Hey there!

Regresé con nuevo capítulo, sin duda ver la última película de Harry Potter me inspiró a querer seguir con esto. Les aviso que habrá muuuchas sorpresas, ya habrán notado dese un inicio cuando decidí usar a Trelawney como Directora de Hogwarts, cosa de lo que no comentaré nada pues tiene un propósito en esta historia.

Bueno... a lo que vamos.

Enjoy!


Summary: "Y todo estaba bien", ese fue el final para la generación de Harry, Ron y Hermione. Cuando 19 años después sus hijos asisten a Hogwarts, ellos serán los protagonistas de nuevas aventuras.

Dsiclaimer: Los nombres y lugares de Harry Potter© son propiedad de Warner Bros., Little Brown y de la "Reina" J. K. Rowling. Yo solo los tomo prestados para pasar el tiempo y… jugar con ellos.


CALLEJÓN DIAGON

Los Potter arribaron al Callejón Diagon de la forma muggle, tal y como lo habían hecho el año pasado, cuando James había recibido su carta.

Para Harry era casi indispensable que sus hijos aprendieran a valorar lo que las personas no-mágicas hacían. Ya que, durante once años él vivió en un mundo donde la magia prácticamente existía en las películas. A pesar de que siempre pasaban cosas extrañas a su alrededor, y era especialmente por ello que sus tíos, los Dursley, no querían que Harry supiera de su condición de mago.

Después de los sucesos ocurridos hacia diecinueve años, Harry sólo había mantenido contacto ocasional con su primo Dudley, quien a pesar de haber hecho la vida de Harry imposible, comprendió en el último momento que su primo era una persona especial. Le había salvado la vida una noche, cuando en un callejón algo del mundo de Harry, que él no podía ver, los había atacado: dementores. Unas criaturas que podían hacer desaparecer la felicidad de todo aquél que se le acercara, haciendo que éste sólo recordara cosas desagradables de su pasado. Estos monstruos siempre habían sido un gran temor para Harry Potter.

Ginny Potter no dejaba de maravillarse de todas las cosas que existían en el mundo no-mágico, por eso estaba de acuerdo que sus hijos tuvieran una educación similar a la que había tenido Harry, obviamente restándole el hecho de que fuera maltratado. James, Albus y Lily, a lo igual que sus primos Rose y Hugo, serían unos de los pocos magos en recibir una educación escolar muggle. La pelirroja aún recordaba cómo su madre se había visto reticente ante la idea, ya que ella misma había educado a sus hijos, sin ningún problema. Harry y Hermione fueron los que lograron convencerla.

Así fue como, Harry se encontró tomando el metro con sus hijos y esposa, rumbo a Londres, haciendo el mismo recorrido que había hecho hacía veintisiete años atrás con Hagrid.

—¿Ya vamos a llegar? —preguntaba cada quince minutos Lily Luna.

—Ya falta poco— le respondió su padre con una sonrisa.

Hacer ese recorrido con sus hijos le traía buenos recuerdos.

Pronto se encontraron en Londres, donde las personas caminaban en todas direcciones, y ninguna tienda parecía contener nada fuera de lo común, eso si no prestabas atención suficiente…

El Caldero Chorreante tenía el aspecto de un pub bastante viejo y destartalado, lo que hacía que nadie que no perteneciera al mundo de Harry pudiera saber que allí sucedían todo tipo de cosas disparatadas, mayormente relacionadas con la magia.

—¡Harry, Ginny! —les saludó con entusiasmo una bruja bajita, de pelo castaño claro y un tanto regordeta, desde atrás del mostrador.

Se trataba de Hannah Abbott, ahora Longbottom, esposa de Neville y dueña de aquella estancia mágica.

—Hannah— sonrió Ginny a modo de saludo—, ¿cómo esta Neville?

—Oh, el pobre está casi de cabeza con todo lo que tiene que preparar para este año escolar. Ser maestro de Hogwarts, sin dudas, es más agotador de lo que aparenta.

—¿Hará Neville que veamos las mandrágoras? —quiso saber James.

