TITULO: UNA BODA ESCANDALOSA

SAMANTHA JAMES

GÉNERO: HISTORICO

PROTAGONISTAS: EDWARD CULLEN Y BELLA SWAN

ADAPTADO POR: MARS992

PERSONAJES DE: STEPHANIE MEYER

LONDRES, 1820

Capítulo 2

Una hora más tarde, los tres entraban en el estudio del padre de Bella. Aunque los rasgos de su cara permanecían inexpresivos, sabía que nunca había estado tan enfadado. No acostumbraba a enfadarse ni a gritar, pero Bella, a punto de perder los nervios, hubiera preferido que lo hiciera.

El desconocido estaba sentado, muy rígido, a su lado y ahora ya conocía su identidad. Era Edward Cullen, conde de Masen. Bella apretó los dedos sobre el regazo y se atrevió a mirarlo... pero hubiera sido mejor no haberlo hecho. Su espalda estaba tan rígida como la de un soldado y el perfil tan frío como el hielo.

Sin embargo, no podía negar que Edward Cullen había sido muy correcto, hasta cortés. A su padre no le gustaba montar escenas y le había pedido al conde educadamente que lo acompañara a su casa de la ciudad para hablar del asunto con tranquilidad.

Pero cuando a un hombre se le presiona tanto... La prueba estaba en su padre.

Bella tenía el estómago revuelto. Se sentía como una niña a punto de ser castigada por alguna travesura. Pero aquello no era una picardía infantil. La habían descubierto besando a un caballero, un comportamiento escandaloso. Recordó que ella había querido manchar su reputación... sin embargo, algo se había torcido... no pensó que su padre podía verla...

Además tenía la sensación de que lo peor no había pasado todavía.

-Bien -oyó decir a su padre-. No les voy a pedir explicaciones porque está muy claro lo que estaban haciendo. -Dirigió una mirada severa al conde-. La ciudad está llena de jóvenes vagos e imprudentes que sólo buscan su propio placer y no asumen sus consecuencias. Creía que usted, señor, no se comportaba así, que era un hombre honorable y respetable por el que yo tenía la máxima consideración. Francamente, milord, me ha sorprendido mucho su comportamiento.

El conde no contestó, pero Bella observó que cerraba el puño. Luego le tocó a ella escuchar la regañina de su padre.

-En cuanto a ti, Bella, no hay palabras para expresar mi disgusto -dijo mientras la miraba con expresión de desagrado.

Bella no pudo soportar aquella mirada. En toda su vida la había mirado así.

-Lo... lo siento, papá -tragó saliva y lentamente levantó la barbilla-. Tienes razón. La ciudad está llena de vagos que se divierten todo lo que pueden. Y yo no deseo casarme con un hombre así...

Su padre la interrumpió con un sonido de disgusto.

-Nunca hubiera permitido que te casaras con un sinvergüenza, Bella. Pero no te puedes pasar la vida sola y...

-Prefiero pasarme la vida sola que casada con un hombre que se casa por interés con la hija de un marqués, porque eso es lo que le ha sucedido a mi amiga Angela, su marido la eligió por su fortuna -dijo Bella con profundo candor-. No quería casarme, ni con el vizconde Newton, ni con Tyler Cronley ni con James Dunmire. Por eso he hecho lo que he hecho. Pensé que abandonarían sus pretensiones cuando se enteraran de lo que había sucedido. Y también creí que me considerarías un caso perdido y abandonarías tu interés por casarme.

-¡Hummmm! -murmuró el padre con la boca apretada. Luego dirigió su atención al conde-. ¿Tiene algo que decir, milord?

-Te aseguro, papá, que el conde no estaba enterado de mis intenciones -dijo Bella antes de que el conde pudiera contestar.

Por el rabillo del ojo observó que el conde se ponía rígido.

-Soy capaz de hablar por mí mismo -dijo cortante, mientras con su elegante zapato daba un golpecito en la alfombra-. Le presento mis más sinceras disculpas, milord. Mi comportamiento con su hija ha sido reprobable. Pero aparte de eso, me temo que no puedo ofrecer nada más.

-En eso se equivoca, milord. -El marqués repiqueteó con los dedos la madera del escritorio-. Porque no voy a permitir que las cosas acaben aquí.

