Capítulo II.

Impresiones incorrectas.

I

Había accedido sin más a verle en horario extra escolar sin que nadie más lo supiera, aunque eso de ir en sábado a clase es bastante extraño para un padre medianamente consciente de la responsabilidad que se tiene con los hijos… y de seguro nana Vivi, la única persona que parecía notarse preocupada por ella genuinamente en esa casa, le hubiese resaltado lo peligroso que era el ir a ver a desconocidos estando completamente sola. Pero bueno, desde los trece años cumplidos ella vagaba sola por el mundo sin que sus padres hicieran algo al respecto, y se había defendido bastante bien de todo aquello que se le viniera encima. El mentado sujeto le había dado su dirección por teléfono cuando se animó a marcarle para saber qué procedía, y por las señas que le había dado asumió que era bastante fácil de llegar al lugar citado… ¿o no?

-Igual si es un barrio de mala muerte me regreso sin bajarme y listo. –Se dio ánimos mentales mientras conducía su Cruze color azul claro a través del boulevard que daba a la salida sur de la ciudad, el regalo que su padre le había dado por su cumpleaños número dieciséis. La tarjeta de felicitación tenía mal escrito su nombre, ese tipo de situaciones que la hacían pensar que había sido concebida artificialmente y no con amor.

Tras haber conocido a ese maestro su ánimo había cambiado un poco, tanto que se atrevió a encender música en el auto, algo que no acostumbraba desde hacía un tiempo cuando había caído en cuenta de su monótona vida; cruzó el boulevard que rodeaba la ciudad por un carril constante, pues aquél hombre vivía en un punto opuesto a donde ella jamás había ido… "my prerogative", ¿no? Eso sonaba ahora… que sensación tan curiosa le abordaba en ese momento, como si el ir hacia ese lugar le fuera a conmocionar hasta cambiar su vida abruptamente. ¿Premonición? ¿O es que tanto así le había impresionado aquél anciano? ¿Cómo se llamaba, a todo esto?

-Clint. –Contestó a aquél pensamiento, mientras tomaba una salida próxima con toda la naturalidad del mundo. –Y no ha sido nada especial. Solo mi deseo por llegar a las nacionales y ganar.

Al pasar la estrecha salida, que estaba por debajo de un vistoso y altísimo distribuidor vial con pintorescas marcas ancestrales en imitación a las pinturas rupestres locales, se encontró con un panorama completamente diferente a lo que ella se esperaba encontrar: desde la entrada, que comenzaba con un bello arco de buganvilias rosas, las calles estaban pavimentadas con piedra laja color gris claro, las lámparas viales eran faroles de pulcra herrería negra; había pintorescas y enormes casas modernistas que algún arquitecto de cinco cifras había ideado en una noche de inspiración divina, así como edificios departamentales de cuatro plantas cuyas rentas mensuales debían costar lo mismo que el arquitecto en cuestión. Era como entrar en otra dimensión, con gente con peinados de salón paseando perros de razas finas que usaban ropa hecha a la medida, automóviles de modelos recientes aparcados frente a las lujosas casas… fue como si hubiese dado un paseo por su sector y no al otro lado de la ciudad, y se lo hubiese tragado sin más a no fuese por aquellas vistosas colinas que servían de estético límite natural para el sector.

-Agh, qué asco. –Se quejó al contemplar todo aquello. –Estoy enferma de esto.

Notó que las calles tenían nombre de piedras preciosas, todas marcadas en aquellos letreros viales con estética letra cursiva, y que estaba cruzando la avenida "De los diamantes" en sus poderosos veinte kilómetros por hora reglamentarios cuando no se conoce el lugar por donde se transita; por fortuna no tenía que ponerse a buscar como tonta la dirección que le había dado, puesto que el lugar se encontraba sobre la avenida principal y una referencia llamada "colina" que debían ser las que se divisaban al fondo; anduvo sin más por aquél vistoso camino, con algo más de velocidad, hasta llegar al final de la avenida, donde se topó con el último edificio departamental pintado en gris oscuro y baldosas color obsidiana, el único con tan solo tres plantas y amplios ventanales abiertos, además de impecables terrazas bastante grandes con barandales transparentes, los cuales tenían exóticas plantas muy bien cuidadas en sus maceteros de barro.