—Lo siento— sonrió Hannah al chico—, mis labios están sellados— finalizó guiñándole el ojo. James sabía que eso significaba que después le contaría, no por nada era el favorito de su tía Hannah.

Los niños Potter querían mucho a los Longbottom, que desde siempre habían sido una familia más dentro del enorme clan que conformaba la creciente familia Weasley. Neville y Hannah querían a los pequeños casi como si fueran suyos, eso se debía especialmente a que ellos aún no habían podido tener hijos, algo que una vez le preguntó James a su padre, sólo por curiosidad, cuando era más pequeño, pues sus tíos eran bastante buenos como para no ser padres. Harry, siempre reservado en asuntos que no debía meterse, le respondió con el corazón, que algún día Neville sería un padre fantástico.

La gente que estaba en esos momentos en el Caldero Chorreante, trataban de disimular miradas a aquella familia, ya que eran gente importante en su mundo. Muchos de ellos estaban eternamente agradecidos con Harry Potter.

—La gente sigue viéndote como un héroe…— sonrió Hannah mirando disimuladamente a sus espaldas.

Ginny rió al ver como Harry se ruborizaba.

—¿Cómo es que dice Ron? —preguntó Harry frunciendo el ceño— ¡Oh, sí! Mi mayor logro es estar en los cromos de las Ranas de Chocolate.

—Muy Ron— concordó Hannah.

—Eso mismo decía Dumbledore— agregó Harry para sí mismo, aunque Ginny alcanzó a escucharlo.

—Hablando de Ron…— sonrió Hannah al ver que de la chimenea central de la estancia salía entre una llamarada verde la inconfundible figura de Ronald Weasley.

—¡Puaj! —exclamó el recién llegado mientras sacaba unas pocas cenizas de su boca— Malditos polvos flu.

—¿Es que no recordaste cerrar la boca hermanito? —rió Ginny.

—Ja, ja, ja— respondió Ron con tono de ironía y sarcasmo en la voz— Muy graciosa, Gin. ¡Harry! —saludó a su mejor amigo.

—En serio, ¿qué hiciste para que te entrara ceniza en la boca? —preguntó Harry una vez que Ron había saludado a los pequeños Potter.

Con la pequeña Lily colgando en brazos, Ron sonrió a su amigo.

—Estaba discutiendo con Rose…

—Te dije que me esperaras papá— una pequeña figura con melena abundante y de un color rojo intenso salió de la chimenea.

—Ya no eres una niña, a tu edad ya viajaba solo por la Red Flu.

La pequeña Weasley dio un respingo al ver que tenían audiencia, por lo que fue adorable, para los mayores, ver como su carita algo sucia por el hollín se coloreaba casi del mismo tono que el de su cabello. Rose Weasley sin duda era hija de Ron.

Los pequeños saludaron a su prima con alegría, especialmente Albus. Era un alivio para ambos saber que no iban a estar solos en su experiencia en Hogwarts, más aún al saber que siempre estarían siendo observados de cerca, con grande expectativa, pues eran hijos de los magos que habían vencido a Lord Voldemort.

—Aun no entiendo cómo dejaron que Trelawney sea la directora suplente de Hogwarts. Vaya susto me pegué con ello cuando leí la carta de Rosie— anunció Ron a los mayores presentes.

—Es sólo hasta que el Consejo Escolar decida a quién poner en remplazo de McGonagall— les dijo Hannah—, además de que es acreedora de una Orden de Merlín de Primera Clase por sus predicciones durante la Guerra contra Ya–Sabes–Quién, o al menos eso me ha dicho Nev.

Harry casi rodó los ojos, a pesar de haber pasado ya 19 años, había magos que aún seguían temiendo llamarlo por su nombre.

—Pero ya éste sería su tercer año…— señaló sin estar convencido del todo Ron—. Hermione no está del todo contenta, a pesar de que la hayan nombrado Orden de Merlín de Primera Clase por las profecías que ella ha dado.

—Hablando de Hermione— le cambió el tema Ginny al darse cuenta de que los niños estaban atentos a cada palabra que decían— ¿Dónde están ella y Hugo?

—Oh, hubo un pequeño incidente con Hugo.

