Suave y cálido. Eso lograba tocar con la yema de sus dedos. Era una tela bajo él, se sentía reconfortante, seguro. Como si ese fuese su lugar, como si se moviera todo estaría bien.

No quería abrir los ojos.

No quería escuchar el ruido, quería quedarse anclado en esa zona segura, quería no despertar más, porque sabía a lo que se enfrentaba. Sabía que nada estaba bien.

Por eso fue que en un momento dejó de respirar y tuvo que aspirar el aire que sus pulmones habían dejado de recibir, sintió como ardían, pero luego de unos segundos pudo acompasarla.

Su mente estaba en blanco y rogaba que así se quedara por siempre, sin recuerdos de nada ni nadie. Ni siquiera quería recordar su nombre ni a sus padres,menos los meses que llevaba en esa situación, hasta que se salió de las manos.

Sentía pánico.

Sentía vergüenza.

Sentía que preferiría morir antes que respirar un segundo más. Antes que sus padres o alguien más supiera lo que pasó, lo que llevaba meses sucediendo.

No quería ver a nadie. Ni escucharlos, sólo quería estar ahí, con la suavidad de la tela bajo sus dedos, con el blanco de las paredes cuando abrió los ojos, con la soledad que le proporcionaba esa habitación de la clínica que tan bien conocía.

No quería sentir más dolor, no quería que lo volvieran a… ¿por qué era tan difícil pensar en eso cuando llevaba meses pasando?

Sólo tenía que volver a su rutina normal, no podía hacer las cosas distintas. Después de todo fue lo de siempre, sólo más brutal, más íntimo y privado, con más participantes.

No quería pensar en eso. No era justo tener que recordar. Se suponía que el alcohol haría efecto, eso hasta que descubrió que no era alcohol, sino un químico. Algo que no quería recordar.

Los médicos llegaron a las conclusiones que temía. Los detectives se enteraron de lo que ya sabía. Sin embargo, le dolía que sus padres supieran que algo le había pasado cuando él lo encubrió tan bien por meses.

Le dolía pensar en que sus padres sufrieran por su causa. Por eso prefería callar, no quería saber de nada ni nadie. Aunque tuviera que escucharlos a todos intentando ayudar, incluso al médico que era más frío y cruel de lo que nunca pensó que vería.

Los detectives eran amables y pacientes, incluso cada vez que él miraba a la ventana y los ignoraba, al igual que a sus padres, igual que a quien le hablará. Pero lo que no pudo ignorar fue lo dicho por la detective Clariss.

-Alguien te encontró y te trajo a aquí, dijo que te conocía de cuando iba a la escuela, que estaba de paso por la ciudad. Le hicimos exámenes y descartamos que fuera tu atacante.

¿Le debía a algún idiota seguir vivo? O sea por culpa de alguien no había muerto cuando eso habría sido lo mejor, lo que más alivio le daría.

Ahora entendía que había un idiota divulgando por ahí lo que le había pasado, que lo rescató de la calle en esa fría noche de invierno. Lo odiaba.

Desde que habían visto que estaba despierto se esforzaban para que hablará, tanto los detectives como sus padres. Sus ruegos eran los que más les dolía ignorar. Pero era eso o que se enterarán de la verdad de lo ocurrido.

Prefería lo primero y su padre lo había amenazado con sacarlo de Dalton y que hiciera exámenes libres, que saliera por la puerta trasera de esa academia. Era algo que lo tenía sin cuidado, después de todo, el calvario había iniciado ahí.

Le habían dicho que estuvo sin despertar por casi un mes. Que el chico que lo salvó fue cada día por más de una semana, después desapareció y aparte de sus padres y los detectives, no tenía más visitas.

Cuando se quedaba solo sentía ganas de destrozar todo a su alrededor. Pero no había nada que romper, por lo que la primera vez que jalo de los cables que lo ayudaban a mantenerse vivo todos entraron en pánico y creyeron que se trataba de suicidar.

Tal vez no estaban tan equivocados porque los cables eran los del oxígeno. Ya que el químico que consumió le dañó los pulmones y tardarían en sanar si se esforzaba en respirar por su cuenta.

No le importaba, no quería compartir ni una miserable porción más de oxígeno con nadie. Pero ahí estaban sus padres y médicos tratando de ayudarlo.

Las cosas se complicaron algo más cuando se negó a comer y luego de una semana fue alimentado a través de una sonda.

Odiaba con su alma a quien lo había salvado aunque no tenía idea de si algo similar al alma existía. Hace mucho dejó de creer en eso.

