto de hacerle justicia a los cientos de personas asesinadas, dejó todo de lado para acudir en su ayuda.

Con determinación alejó al demonio de cabellos dorados de la chica a la que tanto cariño le había tomado el último año, aquella que le hacía entrar en razón como una madre a su hijo cuando perdía la compostura. Mai tenía razón. Él era un crío todavía, y ella era la adulta.

El hermano de la rubia se unió en el combate contra Trunks, y rápidamente lo mermaron, dejándolo en el suelo.

Has sido una piedra muy molesta en mis zapatos, chiquillo – escupió el pelinegro, halándole del cabello para que sus rostros quedaran a la misma altura. Lo volvió a estampar contra el piso, mientras se levantaba y sacaba la pistola enfundada en su cintura – Pero eso va a cambiar aho…

Un ensordecedor sonido. Luego, nada.

Ese instante parecía congelado en el tiempo, durando toda una vida. Más que eso, miles de vidas.

La vida, eso juraba Trunks que le arrebatarían esos dos malditos ahí mismo, en ese momento. Entonces, ¿por qué su cuerpo no caía?, ¿por qué seguía con fuerzas (por pocas que estas fueran) para expandir y contraer su pecho? Pronto se dio cuenta, al abrir los ojos, que no era él el receptor de aquel disparo. De hecho, el arma que había detonado su munición no era la del pelinegro al que tanto aborrecía.

Mai se erguía detrás del cruel asesino, cargando con algo de esfuerzo su inseparable carabina, esta última humeante con la pólvora que había propulsado la metralla hacia el torso del criminal, atravesándolo.

Era tiempo ahora de que al segador de vidas le segaran la suya. Antes de caer al suelo ya estaba muerto. Su hermana gritó su nombre ante el horror, ante la verdad; había perdido lo único que tenía en éste mundo.

Ahora sabes lo que se siente – señaló Trunks, leyendo perfectamente sus pensamientos – ¡Lárgate y no regreses nunca!

El espadachín pasó al lado de la rubia, en dirección a Mai. Frente a frente, ambos acordaron con la mirada que ya estaba hecho; no tenía caso acabar con la otra, pues su determinación se había desmoronado cuando su hermano cayó inerte a sus pies. No obstante, ella no pensaba así.

¡MALDITOS!

La rubia se lanzó en dirección al dúo, en un ataque desesperado para tomar represalia. Pero, antes de poder dañar a alguno de los dos, fue recibida por el frío acero atravesando su abdomen. Al mirar hacia abajo pudo vislumbrar la mancha roja manchando su lujosa ropa, robada de algún almacén; y en medio de esta, la hoja de la espada en manos del chico de cabello azul. Al igual que su hermano, ella también moriría.

Tú y tu hermano ya no lastimarán a nadie más.

Así había acabado. Trunks y Mai eran libres de seguir adelante. Habían saldado ya sus deudas; él con su mentor; ella con él ¿Y ahora qué?

Escuché que hay sobrevivientes en el sur – sacó a tema un día mientras almorzaban – Dicen que la guerra ya ha acabado allá.

Niño, sigues siendo tan ingenuo como siempre – reclamó la pelinegra – ¿Crees que esta guerra se puede acabar así como así en algún lado del mundo? ¡Todos estamos metidos hasta el cuello de mierda!

Por eso mismo, Mai – acordó el muchacho – Quiero ayudar a reconstruir éste mundo, hacerlo mejor de lo que era antes – sonrió, recordando los ideales de su mentor – Se lo debo a él.

¡Lo vengaste! No le debes ya nada…

¡Te equivocas! – interrumpió Trunks – Mi deuda va más allá de la venganza; le debo mi vida entera, y algo como eso no se puede pagar – explicó con convicción – Pero puedo intentarlo.

Aquello hizo reflexionar a la muchacha respecto a su propia situación. Ambos se habían salvado mutuamente en distintas ocasiones, eso significaba que ya no le debían nada al otro ¿Por qué seguir juntos? Bien podía dejarlo y continuar cada quién por su rumbo, solos.

No. Como dijo Trunks, se trataba de una deuda de vida, y nada podría pagarla. Pero podría intentar…

De acuerdo – suspiró ella, confundiéndolo – Iré contigo.

Mai, no tienes por qué… – pero ella cortó la cháchara de él estampando su mano sobre la mesa.

¡No tengo, es cierto! – acordó – Pero si no voy contigo ¿quién va a cuidarte cómo lo he hecho hasta ahora? Puedes creer que las personas en aquel lugar serán buenas porque no hay guerra, pero lo cierto es que podrían llegar a ser tan desgraciados como esos gemelos.

Mai creyó que Trunks estaría molesto por su paranoia y desconfianza hacia el resto de mundo, pero al regresar su vista hacia el muchacho sólo fue recibida con una cálida sonrisa. Y no era para menos. Al peliazul esa postura sobreprotectora le resultaba entrañable. Era esa determinación la que por momentos le recordaba a la madre que nunca más volvió a ver. Mai era única, sin duda, y más en aquel mundo.

Gracias, Mai…

Ella sabía que era eso. Le agradecía por no sólo salvarle, sino por quedarse a su lado cuando ya todo había perdido en su vida, en más de una ocasión. Aquella madurez que mostraba su compañero para expresarle sus emociones hacía que Mai se sintiera pequeña en comparación. Si era sincera consigo misma, ella era la niña, y él el adulto.

Deja de decir tonterías. Hay que preparar las cosas si vamos a salir para allá. Nos espera un largo camino que recorrer de aquí al sur.

Y lo harían, juntos.


Continuará...