—Mejor dicho, mi hermano hizo un puchero grande que hizo que él se llenara de un sarpullido horrible, que ni la pobre de mamá le pudo curar con las recetas de la abuela— se le adelantó Rose a su padre, a los más grandes esto les causó un poco de gracia, ya que lo mismo solía hacer Hermione de chica—. Mamá ha tenido que llevarlo a San Mungo.

—Se nos unirán en una hora— finalizó Ron.

—¿Pero por qué le sucedió eso? —quiso saber Albus, por lo que le preguntó en voz baja a Rose.

—Lo que pasa es que, él quiere ir a Hogwarts desesperadamente, y bueno… ya sabes cómo son las cosas, si uno se sobre carga emocionalmente, la magia hace acto de presencia.

—¿Cómo olvidarlo? —Albus hizo una mueca recordado cuántas veces le habían pasado cosas de ese estilo.

La más extraña había sido cuando un grupo de su escuela muggle había intentado pegarle con un balón, de la nada el balón cambió de dirección pegándoles a todo el grupo en las cabezas sin siquiera rebotar en el suelo. Esa vez tuvo problemas con los directivos, y su padre tuvo que explicarle que cosas así sucedían siempre.

—¿Ya has visto la lista de cosas que debemos llevar? — le preguntó animada Rose.

—Sí, no puedo creer que ya empecemos— sonrió un poco, ya que desde el día que había recibido su lechuza, tenía miedo de la Selección de Casas.

—Espero estar en Gryffindor como nuestros padres— expresó la pelirroja.

—Ya, pero… ¿y si no quedamos ahí?

—Cualquiera sería mejor que Slytherin— respondió rápidamente la chica, ya que ese mismo sermón se lo decía su padre. Pero a ella realmente no le importaba mucho, pues si algo había aprendido de las historias de sus padres y tíos es que al final todas las casas tienen algo bueno, a pesar de que su historia no lo sea.

Albus suspiró, ese era uno de sus grandes temores, quedar en Slytherin…

La Casa de Salazar Slytherin no era una de las más preciadas en Hogwarts debido a la cantidad de magos tenebrosos que ésta había dado al mundo. Fue precisamente en esa Casa dónde Lord Voldemort fue criado en sus tiempos de estudiante, y donde además fueron la mayoría de sus Mortífagos –como se hacían llamar sus seguidores.

El gran temor de Albus de estar en esa casa se debía principalmente a que él tenía un especie de imán para los problemas, además de que últimamente le estaban pasando cosas más raras de lo habitual. La única que sabía de esto era Rose, pues temía que si les decía a sus padres, ellos le tomarían por loco e incluso dejarían de quererle. Este último pensamiento de Albus era, en parte, culpa de su hermano mayor, quien al regresar para vacaciones de Navidad le había dicho que sus padres estaban orgullosos de él por estar en Gryffindor, como toda la familia. Albus, ahora más que nunca, se sentía presionado por ello.

—¿Has hablado con Tío Harry? —susurró Rose, mientras los adultos se ponían en marcha para ir a la parte trasera del Caldero Chorreante, donde se encontraba la puerta al Callejón Diagon.

—No— le contestó Albus—, tú sabes muy bien que lo que hice el otro día fue… demasiado extraño. Incluso se podría decir que fue tenebroso.

—Pero Al, recuerda que algo parecido le pasó a tu papá mientras…

Rose se calló al darse cuenta de que la pared que todos habían tenido por delante en aquél "patio" trasero del Caldero Chorreante comenzaba a moverse, ladrillo por ladrillo, hasta dejar paso suficiente para todos para pasar a lo que era el Callejón Diagon. A la niña siempre le había gustado ese lugar, pues ante sus pequeños ojos esa cantidad de tiendas era como estar en un paraíso mágico. Nada podía compararse con aquél Callejón, inclusive ni las tiendas de los partidos de Quidditch a los que, de vez en cuando, asistían.

—Bien, ¿qué les parece si Harry y yo vamos a Gringotts mientras ustedes se van midiendo la ropa y cosas por el estilo? —preguntó Ron.

—Buena idea Ron— sonrió Ginny—, así ganaremos más tiempo y podremos darle una sorpresa a George.