Un terrible silencio se abatió sobre la habitación. Bella miraba a uno y a otro mientras ellos se contemplaban sin decir una palabra. ¿Por qué no hablaba Edward Cullen y decía que ella tenía razón? ¿Por qué no le decía a su padre que él no la había besado, que era ella quien lo había besado a él? Porque lo cierto es que él no tenía culpa alguna.

-Papá -dijo desesperada-, ¿no me has oído? ¡Fui yo quien lo besó!

-En cualquier caso, Bella -respondió el padre con voz cortante-, al conde no parecía que lo obligaran. ¿Me equivoco, milord?

Las mandíbulas de Edward Cullen parecían de acero. No dijo una palabra, ni para asentir ni para negar.

-Muy bien -añadió el padre-. La reputación de mi hija ha sido comprometida y no voy a permitir que se produzca un escándalo. Ahora queda por discutir cómo se va a remediar el daño.- Desde que murió tu madre -dijo mirando a su hija-, me he cuidado de ti lo mejor que he podido, Bella. Y me enorgullece decir que sólo me has desobedecido en una cosa, en tu negación a casarte. He sido paciente. He esperado durante tres años a que te decidieras, te he visto rechazar a un pretendiente tras otro y lo he aceptado porque no quería verte infeliz. Pero ahora ya eres una mujer y debes aprender a vivir con las consecuencias de tus acciones. Y ahora, creo que es mejor que hablemos en privado, milord -añadió dirigiéndose al conde-. Bella, déjanos solos, por favor...

, No necesitó que se lo dijera dos veces, Bella se levantó y salió de allí a toda prisa.

Edward estaba furioso, consigo mismo, con el marqués y con su problemática hija. Había aceptado la invitación de lord y lady Remington porque lord Remington había sido como un padrino para él. Sin embargo, ir al baile había sido una terrible equivocación.

Rara vez viajaba a Londres, normalmente sólo iba por cuestiones de negocios, porque le cansaba la vida de sociedad: las fiestas, la falsa alegría, los interminables chismes bajo la pretensión de buena voluntad y buena educación. Prefería la soledad de Lyndermere Park, su propiedad en Lancashire; se divertía mucho más en compañía de los granjeros y los pastores... y, claro, de Elizabeth.

A la mañana siguiente tenía que partir hacia Lyndermere Park. Odiaba el ruido y la suciedad de Londres, y echaba de menos a Elizabeth. Hizo una mueca. Si hubiera escuchado a su instinto, esto no hubiera sucedido nunca. . .

La voz del marqués interrumpió sus pensamientos y sintió como si lo pincharan con una aguja.

-Tengo que hacerle una proposición, milord. ¿Me haría el favor de escucharla?

-No -contestó con una sonrisa burlona.

-No importa -continuó diciendo el marqués con expresión helada-, lo haré.

Edward se encogió de hombros.

-Bien, lo que le propongo es muy sencillo. Quiero que se case con mi hija.

-Está loco -contestó rápidamente Edward, mientras desaparecía su sonrisa.

-Le aseguro, milord, que no lo estoy.

Edward aparentaba una calma que estaba muy lejos de sentir.

-¡Qué! -dijo mordaz-. Según ha dicho, milord, hace tres años que su hija ha entrado en sociedad y yo me pregunto qué le pasa a la niña que no puede encontrar un hombre que quiera casarse con ella.

El marqués estuvo a punto de perder los estribos.

-Tenga cuidado, milord. Cuando insulta a mi hija, me insulta a mí también y no es prudente. Estoy seguro de que usted tiene ojos. Bella es muy bonita. Ha tenido numerosos pretendientes, más de los que puedo recordar. Estos últimos quince días me han pedido su mano tres de ellos.

-¡Entonces cásela con uno de ellos!

Cuando el marqués se recostó en su asiento, el cuero emitió un crujido.

-Ah, pero ellos no la han deshonrado, señor. Y usted sí.

Edward estuvo a punto de decir que aquella niña no tenía nada que reprochar a nadie, sólo a ella misma. Pero en el momento en que iba a abrir la boca, una voz atravesó su mente: ¿Papá, es que no lo has oído? ¡He sido yo quien lo ha besado!

La joven había sido muy atrevida, y era increíblemente atractiva. Y el beso... Un inesperado sabor a inocencia, más dulce que un racimo de bayas maduras, una pizca de cielo...