-Creo que es mejor que lo llame. –Se dijo así misma mientras se estacionaba justo al frente del edificio, que tenía un camino de entrada hacia un estacionamiento trasero, pero no estaba segura de si podía entrar en él. Notó al portero que resguardaba la entrada, y que le miraba fijamente. –No tenía idea…

Sacó su teléfono celular del bolsillo de su chaqueta de mezclilla azul y remarcó el último número, llevándose el aparato al oído; mientras escuchaba los tonos, notó que había llamado la atención del portero, pero que no se había movido de su lugar con su uniforme color beige y negro, impecable y planchado. Un hombre bajito, pero con cara de haber tenido un excelente día.

-B. –Contestó aquél sujeto con seriedad, causándole un leve susto.

-H-hola, soy Kate. –Susurró, algo cohibida.

-Kate… ah, hola. –Su voz tuvo un bajón suave, y ella se figuró en su cabeza que había sonreído… sintiéndose bruscamente nerviosa. –Vaya, ¿qué hora es?

-¿Es un mal momento?

-No, claro que no… ¿te has perdido?

-No, estoy fuera del edificio, de hecho, pero…

-¿Qué? ¿Ya estás afuera?

-Sí. –Hizo una mueca, sintiendo que había algo fuera de lugar. –Solo que hay un portero y no me dijiste en qué piso estabas o alguna otra instrucción.

-Mierda. –Lo escuchó susurrar. –Ah, descuida, puedes aparcar afuera sin problema, estoy en el último piso, el portero me ubica bastante bien así que no te preocupes por ello. Te espero, pero camina lento.

-¿Qué? –Se extrañó un tanto. –B-bien, voy para allá entonces. –Y colgó el teléfono celular.

"Camina lento"… ¿qué había querido decir aquél sujeto con esa frase? Apagó el vehículo tras asegurarse de que no había aparcado en un lugar para personas con capacidades especiales (ya tenía dos multas por tal despiste), bajando con bastante calma y tratando de verse un poco mayor de lo que era para evitarse preguntas incómodas; tras cerrar la puerta tras de sí y andar hacia el edificio, cayó en cuenta de que había tuteado al sujeto con toda la naturalidad del mundo, como si hubiese sido un compañero de clase y no un maestro.

-Es su culpa por hablarme con tanta jovialidad. –Hizo una leve mueca, acomodándose el arco sobre el hombro, y el cinturón de sus flechas alrededor de su cadera.

II

En efecto, el portero con el excelente día que respondía al nombre de "Bip" (ni idea) ubicaba bien al maestro, y le dio una serie de instrucciones bastante exactas de cómo subir usando las escaleras metálicas del lado izquierdo, pues el elevador no estaba "en servicio" a pesar de no haber un letrero que lo indicara, haciendo que Kate arqueara una ceja con suspicacia; algo intrigada con aquello procedió a subir la metálica escalera con calma, de un color cromado brillante y peldaños transparentes, notando que en vez de tener una pared de concreto a su lado izquierdo había una pared de ventanales polarizados, la cual daba hacia las frondosas lomas que estaban al lado en un pintoresco paisaje fresco, así como un paraje verde que parecía un campo de golf privado. Se tuvo que detener durante unos momentos en cada descanso para contemplar aquél tranquilo paisaje, sonriendo para sí misma ante la idea de que "caminara lento". ¿Es que sabía que se entretendría mirando o era algo más?

-Vaya. –Se recargó en el cromado barandal del último descanso, contemplando los olivos negros que se mecían con la suave brisa sobre aquella loma, que daba hacia la explanada pulcramente verde. –No me había tocado ver un lugar tan pacífico como éste.

Se quitó la liga que sujetaba su cabello negro, comprobó su pantalón de mezclilla, su blusa liviana color azul eléctrico sin mangas, y se retiró los lentes de sol de lente negro, aparentando que no se sentía nerviosa aunque el sudor en las manos le estaba delatando. Se encamino hasta la última planta, encontrándose con una puerta blanca bastante sencilla entre dos macetas de barro color terracota, las cuales tenían dos palmeras enanas, un aspecto bastante normal como para un edificio de esa categoría; tras tomar un leve respiro, presionó el botón del timbre de la puerta, que estaba al lado derecho de ésta, escuchando el suave tintineo al otro lado.

-Un momento. –Escuchó casi de forma inmediata la voz del maestro.

Pasaron treinta segundos contados, donde ella se mantuvo de pie frente aquella puerta, cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro como si de una chiquilla ansiosa se tratara… ¿por qué ese anciano estaba demorando tanto en abrir?

-¿Está todo bien? –Cuestionó ella, víctima de su propio nerviosismo y desesperación.