—Merlín solo sabe que en la tienda hemos estado con mucho trabajo últimamente— se quejó Ron.

El pelirrojo, después de la Guerra había trabajado junto a su hermano en Sortilegios Weasley, ayudando a su hermano George a sacar adelante la tienda, pues su hermano gemelo y socio, Fred, había fallecido en la Batalla de Hogwarts en manos de un Mortífago. George nunca se había recuperado del todo de la pérdida, pero aceptó la ayuda que su hermano menor intentaba ofrecerle. Poco tiempo después se casó con Angelina Johnson, compañera de Gryffindor en sus tiempos de estudiante, su hijo Fred era de la edad de James, juntos habían sido seleccionados en Gryffindor el año pasado, mientras que su hija pequeña, Roxanne, iniciaría el próximo año, junto con Hugo y Lily.

La familia Weasley sin duda se había expandido mucho en esos diecinueve años.

—Sólo no intenten jugar con los dragones esta vez— bromeó Ginny, mientras jalaba a un ansioso James (quien luego de escuchar la palabra dragones, quiso investigar) hacia la tienda de Madame Malkin, donde les compraría una túnica nueva a Rose, Albus y James, el último había crecido un par de centímetros desde el año pasado. Nuevamente la pelirroja pensó que su hijo mayor había heredado mucho de los genes Weasley.

—Entonces, ¿es cierto que hay dragones que custodian las cámaras de Gringotts? —quiso saber el mayor de los Potter.

Ginny suspiró.

—Eso tendrás que preguntárselo a tu padre.

—Es un sí, ¿cierto?

Rose rodó los ojos, su primo mayor nunca cambiaría.

—A veces me pregunto si Hagrid no ha influenciado mucho en su gusto por los dragones— rió Albus.

El semi-gigante, Guardián de Llaves y Profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas en Hogwarts, siempre había sido un gran amigo de los Potter y los Weasley, ocasionalmente durante las vacaciones de verano todos se reunían en La Madriguera. A los niños les encantaba escuchar todas las historias que Hagrid tenía para contar de sus años en la Escuela de Magia y Hechicería.

—Es probabl...— Rose emitió un gritito asustado cuando de la nada se les apareció una bruja bajita y vieja, de un aspecto bastante demacrado.

—Lamento espantarla jovencita— la mujer exhibió una dentadura algo amarillenta al sonreírles— ¿Primer año en Hogwarts?

—Ellos sí— apareció Ginny—, mientras que mi otro hijo… será su segundo año, en la Casa Gryffindor.

—Oh, pero si son los Potter— sonrió la señora—. Mi hija mencionó que el año pasado habían venido. Lamento haberlos perdido.

Fue en ese momento (precisamente cuando Hugo exclamó un "¡Fantástico!"), que Albus se dio cuenta de que una cinta métrica lo media de pies a cabeza, de hombros a rodilla… y así sucesivamente, para luego pasar a medir a Rose.

—Sin duda será un gran año para Hogwarts— sonrió la mujer—. Casi todos los hijos de los Héroes de Guerra están ya cursando materias en el Castillo, ¿no es así?

Ginny sonrió algo incómoda.

—Todavía faltan unos cuantos.

—¡Espléndido, espléndido! — la bruja volteó a ver a Rose y a Albus—, ¿y los bombones ya saben a qué Casa irán?

—A-aún no estamos seguros— respondió Rose con nerviosismo, esa bruja no le gustaba, y qué decir a Albus, quien encontraba a la mujer tan dulce como su tía Rebecca, la esposa de tío Dudley.

Dudley Dursley era el primo de Harry Potter por parte de sus madres, ambos se habían criado en la misma casa, en el número cuatro de Privet Drive. A decir verdad, de chico, Dudley nunca le había hecho la vida fácil a Harry pues sus padres, Vernon y Petunia, repudiaban todo lo que tuviera que ver con el mundo de Harry. Fue recién después de dieseis años, que Dudley le tomó un poco de cariño a su primo, después de que este le salvara la vida y además se enterara de que pronto debía embarcarse en un viaje peligroso, para salvar a ambos mundos de un mago siniestro.