Al principio se había quedado demasiado sorprendido para apartarse, pero luego, no había querido hacerlo. Lo inundó el deseo en el instante en que sus labios se unieron, y fue extraño, porque no era un hombre que deseara a una mujer con tanta rapidez y tanta intensidad. Sintió el deseo de apretarla contra su cuerpo, introducirse en las profundidades de su boca con la lengua mientras sus manos exploraban la flexible madurez de su cuerpo... Pero algo había hecho que se detuviera, quizá la inocencia que sintió en ella...

No, pensó con serenidad. No esperaba que le gustara tanto, no esperaba que su dulce beso siguiera y siguiera... Pudo haberse detenido, podía haber puesto fin al beso en un instante...

-Acepto mi responsabilidad. Pero ¿espera de verdad que me case con ella? -dijo Edward con los labios apretados.

-Seré muy claro, lord Masen. Si no lo hace, se arrepentirá. Edward apretó la mandíbula con tanta fuerza que los dientes le hicieron daño.

-¿Me amenaza, milord?

El marqués se encogió de hombros.

-Llámelo como quiera. -las negras cejas del marqués se unieron sobre la nariz-. Sé que tiene una hija.

Edward estaba a punto de decirle que se fuera directo al infierno. Pero cuando le oyó mencionar a Elizabeth se quedó helado.

-Es mi ahijada -contestó cortante-. Elizabeth Duval. Ha estado conmigo desde que era muy pequeña. Sus padres murieron en un accidente. -Su tono era sereno, tan sereno como su mirada, pero el corazón le latía con fuerza en el pecho. El marqués no podía saber...

El marqués frunció el entrecejo.

-¡Ah, ahora recuerdo! -añadió-. Estuvo prometido con lady Margaret Sutherland, ¿no es cierto?

-Y qué si lo estuve? -preguntó con voz cortante y abrupta, sin poder dominarse.

-Y recuerdo que rompió su compromiso pocos días antes de la boda. -Casarme con Margaret hubiera sido una equivocación. -Edward sintió el impulso de defenderse.

-La madre de Margaret se disgustó mucho. Recuerdo que me dijo que Margaret había ido a visitarlo a Lancanshire. ¿Ella y su ahijada no se llevaban bien, milord?

-Esto, milord, no es asunto suyo -respondió Edward ceñudo.

El marqués no insistió. Inclinó la cabeza a un lado.

-¿Quiénes ha dicho que eran los padres de la niña, milord?

-No lo he dicho -repuso Edward hablando entre dientes.

-Hummm. De repente me he vuelto muy curioso, milord. Muy curioso.

-Hijo de puta -dijo Edward con los ojos llameantes- No tolero que nadie remueva en el pasado de la niña.

-No habrá necesidad si se casa con mi hija. -El tono del marqués era tan suave como el aceite y no apartó los ojos del rostro de Cullen-. ¿Y bien, milord? ¿Estamos de acuerdo?

Edward se levantó impulsado por la ira. Era imposible que supiera... No podía permitir que el marqués supiera la verdad. La verdad no le heriría a él, pero la vida de Elizabeth ya no sería la misma, y él quería lo mejor para ella. Sólo tendría lo mejor.

-No hay otro remedio -murmuró.

-¡Excelente! -exclamó el marqués-. Creo que la boda debería celebrarse lo antes posible... -Se levantó, abrió una puerta de roble macizo y llamó a su hija.

Bella entró lentamente en el estudio, con la sensación de que el mundo era una mazmorra oscura. El conde estaba de pie junto a la ventana con los brazos cruzados sobre el pecho y no pareció darse cuenta de su presencia. En cuanto a la expresión del rostro de su padre, algo le dijo que todo había salido bien, porque estaba satisfecho de su charla con el conde. Sus palabras la llenaron de sospechas.

-El conde tiene que darte una noticia, querida.

Edward Cullen se volvió y le miró con expresión tirante.

-Al parecer, vamos a casarnos, milady. Espero que comprenderá que todo esto no me divierte.

Del rostro de Bella desapareció todo rastro de color.

-Casarnos -se oyó decir con voz estrangulada-. No, no puede ser. Usted no quiere casarse conmigo.

-No -repuso él haciendo una mueca-. Pero su padre es un hombre persuasivo.