-Ya, perdona. –Clint abrió finalmente la puerta en ese momento, tomándole por sorpresa y provocando un sobresalto en la chica. –Adelante. –Le sonrió con amabilidad y se hizo a un lado para que pudiese pasar.

Miró unos momentos al maestro, algo contrariada; llevaba el rubio cabello húmedo como si lo hubiese mojado de forma apresurada, así como unas tenues ojeras bajo los ojos azules y la sombra rubia de crecimiento en su barba no rasurada recientemente, una camiseta gris holgada manga corta y pantalón de mezclilla… además de que estaba descalzo. Entró al departamento a paso seguro, siendo evidente para ella que el sujeto había sido tomado, si no dormido, en una fase de pereza matinal.

-No recibes muchas visitas, ¿cierto? –Cuestionó, sin que pudiese evitar que se le escapara el sarcasmo.

-No muchas en realidad, a lo mucho cuatro personas son las que me frecuentan. ¿Por qué lo preguntas? –Le observó, como si aquello le dejase perplejo.

Kate contempló su alrededor. El suelo era de madera clara y las paredes intensamente blancas, dando la sensación de mayor amplitud a pesar de que el lugar era bastante grande por si solo; a su izquierda se encontraba una cocina cromada que comenzaba con una barra de granito oscuro, además de un pequeño comedor cuadrado de cristal con cuatro sillas de piel color café oscuro. Había un sutil arco donde comenzaba la sala, contrastando con todo lo minimalista del departamento en sí, cuya alfombra suave era color gris oscura; sobre ésta tan solo se encontraban dos sillones de un color gris más claro… un librero de madera oscura, una televisión de considerable tamaño empotrada en la pared, un mueble del color del librero bajo ésta lleno de aparatas electrónicos que conocía por compañeros de clase. Había un enorme ventanal por pared, donde estaba la puerta corrediza de vidrio que daba hacia aquella terraza que se miraba desde afuera, las cortinas lilas y transparentes fruncidas a los costados del ventanal. Sin embargo, lo que más le llamó la atención de todo aquél escenario fue lo que estaba al lado del ventanal, entre éste y el sofá más largo: una repisa completamente de cristal, pulcramente limpio y transparente, donde se miraban siete arcos de distintos tamaños y materiales puestos como si de un adorno fino se tratasen.

-Por nada. –Susurró, caminando en dirección hacia donde aquellos arcos se encontraban. –Me pareció que… arreglabas todo de forma apresurada.

-Verás, es que trabajo de noche y a veces no tengo oportunidad de ordenar como se debe. –Exclamó no sin cierta vergüenza, caminando tras ella. –Eres la primera que lo primero que mira es la repisa.

-Son muy bonitos. –Se giró parcialmente hacia él. –Dices que trabajas de noche. –Se extrañó visiblemente ante aquello. –Vaya, ¿eres médico o algo así?

-¿Con esta cara de ex convicto? No, para nada. –Y sonrió, como si se burlara de sí mismo. –Policía.

-Interesante, realmente no lo esperaba. Entonces eres maestro de arquería de día y policía de noche, debe ser un trabajo bastante cansado y agobiante.

-Más o menos. –Ladeó un poco la cabeza, llevándose la mano derecha sobre los cabellos levemente alborotados. –No es tan bonito como suena. Verás, Kate… toma asiento, ponte cómoda… me pondré otra cosa encima para salir al campo de tiro, ¿está bien? No demoraré demasiado.

Kate asintió suavemente con la cabeza, sintiéndose algo interesada en él; le siguió con la vista por curiosidad, notando el pasillo que estaba al final de aquella pared donde estaba la televisión que era por donde el maestro se había ido. Tomó asiento en el sofá amplio, que daba justamente hacia donde aquél pasillo, notando que él había entrado a la primera puerta visible de blanca madera, dejándola descuidadamente un poco abierta; se mantuvo silenciosa, pensando en lo juvenil que parecía a pesar de todo, pues su conversación con ella fue bastante liviana y su gestos suaves, algo que no correspondía a un adulto como él… se inclinó un poco, notando la abertura de la puerta, y pudo ver con mucho detalle la amplia espalda del hombre antes de ser cubierta una camiseta interior sin mangas color negro. El rubor subió a tropel hacia sus mejillas ante aquella visión, dejándola sumamente acalorada, debiendo apartar la mirada de zafiro de aquello con una curiosa sensación criminal.