Con el paso de los años, Dudley y Harry mantuvieron contacto por medio de cartas, especialmente para Navidades y Cumpleaños, solo en cuatro ocasiones los Potter habían visitado a los Dursley. Y era algo que ninguno de los chicos olvidaría jamás, especialmente Albus, quien parecía ser el favorito de su tío por el parecido que tenía con su padre. Era precisamente por ello, que su tía cada vez que iban a visitarles le llenaba de besos y lo llamaba "caramelito", provocando los celos de su prima Agatha, que era de su misma edad.

—Maravilloso, maravilloso— sonreía la bruja, sin duda estaba un poco sorda.

—Es extraña, ¿no? — susurró Rose.

—¡Rose! —la regañó Ginny.

—¡Pero tía, si es la verdad! —exclamó la niña.

Albus rió por lo bajo mientras, su mirada viajó hacia la ventana que daba a la calle. Afuera había por lo menos cientos de brujas y magos, de todas las edades, pero fue una familia la que más le llamó la atención, tal vez era porque parecía que no pertenecían al lugar, o tal vez por la mirada de tristeza del padre, la incomodidad del hijo o el amor que emanaba la madre; el padre y el hijo eran rubios, mientras que la madre tenía el pelo castaño, los tres tenían una gran presencia, algo misteriosa, pero de gran porte. Albus creía haber visto al señor en algún lado antes, pero no recordaba dónde. El chico rubio parecía haber sentido la mirada de Albus, pues pronto comenzó a buscar algo con la mirada. Los ojos de ambos se toparon por segundos hasta que Albus rompió el contacto, pues un alfiler le había pinchado el brazo.

Después de eso, Albus no volvió a ver ni al chico, ni a su familia, pese a que recorrieron prácticamente todo el Callejón Diagon comprando cosas para el Colegio una vez que su padre y su tío hubieron vuelto de Gringotts.

—Bueno, creo que se nos acortaron los lugares— sonrió Ron—, es hora de que tengan sus varitas.

Albus y Rose sonrieron de la emoción, era lo que más estaban esperando durante todo el viaje.

—¿Van sin mí? —preguntó una voz conocida a sus espaldas, la cara de Ron estaba más roja que su cabello.

—¡Tía Hermione! —exclamó Lily al ver a su tía y al pequeño Hugo.

Hugo, pelirrojo igual que su padre y hermana, se veía más pálido de lo normal, tenía un color un poco verdoso que hacía que sus pecas parecieran puntos negros de tinta en un pergamino.

—¿Cómo esta Hugo? —le preguntó Harry una vez que su amiga hubo saludado a todos.

La morena suspiró.

—Pudo haber sido peor. Además del sarpullido comenzó a salirle vello en el cuello y las manos…

—Espero que a Lily no le pase igual cuando se vayan Albus y James, ya sabes cómo reaccionó la vez pasada— le cortó Ginny, recordando cómo su hija pequeña había colapsado en un mar de lágrimas que había, sin exagerar, inundado todo su cuarto en cuestión de segundos.

—¿Estas mejor Hugo? —le preguntó su hermana, el chico asintió.

—Sólo un poco mareado.

—No te desesperes, el próximo año irás a Hogwarts— le sonrió James a su primo.

—Ese es el problema, me preocupa ir a Hogwarts— el pelirrojo frunció el ceño— ¿Qué tal si no soy tan bueno como mamá o papá?

—Eso mismo me pregunto todos los días— le dijo Albus—, y si te soy sincero tengo miedo. Ser el hijo de Harry Potter nunca ha sido fácil— suspiró—. Pero, creo que sería un cobarde si por miedo a lo que más temo dejo de lado el sueño que más he deseado en toda mi vida, y esa es asistir a Hogwarts.

—¡Vaya, Al! —le miró con sorpresa James— No creí que fueras tan profundo.

—¡Oh, calla! —Albus sintió sus orejas calientes, el ruborizarse era algo que había heredado sin duda de su madre.

—Bien chicos— les llamaron la atención sus padres—, es hora de que Rose y Albus tengan sus varitas.

