1543.
Cuando la reina Catalina Perr había rechazo, la primera vez, el matrimonio con el rey —diciendo que ella se casaría con el rey si es que tuviera una cabeza de repuesto— Inglaterra supuso que era una mujer con mucho carácter, así que una vez que el rey Enrique VIII le pudo convencer de casarse con él, Gran Bretaña sabía que podría ser una buena reina.
Semanas después del matrimonio, la nueva reina consorte sonriente se acercó a Inglaterra y cuidadosamente le pidió que trajera a las dos hijas del rey. Le informó que había podido convencer a su marido de tratar bien a sus hijas y dejas de llamarlas unas simples bastardas. Quería que las dos pequeñas puedan ser parte de la línea sucesoria, aunque eso no significaba que alguna ellas lograran estar en el trono.
Gran Bretaña asintió y llamó a los guardias para que hagan esa tarea. Unas horas más tarde las dos jóvenes estaban en la puerta real. En ese momento indicó que él se encargaría de llevar a las chicas hasta la reina, sin decir más palabras los tres entraron al castillo. María Tudor, que tenía ya unos veintiséis años, entró al lugar haciendo memoria y adelantándose con su caminar. Sin embargo la niña pequeña de tan solo diez años se encontraba perdida. Inglaterra le ofreció la mano para poder guiarla, pero eso solo logró la mirada curiosa de la niña Isabel.
Por un momento quedó en silencio y cuando decidió retirar la mano, la niña habló:
—¿Quién eres tú? —inquirió la niña mientras le veía las ropas—. No tienes el mismo traje que los guardias
Era verdad. Inglaterra tenía ropas diferentes que le representaban como un noble o el consejero favorito del rey. Tenía aposentos más lujosas y menos adornadas que muchos nobles, rozaban a ser casi simples, sin encanto, pero con cierta elegancia única.
Que la niña se diera cuenta de esas cosas era algo que Inglaterra tuvo que admirar. Mayormente la gente no se daba cuenta o no tenía el coraje para interrogar. Supuso que, además de la astuta mirada que tenía la niña, su pregunta iba más por los inocentes ojos de la pequeña que no sabía aún nada del respeto.
Se preguntó, por un breve rato, que debería responder. Después de todo no le podía informar que él era Inglaterra, la misma representación del reino. Esa información solo se les podía dar al rey, la reina y al próximo heredero; quizás otras figuras importantes, pero que esta información caiga en manos de una simple mujer sin ser reina, no podía ser.
Isabel no iba, nunca, a liderar Inglaterra. Ella sería solo una princesa. Por lo cual simplemente se encontró bajando hasta su altura, doblando una rodilla y agarrando la pequeña mano de la niña. Este era un tipo saludo que Inglaterra solo daba a la reina, rey y los herederos, pero sintió que la niña con su pregunta astuta había ganado el derecho de ser saludada así.
—Yo soy Arthur Kirkland. Un gusto conocerla, mi princesa.
La niña le siguió viendo por unos momentos, y le luego le sonrió. De seguro que se sintió inquieta al ser tratada de esa manera, pero pareció que prontamente se acostumbró, pues no tardó mucho en hablar.
—El gusto es para mí, sir Kirkland.
Con esto Isabel no solo demostró saber de modales, sino que también había logrado hacerle saber que ella tenía las suficientes agallas para preguntar todo lo que quisiera sin miedo alguno. Esto había tomado de improviso a Gran Bretaña, pero sin poder evitar solo le devolvió la sonrisa y se levantó.
Comenzó a caminar para que fuera con la reina, sin dejar de pensar que la niña era curiosa, bastante astuta y con gran valentía. Le daba curiosidad saber con quién se casaría en un futuro y si aun después de eso, esta pequeña niña seguiría siendo tan valiente. Claro, puedes que todas esas virtudes se pierdan con los años, pero aun así Arthur no pudo evitar preguntarse cómo sería esta niña cuando creciera.
¿Qué tal?
Sé que este es otro capítulo corto, pero no me culpen, no se puede hacer más.
Temó también que tanto personaje histórico haga algo confuso la historia, pero si quiero algo técnicamente correcto —mientras piense que el internet no me engañe cruelmente— debo meter nombres de personajes importantes. Así que pido disculpas si es que hay confusión.
Leve nota:
Enrique VIII, ya estaba muy viejo y gordo, hasta tenía dolores insoportables de gota —dolores en las articulaciones— y llegando a esto, al ver a Catalina Perr mientras esta defendía a una de sus ex esposas —tantas que tuvo…— le llamó la atención y, poco después, le pidió matrimonio. Se dice que ella lo rechazó primeramente, ya que no quería terminar como las otras esposas del rey —decapitadas, en su mayoría-, pero el rey seguía insistiendo y al final le dijo "A esta edad, necesito más a una enfermera que a una esposa". Así fue como Catalina Perr se casó con Enrique VIII.
Una vez que fue el matrimonio, ella pidió a su esposo que sus otras dos hijas no fueran tomadas por bastardas, sino como hijas legítimas. Yo simplemente supongo que esta decisión viene siendo para que la dinastía Tudor siga y no se pierda. Enrique VII aceptó y entonces las dos jóvenes fueron agarradas de nuevo al castillo.
Al poco tiempo la niña ya había podido leer en Griego y latín, también ya podía hablar los idiomas más importantes de la época —castellano, francés e italiano—, siempre se dijo que era una niña inteligente.
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Bueno, hasta aquí la nota. Espero que les haya gustado.