-No fue mi intención. –Se dijo en voz baja, como si intentara justificar sus pensamientos. Después de unos segundos, tuvo que admitir que aquella visión de su espalda se miraba bastante bien. –No, basta. Que es un anciano.

¿Lo era?

III

Le llevó andando a través de un sendero con olivos negros, bastante altos y frondosos, los cuales habían creado una crujiente carpeta de hojas amarillas bastante curiosa y pintoresca, la cual cedía ante sus pisadas hasta casi diez centímetros; sostenía con inusual fuerza su arco de fibra de vidrio y sus flechas prefabricadas, notando con cierta pena que el arco que Clint llevaba era un long bow, una beldad de blanca madera tallada, y que las flechas eran esbeltas y bonitas, con estéticas plumas púrpuras al final de éstas.

-¿Hay un campo de tiro aquí? –Cuestionó con ánimo casi infantil, aunque estaba casi seguro de que en ese lugar tan particular podía haber hasta dinosaurios si los usuarios así lo querían.

-Más o menos. –Anduvo con tranquilidad por ese sendero, como si siguiera un camino que solo él conocía aun a través de ese montón de hojas que cubrían cualquier vereda. –El campo de golf tiene doce hoyos, pero normalmente solo se usan tres, máximo nueve, por lo que el resto queda completamente desierto a excepción de cuando hay un torneo, algo que no ocurre muy a menudo de igual forma. El dueño me permite usar dos campos cercanos a la loma, que son los que normalmente no se utilizan.

-Debe correr bastante aire.

-En uno sí. El otro está cubierto del viento por la loma misma, que es el campo de tiro que usan normalmente los novatos.

-¿Tienes muchos alumnos? Au. –Sintió que su pie se había hundido en un hueco escondido entre las hojas, perdiendo parcialmente el equilibrio y casi cayendo sobre el colchón de hojas. –Rayos.

-Eres oficialmente la catorceava alumna que he tenido, y vendrías a ser la cuarta que entrena actualmente. –Se acercó a ella al notar que había comenzado a caer, tomándola del antebrazo derecho para alzarla hacia donde él con suavidad y firmeza. –Lunes, miércoles y viernes. Tú vienes en sábado. ¿Estás bien?

Notó aquel distintivo perfume masculino que le envolvió tan pronto se acercó a él, apenas sutil y bastante grato; notó también que le había comenzado un misterioso hormigueo en la boca del estómago tras haberlo percibido, y su reacción inmediata fue alejarse de él con rapidez pero sutileza, intentando no dejarse ver como una neurótica… ¿qué fue eso? ¿Por qué ocurrió ante su cercanía? Era la primera vez que la cercanía de un hombre le provocaba esa clase de sensaciones.

-¿Todos son como yo? –Cuestionó con levedad, tratando de ocultar que la había puesto nerviosa. –Es decir, de mi edad.

-No. Miércoles y Viernes son niños de primaria, Lunes es un hombre adulto más o menos de mi edad.

-¿Los llamas por los días?

-Claro, tú eres Sábado. –Y sonrió con amplitud.

Hizo una leve mueca con los labios en un fingido reproche, pero no se sentía realmente molesta con él; por el contrario, se sentía bastante cómoda.

IV

-Oye… ¿qué edad tienes?

Clint se había detenido de repente, la azulada mirada al frente, provocando que Kate se quedara perpleja pensando que tal vez esa pregunta estaba bastante fuera de lugar; anduvo un poco más hasta llegar a su lado, siendo golpeada por una suave brisa que la refrescó e hizo que su negro cabello revoloteara libremente, ocultándole parcialmente la vista. Habían llegado hacia el dichoso hoyo doce, una explanada completamente abierta donde el sol daba de lleno y el ambiente tenía el aroma del pasto recién cortado por la podadora; era liso y llano, solo interrumpido a lo lejos, cerca de setenta metros de ellos, por una leve depresión donde debía encontrarse el hoyo, aunque no hubiese nada más que lo indicara, así como la loma que quedaba casi como un adorno pintoresco al fondo junto con el azulado cielo pincelado con las livianas nubles blancas flotando tranquilamente.

-Treinta. –Contestó él, tranquilo, mientras se colocaba unos lentes de sol cuya mica era de un negro profundo.

-¿Eh? –Despertó de aquella visión de repente, como si la hubiesen sacudido.

-Treinta. –Repitió con calma, y se giró hacia ella, sonriéndole casi con camarería. –Juguemos un poco, ¿te parece?