La Tienda de Ollivander se hallaba en el mismo lugar de siempre, con ese aire viejo pero imponente. Se decía que había estado en pie desde el mismo momento en que se había creado el Callejón Diagon, pocas tiendas habían sobrevivido tantos años.

La campana del lugar sonó en cuanto entraron. Los más grandes junto con James, Lily y Hugo se quedaron más atrás, dejando a Albus y a Rose al frente.

—Qué aburrido, ¿no puedo ir a ver las escobas, papá? —le preguntó suplicante James.

Harry lo miró con el ceño fruncido.

—Ha salido la nueva Rayo Lunar, la más veloz del mercado— dijo todo emocionado el chico—, es la más veloz del mercado.

—¡Quiero verla! —exigió Hugo, a quién estar ahí sin que Ollivander llegara le parecía pérdida de tiempo.

—Si ellos van, yo también— añadió Lily, ella siempre quería imitar todo lo que Hugo hiciera, por una extraña razón. Hermione decía que era porque lo consideraba su ejemplo, mientras que Ron se reía y decía que estaba enamorada, en cierta forma, de Hugo.

—Yo los llevo— se apresuró a calmar las cosas Ginny, que ya veía venir la Tercera Guerra Mágica si los pequeños retoños no tenían lo que querían. Lamentó perderse a Albus con su primera varita.

—¿Segura? —le preguntó Harry, sabiendo cómo a su mujer le gustaba ver todo lo que sus hijos lograban, y si eran justos, adquirir una varita no era algo que se viera todos los días.

—Sí, tú quédate con Albus, yo llevo a los niños a la tienda de Deportes, así de paso veo esos nuevos instrumentos de los que me pidieron hacer una nota en el Profeta.

Después de que Ginny se alejó con los niños, pasaron unos minutos más cuando Ollivander, al fin, hizo acto de presencia.

—Señores Weasley, Potter… señora Granger— sonrió el hombre al entrar, no sin cierta dificultad, en el umbral detrás del mostrador.

Ollivander era un mago viejo, ninguno de los adultos sabía con certeza qué edad tenía el hombre, pero desde la Batalla en Hogwarts entre ellos había nacido un vínculo muy especial. ¡Y qué decir del pequeño Teddy Lupin! Al joven parecía haberle agradado tanto el mago desde su infancia, que ahora seguiría sus pasos en el mundo de la fabricación de varitas. Sin duda, era un arte bastante interesante eso de poder canalizar toda la magia que un mago poseía en una simple varita de madera.

—Señor Ollivander— sonrió Hermione, quien de los tres era la que había mantenido más contacto, luego de la Batalla, con el Señor Ollivander.

—Es un placer verlos de nuevo…— sus ojos se posaron en Albus y Rose— El segundo Potter y la primera Weasley en ir a Hogwarts, ¿no es así?

Albus sintió como si el hombre lo estuviera mirando a través de Rayos X, era una sensación extraña.

—Sí, así es— respondió por los dos Rose.

—Señor Potter— se dirigió el hombre a Albus—, las damas irán primero.

—Oh, si… por su-supuesto.

El chico estaba nervioso, sabía que la varita elegía al mago, pero… ¿qué pasaba si ninguna le elegía? Rose no parecía tan nerviosa, o al menos eso creía el ojiverde, quien no podía estar más lejos de la realidad.

La pelirroja estaba hecha un manojo de nervios en el interior, sabía lo mismo que su primo pero no dejaba de estar nerviosa, sabía que este era un momento casi tan importante como entrar en Hogwarts. ¡Tendría su primera varita!

—Veamos…— una cinta métrica apareció de la nada— ¿zurda o diestra?

—Diestra— dijo la niña y de inmediato la cinta comenzó a tomarle medidas de la palma, del dedo anular a la muñeca, del anular al codo, del anular al hombro y así siguió hasta que el Señor Ollivander, que se había metido detrás de una gran estantería salió con varias cajas.

—Probemos con esta…— le dijo el hombre, tendiéndole una varita—, veinticinco centímetros, madera de cerezo, bastante flexible y con pelo de unicornio.

Rose tomó la varita con aprehensión.

—Agítela.