Sólo quería mantener sus ojos cerrados y sentir la suavidad de la tela bajo su cuerpo, mirar el blanco de las paredes, por eso ignoraba la ventana que daba a la calle, porque no le interesaba lo que le podría mostrar esa zona desde un quinto piso en medio de Lima.

Todo estaba en calma para él, seguían pasando los días y ni el terapeuta lo hacía hablar. Aunque no se molestaba en escucharlo, sí llamó su atención cuando le dijo que al estar recuperado lo enviarán a una terapia de grupo. Como si eso sirviera de algún modo.

-Te dejaron una carta-dijo el hombre afroamericano, de sonrisa siempre amable-la dejaré justo aquí-la depósito en el mueble que tenían justo al lado de donde él miraba, ese donde le dejaban un vaso de agua que siempre derramaba.

-Es todo muchacho, hoy tuviste un progreso al menos-dijo ante el fruncimiento de ceño del castaño- a eso me refiero-dijo saliendo. Al parecer que el castaño hiciera gestos o se moviera era un progreso.

De todos modos el único que lograba moverlo y que caminara era la kinesiologa. Ya que le advirtió que de no hacerlo su cuerpo quedaría como el de un anciano, en cuanto a reflejos y movimientos. Eso no lo permitiría.

Ya era mucha la vergüenza de que sus padres supieran lo que había pasado. Bueno, no sabían realmente, pero algo de todo era lo que suponían gracias a los exámenes. Por eso no se dejaba estar y caminaba a petición de los especialistas.

Cuando quedó completamente solo. No tan solo, porque siempre había una enfermera en su puerta por sí trataba de atentar en contra de su vida.

Decidió tomar la carta del mueble. Era un sobre completamente blanco. Sin suciedades ni arrugas. No estaba escrita por fuera. La abrió desprendiendo una pequeña cinta adhesiva de igual color. Adentro había un papel blanco doblado en dos partes. No era muy grande.

Pero contrario a todo pronóstico se mantuvo estático y leyó varias veces las pocas líneas que alguien de preciosa letra había tenido a bien escribir para él.

¿Las merecía? Para nada.

¿Debía responder? ¿Debía tener alguna clase de reacción al respecto? Tenía una,pura amargura. Se sentía como el peor ser del planeta. Se odiaba tanto que no era capaz de sentir algo que lo ayudará a dar respuesta. Por eso volvió a leer.

Sebastián

El mundo te está esperando, sabes que hay que avanzar, que con cada día estás más cerca de lograr tus sueños, de ir de viaje a Francia como tanto has soñado. Sólo debes ir por ello.

La carta no estaba firmada. Y no había forma de que nadie supiera eso. Porque no lo había contado en voz alta. Tal vez... era una mentira de su psiquiatra.

¡Claro que lo era! Por eso se escuchaban tan bien esas líneas. ¡Maldito mentiroso! Arrugó y rompió el papel, se sentía furioso, timado. Lo odiaba. Pero no se lo haría saber, no le daría en el gusto.

Pero algo llamo su atención dentro del sobre. Había otro papel. Uno cuidadosamente doblado y con letra pulcra, impecable.

Hola.

Te encontré esa noche en la calle. Realmente no puedo saber cómo te debes estar sintiendo por lo que te hicieron. Espero que te recuperes.

No estoy en la ciudad, por eso no pude ir a verte.

Por si te lo preguntas, no le dije a nadie lo sucedido. No es asunto del resto, sólo tuyo. Puedes escribirme, si quieres claro.

K.

Realmente eso era más sincero que cualquier otra cosa que hubiese leído y de algún modo le llegó más que la otra carta. ¿Debía responder? ¿Le respondería de vuelta? No tenía idea y lo atormentaba saber cómo hacerle llegar una carta.

Pero tuvo una idea. La ejecutaría a como diera lugar, después de todo era sencillo de hacer. Es por eso que en cuanto entró su padre a la habitación dijo sus primeras palabras en mucho tiempo.

-Necesi…-salió una voz gastada y falta de claridad, por eso tomó del vaso de agua y lo volvió a intentar- necesito sobres, papel y lápiz-siempre miro al techo. Aún era demasiado superior su vergüenza como para mirar a su padre al rostro.

-Hijo, lo que sea para ti-dijo con la voz algo temblorosa. Porque luego de casi dos meses al fin podía escucharlo, había un progreso.

-Gracias-susurro cerrando los ojos y sin saber cómo se quedó profundamente dormido.