Fueron cuarenta minutos de observación más que de tiros; ella sentía que era muy buena tirando, tanto como para merecer un lugar en el dichoso torneo al que anhelaba asistir, puesto que había acercado a todos los blancos que habían colocado en los troncos de los olivos a más de diez metros de ellos, a pesar del viento que debía desviar garrafalmente sus tiros. Sin embargo, para Clint no parecía haber nada más que le obstruyera, puesto que cada uno de sus tiros no solo daban pulcramente en cada uno de los blancos, sino que tiraba tan céntrico que sus tiros siguientes tumbaban las flechas anteriores de él mismo, dejando una pila de flechas bajo los blancos sobre el pulcro césped.

-Vaya. –Kate se ató el largo cabello negro nuevamente en una cola de caballo, llevando sus lentes de sol puestos al darles casi céntricamente éste por encima. –No puedo tener tanta exactitud como tú en mi puntería. –Y alzó su arco, con la flecha tensa, dispuesta a tratar de tirar una de las flechas de su maestro.

-Debes tomar tu tiempo, Sábado. –Se colocó tras ella unos momentos, y sin avisarle le tomó con cuidado de ambos ante brazos para acomodar mejor su posición, así como usando su pie para hacer que ella abriera un poco más las piernas. –No van a escaparse, al menos estas no. Debes esperar el momento oportuno para tirar. No te distraigas.

La punta de la flecha tembló suavemente en el momento que ella sintió el contacto de sus manos sobre sus brazos, además de la cercanía tan directa, provocándole nuevamente aquél extraño hormigueo en el estómago; la brisa les daba en las espaldas, por lo que Kate pudo percibir nuevamente aquél distintivo perfume, y algo más: su aliento tenía un tenue olor a canela, puesto que la última frase casi se la había susurrado por sobre el hombro por la posición en la que estaba tras haberla acomodado. La flecha escapó de sus manos de la impresión sin que ella pudiese hacer algo por evitarlo… y ésta fue a clavarse, casualmente, en la llanta de un carrito de golf que pasaba precisamente por el camino adyacente hacia el primer hoyo, que estaba a un lado de donde ellos. Dicho carrito frenó precipitadamente al notar ambos pasajeros el objeto que había volado hacia el neumático, desinflándolo con un distintivo silbido; los arqueros tan solo mostraron una auténtica mueca de terror al contemplar lo que había sucedido.

-Bueno, no es nuestra culpa. –Kate inmediatamente sentenció con bastante calma, tras haberse recuperado más rápidamente que su maestro del fiasco que acababa de ocurrir. –Se supone, según tú, que estos hoyos no se utilizaban con normalidad, ¿cierto?

-Cierto. –Susurró, mirando y admirando la capacidad de la chica para reponerse de aquello, mientras él se había quedado helado. –Ha sido algo extraordinario, ya que se supone que debiste haber tirado hacia el frente, Sábado, y tu error ha tenido un margen de error de casi cuarenta grados.

-¡T-tiré al frente! –Se sonrojó con levedad, mirándole con el ceño fruncido.

-El auto de golf no está precisamente al frente, ¿sabes?

Mientras tanto, las ocupantes del dichoso carrito, dos hombres vestidos en bermudas blancas y camisetas de cuello pulcramente planchado, ya se habían bajado del vehículo y contemplaban atónitos la flecha clavada en la llanta, comenzando a hacer llamadas acerca de cómo su vida estuvo en peligro durante unos momentos por culpa de un desalmado que se había puesto a dispararles.

-Tú dijiste que no habría gente aquí en todo caso. –Se llevó las manos a la cintura, mirando fijamente a su maestro.

-No debería, así como que no eres novata y tus tiros deberían de ir hacia el frente, niña distraída.

Estaba peleando con ella, si. Y el muy cínico estaba sonriendo casi en burla.

-¡Es porque tú me distraes!

-¿Yo te distraigo?

-S-si. –Sintió que su estómago se había hecho un nudo y su boca un mar de disparatadas absurdas. –Estás hablando mientras yo intento concentrarme en mis tiros, y… obviamente me desconcentro.

-Ah, mira, qué novedad. –Y rió levemente con burla, llevándose la diestra sobre el mentón sin dejar de mirarla como a una chiquilla necia.

-¡Basta!

Aquella pequeña distracción había provocado un intenso sonrojo de media hora en la chica. Y un pago de sesenta dólares al parque por aquello del daño al inmobiliario, pasando por alto la paranoia de los dos pobres sujetos asustados.