La pelirroja hizo lo que el mago le dijo, pero fue caótico. Las cajas de los estantes de detrás del mostrador salieron disparadas en todas las direcciones, para sorpresa de Albus y Rose.

Harry sonrió al recordar que algo similar había sucedido con él en su primer año en Hogwarts.

—Creo que no— sonrió el hombre con ojos de fascinación, mientras tomaba otra varita—. Pruebe esta, veintitrés centímetros y medio, fresno, ligeramente flexible, con nervio de corazón de dragón…— Rose siguió el procedimiento anterior obteniendo el mismo resultado—, veintiocho centímetros, madera de cerezo, elástica, su núcleo es de pelo de unicornio macho.

Así siguieron varias varitas, para la frustración Rose, hasta que…

—Veintisiete centímetros y medio, palisandro, bonita y flexible, su núcleo es de nervio de corazón de dragón— Ollivander le tendió la varita.

En cuanto Rose la tocó, de la punta salieron chispas rojas. La pelirroja sonrió con alegría, había recibido su primera varita. Atrás de ella, Ron y Hermione sonreían con orgullo a su hija con, principalmente Hermione, los ojos vidriosos de la emoción.

Fue cuando le tocó a Albus, quien a lo igual que Rose comenzó teniendo dificultades, incluso con las varitas ya usadas por Rose.

—Tan difícil como su padre, ¿eh?— sonrió Ollivander, guiñándole el ojo a Harry.

Albus estaba petrificado, ¿qué tal si realmente no había varita para él?

Harry, sintiendo el stress que emanaba su hijo, le puso una mano en el hombro, en señal de apoyo, mientras Ollivander buscaba en el fondo de su tienda.

—Creo que… — el mago sonrió—, esto es incluso muy curioso. Treinta centímetros, caoba, flexible y… con pluma de ave fénix.

De la punta de la varita emergieron chispas rojas. Albus había conseguido su varita…


—Increíble, ¿no es así Harry? —sonrió George Weasley detrás del mostrador.

Después de haber comprado todos los materiales para Rose y Albus, los Potter y los Weasley habían ido a Sortilegios Weasley, la tienda que al parecer más concurrencia de niños y jóvenes brujos tenía. Sin duda, cuando los gemelos Weasley habían decidido lanzar su propia marca de artículos de broma, jamás habían imaginado el gran alcance que tendrían. Tal era así, que la misma se había expandido a varias partes del mundo, entre ellas Norteamérica, Oceanía y Asia, y países como Brasil, Argentina en América del Sur.

Fred Weasley, hermano gemelo de George y fallecido en la Batalla de Hogwarts, sin duda estaría contento y orgulloso de saber cómo les estaba yendo en el negocio.

—Eh, si…— respondió vagamente Harry al ver el nuevo producto de los gemelos: un chicle capaz que hacía que quien lo mascara escupiera fuego.

—Falta perfeccionarlo un poco…, ya sabes con eso de que se te pueden quemar los labios… pero, son solo unos toques.

Ron sonrió con incomodidad al recordar las "pruebas" de su hermano.

—Papá, papá— le llamó a George una niña de unos ocho –casi nueve– años, de cabello castaño y de tez achocolatada, que resaltaba por sus enormes ojos azules, mismos que contemplaban a su padre con anhelo.

—¿Qué pasó Roxy? —le preguntó con ternura el pelirrojo.

—Papi, Freddie no nos deja jugar ni a Lily ni a mí, con sus cartas explosivas.

George suspiró. Su hijo Fred Weasley II, sin duda había sacado su carácter y disfrutaba de hacer rogar a su hermana menor, tal como lo hacía su difunto hermano con Ron. Aún era un recuerdo fantástico, al menos para él, cuando un pequeño Fred había convertido en araña al osito de peluche de un bebé Ron, todo en venganza porque el más pequeño le había roto su escoba de juguete.

—Son juegos de grandes, Roxy— le regañó su padre—, ¿por qué no juegas con Lily a las muñecas Raven?

—¡Son aburridas!

Ron rió por lo bajo, la pequeña era un dolor de cabeza para su padre, pero este siempre cedía a lo que ella pedía, no importaba qué fuera.