Bella, anonadada, miró a su padre.

-Papá. Papá, por favor, no me hagas esto.

Bella no se dio cuenta del doloroso espasmo que cruzó su rostro. El marqués hizo un gesto con la cabeza.

-Te lo advertí, Bella. Te lo advertí pero no quisiste hacerme caso. Y ahora no tengo otra elección.

A Bella la inundó el espanto. Tenía razón. La había cogido. La había cazado con la trampa que ella misma había preparado.

Su padre no mentía. Le había dicho que si no elegía un marido aquella misma noche, lo haría él. Y como acababa de descubrir, su padre estaba determinado a cumplir su palabra.

Esa misma noche.

Llamaron a un vicario que se situó delante de la gran chimenea de mármol con la Biblia en la mano. Sonriente y con los ojos adormilados, miró a los dos hombres.

-¿Empezamos, señores?

El marqués le hizo un gesto para que empezara. Estoico y silencioso, el conde se adelantó y se colocó, muy rígido, frente al vicario.

No miró siquiera a su novia, que permanecía en un rincón oscuro al fondo de la habitación.

Bella sintió el impulso de perderse en la oscuridad de la noche. Pero su padre se había acercado y le ofrecía el brazo. Con paso pesado, Bella cruzó la alfombra, se sentía como si la estuvieran llevando a la tumba. Cuando se situó junto al conde, fue como si un temor enfermizo le recorriera la médula. Gritó en silencio. ¿Cómo era posible que le sucediera eso? Estaba a punto de casarse con aquel hombre, Edward Cullen, conde de Masen. Iba a casarse con él, con un hombre al que no había visto antes de aquella noche...

Le dirigió una mirada y se arrepintió de haberlo hecho. Tenía el perfil torvo y ceñudo, tan rígido como la espalda. Sintió el leve consuelo de pensar que él deseaba aquella boda tanto como ella...

Bella no quería casarse, y menos aquella noche. Jamás habría querido que fuera así su boda, en una habitación desangelada, y a medianoche... La desesperación le atenazó el pecho. Si el momento tenía que llegar, le hubiera gustado que fuera diferente... Un coche con cuatro caballos la habría llevado hasta la escalinata de la iglesia y ella habría avanzado por la nave con un vestido de seda y encaje. Amigos y parientes habrían llenado los bancos de la iglesia y Alice habría estado allí, mirándola con timidez, y Angela también..

La ceremonia fue rápida. Sólo se despertó cuando apoyó la mano en la del conde de Masen. A punto estuvo de retirarla porque la piel de aquel hombre era como el fuego.

Luego llegó el momento de las promesas. El conde las hizo con un tono cortante e irregular.

Las promesas de Bella fueron apenas un murmullo.

En una esquina de la habitación, el reloj empezó a tocar las doce de la noche.

Bella apenas fue consciente de que el conde se sacaba un anillo de oro del dedo meñique y se lo ponía a ella. EI anillo era pesado... tan pesado como su corazón.

Finalmente, el vicario alzó la cabeza y se aclaró la garganta.

-Y os declaro marido y mujer -entonó-. Milord, puede besar a la novia.

¿Qué les pareció? Pobres de Bella y Edward…

Subiré una nueva historia! Acá esta el resumen, realmente es una historia preciosa y real. Amaran a este Edward demasiado y estarán muy orgullosas de esta Bella..

Edward Masen, «Predicador» para los amigos, estaba a punto de cerrar el bar donde trabajaba cuando entró una joven con un niño de tres años intentando protegerse de una fría noche de octubre. Como cualquier marine, Predicador sabía reconocer una situación de crisis nada más verla, y aquella mujer estaba cubierta de moratones. Inmediatamente deseó protegerla, castigar a quien le hubiera hecho aquello, pero supo también desde el primer momento que aquella necesidad de protegerla iba acompañada de otro sentimiento.

Bella Lassiter había conseguido despertar nuevos sentimientos en aquel gigante de buen corazón, sentimientos a los que hasta entonces jamás se había permitido dar rienda suelta. Pero cuando el ex marido de Bella apareció en Virgin River, Predicador supo que su propio futuro estaba en peligro. Y si había algo que había aprendido del lema de los marines, Semper Fidelis, "siempre fieles", era que había cosas por las que merecía la pena luchar.