—¡Pero, si con tío Ron hemos logrado que Raven pueda cambiar de color o vestimenta cuando pronuncias las palabras correctas! —se quejó cansinamente el pelirrojo mayor.

Esa muñeca les había costado seis meses de ardua investigación a su hermano y a él, todo porque quería, en un principio, satisfacer a su pequeña con una muñeca única en el mundo (tanto mágico como muggle).

—Pero yo no quiero…

"¡BOOM!", un sonido proveniente de la oficina de Ron logró interrumpir a Roxanne Weasley en medio de su queja hacia su padre.

—¡Rose! —Hermione fue la primera en correr hacia la habitación, donde Albus, Rose, Fred, James y Hugo aparecieron debajo de una nube de humo. Sus caras estaba llenas de la ceniza que las cartas explosivas habían dejado tras de sí.

—Todo…— Rose tosió—, ésta bien.

—¿No quemaron mi cromo, verdad? —entró Ron preocupado en la habitación, haciendo con su varita un hechizo que succionó el humo del lugar.

—¡RON! —le regañó Hermione—, te preocupa más un cromo que tus hijos.

—S-no, ¡No!, por supuesto que no— se apresuró a corregirse Ron, intentando sonar convincente ante su esposa, que parecía que en cualquier momento iría a sacar fuego por la boca, y eso que no había probado el chicle de George.

—Rayos, esta vez ha sido fuerte, ¿eh? —rió Verity, la ayudante de Ron y George en la tienda, al ver a los niños en aquél estado.

—¿Qué estaban jugando? —quiso saber Hermione.

—A las cartas ultra explosivas— le explicó la muchacha con orgullo—, son un hit entre los adolescentes. Nada comparadas con las cartas explosivas de antes.

Hermione rodó los ojos. Nunca le terminarían de convencer esos juegos "de bárbaros".

—Lo sentimos, ma— le dijo Hugo, su carita llena de ceniza hacía que sus ojos azules y cabello pelirrojo, sobresalieran de forma intensa. Era imposible decirle que no a un niño tan tierno como él. Hermione suspiro.

—La próxima vez dejen una ventana abierta…

—Y guarden mi cromo en…— Ron se detuvo al sentir la mirada asesina de Hermione—, si sólo… dejen la ventana o la puerta… abierta.

Los niños rieron, pues sabían que el mayor tesoro de Ron era su cromo de rana de chocolate. Había pasado años (diecinueve para ser exactos), buscando el cromo con su cara. Según él, ese era su mayor mérito alcanzado, por ello lo había colgado con orgullo en su pared de "cosas importantes" de su oficina, entre una foto de él con sus hijos y una del día de su boda con Hermione.

La tarde pasó sin ningún tipo de eventos, los Potter y los Weasley (unidos más tarde por Angelina, esposa de George), cenaron en el Caldero Chorreante, donde luego todos acordaron de verse en La Madriguera el 31 de agosto, ya que los abuelos Molly y Arthur darían una cena en honor a sus nietos que irían a Hogwarts ese año, tradición iniciada hacía seis años cuando Victorie Weasley, la hija mayor de Bill y Fleur, había ingresado a su primer año en Hogwarts.

Sin duda tanto Albus como Rose necesitarían un día familiar en La Madriguera, para disipar los miedos y para "despedirse" de sus vacaciones.


¿Les gustó? Al menos yo me divertí escribiéndolo XD

Mil gracias por sus reviews en el capítulo anterior, no he tenido tiempo de contestarlos pero en estos días prometo hacerlo. Pero, cuéntenme (además de sus emociones hacia este fic) ¿qué tal les pareció la última película de Harry? Yo por mi parte lloré cual bebé, principalmente gracias a la "bendita" música de fondo (especialmente el tema central de la saga). ¿Cuál ha sido su parte favorita? Y ¿cuántas veces ya la han visto? ;D

Gracias por leer, nos leemos pronto en un nuevo capítulo de NEXT GENERATION, en el que seguro conoceremos un poco más de… La Familia Malfoy. ¡Ups, no debí decir eso! ;D

XOXOX

Aye436